Hablemos de ética del voto en las próximas elecciones generales

Sevilla, 6/X/2026 – 08:31 h CET (UTC+2)

A pesar del ruido mediático de estos días tan polémicos en nuestro país, creo que se debería hablar de la ética del voto, que también existe, sobre todo porque ante las próximas elecciones generales para elegir a los representantes legítimos al Congreso, anunciadas ayer, es la gran oportunidad para hacer visible el suelo firme de la vida, la solería ética que justifica todos los actos humanos, incluso el de votar.

Como ocurría con los mandamientos de mi infancia, todo lo que se diga en torno a estas elecciones, que se presentan tan controvertidas, se encierra en dos decisiones extraordinarias: la emisión del voto y el respeto al interés general que debe llevar dentro cuando se deposite en la urna electoral, como ejercicio del derecho fundamental de sufragio en este país, tal y como se recoge en el Artículo 23.1) de la Constitución Española: “Los ciudadanos tienen derecho a participar en los asuntos públicos, ya sea de forma directa o mediante representantes elegidos en elecciones periódicas”.

En este contexto, siempre me ha gustado asimilar la ética a la solería de nuestras casas. Así lo aprendí del profesor López-Aranguren hace ya muchos años, cuando comparaba la ética al suelo firme que justifica todos los actos humanos a lo largo de la vida: es la “raíz de la que brotan todos los actos humanos, o todavía mejor, el suelo firme que justifica dichos actos, en definitiva, una forma de vida”. Y es verdad, porque la ética no debería estar sometida a la moda o al mercado, como una mercancía más, como sucede ahora, porque bien entendida es una actitud permanente ante la vida personal y social, pública y privada, sostenida en el tiempo que corresponda vivir a cada uno, es decir, una forma de vida.

Hace 43 años y medio que publiqué un artículo en el diario ODIEL, en Huelva, que llevaba por título “Ética del Municipio” (viernes, 27 de mayo de 1983), en pleno ecuador de mi vida. Hoy, vuelvo a recuperar aquellas palabras, en un contexto diferente, pero leído entrelíneas y —salvando lo que haya que salvar—, es lo que desearía reafirmar de nuevo de forma sencilla, cuando ya sabemos que podremos votar el 29 de noviembre, el día que glorifica y hermosea la democracia, donde como ciudadano que va a votar, con creencias y con una clara conciencia de la ética del voto, me reafirmo en que cambiaría muy poco de aquellas palabras escritas con pensamiento y, sobre todo, con sentimiento, con mucha más fuerza que el viento, en la clave que aprendí de Rafael Alberti cuando escuchas a tu corazón, a quien tanto leía y seguía en aquellos días, porque un voto sin sentimiento es eso, un voto, un papel. Estos son mis principios de la ética del voto y si no gustan, no tengo otros.

Esta nueva lectura, actualizada, va a consistir en poner en cursiva las palabras cambiadas por su necesaria actualización de texto y contexto. Nada más.

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“Dicen los principios éticos más ortodoxos, que la «cosa», la plata, por ejemplo, sólo sirve cuando es para las personas. La plata en sí no es nada, porque el valor se lo ha dado el ser humano. En este caso, el voto, el «papel» que se utiliza en las papeletas sólo sirve para la persona, porque en sí tampoco vale nada. ¿A qué viene esto? Sencillo. Comenzamos a vislumbrar una nueva etapa de país y no vendría mal adentrarse en un mundo olvidado con frecuencia: la ética del voto.

Las bases éticas nacen en cada persona. En cualquier persona en su condición, ahora, de ciudadanos y ciudadanas . Las raíces de la conducta no son debidas en principio a unas normas establecidas porque sí, sino a la posibilidad de ser persona. Luego partimos del ser humano y su conducta. No son las manos las que votan, sino toda la persona la que vota. Y ese ciudadano deposita en un papel su persona «votando». Una persona que, en principio, confía (o debe confiar) en un programa que conoce y asume, en unas personas, en una ideología no individualista sino en beneficio del interés general, en un progreso, etc. Y esa persona quiere ser escuchada en su silencio, a veces, de los sin voz, de los nadies. Porque el silencio de la urna existe ante los ruidos propagandísticos. En pocos centímetros de papel una persona se proyecta y proyecta la sociedad. Sueña con unir muchos papeles y así, casi pegados, afirmar conjuntamente que se cree en la posibilidad de ser pueblo y ser escuchado.

