Convendría decretar ya el estado de optimismo

Mariano Pozo, El vendedor de globos

Sevilla, 30/VII/2021

Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. Mario Benedetti (1920-2009), en Rincón de haikus.

Visto lo visto, creo que ha llegado el momento de que el Gobierno correspondiente decrete ya el estado de optimismo. Lo necesitamos, pero también hablo ahora de los pesimistas, tal y como lo aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Benedetti (1) en 1999, reforzando la quintaesencia de los optimistas que evalúan la vida a diario, emitiendo juicios bien informados: Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. Efectivamente, ante la situación actual del país desde la perspectiva política, ante anuncios a bombo y platillo de la salida del túnel de la pandemia, con grandes inyecciones de diario europeo e inmejorables cifras de salidas del paro hasta casi ayer en ascenso galopante, estamos obligatoriamente obligados a informarnos bien de lo que sucede, caminando por las grandes alamedas de la transparencia que todos los días hay que buscar, no vaya a ser que nos ocurra lo mismo que a Diógenes de Sinope, prototipo de la escuela cínica, cuando “buscaba a un hombre”. Un día estaba en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva, se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores. Pesimismo en estado puro. Otra cosa es que, en plan pesimista total, sepamos detectar algo importante en política: localizar los elementos de verdad en todo lo que se mueve en este ámbito “optimista”, informarnos bien como optimistas natos que somos, porque en ese mundillo político corre la voz de algunos pájaros de mal agüero que confirman que si algunos políticos dijeran alguna vez la verdad…, mentirían.

El optimismo tiene mala prensa desde la llegada a nuestro país de la palabra, tal y como se demuestra en un breve recorrido que he hecho por un camino que suelo recorrer con frecuencia, el de los diccionarios de nuestra lengua. La primera referencia de la palabra “optimismo” en nuestro país data del año 1787 en el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana […] (Tomo segundo (1767), de Esteban de Terreros y Pando, editado en Madrid por la Viuda de Ibarra) y es muy significativa porque textualmente dice que “optimismo” significa “una secta, que no es otra cosa sino un materialismo rebozado o un espinosismo espiritual, siendo los “optimistas” los seguidores de esta secta, abundando en este marcado carácter sectario de la palabra y de sus seguidores, es decir, los que siguen el optimismo y que “de Leibniz y Malebranche se dice que fueron de los más señalados optimistas”. Hay que esperar hasta 1852, para que el Diccionario de la Lengua Española (RAE) recoja por primera vez el término con la siguiente acepción: “Sistema filosófico que defiende que todo lo que existe es lo mejor posible” y que en el uso común “se toma el empeño de aspirar en todas las materias a una perfección suma y por lo general impracticable”. Siguió durante bastante tiempo este lema con el tratamiento de Sistema, hasta nuestros días, cuando el vocablo significa, escuetamente, lo siguiente: “Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable” y, como doctrina filosófica, “Doctrina que atribuye al universo la mayor perfección posible”, llevada a cabo por un ser “infinitamente” perfecto (Dios o dioses). Un recorrido tortuoso pero en el que me he detenido a analizar el carácter de secta y sectarios a todos los que profesaban el optimismo, obviamente por la represión social existente ante los “desmanes filosóficos” de los pensadores de la época, entre los que se encontraban junto a los citados, obviamente, Spinoza, de ahí la definición de optimismo, en el siglo XVIII, como “materialismo rebozado” y espinosismo {sic] espiritual”.  Es interesante señalar que es en 1899 cuando por primera vez se deja de hablar de lo “impracticable” ligado al optimismo y se recoge exactamente esta acepción que ha perdurado hasta nuestros días: “Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”.

Un ejemplo nos puede ayudar a comprender lo expuesto anteriormente. Siguiendo con el contexto de las tradiciones sociales donde se enmarca el optimismo de todos y de cada uno, podemos tomar el ejemplo del momento en el que comienza el año, normalmente en la ceremonia de las uvas, en el que existe una corriente de opinión extendida sobre listas de realidades y deseos personales, de naturaleza buena y optimista, que confeccionamos rápidamente en el fragor de las campanadas y que poco a poco se van confirmando o no en la medida que avanza el año y miramos con cierto desasosiego por el retrovisor de la vida los compromisos adquiridos. Por ejemplo, vemos que la dialéctica de la vida real se hace fuerte finalmente y en concreto, la del optimismo y la de la apatía. Estando de acuerdo con Benedetti en que ser optimista es la confirmación sublime de lo que significa ser un pesimista bien informado, se antoja ahora recordar que para pensadores de la escuela de Frankfort, serlo es una “obligación moral”, algo así como un imperativo categórico a la manera de Kant. Ser o no ser optimista, esa es la cuestión. No queda otra, porque sabemos que es lo que hay y ante eso la mayoría dice que no se puede hacer nada, siendo esta afirmación categórica un craso error. Queramos o no, hablamos también de sueños y ya sabemos que los sueños, sueños son. Optimismo en estado puro.

Por otra parte, vemos cómo la apatía, es decir, la incapacidad de sentir algo hacia lo o los demás (a-patía), inunda la sociedad de consumo, que es la única que garantiza llevarnos a casa la supuesta felicidad con cosas, los llamados productos de la mercadotecnia, porque la cansina apatía no nos mueve ideológicamente para hacer casi nada, confundiéndonos en la noche de la tibieza social: “a mí que no me llamen”. Además, las cosas importantes no son cosas y si el movimiento ante cualquier llamamiento social se plantea alguna vez hacia la participación política como ciudadanos ejemplares, ahí sí que muchos no irán nunca, porque la mayoría social piensa que la política ya no sirve para transformar nada -todos los políticos son iguales-, sino para que unos cuantos se forren cada día más a costa del presupuesto nacional al que aportamos todos. Mejor dicho, casi todos, porque otros muchos -que son legión- todavía piensan que la contribución social mediante impuestos es cosa de otros. Otra vez: “a mí que no me llamen”. Apatía total.

Axel Honneth, director de la Escuela de Frankfort, lo manifestó en 2015 en una entrevista que recuerdo perfectamente, al abordar la apatía política: “Significa que la gente no está lo suficientemente comprometida en las prácticas democráticas. Prefiere el consumismo, la evasión; el mundo privado frente al compromiso público. Se trata de explicar la tendencia y por qué hay periodos en los que la gente deja de ser apática y se compromete. Por ejemplo, el caso Dreyfus: todo el mundo estaba comprometido públicamente. Hubo momentos en Alemania en los que no se podía evitar el compromiso, ¿por qué hoy hay tanta apatía? Creo que tiene que ver con una frustración derivada de la creencia de que la política no tiene capacidad de transformación social. Hay un conservadurismo que parece afirmar que la política es incapaz de romper el poder del capitalismo financiero, que no hay salida” (2).

¿Existe solución? Con el bálsamo de Fierabrás no, porque no existe, aunque algunos esperan que Amazon nos traiga cualquier día el optimismo empaquetado para regalo y por un puñado de dólares/euros, pero sí cambiando el chip de la responsabilidad social, que es una mezcla de respuesta (respuestabilidad, si se pudiera admitir el lema por la RAE) movida por el conocimiento libre y la ética como suelo firme que debe justificar siempre en libertad todos los actos humanos. Hay que abandonar el sofá convertido en tribuna donde se solucionan sentados todos los problemas de la sociedad y bajar a la calle, como dicen los italianos: scendere in piazza, porque la cosa pública que se ventila es muy seria. Es una forma muy digna de colaborar socialmente con el optimismo generalizado.

Los pesimistas bien informados, es decir, los optimistas, sabemos que lo único que nos queda es el compromiso ético de aplicar el principio de realidad, es decir, las cosas más importantes (que no son cosas…) no son solo como son y cómo las dibujan otros, que siempre son los mismos, los apáticos de cualquier signo o color, sino como queramos entre todos que sean. Según Freud, el principio de realidad junto al del placer legítimo, que lo modifica en muchas ocasiones, rige el funcionamiento mental. En la medida en que logra imponerse como principio regulador, la búsqueda de la satisfacción ya no se efectúa por los caminos más cortos, sino mediante rodeos, y aplaza su resultado en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior. Si nos movemos y participamos socialmente en el cambio “político” al que aspiramos, de tal forma que llegue a ser transformación social, dejaremos de ser voces que claman en los desiertos de la apatía social que nos invade de forma galopante, silente y manifiesta, por todas partes. Blindaremos el optimismo como la “propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”, que nos legitima como pesimistas bien informados. Esa es la cuestión, porque la búsqueda de la satisfacción legítima en nuestras vidas que nos ofrece el optimismo ya no se efectuará por los caminos más cortos, sino mediante los rodeos que nos impone la vida a través de las adversidades, tomando conciencia de que muchas veces hay que aplazar sus resultados en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior. De ahí la necesidad de que se decrete a corto plazo el estado de optimismo. Lo necesitamos.

Una cosa más, como decía Steve Jobs en sus presentaciones: el optimismo puede ser sólo un conjuntos de globos que acaban explotando y nos podemos quedar sin nada en las manos, en los sueños, en el alma si no estamos atentos a la ética de vivir despiertos. Ese es el motivo de por qué he escogido la imagen que abre estas palabras. En 2018 visité en Antequera (Málaga) una exposición itinerante del fotógrafo malagueño, Mariano Pozo, con un título muy sugerente: Capítulos vividos, colgada en el patio principal de la Biblioteca Municipal, una colección de imágenes que conformaban una forma de entender su Ítaca particular. Entre ellas me detuve bastante tiempo en una, El vendedor de globos, que me devolvió la esperanza de continuar el viaje hacia las Ítacas de mi vida, las guías de mi optimismo esencial. Era la imagen de una persona vendiendo ilusiones en la Semana Santa de Málaga, que corre por las calles de la ciudad rodeado de la magia suficiente como para alegrar la vida de niñas y niños en Andalucía, en ese caso y extrapolable a otros, en la edad en la que inician sus viajes a sus Ítacas tan diminutas, en momentos en que sería más importante recordarles al Jesús de la mar que al del madero, haciendo caso siempre a Machado, un pesimista bien informado, que hizo un camino impecable de dignidad hacia su Ítaca tan particular. Para no olvidarlo.

(1) Benedetti, Mario (2001). Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.

(2) Arroyo, Francesc (2015, 22 de abril). Axel Honneth: “El optimismo es una obligación moral”El País.com.

NOTA: la imagen se recuperó el 14 de septiembre de 2016 de: https://cronopiolandia.wordpress.com/category/mario-benedetti/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Hay que desenmascarar a los conformistas y mediocres

Il conformista, Alberto Moravia / Bernardo Bertolucci

Sevilla, 29/VII/2021

Estamos asistiendo impertérritos a la implantación de un conformismo personal y social plano de gran parte de la sociedad, ante todo lo que está pasando en estos momentos tan duros y extraños derivados de la pandemia y su gestión política en nuestro país. Junto a una gran aliada, la mediocridad, se han instalado en nuestras vidas. Me preocupa mucho esta situación, porque traduce una enfermedad social de consecuencias trágicas, que deberíamos atender con urgencia si queremos ofrecer un horizonte claro de presente y futuro a las personas que queremos y a las que forman parte del denominado interés general constitucional y político en su sentido más primigenio.

