Ayer se celebró el centenario del estreno en Nueva York de El chico (The Kid), una película muda inolvidable, autobiográfica en su fondo argumental, que no necesitaba palabra alguna para comprender su guion lleno de encanto, magia, sentimientos y emociones, en la que Charles Chaplin desempeñó todos los papeles posibles: actor, director, guionista, productor y director de montaje, acompañado por un actor infantil, Jackie Coogan, que nos ofreció planos llenos de pícara ternura. En el cartel oficial de la película figuraba de forma destacada una frase: “Seis rollos de alegría”, porque técnicamente se triplicaba por primera vez el metraje habitual con dos rollos, lo que permitía una duración de 68 minutos.
Recordando este acontecimiento cinematográfico, que marcó hace cien años un hito en la historia del cine, se ha estrenado de nuevo la película en una versión remasterizada y adaptada a la tecnología 4K, producción que se ha llevado a cabo en Italia. Según el biógrafo de Chaplin, Jeffrey Vance, “El chico” permanece “como una importante contribución al arte del cine, no solo por el innovador uso de secuencias dramáticas en un largometraje cómico, sino por lo que revela de su creador. Sin duda, cuando Chaplin define la cinta en su inicio como “Una película con una sonrisa y, puede, alguna lágrima”, tiene su credo artístico, y vital, en mente”.
Un guion. aparentemente simple, tragicómico, de un niño abandonado que es recogido y atendido por un vagabundo que, finalmente, vuelve a reencontrarse con su madre después que lo abandonara en un coche de una familia adinerada. Chaplin lanzó mensajes no inocentes en la película, recordando ahora el momento de la salida del hospital al dar a luz la madre de John, el chico, como un grito reivindicativo a la sociedad americana tan dual y puritana, a través de las clásicas escenas de texto en el metraje: «La mujer cuyo pecado era ser madre» o el comportamiento despiadado de los servicios sociales americanos de la época al arrancarle al niño de su protección al ser un vagabundo, aunque sale victorioso de tal situación.
Chaplin ha sido siempre un compañero del gran viaje de mi vida. Escribí en este cuaderno digital, tiempo atrás, que cuando era pequeño me emocionaban las dos palabras inglesas, The End, que aparecían siempre en los últimos planos de las películas de sesión continua, en los cines refrigerados del ferragosto madrileño. Fue especial el día de Candilejas, porque Chaplin era un ídolo de mi vida en el barrio Salamanca, para un niño del Sur que soñaba con su tierra de origen, viviendo el discreto encanto de la burguesía, tan lejana de la ternura triste de Charlot, de los cómicos, como el que representaba el payaso Calvero en aquella hermosa película. También, el de El chico, con un mensaje que debido a mi corta edad me situaba más cerca del niño John en su experiencia vital al vivir separado de su madre.
Todas las películas tienen un final (es lo que tienen de malo…), pero la vida sigue dispuesta a ofrecernos siempre miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos para volver a verlas como en el caso de “El chico”, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro. El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos. Descansar es, a veces, despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, porque es legítimo que así sea.
Como en el campo, los sueños realizados son solo para quienes los trabajan. Como los de Charlot o Chaplin, protegiendo a John, El chico, escuchando ahora la canción final de la película, Dreamland o El Fin, como finalizaban las mejores películas de nuestra infancia.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Siendo justos y benéficos, incluso saludables en el sentido más profundo de la palabra, hay que reconocer que en el ámbito de la dependencia este país ha dado pasos de gran interés y beneficio social a través de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en situación de Dependencia (LAPAD), pero es justo señalar también las carencias actuales, agravadas por la situación de la Covid-19, como explicaré a continuación basándome en estadísticas oficiales hasta el 31 de diciembre de 2020.
Como facilito los enlaces a los extensos documentos citados, sólo quiero resaltar algunas realidades tercas que se pueden deducir de los datos entregados a la sociedad para su análisis, recomendando siempre acudir a las fuentes que se citan para contrastar los datos en su fondo y forma, sin interpretaciones personales previas que los puedan contaminar.
Entre marzo y noviembre de 2020 se observa un exceso de mortalidad de 45.665 personas en el SAAD (incremento del 31,8% de la esperada) afectando a un 2,40% del total de solicitantes del SAAD.
Por rangos de edad, el 82,0% de las personas fallecidas en exceso tenía 80 o más años (37.445 personas).
El exceso de mortalidad en las mujeres con solicitud de dependencia durante el periodo marzo-noviembre de 2020 (32,2%) fue ligeramente superior al de los hombres en todos los grupos de edad (31,2%).
Del 1.748.292 de personas que contaban con valoración de dependencia en marzo (con o sin grado de dependencia) se han observado entre marzo y noviembre un total de 42.407 fallecimientos en exceso (2,43% sobre el total). El mayor impacto se observa en las personas con grado II [dependencia severa], con un 34,6% de exceso de fallecimientos (13.366), seguido de las personas con grado III [gran dependencia], con un 34,1% de exceso de fallecimientos (19.310) y el menor en las personas valoradas sin grado de dependencia, con un 25,8% de exceso de fallecimientos (3.094).
Del total de personas dependientes atendidas con servicios o prestaciones se observa un exceso de fallecimientos de 40.250 entre marzo y noviembre de 2020 (3,59% del total de personas atendidas).
Se observa un impacto muy elevado en la mortalidad excesiva en personas con atención en residencia, con un exceso de fallecimientos de 22.718 personas (9,12% del total de personas dependientes atendidas en residencia). Si bien destaca que dicho exceso se concentró en los meses de marzo-mayo, mientras que en junio-septiembre y noviembre el exceso de mortalidad fue similar independientemente del lugar de la prestación, y en octubre el comportamiento fue contrario ya que el exceso de mortalidad en personas con atención en residencia fue inferior que en apoyo en el domicilio.
Entre las personas atendidas con apoyos domiciliarios también se dieron excesos en fallecimientos en el periodo marzo-noviembre con 17.612 fallecidos en exceso sobre un total de 872.358 de personas atendidas en marzo (2,02%), si bien con un impacto mucho menor en los meses de marzo-mayo que en residencias. En cambio, destaca el incremento del exceso de mortalidad en personas con apoyo domiciliario en el mes de octubre.
Por tipo de servicio o prestación domiciliaria, en personas con cuidados no profesionales en el entorno familiar el exceso de fallecimientos fue de 6.073 personas (1,41% sobre el total de atendidos con estos cuidados) mientras que en personas dependientes con servicios de proximidad (ayuda a domicilio, centro de día…) los fallecidos en exceso fueron 11.539 personas (un 2,62% sobre el total).
Por territorios, las mortalidades observadas en personas dependientes tienen una enorme variabilidad. La tasa de fallecimientos observados en personas atendidas en el conjunto nacional se sitúa en 117 por cada 1.000 para el periodo marzo-noviembre, si bien en la Comunidad Foral de Navarra, Castilla La Mancha, Aragón, Cataluña y la Comunidad de Madrid, se superan los 137 fallecidos por cada 1.000 atendidos mientras que en La Rioja y Melilla no alcanzan los 74 fallecidos/1.000. Es evidente que hay que contemplar la correlación entre el ataque sufrido por la COVID-19 en la oleada marzo-noviembre por territorios y las mortalidades observadas y sus excesos en el SAAD.
Estos datos nos llevan a deducir que la COVID-19 ha tenido un gravísimo impacto en las personas mayores, tanto en residencias como en domicilios, dato a tener muy en cuenta en el análisis del tiempo en que han ocurrido los fallecimientos, fijados en el correspondiente a la primera y segunda ola, respectivamente, con un impacto fundamental en los mayores de 80 años: “De las 130.118 personas beneficiarias con prestación de dependencia fallecidas en marzo-noviembre de 2020, 108.795 tenían 80 años o más (33.305 personas fallecidas más de los esperado, un exceso de mortalidad del 43,5%), 16.659 estaban en el grupo de edad de 65 a 79 años (5.564 personas más de lo esperado, un exceso de mortalidad del 49,3%) y 4.664 eran menores de 65 años (1.382 personas más de lo esperado, un exceso de mortalidad del 39,4%)”.
De la prolija información de la que se dispone, el fondo de la cuestión es el verdaderamente importante ante una pregunta inquietante. ¿están funcionando correctamente las residencias de personas mayores? y su correlato, ¿están funcionado correctamente estas residencias durante la pandemia?, junto a otra preguntas importantes desde el punto de vista de la responsabilidad del Estado: ¿son adecuadas las condiciones de habitabilidad de personas mayores en sus domicilios? Ya se sabe que la Fiscalía ha abierto expedientes en relación con la atención que han recibido las personas mayores en las residencias durante la pandemia, siendo de una gran dificultad llegar a conocer con exactitud las condiciones de atención familiar y profesional de las personas con dependencia en sus domicilios. Creo que aquí está el nudo gordiano de esta reflexión y donde el Estado tiene una responsabilidad directa sobre lo ocurrido. En relación con las Residencias, cuidar su situación con una evaluación continua más que en una inspección coercitiva e igualmente en la inspección en relación con la situación en los domicilios, sobre todo cuando se reciben ayudas amparadas en la llamada Ley de la Dependencia.
Un dato que refleja la situación en relación con la demora en las valoraciones de las solicitudes de dependencia se refleja en la siguiente aportación en el informe (véase el cuadro adjunto): “[…] de las 185.837 personas con solicitud de dependencia que fallecieron en el periodo[marzo-noviembre 2020], 170.514 (el 91,8%) ya contaban con una resolución de grado de dependencia, mientras que 15.323 (el 8,2%) estaban pendientes de una resolución de grado”, es decir, 15.323 mayores de 65 años fallecieron antes de que se les reconociera o no el derecho solicitado.
También es importante conocer los tipos de prestación con mayor exceso de mortalidad en el periodo marzo-noviembre de 2020, que se distribuye de la siguiente forma de acuerdo con la regulación establecida: “la prestación económica vinculada al servicio (un exceso de mortalidad del 84,9%, con 14.181 prestaciones de personas beneficiarias más de lo esperado), la promoción de la autonomía personal y prevención de la dependencia (un exceso del 79,5%, con 2.974 prestaciones más), la atención residencial (un exceso de mortalidad del 56,7%, con 12.923 prestaciones más de lo esperado), y los centros de día/noche (un exceso del 48,0%, con 1.826 prestaciones más de lo esperado. En concreto, de las prestaciones económicas vinculadas al servicio, las que registraron un mayor exceso de mortalidad fueron la prestación económica vinculada al servicio de teleasistencia (un exceso del 226,3%, pero con sólo 14 prestaciones más de lo esperado), la prestación económica vinculada al servicio de promoción de la autonomía personal y prevención de la dependencia (exceso del 126,4%, con 401 prestaciones más de lo esperado), la prestación económica vinculada al servicio de centro de día/noche (exceso del 87,9%, con 1.505 prestaciones más de lo esperado)”.
Aporto también un gráfico para la reflexión de lo ocurrido en el ámbito de la dependencia en el Estado de las Autonomías, porque las cifras también deben llevarnos a una reflexión profunda sobre lo ocurrido, sobre todo por los cambios espectaculares entre las primera y segunda ola de la pandemia: “[…] las CCAA con un exceso de mortalidad en las personas con solicitud de dependencia superior a la media en el mes de noviembre (16,7%) han sido Aragón (46,0%), Castilla y León (37,4%), el Principado de Asturias (34,4%), Andalucía (25,9%) y la Región de Murcia (24,5%), así como Melilla (79,1%) y Ceuta (82,2%). En cambio, las CCAA con un exceso de mortalidad en las personas con solicitud de dependencia inferior en el mes de noviembre han sido la Comunidad de Madrid (0,0%), Canarias (3,9%) y Extremadura (5,4%)”.
