Merece la pena vivir, a pesar de todo

José Jiménez Lozano

Sevilla, 16/IX/2021

Nos rodean por tierra, mar y aire, noticias inquietantes para el alma humana. Suelo utilizar la escritura circular en mi cuaderno digital y buscando hoy unos datos de interés cuando me he sentado ante la hoja en blanco, ha saltado ante mis ojos un aviso para navegantes en este mar proceloso que es el mundo al revés: merece la pena vivir, a lo que añado un estrambote final: a pesar de la que está cayendo, problemas de todo tipo que como lluvia fina acaban calando hasta el último rincón de nuestra alma. El artículo que escribí en 2018, Merece la pena vivir, destacando unas reflexiones extraordinarias de José Jiménez Lozano, es actual en su fondo y forma. Lo comparto de nuevo porque necesitamos creer en el ser humano, porque según el dios de nuestros antepasados, en ese proceso de la creación de cielos, tierra, animales y aguas, vio que crear al ser humano era muy bueno, insertando un adverbio, muy, no inocente, que nos diferenciaba de lo terrenal. Pasen y lean, porque supone vislumbrar luz al final del túnel.

Estoy interesado en buscar la amabilidad como hilo conductor de mi vida. En estos días difíciles de la normalidad anormal en los después de las sucesivas olas de la pandemia, sigo empeñado en una búsqueda constante de personas, cosas y noticias amables, que me enseñen a ser cada día más afable y de que se traten determinados asuntos que tanto nos preocupan en la actualidad “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”. Amabilidad es una palabra amable, aunque suene a tautología. Esta palabra, junto a “amable” y “amablemente” formaron una tríada que se divulgó, brilló, fijó y dio esplendor en el siglo XVIII en este país a través de mi admirado Diccionario de Autoridades (1726, 256, 2 y 257,1). Cada una de ellas aportó una forma de entender determinados comportamientos de las personas que hacían más fácil vivir con los demás. Amabilidad (sustantivo femenino) se definía como “suavidad en el trato, afabilidad, dulzura y atractivo”. Amable (adjetivo), como “La Persona que por su natural dócil, suave, apacible y cariñoso se concilia la común estimación, aprecio y amor […] Y también se entiende y dice de la cosa que es digna de atención y aprecio: como la virtud, la verdad es amable”. Por último, amablemente (adverbio), “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”.

No es cuestión de vivir en una burbuja de la amabilidad, sino de encontrar contextos amables en casi todo lo que se mueve. Lo necesitamos. Personalmente, lo necesito con ardiente impaciencia, porque el país necesita urgentemente liderazgo y convivencia amables desde la perspectiva ciudadana, para convencernos de una vez por todas de que merece la pena vivir. Recuerdo ahora que George Saunders, un escritor especializado en la búsqueda de la felicidad, pronunció un discurso en 2013, que se hizo viral a través de su publicación en el The New York Times. Tuvo tanta repercusión mundial -más de un millón de lectores-, que se publicó posteriormente en formato libro bajo el título Felicidades, por cierto (1), del que quiero destacar sobre todo y en este contexto una reflexión final para sus lectores en torno a su hilo conductor: la amabilidad, porque en la vida hay tiempo para hacer muchas cosas y él las enumera a título indicativo, no exhaustivo, pero haciéndolo siempre en la dirección correcta, es decir, en la de la amabilidad: “Y algún día, dentro de 80 años, cuando tengáis cien y yo ciento treinta y cuatro, y todos seamos tan afectuosos y amables que casi no se nos pueda aguantar, escribidme unas líneas para contarme cómo os ha ido la vida. Y confío en que me digáis que ha sido maravillosa”.

Afortunadamente, porque desde la perspectiva de un ser humano singular y corriente, como es mi caso, que hace millones de años sorprendió al dios correspondiente como una creación “muy” buena, estoy convencido en este aquí y ahora de que merece la pena vivir. Amablemente, por cierto.

Merece la pena vivir

En los momentos de turbación nacional que estamos viviendo, he leído con atención reverencial una entrevista a José Jiménez Lozano, larga, profunda, emocionante y esclarecedora, con un título que comparto en su más profundo sentido: “José Jiménez Lozano: «Merece la pena vivir porque hay personas, hay pájaros, hay cosas que están excelentemente bien»”. Me ha llamado la atención porque hace referencia a un texto del Génesis muy esclarecedor para comprender qué ha significado en la historia de la humanidad la creación del ser humano, un relato que ha pasado de padres a hijos durante miles de años.

Jiménez Lozano iguala a personas, pájaros y cosas, que están “excelentemente bien”, pero creo que cuando se conoce la lengua hebrea en profundidad, hay un matiz diferenciador, un adverbio no inocente que da una transcendencia especial al ser humano frente a cielos, tierra, fuego, pájaros y cosas cercanas a la humanidad, que siempre son útiles. Veamos por qué. En el Génesis, el Primer Libro, en su capítulo I, versículo 31, corroborado con la musicalidad del texto hebreo en su escritura primigenia, el relato de la creación dejaba muy claro que lo mejor que había ocurrido en aquellos días mágicos fue la creación del ser humano, porque a diferencia de los cielos, la tierra y el agua, que sólo eran buenos, en la del hombre y la mujer vio Dios que era muy bueno lo que había hecho. Un adverbio, meod, que en hebreo significa “muy” dejó claro para siempre que la existencia de los seres humanos justificaba por sí misma la creación del mundo, el evolucionismo o el punto alfa y omega de la vida. Son sólo creencias de siete días especiales, singulares, en los que había ocurrido algo muy bueno para la existencia humana, para cada uno (con su cadaunada).

Merece la pena vivir porque lo mejor que le ha ocurrido al mundo es contar con la presencia del ser humano, a pesar de todo lo que ocurre en el mundo actual por la intervención de la mano humana y su inteligencia. Decía Jesús Ruiz Mantilla en 2014, que el fotógrafo Sebastião Salgado, autor del proyecto Génesis, había salido a buscar en 2005 el paraíso terrenal y fotografiarlo durante ocho años: “¿Para qué? Para emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

Es una delicia leer la entrevista completa a José Jiménez Lozano. He comprendido bien por qué es muy buena su existencia, porque me ha entregado con sus sabias palabras serias razones para seguir viviendo. Se la recomiendo.

(1) Saunders, George, Felicidades, por cierto, 2020. Barcelona: Planeta / Seix Barral.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.