Ayer, en mi primera salida del túnel de la pandemia, en dirección a Madrid, tuve la oportunidad de hacer una visita fugaz a Picasso a través de su obra magna, Guernica, ante la que me detuve escudriñando cada centímetro de una pintura que considero prodigiosa, por su simbolismo y por lo que supone reflexionar sobre ella, en vivo y en directo, después de su azaroso viaje por el mundo. En la ida y vuelta por las salas del surrealismo, hice la parada obligada ante esta sorprendente manifestación de dolor y rabia por lo acontecido no sólo en Guernica, sino en todo el país, aunque la frágil memoria histórica que nos embarga lo olvide a pasos agigantados.
En este cuaderno digital he escrito varias veces sobre esta obra. Me dolió mucho lo que se llegó a afirmar en 2018 sobre esta obra de Picasso, cuando en la cultura se mezcla, como hace todo necio, valor y precio. Hice referencia a unas palabras de Pérez-Reverte en la presentación en París de su obra, Sabotaje, donde dejó caer una frase que no era inocente, explicando algún contexto del protagonista de su obra, Falcó, en el café Les Deux Magots, donde entra tras una visita al estudio donde Pablo Picasso pintó el Guernica: “Picasso no pintó el Guernica por patriotismo, sino por muchísimo dinero”. Escribí en aquél momento que “Como se suele decir en roman paladino, tan querido por Gonzalo de Berceo (Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…), noticias como esta intoxican, porque algo queda, dejando la sustitución del término que he elegido “intoxican” por el que cada uno conoce bien en su territorio hispano. Él sabe, mejor que nadie, que sus palabras no caen en saco roto y, en este caso, el impacto era importante porque el Guernica representa una muestra indeleble del daño causado a este país por la guerra civil y porque el contenido del cuadro que tantas veces he citado en este cuaderno digital no deja tranquilo a nadie. Ahí está su auténtico valor. Tengo que agradecer el artículo que publicó el diario El País en aquellas fechas, La verdadera historia de lo que costó el ‘Guernica’ a la República, que dejaba bastantes cosas en su sitio. Recomiendo su lectura y la atención especial al mensaje de una voz autorizada en la materia, Josefina Alix: “A Picasso se le pagó el Guernica, y muy bien para la época, pero lo hizo porque le salió del alma, no por dinero”. Es verdad que todo necio, confunde valor y precio.
Por ahora, el Guernica está a buen recaudo público, no a merced del capital o de sus personas de negro. Contemplando, por cierto, el color negro del cuadro, los blancos y los grises, cada uno con su mensaje dentro, he recordado al director mexicano Arturo Ripstein (Ciudad de México, 1943), por su película Las razones del corazón, que me llevan hoy a él, contemplando el Guernica de nuevo en mi pinacoteca del alma, porque al igual que Picasso adora el blanco y negro para expresar sus razones, que también las tiene y las manifiesta tejiendo películas sobre tramas que le prepara su compañera en la vida real: “Ya no existen los valores que a mí me hacían entender las cosas, y entre ellos una de las emociones más profundas que era la expectativa, la paciencia. Esto desapareció porque todo debe de ser inmediato y provocar una satisfacción instantánea o no vale. Intento que no me afecte, pero…”. Esa mirada ripsteiniana, con sus tiempos, sus respiros y su propia profundidad, está, según su propietario, “completamente alejada de los modos actuales, con ruidos y montajes vertiginosos, que no dejan ver pero hacen sentir… Aunque qué sentimientos: como si te montases en una noria, una especie de peligro inocuo. A mí eso no me sirve”. ¿De verdad se siente expulsado de la actualidad? “Desde luego, somos ruinas del pasado, somos más antiguos que los antiguos” (1). Inmediatamente, reflexiona Ripstein sobre el drama del color, sobre todo tan acostumbrados como estamos a que nos hablen de la vida de color de rosa, sobre todo a él, un hombre al que le gusta trabajar en blanco y negro, con grises, habiendo aprendido a la perfección un consejo de Picasso ante el Guernica y sus aguafuertes: “el color debilita” [… ] “Claro, porque el melodrama y el blanco y negro pertenecen a la vida imposible, y esa, en el cine, es la única posible”.
También he visitado hoy la reproducción que conservo del Guernica en casa, que compré hace muchos años en su primera localización en el Casón del Buen Retiro y que preside una de sus paredes, sabiendo como sé que este cuadro, no está pintado para decorar apartamentos, como más adelante explico, sino para alertar constantemente a almas inquietas, porque es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo. Leí esta frase en la portada de un libro en una mañana del estío de 2018. Así hablaba Picasso sobre el Guernica, cuadro que pintó en 1937, por encargo de la República para el Pabellón de España de la Exposición Universal de París de ese mismo año, transmitiéndonos una forma diferente de interpretar el arte y la cultura. Esta idea la recuperé ayer contemplándolo con admiración aristotélica, con la que está cayendo en el país, porque el fascismo siempre acecha y desea entrar por los resquicios de la democracia y la libertad. Nunca he querido desprenderme de mi litografía, a pesar de mis turbaciones y mudanzas asociadas desoyendo a Ignacio de Loyola. Cada vez que lo contemplo, intento comprender su mensaje, tanto implícito como explícito. Lo que me duele todavía hoy es haber crecido sin conocer nada de su existencia, porque la Autoridad Competente de mi época, Militar por Supuesto, prefería ignorarlo junto a su autor, proscrito hasta la saciedad por una de las dos Españas, la de toda la vida, que todavía se añora por muchos, mientras la otra seguía teniendo helado el corazón.
Siempre descubro en él algo nuevo, porque tiene un mensaje subliminal que recorre el color triste que lo acompaña. Como aprendí de Oliver Sacks, salvando lo que haya que salvar, en el tiempo real de aquél horrible bombardeo nos dejaron ciegos al color, como nos pasa muchas veces en la vida al ver casi todo de un color gris o negro perturbador. En este cuadro se representa la verdad expresa de la guerra y el sufrimiento que siempre conlleva. Nos debería servir hoy para convertirnos en militantes de la paz, de cualquier paz que se deba defender en los círculos donde somos y estamos, sobre todo cuando se lucha con dignidad por otro mundo mejor y posible. Picasso nos dejó una pintura plagada de preguntas a través de mujeres, niños y animales que sufren. No hay hombres, solo el mensaje explícito de que esos hombres son solo lobos para el hombre, en una reinterpretación de la mítica frase de Hobbes: homo homini lupus.
En el verano de 2018 dediqué también una serie de artículos a Guernica en este cuaderno digital, el lugar pintado por Picasso como denuncia indeleble para la historia, bajo un título genérico que invito a leerlos de nuevo por su hilo conductor: A Guernica, por un vado de arena, pasando por ese vado que en euskera es “Hondarribia”. En el artículo 5, dedicado al comedor de Begoña, recojo unas reflexiones presididas por la llegada a la tan ansiada localidad de paz, que no de guerra: “Un niño nos indicó dónde estaba el Museo de la Paz en Guernica: “junto a… (silencio) donde se reza, al final de esta calle, junto a una iglesia…”. Fueron palabras que alumbraban simbólicamente una visita anunciada en mi alma, Guernica, un lugar que me ha acompañado siempre a través del cuadro de Picasso, dondequiera que haya ido en el timbo al tambo de la vida. Volvía de nuevo a caminar por sus calles en la paz actual de Euskadi, todo un símbolo, en Gernika-Lumo, por respeto a su identidad actual”. No olvido el momento en que sentados en la sala dedicada al comedor de Begoña en el Museo de la Paz, todos fueron Begoña, con una escenografía y audiovisual sobrecogedores, recreando el comedor de una casa de Gernika aquél fatídico día. Sentados en un banco, en penumbra, escuchamos sobrecogidos la narración de Begoña, incluido el ruido ensordecedor de las bombas.
Cuando terminó aquella visita inolvidable de 2018, niños y niñas de Guernica jugaban aquella tarde en sus aceras, hablando en euskera, con aires de libertad, en paz. Ayer, cuando salí del Museo Nacional, Centro de Arte, Reina Sofía, a primeras horas de la tarde y con un marcador de páginas en la mano, un pequeño ramillete de flores pintadas por Picasso que compré como recuerdo, niños y niñas de Madrid, como en cualquier lugar de España, también jugaban en sus aceras con los mismos aires, a pesar de todo. Recordé personalmente, después de haber contemplado el Guernica y haberme despedido de Picasso, que aquél trágico 26 de abril de 1937 fue una lección para la humanidad sobre el sinsentido de las guerras. Para que no se olvide en tiempos de paz, pero difíciles, ni siquiera un momento. Por ello, mi agradecimiento permanente y vivo a Picasso, pintor de la paz y su memoria.
(1) Belinchón, Santiago, “Filmo por miedo o por venganza”. Recuperado de una entrevista en el diario “El País” (24 de septiembre de 2011).
