Futuro imperfecto / 4. Iremos juntos, con el futuro detrás y el presente delante

Sevilla, 4/VII/2021

Hace un año hacía estragos de esperanza un constructo, nueva normalidad, que era difícil de descifrar porque ignoraba entonces (y me sigue pasando ahora), quién tenía y tiene la patente de corso para definir qué es lo normal en el futuro de un mundo tan desconcertado, confundido y variopinto como es el que nos da cobijo en estos momentos. Estando en estas cuitas de nuevo, he vuelto a recordar una realidad cultural que tiene más de diecisiete mil años, la aimara, que todavía hoy no tiene esta preocupación. He escrito con anterioridad sobre ella en este cuaderno y abro la página digital en la que vuelve a sorprenderme esta respuesta ante cuestiones transcendentales de la vida y de respeto a la madre naturaleza que nos enseña a diario la generación de vida y el progreso sin tanto sobresalto, es decir, visualizar rasgos de futuro que estamos obligatoriamente obligados a frecuentar. Siempre recuerdo a tal efecto algo que leí hace años y que no olvido, la recomendación del Dr. Cardoso al Sr. Pereira en “Sostiene Pereira”, una obra maestra de Tabucchi, situada en el contexto de una estancia del protagonista en la clínica talasoterápica de Parede, cerca de Lisboa: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. “¡Qué expresión más hermosa!”, dijo Pereira”. Hoy, un futuro simple, imperfecto.

Estando en estos vuelos tan necesarios en tiempos de coronavirus, desescalada y búsqueda de futuro, leo de nuevo que la cultura aimara, población del altiplano andino radicada en Bolivia, Perú, Argentina y Chile, tiene una característica antropológica que todavía se sigue investigando por su peculiar forma de comprender el futuro, que siempre está detrás de cada persona, entre otras manifestaciones sociales, así como el pasado, que siempre está delante. Nada que ver con nuestra forma de entender y expresar el futuro, que siempre lo comprendemos como situado delante de nosotros, nunca detrás. Igual que el pasado, que siempre está detrás de nuestras vidas. Me llama la atención esta forma de proceder en la vida que mantiene el pueblo aimara después de miles de años, cuestión que me apasiona porque nada es inocente en las acciones humanas. Los aimaras no comprenden el futuro porque sólo saben lo que está ocurriendo, que es presente y los sucesivos presentes conforman el pasado, que se sabe cómo se desarrolló, pero nunca pueden hablar de futuro, sencillamente porque es algo que no existe, no ha llegado todavía y no se sabe lo que es porque permanece oculto según su experiencia multisecular.

El futuro aimara no existe, porque sus creencias están basadas alrededor del sol, que todos los días sale o no, sin que necesiten predecir que saldrá. El sol no falla nunca porque, aunque no salga algún día, saben todos que está oculto por alguna razón, pero allí está, no necesita futuro. Además, en Bolivia se han recogido en su Constitución estos principios porque cada año que nace es para entregar prosperidad al pueblo aimara. Ese es su futuro. Saben que el Tata-Inti (dios sol) o la Pachamama (la madre tierra), son los núcleos existenciales de la vida aimara, su presente que se forja en un pasado milenario. Todas las ceremonias se inician siempre mirando hacia arriba, hacia el sol, nunca a un futuro desconocido sino a lo que alumbra la vida encadenada de presentes y para ser todos los días más felices.

Esta realidad aimara me ha recordado un cuento de Augusto Monterroso, El eclipse, donde se narra una artimaña de sabiduría futurible por parte del protagonista del cuento:

Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitivamente. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.

Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Los mayas sabían mucho de su pasado presente, igual que los aimaras. No les hacía falta la insolencia del fraile sabiondo que quiso remedar al sabio sol de aquellas tierras, intentando predecir su futuro personal, cuando los que le rodeaban solo conocían el pasado presente de todos a través de los siglos. Para pensarlo hoy, inexcusablemente, para aprender de errores propios y ajenos. Entre tanta búsqueda de lo desconocido, he encontrado unas palabras sorprendentes en lenguaje aimara: Tanta sarañani. Me ha impresionado su significado en nuestra lengua celtibérica que obligamos a conocerla a los indígenas aimaras, acusando un cansancio multisecular para narrar los desastres presentes: iremos juntos. A buscar el pasado presente que algunos llaman ahora nueva normalidad y que nos lleva al precioso futuro innecesario de los aimaras porque hoy es el tiempo que puede ser mañana, con el futuro detrás y el pasado delante, como cantaba de forma preciosa Víctor Jara, en su Plegaria a un labrador:

Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre
hoy es el tiempo que puede ser mañana.

NOTA: la imagen se recuperó el 4 de agosto de 2017 de http://www.elintra.com.ar/salta/2010/10/20/kollas-instan-modificar-nombres-apellidos-espanol-quechua-aymara-39065.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 3. Vendrán tiempos mejores

Charles Chaplin, en El gran dictador (1940)

Sevilla, 3/VII/2021

Todo futuro imperfecto que se precie expresa siempre un deseo. Hoy elijo uno en estos tiempos modernos de coronavirus, vendrán tiempos mejores, porque necesitamos poner letras de oro a aquellas situaciones que deseamos que ocurran más pronto que tarde. Los pesimistas, que se precian de ser optimistas bien informados, suelen ver el horizonte negro casi siempre, aunque el haiku 123 de Benedetti, Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado, escrito en 1999 (1),  tiene una carga de profundidad ética que siempre recuerdo amablemente. Esto nos lleva indefectiblemente a recordar una pintada en un muro de la ciudad de Bogotá, ¡Dejemos el pesimismo para tiempos mejores!, que escribió alguien, quién sabe quién, tal y como lo cuenta Eduardo Galeano en su obra Patas arriba. La escuela del mundo al revés, a la que acudo con frecuencia en este ir del timbo al tambo de la vida.

Vamos despejando incógnitas en esta serie, dos en concreto, el amor es el mejor camino para vivir en el futuro y todo va a depender del color con el que miremos ese futuro simple o imperfecto, porque así lo podemos llamar con profundo respeto a la gramática española, aunque la verdad radica en que tomamos conciencia, cada día que pasa, de que el futuro, por simple o imperfecto que sea, ya no es lo que era, sin que esta reflexión sea negativa en principio, porque sabemos que hay una toma de conciencia popular de que vendrán, efectivamente, tiempos mejores, porque el mundo sólo tiene interés hacia adelante. Así lo comprobamos en el contador mundial de población, que nos facilita la información en tiempo real sobre cada persona que nace o muere en cualquier parte del mundo, siendo conscientes de que a esta hora, constituimos una población mundial de casi siete mil novecientos millones de personas, tantas como deseos tenemos o tendrán, atendiendo a la edad, los que formamos parte del presente y futuro de este loco mundo al derecho y al revés.

En este contexto de recordado una experiencia que conocí en 2013, sobre un constructor de globos terráqueos, Peter Bellerby, que me sugirió en su momento reflexionar sobre un oficio de trasfondo ético muy actual: ¿quién no ha pensado en momentos de intimidad bajarse del mundo presente, en clave marxiana, para crear y construir uno nuevo, un nuevo futuro en definitiva, un tiempo mejor, más acorde con el respeto a los derechos humanos esenciales y con las expectativas para ser y estar en el mundo de la forma más digna, solidaria y humana posible? También, para dibujarlo y pintarlo de forma diferente, como Bellerby y diseñarlo de forma más acorde con la realidad soñada de cada uno, porque pertenezco al Club de los que pensamos que otro mundo es posible, trabajando día a día para pintar otra realidad y otro futuro más amable con todo y todos, en el micromundo donde vivimos, estamos y somos.

Recuerdo siempre aquella imagen de Chaplin, en El gran dictador, con un mundo en sus manos. También, sus palabras finales dirigidas a Hannah en el personaje del entrañable barbero judío/Hynkel: “Hannah, ¿puedes oírme? Donde quiera que estés, mira a lo alto, Hannah! ¡Las nubes se alejan, el sol está apareciendo, vamos saliendo de la tinieblas hacia la luz, caminamos hacia un mundo nuevo, un mundo de bondad, en el que los hombres se elevarán por encima del odio, de la ambición, de la brutalidad! ¡Mira a lo alto, Hannah, al alma del hombre le han sido dadas alas y al fin está empezando a volar, está volando hacia el arco iris, hacia la luz de la esperanza, hacia el futuro, un glorioso futuro, que te pertenece a ti, a mí, a todos! ¡Mira a lo alto, Hannah, mira a lo alto!”.

En 2018, con motivo de la celebración de la exposición ARCO en Madrid, se divulgó el lema de la misma, “El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer”, como declaración programática de lo que tenemos que hacer a diario sobre el futuro imperfecto de todos y cada uno, no inocente, porque es verdad, el futuro, que ya es parte del presente inmediato, depende de lo que queramos hacer en los tres mundos en los que tenemos que hacer deberes todos los días: el mundo de alrededor o ecosistema en el que vivimos, el mundo con los demás y el mundo personal e intransferible con en el que caminamos a diario haciendo camino al andar. Pero, ¿qué es lo que hay que hacer en cada uno de esos mundos de cara al futuro?, o de forma más abreviada (para no andarnos con rodeos): ¿qué hacer? (de trasfondo cultural leninista). Es verdad que cuando solemos acometer respuestas tomamos conciencia de que nos cambian constantemente las preguntas, pero la diferencia planteada por la pregunta citada de la exposición estriba en que cuando esperamos sólo lo que va a pasar, estamos quietos, paralizados en cualquier tipo de respuesta a los interrogantes de la vida, mientras que si pasamos al terreno de la acción escribimos páginas extraordinarias en el libro vital de cada uno. Si lo compartimos así, mejor, porque comprenderemos mejor que nunca que el amor y el sufrimiento es la única fuerza que no se equivoca al construir el futuro propio y el de los demás que lo buscan apasionadamente, porque aúna voluntades, como cantaba Quilapayún en su preciosa “Cantata de Santa María de Iquique”, tantas veces citada en este cuaderno digital y que no olvido. Sin tener que esperar a que el futuro imperfecto nos lo diseñen otros.

