Los cofres de la memoria

JUAN COBOS WILKINS
Juan Cobos Wilkins, durante su intervención / JA COBEÑA

Ayer pronunció una conferencia Juan Cobos Wilkins en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla, con motivo de la celebración del Día Internacional de los Archivos, con un título sugerente: “El cofre del tesoro de las mil y una historias”. Nadie mejor que él para entregarnos palabras extraídas de sus cofres de secreto, permitiéndonos comprender la importancia del respeto a la memoria de la historia de un pueblo, una ciudad, de un país o de un continente que pasan a formar parte del patrimonio histórico de la humanidad. También, la historia de personas que hacen que el mundo tenga sólo interés cuando va hacia adelante pero respetando esa memoria de secreto que autores como Cobos Wilkins saben entregarnos con palabras entrelazadas con una belleza esencial, como cuando se saca un collar de un cofre y poco a poco apreciamos su formato, sus engarces y su composición artística al quedar desplegado entre los dedos.

Juan nos entregó secretos de su corazón de escritor, descalzo y ligero de equipaje, tocando el suelo a flor de piel, encarnado en sus realidades sonoras. Demostró que el título de su conferencia no era inocente porque lo podía explicar con realidades, con tres novelas que habían necesitado vivir en la dialéctica de la historia y su imaginación. En el corazón de su tierra, en su mar invisible y en la relación del pan y el cielo de un santo muy peculiar, egipcio que no onubense, con militancia sindical activa.

Fue una hora y media que pasó de forma fugaz, porque los múltiples detalles que nos regaló nos hicieron comprender la importancia de las mil y una historias que pueden contener los archivos, aunque hay que saber respetarlos y tratarlos con la delicadeza que él, mejor que nadie, lo hace. De su primera novela, El corazón de la tierra, nos enseñó la importancia de la tradición oral, que también es una forma de mantener viva la memoria histórica de un pueblo. Al igual que se hacía en los pueblos ribereños cercanos al Tigris y al Éufrates, hace ya muchos siglos, su abuelo le contó cuando no tenía más de diez u once años la historia de “la noche de los tiros” en Riotinto y él supo guardarla en su corazón de secreto hasta que un día pudo contarla a todo el mundo a través de la palabra hecha libro y de la imagen hecha cine paraíso, comenzando con unas palabras grabadas en un paseo nocturno por Corta Atalaya: Yo tenía una amiga, una amiga invisible… La investigación, entre otras, en el Archivo Histórico Minero de la Fundación Río Tinto, le permitió dar forma real a lo que solo era una comparación andaluza popular, que muy pocas personas sabían situar en su debido tiempo y momento.

Continuó explicando el momento supremo de imaginación que dio forma a El mar invisible. Una historia sobre una cárcel de Huelva, de cuyo nombre no quiero acordarme, donde se concentraba a los homosexuales de España a los que se aplicaba la Ley de Vagos y Maleantes. Un diálogo entre dos reos que demuestra la fuerza de la palabra, cuando nos queda… Contó la entrega anónima que le hicieron en el buzón de su casa del expediente de Miguel Hernández durante el tiempo que estuvo en esa cárcel y cómo le detuvieron en Rosal de la Frontera por un azar de la vida que le costó muy caro a partir de ese momento crucial, por el mero hecho de llevar un reloj de oro que le había regalado Vicente Aleixandre. Finalmente, Pan y Cielo, un divertimento especial a través de una historia de un santo ugetista, con tonos surrealistas, pero que Juan ha sabido subirla a los altares de la tolerancia y comprensión democrática.

Demostró que todo está en los archivos vivientes y que queda mucho por descubrir en la vida si nos afanamos en ellos con pensamiento y sentimiento. Lo que él ha puesto de forma especial en las tres historias muy bien contadas es su imaginación, a la que ha dejado volar siempre en su querida Corta Atalaya, con un pie descalzo en la realidad del suelo minero y una mano elevada a los cielos para que los anillos de Saturno puedan un día entrar con un encanto especial en sus dedos que escriben todavía con lápices de madera (a la que tanto hay que agradecer), utilizando también goma Milán, aquella que tenía siempre un olor especial a niño minero, para borrar de su historia de secreto aquello que no merece la pena investigar en los archivos de la vida de todos y después contarlo.

Sevilla, 10/VI/2015

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