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN:José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Cuando escribo estas líneas estoy viviendo las últimas horas de este verano incandescente, que nos prepara para un futuro que ya no será como era antes, ni espero que volvamos a lo de siempre porque, en los últimos tiempos, vivir era un auténtico problema diario de experiencias adversas propias y asociadas. Sé que hoy, a las 19:21, se igualan el día y la noche en el hemisferio norte, en una ceremonia temporal y puntual que nunca falla y que los sabios del lugar llaman equinoccio de otoño (aequinoctium, aequus nocte, «noche igual»). Es un aviso para los que nos gusta otoñar, porque también se puede humanizar este tiempo y su momento si somos capaces de aprehenderlo en su justo sentido. Por ejemplo, acudir prestos a compartir esta estación con el poeta Ángel González, aunque él me acompaña siempre a lo largo del año y sus otras estaciones.
Vuelvo a leer en este otoño de 2021 sus poemas dedicados a los Otoños, en plural, porque existen millones de otoños, los que vive cada ser humano a su forma y manera: mi otoño, tu otoño, su otoño, nuestro otoño, vuestro otoño, el otoño de ellos, de ellas…, el otoñar de todos. De todas formas, los otoños de González me inspiran otra forma de comprender la vida y me gusta compartirlo para hacer más llevadero ese ser y estar en el mundo de todos y cada uno, otoñando la vida. Comienza su entrega de sentimientos y emociones con un poema precioso, El otoño se acerca, que vuelvo a compartir hoy:
El otoño se acerca con muy poco ruido: apagadas cigarras, unos grillos apenas, defienden el reducto de un verano obstinado en perpetuarse, cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría que aquí no pasa nada, pero un silencio súbito ilumina el prodigio: ha pasado un ángel que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.
Lo he manifestado en otoños anteriores: hoy, vuelvo a buscar el ángel que se llamaba luz, fuego, o vida, y no lo encuentro, rodeado de malas noticias por todas partes, en un país con desasosiego permanente desde hace ya varios años, en este otoño tan especial que sigue entrando con el ruido de fondo del coronavirus, pidiéndonos prudencia a todas horas. Al menos, podemos encontrar un ángel, en medio de tantos demonios, de apellido González. Lo agradezco una vez más, porque necesitamos momentos amables en esta azarosa vida, en este otoño en el que estamos obligatoriamente obligados a otoñar, que es soñar de una forma diferente, para no perder para siempre ángeles que necesita este país, que necesitamos todos, con nombres preciosos y que hoy día tienen más valor que nunca: luz, fuego y vida.
Gracias, Ángel González, porque sé que te llamas así por los solsticios y equinoccios que alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de tu carne trepando por los siglos y los huesos (1). No te olvido.
(1) González, Ángel. Para que yo me llame Ángel González, en Áspero mundo, 1956. Madrid: Rialp.
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Veo con dolor las consecuencias de la erupción del volcán Cumbre Vieja en la isla de la Palma, que recorrí de norte a sur y de este a oeste hace ya muchos años, donde hice una parada muy cerca de esa cumbre que ahora arroja magma incendiario y de color negro, concretamente en Los Llanos de Aridane, donde mujeres a la luz del día bordaban rosas rojas de forma artesanal y bella. Compré una, a una señora que la había bordado a mano y que conservo en mi cuarto de ser y estar, a la que estos días tan especiales observo con respeto y admiración. Inmediatamente, he recordado también a Rafael Alberti y a César Manrique, amigos en Lanzarote y compañeros de vida en la casa de Taro de Tahiche, hoy Fundación, así como la presencia del poeta gaditano en los Jameos del Agua, donde recitó un poema que suena hoy de una forma especial en torno a un fenómeno que pronto ocurrirá, cuando esa lava lenta y arrolladora llegue al mar formando dunas de lava negra, expresión que escuché decir en su momento a Rafael Alberti, cuando en el acto indicado, celebrado el 2 de junio de 1979, leyó este poema que compuso el 31 de mayo de ese año, en la casa de Manrique, en Taro de Tahiche.
Lanzarote. Primera estrofa
A César Manrique, pastor de vientos y volcanes
Vuelvo a encontrar mi azul, mi azul y el viento, mi resplandor, la luz indestructible que yo siempre soñé para mi vida. Aquí están mis rumores, mis músicas dejadas, mis palabras primeras mecidas de la espuma, mi corazón naciendo antes de sus historias, tranquilo mar, mar pura sin abismos. Yo quisiera tal vez morir, morirme, que es vivir más, en andas de este viento, fortificar su azul, errante, con el hálito de mi canción no dicha todavía. Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia, y puedo serlo aún, aunque sangrando, profundamente, vivamente herido, lleno de tantos muertos que quisieran revivir en mi voz, acompañándome. Más no quiero morir, morir aunque lo diga, porque no muere el mar, aunque se muera. Mi voz, mi canto, debe acompañaros más allá de las edades. He venido a vosotros para hablaros y veros, arenales y costas sin fin que no conozco, dunas de lavas negras, palmares combatidos, hombres solos, abrazados de mar y de volcanes. Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo. Siento que va a habitarme el fuego que os habita.
César Manrique, pastor de vientos y volcanes, desde su cielo particular, contemplará asombrado y con dolor esta erupción tan cercana a su vida y a su obra, a la que Alberti puso palabras que hoy resuenan mucho más fuerte que el rugido del volcán Cumbre Vieja, que acabará en dunas de lava negra, palmares, plantaciones y casas combatidas, personas solas, abrazadas sólo por el mar y sus volcanes. Siento también al contemplar las imágenes de la erupción, en palabras de Alberti, un subterráneo temblor que irrumpe hacia el cielo, como si entrara ya en mi interior el fuego y el calor que habita a las personas de aquella isla bonita, preciosa, abrazada ahora a la queja de la Naturaleza que siempre está viva. Pero volverán pronto el azul y el viento, el resplandor, la luz indestructible, las rosas rojas, la esencia de la vida en la que siempre sueñan los lugareños de La Palma para sus vidas.
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Mural con los primeros versos de Neruda dedicados a La casa de las flores, en Madrid, donde nació su hija Malva Marina, en 1934
Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.
Pablo Neruda
Sevilla, 20/IX/2021
He visto en los últimos días cómo circulaban en las redes sociales comentarios sobre el supuesto abandono de Malva Marina, por parte de su padre, el poeta Pablo Neruda y la nula relación con ella en su vida y obra poética, dado que desde diversas ópticas no hay reparo alguno en descalificar de forma despiadada al premio Nobel de Literatura de 1971. Esta controversia se reavivó en 2018 con motivo de la publicación de la novela de Hagar Peeters, Malva(1), que fue traducida al español en 2017 y publicada el año siguiente por una editorial colombiana excelente, Rey Naranjo Editores.
Por los motivos expuestos anteriormente, decidí adentrarme en la verdadera historia de lo ocurrido entre Neruda y su hija, Malva Marina, sobre todo para salvar su recorrido histórico y su buen nombre, mucho más allá de averiguar la trastienda de lo que verdaderamente ocurrió que siempre será muy difícil descifrar en su texto y contexto histórico. Por esta razón de la razón y del corazón, he escrito las páginas que siguen, porque Neruda merece mi respeto integral e íntegro, fundamentalmente porque la condición humana me ha enseñado a lo largo de la historia que no soy nadie para calificar superficialmente o de oídas los actos de los otros, sino que sólo debo examinarlos y quedarme con lo bueno. La trastienda de la miseria humana no me interesa y siempre dejo para la historia el análisis de determinadas actitudes que no deben trascender más allá del terreno de la intimidad y de la privacidad del alma humana.
A partir de aquí, todos los puntos y aparte de este artículo van a permitir reiniciar la siguiente frase con las mismas palabras, a modo de estribillo: Es verdad que… Así hasta el final, para que una vez leído todo, podamos asegurarnos de que al buen entendedor con palabras basta, sobre todo si son objetivas y basadas en datos y hechos constatables.
Es verdad que en sus Memorias, Confieso que he vivido (2), incompletas porque no pudo finalizarlas por su fallecimiento en 1973, Neruda comenta que su soledad se “redobló” en Batavia (Java), en su destino consular y que eso le llevó a pensar en casarse, ofreciendo detalles de la que sería su primera esposa, María Antonieta Agenaar [sic, sin “h” en el apellido], “una criolla, vale decir holandesa con unas gotas de sangre malaya, que me gustaba mucho. Era una mujer alta y suave, extraña totalmente al mundo de las artes y las letras”. Sería unos años después la madre de su hija Malva Marina. Quizás sean las palabras de presentación de estas memorias íntimas las que nos ofrezcan las claves de sus aparentes “olvidos”, como se ha dicho tantas veces sobre la ausencia en su obra de referencia alguna a su hija Malva Marina: “Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida. La intermitencia del sueño nos permite sostener los días de trabajo. Muchos de mis recuerdos se han desdibujado al evocarlos, han devenido en polvo como un cristal irremediablemente herido. Las memorias del memorialista no son las memorias del poeta. Aquél vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más y nos recrea con la pulcritud de los detalles. Este nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época. Tal vez no viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros. De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre —como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas—las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”.
Es verdad que en la biografía oficial de Neruda (Fundación Neruda) he recogido los datos siguientes de la relación de Neruda con su primera esposa y madre de Malva Marina, María Antonieta Hagenaar [Maruca, como la llamaba familiarmente Neruda], iluminando el contexto de su relación de pareja:
1930
5 de mayo: es nombrado cónsul de elección en Singapur y Batavia, Java.