Cuando dicen esos otros que estamos saliendo de cualquier crisis, ahora de la pandemia, uno de los eufemismos más duros que hemos conocido en su efecto halo negativo, nos encontramos con la frialdad o bienestar de nuestro suelo firme, el ético, sobre el que se asientan todas nuestras verdades, nuestras respuestas a la vida personal e intransferible, al que le cambian el guion continuamente, porque cambian constantemente las preguntas de la vida: quiénes somos, por qué estamos, por qué vivimos a veces desesperadamente, por otras muy duras: qué somos, qué tenemos, por qué perdemos el norte del futuro que nos corresponde vivir y por qué morimos en vida cuando sufrimos cualquier revés no esperado.

Seguimos buscando las mejores respuestas para preparar a diario el futuro con lo que hacemos todos los días. Las que nos proporciona la inteligencia personal e intransferible, aquella que nos reconduce permanentemente a la búsqueda de la felicidad, porque intentamos solucionar los problemas que nos invaden. Aquella que supone aceptar que la infelicidad también existe, aunque traduce algo muy claro en la dialéctica derivada del uso de la razón y del corazón, porque debería figurar en el catálogo humano de las mejores respuestas al genérico qué hacer: la respuestabilidad (perdón por el neologismo) en estado puro, entendida como la capacidad para responder a las preguntas de la vida, presentes y futuras, con inteligencia y libertad, sabiendo que el mal y los hijos e hijas de las tinieblas también existen. Aunque nos las cambien constantemente.

Es curioso, pero es verdad: el futuro sigue siendo muchas veces lo que era porque no nos empeñamos en comprender que todo depende de lo que queramos hacer y en pensar que debemos salir del encierro cultural en una frase popular que nos deja inmóviles: cualquier tiempo pasado fue mejor. No es eso, no es eso. Está demostrado que el mundo sólo tiene interés cuando va hacia adelante, compartiendo entre todos tiempos mejores y posibles. Futuro imperfecto y simple, como deseos legítimos y necesarios en estado puro. Ante las sofisticadas dictaduras que todavía existen y se propagan en la política, en la mala y aviesa educación, en determinados trabajos, en las guerras, en el mercado y sus mercancías, en el poderoso caballero de negro «don dinero», Chaplin nos ofreció la mejor visión del futuro imperfecto: «¡al alma del hombre le han sido dadas alas y al fin está empezando a volar, está volando hacia el arco iris, hacia la luz de la esperanza, hacia el futuro, un glorioso futuro, que te pertenece a ti, a mí, a todos!

(1) Benedetti, Mario (2001). Haiku 123 en Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 2. Todo dependerá de las Kas con que se contemple la vida

Sevilla, 2/VII/2021

La afirmación ha hecho estragos con el campeonato europeo de fútbol, porque la propaganda para contemplar los partidos ha supuesto un problema en muchos hogares por el famoso síndrome de la última versión. ¿Cómo ver un partido, con inmersión garantizada incluida, si no tengo un televisor inteligente de 8K? Y la publicidad ha hecho estragos económicos en bolsillos maltrechos muchas veces, porque lo que dicen que ofrece esta tecnología es el no va más de lo que se puede contemplar cómodamente desde el sofá de casa. Mucho más después de lo que hemos pasado con la pandemia, sobre todo por la ausencia humana de los campos de fútbol, aunque a mí esta música cuasi militar nunca me supo levantar, dicho sea de paso y con todos los respetos.

He repasado la citada propaganda y verán que no tiene desperdicio. Comencemos.

1. ¿Qué es 8K? Algo muy “sencillo y asequible”, una tecnología de la imagen en los televisores, por ejemplo, que permite contemplar la transmisión de cualquier evento con una pantalla con 7.680 píxeles horizontales y 4.320 píxeles verticales para un total de aproximadamente 33 millones de píxeles. La «K» en 8K significa Kilo (1000), lo que significa que un televisor ha alcanzado un horizonte de resolución de aproximadamente 8.000 píxeles. Me imagino un concierto dirigido por Gustavo Dudamel con esta tecnología de grabación y reproducción, porque tengo que confesar de nuevo que el fútbol no es mi pasión actual. Más tarde hablaremos de ese deporte “rey” (aunque a veces vaya desnudo…), porque tengo que reconocer también que ahora es su momento.

2. La frustración está servida porque esta tecnología mejora nuestra percepción cerebral cuatro veces, es decir, hablando de imágenes tiene cuatro veces más píxeles que un televisor 4K, otro tipo de resolución UHD, fundamentalmente porque los píxeles son tan pequeños que no se pueden distinguir ni siquiera de cerca. El síndrome de la última versión se afianza poco a poco y toda la publicidad intenta demostrar que lo que tenemos en casa no es igual, es decir, se ha quedado obsoleto. Para que lo tengamos claro de una vez como consumidores probablemente irresponsables: la resolución en televisores 8K es 4 veces mayor que la de los televisores 4K UHD y 16 veces mayor que la de los televisores Full HD. Para que nos vayamos enterando.

3. Dicen que con esta tecnología se ve sudar a los delanteros que aprecian los seguidores más apasionados, con la garantía de que son los más famosos porque son los que más veces aparecen en pantalla: “Ver sudar al delantero a la hora de ejecutar un penalti o seguir al milímetro la curva del balón en el aire. La altísima resolución de los televisores 8K hace sentir al espectador que está mirando a través de la pantalla, no a ella. Es la gran experiencia audiovisual inmersiva”. ¿Cómo nos vamos a perder eso? Estar o no inmersos en lo que está pasando, esa es la cuestión.

4. La necesidad está creada y este campeonato europeo está siendo la ocasión para no perdernos nada de lo que nos dicen que se ve, se siente y está pasando. Me imagino qué pasaría si se hiciera esta publicidad con un concierto de música. Veríamos a Dudamel, por ejemplo, atusándose su alocada cabellera en pleno concierto, sudando también y no descomponiendo su figura. Pero eso es harina de otro costal: “Un 43% de los europeos planea comprar una televisión para estar entretenido en el hogar, según un estudio realizado por Ipsos. Buscar la forma de que los aficionados vivan los goles de su equipo desde casa como si estuvieran en el estadio se ha convertido en una prioridad para ingenieros, diseñadores, realizadores y organizaciones deportivas. La calidad de imagen 8K, con cuatro veces más píxeles que el 4K, y la capacidad de los televisores “X” de mostrar el 100% del volumen de color, lo que les permite alcanzar el máximo detalle de la imagen en movimiento, es la experiencia televisiva por excelencia. “Si el contenido está bien capturado y enviado a un televisor 8K, uno debería quedar impresionado con la claridad y nitidez general de la imagen”, comenta Chris Chinnock, director ejecutivo de la Asociación 8K”. ¿Se diría esto de un acto cultural, de un concierto de música clásica, por ejemplo?

5. La publicidad no es inocente, una vez más, y la ciencia viene a demostrarnos que la pregunta está servida en este contexto: ¿cómo nos vamos a perder ese avance científico si dicen que el cerebro es el que decide con qué imagen quedarse de todo lo que estamos viendo: “Las imágenes se crean en el cerebro, por lo que cuando vemos una que es más realista, resulta más fácil para el cerebro aceptarla. En otras palabras, con 8K puedes sentirte como si estuvieras realmente en el campo”, señala Chinnock. Ahí queríamos llegar: con esta tecnología todo pasa como si estuviéramos físicamente, realmente, emocionalmente, donde están pasando las cosas. Y esa decisión tan importante la toma exclusivamente mi cerebro (y las multinacionales del sector).

6. Esta tecnología K nos abre, además, múltiples posibilidades de contacto y de relación con los demás, incluso aunque estén a miles de kilómetros de distancia, sabiendo que yo no me muevo y que sigo en mi casa solo como la una: “La forma en la que se consume la televisión ha cambiado en los últimos años. Antes, se comentaban los programas o los partidos con los colegas de al lado. Hoy, además, se ven las estadísticas del juego y las noticias sobre el programa en tiempo real y se debate sobre ellos en las redes sociales. En ocasiones, a la vez que se juega un partido de fútbol en el campo, se disputa otro simultáneo en plataformas como Twitter. A veces los usuarios teclean a toda velocidad. Solo desde España en un único partido se han llegado a publicar más de un millón de tuits, según datos de Kantar Media. O lo que es lo mismo, unos 10.000 por minuto”. Alucinante.

7. Para rematar, nos insisten en que el tamaño sí que importa. Me lo temía: “La experiencia del espectador también cambia según el tamaño de la pantalla del televisor. Desde la asociación UHD SPAIN indican que el tamaño es un elemento fundamental, “a tener en cuenta cuando, además de información, se quieren comunicar y transmitir sensaciones”. “Hay producciones audiovisuales que están concebidas para ser vistas en pantallas que ofrezcan un ángulo de visión grande. Para transmitir sensaciones de inmersión, transportando al espectador a la escena, es más fácil en pantallas grandes que en pequeñas”, señalan”. ¡Qué hago yo con el televisor de toda la vida, que parecía grande hace un año y ahora me dicen que de inmersión nada, que lo que tengo no sirve y que me olvide de las sensaciones extraordinarias que sólo me garantizan muchas K! La frustración está servida con una definición de libro: sentimiento displacentero de incompletud que surge como consecuencia de un conflicto psicológico no resuelto. Encima eso, porque… ¿no estábamos hablando sólo de “Kas”?

