Las librerías son un sector esencial

Sevilla, 27/XI/2020

Cuando se cierran librerías, también con motivo de la pandemia, a partir de las 18:00 horas, se pierden miles de posibilidades de encontrarse con la realidad de la página escrita, no en blanco, participar en miles de historias que enriquecen las propias, se desvanecen miles de posibilidades de decir “gracias, por encontrarte [al autor, al librero, a la librera]” y las miles de historias quedan en la memoria de secreto de cada lector, de cada lectora… lamiendo sus conciencias. Las librerías son esenciales porque son “portadoras de sueños”.

Lo expuesto anteriormente me lleva a sumarme, a modo de declaración de principios, a la plataforma digital change.org, que ha iniciado una campaña con el objetivo de que el Ministerio de Cultura declare a las librerías como sector esencial que presta servicios esenciales, entendiendo el adjetivo esencial como algo “que es importante y necesario, de tal forma que no se puede prescindir de ello” (RAE). Es verdad, porque creo que necesitamos leer como el comer, que acabaría siendo una locución propia del siglo XXI. ¿Cuáles son las razones esenciales que impulsan esta iniciativa?

Me he pronunciado muchas veces en este cuaderno digital sobre el papel esencial que desempeñan las librerías en nuestro país, aunque es más de bares que de librerías, porque todo hay que decirlo. Pero destaco sobre todo la imperiosa necesidad que tenemos en este tiempo de pandemia de tomar la lectura como una antesala de la vacunación masiva que el país necesita como el comer, porque se ha demostrado desgraciadamente que una gran mayoría de ciudadanos de nuestro país lee poco y es maleducada, no sólo en las formas, que también, sino sobre todo en el fondo de la esencia de cada persona que no lee, sola o en sociedad. 

Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella, tenía tres grandes proyectos en su vida: distinguir el norte del sur, leer a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y abrir una librería. De todo hizo un arte para vivir, para enseñar a leer las señales de la vida, porque hablar es solo cosa de personas. Leer, igual de bello. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones en relación con lo que nuestro cerebro lee.

La lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible, porque aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida.

En un país de bares, como España, que no de librerías (vuelvo a repetirlo), la lectura no es una tarea habitual. La mercadotecnia se ha apropiado del aserto de Gracián, lo bueno si breve dos veces bueno, dando igual la calidad de lo breve. La mensajería instantánea, donde WhatsApp se ha convertido en un claro exponente de la brevedad, así como los tuits, se han apropiado de la lectura por excelencia en los micromundos personales y de redes sociales. En un modo de vivir tan rápido como el actual, la lectura pausada y continua es un estorbo para muchas personas, donde el libro supone además un reto casi inalcanzable para el interés humano de supervivencia diaria. El libro entró hace ya muchos años en la maquinaria de la economía de mercado y así le va en muchos países.

Comenté en cierta ocasión en este cuaderno digital, que las librerías son casas de lectura, donde si encuentras una librera como Lola Larumbe [propietaria de la librería Rafael Alberti, en Madrid], tienes garantizadas sus dos pasiones: compartir la lectura y el placer de la amistad, porque el papel que desempeñan los libreros y libreras es también esencial. Es difícil encontrar ya libreros profesionales, porque lo que abunda y crecen como esporas son los vendedores de libros, que hoy atienden esta sección y mañana pueden pasar a otra sin que se sonroje nadie al respecto, salvando el principio mercantilista del todo vale si sabes vender. Pero vender libros es otra cosa. Así lo he entendido siempre y en el artículo que citaba en mi artículo se transmitía muy bien: “Si existiera una escuela para aprender a ser librero, Lola Larumbe debería ser su jefa de estudios. En ella se concentran todas aquellas virtudes que un buen librero debe conservar: disposición, amabilidad, conocimiento, sentido crítico, paciencia, inteligencia. Lola recomienda libros como el doctor receta medicamentos, con la exacta convicción de que lo que proponen a sus pacientes-clientes-lectores tiene la extraordinaria cualidad de salvar y animar vidas”. Si las librerías no son esenciales, pierden las virtudes de los libreros y libreras que las regentan y al final, las perdemos todos.

Ante la desolación de la pandemia, se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, asistiendo a las librerías como si fueran un rito sanador, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, según lo aprehendí hace ya unos años del gran escritor argentino Alberto Manguel: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (1).

NOTA: la imagen de la cabecera corresponde a una historia preciosa en estos tiempos difíciles que sucedió en 2015 en una librería de Sevilla, La casa tomada, porque una vez una persona tuvo el sueño de Guido Orefice: abrir una librería: “Un microrrelato de Mª José Barrios copiado a mano por Marta González para colocar en nuestra puerta, que seguro que hemos compartido por aquí más de una vez. Una foto improvisada de nuestro amigo Juan Antonio Hidalgo que desde hace una semana nos encontramos por todos lados, con miles de comentarios, “me gusta”, retuiteos y compartidos en redes sociales… y hoy nos topamos con esta noticia. No es la primera vez que el cuento se comparte en Internet, si bien es cierto que en esta ocasión ha tenido una repercusión sin igual. La única nota amarga, que no llega a empañar la alegría de las libreras, es que en la mayoría de los casos no se cita el nombre de la librería ni de la autora del microrrelato. Tampoco el cartel lo incluye, ya que su intención nunca fue la de llegar tan lejos, sino tan solo la de provocar la sonrisa de los clientes”.

(1) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.