Decepcionado, consternado y conturbado

Karl Briulov (1799-1852), El último día de Pompeya (detalle)

Sevilla, 11/V/2021

Cuando deberíamos vivir de forma responsable y contenida la finalización de estado de alarma, donde se se ha pasado un testigo cívico a la ciudadanía para continuar actuando de forma responsable ante la epidemia actual, que sigue viva aunque con datos muy esperanzadores por la vacunación masiva a la que se está sometiendo la población de este país, hemos asistido a unas celebraciones masivas durante el fin de semana pasado con comportamientos incívicos que ilustran la mala educación ciudadana, empezando por los más jóvenes.

Desde que se inició la pandemia, he escrito ya en varias ocasiones sobre este tipo de comportamientos. Hoy quiero recordar expresamente la referencia escrita al comportamiento de los más jóvenes cuando estábamos en plena desescalada en el mes de agosto del año pasado, Agosto 2020 / 3. Consternado y conturbado, a la que agrego hoy el adjetivo de decepcionado, palabra que utilizó ayer Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, en su rol complejo de portavoz oficial y diario de la situación de la pandemia en este país, un sentimiento que expresó al conocer el comportamiento de los jóvenes en todo el país en su análisis del fin de semana anterior. En aquella ocasión escribí que “Hubiera preferido, como Bartleby el escribiente, no hacerlo. Escribir hoy de nuevo sobre las últimas noticias de comportamientos de jóvenes en relación con el coronavirus, me han consternado y llenado de turbación. Han sido dos noticias en el fin de semana pasado que reflejan una situación muy preocupante en este país, sobre todo desde la perspectiva de una persona que ha vivido la transición de una dictadura a una democracia y donde el mejor termómetro social es evaluar hoy, con una perspectiva de los cuarenta y cinco años transcurridos, la educación integral de los habitantes de este país”. Me refería a lo que había ocurrido en Barcelona, donde la noticia destacaba una frase estremecedora en boca de una joven sin ataduras ni complejos: “Sinceramente, los muertos me dan igual”. Aquello me estremeció el alma y pienso que se sigue haciendo mal lo que se hace y estamos viendo, porque a muchas personas les sigue dando igual que la gente enferme de coronavirus, ingresen en los hospitales, en las UCI e incluso que se mueran.

También citaba una noticia sobre lo que había sucedido en Torremolinos (Málaga): “La policía investiga a un chiringuito de Torremolinos donde un DJ escupió alcohol a los asistentes. El público bailaba sin mascarillas y sin distancia de seguridad”. No había lugar a dudas sobre lo sucedido allí porque fueron centenares de jóvenes los protagonistas, que se pudo ver de forma viral a través de las redes sociales: “Elevado sobre una tarima, sin camiseta ni mascarilla, un joven bebe a morro de una botella de Jägermeister y, acto seguido, escupe el trago sobre las numerosas personas que bailan a su alrededor. Poco después, les ofrece pequeños tragos pasando la misma botella”. Sin comentarios.

Ver las imágenes del fin de semana pasado, “celebrando” miles de jóvenes y no tan jóvenes el fin del estado de alarma con aglomeraciones por doquier y comportamientos incívicos, demostrados con la falta de mínimas normas de prevención como el uso de las mascarillas, distancias y agrupaciones desmedidas de personas, obliga a una reflexión seria y meditada sobre qué está pasando con los jóvenes en este país, porque ya se puede generalizar a tenor de las noticias en casi todas las Comunidades Autónomas sobre comportamientos faltos de civismo y respeto a lo sucedido con la pandemia hace tan sólo unos días.

Vuelvo a insistir en algo en lo que siento una obstinación especial: la ausencia de valores, la explosión diaria del consumo en una economía alocada de mercado, el síndrome de la última versión que tantos estragos causa en la juventud porque de todo lo que tengo no tengo lo último de lo último y sin ello no soy nada, las influencias de los “influencers” que casi siempre es consumo puro y duro individual y, además, del caro, así como los estragos del paro juvenil y la corrupción pública y privada, unido todo ello al hastío y a la desafección política generalizada, son una mezcla explosiva de tener o intentar tener y no de ser, lo que justifica que para dos días que vamos a vivir vivamos solo el presente, en un “carpe diem” inverso, porque se entiende al revés de su significado, es decir, vivamos hoy pase lo que pase y “tengo derecho a divertirme” porque el mañana no me importa nada. Vivir al día, a la intemperie de la vida, sin preocuparse de nadie y de nada, caiga quien caiga, porque a muchos jóvenes les da absolutamente igual todo, llámese abuelos, abuelas, personas mayores en general, familia, amigos, compañeros de trabajo, personal sanitario y de servicios que están en alta disponibilidad, incluso cuando esos miles de jóvenes provocadores de contagios se ponen a la cola de los PCR, con mucho miedo dentro del cuerpo, como si ellos no hubieran hecho o provocado nada”. “Sinceramente, los muertos me dan igual”, que decía el verano pasado aquella joven de Barcelona vuelve a resonar en mi persona de secreto con un eco especial.

Me siento consternado en el sentido profundo de la palabra tal y como se recogió por primera vez en el Diccionario de Autoridades publicado en 1729: “Atemorizado, asombrado, perturbado y espantado”. Cualquiera de las cuatro acepciones refleja bien mi estado de ánimo. Tanto que hemos luchado por la instauración de la democracia a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años para recoger hoy lo mal sembrado. También conturbado, atendiendo las ricas acepciones de las Autoridades citadas, porque estoy inquieto, conmovido, confundido y desasosegado, provocando todo ello una mudanza cerebral muy importante aunque siga escuchando la recomendación piadosa de San Ignacio en estos tiempos de coronavirus.

Hoy agrego el lema decepcionado, que ayer pronunció Fernando Simón, lema que no está recogido en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua ni como participio pasivo ni como adjetivo, a diferencia de las dos anteriores. Creo que es debido a que la decepción, que significa “pesar causado por un desengaño”, es decir, porque se ha faltado a la verdad en lo que se dice, hace o piensa una persona, es lo que se convierte sólo en sentimiento de decepción al sentirse desengañada una persona ante lo que estamos viendo como reacción de miles de personas, jóvenes sobre todo, ante el coronavirus y lo que siente el alma con la decepción no cabe en el diccionario de la dignidad humana. Su sentido más profundo y que genera más dolor, está en la palabra “engaño” porque esperábamos mucho de los jóvenes de este país. Estamos desengañados, desilusionados y nos sentimos consternados, conturbados y decepcionados.

Cada día que pasa estoy más convencido de que es verdad que soy pesimista ante el espectáculo actual en el gran teatro del mundo, en el sentido más profundo del término pesimista que aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Mario Benedetti en 1999: Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.