La ventana discreta

LA VENTANA DISCRETA

Sevilla, 6/VII/2020

Publico hoy mi libro LA VENTANA DISCRETA, una recopilación de los artículos que he escrito en este blog a lo largo del estado del alarma decretado por la pandemia de la COVID-19. Sigo manteniendo mi compromiso de no entrar en el mercado cultural en su lado más complejo y entregarlo a la Noosfera  sin contraprestación económica alguna, entendida como la malla pensante que recubre el mundo y que descubrí en mis años jóvenes de lecturas complejas como eran las de Teilhard de Chardin, comprometiéndome personalmente desde entonces con un aserto que aprendí del paleontólogo francés: el mundo sólo tiene interés hacia adelante.

Adelanto el Prólogo como anticipo de una lectura que servirá como reflexión ética de un tiempo complejo en el que hemos tenido la oportunidad de hacernos muchas preguntas antes de salir del túnel. Algunas respuestas las he encontrado en este largo camino y he decidido compartirlas de nuevo, sólo con la contraprestación soñada del respeto a lo escrito y la lectura de cada artículo al azar o por necesidad. El índice ofrece la oportunidad de elegir la lectura más adecuada para el momento más oportuno, con objeto de crear tejido crítico de pensamientos y sentimientos, porque de lo que estoy convencido es que ningún artículo es inocente y nunca pretendí que así lo fueran.

La lectura de algunos artículos pueden acompañarla con la audición de obras que forman parte de la banda sonora de mi vida. Creo que disfrutarán mucho escuchando a compositores excelentes que abarcan varios siglos de creación musical inolvidable, Mozart, Bach, Bacarisse, directores de orquesta, así como cantoras y cantores que nos ilusionaron alguna vez con su forma de transformar la vida: Pavarotti, Dalla, Pablo Milanés, Luis Eduardo Aute, Juan Manuel Serrat, Quilapayún, Víctor Jara, Julio Numhauser, Mercedes Sosa, Bob Dylan, Leonard Cohen, Ennio Morricone, John Williams, Josep Vincent, Itzhak Perlman, Arngunnur Árnadótir, Enrique Morente, Nicola Piovani, Teodor Currentzis, Samuel Barber y Stravinsky, entre otros. Los elegí porque he querido ser consecuente con el hilo conductor de la música entendida siempre como compañera en la alegría y medicina para el dolor  (Musica laetitiae comes, medicina dolorum).

Gracias anticipadas por su audición y lectura acompañada.

Prólogo

El libro que tiene ante sus ojos tiene un texto y contexto, con temporalidad cerrada, porque son casi cien mil palabras escritas e hilvanadas durante el estado de alarma con motivo de la pandemia en España del coronavirus COVID-19, que comenzó el 14 de marzo de 2020 y que finalizó el 20 de junio del mismo año. Han sido casi cien días naturales que han pasado como si fueran cien años, con daños colaterales tan importantes como las vidas de miles de pacientes que finalmente fallecieron en condiciones muy dolorosas para ellos, sus familiares y amigos y, obviamente, para todos los profesionales sanitarios que los atendieron con una entrega ejemplar.

En este contexto decidí ponerme a escribir como compromiso intelectual por la terrible pandemia, incluso días antes de que se declarara el estado de alarma: “Estamos viviendo momentos difíciles con la expansión del coronavirus y los blogueros también tenemos una responsabilidad social ante esta situación. Es un aviso para navegantes actuales la importancia que tiene estar bien informados, con una responsabilidad transcendental de los poderes públicos en este caso. Necesitamos disponer de un plan de comunicación a nivel de Estado mediante el que se pueda disponer de la información exacta, veraz y objetiva hasta los límites que sea necesario conocer sin mezcla de mentira alguna. ¡Es el interés general!, tan cuidado por nuestra Constitución. Es la mejor vacuna en estos momentos porque la proliferación de noticias, algunas de ellas falsas e interesadas, está creando un tejido crítico de alta preocupación y desasosiego”. Era un auténtico aviso para navegantes en una situación que se avecinaba como muy conflictiva y preocupante.

Así fue y así intenté escribir con un hilo conductor en cada post: nos quedaba la palabra. Si, además, podía aportar un rictus de esperanza a la situación que se nos vino encima como si fuera una erupción volcánica de miedo y desconcierto, mucho mejor. Comencé con una serie, con un post diario, denominada “Una quincena especial”, porque así lo decía el Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declara el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19: “La duración del estado de alarma que se declara por el presente real decreto es de quince días naturales”. Quince días que se fueron alargando finalmente hasta casi cien (99 exactamente), con prórrogas que llevaron a la Política, ¡qué gran palabra!, a una situación calamitosa y muy poco ejemplar por parte de algunos partidos (todos no son iguales), por la falta de entendimiento en momentos tan transcendentales para el país.