El futuro imperfecto está servido con esta tecnología, aunque es verdad que como toda tecnología de doble uso, abre unas posibilidades extraordinarias en campos de la ciencia, como por ejemplo la medicina, que serán una auténtica revolución. Cada cosa en su sitio. La verdad es que prefiero apagar el televisor que tengo ahora con muchas menos K y salir a la calle para disfrutar de lo que mis ojos ven y contemplan en una inmersión continua con la vida. Sigo a pies juntillas lo que un día ya lejano aprendí de Antonio Machado, porque tengo que confesar que me ha ido muy bien en la vida: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Además, en ese paseo voluntario por lo que me apetece ver, vuelvo en este mes de julio a mi caja de sueños no teledirigidos, que contiene centenares de negativos para repasar una vida llena de blanco y negro en mi infancia y de un inmenso color después, fundamentalmente porque nunca quise ser ciego al color, como pasaba a los habitantes de las dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, que nos dio a conocer Oliver Sacks en un libro precioso, La isla de los ciegos al color.

La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises, que las Kas de las nuevas tecnologías sin más, porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida sin dejar ninguno atrás, la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a veces a una fotografía o película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, mucho más presente que nunca en este tiempo de coronavirus, recuperando esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Hasta que un día revelamos los negativos de nuestra vida, guardados con esmero en una caja de sueños, devolviéndoles la vida real que contienen en su discreto encanto del color o del blanco y negro, según la luz del momento, con todos sus matices (píxeles) sabiendo que a veces, en nuestra persona de secreto, tienen el tiempo dentro y con un color especial. Algo que nunca me ofrecerán millones de píxeles ordenados en Kas, tanto en el presente como en el futuro imperfecto actual.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada. 

Futuro imperfecto / 1. ¿Será el amor el mejor camino?

Sevilla, 1/VII/2021

Comienza el mes de julio y el afianzamiento de la desescalada de todas las medidas tomadas en relación con la pandemia que nos ha envuelto la vida durante quince meses. Está claro que podemos frecuentar ya el futuro, que se me antoja imperfecto o simple, entendido según la Real Academia Española de la Lengua como “tiempo absoluto que expresa que algo existirá o tendrá lugar en un momento posterior al momento del habla”, pero indudablemente incierto. Este será el hilo conductor de esta serie en la que estableceré siempre una dialéctica en cada artículo sobre lo que ha sido y lo que será, tomando conciencia clara de que el futuro ya no será lo que era, porque nadie se baña dos veces en el mismo río y porque tampoco deseo que vuelva con sus errores históricos. La memoria ayuda a resolver sus muchos enigmas y fracasos, de los que deberíamos aprender para no volver a tropezar con la misma piedra.

Se ha atribuido durante mucho a tiempo a Groucho Marx la frase “el futuro ya no es lo que era”, cuando todo apunta a que su autor fue el poeta Paul Valéry, exactamente con esta expresión: “El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”, junto a otra que me parece de un contenido similar y didáctico en este tiempo de coronavirus: “El futuro es preparar al hombre para lo que no ha sido nunca”. Cualquiera de las dos aborda de forma breve lo que verdaderamente nos está pasando, aunque también debo afirmar sin ambages que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa y, mucho menos, lo que nos pasará a partir de ahora. Sea de quien sea la autoría, estoy seguro de que Groucho lo pensó siempre por su problemático devenir existencial, aunque él resolvió este dilema amando profundamente el presente: ¿Por qué debería preocuparme de la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?

En esta primera entrega, planteo una pregunta en torno al amor, un clásico popular donde los haya, pero que hoy tiene un sentido especial al haber encontrado una isla desconocida en el cine francés, una película que se estrena esta semana en este país, “Las cosas que decimos, las cosas que hacemos”, una película de factura francesa pura, dirigida por Emmanuel Mouret, ampliamente conocido por su trayectoria de cine existencial, durante la última década, en torno a una palabra, amor, de base contradictoria en sí misma. Hechos son amores y no buenas razones, se dice en este país y sobre el amor, no digamos. Lo he leído en una crítica cinematográfica de esta película y me ha parecido una reflexión extraordinaria: “La historia arranca cuando un joven escritor viaja, tras un cataclismo sentimental, a casa de su primo en el campo. El familiar no está, pero sí su joven prometida, embarazada, y la pareja de desconocidos entabla una relación de confianza en la que se cuentan sus penas amorosas. Pronto la narración se ramifica y retuerce, según avanza el relato y crecen los personajes. “Cuando hablamos de amor”, cuenta Mouret por videoconferencia, “todo el mundo parece estar de acuerdo en qué es, aunque si intentamos definir ese sentimiento y sus reglas, empiezan las confrontaciones”. Y apunta: “San Agustín decía: ‘¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé’. A mí con el amor me pasa lo mismo”. Y por eso puede que vuelva a él una y otra vez: “Las cosas que me parecen más interesantes son las que no se pueden aprehender”.

Admiro el cine francés y recientemente lo expresaba a raíz de la muerte de otro gran director, Bertrand Tavernier, del que he sido un seguidor fiel de sus obras. De su filmografía excelente y didáctica siempre, destaco una película preciosa, Hoy empieza todo, sobre un guion de Dominique Sampiero que leí completo para comprender bien su hilo argumental. El cine de calidad nunca es inocente, porque es la interpretación de una realidad más próxima de lo que parece. Cuando vemos una película contenemos la respiración. Todos nos enfrentamos a este momento en un cuerpo a cuerpo. Cuando encontramos las mejores historias, un gran corazón late, se alarma, va más despacio, sale de la sala cinematográfica con el deseo de seguir creyendo en un mundo diferente que todavía es posible. Todos los rostros miran en la misma dirección. Este impulso es el que aspiramos a que nos acompañe siempre, porque es el que nos permite descubrir y alimentar cualquier microhistoria saludable. ¿Saben por qué? Porque como decía el autor de la obra sobre la que está basada la película de Tavernier, aunque hoy comience todo, en verdad, todo se parece al amor digno que nos conmueve, es decir, que nos perturba, inquieta, altera, que nos provoca situaciones placenteras que consuelan a nuestra persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones. Al fin y al cabo, porque aspiramos siempre a descubrir nuestra mejor historia.

Para empezar a aprehender estas cuestiones tan serias y profundas, ¿se podría concluir que el amor será el mejor camino para este verano? No se sabe, porque cada uno, con su cadaunada, responderá a la pregunta de San Agustín que contaba Mouret con el correlato del amor, ¿qué es el amor? y ahí empezará el problema, contarlo cada uno como mejor lo entiende y, sobre todo, lo vive, aunque la pregunta de la película siempre será nuestra sombra que no cesa: ¡cuidado con las cosas que decimos, porque probablemente no son las que hacemos! O al revés. El éxito está garantizado para el director francés porque ha puesto el dedo en la llaga del amor. Futuro imperfecto de este verano y en estado puro.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La verdadera historia según la otra María

En un día de amor yo bajé hasta la tierra:
vibraba como un pájaro crucificado en vuelo
y olía a hierba húmeda, a cabellera suelta,
a cuerpo traspasado de sol al mediodía.

Rosario Castellanos (1925-1974), Apuntes para una declaración de fe, en El evangelio según la Otra María

Sevilla, 30/VI/2021

En la esquina de la avenida César E. Chávez y la calle Breed en Boyle Heights (Los Ángeles, California), se encuentra un mural precioso, Resurrección del Planeta Verde, del artista mexicano Ernesto de la Loza, que es uno de los pocos que aún se conservan en esa ciudad de una obra ingente del autor a lo largo de más de treinta años, con 40 obras reconocidas mundialmente. Ocupa una superficie de 15×5 metros, sobre una pared de una tienda de conveniencia muy concurrida y conocida en ese barrio. En él se representa a una curandera que toca la cabeza de una mujer joven, cuyos ojos parecen cerrados en pacífica resignación, tal y como lo pude comprobar en una sesión similar de curanderismo al aire libre en la Plaza del Zócalo, junto a la Basílica de la Virgen de Guadalupe, en México D.F, en mi visita de 2012. “El rico marrón de la piel de la mujer resalta contra el rojo y el naranja del aura curativa que las rodea. A su derecha, una figura santa vierte espirales de agua azul y púrpura de un recipiente con forma de cuerno. El líquido cae en cascada en una escena moderna de microscopios e instrumentos de laboratorio (1).

Ese mural es el que figura también en el anverso de un disco compacto, de una obra musical fantástica, El evangelio según la otra María, del compositor John Adams, un Oratorio de Pasión interpretado por la Filarmónica de Los Ángeles y el Master Chor de nombre homónimo, bajo la dirección musical de Gustavo Dudamel, editado por Deutsche Grammophon en 2014, que se puede escuchar completa en una publicación que me ha parecido extraordinario rescatar para que forme parte de este cuaderno digital que busca islas desconocidas. Antes de disfrutar de esta excelente grabación, quise conocer con detalle su libreto, escrito por Peter Sellars, porque estaba convencido de que me ayudaría a comprender mejor su transformación en una forma de componer música expresando los sentimientos de una historia tan impactante como la de María, Marta y Lázaro, tres protagonistas que no dejan tranquilo a nadie. Sobre todo, la de la otra María, expresión que no olvido desde que la conocí con detalle y que muchas personas identifican con la maltratada María Magdalena.