El conformismo fue tratado históricamente el siglo pasado por la literatura y el cine asociado a ella, fuentes que me permitieron conocer, en mis años jóvenes, su cara más cruel y amarga. Me refiero a la obra Il conformista, de Alberto Moravia (Roma, 1927-1990) y a la película homónima, dirigida por el gran cineasta italiano Bernardo Bertolucci (Parma, 1941 – Roma, 2018). Moravia publicó esta obra en 1.951 y refleja en ella su sentir político como una proclama muy dura contra el fascismo. Bertolucci, atraído por el compromiso intelectual y político de Moravia, la llevó al cine en una producción a la americana, en 1970, con el apoyo de la Paramount, obteniendo un resultado extraordinario en la historia del cine europeo e italiano por la adaptación de esta novela a la gran pantalla.

Si lo traigo a colación hoy es porque creo que el conformismo, como fenómeno social emergente, hay que denunciarlo a los cuatro vientos, por la parálisis y desafección ética en el país de todo lo que tiene que ver con la política, porque es una lacra social de consecuencias inimaginables, sobre todo porque camina de la mano de la mediocridad, que nos ataca por tierra, mar y aire, tal y como lo he manifestado ya en muchas ocasiones en este cuaderno digital que procuro por todos los medios posible que no sea ni conformista ni mediocre. Estoy de acuerdo con lo expuesto en un artículo muy interesante sobre la película de Bertoluccci, que trata sobre los errores en el doblaje de esta película, probablemente no inocentes, que leí hace ya bastante tiempo, porque “[…] si El conformista es un film tan profundo es por la suma de capas e influencias que lo componen: mezcla de géneros cinematográficos, la melodía de la banda sonora y sus variaciones en clave humorística, obra de Georges Delerue, las múltiples referencias literarias, incluidos los mitos de la caverna y Edipo, la recreación histórica y la fotografía diseñada por otro artista precoz, Vittorio Storaro—, ingredientes que el director consigue armonizar”.

Precisamente, el mito platónico de la caverna, magistralmente tratado por Bertolucci, es algo que hay que rescatar hoy porque es el análisis de la realidad de las sombras que pasan ante miles de personas que estamos recluidos a veces en nuestras propias cavernas, sin poder ver la realidad de lo que está pasando realmente fuera para interpretarlo de la forma más crítica y certera posible, situación que sabe aprovechar muy bien el pensamiento único de determinados partidos que están siempre bordeando la democracia auténtica, en una conversión totalitaria que da escalofríos escucharlos. Lo más duro que asumí de aquella película, a mi edad juvenil y de marcado sesgo revolucionario, era una frase del protagonista, Marcelo Clerici cuando se incorpora a la OVRA (Organización para la Vigilancia y la Represión del Antifascismo) y después de escuchar ejemplos de cómo se puede entender esta militancia por parte de su amigo invidente, Ítalo Montanari, él manifiesta agradecido que ha entendido perfectamente la equivalencia entre un hombre “normal” y un “perfecto fascista”. Conformismo y mediocridad en estado puro.

Tal y como lo he manifestado en ocasiones anteriores y leyendo las últimas noticias de nuestro país, de Andalucía, cuando se acerca el ferragosto, he recordado también ante esta situación descrita a Mario Benedetti, porque escribió en Testigo de uno mismo (1) un soneto del pensamiento, precioso, que leyéndolo de nuevo me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa? lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Sur, que también existe y me preocupa mucho esta situación en Andalucía, que se extiende como una mancha de aceite. El conformismo y su gran compañera de viaje, la mediocridad, hacen estragos allí donde nacen, se desarrollan y mueren, porque se instalan en el confort de los tibios y tristes, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa?

La cosa es la vida misma, con su parafernalia personal e intransferible en cada persona que vive rodeada de cosas que cosifican, es decir, a la corta, más que a la larga, reducen a la condición de cosa a las personas. Porque ahí radica su peligro extremo: reducen a las personas a una cosificación inaceptable por medio del conformismo brutal que nos invade y que suele diseñarse muy bien por el enemigo, un artista de la mercancía política en hipermercados de la indignidad y de su economía propia y asociada. Muchas veces he ensalzado la figura de Papageno, el protagonista de la ópera de Mozart, La flauta mágica, porque su profesión es un modelo a seguir en muchas ocasiones para los inconformistas de cuna: encantador de pájaros, aunque no sepamos casi nunca a qué tipo de pájaros, con perdón, tenemos que encantar. Cada uno que lo aplique a quien corresponda.

Dice Mario Benedetti más adelante en el mismo soneto citado: la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío. Es verdad, porque el conformismo lleva a un electroencefalograma plano de la inteligencia que inhibe para tomar conciencia de que el Sur también existe, como nos pasa con el conformismo en esta tierra de maría santísima, donde nos acaba dando igual el calor que el frío. Lo que ocurre es que cuando se decide salir del conformismo que nos invade, el pensamiento, acostumbrado al vacío, huye de ángeles y tahúres y busca desesperadamente la noche, para pensar en esta tierra…, a troche y moche. ¡Menos mal! Moravia, Bertolucci y Benedetti han dicho algo que nos puede remover hoy las conciencias y no olvido.

Existen personas que ejercen profesiones arriesgadas, que aprecio mucho, nada conformistas y que me han acompañado siempre en el silencio activo que sabe cuidar la persona de secreto que hay en mi vida: determinadas personas que ejercen determinados puestos arriesgados en las salas de máquinas de las embarcaciones y las que no acostumbran a salir de la contramina, como metáfora aplicable al tema tratado hoy sobre el conformismo y la mediocridad, una vez que el ascensor tipo jaula los deja en el trabajo de cada día, en el corazón de la tierra. Son profesiones modélicas para los que perteneciendo a mi Club de las Personas Dignas tienen que tomar una decisión muy importante en situaciones de turbulencias sociales, en estos momentos difíciles para las creencias personales, profesionales y sociales de todo tipo. Fundamentalmente, porque ahora toca abandonar temporalmente la sala de máquinas y la contramina para pasar a una acción en cubierta o a cielo abierto, urgente y necesaria, para estar cerca de los que quieren abandonar el puente de mando de las embarcaciones laborales y políticas o la zona de dirección de los yacimientos de dignidad privada y pública que tan necesarios son en estos momentos, para convencerles que merece la pena seguir luchando por aquellos valores en los que han creído hasta ahora y que en los momentos difíciles es cuando hay que dar la talla ética que tanto se ha defendido con anterioridad al fracaso o a la pérdida de confianza de los demás en nuestra persona pública o de secreto, en nuestras decisiones, hayan sido o no acertadas. Es decir, una declaración de guerra total ante los conformistas y mediocres y las organizaciones que los representan.

Escucho a diario que ya no se puede hacer nada, que todos los políticos son iguales, que al final lo que vale es el dinero que tengas a mano, que el mundo no tiene solución, que la crisis actual motivada por la pandemia va a acabar con las ilusiones legítimas de todos. Conformismo puro y duro que detesto. Y no es verdad que tengamos que estar en actitud paciente o conformista sobre estos juicios de valor, que tengamos que resignarnos a renunciar a ideologías que permiten a personas dignas estar cerca de los demás, de aquellos que menos tienen, de los que luchan por el estado del bien-ser y del bien-estar, por el trabajo bien hecho, el diario, el que puede ser más gris en determinados momentos; por ejemplo, por los que defienden que el trabajo en la Administración Pública tiene que respetar el tiempo, el espacio y el dinero público de principio a fin de jornada, pensando siempre en la persona como ciudadano al que se debe orientar todo lo que se hace en la Administración como acción basada estrictamente en el interés público.

Porque nada ni nadie es inocente. Todo tiene una razón de ser y ahora es necesario subir a cubierta y al cielo abierto para gritar a los cuatro vientos que somos necesarios para transformar el mundo, cada uno donde está en la actualidad, con un trabajo celular, ejemplar, allí donde vive o trabaja cada uno o cada una, porque la solución no viene solo de la Unión Europea, o del Banco Central Europeo, o de Merkel o de la presidenta Úrsula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea), por poner un ejemplo muy actual. Es más probable que la salida a la crisis actual que arrastramos desde hace ya muchos años y agudizada ahora por la pandemia, sea una realidad si prosperamos en plantar cara a la desazón que embarga a muchas personas, porque a las personas que pertenecemos al Club de las Personas Dignas nos interesa ahora dejar temporalmente esas salas de máquinas en las que hemos trabajado durante tanto tiempo o en las contraminas de la sociedad, de los trabajos o de las familias, para gritar a los cuatro vientos, a cielo abierto, que tenemos que seguir luchando para recuperar la dignidad de personas en el silencio o ruido de cada día, el de cada uno, el de cada una, y que sabemos dónde está la clave: en el trabajo serio y callado, coherente, de principio a fin, ejemplar, sobre todo. También, en descubrir y desenmascarar las maniobras oscuras de los conformistas y mediocres.

Sin esperar que vengan los demás a solucionarnos los problemas que nos rodean y, para decirlo bien alto y claro, porque todos no somos iguales. Porque solo debe existir esta igualdad ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social [ante la crisis… de la pandemia (el corchete es mío)], como dice el Artículo 14 de la Constitución. Aunque dentro de unos días, cuando la mar esté en calma y la dirección de la mina no tenga más sobresaltos, tengamos que volver con la cabeza bien alta a la contramina o a la sala de máquinas en la que tanto nos gusta trabajar, para seguir navegando y cavando en la igualdad que tanto necesitamos todos, sin excepción alguna. De lo contrario sucederá lo que ya nos advirtió Benedetti sobre los peligros del conformismo y la mediocridad: la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío.

(1) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Agradecimiento democrático a Ramón J. Sender

Sevilla, 27/VII/2021

He entrado muy temprano en mi clínica del alma, mi biblioteca, para localizar un ejemplar que conservo como oro en paño, Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, después de haber leído en eldiario.es un artículo sobre su localidad natal, Chalamera, la cuna de Ramón J. Sender, salva su escuela en el 120 aniversario del escritor. Es una oportunidad para recordarlo especialmente en este año y porque, afortunadamente, el colegio que lleva su nombre, “ha esquivado el cierre que se habría llevado a cabo de no alcanzarse el mínimo de alumnos, tres, por el paso de dos de ellos al instituto el curso que viene. Una situación más que señala la interminable lucha contra la despoblación”.