Ante todo lo expuesto anteriormente, se desprende del informe la urgente necesidad de evaluación de lo ocurrido, con objeto de que el Estado tome con urgencia legal, económica, evaluadora, ética y pública las medidas necesarias para erradicar las situaciones de gran vulnerabilidad que se ha observado en el tiempo transcurrido y donde los datos pueden ayudar a esclarecer la situación y devolver la dignidad necesaria a las personas mayores que pueden verse afectadas por su situación tan precaria en muchas residencias y domicilios del país. Sirvan estas palabras como acicate para corresponsabilizarnos todos en la llamada de atención al Estado sobre la situación actual de las personas mayores.
También, aporto otra información relevante sobre la situación a 31 de diciembre de 2020, de las personas beneficiarias y pendientes de recibir prestación amparada por la Ley de Dependencia, con unas variaciones asombrosas por Comunidad Autónoma en los tres grados explicados anteriormente, que se pueden observar en el gráfico siguiente y que arrojan cifras muy preocupantes desde el punto de vista de la equidad en estas prestaciones a nivel de Estado, siendo los afectados, mayoritariamente, personas mayores:
Grado I (dependencia moderada): hay 135.892 personas pendientes de recibir prestación del Grado I, lo que supone un 28,70% del total de las personas beneficiarias de Grado I.
Grados II (dependencia severa) y III (gran dependencia): hay un total de 96.351 personas de los Grados III y II pendientes de recibir prestación, esto es un 10,91% de las personas, de estos Grados, que ya han sido declaradas con derecho a servicio o prestación.
Vuelvo a mi rincón de pensar y a leer detenidamente un documento que recomiendo de principio a fin, Las personas mayores en España. Informe 2016 (el último publicado en las series bianuales), también facilitado por la Administración Pública (Imserso) a la que tanto respeto, porque una de nuestras obligaciones como ciudadanos es emitir juicios bien informados, dado que la transparencia pública de la información veraz es donde radica el gran secreto de la evaluación pública y personal, como es ahora mi caso. Espero con la ardiente impaciencia aprendida de Neruda que nuestros gobernantes trabajen sin descanso sobre un Pacto de Estado de Atención Integral a las Personas Mayores, en beneficio de todos pero, sobre todo, de los que más están sufriendo en la pandemia en su pasado, presente y futuro si no se pone antes remedio público: las personas mayores. Lo decía en mi artículo anterior de esta serie: “Es alarmante constatar que todavía no se sabe a ciencia cierta el número de víctimas mortales que el coronavirus ha dejado en las aproximadamente 5.457 residencias de ancianos españolas, ya sean públicas, concertadas o privadas. Creo que ha llegado el momento, por transparencia y dignidad pública, que se sepa la verdad de lo ocurrido desde el principio de la pandemia hasta el momento actual, a la mayor brevedad ética posible”.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Hoy se cumple el 54 aniversario de la ausencia, en este mundo complejo y difícil, de una mujer extraordinaria, Violeta Parra, que siempre recuerdo en una canción grabada en mi persona de secreto, desde que era niño, pensaba como niño y actuaba como niño, porque daba gracias a la vida por sus dos luceros, por el oído, el sonido, el abecedario, sus pies cansados, el corazón, la risa, el llanto:
Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me dio dos luceros que, cuando los abro, Perfecto distingo lo negro del blanco, Y en el alto cielo su fondo estrellado Y en las multitudes el hombre que yo amo.
Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me ha dado el oído que, en todo su ancho, Graba noche y día grillos y canarios; Martillos, turbinas, ladridos, chubascos, Y la voz tan tierna de mi bien amado.
Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me ha dado el sonido y el abecedario, Con él las palabras que pienso y declaro: Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando La ruta del alma del que estoy amando.
Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me ha dado la marcha de mis pies cansados; Con ellos anduve ciudades y charcos, Playas y desiertos, montañas y llanos, Y la casa tuya, tu calle y tu patio.
Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me dio el corazón que agita su marco Cuando miro el fruto del cerebro humano; Cuando miro el bueno tan lejos del malo, Cuando miro el fondo de tus ojos claros.
Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me ha dado la risa y me ha dado el llanto. Así yo distingo dicha de quebranto, Los dos materiales que forman mi canto, Y el canto de ustedes que es el mismo canto Y el canto de todos, que es mi propio canto.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Comprendo más que nunca que un día le dedicara su hermano Nicanor estas hermosas palabras:
Pero yo no confío en las palabras ¿Por qué no te levantas de la tumba A cantar a bailar a navegar En tu guitarra?
Cántame una canción inolvidable Una canción que no termine nunca Una canción no más una canción Es lo que pido.
Violeta y Nicanor Parra nos enseñaron que el compromiso social también se podía llevar a cabo a través del canto y de las palabras, porque Violeta era cantora para ilusionar y ayudar a los demás, sobre todo a los que menos tienen (Facundo Cabral afirmaba que cantante es el que puede cantar, mientras que cantor es el que debe cantar) y Nicanor sabía que llegaría el día en que se pararía la montaña rusa de su poesía, enseñándonos que las palabras de compromiso humano tienen la urgencia social dentro: “Yo me preguntaba por qué cresta los poetas hablaban de una forma y escribían de otra. ¿Por qué utilizan esa jerga que se llama lenguaje poético y que no tiene nada que ver con el lenguaje de la realidad?”. Lo resolvió con un poema inolvidable:
Durante medio siglo La poesía fue El paraíso del tonto solemne. Hasta que vine yo Y me instalé con mi montaña rusa.
Sólo cuando los dos hermanos, Violeta y Nicanor, ya no pueden interpretar directamente sus poemas y canciones, les reconocemos hoy que hemos aprendido de su testimonio vital y que hay que mantenerlas vivas, transmitiendo la cruda realidad, sin palabras artificiales, recurriendo sin descanso a sus palabras con la imaginación más bella, para que no terminen ni se olviden nunca, porque todavía van y vienen por la vida de todos, por la de secreto. Poniendo música a la persona imaginaria de Nicanor, su hermano del alma, a la que a todos nos gustaría copiar algún día:
El hombre imaginario vive en una mansión imaginaria rodeada de árboles imaginarios a la orilla de un río imaginario
De los muros que son imaginarios penden antiguos cuadros imaginarios irreparables grietas imaginarias que representan hechos imaginarios ocurridos en mundos imaginarios en lugares y tiempos imaginarios
Todas las tardes imaginarias sube las escaleras imaginarias y se asoma al balcón imaginario a mirar el paisaje imaginario que consiste en un valle imaginario circundado de cerros imaginarios
Sombras imaginarias vienen por el camino imaginario entonando canciones imaginarias a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria sueña con la mujer imaginaria que le brindó su amor imaginario vuelve a sentir ese mismo dolor ese mismo placer imaginario y vuelve a palpitar el corazón del hombre imaginario
Hoy, gracias a Violeta Parra, en plena crisis del coronavirus, me permito recordar con ella, como persona imaginaria en un sueño muy especial, que debo estar muy agradecido a la vida, sobre todo porque me permite escribir con alma, porque… ¡me ha dado tanto!: el sonido, el abecedario y con él las palabras que hoy pienso y declaro. También, la familia y los amigos y amigas, junto con la luz necesaria, en este tiempo tan difícil, para alumbrar la ruta del alma de las personas a las que tanto amo, aunque esté ahora rodeado de dichas y quebrantos, los dos materiales que forman mi canto, y el canto de ustedes que es el mismo canto, el canto de todos, que es mi propio canto.
Al igual que hizo su hermano Nicanor, hoy he recordado a Violeta en una sola canción, una canción inolvidable, que no termina nunca.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Te marchaste sin decirnos adiós / Yo sé que tú no pudiste decirnos adiós / ¿No sabes tú que tampoco / nosotros hemos podido / decirte adiós? / Tiempos malditos y tristes / en los que hasta un triste adiós / hay sombras que lo prohíben.
Rafael Alberti, Canción 55, Baladas y canciones del Paraná (1953-1954)
“Preferiría no hacerlo”, era la frase icónica de Bartleby, el escribiente. Siento ahora la misma sensación al abordar la página en blanco sobre un asunto que me ocupa y pre-ocupa, así, con guion. Se trata de la situación social de las personas mayores en nuestro país, no sólo por la covid-19, sino por otras dos realidades que vivimos día a día: la larga y extensa espera en las listas del reconocimiento público de la dependencia y los millones de pensionistas que malviven con una pensión exigua para sus necesidades diarias. Se une a esta situación una actitud ética, personal y quizá transferible que radica en no participar de los silencios cómplices, por tierra, mar y aire, políticos y sociales, tan característicos de este país.
En este sentido, nuestro país no goza de buena salud política y social en relación con los mayores, visto lo visto con la pandemia y aunque suene muy fuerte decirlo así, de forma tan concisa y abrupta. Es verdad que se han logrado avances significativos en relación con la situación de partida desde la transición, pero creo que no nos deberíamos conformar con lo conseguido porque las tres realidades enunciadas anteriormente nos dejan, a algunas personas, helado el corazón. El conformismo hace estragos allí donde nace, se desarrolla y muere, porque se instala en el confort de los tibios y tristes, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa de las personas mayores está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa?
Hoy me centro en el impacto de la cosa de la pandemia en las personas mayores. Las cifras actuales dan pánico, son tercas y debemos acudir a ellas para no cometer errores en este planteamiento. En tal sentido, recojo los datos que ofrece el Informe nº 63. Situación de COVID-19 en España. Casos diagnosticados a partir 10 de mayo Informe COVID-19, elaborado por la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (RENAVE) y publicado por el Instituto de Salud Carlos III. Son datos actualizados desde 10 de mayo de 2020 a 27 de enero de este año. Es importante reseñar que la fecha de 10 de mayo no es aleatoria sino el resultado de la entrada en vigor, a partir del 11 de mayo de 2020, de la nueva Estrategia de Vigilancia y Control en la fase de transición de la pandemia de COVID-19, que propició un cambio en la notificación de las CCAA al Ministerio de Sanidad, simplificando la encuesta epidemiológica a cumplimentar por las citadas CCAA, para hacerla más ágil.
Atendiendo las observaciones finales del informe, recojo algunas de ellas a continuación (en cursiva) con un planteamiento secuencial que no es el del informe, pero que me parece demostrativo de lo que está ocurriendo en esta tercera ola, con un total estadístico digno de mención: “En el análisis de los casos notificados a la RENAVE con fecha de diagnóstico posterior al 10 de mayo, y hasta las 15:30 h del 27 de enero de 2021, se identifican 2.435.880 casos de COVID-19 en España. Un 5,7% de los casos han sido hospitalizados, un 0,5% han sido admitidos en UCI y un 1,1% han fallecido”:
1. La mayor proporción de casos de COVID-19 se producen en el grupo de 15 a 59 años (66% del total), siendo el grupo de 15-29 años el más representado, con un 20.5% de los casos. Se confirma que el comportamiento de los jóvenes ha sido crucial en esta etapa tan desfavorable, otra vez, para los mayores, siendo evidente en el cruce con el ámbito de posible exposición, el entorno domiciliario, que se ha convertido en el principal foco de contagio. Miles de jóvenes han vuelto a sus casas después de salidas descontroladas e irresponsables.
2. El porcentaje de hospitalizaciones y defunciones con COVID-19 aumenta con la edad, alcanzando un 26% y 11.1% en mayores de 79 años, respectivamente. Es evidente el impacto del contagio y sus consecuencias directas, de nuevo, en las personas mayores.