Junio: viaja a Singapur, y luego a Batavia donde asume sus nuevas funciones.
6 de diciembre: se casa con María Antonieta Hagenaar Vogelzang.
1932
A comienzos de febrero y después de un viaje por mar de dos meses, arriba a Chile en compañía de su mujer.
1934
5 de mayo: sale hacia España, acompañado de su mujer que espera un hijo. A fines de mayo asume el cargo consular en Barcelona.
1 de junio: viaja a Madrid donde se reencuentra con Federico García Lorca y otros poetas de la generación del 27, entre los que hará grandes amistades, especialmente con Rafael Alberti y Miguel Hernández. Realiza frecuentes viajes entre Barcelona y Madrid.
18 de agosto: en Madrid nace su hija Malva Marina Trinidad después de largas complicaciones en el parto. La niña padece de hidrocefalia. Conoce a Delia del Carril, quien más tarde se convertirá en su segunda esposa. A comienzos de diciembre fija su residencia en Madrid.
6 de diciembre: es presentado por Federico García Lorca en la Universidad de Madrid, donde da un recital y una conferencia.
19 de diciembre: es nombrado cónsul agregado a la embajada de Chile en Madrid, cargo paralelo al de sus labores consulares en Barcelona.
1936
Diciembre: viaja a Marsella con su esposa, María Antonieta Hagenaar y su hija, Malva Marina. Más tarde, ambas se irán a Montecarlo; después, ya en 1937, se trasladarán a Holanda. El gobierno chileno, aduciendo falta de garantías para el funcionamiento del Consulado en Madrid, opta por cerrarlo. Neruda no es destinado a ningún otro cargo. Su apoyo a la causa republicana había provocado diversas críticas y acusaciones en su contra, entre otros, del embajador Aurelio Núñez Morgado.
1939
Noviembre: viaja a Holanda para visitar a Maruca Hagenaar y a su hija Malva Marina.
Comienzos de diciembre: se embarca junto a Delia del Carril, de regreso a Chile.
1942
3 de mayo: en el Periódico Oficial de Cuernavaca se publica el edicto de divorcio de Neruda de María Antonieta Hagenaar.
1943
2 de marzo: en Holanda, nación ocupada por los alemanes, muere su hija Malva Marina “sin sufrimiento”, como dice el cable en el que se comunica la noticia desde Suiza.
2 de julio: contrae matrimonio con Delia del Carril, en la ciudad de Tetecala, estado de Morelos. Posteriormente este enlace será declarado ilegal por los tribunales chilenos.
Es verdad que en la obra Residencia en la tierra (3), revisada por última vez durante su estancia en Madrid, Neruda publica unos poemas que se relacionan perfectamente con el entorno del nacimiento de su hija Malva Marina en Madrid, en 1934, en los que estuvo muy cerca de los poetas Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, destacando la cita expresa de Malva Marina en la Oda a Federico García Lorca, como se recoge a continuación. He respetado el orden cronológico de la publicación de los cuatro poemas siguientes, en los que los tres primeros tienen una solución de continuidad asociados a la enfermedad de su hija y el dolor que sufrían en esos momentos.
Maternidad
¿Por qué te precipitas hacia la maternidad y verificas tu ácido oscuro con gramos a menudo fatales? ¡El porvenir de las rosas ha llegado! ¡El tiempo de la red y el relámpago! ¡Las suaves peticiones de las hojas perdidamente alimentadas! Un río roto en desmesura recorre habitaciones y canastos infundiendo pasiones y desgracias con su pesado líquido y su golpe de gotas.
Se trata de una súbita estación que puebla ciertos huesos, ciertas manos, ciertos trajes marinos.
Y ya que su destello hace variar las rosas dándoles pan y piedras y rocío, oh madre oscura, ven, con una máscara en la mano izquierda y con los brazos llenos de sollozos.
Por corredores donde nadie ha muerto quiero que pases, por un mar sin peces, sin escamas, sin náufragos, por un hotel sin pasos, por un túnel sin humo.
Es para ti este mundo en que no nace nadie, en que no existen ni la corona muerta ni la flor uterina, es tuyo este planeta lleno de piel y piedras.
Hay sombra allí para todas las vidas. Hay círculos de leche y edificios de sangre, y torres de aire verde. Hay silencio en los muros, y grandes vacas pálidas con pezuñas de vino.
Hay sombra allí para que continúe el diente en la mandíbula y un labio frente a otro, y para que tu boca pueda hablar sin morirse, y para que tu sangre no se derrumbe en vano.
Oh madre oscura, hiéreme con diez cuchillos en el corazón, hacia ese lado, hacia ese tiempo claro, hacia esa primavera sin cenizas.
Hasta que rompas sus negras maderas llama en mi corazón, hasta que un mapa de sangre y de cabellos desbordados manche los agujeros y la sombra, hasta que lloren sus vidrios golpea, hasta que se derramen sus agujas
La sangre tiene dedos y abre túneles debajo de la tierra.
Enfermedades en mi casa
Cuando el deseo de alegría con sus dientes de rosa escarba los azufres caídos durante muchos meses y su red natural, sus cabellos sonando a mis habitaciones extinguidas con ronco paso llegan, allí la rosa de alambre maldito golpea con arañas las paredes y las uñas del cielo se acumulan, de tal modo que no se puede salir, que no se puede digerir un asunto estimable, es tanta la niebla, la vaga niebla cagada de los pájaros, es tanto el humo convertido en vinagre y el agrio aire que horada las escalas: en ese instante en que el día se cae con las plumas deshechas, no hay sino llanto, nada más que llanto, porque sólo sufrir, solamente sufrir, y nada más que llanto. El mar se ha puesto a golpear por años una pata de pájaro, y la sal golpea y la espuma devora, las raíces de un árbol sujetan una mano de niña, más grande que una mano del cielo, y todo el año trabajan, cada día de luna sube sangre de niña hacia las hojas manchadas por la luna, y hay un planeta de terribles dientes envenenando el agua en que caen los niños, cuando es de noche, y no hay sino la muerte, solamente la muerte, y nada más que el llanto.
Como un grano de trigo en el silencio, pero a quién pedir piedad por un grano de trigo? Ved cómo están las cosas: tantos trenes, tantos hospitales con rodillas quebradas, tantas tiendas con gentes moribundas: entonces, cómo?, cuándo?, a quién pedir por unos ojos del color de un mes frío, y por un corazón del tamaño del trigo que vacila? No hay sino ruedas y consideraciones, alimentos progresivamente distribuidos, líneas de estrellas, copas en donde nada cae, sino sólo la noche, nada más que la muerte.
Hay que sostener los pasos rotos. Cruzar entre tejados y tristezas mientras arde una cosa quemada con llamas de humedad, una cosa entre trapos tristes como la lluvia, algo que arde y solloza, un síntoma, un silencio. Entre abandonadas conversaciones y objetos respirados, entre las flores vacías que el destino corona y abandona, hay un río que cae en una herida, hay el océano golpeando una sombra de flecha quebrantada, hay todo el cielo agujereando un beso.
Ayudadme, hojas que mi corazón ha adorado en silencio, ásperas travesías, inviernos del sur, cabelleras de mujeres mojadas en mi sudor terrestre, luna del sur del cielo deshojado, venid a mí con un día sin dolor, con un minuto en que pueda reconocer mis venas.
Estoy cansado de una gota, estoy herido en solamente un pétalo, y por un agujero de alfiler sube un río de sangre sin consuelo, y me ahogo en las aguas del rocío que se pudre en la sombra, y por una sonrisa que no crece, por una boca dulce, por unos dedos que el rosal quisiera escribo este poema que sólo es un lamento, solamente un lamento.
Oda con un lamento
Oh niña entre las rosas, oh presión de palomas, oh presidio de peces y rosales, tu alma es una botella llena de sal sedienta y una campana llena de uvas es tu piel. «una botella echando espanto a borbotones» («Barcarola»).
Por desgracia no tengo para darte sino uñas o pestañas, o pianos derretidos, o sueños que salen de mi corazón a borbotones, polvorientos sueños que corren como jinetes negros, sueños llenos de velocidades y desgracias.
Sólo puedo quererte con besos y amapolas, con guirnaldas mojadas por la lluvia, mirando cenicientos caballos y perros amarillos. Sólo puedo quererte con olas a la espalda, entre vagos golpes de azufre y aguas ensimismadas, nadando en contra de los cementerios que corren en ciertos ríos con pasto mojado creciendo sobre las tristes tumbas de yeso, nadando a través de corazones sumergidos y pálidas planillas de niños insepultos.
Hay mucha muerte, muchos acontecimientos funerarios en mis desamparadas pasiones y desolados besos, hay el agua que cae en mi cabeza, mientras crece mi pelo, un agua como el tiempo, un agua negra desencadenada, con una voz nocturna, con un grito de pájaro en la lluvia, con una interminable sombra de ala mojada que protege mis huesos: mientras me visto, mientras interminablemente me miro en los espejos y en los vidrios, oigo que alguien me sigue llamándome a sollozos con una triste voz podrida por el tiempo.
Tú estás de pie sobre la tierra, llena de dientes y relámpagos. Tú propagas los besos y matas las hormigas. Tú lloras de salud, de cebolla, de abeja, de abecedario ardiendo. Tú eres como una espada azul y verde y ondulas al tocarte, como un río.