El ejemplar que conservo creo que es una joya bibliográfica, porque lo adquirí en un contexto muy difícil en este país, en los momentos últimos de la dictadura que fueron de un ensañamiento desmedido. Fue en un viaje a París, en enero de 1975, para investigar sobre las guarderías infantiles laborales en el Centro Internacional de la Infancia (Bois de Boulogne) y en diversos hospitales de la capital francesa, donde ya estaban llevándose a cabo experiencias muy interesantes. En los momentos de ocio, llevaba un cometido personal que quería cumplir a rajatabla: visitar la librería Ruedo Ibérico y localizar allí obras de interés político que no se podían adquirir en España por estar prohibida por la dictadura su venta y distribución. Entre las obras que compré, no muchas por mi escasa disponibilidad económica, estaba una de las que más me han influido en mi alma de secreto, Réquiem por un campesino español, que me leí de un tirón la misma noche del día en que la compré. Tengo que confesar que no pude dormir y que me pasé casi todo el resto de aquella noche especial, mágica, en la ventana de la habitación del hotel a pesar del frío que asolaba aquella habitación sencilla de un hotel muy humilde en la calle Gay-Lussac, creo recordar que se llamaba Elysa, junto al Jardín de Luxemburgo, en el famoso barrio quinto.

Este libro es lo más íntimo de mi propia intimidad, que decía San Agustín, porque en el viaje de vuelta a España desde París, lo traje escondido bajo la camisa durante todo el trayecto, camuflado con hojas de periódico. Cuando llegamos a Hendaya, los inspectores de la policía española, la famosa “secreta”, entraron en el vagón y en el departamento que ocupaba para hacer los registros que consideraron oportunos, junto a preguntas capciosas. No lo he olvidado nunca.

La edición es preciosa, cuidada hasta el último detalle, presidiendo el color negro este ejemplar, como no podía ser de otra manera…, desde la sobrecubierta hasta el cartel de la portada y los dibujos, siempre en negro, de las páginas interiores y realizados por Pelayo. Se publicó en París por Ediciones Hispano-Americanas, en el 4º trimestre de 1974. En la Nota Preliminar del libro, escrita por F. Gómez Peláez, se recogen unas palabras del autor a modo de introducción de la edición a cargo del profesor Robert M. Duncan, en 1964, publicada por D.C. Health and Co. (Lessington, Massachusetts), volviendo a recuperar el título original de la obra, Mosén Millán (publicada por primera vez en México, en 1953), que explican el hilo conductor de esta pequeña obra pero grande en su fondo y forma: “El hombre es el mismo en todas partes si nos atenemos a los registros sutiles de la sensibilidad moral y a la sensibilidad humana, es decir a la razón de la presencia del individuo en la familia, de la familia en la sociedad, y de la sociedad en la nación y aún de todos ellos en la perspectiva aleccionadora del tiempo. Pero unas veces el hombre domina las circunstancias, y otras es dominado y arrastrado por ellas. Eso último sucedió a los españoles en 1936. Por razones fáciles de comprender, Mosén Millán (Réquiem por un campesino español) está más cerca de mi corazón que otros libros míos”. Además, agrega algunas ideas de sumo interés para comprender hoy su obra, sobre todo cuando se confunden deliberadamente la virtud con la autoridad (Mosén Millán) y ésta con el poder político: “Es decir, que lo que sucede en el libro no puede menos de suceder en cualquier tiempo y lugar donde la Iglesia y el Estado comparten la autoridad oficial y la responsabilidad.

Más adelante, agradece Sender que su obra sea utilizada como libro de texto por estudiantes americanos, después de cantar la excelencia de lo que significa en España la dialéctica entre el mundo rural y el urbano, porque les permitirá familiarizarse con los usos y costumbres de este país, con “la atmósfera histórica en la que se desenvuelven” los hechos narrados, porque “van a entender un poco más el radio de su capacidad de entendimiento y de amor”. Él avisa que el libro acaba con una tragedia, pero es algo que tenemos que aceptar en nuestras vidas porque desde el momento en que nacemos tenemos que aceptar que es una de las “dimensiones de lo real”. Su frase final es un aviso para navegantes en el enfrentamiento diario de la sociedad en nuestro país: “Dios libre a los lectores de la necesidad de afrontarla como los españoles tuvimos que afrontarla entre 1936 y 1939”.

Vuelvo a leerlo de nuevo como si fuera aquella noche en París, en 1975. Cuarenta y seis años después, comprendo mejor que nunca lo que recomendaba el prologuista de esta cuidada edición que conservo en mi persona de secreto: he entrado serenamente en el relato y he llegado otra vez al final “sin darme cuenta del tiempo invertido”. Porque es verdad, “al cerrar el libro, impresionado por las últimas exclamaciones del joven Paco y las meditaciones posteriores de Mosén Millán, su inconsciente delator, te harás tu propia opinión. Y eso será, en fin, lo más importante”.

Mi opinión es que es una obra maestra, dos veces magistral y buena por breve, pero con un significado que cobra hoy actualidad por la reciente aprobación, el pasado 20 de julio, por el Consejo de Ministros de este país, del Proyecto de Ley de Memoria Democrática. El texto consta de 65 artículos, agrupados en 5 títulos, estructurados en torno al protagonismo y la reparación integral de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura, así como a las políticas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Según fuentes oficiales “Con esta Ley se pretende cerrar una deuda de la democracia española con su pasado y fomentar un discurso común basado en la defensa de la paz, el pluralismo y se amplían los derechos humanos y libertades constitucionales”. El objeto de esta Ley es “la recuperación, salvaguarda y difusión de la Memoria Democrática con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las distintas generaciones en torno a los principios, valores y libertades constitucionales, así como el reconocimiento de los que padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista hasta la promulgación de la Constitución Española de 1978. Se trata de promover su reparación moral y recuperar su memoria e incluye el repudio y condena del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la posterior Dictadura franquista”.

No olvido a Ramón J. Sender, su Réquiem por un campesino español y su vida en el exilio, como el de tantos miles de españoles que lo sufrieron hasta la muerte y sin reparación alguna. Leer de nuevo esta pequeña joya es una reparación en el alma democrática de lo que allí cuenta y que no debió suceder nunca. Por favor y para quien no conozca esta obra, un consejo: léala. Quienes la conocen, vuelvan a hacerlo. Para todos, para que no se olvide ni siquiera un momento y como agradecimiento democrático a un trabajo con amor hecho.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Necesitamos recordar hoy a Antonio Machado

Patio de los limoneros. Palacio de Dueñas. Sevilla / JA Cobeña

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Antonio Machado, Retrato

Sevilla, 26/VII/2021

Hoy se cumple el 146º aniversario del nacimiento en Sevilla de Antonio Machado y pienso que hoy, más que nunca, debemos recordarlo también por algo que necesitamos hacer urgentemente en nuestro país, escuchar, un verbo del que debemos conjugar el presente de indicativo completo y perpetuo antes que volver a hablar de algo sin conocimiento y, muchas veces, con una gran falta de respeto hacia los demás. Vuelvo a publicar como pequeño homenaje en este cumpledías de Machado, según la expresión tan querida por Benedetti, un artículo que escribí en 2016 después de una visita pausada al Palacio de Dueñas, donde volví a sentir el alma del poeta, sus consejos, su autorretrato, su escucha, sus soledades y su silencio. Sigo pensando que la escucha atenta entre todos debería ser una propuesta de necesidad extrema en este país tan dual y cainita. Necesitamos aprender a escuchar porque no es habitual en la vida ordinaria, sobre todo cuando nos referimos a los otros. Escuchar es saber dialogar, como nos enseñó mi admirado poeta: Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad.

Aquella tarde de abril, en Sevilla, lo leí otra vez en el cielo azul de Dueñas y puedo asegurar que no lo olvido, habiendo aprendido con el paso de los años que Machado adoraba el silencio, el suyo concretamente, porque sabía que sólo se debe dejar de callar cuando preguntando primero y escuchando después, se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Probablemente, sea el momento mágico, como decía él, de distinguir de entre todas las voces sólo una, porque sabemos distinguir las voces de los ecos, porque no es lo mismo…, no es lo mismo.

España necesita recordar hoy a Machado

Esta tarde he estado muy cerca de Antonio Machado, en el Palacio de Dueñas. He paseado por el patio de los recuerdos de su infancia y de un huerto claro donde madura el limonero. Lo he sentido hoy muy cerca de mi persona de secreto. Fundamentalmente, porque echo de menos la asunción colectiva de un proverbio suyo sobre el diálogo, que me acompaña siempre. En ese patio lo he recuperado de mi memoria de hipocampo ante una carencia de diálogo, como problema de Estado que nos afecta a todos en momentos políticos transcendentales que estamos viviendo estos días.

La escucha atenta debería ser una propuesta de necesidad extrema en este país tan dual y cainita. Necesitamos aprender a escuchar porque no es habitual en la vida ordinaria, sobre todo a los otros. Escuchar es saber dialogar, como nos enseñó mi admirado poeta: Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad. Esta tarde lo leí otra vez en el cielo azul de Dueñas.

Escuchar es una actitud, un proceso de educación transversal a lo largo de la vida que no se improvisa, necesariamente acompañada de la aptitud social de la escucha atenta y activa. La persona que escucha vive instalada en el respeto mutuo, dispuesta a aprender siempre porque solo sabe que no sabe nada. La vida es una caja de sorpresas y preguntas para quien escucha porque todos los días surge una posibilidad nueva de aprendizaje. Y para el diálogo es fundamental. Este país necesita declararlo como deber fundamental de carácter casi constitucional. Nos arrollamos en las vicisitudes diarias porque no dialogamos, no solemos buscar juntos la verdad de la vida, guardando cada uno la suya.

Y volvemos al arte de escuchar, elemento imprescindible para desarrollar esta habilidad nacida para consolidarse en una actitud que se ha desarrollado gracias a la inteligencia humana, que sabe distinguir oír de escuchar, que no es lo mismo. Es lo que les ocurre a los que alardean de decir a los cuatro vientos, cuando oímos algo que no nos interesa, que “por un oído me entra y por otro me sale”, como si la inteligencia humana estuviera ausente. Acabamos de negar la quintaesencia de la escucha, porque nos instalamos en el particular reino de la autosuficiencia o descalificación ajena, negando la capacidad intelectual de elaborar el proceso de escucha atenta que nos separa de estos procesos auditivos que también desarrolla el reino animal. Es un problema que estriba sencillamente en prestar siempre la necesaria atención a lo que los demás dicen, porque probablemente podríamos darnos cuenta de que lo que hasta hoy tenía patente de corso en nuestra vida ya no es así, dado que muchas veces los demás pueden pensar y decir algo mejor que nosotros. Esta actitud nos permitiría sobrevolar, a partir de ese momento, un cielo de preguntas.