El problema ético nace cuando se rompen o pierden los papeles, nunca mejor dicho. El símbolo de la papelera es el fantasma que recorre la mente de los que votan. Y el recuerdo de ese acto debe estar presente, de forma cautelar, en las mentes de los elegidos democráticamente. Cada voto representa a una persona eligiendo y elegir es la posibilidad más seria de libertad que podemos gozar. La actitud ética del respeto al voto se constituye condición sin la cual no se puede hacer política de Estado.

Otro principio ético en este contexto de elecciones generales, es el del respeto a la razón por un sentido de responsabilidad. La razón es humana y no tiene color. Sí, por el contrario, ideología y personas. Ya ha demostrado la historia de forma suficiente que «ninguna ideología es inocente», como señaló Georgy Lukács, tantas veces citado en este cuaderno digital. Y la ideología simbolizada en programas políticos ha perdido su inocencia de base. Pero eso no es «malo», para que nos entendamos. Perder la inocencia para ser responsable, es «bueno». Y ser responsable conlleva, por un lado, conocer la «cosa» política (programa, por ejemplo…), el contenido de la acción y, además, ser libre para decidir en nombre de unos votos. Conocimiento y libertad, se constituyen así en elementos imprescindibles para ejercer el sentido de responsabilidad, es decir, de «respuestabilidad» (valga la expresión) ante situaciones políticas del Estado muy puntuales. Cuidar la sanidad pública, el derecho a una vivienda digna, la atención a la dependencia, arreglar una calle, poner farolas, hacer carreteras, acordarse de los nadies o estudiar los impuestos desde la perspectiva del interés general, en si no son nada, sino que conocidos que son «para cada persona», para el ciudadano, valen, en el mejor sentido de la palabra.

Por último, resalto el tema de llevar o no razón política, no inocente por supuesto: «La razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y, por tanto, impulsándola o entorpeciéndola» (1). Lo que pretende la razón política es reflejar la situación social de un Estado, una Comunidad Autónoma, una ciudad, de un pueblo; eso sí, teniendo las ideas claras, porque de lo contrario se puede llegar a estropear la construcción de un sentimiento ciudadano de crecimiento, progreso y desarrollo. Tener las ideas claras, también es punto de partida ético imprescindible en la política a ejercer el día después de unas elecciones democráticas, durante la legislatura votada. ¿Por qué? Sencillamente porque es búsqueda de verdad, criterio ético que, a pesar del paso del tiempo, siempre se sitúa como conquista. Y es que la verdad está en la «cosa», como decíamos al principio, en ese papel alargado con nombres y apellidos, que es mi voto”.

Solo he cambiado (en cursiva) algunas palabras para respetar la perspectiva de género y el contexto de las las próximas elecciones generales. En aquellos años en los que escribí el artículo de ODIEL se utilizaba siempre el vocablo “hombre”, para caracterizar una representación del ser humano. Hoy, lo cambio por “personas”.

Las reflexiones anteriores irán dentro de mi voto el próximo 29 de noviembre, eligiendo de forma clara al partido que entiendo que se compromete con la ética política y pública en todos sus niveles, porque todos los partidos políticos y los políticos que los representan no son iguales. Quien defiende el mercado puro y duro, la austeridad y abrocharse permanentemente el cinturón de forma farisaica, defiende igualmente las mercancías en todos los niveles de la vida y la ética no suele aparecer por ningún sitio, porque compromete y mucho. Además, suele convivir mal con el capital. Es más, estoy convencido de que no se pueden diseñar programas políticos éticos, si no se conoce qué significa esa palabra en las vidas de los que los diseñan y después los representan. Y ante esa situación, cada persona que emite un voto lo debería tener en cuenta.

Ahora, solo me queda esperar con la ardiente paciencia de Neruda la jornada electoral del voto y urnas en las próximas elecciones generales. Nada más. Nada menos.

(1) Lukács, G., El asalto a la razón, 1976. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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