Tal y como lo narra Thomas May en la página de la web oficial de Dudamel, “Durante varios años, Adams y su colaborador Peter Sellars contemplaron una pieza complementaria de un oratorio de Navidad, El Niño, estrenado en París en 2000, como mensaje subliminal de un nuevo siglo por experimentar. Su objetivo, explica Sellars, era situar esta nueva obra, la historia de la Pasión, «en la tradición del arte sacro en el eterno presente. La violencia, el sufrimiento y la transformación son los componentes importantes de esta historia, y al basarse en todo su repertorio de experiencias como compositor dramático, Adams las describe con una humanidad abrasadora. Pero su interpretación inquebrantable de la condición humana es solo una parte del vasto espectro de La Otra María. Operando en dos planos simultáneos – el bíblico y el contemporáneo – su partitura llega al corazón de su tema a menudo perturbador con una aguda intuición psicológica, particularmente en el retrato del personaje del título de la obra”, tal y como lo ha afirmado Adams. Y Dudamel entrega su parte en este Oratorio, porque él ha manifestado con ocasión de conciertos anteriores que «tú técnicamente puedes conocerlo todo, pero si no inspiras al grupo no vas a hacer nada especial. Nadie quiere escuchar algo completamente limpio, perfecto, pero que no tenga ningún tipo de alma”. Y este Oratorio la tiene, gracias también a Dudamel.

Lo que más me ha unido a esta experiencia ha sido el tratamiento de la otra María, la hermana de Marta y Lázaro, no la Magdalena en su sentido histórico estricto aunque sí en la mente de los autores del Oratorio, a la que ya he dedicado algunos artículos en este cuaderno digital, sobre todo en el tratamiento que dio a esta figura histórica la pintora del renacimiento, Artemisa Gentileschi. La mujer natural de Magdala siempre me pareció una persona enigmática, de extraordinaria valía y una gran desconocida, bastante maltratada por la tradición bíblica y la iglesia oficial. Es lo que ha intentado exponer Adams al tratar musicalmente la figura de una María bastante desconocida así como sus sentimientos y cómo lo percibe esto el oyente de esta obra: “El matiz armónico más sutil o el giro melódico pueden colorear e influir por completo en cómo el oyente se siente y percibe a una persona o evento. La música está por encima y más allá de todo el arte de sentir, es el papel del compositor dar profundidad emocional y psicológica a un personaje o una escena. Ninguna otra forma de arte proporciona herramientas tan potentes. ”Esta es una Pasión no solo de Jesús, sino de una familia que amaba y fueron amados por él: María de Betania, su hermana Marta y su hermano Lázaro. Sus creadores rechazan la versión convencional de la “prostituta reformada” de María Magdalena, considerándola una identidad sin fundamento impuesta siglos después del hecho. Presentan en cambio a una mujer de rica complejidad emocional, una mujer psíquicamente dañada cuya turbulenta vida interior y duro pasado van de la mano con sus profundos poderes de intuición y volátil sensualidad” (2).

Leyendo sobre la obra de Sellars se comprende mejor cómo ha tratado a María de Betania el compositor Adams: “Ella es, en palabras del poema de Rosario Castellanos, al que Adams pone música en el Acto I, “como un pájaro crucificado en vuelo”. Su «otredad» se revela en su turbulento sentido de alienación en el mundo: su estado de ánimo salvaje cambia de una alegría casi maníaca a un autodesprecio suicida, sus ataques de ira amarga y sus momentos de tierna compasión. Sobre todo, es su «alteridad» lo que alimenta su hambre de autoconocimiento, ese «alimento espiritual» que obtiene al sentarse a los pies de Jesús. Su hermana Marta es lo opuesto a la inquieta María que busca. Emocionalmente estable, confiada, es tan confiada que literalmente se “distrae con mucho servicio” hasta el punto de quejarse a Jesús. Es Marta quien cocina la comida, administra el hogar y soporta las cargas de la vida cotidiana. Pero su dolor cuando muere su hermano [Lázaro] y luego cuando Jesús es ejecutado no es menor que el que sintió María”.

Se comprende mejor todo cuando se aborda la “simultaneidad” narrativa, “su manera de fusionar el “pasado mítico” de los evangelios con imágenes vívidas de la vida moderna, una estrategia que sigue siendo deliberadamente provocativa. Esta es una historia de Pasión que comienza con mujeres que han sido encarceladas por protestar en nombre de los pobres. Marta no solo alimenta a Jesús, sino que también ayuda a administrar una casa para mujeres desempleadas”. La verdad es que leer el libreto de este oratorio de Pasión no te deja indiferente y me ha parecido un hallazgo extraordinario que debía compartir con la Noosfera, sobre todo con personas de alma inquieta.

El libreto es el resultado de aunar fuentes históricas con experiencias actuales, la mayor parte de ellas de mujeres que han sufrido su compromiso vital desde diversas perspectivas. Sellars ha utilizado la autobiografía de Dorothy Day (1897-1980), “la activista social estadounidense y líder del Movimiento de Trabajadores Católicos, relatando sus esfuerzos revolucionarios para seguir el mensaje de justicia social de Jesús. Estos enmarcan las secciones iniciales de los dos actos de La Otra María, que colocan a María y Marta en el «presente eterno» mientras dirigen un refugio para los indigentes y luego se unen a César Chávez en las líneas del frente de la marcha de protesta de la United Farm Workers.

En el texto introductorio del disco que aparece en la página oficial de Gustavo Dudamel, sigue ofreciendo información sobre la base literaria y marcadamente social del libreto, por la inclusión de textos de la poeta y ensayista afroamericana June Jordan (1936-2002), que “agrega una resonancia dolorosa a las reflexiones de las mujeres durante la escena de la muerte de su hermano Lázaro”. También, “un breve poema de intensidad abrasadora de la novelista y poeta Louise Erdrich (n. 1954) que articula el complejo amor de María por Jesús. “Para María, lo erótico y lo espiritual son imposibles de desenredar”, dice Adams. «La imagen de Erdrich, de María lavando los pies de Jesús, es una asombrosa mezcla de abyecta sumisión y deseo, pero también expresa el dolor y la rabia de una mujer que ha sido agredida sexualmente y golpeada».

La lectura del libreto que más me ha conmovido es la referida a la obra de la poeta mexicana Rosario Castellanos (1925-1974) y la mística y abadesa del siglo XII Hildegard de Bingen, “quienes aparecen en el libreto de El Niño [el Oratorio de Navidad de Adams] e infunden aún más la espiritualidad femenina en momentos poderosos de la narrativa”. No se olvida de “una oración de Rubén Darío (1867-1916) y «Pascua», del escritor y químico italiano (y sobreviviente de Auschwitz) Primo Levi (1919-1987), cuyas palabras de perdón, celebración y esperanza da Adams. al agradecido Lázaro, figuran en los momentos finales del Acto I”.

Es importante escuchar completo este Oratorio de Pasión, conocer el libreto y comprender qué supuso para Gustavo Dudamel dirigir la orquesta y coros que expresan el contenido sensible y no inocente de este Oratorio. Lo encumbran a los cielos laicos que también existen: “La orquesta misma se convierte en un personaje, o tal vez en un narrador omnisciente, particularmente en los pasajes que retratan la muerte y resurrección de Lázaro, el terror y el sufrimiento del Gólgota, con sus multitudes burlonas y una oscuridad cada vez más espesa, y el «trino voraz» de la primavera que vuelve a despertar una transición radiante a la escena final”. Cuando Maria, la Otra, percibe la identidad del jardinero [Jesús resucitado], que la llama por su nombre, en un destello de reconocimiento, la música de Adams también nos ayuda a compartir su transformación espiritual.

Dudamel hace el resto, porque todo se transforma, como podría pasar con la sociedad actual del poscoronavirus, que no sólo debería cambiar sino alcanzar la transformación completa al servicio del ser humano y su planeta de convivencia, que se desea verde, con los destellos que aparecen en el mural de Los Ángeles, la Resurrección del Planeta Verde, con una protagonista, mujer por más señas, que bien podría ser el símbolo de la Otra María, el de cualquier mujer que nos enseña qué significa la dignidad humana, como la de un pájaro crucificado en vuelo, como lo expresó de forma extraordinaria Rosario Castellanos de su alma mexicana, en su resurrección propia.

(1) L.A. muralist campaigns for his ‘Resurrection’ | Culture Monster | Los Angeles Times (latimes.com)

(2) El evangelio según la otra María

NOTA: la imagen de cabecera es una fotocomposición personal, de la que hay que reseñar la imagen del mural obtenida de L.A. muralist campaigns for his ‘Resurrection’ | Culture Monster | Los Angeles Times (latimes.com) y la del anverso del disco compacto de El evangelio según la otra María.

Play List traducida

Disco 1


1. Escena 1: Al día siguiente en la cárcel de la ciudad nos registraron por drogas

2. Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.

3. Escena 2: Y tenía una hermana llamada María

4. Me sorprende que empiece a rezar a diario

5. Coro: En un día de amor

6. Escena 3: Un hombre estaba enfermo, llamado Lázaro.

7. Lázaro muere

8. ¿Por qué estás lejos, Señor?

9. En mi propio y silenciosamente explosivo aquí

10. ¡No toques mi brazo izquierdo!