Cuando salía del Palacio de Dueñas, de su patio tan querido, he recordado también una estrofa de Retrato, un poema precioso, que me ha permitido comprender mejor cómo la escucha atenta es un compromiso activo de ética pública y privada que tanto necesita este país, sobre todo su clase política en estos días de tanta ausencia de escucha y preguntas sin respuesta alguna: Desdeño las romanzas de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna. / A distinguir me paro las voces de los ecos, / y escucho solamente, entre las voces, una. Y me he perdido finalmente por las calles de su querida Sevilla, haciendo como siempre su camino al andar.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / y 7. Pidamos lo imposible

Mayo del 68, París

Sevilla, 25/VII/2021

En el siglo doce, el geógrafo oficial del reino de Sicilia, Al-Idrisi, trazó el mapa del mundo, el mundo que Europa conocía, con el sur arriba y el norte abajo. Eso era habitual en la cartografía de aquellos tiempos. Y así, con el sur arriba, dibujó el mapa sudamericano, ocho siglos después, el pintor uruguayo Joaquín Torres García. Nuestro norte es el sur, dijo. Para irse al norte, nuestros buques bajan, no suben. Si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿no habría que darle vuelta, para que pueda pararse sobre sus pies?

Eduardo Galeano, Una pregunta, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

“Sed realistas, pedid lo imposible”, fue la expresión que ha representado siempre el celebérrimo Mayo francés del 68 y las manifestaciones en las calles de París, de las que fueron sus principales protagonistas los estudiantes universitarios, desde Nanterre a la Sorbona. Era una afrenta integral contra la Autoridad, su significante y su significado arropado en las teorías de Herbert Marcuse sobre la unidimensionalidad del ser humano, en todas sus expresiones posibles, porque esta Autoridad soterraba cualquier posibilidad de cambio en la sociedad francesa y, por extensión, europea y mundial. Todo un símbolo que rescato hoy ante lo que ocurrió en la clase de ayer de este Curso tan interesante para poder entender de alguna forma el mundo al revés que nos rodea tofos los días por tierra, mar y aire.

La profesora nos dijo al comenzar la clase que íbamos a invertir el planteamiento anterior del desarrollo de cada encuentro, es decir, comenzaríamos con una referencia del libro de “texto y contexto” de Galeano, para después buscar la mejor aplicación al momento actual y acabar con un homenaje a palabras muy concretas de Galeano que el alumno o la alumna que quisiera podía proponer como broche final del Curso. Así lo hicimos y un compañero alzó la mano para decirnos que en las primeras páginas había una referencia a muchos “cómplices” de que él hubiera escrito este libro, siendo para él un placer “denunciarlos”. Después de relacionar muchos nombres y apellidos de amigos y conocidos, no inocentes porque sabían lo que hacían colaborando con él en la redacción del mismo, con su culpa individual y colectiva, leyó un nombre final que tiene su aquél: “Y en gran medida es también responsable santa Rita, la patrona de los imposibles”.

Ahí nos quedamos, en el análisis de lo imposible, en una sociedad que deserta a diario de cualquier compromiso que vaya más allá de los intereses de cada uno. Nos pareció a todos de gran interés debatir sobre esta realidad social y el encuentro no tuvo desperdicio alguno. Pero, ¿qué es lo imposible? Las acepciones del diccionario nos orientan, en principio, sobre las mejores definiciones posibles, pero de las cuatro que por primera vez aparecieron en el Diccionario de la lengua española, en 1780, me quedo con la tercera, la de orientación metafísica según el citado diccionario, precisamente por posibilista: cosa sumamente dificultosa o ardua, porque la primera no abre posibilidad alguna para avanzar en la vida: lo que no puede ser o no se puede hacer. Se comprende mejor que la pintada del mayo francés dejaba una puerta abierta a la acción revolucionaria vital: haced lo imposible, aunque sea algo sumamente dificultoso o arduo.

Lo que más me llamó la atención y quiero resaltar en este resumen diario del Curso, es que la referencia al mayo francés fue uno de los primeros recursos para analizar la situación social actual ante los imposibles diarios. Pero Galeano, en las últimas páginas de La escuela del mundo al revés, expone que tenemos el derecho al delirio, sin tener que recurrir a la abogada oficial de los imposibles: “Ya está naciendo el nuevo milenio. No da para tomarse el asunto demasiado en serio: al fin y al cabo, el año 2001 de los cristianos es el año 1379 de los musulmanes, el 5114 de los mayas y el 5762 de los judíos. El nuevo milenio nace un primero de enero por obra y gracia de un capricho de los senadores del imperio romano, que un buen día decidieron romper la tradición que mandaba celebrar el año nuevo en el comienzo de la primavera. Y la cuenta de los años de la era cristiana proviene de otro capricho: un buen día, el papa de Roma decidió poner fecha al nacimiento de Jesús, aunque nadie sabe cuándo nació”. De un plumazo, Galeano nos abre los ojos y nos lleva de la mano a soñar que otro mundo es posible, aunque muchos creen y dan por sentado que es imposible.

A continuación, nos dice que “El tiempo se burla de los límites que le inventamos para creernos el cuento de que él nos obedece; pero el mundo entero celebra y teme esta frontera”, invitándonos en ese momento a volar, algo que necesitamos en este mes de julio del 2021 de los cristianos, el 1399 de los musulmanes, el 5134 de los mayas y el 5782 de los judíos. Es verdad, añade, porque “Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los oradores de inflamada verba peroren sobre el destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio. La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así [la llegada en 2000 del nuevo Milenio] por arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos nosotros seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio”.

Esa es la razón que definitivamente debatimos en clase, siendo razonables: debíamos pedir lo imposible en “un mundo diseñado por el enemigo” (en frase de mi admirado Juan Cobos Wilkins), porque “aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y, como juega el niño sin saber que juega;

en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: Amarás a la naturaleza, de la que formas parte;

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero”.

Finalizó la clase y el Curso. Sobraban las palabras de siempre, llevadas de la voz por panegíricos que no sirven para nada. Lo que si aprendimos en esa clase es que cada día nos otorga el derecho al “delirio” de pensar y transformar la sociedad, según Galeano, por el mero hecho de haber nacido, soñando de verdad que otro mundo es posible y eso, ayer tarde, nos bastaba para volver a casa con la ilusión de transformar este mundo cada día más al revés e imposible. Además, cuando el Sur puede ser el Norte del mundo, tal y como lo trazó el geógrafo Al-Idrisi hace ya muchos siglos, estamos proclamando en voz alta que no estamos locos por el delirio de vencer lo imposible; que sabemos, como muchos antepasados nuestros, lo que queremos y amamos sobre todas las cosas posibles, aunque difíciles y arduas, en beneficio del interés general, de todos y sin dejar a nadie atrás.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / 6. Ni los más rápidos, ni los más altos, ni los más fuertes

Sevilla, 24/VII/2021

Con espíritu olímpico en el contexto de Tokyo 2020, asistimos a la clase de ayer en nuestra querida escuela de verano, aunque la verdad sea que no siempre somos los más rápidos, los más altos, ni los más fuertes en la Olimpiada de la Vida, tal y como nos lo está demostrando a diario la pandemia actual, entre otros muchos principios de realidad. Reflexioné sobre este acontecimiento mundial recientemente, glosando la figura de Mohamed Katir, un atleta que representa a España en esta Olimpiada, porque tengo el deber de interiorizar el espíritu de lucha sin descanso y superar la carrera en la calle que me corresponda correr en mi mundo público, de todos, y en el de secreto a lo largo de la vida. Conviene que no olvidemos, con humildad, que muchos venimos de la Nada, como Katir. De ahí su gran ejemplo.

Lo enunciado anteriormente cobra hoy su sentido “olímpico” en un mundo al revés de superestrellas del deporte, de sueldos millonarios y hasta casi insultantes, de apuestas deportivas con publicidad no controlada, de jugadores de todo tipo que se convierten en mercancía pura y dura en el gran Mercado del Deporte. Es por ello que hablar de un deportista de élite, Mohamed Katir (Alcazarquivir, 1998), hijo de emigrantes -su madre marroquí y su padre egipcio-, de los nadies desde hace muchos años que provienen de la Nada, consideré que era un deber ciudadano al compartir su seña de identidad de este país (está nacionalizado como español desde 2019), que tanto los maltratan en determinadas esferas políticas, sociales y laborales para vergüenza y sonrojo de muchos. Sus padres llegaron en patera a este país hace ya muchos años y tuvieron una vida muy difícil de integración social en este territorio tan dual y cainita.

Propuse ayer este ejemplo deportivo y vital como muestra contemporánea con la ceremonia inaugural de los Juegos en Tokyo y a mis compañeros y compañeras de clase les pareció una buena idea, así como a la tutora de turno. Lo más interesante estribaba en analizar con detalle una frase rotunda de Katir: vengo de la Nada, aunque adquirimos el compromiso de analizar igualmente el lema de la Olimpiada de este año: juntos por la emoción, cuestión que siempre he admirado en el ser humano junto a los sentimientos. Pedí intervenir al comienzo de la clase, una vez despejado el hilo conductor el día y les leí el relato que escribí hace unos años, Emocionentes (1), sobre una característica de nuestra vida que nos hace vibrar en muchos momentos de nuestra singladura vital gracias a nuestro maravilloso cerebro y porque pertenezco al Club de los Emocionentes (perdón por el neologismo). Tengo que reconocer que como millones de personas que poblamos este planeta Tierra, sé que no soy Citius (el más rápido), Altius (el más alto), Fortius (el más fuerte) en la Olimpiada de la Vida, pero sí Emocionente. Hoy vuelvo a entregar a la Noosfera estas reflexiones, como si fueran el testigo de una hipotética carrera de relevos existencial. Me puse de pie en la clase y leí el relato para que nos ayudara a comprender mejor el lema de los Juegos Olímpicos de este año y así participar en ellos de una forma original: juntos en la clase unidos por la emoción:

Hace ya mucho tiempo, se descubrió en un país de nunca jamás, una palabra sorprendente, porque el rey del cerebro (así lo llamaban los habitantes del lugar) no sabía cómo explicarla: emocionentes. Solo se conocía una muy parecida: inteligentes, pero era cierto que tendría que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino de la memoria. Cabalgando despacio, porque el rey entendió que era posible conocerle bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno.

Él, bravucón donde los haya, recordaba los ojos de María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Sabía que algo le ocurría al mirar esos ojos saltones y que sucedía algo esencial para la vida de los emocionentes, porque normalmente siempre se escucha al corazón mucho más fuerte que al viento, ya que si esta búsqueda al galope, no tiene corazón, es solo eso, búsqueda. El rey, tan sabio, sabía que las palabras nuevas (ésta, emocionentes, la había localizado en una larga misiva de carácter regio) no ruborizan, recordando una cita de Cicerón a la que profesaba gran estima: una carta no se ruboriza (Epistola enim non erubescit). El rey del cerebro, en sí mismo, no se ruboriza. ¡Faltaría más! Solo sabía que podía pedir auxilio a los sentimientos cuando la maquinaria perfecta cerebral atisba el sufrimiento humano.

