Tenemos hambre de abrazos


Juan Genovés, El abrazo (1976)

El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos los condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.

Eduardo Galeano, El libro de los abrazos

Sevilla, 31/X/2026 – 08:58 h CET (UTC+1)

Hoy es el tercer día y último del luto oficial por el accidente ferroviario en Urda (Toledo). Creo que el país está viviendo unos días de confusión, tristeza y conmoción compartida, en los que creo que también estamos sintiendo el hambre de abrazos. Seguirá ocurriendo en los días después. No es la primera vez que escribo sobre esta ausencia tan humana y cercana en nuestras vidas. Eduardo Galeano escribió un libro dedicado a los abrazos (1) y hoy he vuelto de nuevo a buscar refugio en sus páginas porque necesito encontrarlos de diferente manera.

Como lo expresa él de forma magistral en uno de los relatos del libro citado, El hambre / 2, necesitamos reencontrarnos con urgencia como sociedad hambrienta de afectos:

Un sistema de desvínculo: El buey solo bien se lame. El prójimo no es tu hermano, ni tu amante. El prójimo es un competidor, un enemigo, un obstáculo a saltar o una cosa para usar. El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos los condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.

El hambre de abrazos existe desde que al mundo lo llamamos mundo, pero en este tiempo de desencuentros políticos y catástrofes humanas como la de Urda, hemos comprobado en nuestra propia carne que necesitamos encontrar al verdadero prójimo, que no es un competidor, enemigo, obstáculo a saltar o una cosa para usar y tirar. Lo que sabemos ahora es que la polarización mal entendida nos condena al hambre de los abrazos verdaderos. Dicen que se ha descubierto el verdadero problema de este tiempo de separación: la política nos desvincula y es la razón de nuestro sufrimiento y de por qué buscamos desesperadamente el abrazo en el alma de secreto que todos tenemos, para sentir el calor que la situación actual nos quita sin compasión alguna.

Finalmente, he comprendido muy bien qué significa el abrazo de la razón y el corazón, así como el del alma y el cuerpo, leyendo uno de los abrazos verbales de Galeano cuando me he enfrentado a esta página en blanco: “¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos? Desde que entramos en la escuela o la iglesia, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón. Sabios doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana, que inventaron la palabra sentipensante para definir el lenguaje que dice la verdad”.

Lo que he pretendido decir mediante estas palabras, que nos quedan, es lo que significan ahora los abrazos en nuestras vidas, como sentipensante de este tiempo tan difícil de interpretar. Nada más, porque el hambre de abrazos (y de besos) nos hace enfermar de amor y, como bien dice Galeano en su libro, el amor es una enfermedad contagiosa y cualquiera nos reconoce, “despabilados noche tras noche por los abrazos”, en los sueños ahora al no poder darlos y “no hay decreto del gobierno que pueda con él [el amor], ni pócima capaz de evitarlo”.   

(1) Galeano, Eduardo (1993). El libro de los abrazos. Madrid: Siglo XXI.

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