La infancia de Federico, con sabor de tierra

Imagen de la portada de Las cosas de Federico

Sevilla, 17/III/2021

Cuando en plena pandemia salgo a navegar en busca de islas desconocidas, donde sé que puedo encontrar tesoros culturales que me permitan orientar la vida de forma más amable ante la profusión de tantas noticias desagradables, me ha ocurrido hoy algo mágico: el detector de bálsamos de Fierabrás me dice que se acaba de publicar una obra preciosa, Las cosas de Federico (1), una obra delicada y aleccionadora escrita por Mónica Rodríguez sobre el niño que Federico García Lorca siempre llevaba dentro, con ilustraciones que transmiten su alma: “Los cuentos y la imaginación nos permiten no solo ser más felices, también avanzar y crear, ponernos en la piel de otros, en este caso del pequeño Lorca, e incluso para cambiar las cosas y tener un mundo más justo”. A diferencia de los llamados “cazadores” de tesoros, que los buscan para introducirlos en el tráfico mercantil, confundiendo siempre valor y precio, disfruto más compartiéndolos sin más interés que seguir participando en la construcción de un mundo más feliz y digno para todos.

Su autora lo explica de forma exquisita en un artículo de Rocío Niebla, que recomiendo leer con mucha atención (2): “La mirada limpia de los niños me fascina, es escribir para ojos asombrados. Para escribir para ellos hay que conectar con tu mirada de niña, es volver a recordar qué te impresionaba y hablarles en su lenguaje, […] ¿Cuándo perdimos el asombro, las ganas de imaginar, la fantasía y la magia? Lorca mantuvo su llama hasta la muerte, su obra está llena de lo especial de la mirada infantil”.

¡Qué gran regalo de la vida! La sinopsis del libro presagia que nos va a ocurrir algo muy bueno en nuestra singladura de hoy, al descubrir este tesoro literario y gráfico: “Federico es un niño seguro, alegre, asombrado por las cosas del mundo. Es el hijo mayor de un terrateniente de la vega granadina, a la orilla del río Cubillas. Los días de su infancia en Fuente Vaqueros suceden entre chopos y zarzales, entre bichos y urracas, en contacto con gañanes, pastores, niños del pueblo y parientes. Este libro narra los descubrimientos de su infancia hasta su traslado a la vecina Asquerosa (hoy Valderrubio). “Mis más lejanos recuerdos de niño tienen sabor de tierra. Los bichos de la tierra, los animales, las gentes campesinas… Yo las capto ahora con el mismo espíritu de mis años infantiles. De lo contrario, no hubiera podido escribir Bodas de sangre”.

Lo decía recientemente en este cuaderno de derrota (en lenguaje marino): “En el mundo al revés en el que vivimos a diario y que me tiene últimamente tan ocupado y desconcertado, pienso que siendo adulto leí siempre, con alma de niño, el libro de Alicia en el país de las maravillas, porque era una isla espiritual en la que podía vivir como Juan Ramón Jiménez pensaba en ese prólogo que nunca he olvidado: “Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca”. Esa es la razón clara de por qué aprendí tantas cosas, siempre, de una niña fantástica, Alicia, un ejemplo para saber qué es el silencio y comprender la quintaesencia de la palabra en una frase enigmática del sombrerero: “Comienza por el principio y cuando termines de hablar…¡te callas!”, si es que no tengo algo mejor que decir que el silencio, tal y como hizo Alicia.

Es verdad lo manifestado por Juan Ramón Jiménez. En la edad de oro de Federico, su niñez, estaba su corazón compartido con la vida. Su mejor deseo, que hoy comprendemos al conocer mejor su infancia, era no tener que abandonarla nunca. Cuando visité en 2017 su casa de la infancia en la Vega de Granada, en la Huerta de San Vicente, 6, descubrí cosas de Federico que me llenaron el alma: sus pinturas, la que le regaló Alberti como recuerdo del inicio de su amistad y otras entrañables en representación breve pero con sentido histórico para quien las quiera recordar así en la memoria de todos y en la de secreto. Estuve cerca de su piano, que todos los lunes tocan para que no se apague el sonido de Federico. Me bastó ese detalle para recordar una visita breve, buena, que se convirtió para siempre en dos veces buena. Y su preciosa mesa de escritorio, su “fábrica de versos”, comprendiendo hoy mejor que nunca, cerca de él, sus palabras de compañía eterna con el niño que llevaba dentro: “Quiero dormir un rato, un rato, un minuto, un siglo; pero que todos sepan que no he muerto” (3).

Así he descubierto hoy a Federico niño y así lo comparto, agradecido a la vida y al mar abierto en el que viajo a diario.

(1) Rodríguez, Mónica (2021). Las cosas de Federico, Lérida: Milenio.

(2) ‘Las cosas de Federico’, el libro que acerca la infancia de Lorca a los niños (eldiario.es).

(3) Gacela de la muerte oscura, en Diván del Tamarit, 1936.

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