Y descubrió algo maravilloso en su consulta: él era propietario de un caballo encorvado, conocido como hipocampo, que ya se encontraba hace millones de años en los mamíferos primitivos, es decir, ¡estaba en su cerebro! Y lo sustancial: formaba parte del sistema límbico, como estructura fundamental de diferentes tipos de memorias y almacén de las emociones por su proximidad con la amígdala. ¡Vamos por partes!, decía ruborizado a pesar de él mismo. El rey no daba crédito. “¡Soy propietario de un caballo maravilloso y nadie me lo había anunciado!”. Pero he aquí que lleno de curiosidad quiso conocerlo de forma más cercana. Y comenzó a leer y leer, a preguntar en todas partes de aquél mundo de nunca jamás, y supo que si quería conocer y domesticar su caballo encorvado tenía que “abrir su cerebro” para localizarlo. El consejo de sabios fue contundente: no se ve desde fuera. Y comenzaron a explicarle que hace muchos años, unos científicos especializados abrieron uno por curiosidad y se encontraron estructuras donde cabalgaba tranquilamente un caballo como el suyo.

Siguió preguntando, más y más, hasta que una sabia mujer le susurró algo al oído:

– cabalgas porque te emocionas.

De pronto, supo que la información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. Así lo confirmaba aquél grupo de expertos. Y que también puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y que comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes. ¡Qué palabras tan desconocidas! Aquél rey supo en ese momento que este caballo encorvado es mayor y más activo en las mujeres, es decir, ellas pueden estar en todos los “detalles” de lo que ocurre en determinadas ocasiones; sufre cambios hormonales constantes en una dialéctica entre el estrógeno y la progesterona, activas “amazonas” en la carrera de la vida personal y en pareja.

Se lo diría a la reina: en el primer día del periodo, el hipocampo es activado por el estrógeno reforzando e incrementando en un 25% sus conexiones: se recuerda y aprende más y mejor, es decir, la actividad recordatoria puede ser frenética en la segunda semana del ciclo menstrual. Y él sabía que conocer estas realidades fisiológicas ayuda a los hombres a respetar más a la mujer, entre otras cosas porque sus posibilidades de aprendizaje son una continua lección programada, mes a mes, que hace muy valiosa la experiencia menstrual desde esta óptica contrastada por la ciencia. También le contaron que se había investigado el envejecimiento en esta maravillosa estructura cerebral y que si se mantiene la terapia hormonal en mujeres menopáusicas, su memoria tenderá a envejecer más lentamente, porque las dosis de estrógenos activan la memoria verbal y de largo plazo.

El rey agradeció a los sabios y sabias del lugar, la aproximación que le habían ofrecido sobre el cerebro desnudo. Como era un rey moderno, supo que existía un acto que “susurraba a los caballos” como metáfora de la aprehensión de la vida. Y comenzó a correr y correr anunciando su “descubrimiento”: él como persona, más que como rey, no solo era inteligente, sino también emocionente, porque sabía a ciencia cierta, que en el cerebro, junto al caballo que acababa de descubrir, se encuentra una estructura cerebral, del tamaño de una almendra, que se llama “amígdala”, situada exactamente en el lóbulo temporal y que forma parte, junto a otras estructuras cerebrales, como el hipotálamo, el septum y el hipocampo, fundamentalmente, de los circuitos responsables de la emoción, de la motivación y del control del sistema autónomo o vegetativo. Y que galopaba directamente al sistema límbico, responsable directo de la codificación del mundo personal e intransferible de los sentimientos y de las emociones. Con el control férreo de la corteza cerebral.

Lo que había descubierto sobre la amígdala era fascinante. Supo que es una estructura muy pequeña y evolutivamente muy antigua. Además y dependiendo de su tamaño se puede identificar el carácter de una persona, llegándose a saber que una atrofia de la amígdala llevará a la persona que la sufra a una seria dificultad en el reconocimiento de los peligros, siendo realmente asombrosa la asociación que se puede llegar a dar entre su hipertrofia y la violencia y agresión. También, que se puede llegar a conocer el coeficiente de las emociones en cada lado de la amígdala. Había leído, además, que el cerebro es capaz de decodificar el significado y el sentido emocional de palabras que se presentan a las personas de su reino, de manera subliminal. De ahí la importancia de los anuncios publicitarios y su falta de inocencia, en aquél mundo del nunca jamás. Obvio. Y qué campo tan interesante se abría en su reino para la educación infantil y en casa, en el trabajo y en la Universidad Regia. Los elementos de contexto en los que vivían las personas de aquél lugar, hacían evidente las emociones de cada día, de su existencia diaria, ¡cuántas palabras e imágenes, cuantos estados afectivos momentáneos (emociones) y duraderos (sentimientos) se pueden estar desarrollando y elaborando en el interior de las personas sin que se tome plena conciencia de ello! Es lógico que a veces las personas más próximas al rey le dijeran: “no sé lo que me está pasando”. Responsable: la amígdala personal e intransferible y su integración en circuitos más complejos.

Conoció que el estrógeno, la progesterona y la testosterona son actores y actrices invitados en el funcionamiento de la amígdala en el cerebro sexuado. Todo lo que ocurra a nivel hormonal afecta a la amígdala. La razón es obvia: si el estrógeno está equilibrado en su funcionamiento ordinario, complejísimo, la amígdala hará vivir y sentir las emociones conscientes e inconscientes de forma regular, modulando actuaciones preprogramadas. Después, los sentimientos y emociones que se construyen en la amígdala, en compañía del hipocampo y del hipotálamo, se bifurcan en razón del protagonismo que concurra en relación con las hormonas masculina o femenina: la progesterona y la testosterona. Y en cada ciclo de vida personal, el protagonismo es diferente. Por ello, supo el rey, que la inteligencia individual, comienza a escribir en el libro de vida de cada persona en particular, cómo se aborda la resolución de problemas diarios para vivir de forma adecuada. Sin florituras agregadas. Solo se regula la mejor forma de vivir, sabiendo que la amígdala es sensible de forma particular con todo lo que a mí me pasa y me acaba afectando de forma momentánea (emociones) o duradera (sentimientos).

El rey, con su caballo desbocado, tuvo la impresión de que la próxima vez que se comiera una almendra, iba a tener una sensación (¿emoción, sentimiento?) diferente de lo que hacía a diario. Probablemente, porque la amígdala cerebral de cada una, de cada uno, ha mandado unas señales neurológicas diciendo a la corteza cerebral que recuerde algo que ya protegió el caballo encorvado, porque ya sabe por qué está sintiendo algo especial.

El rey ya lo había dicho: somos emocionentes.

Y consideró su misión cumplida, aunque para él, este maravilloso cuento humano no había hecho nada más que empezar…

Se hizo un gran silencio y rápidamente nos pidieron que localizáramos un texto del libro de Galeano vinculado a este mundo al revés con el tema tratado hoy. Rápidamente, una compañera lo encontró en el curso básico de racismo y machismo, que propuso leerlo y comentarlo también. Llevaba el título de Los héroes y los malditos, que decía lo siguiente en su contexto de fin del siglo XX:

Dentro de algunos atletas, habita un gentío. En los años cuarenta, cuando los negros norteamericanos no podían compartir con los blancos ni siquiera el cementerio, Jack Robinson se impuso en el béisbol. Millones de negros pisoteados reconocían su dignidad en este atleta que brillaba como nadie en un deporte que era exclusivo para blancos. El público lo insultaba y le tiraba maníes, los rivales lo escupían; y en su casa recibía amenazas de muerte. En 1994, mientras el mundo aclamaba a Nelson Mandela y su larga pelea contra el racismo, el atleta Josiah Thugwane se convertía en el primer negro sudafricano que ganaba una olimpíada. En estos últimos años, está siendo normal que los trofeos olímpicos queden en manos de Kenia, Etiopía, Somalia, Burundi o Sudáfrica. Tiger Woods, llamado el Mozart del golf, está triunfando en un deporte de blancos ricos; y hace ya muchos años que son negros los astros del baloncesto y del boxeo. Son negros, o mulatos, los jugadores que más alegría y belleza dan al fútbol. Según el doble discurso racista, es perfectamente posible aplaudir a los negros exitosos y maldecir a los demás. En la Copa del Mundo que ganó Francia en el 98, eran inmigrantes casi todos los futbolistas que vestían la camiseta azul y al son de la Marsellesa iniciaban cada partido. Una encuesta realizada en esos días confirmó que cuatro de cada diez franceses tienen prejuicios racistas, pero todos los franceses celebraron el triunfo como si los negros y los árabes fueran hijos de Juana de Arco.

Dentro de algunos atletas actuales, que participan en estos Juegos Olímpicos, habita un gentío de personas muy dignas. Nos pasará, por ejemplo, cuando veamos brillar este año a la gimnasta americana Simone Biles, que siempre deslumbra por la dignidad humana que lleva dentro. De lo que estábamos convencidos en la clase es de que en este mundo todos somos emocionentes, es decir, podemos vivir unidos por las emociones en la Olimpiada de la Vida, sin ser los más altos, rápidos o más fuertes, sólo porque nuestro cerebro trae de fábrica ese recurso humano, fantástico, llamado hipocampo, sin necesidad de tener que comprarlo en el gran Mercado del Mundo, es decir, no es mercancía. Además, porque somos inteligentes, aunque a partir de hoy muchos sepamos que cada día tenemos que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino hacia Ítaca de la memoria emocional. Cabalgando despacio, porque sabemos que es posible conocerlo bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno, en la Olimpiada Diaria de la Vida.

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2010). Emocionentes, en III Concurso de relatos breves “Guadalupe González”. Sevilla: Junta de Andalucía. Consejería de Hacienda y Administración Pública, págs. 85-89.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / 5. La eterna confusión de valor y precio

Sevilla, 23/VII/2021

Cuanto vale se ignora y nadie sabe / ni ha de saber de cuánto vale el precio

Antonio Machado (1875-1939). Nota manuscrita en unos papeles perdidos

Ayer volví a mi clase puntual del Curso de verano con la ilusión de un niño, aunque de fondo sentía algo parecido a lo que sucedía cuando ese niño interior escribía a los Reyes Magos de Oriente para que me trajeran el caballo de cartón soñado y dibujado en mi carta, que llevaba deletreada la palabra ·c-a-b-a-l-l-o con plumilla, a la inglesa. Una vez que lo descubría de su envoltorio de papel imposible y pasado el primer deslumbramiento por la sorpresa, descubría que ya no tenía gracia montarme muchas veces en él y acababa muy pronto en su cuadra a modo de armario. Después, me iba a la habitación a escribir de nuevo a un rey desconocido que me permitiera ser feliz todos los días, porque tenerlo (el juguete…) me permitía comprobar que ya se me había escapado la ilusión por la montura del equino. Y así me ha pasado desde entonces, buscando por todas partes la forma de disfrutar los placeres basados en bienes básicos y en personas cercanas bajo la forma de familia, compañeras y compañeros de trabajo, amigos, proveedores conocidos y respetados (en clave de valor), frente a lo que me ofrecen los bienes de consumo (puro precio y mercado), por mucho que se empeñe en ello, con perdón, la publicidad que nos invade por tierra, mar y aire, que tienen nombre propio y de los que ahora no quiero acordarme.

