Las letras de las mariposas

BUTTERFLY ALPHABET

¡Despierta, despierta, / Mariposa dormida, Y seamos compañeros!
Matsuo Bashô, Primavera

No, no me he confundido, no me refiero a lo más conocido, su lengua o a sus trajes multicolores, sino a las letras del alfabeto que ha descubierto en sus alas el fotógrafo noruego Kjell Sandved, a lo largo de su vida profesional. Resulta que poco a poco fue descubriendo que en las alas de las mariposas que vuelan sobre el globo terráqueo, figuran todas las letras del abecedario latino y los diez números arábigos. Sí, sí, sorprendente pero real como la vida misma.

Lo he sabido por una masterclass de mi admirado escritor Manuel Rivas, en una columna sorprendente por su fondo y forma: El día de las mariposas, haciéndonos partícipes de sus sentimientos y emociones al leer el libro El alfabeto alado, de Mario Satz: “Mirando el microscopio, Kjell Sandved, naturalista y fotógrafo, descubrió la letra F en una de las alas de una mariposa nocturna tropical. Después de visitar muchos países y fotografiar miles de mariposas, consiguió completar el resto del alfabeto. En una Papilio de Nueva Guinea, de colores negro y amarillo, encontró la letra A. También en África, en la que llaman cola de golondrina, le apareció la C. Cómo no, la letra X la descubrió en México, estampada en verde iridiscente, en cada una de las cuatro alas de una mariposa nocturna”.

Ya conocía la morfología sorprendente de las mariposas, sobre todo por su lengua, que tanto sorprendió a Pardal, el protagonista de un cuento precioso de Manuel Rivas, La lengua de las mariposas, que luego fue llevado al cine con una interpretación extraordinaria de Fernando Fernán Gómez. Todavía recuerdo con emoción los planos finales de la película homónima, donde Fernando interpretaba de forma magistral el papel de D. Gregorio, el maestro entrañable de Moncho (Pardal o el niño gorrión), el niño asombrado por la forma en espiral de la lengua de las mariposas, maravillosos seres vivos que van siempre por el mundo volando con trajes de fiesta. Aquella cara con expresión entre admiración e inocencia ante lo que puede aparecer en la vida, aquella figura enroscada, sin tocarse, que el maestro republicano, dibujaba con tiza en la pizarra, todavía está alojada en mi memoria a largo plazo, con la suerte de que sé cómo localizarla y, si me apuran, hasta puedo discernir donde está alojada, quizá para siempre, en mi cerebro de secreto.

MONCHO PARDAL

Moncho, Pardal, en La lengua de las mariposas (1999)

Yo me imagino ahora a Pardal, con su maravillosa cara de asombro, buscando las letras de las mariposas hasta conformar el mejor alfabeto posible para entrelazar palabras queridas con la ayuda de Manuel Rivas, que cualquier día nos sorprende con un cuento sobre la quintaesencia de ese maravilloso alfabeto alado de las mariposas. Eso sí, siempre con sus trajes de fiesta donde, si lo investigamos, puede que incluso alguna especie lleve grabada en sus alas la palabra libertad.

Sevilla, 10/V/2019

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://butterflyalphabet.com/posters/index.php?action=view&id=1

Nuréyev, un cuervo blanco

Rudolf Nuréyev volvió ayer a mi sala de baile cerebral. Tengo grabadas muchas horas con su forma de ejecutar hasta límites impredecibles de perfección, obras de ballet clásico en mi memoria de hipocampo, saltando de forma imposible sobre sí mismo y girando cuantas veces fuera necesario en interpretaciones prodigiosas. La película El bailarín, un título que empobrece mucho la presentación de esta obra dirigida por Ralph Fiennes, está centrada en la gira que el famoso ballet Kirov hizo por Europa, en 1961, comenzando por su estancia de cinco semanas en París y que propició la petición de asilo político de su gran figura Rudolf Nuréyev. Asimismo, asistimos al devenir personal y artístico del bailarín con una utilización intensiva de flashbacks para rescatar episodios que marcaron profundamente a Nuréyev desde el momento de su nacimiento en un tren, hecho que marcó también su vida como se puede observar en la película.