3. A nivel nacional, entre las semanas 01/2021 (4 – 10 de enero) y 02/2021 (11 – 17 de enero), la incidencia semanal acumulada de COVID-19 aumenta un 26%. El mayor ascenso se produce en los menores de 15 años (53%) y en los mayores de 80 años (41%). Es evidente que la cruzada de salvación nacional de puentes, navidades, año nuevo y reyes, han propiciado estas cifras, si tenemos en cuenta el informe anterior como ejemplo de esta trazabilidad: “A nivel nacional, entre las semanas 53/2020 (28 de diciembre – 3 de enero) y 01/2021 (4 – 10 de enero), la incidencia semanal acumulada de COVID-19 aumenta un 60%, y entre las semanas 01/2021 y 02/2021 (11-17 de enero) el aumento es de al menos un 9%. Entre las semanas 53/2020 y 01/2021, el ascenso es igual o superior al 50% en todos los grupos de edad. El mayor ascenso se produce en los grupos de 15-29 años y de 50-59 años, con un incremento del 65%”.
4. Con respecto a la distribución por sexo y edad de la población española, los casos de COVID-19, están sobrerrepresentados en los hombres de 15-34 años, en mujeres de 15-54 años y en mayores de 84 años para ambos sexos, especialmente en mujeres. Otra vez sorprende la edad de la población afectada, a diferencia de la primera ola.
5. Un 35,7% no refería contacto conocido con un caso diagnosticado de COVID-19, porcentaje que asciende al 38,8% al restringir el análisis a las últimas tres semanas epidemiológicas. El rastreo ha brillado por su ausencia y aunque se recoja esta cifra como dato objetivo, es obvio pensar que los comportamientos que hemos visto en varios tramos de edad no eran los propicios para una fiabilidad absoluta en lo comunicado a los profesionales sanitarios, simplemente porque las grandes aglomeraciones eran un vector clarísimo de contagio.
6. El ámbito más frecuente de exposición se da en el entorno del domicilio (34,7%). Este dato es muy difuso y confuso, atendiendo a la clasificación que figura en el informe bajo el descriptor, “Ámbito de posible exposición”, en el que los centros sociosanitarios, como podrían ser las residencias de mayores, sólo registran un 3,0 por ciento de los casos, siendo muy desconcertante el epígrafe de “Otros”, con un segundo porcentaje más elevado, el 10,3 del total, ocupando el “Laboral” el tercer puesto con un 5,6 por ciento del total. La conclusión primera más importante es que la vuelta a casa por el puente de la Inmaculada y las fiestas de Navidad ha sido letal para la pandemia.
Del análisis completo del documento se desprende una conclusión muy dura: el 50 por ciento de todas las personas ingresadas han sido personas con más de 70 años, una cifra de distancia clamorosa sobre casi el 3 por ciento de los más jóvenes. Estas cifras se agravan porque el 34 por ciento tuvieron que ser ingresados en UCI, teniendo en cuenta que las personas de entre 70 y 79 años fueron en torno al 27% y las mayores de 80 alrededor del 7. El resultado final ha sido que el 85 por ciento de los 27.781 fallecidos, han sido personas mayores de 70 años. Andalucía ha registrado un total de 4.653 personas fallecidas, siendo la Comunidad que ha registrado el porcentaje más alto del país.
Cuando escuchamos a diario las cifras de fallecimientos de las personas fallecidas por la Covid-19, en general, experimentamos dolor, sabiendo que son días de lágrimas para las familias que han sufrido la terrible ausencia de sus parientes más cercanos, personas mayores en un porcentaje muy alto, dejando abiertas las creencias de cada uno en este momento de duelo para comprender el día después de la forma más humana posible. También, días muy dolorosos para los profesionales sanitarios que los han atendido de forma heroica hasta el último suspiro en su silencio y soledad acompañada. Decía Alberti en el prólogo del libro que recoge la canción citada en el encabezamiento de estas líneas, entre otras cosas, que “[…] como por transparencia, entrelazados al río y raro paisaje que las provocan, se ven latir en ellas todos los años de dolor y nostalgia que andan dentro de mí, al mismo ritmo de la sangre; porque yo no podré cantar ya nunca dividiendo en dos partes el correr de mi vida; aquí, de este lado, lo sereno, luminoso, optimista, y de este otro, lo dramático, oscuro, triste, todo lo señalado por los signos crueles de mi tiempo. Por esta causa son así, no de otro modo”. Me ocurre hoy lo mismo. No puedo estar tan tranquilo con lo que está sucediendo aunque yo esté del lado de los no afectados, porque al escribir hoy siento el dolor de lo que está ocurriendo y no puedo escribir solo sobre lo sereno, luminoso u optimista, porque estas ausencias me llegan a lo más profundo de mi corazón.
Queda mucho por analizar y por hacer a través de una evaluación continua, pública, transparente y responsable de lo que está sucediendo. Recuerdo en este momento a Benedetti porque escribió en Testigo de uno mismo (1) un soneto del pensamiento, algo precioso que leyéndolo de nuevo me ha pre-ocupado (así, de nuevo con guion), en mi persona de secreto, sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa del coronavirus? lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Sur, que también existe. Más adelante, en el mismo soneto, dice Benedetti: la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío. Quizás, tampoco de coronavirus. Es verdad, porque el conformismo lleva a un electroencefalograma plano de la inteligencia que inhibe para tomar conciencia de lo que está sucediendo con las personas mayores. Lo que ocurre es que cuando se decide salir del conformismo que nos invade, el pensamiento, acostumbrado al vacío, huye de ángeles y tahúres y busca desesperadamente la noche, para pensar en lo que está pasando, a troche y moche. Es lo que me ha ocurrido hoy al recordar a las personas mayores, mis compañeros actuales de viaje, pero confieso que necesito ver la luz del día.
Lo decía en tiempos de la primera ola de la pandemia y en esta tercera estamos viviendo otra vez los estragos de un tsunami de contagio y propagación de una enfermedad letal y desconocida todavía en su alcance actual de mutaciones, aunque no en su base científica. En este desconcierto mundial nos queda la palabra y hoy quiero dedicarla a estas personas que han fallecido sin que hayamos podido decirles adiós, porque no me quiero quedar callado como si no estuviera pasando nada, porque está pasando y lo estamos escuchando y viendo, tal y como se puede refrendar en los informes oficiales del Ministerio de Sanidad, acercándome a los familiares y personas más llegadas de los ausentes, en silencio no cómplice y a través de la palabra que aún me queda. También, para reivindicar con todas mis fuerzas que el mejor homenaje que podemos hacerles hoy, más allá de banderas a media asta, corbatas y trajes negros, crespones también negros y funerales de Estado o panegíricos diversos, tan lejanos ya porque ahora sólo son cifras, es urgir a nuestros gobernantes para que se trabaje sin descanso sobre un Pacto de Estado de Atención Integral a las Personas Mayores. Es alarmante constatar que todavía no se sabe a ciencia cierta el número de víctimas mortales que el coronavirus ha dejado en las aproximadamente 5.457 residencias de ancianos españolas, ya sean públicas, concertadas o privadas. Creo que ha llegado el momento, por transparencia y dignidad pública, que se sepa la verdad de lo ocurrido desde el principio de la pandemia hasta el momento actual, a la mayor brevedad ética posible. La evaluación de carácter público proporciona siempre juicios bien informados para que el Pacto de Estado de Atención Integral a las Personas Mayores sea una realidad próxima en beneficio de todos pero, sobre todo, de los que más están sufriendo en la pandemia en su pasado, presente y futuro.
(1) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Febrero es un mes de marcada historia romana, que debe su nombre a Februa (Februario), mes en el que se celebraba el festival Februalia, exactamente el día 15, dedicado a la purificación personal para expiar las equivocaciones humanas, tratadas siempre de forma errónea, con perdón, como “pecados” y sus consecuencias, en el que respetando la mitología etrusca se adoraba también al dios Februus, dios de la muerte y la purificación, aunque los etruscos lo denominaron Febris, dios de la malaria y de la fiebre. Este festival se celebraba al mismo tiempo que las Lupercales en honor a Fauno, que según fuentes históricas diversas compartía la deidad con Februus. Se incorporó este mes durante el reinado de Numa Pompilio, segundo rey de Roma (716 a.C. a 674 a.C.). Para Roma era un mes muy importante porque las Lupercales se celebraban en honor a Fauno y la famosa loba Luperca que amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de Roma.
¿Qué aporta esta referencia histórica al mes que comienza hoy? Fundamentalmente, sabiendo leer la historia entre líneas, es una oportunidad para reflexionar y purificar el alma, llenándola de refuerzos positivos. Hace un año, lo traducía a una reflexión en la que resaltaba la importancia de “llenarse de febrero”, tal y como me lo enseñó un día ya lejano el poeta Ángel González (1):
[…] Un hombre lleno de febrero, ávido de domingos luminosos, caminando hacia marzo paso a paso, hacia el marzo del viento y de los rojos horizontes —y la reciente primavera ya en la frontera del abril lluvioso… […]
Él vivió esa experiencia en Madrid, en 1954, como un hombre solo en un “áspero mundo”. El problema es que en Sevilla, en 2021, también me encuentro solo, a veces, en un mundo diseñado por el enemigo, como aprendí a definirlo en su día del poeta Juan Cobos Wilkins. Las circunstancias actuales en relación con la pandemia nos crean desasosiego y necesitamos encontrar paz interior. Sigo leyendo a Ángel González para salir de este mar de dudas existenciales y creo que me da un salvoconducto para transitar por días venideros caminando hacia marzo, hacia el calendario completo, paso a paso:
[…] —Más tarde vendrá mayo y luego junio, y después julio y, al final, agosto—.
Un hombre con un año para nada delante de su hastío para todo.
Al igual que el año pasado a la altura de este primitivo calendario romano, en el que febrero era el último mes del año, quiero pensar de nuevo que tengo por delante un mes y un año para todo, aunque me pese mucho el hastío para nada que suelo vivir en lo más profundo de mi ser, porque soy un optimista bien informado que, sinceramente, no es más que la forma de convivir a diario con la razón de ser y estar en un mundo muy complejo, en lo más íntimo de mi propia intimidad, un pesimista existencial, tal y como lo aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Benedetti (2) en 1999: Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. Entre pesimismo y optimismo, la duda está servida al comenzar la purificación de febrero y llenarnos de este mes. Esa es la cuestión.
Purificamos el alma en el silencio de la lectura de estos versos de Ángel González. Además, cuando la lectura cuida el alma, suele estar acompañada siempre del silencio, del arte de callar, en la clave preciosa que un día aprendí de Joseph Antoine de Dinouart, en un libro muy cuidado (3) sobre este arte tan peculiar, el de callar, donde todo el secreto se encierra, como ocurre con los mandamientos, en un gran principio primero: solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Mientras…, leo para cuidar el alma, siendo el motivo principal de por qué se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento, en tiempos de silencio, de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer la vida siendo mayores, porque la realidad amarga es que muchas veces no lo sabemos hacer en momentos transcendentales de nuestra vida.
Quizá podamos hacerlo ahora, en este mes de febrero tan especial, callado y perfecto. Sobre todo, para que no enfermemos del alma, pero sí purificarla y llenarnos de ella, sabiendo que nuestros antepasados le dieron un sentido muy especial a un mes que nos preparaba para una nueva vida.
(1) González A. Palabra sobre palabra. Barcelona: Planeta (Seix Barral), 2018 (6ª imp.), p. 16.
(2) Benedetti M. Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.
(3) Dinouart, Joseph Antoine (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ella [la escritura] sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu.