Esta serie la inicié justificando por qué escribía en concreto durante la primera quincena natural del estado de alarma: “Lo primero que quiero publicar es la razón de por qué escribo. En esta ocasión cobra especial interés porque así intercambiamos valores culturales e intelectuales en momentos de crisis de salud pública, que se vuelcan en cada palabra de este cuaderno porque la escritura tampoco es inocente, como casi todo en la vida. Son señas de identidad y de principios que conviene conocer antes de abordar esta singladura de quince días en la que, a modo de aviso para navegantes, sigo al pie de la letra una consigna de José Saramago en su “Cuento de la isla desconocida” en un tiempo en el que no se deben hacer mudanzas físicas aunque sí psíquicas y sociales: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

En vista de las sucesivas prórrogas, decidí continuar con una segunda serie a la que titulé “La ventana discreta”. Seguíamos confinados y era necesario continuar con el espíritu y la letra de la tarea iniciada en la primera serie, no desfalleciendo en el empeño de aunar voluntades con el amor y el sufrimiento, como aquellos protagonistas de Santa María de Iquique a los que cantaba maravillosamente Quilapayún en una canción que nunca he olvidado. Así presentaba la serie cuando comenzaba la segunda quincena de confinamiento, con un título también esperanzador, La ventana discreta, “a modo de perspectiva esperanzadora sobre la situación que estamos viviendo en cada “carpe diem” particular. Necesitamos abrir ventanas metafóricas que permitan contemplar la vida de otra forma, porque es una oportunidad única de recuperar diálogo interior con nuestra persona de todos y, sobre todo, con la de secreto. Durante estos días es probable que nos sintamos a veces solos ante el peligro, en silencio, pero permitiéndonos algo muy importante: reflexionar, reflexionar y reflexionar, pasar a la acción, porque las ventanas de la vida ofrecen siempre oportunidades. Parando un momento. Las ventanas nos invitan a contemplar de forma diferente lo que antes pasaba desapercibido: la ciudad tranquila, la llegada de la primavera, más pájaros, más vida, aunque sintamos muchas veces el vértigo existencial legítimo. Necesitamos fijar la mirada en lo que auténticamente merece la pena, es decir, levantarnos desde nuestra perspectiva ética e iniciar un camino de compromiso personal y social para cambiar ese horizonte cerrado, clásico, que en el tiempo anterior, al que llamamos pasado, no nos ha llevado a veces a ninguna parte”.

Había pasado ya un mes y las perspectivas no eran halagüeñas. Todo dejaba entrever que el confinamiento era una forma muy acertada de contener el virus y la tercera quincena era la crónica de un nuevo confinamiento anunciado. Es verdad que había una inquietud que se revestía de palabras especiales: bajar la curva, alcanzar la meseta, doblegar al virus y vencerlo, con prudencia, mucha prudencia y esperanza fundada en las mediadas que se estaban tomando, tan desconcertantes a veces. De esta forma, enfoqué una tercera serie, no numerada, en términos de búsqueda de la mejor salida posible a esta situación. Es lo que he denominado en el índice, Hacia la nueva normalidad, porque es un constructo que nos llenó de esperanza cuando apareció por primera vez, literalmente así, en el periódico oficial del Estado.

En esta recta final, que se alargaba mucho más tiempo del previsto inicialmente por la prisa existencial que nos entró a todos para salir del túnel, había que escribir, en la medida de los posible y sin faltar nunca al principio de realidad que todos teníamos que asumir, sobre la reconstrucción del país y con una mirada más ambiciosa todavía, sobre la reconstrucción del mundo, porque todo lo humano nos pertenece, con independencia de dónde vivamos: “Necesitamos pensar ya en la Reconstrucción del Mundo para poder reconstruir España. Así de claro y contundente. Es difícil salir de este túnel amargo de la COVID-19 sin una visión estratégica de alcance planetario que siente las bases para establecer un nuevo orden mundial político y económico para salvaguardar la salud pública, económica y democrática del planeta Tierra. Las soluciones que hasta ahora cohesionaban el mundo declarándolo una aldea común ya no valen y los ordenadores portátiles de los hombres de negro han comenzado a cerrarse masivamente sin capacidad de reinicio alguno. Eso sí, habiendo salvado previamente la totalidad del dinero invertido, dejando a millones de ciudadanos y Estados a su “mala” suerte. En este contexto, he recordado como tarea preparatoria un cuento precioso de Jorge Luis Borges, El Congreso, que ya he comentado una vez en este cuaderno digital, porque traduce una realidad existencial del devenir del mundo en el que todos estamos ahora obligatoriamente obligados a comprenderlo para entendernos mejor. Leerlo es casi una obligación de Estado.