Es muy interesante la forma de transitar el director de la película sobre la intrahistoria de Nuréyev, centrada en su difícil niñez y su carrera artística hasta los veintitrés años, en un continuo sobresalto por su narcisismo e irreverencia hacia cualquier autoridad académica, política o profesional en el mundo del ballet. Me encantó acompañarlo en sus paseos no inocentes por la noche de París, en una búsqueda incesante de su razón de ser y existir. La contemplación de “La balsa de la Medusa” de Géricault en el Louvre, su relación con miembros del ballet francés, concretamente con Pierre Lacotte y también con Clara Saint, atormentada por la muerte en un accidente de automóvil de su novio Vincent, hijo del escritor y ministro de Cultura André Malraux, autor de la inolvidable La condición humana, explican bien el renacimiento de sus cenizas de Rudolf Nuréyev a una libertad sin límites. Más que cuervo blanco, era un ave fénix de sus cenizas de opresión política en un país con ideología no inocente.

Recordé inmediatamente a nuestro gran profesional de la danza clásica Nacho Duato, actual director del Ballet Mijáilovski de San Petersburgo, la antigua Leningrado. Creo que esta obra cinematográfica le traerá recuerdos de su flashback de la infancia, en la forma que nos recordó recientemente en un programa precioso, Prodigios, en el que abrió su persona de secreto para contar momentos dramáticos vividos en el seno de su familia y compañeros de colegio, por el simple hecho de ser un cuervo blanco en España: “Cuando te veo bailar, pienso lo joven que eres, y lo que dijiste el otro día de que quieres ganar para reivindicar el puesto del hombre en la danza, y cuando el otro día vi a tu padre, cómo te apoyaba… Yo que siempre he pasado un poco de todo y decía: bueno, si no viene mi padre es porque está muy ocupado. Pero ahora pienso… qué cosa más grande me he perdido. Sigue adelante porque sé que lo vas a conseguir. Qué suerte que hayas nacido en una España libre, una España democrática, y no la que me tocó vivir a mí. Enhorabuena”, dijo a Said el ganador del concurso Prodigios 2019, una gran promesa del ballet clásico en España. Para que no se olvide la intrahistoria reciente de este país, ni la de Duato y Nuréyev. Ni la de tantos cuervos blancos a los que nunca se les reconoció ni se les reconoce, en estos tiempos tan modernos, su extraordinaria valía por el simple hecho de ser diferentes del modelo común atribuido a los mal llamados “seres normales”.

Sevilla, 9/V/2019

Roger Federer quiere ser una persona corriente

ROGER FEDERER

Lo he leído hoy en una entrevista en el diario El País, respondiendo Federer a la siguiente pregunta del periodista “Si pudiera elegir ser otra persona, aunque solo fuera 24 horas, ¿quién le gustaría ser? ¿Una estrella de rock, un político, un sacerdote?: Yo quizás elegiría ser una persona corriente. ¿Cómo será una vida muy corriente? ¿Cómo vive una persona normal? Podría ser no solo un día, también me valdría una semana. El trabajo no tendría por qué ser algo maravilloso, algo que te inspire un montón, sino algo normal. Eso es lo que más busco para mi familia. Cuando vamos de gira en el circuito vivimos esta especie de bendita locura, que no es la realidad, y no debemos tomarla como tal. Hago un esfuerzo consciente por mi mujer y mis hijos, pero estaría bien ir a trabajar, y cuando terminase, volver con tu familia o si no la tienes, ir a tomarte una copa. ¿Cómo sería poder hacer eso? Me lo puedo imaginar, pero es algo que no me importaría probar”.

En el deporte se ha instalado una generación de personas con perfiles altivos y arrogantes, a las que solo contrarrestan otros deportistas, que también existen, como Federer, que respiran humildad por los cuatro costados. Desgraciadamente, muchos deportistas de élite son modelos no muy ejemplares a seguir por millones de personas, niños, niñas y jóvenes sobre todo, que solo ven en ellos el poder que proporciona el poderoso caballero don dinero, fácil, por supuesto. Admiro a las personas corrientes, a veces imprescindibles, necesarias y así lo escribí en un artículo el año pasado en el que elogiaba esta forma de ser y estar en el mundo, algo a lo que Federer aspira experimentar un día ya no muy lejano:

Algún día tenía que hacerlo, porque lo habitual es que hable en este cuaderno de personas y situaciones especiales. Hoy quiero dedicar unas palabras de alabanza a los miles de millones de personas corrientes, mejor que normales, que poblamos este planeta, a través de sus cualidades y méritos. Para ello he elegido una obra musical, Fanfarria para el hombre corriente, compuesta por Aaron Copland, porque simboliza algo muy especial: el canto a los grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Lo más grandioso estriba en que lo que hacen es único, singular, irrepetible, a pesar de ser corrientes. Tenemos que llegar hasta la acepción 10ª del Diccionario de la Lengua Española de la RAE para comprender bien qué significa ser corriente cuando aplicamos este adjetivo a personas: “dicho de una persona: De trato llano y familiar”.

Algo tiene esta Fanfarria cuando Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016, la eligió como composición que abría siempre sus conciertos. Todavía podemos dar un paso más, porque es probable que sea más apropiado hablar de personas singulares, tal y como lo expliqué en un post que escribí en este cuaderno en 2015, Elogio de la singularidad, a través de un diálogo inolvidable extraído de una película encantadora, diferente, singular, necesaria. Requisitos para ser una persona normal, un canto a la ruptura de patrones sociales, que se sintetiza en un diálogo entre Alex, con síndrome de Down, y María de las Montañas, los dos hermanos protagonistas de una familia rota, en la búsqueda de identidad normal y verdadera:

– ¿Por qué quieres ser normal?, pregunta Álex a su hermana.
– Porque todo el mundo quiere serlo.
– Yo no, responde Alex.

Y el patrón de la normalidad se circunscribe, en el pequeño mundo de la protagonista, a cumplir con una lista convencional para el mercado de estar en el mundo, más que ser en él: tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida familiar y ser feliz. Se trata de ir tachando todos los ítems que engloban el estándar de la normalidad y que cuando se cumplen permite la integración de una persona en la sociedad. Si falla alguno, la sociedad te expulsa con una facilidad clamorosa. Peor aún, no te admite.

Creo que más que de personas normales o corrientes, deberíamos hablar también, mediante una conjunción, de personas singulares, porque es la realidad de lo que somos, dado que no nos repetimos (por ahora…). Cuando pretendemos ajustarnos a patrones, la experiencia suele ser nefasta, porque dejamos a un lado la inteligencia y la capacidad de hablar, como primeras señas de identidad humana que nos hacen ser personas y de identidad intransferible, por mucho que se empeñe la sociedad de mercado en pasarnos a todos por la máquina de conversión en personas-patrón-para-triunfar-en-el-mundo, empaquetándonos como producto expuesto para que lo compre el mejor postor en todos los ámbitos posibles. Pura mercancía que traspasa los límites de personas corrientes.

Además, con una uniformidad insoportable, porque el patrón de la normalidad pasa por tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida de familia y felicidad, según el estándar de la sociedad en la que nace, se crece y se multiplica cada ser humano si puede. Tener, pero no ser. Ahí está la diferencia, en la singularidad que tan bien comprendía Alex, el protagonista de la película, porque es la única razón del corazón y de la razón que nos permite ser felices, que es el principal objetivo de la inteligencia en su misión posible de resolver problemas. Personas corrientes y singulares, tal como ya definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución de nuestra propia vida, siendo personas corrientes, es decir, de trato llano y familiar [sic, según la RAE]. Impecable definición, mientras corremos con la vida a cuestas, porque miles de millones de personas somos corrientes y singulares. Afortunadamente. Quizá comprendamos ahora, mejor que nunca, el sentido de la Fanfarria para el hombre corriente, con la seriedad que imprime Jesús López Cobos a la orquesta, en un homenaje explícito a millones de personas que se esfuerzan a diario en ser personas corrientes y singulares. Para que siempre se les escuche en su silencio sonoro de paz y armonía.

Sevilla, 6/V/2019

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.theguardian.com/sport/2016/may/19/roger-federer-pulls-out-french-open

La luz malva de las seis de la tarde

LA HORA MALVA

…Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer…

Gabriel García Márquez,  Vivir para contarla, pág. 367

La lectura de un artículo publicado hoy en el diario El País, A la luz malva de las seis en Cartagena de Indias. En busca de los escenarios reales y literarios de Gabriel García Márquez en la ciudad colombiana, cinco años después de su muerte, me ha llevado de la mente y de la mano a unas palabras que dediqué en 2016, en este sentido, a mi querido maestro Gabriel García Márquez, en el segundo aniversario de su fallecimiento en Ciudad de México.