Platón, Fedro, 274c-277a
Irene Vallejo, la autora de El infinito en un junco, dice en un capítulo dedicado a la piel de los libros que “Nuestra piel es una gran página en blanco; el cuerpo, un libro”. Yo agregaría que las manos son el marcapáginas de la vida, que contienen páginas escritas por el tiempo: “El tiempo va escribiendo poco a poco su historia en las caras, en los brazos, en los vientres, en los sexos, en las piernas”; también, en las manos: “Recién llegados al mundo, nos imprimen en la tripa una gran “O”, el ombligo. Después van apareciendo lentamente otras letras. Las líneas de la mano. Las pecas, como punto y aparte. Las tachaduras que dejan los médicos cuando abren la carne y luego la cosen. Con el paso de los años, las cicatrices, las arrugas, las manchas y las ramificaciones varicosas trazan las sílabas que marcan una vida (1).
Cuando observo mi mano, arrugada ya por el paso del tiempo, apoyada sobre las páginas de un libro a modo de marcapáginas transitorio, ordenando la lectura, traigo a mi memoria las primeras experiencias de ella en el arte de escribir. Mi maestra, Dª Antonia, me enseñó caligrafía con palillero azul y plumillas de diferentes calidades y formas. Aprendí a escribir en la pizarra con tiza y borrador, caligrafía inglesa por supuesto, llenando cuadernos de “Diario” con letras artísticas de redondilla y gótica -con tinta negra muy aguada que preparaba el Director de mi Colegio, D. Enrique, en botellas de litro que volcaba en tinteros de porcelana blanca alojados en mi banca- adornadas con grecas imposibles que hacía sobre aquél papel cuadriculado de los cuadernos Rubio. Aquellas maravillosas clases me enseñaron algo importante: escribir lo que copiaba o sentía, transmitiéndolo con el pulso de mi mano, a mantener una forma de expresarme con trazados bellos, que es lo que significaba la caligrafía, palabra que sólo comprendí años más tarde, cuando la cuidaba en las ocasiones especiales que me enseñó Dª Antonia.
Mi mano, cogida de la mano del tiempo, siempre prefirió los manuscritos desde aquellas preciosas aventuras con Doña Antonia. Es verdad que “El manuscrito tiene una característica evidente, comparado con la máquina de escribir o la pantalla: la individualidad. La letra de una persona es algo exclusivo, como sabe bien el amante que reconoce ya desde el sobre una carta de su amada…” (2). Es lo que probablemente intentó explicarnos García Márquez sobre el realismo mágico de sus palabras manuscritas, aunque él las escribiera con una máquina de escribir clásica que superaba con creces la letra creada por la bola de tungsteno de su bolígrafo BIC de turno. Pero éste probablemente estaba allí, muy pendiente de su mano creadora, aunque arrugada probablemente por el tiempo. Como de la carta comunicando la pensión al coronel Buendía, que tanto esperó, mucho menos importante que lo que nos sucede en el día a día, cuando vamos como él del timbo al tambo de nuestras vidas.
Buscando interpretaciones de la mano a lo largo del tiempo, aceptando las arrugas propias del paso de los años, he recordado que Vicente Aleixandre retrató también las manos de forma excelente, en un poema precioso, Mano entregada, donde la piel alada, quizá arrugada también, juega un papel especial en la vida:
Pero otro día toco tu mano. Mano tibia. Tu delicada mano silente. A veces cierro mis ojos y toco leve tu mano, leve toque que comprueba su forma, que tienta su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso.
Sabemos ya que nuestras manos tienen una historia de más de tres millones de años, tal y como lo describió la revista Science en 2015 (3). He elogiado siempre la mano humana, artífice de su evolución, porque es una de las maravillas de la naturaleza humana que junto al habla supone una evolución transcendental para las personas de hoy. Es una experiencia gratificante mirar con delicada atención nuestras manos, como nos enseña Aleixandre, reparando en lo que nos aportan día a día, tanto en la vida diaria que las necesitan para atender múltiples necesidades, como para expresar de forma maravillosa los sentimientos y emociones en momentos vitales siguiendo instrucciones de determinadas estructuras del cerebro. O cómo pasan las hojas de un libro, incluso el de la vida. O cómo permiten escribir palabras bellas.
Se ha descubierto que nuestros antepasados africanos decidieron un día bajarse de los árboles para su sustento y viajar hacia Europa para comer y cazar, utilizando utensilios diferentes, cada día más sofisticados en los que la mano jugaba un papel estelar a través de la trabécula, una parte de hueso esponjoso de los dedos cuya morfología varía a lo largo de la vida en función del uso que se hace de ella, según este descubrimiento científico: ”Estos resultados apoyan la evidencia arqueológica para el uso de herramientas de piedra en los australopitecos y proporcionan evidencia morfológica de que los homínidos del Plioceno ya utilizaban posturas de las manos de apariencia humana mucho antes y con más frecuencia que se consideraba anteriormente”. Coger con fuerza herramientas, utilizando la presión del pulgar, mirando de frente al resto de los dedos de una mano, era un factor determinante.
Sabemos ya, por tanto, que dos huesos, el hioides (el hueso que nos permite hablar) y la trabécula del pulgar, han sido determinantes a lo largo de la historia para hacernos más humanos, personas más libres a través de la palabra y del apretón de manos, del saludo y de la ternura de nuestros dedos. Maravilloso. Las personas tenemos manos porque en la evolución natural que describe la revista Science, se desarrollaron por los mensajes que a tal efecto les mandaba el cerebro. Es verdad, porque las manos más humanas vinieron después. Incluso cuando con el paso de los años las arrugas acaban envolviendo las páginas de un libro, incluso el de la propia vida, porque a veces cierro mis ojos y toco leve mi mano, leve toque que comprueba su forma, que tienta su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso insobornable, el triste hueso adonde supe un día ya lejano que no llegaba nunca el amor.
(1) Vallejo, Irene (2020). El infinito en un junco. Madrid: Siruela, p. 79s.
(3) Skinner, M.M., Stephens, N.B., Tsegai, Z.J., Foote, A.C., Nguyen, N.H., Gross, T., Pahr, D.H., Hublin, J.J. y Kivell, T.L. (2015). Human-like hand use in Australopithecus africanus. Science, 23, Vol. 347 no. 6220, pp. 395-399.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
El momento en el que nos encontramos nos recuerda una frase de Winston Churchill. En el otoño de 1942, pronunció un famoso discurso que marcó una victoria militar que creía que sería un punto de inflexión en la guerra contra la Alemania nazi. “Esto no es el final”, advirtió. “Ni siquiera es el principio del final. Pero quizás sea el final del principio”
Bill y Melinda Gates, Carta anual 2021
He leído con atención la carta que Bill y Melinda Gates han publicado el pasado miércoles 27 de enero, siguiendo una costumbre que sigo desde que comenzaron a escribirlas a las personas que las quisieran leer y escuchar. Un apasionado del mundo digital, como es mi caso, sigue de cerca estas manifestaciones porque creo que suponen una aportación inteligente para solucionar una parte del problema actual, tal y como exponen en las líneas que siguen. Lo mejor es leerla sin contaminación alguna y para ello he utilizado la versión original en inglés (con comentarios de los autores al margen) y la traducción al español que ha facilitado la propia Fundación.
En el momento en que estamos, el final del principio, es importante leer documentos veraces como éste que nos alumbren la salida del túnel. Como he manifestado en mi libro “La ventana discreta”, publicado al finalizar la primera ola de la pandemia, “necesitamos pensar ya en la Reconstrucción del Mundo para poder reconstruir España. Así de claro y contundente. Es difícil salir de este túnel amargo de la COVID-19 sin una visión estratégica de alcance planetario que siente las bases para establecer un nuevo orden mundial político y económico para salvaguardar la salud pública, económica y democrática del planeta Tierra. Las soluciones que hasta ahora cohesionaban el mundo declarándolo una aldea común ya no valen y los ordenadores portátiles de los hombres de negro han comenzado a cerrarse masivamente sin capacidad de reinicio alguno. Eso sí, habiendo salvado previamente la totalidad del dinero invertido, dejando a millones de ciudadanos y Estados a su “mala” suerte. En este contexto, he recordado como tarea preparatoria un cuento precioso de Jorge Luis Borges, El Congreso, que ya he comentado una vez en este cuaderno digital, porque traduce una realidad existencial del devenir del mundo en el que todos estamos ahora obligatoriamente obligados a comprenderlo para entendernos mejor. Leerlo es casi una obligación de Estado”. Leer esta carta, casi igual.
El mundo tiene una importante oportunidad de convertir las lecciones duramente aprendidas de esta pandemia en un futuro más saludable y equitativo para todos.
27 de enero de 2021
Estamos escribiendo esta carta tras un año como ningún otro en nuestras vidas.
Hace dos décadas creamos una fundación centrada en la salud mundial porque queríamos utilizar los beneficios generados con Microsoft para mejorar la vida del mayor número posible de personas. La salud es la piedra angular de cualquier sociedad próspera. Si la salud de uno está comprometida —o si uno teme contraer alguna enfermedad mortal— es difícil concentrarse en otra cosa. Mantenerse en vida y en buena salud se vuelve una prioridad con detrimento necesariamente de todo lo demás.
Este último año muchos de nosotros hemos vivido en carne propia esta realidad por primera vez. Ahora nos planteamos las cosas de forma diferente al tomar cualquier decisión y nos preguntamos cómo minimizar el riesgo de contraer o contagiar la covid-19.
Es probable que haya epidemiólogos que estén leyendo esta carta, pero pensamos que la mayor parte de las personas este último año se han visto obligadas a reorientar sus vidas en torno a conceptos totalmente nuevos como el “distanciamiento social”, el “aplanamiento de la curva” o el “R0” de un virus. (Y dirigiéndonos al epidemiólogo que esté leyendo estas líneas, apostamos que nadie está más sorprendido que usted de vivir en un mundo en el que su compañero Anthony Fauci aparece en la portada de la revista InStyle).
Cuando redactamos nuestra última Carta Anual, el mundo estaba apenas empezando a comprender lo grave que podía volverse una nueva pandemia de coronavirus. Si bien nuestra fundación se había visto concernida desde hace tiempo por el espectro de una pandemia —sobre todo después de la epidemia de ébola en África occidental— nos asombró sobremanera ver cuán drásticamente la covid-19 ha trastocado las economías, los empleos, la enseñanza y el bienestar en todo el mundo.
Tan solo pocas semanas después de haber oído por primera vez la palabra “covid-19” cerrábamos las oficinas de nuestra fundación y nos uníamos a miles de millones de personas por todo el planeta, adaptándonos a formas de vivir radicalmente diferentes a las que conocíamos. Nuestros días se transformaron en una confusión de videoconferencias, noticias preocupantes y comidas que recalentábamos en el microondas.
Sin embargo, esos ajustes que ambos hemos realizado no son nada comparados con el impacto que la pandemia ha tenido en la existencia de otros. La covid-19 se ha cobrado vidas, enfermado a millones de personas y llevado a la economía mundial a una devastadora recesión. 1.500 millones de niños han perdido tiempo de escolaridad y puede que algunos nunca vuelvan a las aulas. Los trabajadores esenciales están haciendo trabajos imposibles corriendo y haciendo correr a sus familiares grandes riesgos. El estrés y el aislamiento han provocado impactos de amplio alcance en la salud mental. Las familias en todos los países han tenido que renunciar a tantos momentos trascendentales de la vida: graduaciones, bodas, incluso funerales. (Cuando el padre de Bill falleció el pasado septiembre, se hizo aún más doloroso por el hecho de que no pudimos reunirnos todos para llorar su pérdida).