Con la lectura del cuento de Borges, les dejo, no sin antes decir que en esta serie innominada escribí 54 post que junto a los anteriores, suman un total de 88, hasta que llegó la jornada mágica del 21 de junio de 2020, en la que finalizaba el estado de alarma y comenzaba el tiempo nuevo de la nueva normalidad. Ese día quise resumir con un título programático un final digno para este tiempo de espera y esperanza, Romanza para un tiempo nuevo, porque en ese día confluían tres hechos relevantes, interrelacionados entre sí en el calendario, no por azar sino por necesidad: “Comienza una etapa novedosa de normalidad, después de un estado de alarma que ha durado casi cien días, entra el verano por la puerta grande y se celebra el Día Europeo de la Música, como me ha recordado hoy de forma espléndida la Fundación Juan March, a la que sigo en su devenir diario desde que descubrí que era depositaria de una obra memorable de Bacarisse, el Concertino en La mayor, sobre todo en su sobrecogedor segundo movimiento, al que denominó Romanza. Creo que la conjunción de las tres realidades expuestas, ofrecen hoy la oportunidad de creer que otro mundo es posible, sobre todo cuando se aúnan esfuerzos y voluntades en torno a la música en un tiempo tan abierto a la vida como es la estación del verano y con un denominador común sobre la ciclópea tarea de reconstruir la vida en otro mundo diferente. Como no podía ser de otra forma he elegido una obra que conjugara estas realidades: el Concertino citado, interpretado por la orquesta de la Radiotelevisión francesa, actuando Narciso Yepes como solista a la guitarra y bajo la dirección de Ataúlfo Argenta”.

Hemos entrado de lleno en la nueva normalidad, aprendiendo a cuidar y cuidarnos con medidas de autoprotección y respeto a la vida de los demás. Eso espero en la esperanza de que a partir de hoy creemos en la forma de ser nuevas personas en España cantando, como diría Rafael Alberti en un contexto tan difícil como tuvo que vivir y al que aportó también esperanza: Creemos el hombre nuevo cantando, / el hombre nuevo de España cantando, / el hombre nuevo del mundo cantando. / Canto esta noche de estrellas / en que estoy solo y desterrado. / Pero en la tierra no hay nadie / que esté solo si está cantando. […] Nada hay solitario en la tierra / creemos el hombre nuevo cantando. También, porque la música ha demostrado durante el estado de alarma y el confinamiento subsiguiente que es compañera en la alegría y medicina para el dolor (Musica laetitiae comes, medicina dolorum).

 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN

José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de los artículos de este libro; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

En memoria de Ennio Morricone

ENNIO MORRICONE

Sevilla, 6/VII/2020

Ha fallecido hoy Ennio Morricone en Roma, su ciudad natal, a los 91 años. He citado muchas veces en este blog a este maravilloso compositor, recientemente el pasado 7 de junio, como homenaje a una película inolvidable, Cinema Paradiso, así como a su banda sonora compuesta por Morricone, por lo que significan ambas para la historia del cine. En el post de referencia, Cinema Ideal, que vuelvo a publicar de nuevo, canto su excelencia, así como el reconocimiento en este país al compositor italiano por la entrega, junto a John Williams, del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2020.

El acta del jurado decía textualmente que “[…] Dotados de una inconfundible personalidad, entre sus obras se encuentran algunas de las composiciones musicales más icónicas del séptimo arte, que ya forman parte del imaginario colectivo. Williams y Morricone muestran un dominio absoluto tanto de la composición como de la narrativa, aunando emoción, tensión y lirismo al servicio de las imágenes cinematográficas. Sus creaciones llegan incluso a transformarlas y trascenderlas, sosteniéndose por sí mismas como magníficas obras sinfónicas que se encuentran entre el repertorio habitual de las grandes orquestas. Todo ello los convierte en dos de los compositores vivos más venerados en todo el mundo”.

En el hilo conductor de las palabras que siguen se guarda el aprecio y admiración hacia Ennio Morricone. Sus obras mantuvieron y expresaron siempre su dignidad personal y profesional. Ahora, podrá poner música inolvidable a su cielo particular.

CINEMA IDEAL

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Dedicado especialmente a todas las personas que hoy se acordarán de mí. A los que me siguen en este desfiladero digital. A los que aman el cine y sus bandas sonoras, incorporándolas a la vida.

Sevilla, 7/VI/2020

Mi infancia son recuerdos de mi nacimiento, tal día como hoy, hace setenta y tres años, en una calle de Sevilla, Jesús del Gran Poder, en un edificio cargado de historia porque se construyó en el siglo XIX sobre el solar que quedó al derribarse, después de la desamortización de Mendizábal, el Colegio de la Purísima Concepción regentado por los Jesuitas y que hacía esquina con la calle Becas, edificio en el que se alojaba también un cine de verano con nombre programático: Ideal.