Han pasado los años desde aquella aventura frustrada del caballo de cartón y todo lo que me rodea está tocado por el poderoso caballero don dinero. En los primeros minutos de la clase, una mano reclamó la atención del tutor del día y procedimos de la forma que ya se ha hecho habitual: arrancamos con una noticia elegida democráticamente por todos y después buscamos su correlato con la obra de Galeano que nos sirve de libro de texto y de contexto. La noticia a comentar ha nacido en la última reunión del Banco Central Europeo, donde se dirimen las grandes decisiones sobre la realidad terca del dinero a repartir entre todos los países afectados por la pandemia, cuestión no baladí en estos momentos (1): “La discusión ha sido la antesala de otro debate fundamental: el de cómo y cuándo empezar a reducir los estímulos del programa pandémico de compra de activos, previsto para la reunión de septiembre, cuando también anunciará sus nuevas previsiones económicas. Aunque la decisión dependerá del habitual tira y afloja entre palomas halcones —esto es, entre el ala moderada y los partidarios de endurecer la política monetaria—, dos fuerzas tiran en sentido opuesto: por un lado, la expansión de la variante delta añade nuevas incertidumbres a la recuperación que invitan a no precipitarse en el tapering o retirada progresiva de los estímulos económicos. Por otro, la esperada subida de la inflación nutrirá de argumentos a los que ven llegado el momento de pisar el freno, aunque en sus previsiones actuales el banco insiste en que se trata de un repunte transitorio derivado de la reapertura de las economías: prevé que toque techo en el 2,6% en el cuarto trimestre, retroceda al 1,5% en 2022 y siga perdiendo fuelle hasta el 1,4% en 2023”. Al menos, nos va quedando claro que los hombres de negro quedan bautizados como “halcones” y que los más moderados son “palomas”.

Siendo esto así, aporté en la clase que hace ya bastantes años escribí en este cuaderno digital sobre esta realidad en términos que reproduzco a continuación, visto lo visto: “Tenía razón Antonio Machado: todo necio confunde valor y precio (Proverbios y cantares, LXVIII). Se me ha ido el alma a la lectura de un reportaje publicado hoy en el diario El PaísCosas que el dinero puede comprar, o no, que me ha activado áreas cerebrales que estaban dedicadas desde hace días a otros escenarios de progreso, quizá porque estaba influenciado por un ataque de admiración de Woody Allen, en torno a una frase suya que ahora, paradojas de la vida, publicita un Banco: Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida. Y haciendo caso al Dr. Cardoso, un personaje peculiar en la vida de Pereira (Tabucchi), he comenzado a frecuentarlo, como una forma de invertir inteligencia para ser más feliz. Y andando en estas cuitas de tempus fugit, anuncio del banco, futuro, resto de mi vida, blog, compromisos varios, descubro una lectura de las que llamo “necesarias”, al menos para mí, reforzando una creencia clara: en el futuro en el que quiero vivir, el dinero no te lo facilita todo. Según el estudio elaborado por Manuel Baucells, profesor de la escuela de negocios IESE y Rakesh K. Sarín, de la UCLA Anderson School of Management de la Universidad de California: Does more money buy you more happiness?, había malas noticias para algunos, porque parece ser que algo de felicidad se puede comprar con dinero pero no toda la felicidad. El estudio citado decía que cuando compramos algo y lo empezamos a disfrutar, de forma inversamente proporcional “decae” la ilusión, más o menos, “porque ya tenemos lo que deseábamos”: el dinero no da la felicidad, pero la puede comprar, la única duda es cuánta cantidad. Y no es tanta como uno espera porque no sabemos administrar el dinero, nos acostumbramos demasiado rápido al nuevo tren de vida y nos comparamos con personas más afortunadas. Y empezamos a ver lo que los demás tienen y así indefinidamente, generando la envidia. Luego parece ser que es más importante desear las cosas que tenerlas.

Otra vez aparece mi síndrome del caballo de cartón o lo que está ocurriendo ahora con las nuevas tecnologías de la información y comunicación con el llamado síndrome de la última versión, porque nunca llegamos a tener lo último de lo último y eso frustra hasta límites insospechados. Ahora venía la parte más interesante de la segunda parte de la clase, sin emular precisamente a Groucho Marx con su famoso frase que no olvido en estos momentos, con su ironía característica y en el contexto de la crisis mundial de 1929,  en su fondo y forma muy parecida a la actual desde 2008: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”.

Me levanté y propuse que dedicáramos el tiempo que quedaba hasta finalizar la clase a leer lo que Galeano dedica  a la dialéctica valor y precio en su apreciado libro, en un capítulo sobre las lecciones de la sociedad de consumo y bajo un epígrafe no inocente, Globalización, bobalización: “Hasta hace algunos años, el hombre que no debía nada a nadie era un virtuoso ejemplo de honestidad y vida laboriosa. Hoy, es un extraterrestre. Quien no debe, no es. Debo, luego existo. Quien no es digno de crédito, no merece nombre ni rostro: la tarjeta de crédito prueba el derecho a la existencia. Deudas: eso tiene quien nada tiene; alguna pata metida en esa trampa ha de tener cualquier persona o país que pertenezca a este mundo. El sistema productivo, convertido en sistema financiero, multiplica a los deudores para multiplicar a los consumidores. Don Carlos Marx, que hace más de un siglo se la vio venir, advirtió que la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la tendencia a la superproducción obligaban al sistema a crecer sin límites, y a extender hasta la locura el poder de los parásitos de la «moderna bancocracia», a la que definió como «una pandilla que no sabe nada de producción ni tiene nada que ver con ella». La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura del consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos, esta aventura empieza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo”.

A todos los asistentes nos pareció bien trabajar sobre estas palabras y el debate fue muy interesante y fructífero. Hay que reconocer que son palabras duras, pero certeras, aunque lo malo de su trasfondo es que son muy actuales y que afectan al niño que fuimos y somos, en un ejemplo que él recoge también en el libro de texto y que simboliza mejor que nada lo que he querido resaltar sobre lo aprendido en esta clase: todo necio confundo valor y precio en este mundo al revés y eso lo aprendemos desde nuestra infancia, en nuestro mundo infantil:

Hay que tener mucho cuidado al cruzar la calle, explicaba el educador colombiano Gustave Wilches a un grupo de niños:

-Aunque haya luz verde, nunca vayan a cruzar sin mirar a un lado, y después al otro.

Y Wilches contó a los niños que una vez un automóvil lo había atropellado y lo había dejado tumbado en medio de la calle. Evocando aquel desastre que casi le costó la vida, Wilches frunció la cara. Pero los niños preguntaron:

-¿De qué marca era el auto? ¿Tenía aire acondicionado? ¿Y techo solar eléctrico? ¿Tenía faros antiniebla? ¿De cuántos cilindros era el motor?

Para terminar, a modo de pregón de la linterna mágica en la que a veces estamos instalados viendo pasar sólo sombras de la realidad humana, a modo de la caverna que tanto sobrecogía a Galeano desde el comienzo del libro (mucho antes a Platón), invitándonos a pasar y ver en ella el gran espectáculo del mundo al revés, leímos a continuación unas palabras con formato pregón dedicadas a las pobrezas de ese mundo que al menos a mí tanto me preocupa en este aquí y ahora, dejándonos la tarea de llevarnos estos mensajes a casa para meditarlos en nuestro rincón de pensar, en un hipotético mundo al derecho que también existe:

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio, ni pueden comprarlo.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más libertad que la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos.

Pobres, lo que se dicen pobres, son los que no saben que son pobres.

Hoy, me permito añadir algo: Pobres, los que confunden siempre valor y precio. No es lo mismo en un mundo al derecho, que también ensalza Galeano: “Lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años”.

(1) El BCE instaura un periodo más prolongado de tipos de interés bajos | Economía | EL PAÍS (elpais.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / 4. Debemos olvidar el olvido

Romanza, de Salvador Bacarisse – Concertino para guitarra y orquesta en la menor

Sevilla, 22/VII/2021

Si se callan…, el cantor, el compositor, el escritor, el soñador, el bloguero, el político digno, el artista o el ciudadano anónimo, no conformes con las injusticias que pasan en nuestro mundo cotidiano al revés, se calla la vida y la palabra.

La clase de ayer estaba centrada en un fenómeno que suele estar muy presente en el mundo al revés: el olvido cómplice. Como cada día, uno de los alumnos del Curso expuso un asunto que al final interesó a todos los matriculados en este periodo estival, la memoria democrática en España, que finalmente se escogió como el más indicado para analizarlo y buscar después su correlato en el texto de Galeano. Era una noticia reciente, que ha desatado desencuentros entre las dos o más Españas, entre las que hay una especializada en helar el corazón. De ahí su interés.

Es importante señalar que el pasado 20 de julio, el Consejo de Ministros de este país aprobó el Proyecto de Ley de Memoria Democrática, que se remitirá inmediatamente a las Cortes para su debate. El texto consta de 65 artículos, agrupados en 5 títulos, estructurados en torno al protagonismo y la reparación integral de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura, así como a las políticas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Según fuentes oficiales “Con esta Ley se pretende cerrar una deuda de la democracia española con su pasado y fomentar un discurso común basado en la defensa de la paz, el pluralismo y se amplían los derechos humanos y libertades constitucionales”. El objeto de esta Ley es “la recuperación, salvaguarda y difusión de la Memoria Democrática con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las distintas generaciones en torno a los principios, valores y libertades constitucionales, así como el reconocimiento de los que padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista hasta la promulgación de la Constitución Española de 1978. Se trata de promover su reparación moral y recuperar su memoria e incluye el repudio y condena del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la posterior Dictadura franquista”.

Todos acordamos que era necesario abordar este debate en el Curso y compartir los diferentes puntos de vista, cuestión que suscitó un gran interés y consideración personal y grupal sobre un asunto muy controvertido en los últimos tiempos. Llegó el momento de encontrar la relación de lo expuesto anteriormente con alguna referencia en este sentido en el libro de Galeano. Dicho y hecho, porque después de un buen rato de silencio (no cómplice), una voz leyó un texto que nos pareció perfecto, porque no hay nada mejor que olvidar el olvido, recuperar de la mejor forma posible la memoria de un país, de su pasado: “Olvidar el olvido: don Ramón Gómez de la Serna contó de alguien que tenía tan mala memoria que un día se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo. Recordar el pasado, para liberarnos de sus maldiciones: no para atar los pies del tiempo presente, sino para que el presente camine libre de trampas. Hasta hace algunos siglos, se decía recordar para decir despertar, y todavía la palabra se usa en este sentido en algunos campos de América latina. La memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”. Excelente reflexión.