Vuelvo a leerlas detenidamente, porque me muevo fácilmente entre la hora malva tan querida por Gabo y la hora azul de todos los días, que tanto aprecio (aunque no es lo mismo…). Quizá porque tengo grabadas en mi alma de aprendiz de escritor las palabras que publiqué en aquel post de mayo de 2016, tan cercanas hoy.

La hora malva

El pasado sábado [21 de mayo de 2016] se celebró un acto conmemorativo del segundo aniversario del fallecimiento de Gabriel García Márquez, en Cartagena de Indias (Colombia), para recibir las cenizas del escritor, a su querida hora malva, porque allí nacería de nuevo un sentimiento de leer con pasión a Gabo, para que lo contáramos los que aún vivimos. Es curioso, porque vivimos a diario con el sobresalto de noticias que se generan en un mundo diseñado a veces por el enemigo y precisamente este sábado lo había recordado, sin conocer el encuentro citado, yendo del timbo al tambo de la vida de secreto, como tantas veces en mi caminar diario.

Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, me ha recordado también hoy la necesidad de volver a leer su prólogo de Doce cuentos peregrinos  -obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en nuestra “Isla Desconocida”-, una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos atómicos y digitales de la turbación ignaciana. Hoy, cuando retomo -no sin dificultades anímicas- esta bendita y sacrosanta ob-ligación [sic, con guión] de escribir apasionadamente para la Noosfera, resuenan sus palabras con una fuerza especial: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”.

Es verdad. Aquí estará listo el post de hoy, para ser llevado a tu mesa, cuando voy permanentemente de mi corazón a mis asuntos, del timbo al tambo particular, personal e intransferible. Cerebro y corazón, básicamente el cerebro, para los que nos acercamos con tanto respeto a él, que nos recuerda permanentemente su papel estelar en la vida, porque diversas estructuras cerebrales todavía atómicas hacen posible escribir la historia jamás contada de vivir de forma controlada para no ir del timbo al tambo. A ser posible, para garantizar que se camina en la búsqueda de asuntos importantes para la felicidad. Y estos días que pasan, pero que en algunas y algunos se quedan, estamos viviendo momentos trascendentales para cada persona, para la sociedad, para la política del país, para la ciudadanía, para las familias, para las amigas y amigos a los que queremos, con los que estamos obligatoriamente obligados a vivir, estar y, lo más difícil, ser.

En la hora malva de Gabo, comprendo bien un mensaje implícito: somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados por la incertidumbre de lo que nos pasa en la vida, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Por eso doy vueltas a mi corazón, a mis asuntos. Porque no todos vamos en el mismo barco, porque suelo decir que navego casi siempre en patera, al lado de algún barco fletado para orientar a la “Isla Desconocida”, una patera sin quilla pero con Norte. Un barco en el que me suelo sentar en la amura de babor ideológico al que tanto quiero, porque no todas las ideologías son iguales, porque tampoco todas y todos somos iguales, porque no me da lo mismo lo que pasa cada día. Porque no todo es mercancía y mercado. Porque no hay que confundir valor y precio. No es lo mismo, no es lo mismo…

Lleva razón Gabriel García Márquez en su prólogo: el que lea este post (por qué no este cuento) sabrá qué hacer con él. Como me pasa a mí al escribirlo. Porque la perspectiva del tiempo es lo que permite poner cada cosa en su sitio y hacer, de vez en cuando, una parada en la posada más querida. Como ha hecho él en Cartagena de Indias. Como peregrino de la felicidad. De la vida. A la hora malva del alma.

Sevilla, 5/V/2019

El saber no ocupa lugar, pero cada vez tengo menos sitio

CEREBRO PROF TOGA UCLA

Me lo repetían sin cesar mis profesores cuando era un niño y pensaba y actuaba como un niño: el saber no ocupa lugar, pero a estas alturas de la vida de persona mayor cada vez tengo menos sitio en mi cerebro, sobre todo cuando tienes que asimilar noticias como las que se han difundido los últimos días, en diferentes medios de comunicación, en referencia a Dios, el cerebro y la inteligencia humana. No es un problema de espacio sino de asimilación real y efectiva de la evolución humana y de la velocidad de vértigo que lleva.