11. Cuando llegó María donde estaba Jesús

12. Jesús dijo: Quitad la piedra

13. Lázaro resucita de entre los muertos

14. Estribillo: Desplázate, cielos

15. Escena 4: Cena en Betania

16. Porque el sepulcro no puede alabarte

17. María lava los pies de Jesús

18. Escena 5: Y hubo algunos que se indignaron dentro de sí mismos

19. Sabemos que no habrá utopías

20. Dime: ¿En qué se diferencia esta noche de todas las demás?

Disco 2

1. Coro: Quien rasga su carne por las costuras

2. Escena 1: Arresto de Jesús

3. Escena 2: Arresto de las mujeres

4. Levantado a las dos de la madrugada, cuchicheando todo el día …

5. Dichos acusados

6. Oración de las mujeres mexicanas

7. Escena 3: Gólgota

8. Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí

9. Allí estaba junto a la cruz de Jesús …

10. Cuando Jesús vio a su madre …

11. Escena 4: Noche

12. Su hijo le gritó …

13. Escena 5: El Sepulcro; María despertando

14. María se despierta al amanecer

15 Coro: Es primavera

16. Escena 6: Terremoto y reconocimiento

17. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada

La Fundación Dudamel cuida la utopía musical de los más jóvenes

Fundación Dudamel

Sevilla, 28/VI/2021

El director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel creó en 2018 junto a María Valverde, su actual compañera en el gran viaje de la vida, una Fundación que lleva su apellido, con una misión que deberíamos conocer y divulgar en profundidad por su compromiso social de amplio espectro juvenil y de futuro: ampliar el acceso a la música y las artes ofreciendo herramientas y oportunidades a la gente joven para dar forma a sus futuros creativos. Su acción de desarrolla a través de cuatro áreas programáticas: conectar comunidades, la educación de músicos jóvenes, capacitar líderes globales y luchar por la justicia social a través de la creatividad, convencidos de que “las artes juegan un papel esencial en la creación de una sociedad más justa y en paz y de que la música inculca atención y disciplina, el respeto a otros, un espíritu de colaboración y el tipo de valores que nos hace mejores ciudadanos del mundo”. Impecables objetivos.

En días pasados, Dudamel ha estado desarrollando en Madrid unos encuentros y ensayos con 59 jóvenes de diferentes países, bajo la dirección de maestros de las orquestas más importantes del mundo, preparando el primer concierto que les llevó a Oviedo el pasado 25 de junio y a sus próximas actuaciones en Festival Internacional de Música Clásica de Canarias, como se puede leer con detalle en el programa de actividades del proyecto Encuentros, apadrinado por el arquitecto Frank Gehry, que desde 2018 tiene su eje central en la Fundación ayudando a jóvenes músicos a trazar su futuro por medio de este tipo de encuentros didácticos. En el concierto de Oviedo, con una crítica excelente por su fondo y forma, interpretaron dos obras muy cuidadas en su ejecución, las Variaciones Goldberg Verklärte Nacht (Noche transfigurada), op. 4 (versión del autor para orquesta de cuerda, 1943), de A. Schönberg (1874-1951) y la Serenata para cuerdas en do mayor, op. 48, de P. I. Chaikovski (1840-1893, con un detalle de Dudamel que sorprendió al auditorio con la lectura pública y coral del poema “Verklärte Nacht” (La noche transfigurada) de Richard Dehmel, que supuso la inspiración de la partitura de Schönberg, del que extraigo un mensaje especial sobre la creatividad humana:

Que la criatura que has
concebido no sea una carga para
tu alma. ¡Oh, mira, con qué
fulgor brilla el universo! En
todo hay un resplandor; estás
conmigo a la deriva en un mar
frío, mas una calidez fluye de
ti hacia mí, de mí hacia ti. Esa
llama transfigurará al niño, al
que tú le darás vida como si
fuese mío; tú me has traído la
luz, tú has hecho un niño de mi.

La Orquesta del Encuentro se presenta ahora en España, “en colaboración con el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación del Reino de España”, siendo desde su primera presentación en 2018 como “una forma de explorar la unidad cultural y celebrar la armonía, la igualdad, la dignidad, la belleza, y el respeto a través de la música. Con esta visión, Encuentros inspira y enseña a una nueva generación de jóvenes líderes a construir un mundo mejor”, porque en ese espíritu, “la Fundación reúne a estudiantes de las Américas – México, Estados Unidos, Bolivia, Chile, Argentina, Venezuela, Colombia, Perú, Uruguay y Nicaragua – con estudiantes de España y Portugal para trabajar lado a lado en la Orquesta del Encuentro”.

El gran legado de Dudamel es su entrega generosa de lo que él ha recibido en su trayectoria vital y musical: “Este compromiso se alimenta por su propia experiencia transformadora en El Sistema, un programa venezolano iniciado en 1975 por José Antonio Abreu con el objetivo de promocionar el desarrollo social a través de la educación musical. Más de cuarenta años más tarde, los programas creados a partir de la visión del Maestro Abreu están activos en más de 100 países, y brindan a millones de jóvenes alrededor del mundo el acceso gratuito a educación musical intensiva y de calidad. Inspirado por estos ejemplos, Dudamel ha hecho que su misión central sea ampliar el acceso al arte a jóvenes y a la vez brindar oportunidades para el empoderamiento individual y la integración social. Gracias al trabajo con socios musicales, educativos y filantrópicos internacionales a través de los proyectos de la Fundación Gustavo Dudamel, continúa ampliando el alcance y la relevancia de la música y el arte como fuerzas para la transformación social positiva, para el presente y para las generaciones futuras”.

He escrito varias veces sobre Dudamel  en este cuaderno digital, recordado la lectura de un artículo precioso sobre él, porque me sorprende siempre por lo que aporta de bienestar a este loco mundo al revés: “Gustavito se ponía a dirigir con un palito en la mano cada vez que su padre hacía girar los vinilos de Karajan, bucle premonitorio en la ejecutoria de quien se define a sí mismo como un cumplidor de utopías, un hacedor de imposibles. Dudamel pone como ejemplo el Coro de Manos Blancas […] Una dimensión espiritual que redunda en la devoción de Gustavo a la Divina Pastora de Barquisimeto”. Su compromiso social activo a través de la música es variopinto, como se demuestra por su proyección tan humana a través del citado Coro de Manos Blancas, “niños sordos y mudos de Venezuela que interpretan música “porque la llevan dentro”: “[…] integrado por 120 niñas, niños y jóvenes, quienes están distribuidos en las dos secciones que conforman el coro: la Vocal, dirigida por el profesor Luis Chinchilla, integrada por niños y jóvenes con déficit visual, cognitivo, impedimento motor, dificultades en el aprendizaje, autismo, así como también aquellos que no tienen ninguna discapacidad; y la Gestual, dirigida por la profesora María Inmaculada Velásquez, constituida por niños y adolescentes con déficit auditivo, a quienes a través del canto coral se les estimula la oralidad”. Siempre que puedo, los escucho con emoción y con atención reverencial. Necesitamos estos estímulos humanos para comprender la maravilla de la creación del ser humano. A pesar de todo.

Recuerdo ahora una frase suya sobre la “perfección imperfecta” que pronunció unos días antes de dirigir el Concierto de Año Nuevo, en Viena, el 1 de enero de 2017, después de un ensayo de la Suite Escita, opus 20, de Serguéi Prokófiev, con la Filarmónica de Los Ángeles: “No se trata solamente del performance perfecto. Les estaba diciendo que quería una perfección imperfecta. El riesgo, aquel punto donde tú miras y da vértigo, donde tienes el control de todo y al mismo tiempo, no lo tienes. E inspirar a los demás. Porque, fíjate, tú técnicamente puedes conocerlo todo, pero si no inspiras al grupo no vas a hacer nada especial. Nadie quiere escuchar algo completamente limpio, perfecto, pero que no tenga ningún tipo de alma”. Sigo y persigo de cerca a Dudamel en su periplo mundial anual y en su constante presencia en España, por ejemplo cuando estuvo en el Festival de Perelada (Girona) en 2019, en un proyecto musical y didáctico al que había incorporado a su pareja actual, la actriz española María Valverde, presentando junto a la Mahler Chamber Orchestra (MCO) una versión de “El sueño de una noche de verano”, de Mendelssohn, en la que Valverde recitó pasajes de la obra de Shakespeare.

Las experiencias de generosidad humana y profesional de Dudamel en su vida profesional ordinaria y a través de su Fundación, me llevan a reconocer hoy que son un ejemplo precioso de dignidad humana en un mundo que diseñan muchas veces nuestros enemigos, insensibles al dolor ajeno de los más jóvenes y de los que menos tienen, mientras que otras personas, entre las que me encuentro, estamos interesados en cumplir utopías y hacer cosas imposibles trabajando siempre en la utilidad de lo mal llamado “inútil”. Lo dijo hace ya muchos años Antonio Machado. “Todo necio confunde siempre valor y precio”. O como sueña Dudamel a diario como “cumplidor de utopías y como hacedor de imposibles”. Un gran ejemplo.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada

Quitarse o no, ahora, las mascarillas: esa es la cuestión

Sevilla, 26/VI/2021

Me gustan los que sueñan sin careta
Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas
Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo
Y cuando besan / besan con sus labios de siempre.

Mario Benedetti, Máscaras, en La vida, ese paréntesis (1997)

Sevilla, 26/VI/2021

En el gran teatro del mundo hemos pasado, a lo largo de la historia de la humanidad, de la utilización de máscaras exclusivamente en el teatro o en carnavales y fiestas asociadas, a los setecientos millones de mascarillas al año, solo en España, con motivo del coronavirus. Ha ocurrido en este paréntesis de la vida que se llama todavía «pandemia», donde las mascarillas han desempeñado un papel muy importante y lo seguirán haciendo durante un tiempo. La palabra “máscara” viene de dos raíces distintas, del árabe masẖarah “objeto de risa” y del italiano maschera, con un significado original digno de comprenderse en su contexto histórico y social: “Figura que representa un rostro humano, de animal o puramente imaginario, con la que una persona puede cubrirse la cara para no ser reconocida, tomar el aspecto de otra o practicar ciertas actividades escénicas o rituales”. Mascarilla, se define en la segunda acepción del diccionario de la lengua española como “Máscara que cubre la boca y la nariz para proteger al que respira, o a quien está en su proximidad, de posibles agentes patógenos o tóxicos”, que es la realidad que seguimos viviendo a diario, aunque la primera acepción es la que parece que comprenden mejor los jóvenes y muchas personas desaprensivas, como se ha demostrado a lo largo de la pandemia por la inadecuada o nula colocación de la misma: “máscara que solo cubre el rostro desde la frente hasta el labio superior” o, según mi valoración actual, lo que ha querido cada uno dejada la decisión al libre albedrío de su orden y concierto.