Pedí intervenir un momento, porque sólo quería recordar al resto de los alumnos y a la tutora de la clase de hoy que, recientemente, había escrito en este cuaderno digital sobre una pregunta de Neruda, inquietante, dedicada al olvido, ¿Y qué importancia tengo yo en el tribunal del olvido?, sobre todo porque vivo en un país muy dado a propagar con silencios cómplices el delicado pasado que ha llenado páginas tristes de su historia; que no reconoce en vida a los grandes protagonistas del progreso de este país y que no tolera en muchas ocasiones los éxitos de los demás, sea quien sea, condenando al ostracismo a todos los que hablan de cambio y transformación de nuestra sociedad caduca. Siendo esto así, no digamos el triste papel que para estos silenciadores juegan los anónimos en este país, cuando miles de ellos son los que sacan a diario a flote a esta sociedad maltrecha. Los tribunales del olvido en este país abundan por doquier y creo que habría que organizar una operación para descubrirlos y desenmascararlos con urgencia porque hacen mucho daño a todo y a todos. Es una ocasión para reivindicarnos como personas dignas ante esos tribunales del olvido.

Cuando finalmente se apruebe y entre en vigor en España la Ley de Memoria Democrática, quizá podamos dar la razón a Gómez de la Serna porque ese día, este país, que ha tenido durante muchos años tan mala memoria democrática, se olvidará de que había tenido mala memoria y se acordará finalmente de todo, quitando la razón a los negacionistas de nuevo cuño. Tenía razón Galeano al proclamar en su escuela del mundo al revés que “la memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / 3. El insultante turismo espacial y la imprescindible perspectiva orbital

Sevilla, 21/VII/2021

Ayer fue una día muy interesante en este Curso de verano. Siempre iniciamos la clase con la elección de una noticia actual que, de una forma u otra, pueda interpretarse en la esfera del mundo al revés y rápidamente se alzó una voz para comunicar una propuesta que a todos pareció muy interesante: el insultante turismo espacial a tenor de las últimas noticias de los vuelos al espacio que se están llevando a cabo este mes por parte de multimillonarios de fama mundial. Richard Branson, el dueño de Virgin Group y Jeff Bezos, de Amazon, rivalizan en estos momentos por llegar el primero a la frontera de la tierra con el espacio, habiendo ganado el pulso por ahora Branson, pero sin dejar atrás, aunque a mayor distancia temporal el proyecto de Elon Musk, con las dudas que se establecen en la demarcación del territorio espacial, la llamada línea Kármán, situada a 100 kilómetros de la Tierra.

En principio y a modo de declaración de principios, pedí intervenir en este foro virtual para aclarar que no estaba en contra, ni mucho menos, de la investigación aeroespacial de carácter público y al servicio del interés general, por su aportación a la investigación mundial en las más diversas ramas científicas, pero la de estos vuelos “turísticos” orientados al mercado y sus mercancías, en estos momentos tan delicados para la economía mundial, me parecen insultantes, como un auténtico ejemplo del mundo al revés. Esa es la razón de por qué apoyé la iniciativa que presentó en este sentido una alumna del Curso. Recordé en ese momento a Ron Garan, astronauta de la NASA, cuando publicó en su libro “The Orbital Perspective” (2015), que no podía evitar pensar, al contemplar este “paraíso” [del espacio], en “los casi 1.000 millones de personas que no tienen agua potable para beber, el incontable número de personas que se acuestan con hambre cada noche, la injusticia social, los conflictos y la pobreza que siguen siendo omnipresentes en todo el planeta”.

Las noticias son un tráfico de dinero que marea en todos los sentidos. Gasto en el desarrollo de estas experiencias y reservas multimillonarias para dar estos paseos espaciales, donde hay incluso cola para hacerlas. Para aseverarlo, basta con reproducir los datos que facilitan los propios protagonistas. En el caso del viaje de Branson, en nombre de su compañía Virgin Galactic, ha supuesto alcanzar la altura desde la tierra de 88 kilómetros, para disfrutar de tres minutos de ingravidez, en un vuelo de 15 minutos de duración total un vuelo en el avión espacial Unity, siendo los primeros de la larga fila de más de 600 candidatos de 28 países a hacer este tipo de vuelo, que ya han efectuado la oportuna reserva de su plaza a un precio de entre 200.000 y 250.000 dólares el asiento, lo que supone un importe total de alrededor de 135 millones de dólares. En el caso de Bezos, ayer llevó a cabo su “hazaña”, volando en su nave espacial New Shepard, junto a su hermano y dos pasajeros más, habiendo puesto a la venta un asiento de los cuatro que tiene la nave, que se adjudicó mediante subasta a un precio de 28 millones de dólares. Se ha escogido esta fecha, 20 de julio, porque se cumplieron ayer 52 años desde que el ser humano pisó por primera vez la luna. Un matiz también interesante en el caso de Bezos es que uno de esos cuatro asientos de su nave, que ha traspasado los cien kilómetros de la llamada línea Kármán, de separación de la tierra del espacio, lo ocupó la astronauta Wally Funk, que por razones estrictas de género, ser mujer, no pudo participar en el programa espacial americano en los años sesenta.

Es muy difícil conocer con exactitud el gasto real de estos proyectos al estar enmarcados en una actividad estrictamente privada, respetable pero creo que cuestionable en estos delicados momentos que atraviesa la Humanidad. Incluso es para mí de una dudosa ética pública que programas de la Administración espacial americana, la NASA, tengan un presupuesto para este año de más de 25 mil millones de dólares, heredado de la era Trump, con un incremento del 12% sobre el del año anterior, cuando se sigue discutiendo la financiación del Obama Care, por ejemplo, con una anotación curiosa de la propia Agencia oficial: “Lo más notable es la financiación directa del Presidente [Trump] de más de 3 mil millones de dólares para el desarrollo de un sistema de aterrizaje humano. Esta es la primera vez que tenemos financiación directa para un módulo de aterrizaje humano desde el Programa Apolo. Nos tomamos en serio nuestros objetivos para 2024, y el presupuesto del Presidente respalda nuestros esfuerzos para hacer el trabajo”.

La perspectiva orbital del astronauta Garan, es fiel reflejo de la contradicción en la ética espacial expuesta anteriormente, que también existe, siendo la sinopsis de su publicación un bello planteamiento para el momento actual de deslumbramiento fácil ante el éxito de multimillonarios de pro: “Para el astronauta Ron Garan, vivir en la Estación Espacial Internacional fue una experiencia poderosa y transformadora, que él cree que es la clave para resolver nuestros problemas aquí en la Tierra. En paseos espaciales y a través de ventanas, Garan quedó impresionado por la asombrosa belleza de la Tierra desde el espacio, pero le preocupó saber cuánto se necesitaba hacer para ayudar a este atribulado planeta. Y, sin embargo, en la Estación Espacial Internacional, Garan, un ex piloto de combate, trabajaba codo con codo con los rusos, que solo unos años antes eran “el enemigo”. Si quince nacionalidades pudieran colaborar en una de las empresas más ambiciosas y tecnológicamente complicadas de la historia, seguramente podremos aplicar ese tipo de cooperación e innovación para crear un mundo mejor. Ese espíritu es lo que Garan llama la “perspectiva orbital”. Garan transmite vívidamente lo que fue aprender a trabajar con un grupo diverso de personas en un entorno que solo un puñado de seres humanos ha conocido. Pero lo que es más importante, describe cómo él y otros están trabajando para aplicar la perspectiva orbital aquí en casa, adoptando nuevas asociaciones y procesos para promover la paz y combatir el hambre, la sed, la pobreza y la destrucción del medio ambiente. Este libro es una llamada de atención y de acción para que cada uno de nosotros cuide de la estación espacial más importante de todas: el planeta Tierra. No es necesario ser astronauta para tener la perspectiva orbital. El mensaje de gran empatía de Garan es una inspiración para todos los que buscan un mundo mejor”.

Con este contexto, venía ahora el momento mágico de cada clase, interrelacionar lo expuesto anteriormente con el planteamiento del mundo al revés de Galeano en este ámbito. Dicho y hecho. Alcé la mano y propuse un texto corto pero elocuente y muy próximo a la realidad actual del desempleo masivo, escogido de las páginas dedicadas a las lecciones contra los vicios inútiles: “Cada vez hay más desocupados en el mundo. Al mundo le sobra cada vez más gente. ¿Qué harán los dueños del mundo con tanta humanidad inútil? ¿La mandarán a la luna? A principios del 98, las gigantescas manifestaciones en Francia, Alemania, Italia y otros países europeos ganaron los titulares de la prensa mundial. Algunos desempleados desfilaron metidos dentro de las bolsas negras de la basura: era la puesta en escena del drama del trabajo en el mundo actual. En Europa, todavía hay subsidios que alivian la suerte de los desocupados; pero el hecho es que uno de cada cuatro jóvenes no consigue empleo fijo. El trabajo en negro, al margen de la ley, se ha triplicado en Europa en el último cuarto de siglo. En Gran Bretaña, son cada vez más numerosos los trabajadores que permanecen en sus casas, siempre disponibles y sin cobrar nada, hasta que suena el teléfono. Entonces trabajan por un tiempo, al servicio de una agencia contratista. Después, vuelven al hogar, y sentados esperan que el teléfono suene nuevamente”.  Se trataba entonces de analizar la dialéctica de mandar al espacio o la Luna a la llamada “humanidad inútil” o frecuentar ese espacio o la Luna, si hace falta, para divertimento de los ricos. Esa era la cuestión.

Nos pusimos a trabajar en este ejercicio y salvando lo que haya que salvar nos dimos cuenta de que lo expuesto era algo más que una metáfora: esta pandemia ha dejado al descubierto los agujeros de la indignidad en el planeta Tierra, algo parecido a lo que le ocurrió a Aristipos de Cirene hace ya muchos siglos.  Cuentan que Diógenes de Sínope, aquel filósofo que también “buscó un hombre”, prototipo de la escuela cínica y que aspiraba a ser él, casi sólo él, todo un hombre, estaba un día en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores. Creo que es algo parecido a lo ocurrido con los multimillonarios que han buscado el espacio, probablemente porque vemos a través de los agujeros de sus propias túnicas digitales, compradas con el poderoso caballero don dinero, una nueva y atrevida perspectiva orbital que nos ayuda a dar la vuelta a este preocupante mundo atómico al revés.