Quedarán grabados en la historia estos últimos dos meses como los momentos más dolorosos de toda la pandemia. Pero brilla un rayo de esperanza en el horizonte. Si bien nos queda mucho camino por recorrer hasta que logremos recuperarnos, el mundo ha logrado grandes victorias frente el virus al poner a punto nuevas pruebas, tratamientos y vacunas. Estamos convencidos de que estas nuevas herramientas pronto empezarán a flexionar la curva de forma rotunda.
El momento en el que nos encontramos nos recuerda una frase de Winston Churchill. En el otoño de 1942, pronunció un famoso discurso que marcó una victoria militar que creía que sería un punto de inflexión en la guerra contra la Alemania nazi. “Esto no es el final”, advirtió. “Ni siquiera es el principio del final. Pero quizás sea el final del principio”.
Por lo que a la covid-19 se refiere, somos optimistas y pensamos que se está acercando el final del principio. También somos realistas y sabemos lo que se ha necesitado para llegar aquí: se ha desplegado el mayor esfuerzo de la historia de la humanidad en materia de salud pública, en el que se han visto involucrados legisladores, investigadores, trabajadores de la salud, líderes empresariales, organizadores comunitarios, comunidades religiosas, y muchos más actores que cooperan de manera novedosa.
Ese tipo de esfuerzo compartido es importante, porque en una crisis global como la actual, uno no quiere que las empresas tomen decisiones impulsadas por un afán de lucro o que los Gobiernos actúen con el objetivo limitado de proteger únicamente a sus propios ciudadanos. Se necesita a muchas personas y que haya una conjunción de intereses obrando de buena voluntad para que toda la humanidad se vea beneficiada.
La filantropía puede ayudar a facilitar esa cooperación. En la medida en que nuestra fundación lleva décadas trabajando sobre enfermedades infecciosas, tenemos relaciones sólidas y duraderas con la Organización Mundial de la Salud, con expertos, con Gobiernos y con el sector privado. Y como nuestra fundación se centra específicamente en los desafíos que enfrentan las personas más desfavorecidas del mundo, comprendemos la importancia de garantizar que el mundo también tome en consideración las necesidades específicas de los países de bajos ingresos.
Hasta la fecha, nuestra fundación ha invertido 1.750 millones de dólares en la lucha contra la covid-19. La mayor parte de esa financiación se ha destinado a producir y adquirir suministros médicos esenciales. Por ejemplo, apoyamos a los investigadores que desarrollan nuevos tratamientos contra la covid-19, incluidos los anticuerpos monoclonales y trabajamos con socios para garantizar que estos medicamentos se formulen en formatos fáciles de transportar y usar en los lugares más pobres del mundo con el fin de que todo el mundo en todas partes pueda beneficiarse de ellos.
También venimos apoyando los esfuerzos para encontrar y distribuir vacunas seguras y efectivas contra el virus. Durante las últimas dos décadas, nuestros recursos respaldaron el desarrollo de 11 vacunas que han sido certificadas como seguras y efectivas, y nuestros socios aplican las lecciones que hemos aprendido al desarrollo de vacunas contra la covid-19.
Es posible que en el momento en que lea usted esta carta, usted mismo o alguien que conoce ya haya recibido la vacuna contra la covid-19. El que éstas ya estén disponibles es para nosotros algo bastante remarcable, sobre todo si se toma en cuenta el hecho de que el virus de la covid-19 era un patógeno prácticamente desconocido a principios de 2020 y si se considera lo riguroso que es el proceso para demostrar la seguridad y eficacia de una vacuna. Es importante que las personas comprendan que, si bien estas vacunas han sido desarrolladas en un plazo muy reducido, tenían que cumplir no obstante con unas pautas estrictas antes de ser aprobadas.
Ningún país o empresa podría haber logrado esto solo. Los financiadores de todo el mundo juntaron recursos, los competidores compartieron los resultados de la investigación y todos los involucrados tuvieron una ventaja gracias a muchos años de inversión global en tecnologías que han ayudado a abrir una nueva era en el desarrollo de vacunas. Si el nuevo coronavirus hubiera aparecido en 2009 en vez de en 2019, el camino hacia una vacuna habría sido mucho más largo.
Por supuesto, crear vacunas seguras y efectivas en un laboratorio es solo el comienzo de la historia. El mundo necesita miles de millones de dosis para proteger a todas las personas amenazadas por esta enfermedad, por ello ayudamos a los socios a plantearse la fabricación de vacunas a la vez que se realizaba su desarrollo (un proceso que generalmente ocurre de forma secuencial).
Ahora, el mundo tiene que hacer llegar esas dosis a todas las personas que las necesitan, empezando por los trabajadores sanitarios de primera línea y otros grupos de alto riesgo. Nuestra fundación ha trabajado en el pasado con fabricantes y socios para entregar otras vacunas a bajo costo y a gran escala (incluyendo a 822 millones de niños en países de bajos ingresos a través de Gavi, la alianza para la vacunación), y estamos haciendo lo mismo con la covid-19.
Nuestra fundación y sus socios se han adaptado también para enfrentar los desafíos de la covid-19 de otras maneras. Cuando nuestro amigo Warren Buffett donó prácticamente toda su fortuna para duplicar los recursos de nuestra fundación en 2006, nos instó a mantenernos enfocados en los problemas que desde siempre han sido la base de nuestra misión. Abordar la covid-19 fue una parte esencial de cualquier trabajo de salud mundial en 2020, pero no ha sido nuestro único objetivo durante el último año. Nuestros colegas siguen progresando en todas las áreas de nuestro programa.
El equipo encargado de la malaria ha tenido que repensar cómo distribuir mosquiteros en un momento en que ya no es seguro organizar un evento masivo para entregarlos a un gran número de personas al mismo tiempo. Estamos ayudando a los socios a comprender el impacto que la covid-19 tiene en las mujeres embarazadas y en los bebés y nos aseguramos de que siguen recibiendo servicios de salud esenciales. Nuestros socios educativos están ayudando a los profesores a adaptarse a un mundo donde su ordenador portátil se ha transformado en su aula. Dicho de otra forma, seguimos capacitados y apuntando al mismo objetivo que venimos persiguiendo desde la creación de nuestra fundación: asegurarnos de que todos los habitantes del planeta tengan la oportunidad de vivir una vida saludable y productiva.
Hay un motivo por el que somos optimistas en cuanto a la vida después de la pandemia y es este: si bien la pandemia ha obligado a muchas personas a asimilar un nuevo vocabulario, también ha aportado un nuevo significado a términos antiguos como “salud global”.
En el pasado el término “salud global” rara vez se usaba para referirse a la salud de todos, en todas partes del mundo. En la práctica, la gente de los países desarrollados usaba esta expresión para referirse a la salud de las personas de los países pobres. Un término más exacto probablemente habría sido “salud de los países en desarrollo”.
El año pasado, sin embargo, esto cambió. En 2020 la salud mundial se volvió local. Las distinciones artificiales entre países ricos y países pobres se derrumbaron ante un virus para el cual las fronteras y la geografía no existen.
Todos vimos con nuestros propios ojos lo rápido que una enfermedad de la que nunca has oído hablar en un lugar en el que quizá nunca hayas estado se convirtió en una emergencia de salud pública en nuestra propia casa. Los virus como el que causa la covid-19 nos recuerdan que, a pesar de todas nuestras diferencias, en el mundo en que vivimos todos estamos conectados biológicamente por una red microscópica de gérmenes y partículas, y que, nos guste o no, estamos todos en el mismo barco.
Esperamos que la experiencia vivida por todos nosotros el año pasado genere un cambio a largo plazo en la manera en que las personas se plantean la salud global —y ayude a la gente de los países ricos a darse cuenta de que las inversiones en la salud mundial benefician no solo a los países de bajos ingresos sino a todos. Nos emocionó ver que Estados Unidos incluyó millones de dólares en GAVI dentro de su último paquete de ayuda para luchar contra la covid-19. Inversiones de este tipo nos permitirán estar mejor armados para superar los próximos desafíos globales.
Así como la Segunda Guerra Mundial fue el evento que definió a la generación de nuestros padres, la pandemia de coronavirus que nos azota actualmente definirá la nuestra. Y así como la Segunda Guerra Mundial sentó las bases para una mayor cooperación entre los países con el fin de proteger la paz y priorizar el bien común, pensamos que el mundo tiene ahora ante sí una gran oportunidad para convertir las lecciones aprendidas a la fuerza con esta pandemia, en un futuro más saludable y equitativo para todos.
En el resto de esta carta, escribimos sobre dos áreas que consideramos esenciales para construir ese futuro mejor: priorizar la igualdad y prepararnos para la próxima pandemia.
¿Podemos salir de esta pandemia con un mayor nivel de equidad que el que teníamos antes de ella?
MELINDA: Una de las cosas que más he echado de menos este último año ha sido viajar para ver en acción el trabajo de nuestra fundación. Tengo fotos por toda nuestra casa de las mujeres que conocí en aquellos viajes. Ahora que trabajo desde casa, sus rostros me acompañan constantemente.
A menudo me pregunto qué percepción tienen ellas de la pandemia y cómo la están enfrentando. Cuando hablo con expertos y líderes mundiales por videoconferencia, trato de imaginar cómo van a afectar a estas mujeres y a sus familias las decisiones que se toman en el marco de estas conversaciones. Me recuerdan día tras día la importancia de garantizar que la respuesta mundial a la covid-19 no deje a nadie por el camino.
Desde el sida hasta el zika y el ébola, los brotes de enfermedades tienden a seguir un patrón sombrío. Lastiman a algunas personas más que a otras y no es por azar. A medida que infectan a las sociedades, explotan las desigualdades preexistentes.
Lo mismo ocurre con la covid-19. Para las personas más desfavorecidas la situación es peor que para las más pudientes. Los trabajadores esenciales se enfrentan a mayores riesgos que los que pueden realizar teletrabajo. Los estudiantes que no tienen acceso a Internet se están quedando a la zaga con relación a aquellos que siguen sus clases a distancia. En Estados Unidos, las comunidades de color tienen más probabilidades de enfermarse y morir que otros estadounidenses. Y en todo el mundo, las mujeres que llevan tiempo luchando para empoderarse y tener influencia sobre sus vidas ven ahora cómo décadas de frágil progreso se hacen añicos en cuestión de meses.
En Estados Unidos, muchos de nuestros esfuerzos de lucha contra el coronavirus se superponen con nuestro trabajo sobre la equidad racial. Por ejemplo, según las estadísticas, los estadounidenses negros tienen tres veces más probabilidades que los estadounidenses blancos de contraer la covid-19, y también es más probable que vivan en un área con acceso limitado a las pruebas para la covid-19. Para ayudar a satisfacer la demanda de pruebas de la comunidad local, nuestra fundación se ha asociado con colegios y universidades históricamente afroamericanos para ampliar la capacidad de realizar pruebas de diagnóstico en sus campus.
También estamos abordando desde otro enfoque el impacto desproporcionado de la pandemia en las personas de color, a través, por ejemplo, del trabajo educativo que nuestra fundación realiza en EE UU. Nos preocupa que los estudiantes se queden a la zaga en todos los niveles (cuando los colegios cerraron en la primavera pasada, el estudiante promedio perdió meses de aprendizaje). Sin embargo lo que más nos preocupa es que la covid-19 pueda exacerbar las barreras a la educación superior que existen desde hace mucho tiempo, particularmente para los estudiantes que son negros, latinos o procedentes de familias de bajos ingresos. Los ingresos medios de por vida de los graduados universitarios representan el doble de los de los graduados de el colegio secundario, de ahí la importancia de lo que está en juego para los jóvenes. Con el fin de ayudar a los estudiantes a superar los obstáculos de la covid-19, nuestra fundación amplió su asociación con tres organizaciones que tienen un historial comprobado de uso de herramientas digitales para ayudarles a seguir orientándose hacia la obtención de un título universitario. Pensamos que los modelos y enfoques que estas organizaciones están perfeccionando ahora seguirán ampliando también las oportunidades que los estudiantes podrán aprovechar después de una pandemia.