El texto que sigue a continuación sigue el hilo conductor que he mantenido a lo largo de la pandemia, a través de mi ventana discreta, desde la que he observado con respeto reverencial la pandemia, a las mascarillas como defensa numantina ante el coronavirus, la gran amenaza mundial, aunque tengo que confesar que nunca me han gustado las máscaras, tampoco las mascarillas, quizá porque tengo el sentimiento profundo de Mario Benedetti cuando escribió un poema que nunca olvido, Máscaras, que ahora intercalo en las palabras que siguen, porque Me gustan los que sueñan sin careta / Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas / Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo / Y cuando besan / besan con sus labios de siempre.

No me gustan las máscaras exóticas
Ni siquiera me gustan las más caras
Ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas
Ni las amordazadas ni las escandalosas.

Hoy, como símbolo del afianzamiento de la llamada “nueva normalidad”, a la que también hace referencia el real-decreto ley publicado ayer en el Boletín Oficial del Estado (BOE),  ha entrado en vigor la citada disposición sobre el nuevo uso de las mascarillas, suavizando las medidas que hasta ahora estaban vigentes en beneficio de todos, entendiendo el Gobierno que “una de las medidas que han tenido un mayor impacto en el control de la transmisión, permitiendo a su vez un cierto grado de interacción social, ha sido la obligatoriedad del uso de mascarillas que establece el artículo 6 de la Ley 2/2021, de 29 de marzo, de medidas urgentes de prevención, contención y coordinación para hacer frente a la crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19”. El real-decreto ley hace una llamada de atención a la prudencia en relación con las nuevas medidas, “que afectan, principalmente, a la eliminación del uso obligatorio de mascarillas en la vía pública y en espacios al aire libre”.

No me gustan ni nunca me gustaron
Ni las del carnaval ni la de los tribunos.
Ni las de la verbena ni las del santoral.
Ni las de la apariencia ni las de la retórica.

La realidad es que el diccionario nos ofrece una locución derivada de las palabras máscara y mascarilla, quitarse la máscara o la mascarilla, centrándome sobre todo en la segunda, de actualidad y preocupación social plenas al referirse a “dejar el disimulo y decir lo que siente, o mostrarse tal como es”, es decir, la proliferación de personas que desoyendo lo que las autoridades sanitarias indican y obligan por ley, “dejan el disimulo de cómo actúan diariamente en sus vidas”, como metáfora real como la vida misma, importándoles nada de casi todo lo que les rodea, diciéndonos al quitarse la mascarilla, no llevarla o colgándola en el cuello o en el codo, lo que verdaderamente sienten y mostrándose como son. La mercadotecnia hace el resto, porque la convierte en un accesorio a consumir más allá de su fin saludable, donde el dilema ética-estética está servido de forma manifiesta.

Me gusta la indefensa gente que da la cara
Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera
Y llora con su pobre cansancio imaginario
Y mira con sus ojos de coraje o de miedo.

Más de dos mil años de su larga historia no sirven a miles de personas para comprender el sentido actual de protección de algo tan maravilloso como es la vida. El gran teatro del mundo es cambiante y ahora nos toca ser protagonistas de la vida personal e intransferible, de nuevo, a millones de personas cada día, al estar permitido desde hoy dejar de cubrirnos el rostro, excepto los ojos, en cada representación vital diaria, aunque simbólicamente nos cueste reconocernos muchas veces, comenzando a disfrutar de un ritual saludable para nuestras vidas, siguiendo al pie de la letra la definición de máscara. Además, hay que tomar conciencia de lo que ha significado el problema asociado al uso intensivo de las mismas, porque es dual:  económico, por su impacto social para los que menos tienen y también, medioambiental, según los datos que se han manejado en España durante la pandemia y su uso obligatorio: se han usado unos 23 millones de mascarillas al día, 700 millones al año y así, exponencialmente hasta cifras inabarcables, con un impacto ambiental de proporciones ciclópeas, porque una vez convertidas en residuos, bastantes millones han acabado ya en el mar, siendo una fuente de contaminación muy preocupante porque pueden tardar entre 300 y 400 años en degradarse.

Me gustan los que sueñan sin careta
Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas
Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo
Y cuando besan / besan con sus labios de siempre.

Sería importante que los jóvenes y los adultos que siguen siendo negacionistas o bastante descreídos sobre el uso de las mascarillas, trascendieran la raíz árabe de su etimología, “objeto de risa” y se lo siguieran tomando muy en serio en beneficio de todos, atendiendo a lo dispuesto en el nuevo real-decreto ley que ha entrado hoy en vigor y hasta que se alcance la inmunidad de grupo en todo el país, tal y como definía el Diccionario de Autoridades de 1734 la locución “quitarse la mascarilla”. Deberían dejarse de “deponer su empacho y vergüenza, y decir con resolución su sentimiento claramente y su rebozo”. Se lo agradeceríamos millones de personas que compartimos con ellos la posibilidad que nos ofrece hoy día el simple gesto de seguir poniéndonos o quitándonos la mascarilla según marca la disposición vigente y por la dignidad intrínseca que encierra de poder ser protagonistas enmascarados, pero dignos, en el gran teatro del mundo en el que cada persona vive en su aquí y ahora, sin hacerse daño a sí mismos y, sobre todo, a los demás.

Las máscaras no sirven como segundo rostro
No sudan/no se azoran/jamás se ruborizan
Sus mejillas no ostentan lágrimas de entusiasmo
Y el mentón no les tiembla de soberbia o de olvido

Quitarse o no, ahora, las mascarillas, esa es la cuestión. Ha llegado el momento, metafóricamente hablando, de quitárselas cuando y donde esté permitido, “dejando el disimulo y diciendo a los demás qué es lo que sentimos interiormente, mostrándonos tal y como somos”, siendo imprescindible demostrarlo siempre a los que hacen camino al andar junto a nosotros, que va mucho más allá de respetar sólo el metro y medio de dignidad saludable. Al igual que Benedetti, puedo gritar hoy a los cuatro vientos que no me gustan las máscaras, sobre todo las que no nos permiten ver el rostro de la dignidad humana. He dicho.

¿Quién puede enamorarse de una faz delegada?
No hay piel falsa que supla la piel de la lascivia
Las máscaras alegres no curan la tristeza
No me gustan las máscaras, he dicho.

NOTA: la imagen se ha recuperado de https://elsolweb.tv/ya-son-6-los-fallecidos-en-italia-por-el-coronavirus-y-el-numero-de-afectados-asciende-a-219/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La eutanasia es un derecho individual para salvaguardar la dignidad humana

Escena de «Antes de ti», con el fondo musical del Concierto para oboe y orquesta de Mozart (KV 314), primer movimiento (Allegro aperto), bajo la dirección de Claudio Abbado y con la interpretación como solista de oboe de Lucas Macías

Sevilla, 25/VI/2021

La democracia brilla en todo su esplendor cuando avanza en derechos y libertades individuales y colectivas que tienen fiel reflejo, finalmente, en leyes sustantivas del Estado. Es el caso de la eutanasia, entendida como un derecho individual, que contempla la “actuación que produce la muerte de una persona de forma directa e intencionada mediante una relación causa-efecto única e inmediata, a petición informada, expresa y reiterada en el tiempo por dicha persona, y que se lleva a cabo en un contexto de sufrimiento debido a una enfermedad o padecimiento incurable que la persona experimenta como inaceptable y que no ha podido ser mitigado por otros medios”, tal y como se defendía con ardor guerrero y democrático en el Congreso de los Diputados, cuando se aprobó, el 17 de diciembre de 2020, la Proposición de Ley Orgánica de regulación de la eutanasia con 198 votos a favor, 138 en contra y 2 abstenciones “en una votación de conjunto tal y como exigen el artículo 81 de la Constitución y el 131 del Reglamento del Congreso, donde también establece la necesaria mayoría absoluta para su aprobación y continuar así su tramitación en el Senado”. También se aprobó en esa sesión del Congreso “el dictamen remitido por la Comisión de Justicia con la incorporación de las correcciones técnicas de los G.P Socialista y Confederal de Unidas Podemos-En Comú Podem-Galicia en Común aprobadas en Pleno, con 198 votos a favor, 138 en contra y 2 abstenciones. No toda la política es igual ni los políticos que la ejercen tampoco son iguales. Para que no se olvide ni siquiera un momento.

Hoy es un día muy importante para la democracia española porque entra en vigor la Ley Orgánica 3/2021 de regulación de la eutanasia, aprobada por el Congreso el pasado mes de marzo, tres meses después de su publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOE). El recorrido ha sido muy largo en este país tan dual y controvertido, pero finalmente es un derecho más para la ciudadanía y un deber que hay que desarrollar todavía a través de las Comunidades Autónomas, con sus famosas “peculiaridades”, donde la política nunca es inocente. Muestra de ello es la batalla que están planteando desde hace tiempo todos los sectores conservadores del país con el objetivo de presentar recursos de inconstitucionalidad de esta norma sustantiva.

En este sentido, vuelvo a publicar hoy, en mi espíritu y letra de escritura circular, el artículo que publiqué en julio de 2020, Dignitas, porque entendí que había que hacer una labor divulgativa del derecho a morir con dignidad, que se refrenda hoy con la entrada en vigor de la Ley y porque sigue vigente en todas y cada una de sus palabras. Asimismo, vuelvo a agradecer también el Tiempo de Democracia Actual que vivimos en este aquí y ahora en nuestro país, sin el que no hubiera sido posible aprobar esta ley de salvaguarda de la dignidad humana ante el sufrimiento y la muerte.