Ven a mi alma vestida de blanco, con un ramo de ensangrentadas rosas y copas de cenizas, ven con una manzana y un caballo, porque allí hay una sala oscura y un candelabro roto, unas sillas torcidas que esperan el invierno, y una paloma muerta, con un número.
Oda a Federico García Lorca
Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, si pudiera sacarme los ojos y comérmelos, lo haría por tu voz de naranjo enlutado y por tu poesía que sale dando gritos.
Porque por ti pintan de azul los hospitales y crecen las escuelas y los barrios marítimos, y se pueblan de plumas los ángeles heridos, y se cubren de escamas los pescados nupciales, y van volando al cielo los erizos: por ti las sastrerías con sus negras membranas se llenan de cucharas y de sangre, y tragan cintas rotas, y se matan a besos, y se visten de blanco.
Cuando vuelas vestido de durazno, cuando ríes con risa de arroz huracanado, cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes, la garganta y los dedos, me moriría por lo dulce que eres, me moriría por los lagos rojos en donde en medio del otoño vives con un cordel caído y un dios ensangrentado, me moriría por los cementerios que como cenicientos ríos pasan con agua y tumbas, de noche, entre campanas ahogadas: ríos espesos como dormitorios de soldados enfermos, que de súbito crecen hacia la muerte en ríos con números de mármol y coronas podridas, y aceites funerales: me moriría por verte de noche mirar pasar las cruces anegadas, de pie llorando, porque ante el río de la muerte lloras abandonadamente, heridamente, lloras llorando, con los ojos llenos de lágrimas, de lágrimas, de lágrimas.
Si pudiera de noche, perdidamente solo, acumular olvido y sombra y humo sobre ferrocarriles y vapores, con un embudo negro, mordiendo las cenizas, lo haría por el árbol en que creces, por los nidos de aguas doradas que reúnes, y por la enredadera que te cubre los huesos comunicándote el secreto de la noche.
Ciudades con olor a cebolla mojada esperan que tú pases cantando roncamente, y silenciosos barcos de esperma te persiguen, y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo, además caracoles y semanas, mástiles enrollados y cerezas definitivamente circulan cuando asoman tu pálida cabeza de quince ojos y tu boca de sangre sumergida.
Si pudiera llenar de hollín las alcaldías y, sollozando, derribar relojes, sería para ver cuándo a tu casa llega el verano con los labios rotos, llegan muchas personas de traje agonizante, llegan regiones de triste esplendor, llegan arados muertos y amapolas, llegan enterradores y jinetes, llegan planetas y mapas con sangre, llegan buzos cubiertos de ceniza, llegan enmascarados arrastrando doncellas atravesadas por grandes cuchillos, llegan raíces, venas, hospitales, manantiales, hormigas, llega la noche con la cama en donde muere entre las arañas un húsar solitario, llega una rosa de odio y alfileres, llega una embarcación amarillenta, llega un día de viento con un niño, llego yo con Oliverio, Norah, Vicente Aleixandre, Delia, Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco, la Rubia, Rafael, Ugarte, Cotapos, Rafael Alberti, Carlos, Bebé, Manolo Altolaguirre, Molinari, Rosales, Concha Méndez, y otros que se me olvidan.
Ven a que te corone, joven de la salud y de la mariposa, joven puro como un negro relámpago perpetuamente libre, y conversando entre nosotros, ahora, cuando no queda nadie entre las rocas, hablemos sencillamente como eres tú y soy yo: ¿para qué sirven los versos si no es para el rocío?
¿Para qué sirven los versos si no es para esa noche en que un puñal amargo nos averigua, para ese día, para ese crepúsculo, para ese rincón roto donde el golpeado corazón del hombre se dispone a morir?
Sobre todo de noche, de noche hay muchas estrellas, todas dentro de un río, como una cinta junto a las ventanas de las casas llenas de pobres gentes.
Alguien se les ha muerto, tal vez han perdido sus colocaciones en las oficinas, en los hospitales, en los ascensores, en las minas, sufren los seres tercamente heridos y, hay propósito y llanto en todas partes: mientras las estrellas corren dentro de un río interminable hay mucho llanto en las ventanas, los umbrales están gastados por el llanto, las alcobas están mojadas por el llanto que llega en forma de ola a morder las alfombras.
Federico, tú ves el mundo, las calles, el vinagre, las despedidas en las estaciones cuando el humo levanta sus ruedas decisivas hacia donde no hay nada sino algunas separaciones, piedras, vías férreas.
Hay tantas gentes haciendo preguntas por todas partes. Hay el ciego sangriento, y el iracundo, y el desanimado, y el miserable, el árbol de las uñas, el bandolero con la envidia a cuestas.
Así es la vida, Federico, aquí tienes las cosas que te puede ofrecer mi amistad de melancólico varón varonil. Ya sabes por ti mismo muchas cosas, y otras irás sabiendo lentamente.
Es verdad que la autora de Malva ha querido poner voz a Malva Marina en un esfuerzo por aclarar de una vez por todas lo que pasó durante su corta vida, ocho años nada más. Lo que ocurre es que desde la letra de la contraportada ya se habla del rechazo de Malva por parte de su padre. Es lo que utiliza la autora como hilo conductor de su obra, “descubrir cómo su padre, que defendió a los rechazados y a los olvidados, pudo rechazarla y olvidarla a ella”. De esta forma, se parte de una convicción que empaña el contenido de la obra, con pasajes bellísimos y con contrastes de una dureza extrema, transidos de dolor por la propia experiencia personal de la autora y la relación con su padre. La sinopsis oficial del libro refuerza ,lo expuesto anteriormente: “Malva, la hija que Pablo Neruda abandonó porque la hidrocefalia congénita que ella padecía era un obstáculo para que él desarrollara su poesía y sus ideas políticas, le narra a Hagar Peeters —desde el más allá— cómo la enfermedad le arrebató la vida y el amor de su padre, de quien aún espera ser reconocida. De esta conversación surge una novela espléndida y cargada de poesía. A lo largo del relato, intervienen grandes personajes de la literatura, de la historia, de la filosofía y de la ciencia, que generan interés en un amplio espectro de lectores”.
He leído el libro con profundo respeto a su contenido, con atención plena y anotando los asuntos que más me han interesado, porque aporta detalles importantes en su texto y contexto, por el trabajo de campo realizado a pesar de moverse en el terreno de la ficción, pero finalizada su lectura sigo pensando que nada humano me es ajeno y que no puedo descalificar sin más a Neruda cuando conozco lo que significa la complejidad de las relaciones humanas, la enfermedad de Malva Marina en aquellos años y en nuestro país, la terrible experiencia de la guerra civil y la contienda mundial que tuvo que vivir la familia Neruda, así como las dudas que permanecen en mi persona de secreto sobre lo ocurrido que hoy día no se pueden descifrar.
Es verdad que lo más controvertido en esta dura historia es lo escrito por el poeta en una carta a su amiga argentina Sara Tornú: “Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos” […] “La chica se moría, no lloraba, no dormía, había que darle comida con sonda, con cucharita, con inyecciones y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir, llamando al médico, corriendo a las abominables casas de ortopedia donde venden espantosos biberones, balanzas, vasos medicinales, embudos llenos de grados y reglamentos. Tú puedes imaginar cuánto he sufrido”. Es verdad que la autora de Malva se ha aferrado a la frase del “punto y coma”, pero no puedo aceptar que se asuma sin más que Neruda escribió estas palabras anteriores de la carta, refiriéndose a su hija, con desprecio, sino con lenguaje figurativo tan presente en toda su obra. Cómo presentó Pablo Neruda a su hija, a Vicente Aleixandre, es la mejor prueba del cariño ciego que sentía por ella, como se puede comprobar a continuación.
Es verdad que he leído los cuatro poemas que he reunido para acompañar estas palabras y me quedo hoy con lo que escribió Vicente Aleixandre en una visita a la casa de la familia Neruda, La Casa de las Flores y lo que vivió al conocer a Malva Marina, palabras que enmudecen el alma humana, habiendo declarado en más de una ocasión que, salvo en momentos puntuales de la guerra mundial, Neruda siempre envió “plata” a su esposa y a su hija: “Pasa Vicente”. Un salón y Pablo desapareció. Enfrente, una amplia balconada, y en el fondo, un gran pedazo de enorme cielo. Salí a la terraza corrida y estrecha, como un camino hacia su final. En él, Pablo, allá se inclinaba sobre lo que parecía una cuna. Yo le veía lejos mientras oía su voz. “Malva Marina, ¿me oyes? ¡Ven Vicente, ven! Mira qué maravilla, Mi niña. Lo más bonito del mundo. Brotaban las palabras mientras yo me iba acercando. Él me llamaba con la mano y miraba con felicidad hacia el fondo de aquella cuna. Todo él sonrisa dichosa, ciega dulzura de su voz gruesa, embebimiento del ser en más ser. Llegué, él se irguió radiante, mientras me espiaba. ¡Mira, mira! Yo me acerqué del todo y entonces el hondón de los encajes ofreció lo que contenía. Una enorme cabeza, una implacable cabeza que hubiese devorado las facciones y fuese sólo eso: cabeza feroz, crecida sin piedad, sin interrupción, hasta perder su destino. Una criatura (¿lo era?) a la que no se podía mirar sin dolor. Un montón de materia en desorden. Blanco yo, levanté la vista, murmuré unos sonidos para quien los esperaba y conseguí una máscara de sonrisa. Pablo era luz, irradiaba irrealidad, sueño, y su ensoñación tenía la firmeza de la piedra, el orgullo de su alegría, el agradecimiento hacia un futuro celeste” (Comprendí, pero no explico, 1935).