En cuanto a nuestro trabajo fuera de Estados Unidos, yo me he centrado en hacer un llamamiento a los líderes mundiales para que pongan a las mujeres en el centro de su respuesta a la covid-19. Si los Gobiernos ignoran el hecho de que la pandemia y la recesión resultante están afectando a las mujeres de manera diferente, la crisis se prolongará y se ralentizará la recuperación económica para todos.
Por ejemplo, debido a los cierres económicos del pasado año, cientos de millones de personas en países de bajos ingresos han necesitado la ayuda de su Gobierno para satisfacer sus necesidades básicas. Pero la cruel ironía es que las mujeres que más necesitan estos recursos económicos tienden a ser invisibles para sus Gobiernos. Es difícil enviar dinero en efectivo de forma segura y rápida a una mujer que no aparece en las listas de contribuyentes, que no tiene una identificación formal o que no posee un teléfono móvil. A menos que los sistemas financieros estén diseñados específicamente para incluir a estas mujeres, es probable que dichos sistemas las excluyan, marginalizándolas aún más de la economía. Nuestra fundación ha trabajado con el Banco Mundial para ayudar a los países a superar estos obstáculos y crear programas digitales de transferencias de efectivo tomando en consideración las necesidades de las mujeres.
De forma más general, apoyamos los esfuerzos para diseñar planes de respuesta económica dirigidos a mujeres y trabajadores con salarios bajos. En los países de ingresos bajos y medianos, las personas más pobres tienden a trabajar por cuenta propia en el sector informal como agricultores o vendedores ambulantes, por ejemplo. Los legisladores a menudo pasan por alto a estos trabajadores y las medidas de estímulo tradicionales no satisfacen sus necesidades. Las reducciones de impuestos en realidad no ayudan a las personas que no pagan impuestos; ¿quién paga por la baja remunerada de una persona si dicha persona trabaja por su cuenta? Nuestra fundación ayudó a financiar la investigación sobre cómo los Gobiernos pueden reparar estos agujeros en la red de seguridad dando prioridad a medidas como subvenciones en efectivo, ayuda alimentaria y moratorias sobre el alquiler y los servicios públicos.
El año pasado ha puesto de manifiesto también el trabajo no remunerado de las mujeres, tema que ya he abordado anteriormente en esta carta. Con miles de millones de personas que ahora se quedan en casa, la demanda de servicios de cuidado no remunerado —cocinar, hacer la limpieza y cuidar de los niños— ha aumentado. Las mujeres ya hacían alrededor de las tres cuartas partes de este trabajo. Ahora, durante la pandemia, están asumiendo una parte aún mayor de estos servicios. Si bien se trata de un trabajo no remunerado su coste es sin embargo enorme: a nivel mundial, un aumento de dos horas de la prestación de cuidados no remunerada de las mujeres se correlaciona con una disminución de 10 puntos porcentuales en la participación de la mujer en la vida laboral. A medida que los Gobiernos reconstruyen sus economías, es hora de comenzar a tratar el cuidado infantil como una infraestructura esencial, tan digna de financiación como las carreteras y los cables de fibra óptica. A largo plazo, esto ayudará a crear economías postpandémicas más productivas e inclusivas.
No obstante, Bill y yo estamos profundamente preocupados por el hecho de que, además de poner de manifiesto tantas viejas injusticias, la pandemia desate una nueva: la desigualdad en la inmunidad, un futuro donde las personas más ricas tengan acceso a una vacuna contra la covid-19, mientras que el resto del mundo no pueda acceder a la misma.
Las naciones ricas ya llevan meses comprando con antelación dosis de vacunas para empezar a inmunizar a su población en cuanto dichas vacunas sean aprobadas. Pero habida cuenta de la situación actual, los países de ingresos bajos y medianos solo podrán vacunar a aproximadamente una de cada cinco personas de dichos países durante el próximo año. En un mundo donde la salud mundial es local, eso debería preocuparnos a todos.
Desde el comienzo de la pandemia, hemos instado a las naciones ricas a recordar que cuando la covid-19 afecta a un lugar cualquiera es una amenaza en todos los lugares. Hasta que las vacunas lleguen a todo el mundo, seguirán apareciendo nuevos focos de la enfermedad que irán creciendo y extendiéndose. Los colegios y oficinas cerrarán nuevamente. El ciclo de desigualdad continuará. Todo depende de que todo el mundo aúne sus esfuerzos para garantizar que la ciencia que salva vidas desarrollada en 2020 salve tantas vidas como sea posible en 2021.
Crisis existenciales como estas arrasan todas las áreas de nuestra vida. Sin embargo las soluciones que son dignas de estos momentos históricos también tienen repercusiones. Exigir una respuesta inclusiva salvará vidas y medios de subsistencia ahora —y sentará las bases para un mundo post-pandémico más fuerte, más equitativo y más resiliente.
No es demasiado pronto para empezar a pensar en la próxima pandemia
BILL: Una de las preguntas que más me hacen es cuándo creo que el mundo volverá a la normalidad. Entiendo por qué. Todos queremos volver a la vida pre-covid-19. Sin embargo, hay un lugar al que espero no volver nunca: nuestra complacencia con las pandemias.
La triste realidad es que la covid-19 podría no ser la última pandemia. No sabemos cuándo llegará la próxima, si será una gripe, un coronavirus o alguna enfermedad que aún no conocemos. Sin embargo, lo que sí sabemos es que no podemos permitirnos que nos tome por sorpresa. La amenaza de la próxima pandemia seguirá cerniéndose sobre nuestras cabezas, a menos que el mundo tome medidas para prevenirla.
La buena noticia es que podemos adelantarnos a los brotes de enfermedades infecciosas. Aunque el mundo no haya logrado de muchas formas prepararse para hacer frente a la covid-19, todavía nos beneficiamos de las acciones tomadas en respuesta a brotes pasados. Por ejemplo, la epidemia de ébola dejó claro que necesitábamos acelerar el desarrollo de nuevas vacunas. Así que nuestra fundación se asoció con Gobiernos y otros patrocinadores para crear la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias. CEPI ayudó a financiar una serie de vacunas candidatas contra la covid-19, incluidas las de Moderna y Oxford AstraZeneca, y está fuertemente involucrada en el trabajo sobre el acceso equitativo a las vacunas, tema sobre el que escribió Melinda.
Para evitar que se repitan las dificultades de este último año, la preparación ante una pandemia debe tomarse tan en serio como una amenaza de guerra. El mundo necesita duplicar las inversiones en I+D así como en organizaciones como CEPI que han demostrado ser invaluables en el marco de la covid-19. También necesitamos desarrollar capacidades completamente nuevas que aún no existen.
Detener la próxima pandemia requerirá gastar decenas de miles de millones de dólares por año, una gran inversión, pero recuerde que se estima que la pandemia de la covid-19 le costará al mundo 28 billones de dólares. El mundo necesita gastar miles de millones para ahorrar billones (y prevenir millones de muertes). Yo considero esto como la mejor y más rentable póliza de seguro que el mundo podría comprar.
La mayor parte de esta inversión debe provenir de países ricos. Los países de ingresos bajos y medios y las fundaciones como la nuestra tienen un papel que desempeñar, pero los Gobiernos de los países de ingresos elevados deben encabezar la marcha aquí porque los beneficios para ellos son enormes. Si uno vive en un país rico, le conviene que su Gobierno despliegue grandes esfuerzos para prepararse para la irrupción de una pandemia en todo el mundo. Melinda escribió que la covid-19 en cualquier lugar es una amenaza para la salud en todas partes; lo mismo se aplica a la próxima posible pandemia. Las herramientas y los sistemas creados para detener el avance de los patógenos deben abarcar todo el mundo, incluso a los países de ingresos bajos y medianos.
En primer lugar, los Gobiernos deben seguir invirtiendo en las herramientas científicas que nos están ayudando a superar la actual pandemia —incluso una vez que la pandemia haya pasado. Los nuevos avances nos darán una ventaja la próxima vez que surja una nueva enfermedad. Se necesitaron meses para disponer de la suficiente capacidad para realizar pruebas de la covid-19 en Estados Unidos. Pero es posible crear diagnósticos cuya implementación puede ser muy rápida. Para la próxima pandemia, tengo la esperanza de que tengamos lo que yo llamo plataformas de megadiagnóstico que podrían hacer pruebas hasta al 20% de la población mundial cada semana.
Estoy convencido de que también dispondremos de mejores tratamientos la próxima vez. Una de las terapias anti covid-19 más prometedoras son los anticuerpos monoclonales. Si un paciente los recibe con la suficiente antelación su tasa de muerte puede reducirse hasta en un 80%.
Nuestra fundación ha financiado la investigación sobre anticuerpos monoclonales como posible tratamiento contra la gripe y la malaria durante más de una década. Estos anticuerpos se pueden utilizar para tratar diversas enfermedades. El inconveniente que presentan es la duración del plazo necesario para su desarrollo y fabricación. Es probable que se necesiten otros cinco años para perfeccionar la tecnología antes de que podamos producirlos rápidamente en respuesta a nuevos patógenos.
También espero que veamos grandes avances en los próximos cinco años en nuestra capacidad para desarrollar nuevas vacunas, merced, en gran parte, al éxito de las vacunas de ARNm contra la covid-19. Escribí extensamente sobre este tema en mi Resumen del Año, pero para decirlo en unas cuantas palabras, las vacunas de ARNm son un nuevo tipo de vacuna que facilitan instrucciones a nuestro cuerpo para que éste pueda combatir un patógeno. Aunque nuestra fundación financia desde 2014 la investigación de esta nueva plataforma, no se había aprobado el uso de alguna vacuna de ARNm antes del mes pasado. Esta pandemia ha acelerado enormemente el proceso de desarrollo de la plataforma.
De la misma forma que creo que veremos enormes mejoras en el diagnóstico y los anticuerpos monoclonales, predigo que las vacunas de ARNm se desarrollarán más rápido, será más fácil multiplicar su número y serán más estables con lo cual se almacenarán mejor durante los próximos cinco a diez años. Esto sería un gran avance tanto para futuras pandemias como para otros desafíos de salud mundial. Las vacunas de ARNm son una plataforma prometedora para enfermedades como la provocada por el VIH o la tuberculosis y la malaria. Los progresos en I+D realizados como resultado de la covid-19 podrían algún día proporcionarnos las herramientas que necesitamos para terminar de una vez por todas con estas enfermedades mortales.
En cuanto a la prevención de pandemias, las herramientas científicas por sí solas no son suficientes. El mundo también necesita capacidades sobre el terreno que realicen un monitoreo constante de los patógenos problemáticos y que puedan desplegarse en cuanto se necesiten. Aún quedan muchos flecos por ultimar, como por ejemplo definir dónde se alojarían estas capacidades y cómo se estructurarían exactamente. Pero he aquí el fruto de mi reflexión general:
En primer lugar debemos detectar los brotes de enfermedades tan pronto como ocurren, donde sea que ocurran. Eso requerirá un sistema de alerta global, que actualmente no tenemos a gran escala. El elemento vertebrador de este sistema serían las pruebas de diagnóstico. Supongamos que es usted enfermera en una clínica de salud rural. Observa que aparecen más pacientes con tos de los que cabría esperar en esta época del año, o incluso que mueren más personas de lo normal. Entonces, realiza pruebas para detectar los patógenos comunes. Si ninguno de ellos da positivo, se envía su muestra a otro lugar para que sea secuenciada y profundizar la investigación.
