
Sevilla, 7/X/2026 – 07:28 h CET (UTC+2)
Según la Real Academia Española, “equidistar”, una entrada que contiene la forma «equidistante», es estar a la misma distancia cuando nos referimos a dos personas o cosas con relación a otra, o de una persona o cosa con relación a otras, es decir, estar a la misma distancia, poniendo la Academia un ejemplo: los puntos de una circunferencia equidistan de su centro.También se utiliza este verbo en sentido figurado: un planteamiento que equidista del idealismo y del pragmatismo. Si traigo hoy esta palabra a colación es porque se utiliza cada día más en la actitud política que se califica como equidistante y, personalmente, la considero como un auténtico peligro para la democracia, porque no es inocente.
La persona equidistante suele considerarse a sí misma como árbitro o árbitra de casi todo, inocente e inmaculada también al estar más allá de toda sospecha, sine labe concepta (sin pecado concebida), detentadora de sabiduría infinita; tampoco “es política”, no se polariza porque le causa horror comprometerse con alguien o con algo, aséptica ante casi todo por lamentable que sea, fundamentalmente porque casi todo le resbala; suele frecuentar la mediocracia porque le enseñaron en sus años jóvenes que “en el término medio está la virtud”. Como dijo una vez Xavier Vidal-Folch, “la equidistancia es inane. Es la nada. Porque nada deslinda entre los extremos, nada dirime entre los opuestos, nada aclara de lo confuso, nada concluye en el litigio”. Para el discreto encanto de la política burguesa, ser equidistante es lo que hay que ser, ¡que ya está bien, lo que sufre la gente de bien! Fuera compromisos que vayan más allá del “ande yo caliente, ríase la gente”.
Al equidistante no le preocupan los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados (Galeano, dixit).¿Cómo se puede ser equidistante, políticamente hablando, ante la injusticia social en nuestro país, ante la situación actual en relación con el problema de la vivienda, sin ir más lejos o en su derivada mayor en estos momentos, el adelanto de las elecciones generales. Las palabras nos juegan a veces malas pasadas y equidistar es uno de los casos de mayor actualidad. La falsa pulcritud que exhiben los equidistantes de nuevo cuño, tan asépticos ellos y ellas, se deja ver en momentos críticos en democracia, como es el de la vivienda, que afecta a millones de personas, en sus diversas vertientes, accesibilidad, alquileres sociales, vivienda pública, grandes tenedores, fondos buitres, arrendamientos turísticos por doquier, dibujando una nueva sociedad del candado-llave, rentismos, gentrificación, el gran drama de los desahucios y un largo etcétera en el oscuro mundo inmobiliario controlado por fondos buitres y grandes tenedores.
No lo entiendo, mejor dicho sí, porque navegar en mares tranquilos de equidistancia es más beneficioso en el largo plazo político y hay que “estar bien con todos y todo”, por lo que pueda pasar. Es, en lenguaje paladino de Berceo, nadar y guardar la ropa. La realidad es que de la equidistancia al conformismo hay muy poca distancia y viceversa, porque su denominador común suelen ser el silencio cómplice. Un ejemplo sobre el que he escrito en bastantes ocasiones en este cuaderno digital, es la utilización defensiva de que al fin y al cabo “todos vamos en el mismo barco”. Y no es así, cuando damos la espalda a la equidistancia en problemas sociales, porque el compromiso aflora y hay que declarar alto y claro de qué lado estamos en la sociedad, en cualquiera de sus manifestaciones posibles. Sobre todo cuando analizamos situaciones críticas con responsables políticos desiguales o lo que es lo mismo, en relación con la intrahistoria pasada y presente de políticos y sus políticas, del Gobierno y de la Oposición, que no son iguales.
La imparcialidad interesada, la mediocracia, la equidistancia como barrera pseudoética, el conformismo y los silencios cómplices ante el ocaso de la democracia en nuestro país, se pueden contextualizar perfectamente como avisos para navegantes del nuevo totalitarismo y fascismo que avanza a pasos agigantados en nuestro territorio patrio. Reconozco que estoy “tocado”, pero no “hundido”, al recordarme la existencia y el poder omnímodo y omnipresente en la actualidad de la “banalidad del mal” que preocupó siempre a Hannah Arendt y que permeabiliza hoy la sociedad hasta extremos insospechados, signo evidente de una democracia que avanza en nuestro país con las tres heridas hernandianas, la de la vida, la del amor y la de la muerte.
No es tolerable, entonces, la equidistancia sobre lo que está pasando y estamos viendo a diario, como puede ser sin ir más lejos, los 40 desahucios de promedio al día en nuestro país, a veces muy cerca de nuestras casas, “dignas y adecuadas”, de las que disfrutamos algunas personas como derecho constitucional pleno. Por tanto, deberíamos hablar de equidistancia cero, porque esa es la cuestión. Persona soy. Nada humano [por ejemplo un desahucio], me debería ser ajeno. Terencio lo dijo en El enemigo de sí mismo, hace ya muchos siglos. Para que no se olvide, ni siquiera un momento.
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
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