Es verdad también, por último, que es de justicia recordar en esta tesitura a García Lorca, porque dedicó un poema a Malva Marina, Versos en el nacimiento de Malva Marina Neruda, rescatados en 1984, que es importante resaltar hoy más que nunca, porque refuerza la idea de que al poeta chileno nunca se le borró de su memoria la existencia de su hija:
Malva Marina, ¡quién pudiera verte / delfín de amor sobre las viejas olas, / cuando el vals de tu América destila / veneno y sangre de mortal paloma!
¡Quién pudiera quebrar los pies oscuros / de la noche que ladra por las rocas / y detener al aire inmenso y triste / que lleva dalias y devuelve sombras!
El Elefante blanco está pensando / si te dará una espada o una rosa; / Java, llamas de acero y mano verde, / el mar de Chile, valses y coronas.
Niñita de Madrid, Malva Marina, / no quiero darte flor ni caracola; / ramo de sal y amor, celeste lumbre, / pongo pensando en ti sobre tu boca.
Es verdad que todo lo expuesto anteriormente es objetivo y veraz. A partir de aquí se pueden sacar conclusiones en uno u otro sentido, pero mi experiencia humana me susurra al oído que, una vez más, sea prudente como serpiente y sencillo como una paloma. Lo aprendí, cuando era niño, del evangelista Mateo y por si fuera poco, el abad Joseph Antoine Toussaint Dinouart (1716-1786), siendo ya mayor, me recuerda también con su insistencia característica que “sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio” (Principio 1º, necesario para callar, en El arte de callar), aunque es una situación que me pre-ocupa [así, con guion] mucho, quizás porque si callamos en determinados momentos tan complejos como los que estamos viviendo ahora, viendo pasar por nuestros ojos acusaciones muy graves contra Neruda, bordeamos los silencios cómplices que tanto daño hacen a todas las personas que necesitan luz, esperanza y alegría (entre los que me incluyo).
Entre silencios cómplices o no, anda a veces el dilema de la cultura en nuestras vidas, en su preciosa responsabilidad de enseñarnos el arte de soñar despiertos la verdad de la vida. Lo aprendí de Neruda: «De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre —como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas—las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta».
(1) Peeters, Hagar, Malva, 2018. Bogotá: Rey Naranjo Editores.
(2) Neruda, Pablo, Confieso que he vivido. Memorias, 1974. Barcelona: Seix-Barral.
(3) Neruda, Pablo, Residencia en la tierra, 1987. Madrid: Cátedra.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ayer voló a su cielo particular Mario Camus, junto a su inseparable milana bonita, recordándonos que nos entregó un día ya lejano un regalo cinematográfico, Los santos inocentes, en el que él sabía lo que nos daba pero no lo que en verdad recibíamos, un fragmento de nuestra memoria histórica con el tiempo dentro. Aprendí a conocer nuestro triste pasado como país gracias a Miguel Delibes y a su versión llevada al cine de la mano magistral de Mario Camus.
En el día de los santos inocentes de 2018, escribí unas palabras de homenaje a este gran director, El rabel de los santos inocentes, resaltando también un instrumento ancestral cántabro, el rabel, porque ponía música a una historia conmovedora, con la sencillez de un alma inocente y bendita como la de su intérprete, Pedro Madrid, que nunca tuvo tiempo para ver la película porque la vida le exigía estar siempre presente en sus tareas cotidianas. Hoy, vuelvo a publicar aquellas palabras, porque creo que encierran en sí mismas el mejor homenaje póstumo que puedo ofrecer a Mario Camus. No está solo, porque cerca, muy cerca, le espera impaciente Azarías, junto a su querida milana bonita.
Muchas personas recordamos la película Los santos inocentes, dirigida por Mario Camus, basada en una obra homónima de Miguel Delibes, a través de una frase icónica, ¡Milana bonita!, pronunciada de forma repetida con la voz profunda e inconfundible de Paco Rabal en su papel de Azarías. Lo que no recordará casi nadie es que la banda sonora de la película está interpretada por Pedro Madrid, un rabelista de Cantabria, un músico inocente de extracción rural, que no vio la película porque estaba dedicado en cuerpo y alma a su tierra, Polaciones, y a su parentela, nada más, muy lejos del bullicio mundano.
El rabel es un instrumento de cuerda frotada, tres cuerdas concretamente, que Pedro tocaba con destreza: “Éste -y muestra el que tiene en esos momentos en sus manos- está hecho de madera de tejo. Es un árbol milenario cargado de leyendas, pero es muy difícil encontrarlo. También los hago de serval, que es un árbol sagrado de los antiguos celtas” (1). Tiene raíces árabes, el rabáb, según el diccionario de la RAE: instrumento musical pastoril, pequeño, de hechura como la del laúd y compuesto de tres cuerdas solas, que se tocan con arco y tienen un sonido muy agudo. Desde 1505 tenemos registrada la existencia de este instrumento en el diccionario de Fray Pedro de Alcalá, matizada posteriormente en el de Autoridades, en 1737: “instrumento músico pastoril, de hechura como la del laúd”.
La aportación de Pedro Madrid a la película es un símbolo del argumento de la misma, porque desprende sabiduría rural a manos llenas, es decir, la exposición desnuda de las relaciones amo-sirviente durante la posguerra en España, donde el desprecio al que menos tiene y, además, te sirve, era una seña de identidad de la burguesía cortijera de la época. Delibes escribió una denuncia social descarnada, continua, en formato de novela, con una trama en la que los santos inocentes son aquellas personas que viven con dignidad el hecho de ser diferentes, singulares, casi sin darse cuenta, casi siempre ignorados por la sociedad.
Hoy, día de los santos inocentes, he recordado la película y un instrumento humilde, el rabel, tocado con destreza por Pedro Madrid, un gran desconocido para la historia de la música en este país. Lo escucho en los títulos de crédito de la película, llevándome en volandas como la grajilla de Azarías. Es solo un homenaje a su colaboración en la historia de la literatura y el cine en este país, en un día del calendario muy especial.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos
Nuccio Ordine, en Clásicos para la vida
Septiembre es un mes «académico» por excelencia. Es la ocasión de volver a estudiar, leer y escuchar a los clásicos populares que de una forma tan extraordinaria aprendí de Stefan Zweig en su obra Encuentros con libros (1) y de Ítalo Calvino, en un clásico popular, ¿Por qué leer los clásicos? (2), a los que siempre acudo en diversas épocas del año como bálsamo de Fierabrás en tiempos modernos, difíciles y controvertidos.
Leyendo de nuevo «Encuentros con libros», vuelvo a sentir sus palabras como un bálsamo en este mundo al revés, porque “desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad. En nuestro mundo de hoy, cualquier movimiento intelectual viene respaldado por un libro; de hecho, esas convenciones que nos elevan por encima de lo material, a las que llamamos cultura, serían impensables sin su presencia”. Maravillosa reflexión en estos momentos cruciales que estamos viviendo a escala mundial.
Hace exactamente un año publiqué en este cuaderno digital un artículo sobre este asunto tan generador de cultura del alma, Los clásicos deberían ser populares, que vuelvo a publicar hoy sin modificar una sola palabra. Creo que sigue vigente en todas sus líneas y espero que anoten la próxima lectura de los libros indicados, porque comprobarán que leer y escuchar los clásicos nunca ha sido, es y será un placer inútil.
Fernando Argenta era hijo de Ataúlfo Argenta, un director de orquesta extraordinario de mediados del siglo pasado, que falleció el 21 de Enero de 1958, una muerte que cogió por sorpresa al discreto encanto de la burguesía de Madrid, porque no le querían dados sus antecedentes “rojos” y donde yo crecía amando la música y la soledad sonora de mis diez años. He admirado siempre a Fernando Argenta, por el trabajo encomiable que ha desarrollado a lo largo de su vida y de la forma tan didáctica que lo presentó en sociedad, para que este país saliera de su catetez musical extrema y comenzara a conocer y sentir la música clásica a través de programas memorables en radio y televisión, Clásicos populares y El conciertazo, aunque él amaba sobre todo su Radio, la Nacional de España, llegando a afirmar con cierta sorna que “A los que trabajamos en radio no nos deberían poner cara jamás”. Hizo muy populares a los músicos clásicos y gracias a él hay varias generaciones en este país que hoy día aman la música de los clásicos.