Si en su muestra se detecta un patógeno súper infeccioso o completamente nuevo, entra en acción un grupo de socorristas de primera línea para las enfermedades infecciosas. Piense en este cuerpo como un escuadrón de bomberos que interviene contra una pandemia. Al igual que los bomberos, son profesionales completamente capacitados que están listos para responder a posibles crisis en cualquier momento. Cuando no están respondiendo activamente a un brote, mantienen ágiles sus habilidades trabajando sobre enfermedades como la malaria y la polio. Calculo que necesitamos alrededor de 3.000 socorristas en todo el mundo.
Para aprender cómo sacar el mejor provecho de estos equipos de primera intervención, el mundo necesita ejecutar regularmente juegos con gérmenes, simulaciones que nos permitan practicar, analizar y mejorar nuestra respuesta frente a los brotes de enfermedades, al igual que los juegos de guerra permiten que los militares se preparen para la guerra en la vida real. La velocidad tiene su importancia en una pandemia. Cuanto más rápido se actúe, más rápido se detiene el crecimiento exponencial del virus. Los lugares que recientemente lidiaron con brotes de infecciones respiratorias —como Taiwán con el SARS y Corea del Sur con el MERS— respondieron a la covid-19 más rápidamente que otros lugares porque ya sabían cómo actuar. La ejecución de simulaciones garantizará que todos estemos listos para actuar rápidamente la próxima vez.
En última instancia, lo que me hace sentir más optimista en cuanto a nuestra capacidad de estar preparados la próxima vez es de lo más sencillo: el mundo ahora comprende cuán seriamente debemos tomarnos las pandemias. Nadie necesita que se le convenza de que una enfermedad infecciosa podría matar a millones de personas o cerrar la economía mundial. El dolor que se ha padecido el año pasado quedará grabado en las mentes de las personas durante una generación. Espero que se apoyen los esfuerzos que nos garantizan mantenernos fuera de las dificultades que hemos experimentado. Ya estamos viendo aparecer nuevas estrategias de preparación para una pandemia, incluso desde el G7 de este año liderado por el Reino Unido, y espero ver aparecer más estrategias en los meses y años venideros.
El mundo no estaba preparado para la pandemia de la covid-19. Creo que la próxima vez será diferente.
Un futuro más saludable y esperanzador para todos
Por muy difícil que sea imaginarlo actualmente, cuando aún sigue habiendo tantas personas afectadas por la covid-19, esta pandemia llegará a su fin algún día. Tal momento, será testimonio de la impresionante labor de los líderes surgidos durante el último año para guiarnos a través de esta crisis.
Cuando decimos “líderes”, no nos referimos únicamente a los responsables políticos y a los representantes electos que están a cargo de la respuesta oficial del Gobierno. Nos referimos también a los trabajadores sanitarios que están en primera línea sobrellevando traumas inimaginables. Los profesores, padres y madres y cuidadores que redoblan esfuerzos para asegurarse de que los niños no se retrasen en el colegio. Los científicos e investigadores que trabajan incansablemente para detener este virus. Incluso los vecinos que están cocinando comidas adicionales para asegurarse de que nadie pase hambre en su barrio.
Su liderazgo nos ayudará a superar esta pandemia y por ellos debemos recuperarnos y volvernos más fuertes y mejor preparados para el próximo desafío. El año pasado una amenaza global afectó a casi todas las personas del planeta. De aquí al próximo año, esperamos que una respuesta a la covid-19 equitativa y efectiva también haya llegado a todo el mundo.
Esperamos que usted y los suyos se mantengan a salvo y en buena salud en estos tiempos difíciles.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Es la tercera vez que escribo en este cuaderno digital sobre las personas corrientes. En esta ocasión, aburrido por lo que escucho y veo a diario de las personas que se dicen ser algo más que corrientes por lo que representan en política, cultura, empresariado, banca, economía, investigación y parlamentos; colaboradores y contertulios imposibles en platós, presentadores de programas informativos, de entretenimiento y dueños del prime time, endiosados porque creen poseer la verdad absoluta, abanderando mundos imposibles con el eslogan del “todo vale” y opinadores mayores de reinos y reinados mediocres; protagonistas de mundos felices que no existen aunque se trasladen a islas tentadoras, que no son las que busco cada día bajo el sueño de ser desconocidas y que me aporten sentido a la vida.
En el inicio de la pandemia escribí, en este sentido, que necesitaba elogiar a las personas corrientes porque estábamos viviendo días muy especiales y difíciles por parte de los millones de personas y profesionales que conformamos este país, cada una con su cadaunada de responsabilidad, generosidad y lealtad hacia sí mismo y hacia los demás. Me acordaba de que cuando escribí por primera vez sobre esta realidad tan humana y próxima, analizando ahora el contexto de cada frase, de cada palabra, coincidía de nuevo en algo fundamental y sorprendente: somos corrientes cuando respetamos la singularidad, porque en el estado más puro de gente normal y corriente todos no somos iguales. Digo con frecuencia que es verdad que todos no vamos en el mismo barco de la pandemia, que todos no decimos al final lo mismo, porque cada uno, cada una, elige en democracia su singladura, patrón y barco. Al buen entendedor, con pocas palabras basta.
Ha pasado el tiempo y vuelvo a considerar que la pandemia actual nos obliga a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo. Navegamos en mares procelosos de desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad que nos reafirma como personas de bien y corrientes. Todos no vamos en el mismo barco de la indignidad de comportamientos ante la pandemia, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección social, de la mala educación que planea en la sociedad española por tierra, mar y aire, sobre todo de los que se erigen en modelos sociales en medios políticos y de comunicación social. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates (probablemente imaginarios y de nuevos ricos, con el riesgo de la mediocridad extrema de aparentar lo que no se es ni se tiene) y otros, la mayoría, vamos en pateras éticas, sin quilla, como si viajáramos por el mundo corriente de todos los días, en una media cáscara de nuez.
Lo que expreso a continuación forma parte de mis principios y aviso una vez más que éstos son los que tengo y no tengo otros. En estos días de autoconfinamiento responsable, las personas corrientes y singulares son las grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Con especial relevancia ahora, el conjunto de centenares de miles de servidores públicos que saben que el objetivo principal en su vida profesional es el interés general de la ciudadanía, sin dejar a nadie atrás en salud y en enfermedad, en la edad prematura y en la edad avanzada, en la situación extrema de pobreza, en las pandemias, en la guerra y en la paz. Ellos son ahora, también, los imprescindibles.
Vuelvo a elogiar a las personas corrientes, que están mucho más cerca de nosotros de lo que a veces creemos. De nuevo. quiero dedicar unas palabras de alabanza a los miles de millones de personas corrientes, mejor que normales, que poblamos este planeta, a través de sus cualidades y méritos. Hay una obra musical, Fanfarria para el hombre corriente, compuesta por Aaron Copland, que simboliza algo muy especial: el canto a los grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Lo más grandioso estriba en que lo que hacen es único, singular, irrepetible, a pesar de ser corrientes. Es curioso constatar que tenemos que llegar hasta la acepción 10ª del Diccionario de la Lengua Española de la RAE para comprender bien qué significa ser corriente cuando aplicamos este adjetivo a personas: “dicho de una persona: De trato llano y familiar”.
Algo tiene esta Fanfarria cuando Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016, la eligió como composición que abría siempre sus conciertos. Todavía podemos dar un paso más, porque es probable que sea más apropiado hablar de personas singulares, tal y como lo expliqué en un post que escribí en este cuaderno en 2015, Elogio de la singularidad, a través de un diálogo inolvidable extraído de una película encantadora, diferente, singular, necesaria. Requisitos para ser una persona normal, un canto a la ruptura de patrones sociales, que se sintetiza en un diálogo entre Alex, con síndrome de Down, y María de las Montañas, los dos hermanos protagonistas de una familia rota, en la búsqueda de identidad normal y verdadera:
– ¿Por qué quieres ser normal?, pregunta Álex a su hermana.
– Porque todo el mundo quiere serlo.
– Yo no, responde Alex.
Creo que más que de personas normales o corrientes, ahora en esta pandemia, deberíamos hablar también, mediante una conjunción, de personas singulares, porque es la realidad de lo que somos, dado que no nos repetimos (por ahora…), porque cada uno reacciona ante lo que está pasando con su cadaunada. Muchas cadaunadas hacen que el mundo sea más amable, sobre todo si son de personas corrientes. Cuando pretendemos ajustarnos a patrones sociales, a modelos impuestos por los que se salen de la normalidad y que he nombrado al comienzo de estas palabras, la experiencia suele ser nefasta, porque dejamos a un lado la inteligencia y la capacidad de hablar, como primeras señas de identidad humana que nos hacen ser personas y de identidad intransferible, por mucho que se empeñe la sociedad de mercado en pasarnos a todos por la máquina de conversión en personas-patrón-para-triunfar-en-el-mundo, empaquetándonos como producto expuesto para que lo compre el mejor postor en todos los ámbitos posibles. Pura mercancía que traspasa los límites de personas corrientes.
Además, con una uniformidad insoportable, porque el patrón de la normalidad pasa por tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida de familia y felicidad, según el estándar de la sociedad en la que nace, se crece y se multiplica cada ser humano si puede. Tener, pero no ser. Ahí está la diferencia, en la singularidad que tan bien comprendía Alex, el protagonista de la película que he citado anteriormente, porque es la única razón del corazón y de la razón que nos permite ser felices, que es el principal objetivo de la inteligencia en su misión posible de resolver problemas, como el que estamos atravesando en la actualidad por el dichoso coronavirus. Personas corrientes y singulares, tal como ya definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución de nuestra propia vida, siendo personas corrientes, es decir, de trato llano y familiar [sic, según la RAE]. Impecable definición, mientras corremos con la vida a cuestas, porque miles de millones de personas somos corrientes y singulares. Afortunadamente. Quizá comprendamos ahora, mejor que nunca, el sentido de la Fanfarria para el hombre corriente, en un homenaje explícito a millones de personas que se esfuerzan a diario en ser personas corrientes y singulares. Para que siempre se les escuche en su silencio sonoro de paz y armonía, incluso en estos tiempos tan complicados del coronavirus.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, que sólo pueden leer en las bibliotecas de los sueños los insensatos párrafos que ceden […] Lento en mi sombra, la penumbra hueca exploro con el báculo indeciso, yo, que me figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca
Jorge Luis Borges, en Poemas de los dones
Jorge Luis Borges escribió un cuento precioso, La biblioteca de Babel, que bien podría ser una historia del Universo contada a través de los libros. Si me lo permiten, la historia del comienzo de la historia de Internet, de la Noosfera digital, la Biblioteca Total del Mundo según el escritor argentino. Por este motivo, he recordado ahora la existencia de un manuscrito del cuento, redactado en nueve hojas arrancadas de un cuaderno de contabilidad, que estuvo expuesto en una muestra que se celebró en 2016 en Buenos Aires, con el título programático “Borges, el mismo, otro”, presentada en el Museo del Libro y de la Lengua y en la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”, que dirigía entonces uno de mis autores preferidos, Alberto Manguel, como conmemoración del 30.° aniversario de la muerte del autor: “Estaba dando una conferencia en São Paulo con [el historiador estadounidense] Robert Darnton, que está visitando América del Sur. Al final del encuentro, se nos acerca un señor [el coleccionista brasileño Pedro Aranha Corrêa do Lago] con una pila de libros para firmar y nos invita a almorzar en su casa. Por supuesto, no aceptamos la invitación de desconocidos, pero empieza a explicarle a Darnton las cosas que tiene del siglo XVIII, piezas de colección, etc., que quería mostrarnos. Entonces, aceptamos la invitación y vamos a su casa al día siguiente […] Entre esos documentos, nos muestra el manuscrito de “La biblioteca de Babel”, de Borges. Y no solo un manuscrito, porque Borges hacía varios borradores y el último de ellos era el que se enviaba, para ser pasado a máquina, a la revista Sur e imprimirlo. Era un borrador intermedio, porque había muchas tachaduras, correcciones, opciones de palabras. Entonces, es casi un mapa de cómo Borges pensó el cuento, que es uno de los más importantes de la literatura universal y el símbolo que la Argentina ha dado al mundo” (1).
