
Sevilla, 17/X/2026 – 09:00 h CET (UTC+2)
Como en otras ocasiones especiales en mi vida, preferiría, como Bartleby el escribiente, no escribir hoy estas palabras ante el resultado final obtenido anoche por el Frente Amplio de la izquierda, cumplido el plazo de presentación de una pretendida candidatura unitaria ante las próximas elecciones generales, concretamente para el Congreso de Diputados, con un proceso preelectoral esperpéntico y nada ejemplar por su visible fragmentación ideológica en este país.
Esta situación me lleva a entonar una canción triste para la izquierda genérica, aunque tiene nombres y apellidos en todo el país en estos momentos, con el protagonismo negativo de Podemos, entre otras fuerzas políticas de la izquierda, que provoca desafección política una vez más, pero aceptando con voz y letra firme que todas las izquierdas no son iguales.
El estribillo de una nueva canción de protesta a tenor de los tiempos que corren, añorando la melodía y letra homónimas cantada por Quilapayún, de feliz memoria en mi caso, podría decir así: la izquierda desunida, siempre será vencida.
Creo que es urgente analizar lo ocurrido en la fallida configuración estatal del Frente Amplio. La gran pregunta es ¿qué pasa en la izquierda de este país? Hablo en presente porque creo que es necesario hacer un examen profundo de la situación actual de la denominada “izquierda”, para entendernos. La crisis global de la izquierda data ya de hace varios años, quizá demasiados, donde se han ignorado continuamente las señales de falta de identidad de la militancia activa y pasiva en torno al espectro de lo que se define como “izquierda”.
Lo ocurrido ayer, al finalizar el plazo legal electoral para la presentación de candidaturas de coaliciones a las elecciones generales, ha sido el resultado flagrante, a modo de crónica de un serio problema anunciado en la obtención de escaños que aseguren el progreso democrático y la socialdemocracia, por la fractura exhibida estos días en la izquierda global del país. Creo que hay una ausencia pavorosa de ideología política en general y en la izquierda en particular, así como una carencia clamorosa de líderes convincentes, instalándose en la sociedad la “mediocracia” masiva, el gobierno de los mediocres, que nos invade por tierra, mar y aire y a la que he dedicado bastantes artículos en este cuaderno digital. Menos mal que no ha ocurrido así en relación con el Senado. Lo verdaderamente incomprensible es que al final no se haya producido esta unión para el Congreso.
Lo he manifestado en muchas ocasiones, con una expresión acorde con el momento actual, cuando no existe la ideología, algo consustancial a la política digna: Mediocridad de mediocridades, (casi) todo es mediocridad. Casi todo es de calidad media, tirando a malo, como nos enseña nuestro Diccionario de la Lengua, pero está de moda. Lo digo una y mil veces: los mediocres en política están haciendo de cada día su día, su mes, su año. Al igual que Diógenes de Sínope, tendremos que coger una linterna ética y gritar a los cuatro vientos ¡buscamos personas dignas y honestas, no mediocres! Es probable que los mediocres salgan huyendo porque no soportan dignidad alguna que les puede hacer sombra. Si es que alguna vez tuvieron cuerpo presente de altura de miras, que no es el caso. Ni de los que los eligen para puestos claves en la sociedad. ¿Qué quiere decir esto? Que entre tibios, mediocres y tristes anda el juego mundial de dirigir la vida a todos los niveles, nuestro país incluido, con especial afectación en los que nos gobiernan. Cuando se instalan en nuestras vidas, hay que salir corriendo porque no hay nada peor que un mediocre, además triste y tibio. Pero es necesario estar orientados y correr hacia alguna parte, hacia la dignidad en todas y cada una de sus posibles manifestaciones.
De nuevo, acudo a mi suelo firme, a la solería ética de mi vida, a mis principios políticos aprendidos de la didáctica de la izquierda ideológica, no inocente, según Georgy Lukács, a quien profeso un gran respeto desde mis años jóvenes: “no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1).
La ideología es una proyección fantástica de la inteligencia, entendida ésta como la capacidad que tiene todo ser humano para resolver problemas, gran objetivo de la política a través de programas electorales. La inteligencia que vehiculizamos a través de la ideología podemos llamarla inteligencia social o inteligencia política, porque es evidente que ésta no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja lo que está pasando en el mundo que nos rodea y cómo se reacciona ante estos momentos preelectorales, donde se decide cómo se van a abordar los problemas reales y actuales de la sociedad española, a través de los programas de los partidos que participen en la próxima legislatura, ya sea con mayoría absoluta, en coalición o desde la oposición.
Por último, vuelvo a mi rincón de pensar y a intentar colaborar en el resurgimiento de la ideología de izquierda que nos permita volver a creer que unidos por la ideología común política, no seremos vencidos, porque es posible transformar la sociedad, no sólo cambiarla, estando muy cerca de los nadies de Galeano, en particular, a los que no pienso olvidar, así como de la lucha por un mundo mejor, en el que superemos este momento gris y amargo en el que la desolación y el abandono del barco de la izquierda pretenden imponerse. Lo hago porque creo que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas de libertad en nuestro país, siguiendo a Salvador Allende, por donde pasarán las personas con ideología de izquierda que colaboren a construir una sociedad mejor, sin excluir a nadie en esta preciosa y urgente tarea. Todavía estamos a tiempo.
Para contrarrestar estas palabras que, como decía al principio, hubiera preferido no escribirlas, escucho de nuevo a Quilapayún cantando “El pueblo unido jamás será vencido”, porque sigo creyendo en su mensaje de memoria histórica que nunca debería olvidar la izquierda democrática, escuchando al pueblo para conformar un Frente Amplio y Popular:
(1) Lukács, G. (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.