Traigo a colación esta reflexión porque frecuento mucho la lectura de los clásicos en la literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, la religión y otras artes y creencias clásicas dignas de guardar. Se lo debo a profesores y profesoras que he tenido a lo largo de mi vida, auténticos maestros y maestras, que me enseñaron la forma de aprehender la belleza de su pensamiento, de su pintura, de su capacidad de representación escénica de la vida, de su forma de componer obras musicales inolvidables, de sus creencias. Clásicos a veces no populares, por supuesto. En años de juventud y madurez clásica, tengo que reconocer que tuve la suerte de encontrar una referencia literaria de un gran autor, Ítalo Calvino, del que ya no me he separado y del que sigo aprendiendo a diario. En esta ocasión y cuando nos insisten de forma machacona en que nos instalemos en la “nueva normalidad”, de la que ignoro su quintaesencia, me encuentro de nuevo con una obra suya preciosa, ¿Por qué leer los clásicos?, sobre todo sus catorce “definiciones”, que deben ser leídas sin dejar ninguna atrás. Lo recomiendo encarecidamente como se decía en mi casa ante misiones culturales aparentemente imposibles e inútiles.
Hoy he elegido tres definiciones que justifican la lectura de este libro de Calvino, concatenadas siguiendo su docto criterio, que al final son cuatro y verán por qué, en un mes de septiembre que acaba de llegar, con su efecto halo académico que nunca abandono y que en mis años jóvenes esperaba entusiasmado con una canción de Bobby Darin, Cuando llegue septiembre, que pasó la censura del Régimen sin problema alguno: Y la noche sin final será el encanto de septiembre para mí, / porque así más tiempo habrá de oscuridad, de intimidad, de estar muy solos.
Les dejo ya con Ítalo Calvino en estado puro:
1. Los clásicos son esos libros de los cuales suele oírse decir: «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo…».
Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de vastas lecturas»; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro. El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación » de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído. Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano. ¿Y Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos novelescos del siglo XIX son también más nombrados que leídos. En Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la cantidad de ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo después, pero en Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos lugares. Los apasionados de Dickens en Italia son una minoría reducida de personas que cuando se encuentran empiezan enseguida a recordar personajes y episodios como si se tratara de gentes conocidas.
Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos, cansado de que le preguntaran por Émile Zola, a quien nunca había leído, se decidió a leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió que era completamente diferente de lo que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un hermosísimo ensayo. Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y significados más. Podemos intentar ahora esta otra definición:
2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.
En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente. La definición que podemos dar será entonces:
3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo. Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer» no tiene mucha importancia. En realidad podríamos decir:
4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
¿Les ha gustado? Recuerdo que faltan diez definiciones para completar esta guía de lectura elaborada por Calvino, que pueden leer aquí facilitada por la editorial Siruela. No les va a defraudar y comprenderán por qué hay que leer a quienes tanto han aportado a la humanidad a través de sus textos y contextos. Nuccio Ordine, en Clásicos para la vida (3), hace una introducción extraordinaria al respecto en su pequeña pero densa obra, que me conmueve en su justo sentido y de la que próximamente hablaré en este salón virtual: Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos. Aviso para navegantes virtuales.
(1) Zweig, Stefan, Encuentros con libros, 2020, Barcelona: Acantilado-Quaderns Crema.
(3) Ordine, Nuccio, Clásicos para la vida, 2017. Barcelona: Acantilado-Quaderns Crema.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ópera de los tres centavos. Portada original del libreto. Viena: Edición universal A. G. 1928 / Bertolt Brecht
Sevilla, 17/IX/2021
En el mundo al revés en el que vivimos a diario, donde procuramos desenvolvernos de forma torpe ante quienes mueven los hilos de la humanidad, viene a cuento recordar una obra dialéctica de Bertolt Brecht, La Ópera de los tres centavos, un gran musical para su época, con partituras excelentes de Kurt Weill, que se estrenó en Berlín el 31 de agosto de 1928 y cuyo argumento nos transporta al Londres de la Reina Victoria, donde Macheath (Mackie el Navaja), un personaje no inocente en su forma de comportarse en su vida ordinaria, se casa con Polly Peachum, hija del jefe de los mendigos, a los que tiene completamente controlados y subyugados. Peachum no ve con buenos ojos el matrimonio de su hija, por lo que se introduce en el mundo de las autoridades del lugar para que ese farsante sea condenado a muerte, con la cooperación finalmente de Polly. Cuando finalmente parece que va a conseguir su objetivo, que ahorquen al prometido de su hija como castigo ejemplar, aparece de pronto un emisario de la Reina para comunicar que se le perdona la vida, junto al ofrecimiento de diversos cargos y el reconocimiento social con un título de barón. Todo parece real como la vida misma, aunque la figura del narrador que utiliza Brecht a lo largo de la obra, simbolizada en la canción introductoria de la misma, La Balada de Mackie Messer, conocida posteriormente como Mackie el Navaja (una conocida canción que pone bastantes cosas en su sitio a lo largo de sus casi cien años de recorrido histórico desde su estreno en 1928 y que recordamos bien a través de diversos intérpretes), dice algo muy importante y con carga de profundidad en estos días: Si el diablo tiene cuernos / la serpiente cascabel / Mackie tiene una navaja / pero nadie la puede ver. Como le gustaba a Brecht, es el espectador el que debe romper la cuarta pared y sacar sus propias conclusiones de un libreto no inocente de principio a fin. Se debían llevar la ópera a casa, en su persona de secreto.
Aquella obra supuso un ataque frontal al capitalismo y a la doble moral que acusaba la sociedad en general, en la dialéctica omnipresente de corrupción y pobreza. Fue prohibida “terminantemente” por el nazismo. Como pasa casi siempre con muchas canciones populares, en mis años jóvenes acompañábamos a Miguel Ríos en su versión de la canción fetiche de la obra de Brecht pero sin tomar conciencia de su mensaje. Estaba de moda por la influencia anglosajona que perduró a lo largo del siglo pasado en el género musical y Mackie el Navaja hasta casi nos caía bien, incluso nos parecía un héroe. Pero cualquier parecido con la realidad que nos quiso transmitir Brecht con su mensaje nos parecía como en las películas una pura coincidencia, aunque Mackie era realmente la representación del poder sin límites, de la corrupción desenfrenada y maquiavélica, que alcanzaba todas las esferas del poder y que finalmente era llevado a los altares de la vida ejemplar para muchos, es decir, una auténtica representación del mundo al revés, generador de tanto sufrimiento humano.
Sería una buena decisión representar hoy esa obra para comprender cómo determinados personajes de la sociedad actual repiten aquellos esquemas operísticos y, hablando claro, entender de una vez por todas, cómo determinados representantes de la sociedad en muchos ámbitos, no sólo en el político, siguen controlando la sociedad bajo el eufemismo de ir vestidos de negro o pertenecer a partidos imposibles desde la perspectiva democrática, cuando sólo son detentadores de poderes omnímodos a la sombra, profesionales de las puertas giratorias, dueños de los recursos naturales que necesitamos todos para vivir, el agua por ejemplo, la luz, el gas, el sol, que procuran buscar a un representante de la pobreza para casarse con él o ella, embaucarlos y, a pesar de reunir todo el conjunto de males sin mezcla de bien alguno, salir airosos de cualquier contienda ética, recibiendo los honores del poder y muchas veces del pueblo manipulado.
Elegir el elenco de “actores” para una representación actualizada de la ópera de Brecht sería hoy día una tarea fácil. Bordarían el papel y como ocurrió antes de estreno de Berlín, el actor principal seguiría reclamando una introducción especial que Brecht solucionó con la incorporación de última hora de la balada famosa. Escucho otra vez a Miguel Ríos y creo que comprendo hoy, mejor que en mis años jóvenes, que Mackie el Navaja sigue con nosotros y que está muy cerca de la realidad social que nos asola por momentos, porque si el diablo tiene cuernos / la serpiente cascabel / Mackie tiene una navaja / pero nadie la puede ver. “La corrupción, sabemos, tiene un gran futuro y, el Señor sabe, ¡vaya si tiene pasado!”, dijo en cierta ocasión en una entrevista la esposa del compositor Kurt Weill, autor de la partitura. Al buen entendedor, con pocas palabras basta, aunque el libreto de esta ópera, cargado de palabras y de dialéctica transformadora, tiene una actualidad excepcional en estos tiempos tan modernos, revueltos y de pérdida escandalosa de valores éticos. No olvido que la película de 1931 sobre esta obra de Brecht se tituló en España La comedia de la vida. Por algo sería.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Nos rodean por tierra, mar y aire, noticias inquietantes para el alma humana. Suelo utilizar la escritura circular en mi cuaderno digital y buscando hoy unos datos de interés cuando me he sentado ante la hoja en blanco, ha saltado ante mis ojos un aviso para navegantes en este mar proceloso que es el mundo al revés: merece la pena vivir, a lo que añado un estrambote final: a pesar de la que está cayendo, problemas de todo tipo que como lluvia fina acaban calando hasta el último rincón de nuestra alma. El artículo que escribí en 2018, Merece la pena vivir, destacando unas reflexiones extraordinarias de José Jiménez Lozano, es actual en su fondo y forma. Lo comparto de nuevo porque necesitamos creer en el ser humano, porque según el dios de nuestros antepasados, en ese proceso de la creación de cielos, tierra, animales y aguas, vio que crear al ser humano era muy bueno, insertando un adverbio, muy, no inocente, que nos diferenciaba de lo terrenal. Pasen y lean, porque supone vislumbrar luz al final del túnel.