En el mundo digital actual, Manguel aporta una reflexión extraordinaria sobre la disponibilidad de ese manuscrito para conocer el texto y contexto que utilizó Borges al redactarlo, donde cualquier tachadura es un claro objeto de investigación para personas curiosas, ávidas de conocer el sentido de la vida: “Tener un manuscrito de Borges es importante y hay un placer fetichista en tener una nota o una firma de él; pero el manuscrito de “La biblioteca de Babel” u otros de distinto tipo, con las correcciones de Borges, son importantes desde un punto de vista filológico, filosófico y literario. Es decir, estudiando este manuscrito, podemos ver la escritura de Borges; cómo lo construyó; la manera en que pensó el texto; el modo en que consideraba el acto de escribir, como un acto tecnológico, buscando las palabras que tiene las suficientes sílabas para marca el ritmo de una frase y no solo la idea detrás de la construcción. Todo este análisis lo permite este manuscrito. Los bibliotecarios están analizándolo para ver lo que hay detrás de las tachaduras, para ver qué fue lo que Borges escribió y después decidió no escribir. Es un proceso que revela la biografía de un texto. Es algo que en la época electrónica se está perdiendo porque todo texto que escribimos es el último y no quedan trazos de los distintos ensayos que llevan al texto que se publica”.
Si he recordado este cuento se debe a un motivo, la configuración de aquella Biblioteca, en un apartado preciso: se podía dormir, de pie, en ella (verán luego por qué), entre otros pormenores fascinantes: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito… La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante”.
Continúa Borges expresando que “como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos”, hasta llegar a la justificación de su estructura; “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible. A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas. El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas. El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros.
Las cifras que se pueden manejar en el corazón de la Biblioteca de Borges son impresionantes, buscando el sentido de la vida, donde las personas, según él, somos imperfectas bibliotecarias. Recomiendo su lectura, no una sino varias veces porque cada lectura es como cavar un pozo con una aguja dada la calidad de su escritura y la profundidad de cada palabra y frase escrita e hilvanada con las demás. Es una auténtica joya de la literatura. En sus frases finales, encuentro un sentido especial a lo que quería compartir hoy con la Noosfera, un relato sobre la Biblioteca Gladstone, en Gales, que he vivido como un sueño experimentado en una de sus habitaciones, al ser la única biblioteca en el mundo que ofrecen alojamiento para seguir leyendo, para seguir soñando despiertos, como si visitara la biblioteca de Babel convertida en un paraíso al alcance de mi alma de secreto en estos momentos tan especiales de pandemia: “La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana – la única – está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. […] Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica [subrayado en el manuscrito original]. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza”.
Un cuento para un niño querido, sobre la Gladstone Library
Érase una vez una librería en el País de Gales (UK), de cuyo nombre queremos acordarnos ahora, Gladstone, que pensó un día no lejano que sus estanterías podrían tener nombre, porque necesitaban tener vida humana como soporte de los ejemplares de autores desconocidos (por ahora) que tenía que sustentar. Tener vida, en definitiva. Eran muchas, exactamente 1.001, que dibujaban el entramado interior de la Gladstone Library, que así era su nombre completo y que alberga en la actualidad más de 250.000 textos impresos. Ocurrió que vino en 2020 una pandemia que obligó a cerrarla por primera vez en sus más de 120 años de vida. Cuentan los sabios del lugar que allí se podía dormir entre libros, porque era la única librería en el mundo que permitía hacerlo. Está en un lugar precioso de Gales, concretamente en una pequeña parroquia rural de Hawarden, en el noreste, cerca de Liverpool y más cerca aún de la frontera con Inglaterra. Los libros se quedaron solos y ya nadie venía a tocarlos, leerlos y dormir junto a ellos para hacerles compañía.
La situación de soledad sonora de la Gladstone Library necesitaba buscar alternativa y la encontró haciendo un llamamiento mundial para que en 2021 pudiera abrir de nuevo sus puertas, gabinetes de lectura y habitaciones para descansar junto a los libros que se aman. ¿Cómo? Los libros se rebelaron contra el coronavirus y reclamaron atención personal inmediata. Nuestro niño protagonista conoció este reclamo tan humano en defensa de la cultura y acudió inmediatamente a la llamada. Consistía en ofrecerse a sostener económicamente una estantería de la biblioteca, donde figuraría su nombre para el presente y la posteridad, aportando una cantidad en libras, aunque le habían enseñado que no había que confundir nunca valor y precio. Un solo estante por persona que albergaría libros desconocidos por ahora pero que cuando se reúnan los mil y un nombres se sabrá a quien acompañan y cobijan durante las veinticuatro horas del día.
Llegará el momento en que en los archivos de la biblioteca Gladstone se podrá localizar un libro determinado en la estantería que lleva el nombre de este niño querido. Y también se conocerá en su Libro de Agradecimientos una frase que contiene el secreto de este relato: participó porque un día le contaron que esta iniciativa era para mantener viva una “clínica del alma”, de nombre Gladstone Library.
Así sucedió y así lo contaron a sus padres, para que siguiendo la tradición de los primeros libros, lean este relato a ese niño querido y viajen a Hawarden con un objetivo: acompañar los días que quieran a los libros de la Gladstone Library, dormir junto a ellos, buscar la estantería con su nombre y apellidos, leer conjuntamente las palabras anteriores en el libro de agradecimientos y prometer a todos los libros que lean en su casa que nunca los dejarán sin sustento y solos, porque los aman y eso nos basta.
Borges agregaría este cuento a su biblioteca imaginaria, estando presente como espectro en la lectura del suyo, en una de las habitaciones de la Gladstone Library, muy cerca del estante que soporta su obra y que quizá lleve el nombre de ese niño querido, para que su pequeña alma se alimente de la lectura que encontrará siempre en un Paraíso llamado Gladstone.
Un día, que alguna vez será lejano, recordará ese niño querido que él ayudó a que esa Biblioteca nunca más tuviera que cerrar por razones ajenas a su alma. Él, desde el hexágono donde nació, volverá a contar este cuento a quien desee visitar ese pequeño paraíso en Hawarden.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Johannes Vermeer es uno de mis pintores preferidos. Conozco su obra extraordinaria y me acompaña siempre en mi paraíso del alma. Sabía desde 2018 que se estaba escaneando una de sus obras más representativas, La joven de la perla, pero tengo que agradecer al informativo de anoche en la televisión pública y a Carlos del Amor su referencia al resultado de los trabajos citados. La inteligencia digital nos brinda ahora la posibilidad de conocer el resultado de este trabajo, devolviéndonos lo más íntimo de la propia intimidad del cuadro, recordando el aserto de San Agustín y adaptándolo a este prodigio de la tecnología: intimior intimo suo, escanear lo más íntimo de su propia intimidad o lo que es lo mismo, conocerlo a través del escaneado llevado a cabo por la empresa europea Hirox Emilien Leonhardt y Vincent Sabatie. Ha sido necesario realizar 9.100 fotografías para completar el lienzo a una resolución de diez mil millones de píxeles (93.205×108.565), dando como resultado una panorámica asombrosa.
He comprobado directamente el resultado final de esta hazaña digital e invito a entrar en la página web de la empresa citada, Hirox, para disfrutar de la intimidad del cuadro en detalles muy concretos hasta llegar a la perla icónica de Vermeer. Son diez fragmentos que se pueden visualizar también en 3D y disfrutar de todas las posibilidades que ofrece la compañía para conocer los detalles del cuadro. Esta obra junto a otras 35 de diferentes autores se pueden visualizar en una visita virtual en el primer Museo Gigapixel del Mundo. He llegado en esta visita hasta la sala 15 del Museo Mauritshuis donde me he detenido a contemplar el cuadro en su emplazamiento actual y reflexionar sobre las impresiones que siempre me entrega al observarlo hasta en su último detalle.
No es la primera vez que escribo sobre este cuadro en este cuaderno digital, porque es una de las islas desconocidas que dejaron de serlo al descubrirla en toda su dimensión humana. En plena pandemia, concretamente en abril de 2020, comenté en una reflexión sobre la importancia de la curiosidad humana la lectura de un artículo, “La joven de la perla desvela sus secretos. El Mauritshuis analiza la famosa obra de Vermeer en un laboratorio transparente a la vista del público” (1), que adelantaba ya los resultados de esta experiencia. Se trataba de la investigación sobre el cuadro de Vermeer, sobre el que comentaba -como hoy- que me ha impresionado siempre al contemplarlo. En esa ocasión, era la primera vez que se compartía con el público el proceso de investigación sobre un cuadro de tanto prestigio: “La joven de la perla es un icono y una imagen en tres dimensiones: por el lienzo mismo, las capas de pintura, el efecto de los brillos… Queremos saber el origen de los materiales y la composición de los pigmentos. El escaneado de la obra llevará tres días, y luego veremos qué hay debajo”, asegura Abbie Vandivere, conservadora y jefa de investigaciones de la sala. Con la información obtenida, ella publicará a diario un blog ilustrado. El visitante podrá consultar a su vez los trabajos gracias a los iPads colgados fuera del laboratorio. Los resultados definitivos se esperan dentro de un año”.
Con el trabajo de escaneado del cuadro se puede contemplar directamente su firma en el cuadro, hasta ahora casi perdida, las cortinas verdes de fondo, sus pestañas y la forma maravillosa de trasladarnos el brillo de su perla. También, el azul lapislázuli del turbante turco o azul ultramar que Vermeer compraba en el marcado de Delft, su ciudad natal, traído expresamente desde Afganistán. Fascinante. Curiosidad de curiosidades todo es curiosidad y no placer inútil, como me ha enseñado a respetar el profesor Nuccio Ordine, en su preciosa obra La utilidad de lo inútil.
Los logros de la empresa Hirox y el esfuerzo científico del Museo Mauritshuis para hacer brillar la obra de Vermeer, nos permiten ensalzar el placer de la curiosidad sabia (2), la admiración aristotélica en estado puro, que no es transmisible automáticamente a los demás, sino que es imprescindible adquirir a través del conocimiento liberador, trabajarlo internamente a través del esfuerzo de cada persona a la hora de plantearse gozar de los que algunos llaman placeres inútiles para alejarlos del poderoso caballero don dinero. Así lo reconocía hace ya muchos siglos Sócrates en su diálogo Banquete: “Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera del más lleno al más vacío de nosotros. Como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de las más llena a la más vacía”, porque siempre está presente en almas curiosas la dialéctica del valor y precio de lo que se descubre, de lo que se admira y de lo que se goza a cambio de nada. Como admirarse ahora de la perla de la joven, que de forma tan sabia pintó Vermeer, contemplándola en todos sus detalles.
(2) Manguel, Alberto (2015). Una historia de la curiosidad. Madrid: Alianza Editorial, p. 17.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.