DIGNITAS

El cine es un medio extraordinario para crear conciencia y tejido crítico social sobre muchos asuntos de la vida ordinaria. Cumple una función cultural y social muy importante. Anoche repusieron una película que se ha presentado siempre como una historia de amor (lo es), Antes de ti, que tiene un hilo conductor muy profundo: la eutanasia en su sentido más exquisito de amor y respeto a la vida digna. Está basada en un best seller de Jojo Moyes, que se ha tratado siempre como un film edulcorado, pero creo que es justo y necesario que se reconozca que aborda también un problema que no acabamos de asumir con normalidad absoluta: la elección de una muerte digna por parte del protagonista, un joven que es atropellado por una moto y queda tetrapléjico por una lesión medular, frustrando plenamente su vida personal y profesional.

En España tenemos una muestra cinematográfica que conmovió a muchos patios de butacas y salas de estar, no sé si de ser, no hace tantos años. Me refiero a la película “Mar adentro”, basada en un hecho real, la muerte asistida de Ramón Sampedro hace ya 22 años, derecho sobre el que ya había reflexionado previamente en su obra Cartas desde el infierno, en 1996, antes de elegir una buena muerte ante tanto sufrimiento personal: “No me guía otro interés que el de mostrar que la intolerancia del Estado y la religión son como una idea fija (…) Dejadme cruzar la línea, dejadme saltar”.

El 11 de febrero pasado sentí una emoción especial al conocer que el Congreso de los Diputados había “tomado en consideración” la proposición de ley para regular la eutanasia, con el siguiente resultado: 201 votos a favor, 140 votos en contra y 2 abstenciones y, por tanto, se comenzaba “a tramitar la ley orgánica de regulación de la eutanasia que presentó el Grupo Parlamentario Socialista [el 24 de enero de 2020]. Este es el primer paso del procedimiento legislativo, que continuará con la apertura del plazo para presentar enmiendas”, según recoge la nota de prensa del Congreso. Creo que ha sido un hecho memorable en este país, después de un recorrido tortuoso de esta proposición de ley, tal y como lo recordaba en mi post anterior dedicado a la eutanasia y publicado en este medio el 6 de abril de 2019. Desgraciadamente, el proceso del coronavirus ha ralentizado de nuevo su tramitación parlamentaria, pero de momento está blindado el procedimiento legal y en la fase de presentación de enmiendas al articulado en el seno de la Comisión de Justicia del Congreso.

Soy especialmente sensible a esta realidad humana que tanto sufrimiento supone a las personas y a sus familias. Tengo presentes hoy a miles de alumnas y alumnos a los que enseñé que la eutanasia era una buena opción humana, la mejor decisión cuando el hecho de vivir en estadios permanentes de sufrimiento y dolor, sin esperanza alguna, deja de tener sentido. Les hablaba de la ética de situación, como resquicio ético para estas situaciones, en un país en el que una gran parte de él tenía helado el corazón, jugándome el tipo porque los comisarios políticos del Régimen también asistían a clase camuflados: “Hago esta mención de mi intrahistoria porque en aquellos años descubrí que era imprescindible abordar la ética de situación como guía y camino para el discernimiento humano más digno, de la que me enamoré para siempre, frente al dogmatismo de la Iglesia Católica que hacía estragos en este país. Aquellas clases del Profesor Häring [del que fui alumno durante un Curso impartido por él] me abrieron los ojos definitivamente sobre la importancia de hacer uso de la libertad en momentos transcendentales de la existencia, tanto en la vida como en la muerte. Me lo explicaba Häring en las clases y en su humilde habitación del Alfonsianum en Roma, porque había prestado servicios en la aviación alemana de Hitler, como capellán y en Rusia, donde aprendió que tenía que atender siempre a cualquier ser humano aplicando la ética de situación, fuera amigo o enemigo, actitud que le acarreó serios disgustos y la separación final de aquellos servicios militares por ser considerado persona non grata para el ejército alemán. El problema radicaba en que había contemplado mucha muerte indigna en directo y había tenido que ayudar a morir alejado del dogma católico que había aprendido y enseñado en su proceso de evolución ética. Häring sufrió mucho por sus actitudes éticas hasta su fallecimiento, sobre todo por el trato recibido por la iglesia oficial, a la que recordó que cuando era citado en Roma para justificar su doctrina de libertades le recordaba algo tan grave como estar presente ante Hitler en un juicio sumarísimo. Häring me enseñó a defender la vida digna, en cualquier circunstancia, sin más limitación que la aplicación de la ética de situación en su defensa plena y con el amparo de la ley correspondiente” (1).

Estas reflexiones ya las he hecho anteriormente en este cuaderno digital, pero he considerado que debía rescatarlas hoy. Más pronto que tarde, ya no hará falta recurrir a la ética de situación vergonzante y oculta, porque la libre elección de morir dignamente estará regulada legalmente en este país, esperemos que a muy corto plazo. Literalmente, lo único que pretende esta ley es “legislar para respetar la autonomía y voluntad de poner fin a la vida de quien está en una situación de enfermedad grave e incurable, o de una enfermedad grave, crónica e invalidante, padeciendo un sufrimiento insoportable que no puede ser aliviado en condiciones que considere aceptables. Con ese fin, la ley regula y despenaliza la eutanasia en determinados supuestos, definidos claramente, y sujetos a garantías suficientes que salvaguarden la absoluta libertad de la decisión, descartando presión externa de cualquier índole” (2).

Ha sido un recorrido largo y lo verdaderamente lamentable es que no se ha llegado a tiempo para ayudar a miles de personas a morir dignamente por una elección personal que permite, como decía Sampedro, cruzar la línea de la intransigencia, saltar…, en un acto de libertad plena para elegir la mejor muerte, sobre todo, la más digna. Anoche, en un plano casi final de la película se podía leer el membrete de la carta que recibe el protagonista, Dignitas, porque había elegido una muerte digna. Dignitas es un grupo suizo “que ayuda y asiste a morir, con la asistencia de médicos y enfermeras cualificados, a personas con enfermedad terminal y enfermedades graves físicas y mentales. Además proporciona el suicidio asistido para personas con plenas facultades mentales que deben someterse a un informe médico riguroso preparado por un psiquiatra, que establecerá la condición del paciente, aspectos todos ellos requeridos por la legislación y la Corte Federal de Suiza” (3).

Afortunadamente, cualquier parecido de la película de anoche con la realidad, ya no será en los próximos meses en nuestro país una pura coincidencia. Mientras, escucho de nuevo, con veneración, una versión muy premiada del concierto para oboe y orquesta de Mozart (KV 314), bajo la dirección de Claudio Abbado y con la interpretación como solista de oboe del valverdeño Lucas Macías, recogido en su primer movimiento en planos especiales en la película, recordando cómo la pareja protagonista intenta con la música dar un sentido a sus vidas, porque es compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum). Una gran lección de muerte digna que no olvido, que entrega un derecho individual a personas que necesitan ser escuchadas y atendidas en momentos muy difíciles y terminales de sus vidas.

(1) https://joseantoniocobena.com/2019/04/06/eutanasia-y-muerte-digna/

(2) Proposición de ley orgánica de regulación de la eutanasia, Exposición de motivos, p. 2.

(3) http://www.dignitas.ch/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

De nombre Juan o Juana

Pedro Pablo Rubens (1610 – 1612), San Juan Evangelista / Museo del Prado

Sevilla, 24/VI/2021

Dedicado a las personas que llevan el nombre de Juan o Juana, en sus diferentes versiones, vinculados al Bautista o al Apóstol, como símbolo de una tradición multisecular que se perdió hace ya muchos años, cuando se decidía en el seno de cada familia el nombre de los hijos e hijas porque era un programa o proyecto de vida, es decir, el nombre encerraba en sus letras una historia que siempre se debía contar. Llevaban con mucho orgullo su nombre, su Vida. Era un momento apasionante que daba pleno sentido a la vida propia y a la de los demás.

Me imagino a los abuelos y abuelas sentados hace miles de años en las orillas de los ríos Tigris y Éufrates, en la actual Irak, preparando el gran acontecimiento del nacimiento de los nuevos descendientes de sus familias, porque los nombres que debían llevar no eran inocentes sino un programa de vida a través de la genealogía. Me parece una aventura extraordinaria que se debería rescatar como lección de la historia para cada uno, para todos. Hace bastantes años publiqué un artículo, Poner el nombre, en un periódico muy querido, que rescato hoy en su contenido y contexto plenos, porque refleja lo que sigo pensando después de casi treinta y siete años, en un día inolvidable: el nacimiento de nuestro hijo, al que pusimos un nombre especial, Marcos.

Hoy, el día del nombre Juan, bastante más extendido de lo que parece y alejado en una corriente laica del “santo” Juan (Bautista o Apóstol), convive con otros miles de nombres a pesar de su significado histórico extraordinario por lo que supuso para quienes lo adoptaron en familia como identidad para toda la vida. Juan era el testimonio vivo de un niño o de una niña que “tenían el corazón cerca de los que menos tienen”, porque Dios era miseri-cordioso con esa familia (así se escribía en hebreo, Yohanan) y siempre “estaría cerca de ellos” porque era su protector. Además, para los que conocieron a Juan el Evangelista, sabían que Jesús de Nazareth lo identificó siempre muy bien y le puso un sobrenombre, Hijo del Trueno, por su ímpetu juvenil. Para los que difundieron la crónica del Bautista, saben que el nombre significó mucho en su vida, porque fue grande ante el Señor, que lo protegió siempre (de ahí su nombre), no bebió vino ni licor, estaba lleno de un espíritu nuevo, con una misión de vida especial: hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos.

Impecables proyectos de vida de unos niños y niñas de nombre Juan o Juana, que todavía hoy siguen siendo necesarios e imprescindibles.