Estoy interesado en buscar la amabilidad como hilo conductor de mi vida. En estos días difíciles de la normalidad anormal en los después de las sucesivas olas de la pandemia, sigo empeñado en una búsqueda constante de personas, cosas y noticias amables, que me enseñen a ser cada día más afable y de que se traten determinados asuntos que tanto nos preocupan en la actualidad “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”. Amabilidad es una palabra amable, aunque suene a tautología. Esta palabra, junto a «amable» y «amablemente» formaron una tríada que se divulgó, brilló, fijó y dio esplendor en el siglo XVIII en este país a través de mi admirado Diccionario de Autoridades (1726, 256, 2 y 257,1). Cada una de ellas aportó una forma de entender determinados comportamientos de las personas que hacían más fácil vivir con los demás. Amabilidad (sustantivo femenino) se definía como “suavidad en el trato, afabilidad, dulzura y atractivo”. Amable (adjetivo), como “La Persona que por su natural dócil, suave, apacible y cariñoso se concilia la común estimación, aprecio y amor […] Y también se entiende y dice de la cosa que es digna de atención y aprecio: como la virtud, la verdad es amable”. Por último, amablemente (adverbio), “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”.
No es cuestión de vivir en una burbuja de la amabilidad, sino de encontrar contextos amables en casi todo lo que se mueve. Lo necesitamos. Personalmente, lo necesito con ardiente impaciencia, porque el país necesita urgentemente liderazgo y convivencia amables desde la perspectiva ciudadana, para convencernos de una vez por todas de que merece la pena vivir. Recuerdo ahora que George Saunders, un escritor especializado en la búsqueda de la felicidad, pronunció un discurso en 2013, que se hizo viral a través de su publicación en el The New York Times. Tuvo tanta repercusión mundial -más de un millón de lectores-, que se publicó posteriormente en formato libro bajo el título Felicidades, por cierto (1), del que quiero destacar sobre todo y en este contexto una reflexión final para sus lectores en torno a su hilo conductor: la amabilidad, porque en la vida hay tiempo para hacer muchas cosas y él las enumera a título indicativo, no exhaustivo, pero haciéndolo siempre en la dirección correcta, es decir, en la de la amabilidad: “Y algún día, dentro de 80 años, cuando tengáis cien y yo ciento treinta y cuatro, y todos seamos tan afectuosos y amables que casi no se nos pueda aguantar, escribidme unas líneas para contarme cómo os ha ido la vida. Y confío en que me digáis que ha sido maravillosa”.
Afortunadamente, porque desde la perspectiva de un ser humano singular y corriente, como es mi caso, que hace millones de años sorprendió al dios correspondiente como una creación “muy” buena, estoy convencido en este aquí y ahora de que merece la pena vivir.Amablemente, por cierto.
En los momentos de turbación nacional que estamos viviendo, he leído con atención reverencial una entrevista a José Jiménez Lozano, larga, profunda, emocionante y esclarecedora, con un título que comparto en su más profundo sentido: “José Jiménez Lozano: «Merece la pena vivir porque hay personas, hay pájaros, hay cosas que están excelentemente bien»”. Me ha llamado la atención porque hace referencia a un texto del Génesis muy esclarecedor para comprender qué ha significado en la historia de la humanidad la creación del ser humano, un relato que ha pasado de padres a hijos durante miles de años.
Jiménez Lozano iguala a personas, pájaros y cosas, que están “excelentemente bien”, pero creo que cuando se conoce la lengua hebrea en profundidad, hay un matiz diferenciador, un adverbio no inocente que da una transcendencia especial al ser humano frente a cielos, tierra, fuego, pájaros y cosas cercanas a la humanidad, que siempre son útiles. Veamos por qué. En el Génesis, el Primer Libro, en su capítulo I, versículo 31, corroborado con la musicalidad del texto hebreo en su escritura primigenia, el relato de la creación dejaba muy claro que lo mejor que había ocurrido en aquellos días mágicos fue la creación del ser humano, porque a diferencia de los cielos, la tierra y el agua, que sólo eran buenos, en la del hombre y la mujer vio Dios que era muy bueno lo que había hecho. Un adverbio, meod, que en hebreo significa “muy” dejó claro para siempre que la existencia de los seres humanos justificaba por sí misma la creación del mundo, el evolucionismo o el punto alfa y omega de la vida. Son sólo creencias de siete días especiales, singulares, en los que había ocurrido algo muy bueno para la existencia humana, para cada uno (con su cadaunada).
Merece la pena vivir porque lo mejor que le ha ocurrido al mundo es contar con la presencia del ser humano, a pesar de todo lo que ocurre en el mundo actual por la intervención de la mano humana y su inteligencia. Decía Jesús Ruiz Mantilla en 2014, que el fotógrafo Sebastião Salgado, autor del proyecto Génesis, había salido a buscar en 2005 el paraíso terrenal y fotografiarlo durante ocho años: “¿Para qué? Para emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.
Es una delicia leer la entrevista completa a José Jiménez Lozano. He comprendido bien por qué es muy buena su existencia, porque me ha entregado con sus sabias palabras serias razones para seguir viviendo. Se la recomiendo.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Desde este blog quiero poner mi granito de arena en defensa del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, adelantándome un día, con estas palabras de desagravio ante la presión del máximo dirigente de su país, sobre la fecha de publicación en España de su última novela, Tongolele no sabía bailar, la tercera entrega de la trilogía protagonizada por el inspector Dolores Morales, que así se llama y apellida el protagonista de esta serie, cuyo autor, según el presidente Daniel Ortega y sus secuaces, es uno de los causantes de todos los males de su querida tierra natal, hasta tal punto de que ha sido señalado y reclamado por la fiscalía de su país por «conspiración e incitación al odio», dictándose una orden de detención contra él. Dolores Morales inquieta al presidente actual de Nicaragua, un nombre controvertido en su esencia: “En Nicaragua es muy común que los niños sean bautizados con nombres de Vírgenes. Les ponen bajo la protección de la Virgen de Dolores, de la Virgen de Mercedes, de la Virgen del Pilar… Así que, llamarse Dolores Morales no es una invención, sino que en Nicaragua hay varios Dolores Morales que yo conozco» (1). Tongolele, es un personaje esencial en esta novela: “Se trata de Anastasio Prado, uno de los personajes estelares de la novela al que llaman «Tongolele». Muy a su pesar. Un personaje dramático que «actúa como pieza dentro de un poder» y que se va volviendo un personaje trágico. «Es un hombre que tiene convicciones, erróneas obviamente, pero él cree que está defendiendo una revolución que para el inspector Morales ya no existe». Esta obra tan controvertida para los máximos dirigentes de su país, es “un retrato literario de esa tragedia que se vive en Nicaragua desde hace años y, ante la cual, Sergio Ramírez asegura que «no podía permanecer callado», aunque fuera más que consciente de las consecuencias que podría tener su publicación: «La verdad que, cuando uno se decide a escribir una obra literaria que implica riesgos o que sabe que va a molestar a alguien, sobre todo al poder político, lo peor es la autocensura. Lo peor es decir «no voy a escribir esta novela porque me va a traer problemas y mejor este tema no lo toco». Así uno se vuelve un escritor de conveniencia, que es lo peor que le puede ocurrir a alguien que se dedica a escribir novelas o relatos».
La sinopsis oficial del libro no deja lugar a duda alguna sobre esta obra no inocente: “Estamos en pleno siglo XXI, en una Nicaragua en la que se están viviendo unas revueltas populares que son reprimidas brutalmente por el gobierno, apoyado en el siniestro brazo ejecutor del jefe de los servicios secretos. El inspector Dolores Morales debe enfrentarse en la distancia con ese ser terrible apodado Tongolele, responsable último de su exilio en Honduras, que mueve con frialdad y cinismo, en parte gracias a los consejos adivinatorios de su madre, muchos hilos de la desquiciada política del país. La magistral prosa de Sergio Ramírez va desvelando poco a poco un entramado turbio, lleno de secretismos, traiciones y oscuras maniobras al que tendrá que enfrentarse el inspector Morales, respaldado por el inefable Lord Dixon, doña Sofía Smith y el resto de sus socios. Porque, en esa Nicaragua siempre turbulenta, cualquier paso puede darse en falso y provocar el derrumbe definitivo de aquel que decida enfrentarse de algún modo, por ridículo que sea, al poder establecido”.
Basta leer las primeras líneas del libro a modo de dedicatoria, que reproduzco a continuación, para comprender su profundo mensaje: “Esta obra de ficción toma en cuenta los hechos sucedidos a partir de abril del 2018 en Nicaragua, cuando una serie de manifestaciones populares desató una brutal represión estatal. Mi tributo a los centenares de jóvenes caídos, y a sus familiares que siguen clamando justicia”.