NOTA: la fotocomposición de la imagen está realizada por el autor de este artículo y recoge la portada del libro de Ron Garan (izquierda), una imagen del interior de la nave espacial VSS Unity 22 de Galactic con Richard Branson durante el vuelo del pasado 11 de julio (arriba) y el momento de la salida de Jeff Bezos (abajo) de su nave New Shepard (nombre puesto en homenaje al primer astronauta americano en el espacio, Alan Shepard), después del aterrizaje ayer en el desierto de Texas.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / 2. Las condiciones de vida

Eduardo Galeano

Sevilla, 18/VII/2021

La esperanza es lo último que se perdió (pintada anónima en una ciudad desconocida)

Comenzó ayer el Curso con un ritual muy sencillo pero aleccionador. Presidía el aula virtual una imagen de Eduardo Galeano y todos los matriculados en libertad, sin burocracia alguna, leímos en silencio un poema muy querido por él para comprender mejor la realidad de la condiciones de vida de muchas personas que habitan en el mundo al revés, un lugar común de los nadies:

Sueñan las pulgas con comprarse un perro
y sueñan los nadies con salir de pobres,
que algún mágico día
llueva de pronto la buena suerte,
que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer,
ni hoy, ni mañana, ni nunca,
ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte,
por mucho que los nadies la llamen
y aunque les pique la mano izquierda,
o se levanten con el pie derecho,
o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados,
corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folclore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal,
sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies que cuestan menos que la bala que los mata.

Los asistentes a esta escuela lo tenemos claro, en palabras de Galeano, como alumnos de una contraescuela necesaria: “La escuela del mundo al revés es la más democrática de las instituciones educativas. No exige examen de admisión, no cobra matrícula y gratuitamente dicta sus cursos, a todos y en todas partes, así en la tierra como en el cielo: por algo es hija del sistema que ha conquistado, por primera vez en toda la historia de la humanidad, el poder universal. En la escuela del mundo al revés, el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos”. Después, nos han dicho que es condición indispensable para participar en este Curso leer Patas arriba. La escuela del mundo al revés, porque si no será muy difícil comprender el hilo conductor de todos los asuntos que vamos a tratar, fundamentalmente porque cualquier dato a tener en cuenta antes, durante y después de cada clase, deberá evocar siempre alguna página del libro, sobre todo algún contenido del plan de estudios en sus diferentes epígrafes: educando con el ejemplo, los alumnos, curso básico de injusticia, curso básico de racismo y de machismo, cátedras del miedo: la enseñanza del miedo, la industria del miedo y clases de corte y confección: cómo elaborar enemigos a medida. Seminario de ética, con trabajos prácticos: cómo triunfar en la vida y ganar amigos, así como lecciones contra los vicios inútiles. Clases magistrales de impunidad y modelos para estudiar: la impunidad de los cazadores de gente, la de los exterminadores del planeta y la impunidad del sagrado motor. Pedagogía de la soledad: lecciones de la sociedad de consumo y curso intensivo de incomunicación, para terminar con la contraescuela, que también existe: traición y promesa del milenio y el derecho al delirio.

Inmediatamente después nos pusimos manos a la obra y siguiendo las indicaciones del tutor, debíamos escoger entre todos la noticia del día o de la semana que más nos hubiera impactado desde la perspectiva del mundo al revés, debiendo tener especial cuidado en su vertiente aplicada a nuestro país. Hubo inmediatamente un acuerdo unánime sobre la noticia a tratar: el porcentaje de población española en riesgo de pobreza o exclusión social (tasa AROPE) aumentó al 26,4%, desde el 25,3% de 2019, encontrándose el 7,0% de la población en situación de carencia material severa, frente al 4,7% del año anterior, con una clara influencia de la COVID–19, de acuerdo con lo publicado sobre la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), del INE, correspondiente a 2020. Había que trabajar básicamente sobre la Nota de Prensa oficial del INE, diez páginas, señalando aquellos aspectos que después se debían resaltar en este Curso. Este trabajo personal es el que quiero compartir hoy, facilitando obviamente el documento oficial completo que se debe enriquecer con las consultas técnicas que se consideren oportunas. Por mi parte, dado el contexto estival en el que nos encontramos, señalo a continuación unos datos que reflejan la situación de dificultad económica actual de los hogares españoles, con cifras que sobrecogen, especialmente cuando me detengo a analizar algunos resultados en mi Comunidad Autónoma, Andalucía, siempre por encima de la media y ocupando el segundo o tercer puesto del ranking, junto a Canarias, Ceuta y Melilla, punto del debate del grupo de la clase virtual porque participamos (imaginariamente) alumnos y alumnas de diversa Comunidades:

Si sorprendente es este dato, lo es más comprobar la constante de nuestra Comunidad en la trazabilidad durante diez años (2011-2020) en la mayor parte de los indicadores siguientes:

1. Tasa AROPE (1). Población incluida en al menos uno de los tres criterios del riesgo de pobreza o exclusión social por componentes.

2. Tasa AROPE. Población incluida en al menos uno de los tres criterios del riesgo de pobreza o exclusión social por grupos de edad

3. Ingresos medios por persona

4. Renta mediana y umbral de riesgo de pobreza

5. Población en riesgo de pobreza por grupos de edad

6. Población en situación de carencia material severa. Evolución de la carencia material severa y de algunos de sus componentes

Se considera que una persona está en situación de carencia material severa si vive en un hogar que declara tener carencia en al menos cuatro elementos de los nueve de la lista siguiente que se preguntan en la encuesta:

1. No puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año.

2. No puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días.

3. No puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada.

4. No tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos (de 750 euros)3.

5. Ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, comunidad…) o en compras a plazos en los últimos 12 meses.

6. No puede permitirse disponer de un automóvil.

7. No puede permitirse disponer de teléfono.

8. No puede permitirse disponer de un televisor.

9. No puede permitirse disponer de una lavadora

8. Riesgo de pobreza o exclusión social (Tasa AROPE) por nivel de formación alcanzado (personas de 16 y más años). ECV-2020 (ingresos de 2019). Porcentajes

9. Riesgo de pobreza o exclusión social (tasa AROPE) por tipo de hogar. ECV-2020 (ingresos de 2019). Porcentajes.

10. Riesgo de pobreza o exclusión social (tasa AROPE) por relación con la actividad (personas de 16 y más años). ECV-2020 (ingresos de 2019). Porcentajes.

11. Riesgo de pobreza o exclusión social (tasa AROPE) por nacionalidad (personas de 16 y más años). ECV-2020 (ingresos de 2019). Porcentajes.

12. Ingresos medios, tasa AROPE y tasa de riesgo de pobreza por CCAA. ECV-2020 (ingresos de 2019)

Visto lo visto, volví ayer al libro de Galeano que nos sirve de guía y propuse la siguiente referencia para el trabajo de hoy, porque cuando nos enfrentamos a esta cruda realidad de nuestros compatriotas o mis paisanos andaluces, como ciudadanos más desfavorecidos en el país, sus palabras introductorias a la asistencia a este Curso de verano son inolvidables y rasgan el alma humana: “Caminar es un peligro y respirar es una hazaña en las grandes ciudades del mundo al revés. Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen. El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa, nos reduce a la soledad y nos consuela con drogas químicas y con amigos cibernéticos. Estamos condenados a morirnos de hambre, a morirnos de miedo o a morirnos de aburrimiento, si es que alguna bala perdida no nos abrevia la existencia. ¿Será esta libertad, la libertad de elegir entre esas desdichas amenazadas, nuestra única libertad posible? El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo: así practica el crimen, y así lo recomienda. En su escuela, escuela del crimen son obligatorias las clases de impotencia, amnesia y resignación. Pero está visto que no hay desgracia sin gracia, ni cara que no tenga su contracara, ni desaliento que no busque su aliento. Ni tampoco hay escuela que no encuentre su contraescuela”.

Es la que busco hoy habiéndome matriculado en este Curso, a modo de contraescuela, que espero me ayude a seguir soñando que otro mundo al derecho es posible. Me quedo ahora con una frase preciosa de Galeano en mis primeros apuntes en este cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, en una singladura diaria para comprender qué significa un posible mundo al derecho: “Lo mejor que el mundo [al derecho] tiene está en los muchos mundos que el mundo [al derecho] contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años”. Respetarlo todo es nuestra gran tarea de aprendizaje actual para vivir y construir diariamente un mundo al derecho, en el que cabemos todos, sin excepción alguna, por mucho que los diseñadores diarios del mundo al revés se empeñen en evitarlo.

Ahí están los datos anteriormente expuestos, desnudos, junto a la gran pregunta que nos compromete a todos, qué hacer en una contraescuela del mundo al revés en nuestro país. Personalmente, lo tengo claro: compartir, con datos, que sólo con un gobierno pre-ocupado (así, con guion) por la desigualdad actual económica, laboral y social en la población, que dicte leyes con urgencia para solucionar esta situación transformando la sociedad española, podremos avanzar en derechos y libertades que mejoren las condiciones de vida expuestas anteriormente, que afectan a millones de ciudadanos en este país, los más desfavorecidos, los pobres severos, los nadies. Lo decía hace un año en este cuaderno digital con motivo de la aprobación del Ingreso Mínimo Vital (IMV): “ […] viene a dar respuesta constitucional a derechos fundamentales en términos de equidad en el acceso a un ingreso económico para determinadas personas y familias que permitirá atender la pobreza estructural del país como itinerario de reconocimiento del conjunto de derechos y deberes constitucionales que ayuden a la población a salir de esta situación con un trabajo digno y bien remunerado: “El Ingreso Mínimo Vital es toda una política social que se engarza alrededor de una prestación, de forma que, más allá de la ayuda monetaria incluye estrategias de inclusión, en coordinación con las comunidades autónomas y los ayuntamientos, que permitan a las personas en vulnerabilidad transitar a una situación mejor. Los beneficiarios contarán con incentivos a la contratación y también se creará un “Sello Social” para las empresas que les ofrezcan formación y empleo”. La palabra “itinerario” me parece excelente porque este reconocimiento es un kilómetro cero para ayudar a salir de la situación de pobreza y no para instalarse en ella en régimen permanente de subsidio. Ese es su gran reto […] porque el ingreso mínimo vital es, fundamentalmente, un ingreso para permitir, a toda la población española, alcanzar la entrada en el itinerario de la dignidad constitucional expresada en sus derechos fundamentales y, concretamente en el recogido en el artículo 35 de la Carta Magna: 1. Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo.

Queda claro que el mundo al revés no es inocente y debemos denunciarlo para construir uno nuevo, porque nuestra fuerza es la esperanza, que debe regarse todos los días con rocío, el del conocimiento y la libertad, como respuesta firme a lo que fue en su momento una pregunta inquietante de Neruda.

(1) La tasa de riesgo de pobreza o exclusión social AROPE (acrónimo de sus siglas en inglés, At Risk Of Poverty or social Exclusion) se creó en 2010 a efectos de medir la pobreza relativa en Europa ampliando el concepto de la tasa de riesgo de pobreza, que solo contempla los ingresos. La tasa AROPE se construye con la población que se encuentra en riesgo de pobreza, o con carencias materiales o con baja intensidad en el empleo.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.