Poner el nombre

Es grandioso el ser humano. Tiene una historia digna de ser recordada en sus «momentos» más transcendentales. Poner nombre a los seres vivientes fue el punto de partida de una historia mal contada en nuestra infancia. Verán. En el relato de la experiencia humana del pueblo de Israel, que buscaba entenderse a sí mismo, haciéndose las preguntas de siempre: ¿de dónde venimos, hacia dónde vamos y quiénes somos?, que luego sería recogida por el cronista de la época, se citaba como responsabilidad única e irrepetible en el hombre [sentido filosófico del ser humano] la de poner nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo. Y cuando creyó que ya conocía todo sin necesidad de nada y de nadie, tuvo la oportunidad de dar el mejor nombre para la mejor mujer: Eva, porque «era la madre de todos los vivientes».

Casi siempre ha pasado desapercibido este relato bíblico en beneficio de la maléfica manzana o serpiente. Tamaño descuido ha incidido sobremanera en el entendimiento de los nombres, en la despreocupación de sus contenidos, en aras de una simbología de la época. Y hoy día, que todos reclamamos a gritos «llamar a las cosas por su nombre», en expresión popular, tenemos la gran oportunidad de rescatar el sentido primigenio de aquel hombre de la historia. Adán, que gozó de un privilegio que hoy exigimos por derecho propio. Mucho más en los momentos actuales de vanguardismo y progresía mal digerida, donde damos nombre a los niños que vienen en aras de una «moda» o como resultado de la última campaña de la revista para los padres que premia los más originales. Si importante es poner nombre a las cosas, mucho más lo es ponerlo a las personas. Y aquí nos vamos a detener. Hasta hace pocos años, cumplir con el santoral era rito imprescindible que sellaba el ciclo nacimiento, nombre de santo, juzgado, bautizo. María y José han inundado la geografía española en un “alarde” de originalidad. Francisco y Fernando han sido casi siempre de segunda división, necesitaban el guion de la época siempre que daba al nombre compuesto un «orden» preestablecido.

Francisco y José Antonio hay muchos en los años cuarenta. El régimen anterior se cuidaba también de bautizar a los niños de la posguerra. María y José se compraban por veinte duros o «la voluntad» para poner «cristianos» a los niños africanos del «Domund». La preocupación de quedar «moros» era y es una pesadilla para determinadas familias. Muchos padres se han perpetuado a través del nombre de los hijos. Muchos actores, actrices, reyes, futbolistas, toreros, jefes de estado, patronos y patronas se perpetúan a diario en los libros de registro de los Palacios de Justicia. Sin dificultades. Pero una oleada progresista que avanza de forma imparable asalta los juzgados, sobre todo, poniendo nombres que no vienen en el santoral y que se encargan de sugerir el «bautismo» de siempre. No es extraño ver mezclada a Soraya con una «María» que dulcifica el atrevimiento o un Aitor de sobrenombre José. Por no hablar de la «moda» de Iván, Israel, Teseo, Víctor, Antígona, Sonia o la Tamara/Tais de turno, que hacen las delicias del lugar en clave Peñafiel/Hola, Nueva/Ola/«La Revista».

Aunque tengamos que ser respetuosos con la época, no hay más remedio que reconocer que la acción actual de poner nombre a las personas no tiene que ver absolutamente nada con el mandato para Adán. Esa gran oportunidad de hacer de cada nombre un programa (así lo vive el pueblo de Israel), se perdió en los fuegos fatuos de la historia. Nuestros antepasados ponían los nombres a sus hijos de acuerdo con un programa «dialogado» con el Dios de la época, es decir, en los hijos se quería proyectar un deseo compartido por el amor. Si a un niño hebreo se le pone Rafael (en hebreo Rafá-El), no es por agradecimiento al arcángel de moda, sino porque Dios ha sido como una «medicina» para la pareja. Si una niña se llama Ruth, será como homenaje a la amistad de todos. Cada vez que cojamos en brazos, por ejemplo, a Ruth, «nuestra amiga», recordaremos el programa para ella: nos comprometemos en la amistad, no necesitamos sacralizar el nombre. Esas eran las vivencias del pueblo hebreo. Cada nombre un programa, cada hijo/a un proyecto de vida enmarcado en el símbolo de cómo le llamamos.

Nuestra cultura actual vive muy lejos de esta realidad, pero sería importante recuperar estos valores históricos, para encontrar nuevos significados a la creación en general. A mí siempre me ha gustado sobremanera la historia de una pareja bíblica que se plantea el nombre como respuesta a una experiencia de crisis «matrimonial». Elcaná y Ana son la pareja feliz, son capaces de compartir el amor junto con una mujer más, aprobada por el rito de la época: Peninná. Es más, debido a la esterilidad de Ana, Elcaná se vuelca sobre Peninná «porque le da hijos». Ana se esconde por los rincones llorando su esterilidad y Elcaná la busca en el mejor acto de amor de la historia: «No llores mujer, porque mi amor es mejor que diez hijos…» Se unen, conociéndose, naciendo un niño con nombre de agradecimiento, Samuel, que en hebreo significa: «pedido a Dios». El nombre cobra tanta importancia como cumplir posteriormente con el rito: se había pedido un hijo y nace. Todo lo demás refuerza la importancia del acto: hay que llevar en agradecimiento un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino. Para rematar la fiesta, como hacemos por aquí, porque todo es importante en la viña del Señor. Samuel siempre será un acto de afirmación, de fidelidad progresista de una pareja revolucionaria en su época que, entre otras cosas, supo llamar al niño por su «nombre».

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La Gran Tienda… del Mundo

Sing While You Sell (Canta mientras vendes), en Tienda de Locos, 1941

Sevilla, 23/VI/2021

Los hermanos Marx protagonizaron una de sus últimas películas, The Big Store (La Gran Tienda, 1941), conocida aquí en España como “Tienda de locos” (traducción típica y fallida de la época, tanto del título original como de los doblajes), en la que volvieron a hacer de las suyas, pero siempre transmitiendo mensajes subliminales para quien los quisiera comprender en su momento, puesto que si algo está claro en su trayectoria cinematográfica es que sus películas nunca fueron inocentes. Cuando seguimos la estela diaria de Amazon, como representante hoy por excelencia de esa Gran Tienda del Mundo al Revés, cambiando lo que haya que cambiar por la transformación digital de nuestras vidas, quiero resaltar algunas ideas de aquella comedia con tintes dramáticos, casi de novela negra, aunque con aires de un musical de fondo que se puede entrever en la canción “Sing While You Sell”, Canta mientras vendes, en la que vemos a Groucho haciendo una exhibición de sus grandes dotes interpretativas y de baile.

Fue la última película producida por la todopoderosa Metro-Goldwyn-Mayer y la última vez que Groucho Marx y Margaret Dumont, una pareja inolvidable en la historia del cine, aparecieron juntos y en su eterna aventura de amor imposible, como se puede deducir del diálogo siguiente extraído de la película y donde de alguna forma Groucho critica la forma de tratar estos temas por parte del cine oficial de Hollywood, plagado de escenas románticas pero vacías de contenido y con un guiño a la imprescindible libertad personal y de pareja que él preconizaba con sus frases:

Mrs. Martha Phelps (Margaret Dumont): Dime Wolfie, cariño, ¿tendremos una casa maravillosa?

— Wolf J. Flywheel (Groucho Marx): Por supuesto, ¿no estarás pensando en mudarte, verdad?

— Mrs. Phelps: No, pero temo que cuando llevemos un tiempo casados, una hermosa joven aparezca en tu vida y te olvides de mí.

— Flywheel: No seas tonta, te escribiré dos veces por semana.

Ochenta años después, Tienda de locos se debe comprender como una sátira del mundo de los negocios, sin desperdicio alguno: “¿De verdad una mujer de su cultura y dinero, salud y dinero, belleza y dinero, va a casarse con ese impostor?”, donde la doble moral americana que se exportaba al mundo con sus películas, campaba por sus respetos. Sea como fuere Groucho recogió en 1974 un Oscar honorífico de las manos de Jack Lemmon quien dijo que “los hermanos Marx fueron tan revolucionarios en la comedia como Karl Marx lo fue en la filosofía”. Y en su breve agradecimiento, Groucho expresó: “Me gustaría que Harpo y Chico pudieran estar aquí para compartir este gran honor, y también me gustaría que estuviera Margaret Dumont. Era una dama excepcional, a pesar de que nunca entendía mis chistes. Solía decir: “Julius [nombre real de Groucho] ¿De qué se están riendo?” Pero era toda una dama y yo la quería” (1).

Todo lo anterior es una sátira de fondo sobre lo que nos sucede en la actualidad con los Grandes Almacenes. Es verdad que el futuro de las grandes superficies (Big Stores) ya no es lo que era y no serán lo que son en la actualidad. ¿Está preparada la sociedad española para este cambio vertiginoso de paradigma de consumo? ¡Que tiemble El Corte Inglés, piensan los más atrevidos! (digitalmente hablando), porque su futuro ya no es lo que era. Amazon comenzó a ensayar en 2017, en Estados Unidos, una experiencia consistente en compra acumulada de ropa y otros bienes domésticos, con objeto de que te lo puedas probar todo en casa, cómodamente, y devolver aquello que no te guste, aunque premiará con descuentos suplementarios sobre el precio de lo comprado en función del número de bienes que al final adquieras. Si se envía una foto actualizada a Amazon, sus máquinas inteligentes te visten de la forma que tú eliges, aconsejándote sobre otras alternativas que pueden mejorar tu imagen.

Al final, en un mundo al revés, podríamos montar también un musical con una canción que llevara por título “Canta mientras compras”. Todo se andará. Al tiempo, digital por supuesto.

(1) La viuda y el vividor: El amor deconstruido según Margaret Dumont y Groucho Marx – Coencuentros

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