Recuerdo como si fuese ayer la noche de julio de 1979, llegando a un hotel de Moguer, en la que escuché en la radio la noticia que saltó al mundo sobre el derrocamiento del presidente Anastasio Somoza Debayle, depuesto por la revolución triunfante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), a la que inmediatamente se le pusieron nombres propios como Daniel Ortega, Sergio Ramírez o Ernesto Cardenal. ¡Cómo siento en mi persona de secreto lo ocurrido con Daniel Ortega!, al que admiré durante un tiempo hasta que llegaron años de su traición a la revolucionaria y necesaria causa sandinista cuando llegó al poder. Los otros dos nombres siempre fueron referentes, sobre todo el de Ernesto Cardenal, al que dediqué unas palabras en este blog con motivo de su fallecimiento y al que en un momento de mi vida muy especial, concretamente en 1978, escribí una carta para acompañarle en Solentiname en su admirable vida de entrega a los nadies. La admiración personal se debía a su discurso permanente de no violencia para alcanzar objetivos que hicieran la vida más amable a las personas que vivían con él en Solentiname, en los años setenta, aunque al final fuera necesaria una acción de fuerza del Frente Sandinista para derrocar a Somoza y formar parte del primer gobierno revolucionario nicaragüense como ministro de cultura.
Sobre Sergio Ramírez, guardo en mi persona de secreto las palabras que le dediqué en este cuaderno digital, con motivo de la celebración del Día Internacional del Libro de 2018, por una imagen que representaba esa efeméride con un mensaje alentador, ahora más que nunca en su persona de secreto: La lectura es mi soledad acompañada, «según Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2018». Es verdad, porque leer un libro suele ser una opción personal e intransferible. Entre soledades y pájaros andaba el juego ese año en el cartel que decía algo precioso: los libros son como los pájaros, situaciones y seres animados que me conmueven en el acto de leer, defendiendo ahora la integridad ética de Sergio Ramírez a través de su trayectoria personal, guerrillera y como escritor, cuarenta y dos años después de haber conocido que unos jóvenes revolucionarios, entre los que se encontraba él, entregaban su vida para hacer más felices a sus compatriotas de Nicaragua que tanto esperaron de ellos. Sergio y Ernesto no los defraudaron, Daniel Ortega sí, y todavía hoy siguen luchando por ellos, a pesar de todo. Ernesto Cardenal, desde su cielo particular, hablará a su dios de su amigo Sergio, una persona digna representante de la dignidad humana a través de la palabra. No publica nada inocente, ni por pura conveniencia.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
El confinamiento ha sido un tiempo de reflexión y encuentro con nuestra persona de secreto. Así lo ha vivido el escritor Antonio Muñoz Molina y así nos lo cuenta en su última publicación, Volver a dónde. Le aprecio, respeto y sigo de cerca desde hace ya muchos años, recordando también en mi tiempo profesional, en el ámbito público, el retrato que hacía de los funcionarios en su novela En ausencia de Blanca y que nunca he olvidado, porque a Blanca, la protagonista de esa obra no le gustaba pronunciar la palabra “funcionario”, aludiendo a Mario, su marido. Cuando Blanca quería referirse a las personas que más detestaba, las rutinarias, las monótonas, las incapaces de cualquier rasgo de imaginación, decía: “son funcionarios mentales”. Nunca lo fui.
Desde mi ventana discreta, que también me sirvió como horizonte al que podía mirar a través de la escritura de artículos en este blog durante el confinamiento, que luego materialicé en una publicación, La ventana discreta, observo ahora la publicación de Antonio Muños Molina, leo las entrevistas de presentación y me acerco a su lectura porque admiro la recurrencia en su vida y obra a sus ancestros ubetenses, un lugar mágico que visité en 2019, siguiendo una recomendación virtual de Antonio Muñoz Molina que me llenó de sentimientos encontrados con la vida y sus circunstancias. Él ha manifestado recientemente en una entrevista en el diario El País que “Hay que tener mucho cuidado con lamentar la pérdida de virtudes que existieron en el pasado”, como si el mito del eterno retorno, que aprendí en mis años jóvenes de Mircea Eliade, hubiera vuelto para quedarse con motivo de la pandemia, en un desafío metafísico con la nueva normalidad: “Ahora es cuando no tengo ganas de salir a la calle” justo cuando acaba de abolirse el estado de alarma es la primera línea de Volver a dónde (Seix Barral), el libro con el que Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 65 años) desmenuza la realidad pandémica de nuestro tiempo y la suya propia, hecha de recuerdos de un niño de familia campesina. Entrelaza presente y pasado a través de una narración que comienza bucólica y termina siendo bellísima, brillante e implacable”. También advierte en otra entrevista que hay que tener cuidado con la nostalgia y con el embellecimiento del pasado, porque las personas que rondamos su edad sabemos que lo ocurrido en este país ha sido una lección de historia nada propicia para recrearse en aquellos tiempos difíciles.
La sinopsis oficial del libro nos abre una ventana discreta a su interior: “Madrid, junio de 2020. Tras un encierro de tres meses, el narrador asiste desde su balcón al despertar de la ciudad a la llamada nueva normalidad, mientras revive los recuerdos de su infancia en una cultura campesina cuyos últimos supervivientes ahora están muriendo. A la dolorosa constatación de que con él desaparecerá la memoria familiar, se le suma la certeza de que en este nuevo mundo nacido de una crisis global sin precedentes aún prevalecen unas prácticas dañinas que podríamos haber dejado atrás. Volver a dónde es un libro de una belleza sobrecogedora que reflexiona sobre el paso del tiempo, sobre cómo construimos nuestros recuerdos y cómo éstos, a su vez, nos mantienen en pie en momentos en que la realidad queda en suspenso; un testimonio imprescindible para entender un tiempo extraordinario y la responsabilidad que adquirimos con las nuevas generaciones. Certero observador de la actualidad, Antonio Muñoz Molina ofrece en estas páginas, a modo de una suerte de Diario del año de la peste de Daniel Defoe contemporáneo, un lúcido análisis de la España actual a la vez que refleja la transformación irreversible de nuestro país durante el último siglo”.
Abro el libro y leo algo más que las once primera palabras citadas anteriormente, en el punto y seguida de la fecha elegida para comenzar a narrar sus sentimientos personales y autobiográficos: Junio 2020. Aparece inmediatamente después una reflexión que me anima a seguir leyendo sin límite de tiempo ni espacio, porque comprendo perfectamente que el estado de alarma que acababa de ser abolido seguía en nuestro espíritu: “El mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, salvo por el incordio añadido de las mascarilla”.
Tengo a mano mi libro La ventana discreta, que abro por su prologo en el que leo en sus palabras finales: “En esta recta final, que se alargaba mucho más tiempo del previsto inicialmente por la prisa existencial que nos entró a todos para salir del túnel, había que escribir, en la medida de lo posible y sin faltar nunca al principio de realidad que todos teníamos que asumir, sobre la reconstrucción del país y con una mirada más ambiciosa todavía, sobre la reconstrucción del mundo, porque todo lo humano nos pertenece, con independencia de dónde vivamos: “Necesitamos pensar ya en la Reconstrucción del Mundo para poder reconstruir España. Así de claro y contundente. Es difícil salir de este túnel amargo de la COVID-19 sin una visión estratégica de alcance planetario que siente las bases para establecer un nuevo orden mundial político y económico para salvaguardar la salud pública, económica y democrática del planeta Tierra. Las soluciones que hasta ahora cohesionaban el mundo declarándolo una aldea común ya no valen y los ordenadores portátiles de los hombres de negro han comenzado a cerrarse masivamente sin capacidad de reinicio alguno. Eso sí, habiendo salvado previamente la totalidad del dinero invertido, dejando a millones de ciudadanos y Estados a su “mala” suerte. En este contexto, he recordado como tarea preparatoria un cuento precioso de Jorge Luis Borges, El Congreso, que ya he comentado una vez en este cuaderno digital, porque traduce una realidad existencial del devenir del mundo en el que todos estamos ahora obligatoriamente obligados a comprenderlo para entendernos mejor. Leerlo es casi una obligación de Estado”.
Vuelvo al libro de Antonio Muñoz Molina y tomo conciencia de que la pregunta que plantea en el título sigue hoy sin respuesta: volvemos, sí, pero a dónde, porque el mundo ya no es lo que era o lo que debería ser. Esa es la cuestión. Recuerdo ahora a Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, en el Prólogo de Doce cuentos peregrinos – obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en “La Isla Desconocida”-, porque quiero cumplir una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos de la turbación ignaciana: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”, las que ahora estamos sufriendo al prepararnos para el futuro próximo que ya sabemos que no será lo que antes era, para volver a ser o tener lo que quizá nunca hemos sido o tenido antes. Es lo que me permite comprender ahora que somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para asimilar lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas, fracasos humanos y sociales en torno a esta pandemia.
Lo que deseo ahora, de nuevo, siguiendo los consejos de Pablo Neruda, es agregar luz a la patria en tiempos revueltos, como ciudadano de a pie que solo camina a veces en la más profunda oscuridad e incertidumbre para encarar el futuro: “Otra vez, ya se sabe, y para siempre / sumo y agrego luz al patriotismo: / mis deberes son duramente diurnos: / debo entregar y abrir nuevas ventanas, / establecer la claridad invicta / y aunque no me comprendan, continuar / mi propaganda de cristalería” (El Sol). Navegando al desvío de aguja por las interferencias de la vida diaria, en el aquí de este momento y en el ahora de este orden nuevo mundial y doméstico, en el que el mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, en palabras premonitorias de las primeras líneas del último libro de Antonio Muñoz Molina, Volver a dónde, escritas por lo que vio y sintió el año pasado, durante el confinamiento, desde su ventana discreta.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.