La primera noticia era clara y concisa: “Dios no nos ha creado a nosotros: los humanos hemos creado a Dios”, como resumen de una entrevista al genetista Ginés Morata, miembro de la Royal Society del Reino Unido y de la Academia Nacional de Ciencias de EE UU. No es una sorpresa para mí, porque ya he escrito en numerosas ocasiones en este blog sobre la dialéctica creacionismo versus evolucionismo, decantándome claramente sobre este último que respeta las creencias del ser humano a lo largo de los siglos, en la larga senda de la vida durante millones de años que va desde alfa hasta omega, es decir, desde el origen hasta el futuro del ser humano, que antes solo se refería al “hombre”.

La segunda noticia era también sorprendente, escuchando a la primatóloga Jane Goodall, en un vídeo educativo: “En fin, sabéis que hemos creado cohetes capaces de llegar hasta Marte y soltar un pequeño robot que se dedica a dar vueltas por el planeta rojo para hacer fotos. Hemos visto las fotos, y aunque antes pensábamos que podía haber vida tal como la conocemos en ese planeta, nos hemos dado cuenta de que no. Si habéis visto las fotos, no dan muchas ganas de vivir allí. ¿No es raro que la criatura más inteligente que ha caminado sobre la faz de la Tierra esté destruyendo su único hogar? Tenemos intelecto, pero en realidad no somos tan inteligentes. Hemos perdido la sabiduría. Tomamos decisiones basándonos en: “¿Cómo me ayuda esto a mí, a mi familia, ahora, en la próxima junta de accionistas, en mi siguiente campaña política?”. Y no pensamos en cómo nuestras decisiones afectarán a las generaciones futuras. Me parece que hay una desconexión entre este cerebro tan listo y el amor y la compasión, el corazón humano. Y estoy convencida de que solo podemos alcanzar nuestro potencial humano cuando la cabeza y el corazón están en armonía”.

Cuando era joven y pensaba las cosas de joven, descubrí a un pensador que ha sido un maestro de vida y al que he dedicado la quintaesencia de este blog, Pierre Teilhard de Chardin, fundamentalmente porque comprendí bien la ardua tarea de desentrañar el recorrido que va desde el alfa de la vida humana hasta su omega, como complementario. Así lo he descrito en artículos de este cuaderno digital que desarrollé bajo el epígrafe de El punto omega, a través de doce entregas que definen bien mi posición teórica y práctica al respecto. El comienzo de aquél camino intelectual era un presagio de lo que desarrollé posteriormente y que invito a leer con la pasión que lo escribí en aquel momento: “Era la una y media de la madrugada. Fue un momento sobrecogedor, difícil de explicar. La última frase del libro “Origen y futuro del hombre”, de Josef Vital Kopp, era un homenaje a cuarenta años de permanencia en algún lugar oculto de mi cerebro, después de aquella primera lectura y análisis en 1966, de meses de estudio hasta que la Autoridad competente me recomendó que no investigara tanto sobre Teilhard de Chardin, porque era una persona que había muerto como había vivido: solo, equivocado de siglo, contraviniendo las teorías de la creación, reviviendo las teorías darwinistas en una nueva interpretación de raíces dudosas acerca de la creación y la evolución de las especies. Desde la portada, pasando por el índice y por mis propias anotaciones, pasaron imágenes y secuencias extraordinarias para un joven de dieciocho años que había descubierto que otro mundo era posible. Y he vuelto a leer página a página al autor que interpretando a Teilhard de Chardin me llevó de la mano (creo que también de la inteligencia) a descubrir una interpretación del mundo que se simboliza en la cabecera de este diario digital: el mundo sólo tiene interés hacia adelante (Tientsin, 1923, recogida en sus Lettres de voyage, 1923-1939)”.