Tengo solo vagos recuerdos de aquellos primeros años, antes de viajar a Madrid como niño del Sur, para quedarme allí durante bastante tiempo y sin volver más a esta tierra que me vio nacer. Así empezaban unos apuntes de la autobiografía que comencé a escribir en 2014, que abandoné unos meses después porque sentí el vértigo del rabino jasidista, Bunam de Przysucha, que intuyó la dificultad de escribir algo sobre el hombre que fuera convincente y tuviera fronteras: al calibrar la «locura» de su empresa dijo: «Pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo». Calibré mi locura y decidí no escribirla.

Hago esta reflexión hoy porque el título que escribí en aquellos días era, en el fondo, un homenaje a una película que me ha marcado para siempre: Cinema Paradiso. Mi vida ha sido también una película sin fin, de muchos géneros en uno solo: vivir apasionadamente. Me sentí reflejado en la misma de principio a fin, por el amor al cine, porque siendo muy niño hacía mis propias películas con dibujos animados, impregnándolos en aceite que, una vez secos, los unía y pasaba por rodillos laterales de un escenario, también hecho a mano, para imprimirles movimiento a demanda. Más o menos, observando aquel descubrimiento mágico con la cara de Totó, mi querido protagonista de la película de verdad, que he recogido en la imagen que preside estas líneas. También, porque seguí siempre el consejo de su gran amigo Alfredo cuando decía al niño que amaba tanto el cine, que debía salir de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento “La isla desconocida”. En aquella escena memorable de la estación, Alfredo, ya ciego por el incendio del cine, le dice en un susurro inolvidable a Totó: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo: hagas lo que hagas, ámalo.

No he olvidado, nunca, el Cinema Ideal de mi infancia, del que solo escuchaba las bandas sonoras de las películas desde el balcón que daba a la calle Becas, en el que, entre barrotes, imaginaba historias preciosas de cuatro años. Pasado este tiempo, he comprendido muy bien el consejo de Alfredo, porque siempre he procurado amar todo lo que he hecho. Ahora, pienso también en los momentos difíciles que he vivido en esta larga vida, quizá por la especial sensibilidad que se ha creado por la pandemia creando anticuerpos para el dolor y la aflicción. Mi amor al cine me devuelve también a mi Cinema Ideal tan particular, un recuerdo de películas inolvidables de Spielberg, entre las que destaco por su lección histórica nacida en su corazón y en su alma judía, La lista de Schindler. Aunque parezca mentira, no me quiero quedar con el dolor de su argumento de fondo, sino con el tema principal de la banda sonora de la misma, compuesta por John Williams, de la que inserto hoy en este post una interpretación memorable, al violín, de su gran amigo de vida y creencias, Itzhak Perlman, uno de los mejores violinistas de la historia de la música que aún comparte vida con nosotros. Escucharlo y sentirlo al mismo tiempo nos permite comprender que, efectivamente, el hombre, si quiere, no es un lobo para el hombre, porque todo lo humano no nos es ajeno, es más, nos pertenece.

Se acerca el “The End” de estas líneas. Les confieso que hablar de Cinema Paradiso y La lista de Schindler ha sido, en el fondo de estas palabras, un homenaje a su obra musical en el mundo del cine, a través de dos bandas sonoras memorables compuestas por Ennio Morricone y John Williams, respectivamente. El pasado viernes recibieron el Premio Princesa de Asturias de las Artes. El acta del jurado dice textualmente que “[…] Dotados de una inconfundible personalidad, entre sus obras se encuentran algunas de las composiciones musicales más icónicas del séptimo arte, que ya forman parte del imaginario colectivo. Williams y Morricone muestran un dominio absoluto tanto de la composición como de la narrativa, aunando emoción, tensión y lirismo al servicio de las imágenes cinematográficas. Sus creaciones llegan incluso a transformarlas y trascenderlas, sosteniéndose por sí mismas como magníficas obras sinfónicas que se encuentran entre el repertorio habitual de las grandes orquestas. Todo ello los convierte en dos de los compositores vivos más venerados en todo el mundo”.

En este momento tan crucial, cuando he tenido la oportunidad de decir todo o nada de mis 73 años recién estrenados, me van a permitir una debilidad cinematográfica también. Me refiero al síndrome de Errol Flynn, un gran actor de mi infancia madrileña, que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa vida. He avanzado muchas veces por desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba este último con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Olivia de Havilland (Beth) para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradiso de mi infancia. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país que estaba necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra.

Sinceramente, les confieso que, a diferencia del clásico aviso en los títulos de crédito de antes, cualquier parecido de lo aquí contado con la realidad de lo que he visto y vivido en la película de mi vida, no ha sido una pura coincidencia.

THE END

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.