Posteriormente, me fascinó siempre el mundo críptico del cerebro, al que he dedicado muchos años de investigación y al que sigo mostrando un respeto reverencial. Obviamente, a la inteligencia en todas sus manifestaciones, pero con una idea clara: es la capacidad que tiene todo ser humano para resolver problemas. Hoy, en el mundo digital en el que estamos instalados, para resolver esos problemas con la ayuda de las tecnologías de la información y de la comunicación. Este blog es una muestra nada más del fascinante mundo del cerebro en el que he intentado divulgar el conocimiento de sus maravillosas estructuras que nos permiten tomar decisiones a diario, para bien o para mal, esa es la cuestión.

La grandeza del ser humano radica en demostrar a través de la inteligencia que lo biológico (la biosfera) solo tiene sentido cuando va hacia adelante y se completa en la malla pensante de la humanidad, en la malla de la inteligencia (la Noosfera). En definitiva, la tesis fundamental de Teilhard radicaba en llevar al ánimo de los seres humanos la siguiente investigación: estamos “programados” para ser inteligentes. Para los investigadores y personas con fe, la posibilidad de conocer el cerebro es una posibilidad ya prevista por Dios y que se “manifiesta” en estos acontecimientos científicos. Para los agnósticos y escépticos, la posibilidad de descubrir la funcionalidad última del cerebro no es más que el grado de avance del conocimiento humano debido a su propio esfuerzo, a su autosuficiencia programada. in lugar a dudas, entre otras razones entrelazadas entre sí, por culpa de FoxP2, el gen que, con un juego de palabras más o menos acertado, mejor se expresa. El cerebro vuelve a maravillarnos de nuevo hoy, a través del conocimiento científico del gen FoxP2, que me permite volver a centrar el foco de interés cerebral en la génesis y desarrollo de la habilidad del lenguaje humano, gracias a la expresión correcta y ordenada de este gen.

En definitiva, a pesar el poco sitio que me queda en el cerebro, la ciencia me dice que no es verdad porque cien mil millones de neuronas están viajando constantemente en nuestra corteza cerebral para responder a un programa de vida genético que luego tiene que modularse con el medio en el que cada ser humano nace, crece, se multiplica y muere. La estructura del cerebro al nacer “ya está instalada” que diría Gary Marcus. Antes, incluso, de la mejor mudanza existencial que existe: nacer a la vida, en el esquema de frase del cómico americano Steven Wright, al afirmar que escribía un diario desde su nacimiento y como prueba de ello nos recordaba sus dos primeros días de vida: “Día uno: todavía cansado por la mudanza. Día dos: todo el mundo me habla como si fuera idiota”. Pero estamos obligatoriamente obligados a viajar constantemente hacia alguna parte. Hacia dónde solo merece la pena (yo diría la alegría…) cuando es hacia adelante. Lo manifiesto así por coherencia con lo que yo vivo diariamente en una mudanza cerebral, personal e intransferible, como determinadas nieves: perpetua. Porque no lo sé todo, porque no tengo garantizado casi nada, porque cada vez voy más ligero de equipaje, porque no me gusta mirar atrás y menos con ira, porque este siglo tiene horizontes de grandeza que no coinciden con mis patrones de educación para ser un buen ciudadano, porque el trabajo público está cada vez más “tocado” respecto del bien común, porque se confunde habitualmente valor y precio, porque la ética está en horas bajas, porque el sufrimiento de las personas que quiero sigue haciéndome preguntas que no sé contestar, y porque constantemente me adelantan las personas maleducadas por la izquierda y por la derecha, en el pleno sentido de las palabras.

Y en mi evolución de pensamiento no creacionista he recordado que Adán y Eva no fueron expulsados…, sino que se mudaron a otro Paraíso para buscar la felicidad humana. Quizá es lo que necesito hacer hoy ante la sensación de que cada vez me queda menos sitio en mi cerebro para comprender lo que pasa en el mundo próximo y lejano de cada uno, que comparto con la noosfera, la malla pensante digital de la que ya hablaba hace más de un siglo Pierre Teilhard de Chardin, a quien debo una de mis mudanzas interiores más llena de turbación.

Sevilla, 2/V/2019

Nota: la imagen la obtuve en 2007 por cortesía del Prof. Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), y director del Centro para la biología computacional, cuando publiqué mi libro: Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital. Esta imagen del cerebro humano utiliza colores y formas para demostrar diferencias neurológicas entre dos personas.