Elogio de las personas corrientes y singulares en tiempos de coronavirus

Sevilla, 29/I/2021

Es la tercera vez que escribo en este cuaderno digital sobre las personas corrientes. En esta ocasión, aburrido por lo que escucho y veo a diario de las personas que se dicen ser algo más que corrientes por lo que representan en política, cultura, empresariado, banca, economía, investigación y parlamentos; colaboradores y contertulios imposibles en platós, presentadores de programas informativos, de entretenimiento y dueños del prime time, endiosados porque creen poseer la verdad absoluta, abanderando mundos imposibles con el eslogan del “todo vale” y opinadores mayores de reinos y reinados mediocres; protagonistas de mundos felices que no existen aunque se trasladen a islas tentadoras, que no son las que busco cada día bajo el sueño de ser desconocidas y que me aporten sentido a la vida.

En el inicio de la pandemia escribí, en este sentido, que necesitaba elogiar a las personas corrientes porque estábamos viviendo días muy especiales y difíciles por parte de los millones de personas y profesionales que conformamos este país, cada una con su cadaunada de responsabilidad, generosidad y lealtad hacia sí mismo y hacia los demás. Me acordaba de que cuando escribí por primera vez sobre esta realidad tan humana y próxima, analizando ahora el contexto de cada frase, de cada palabra, coincidía de nuevo en algo fundamental y sorprendente: somos corrientes cuando respetamos la singularidad, porque en el estado más puro de gente normal y corriente todos no somos iguales. Digo con frecuencia que es verdad que todos no vamos en el mismo barco de la pandemia, que todos no decimos al final lo mismo, porque cada uno, cada una, elige en democracia su singladura, patrón y barco. Al buen entendedor, con pocas palabras basta.

Ha pasado el tiempo y vuelvo a considerar que la pandemia actual nos obliga a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo. Navegamos en mares procelosos de desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad que nos reafirma como personas de bien y corrientes. Todos no vamos en el mismo barco de la indignidad de comportamientos ante la pandemia, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección social, de la mala educación que planea en la sociedad española por tierra, mar y aire, sobre todo de los que se erigen en modelos sociales en medios políticos y de comunicación social. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates (probablemente imaginarios y de nuevos ricos, con el riesgo de la mediocridad extrema de aparentar lo que no se es ni se tiene) y otros, la mayoría, vamos en pateras éticas, sin quilla, como si viajáramos por el mundo corriente de todos los días, en una media cáscara de nuez.

Lo que expreso a continuación forma parte de mis principios y aviso una vez más que éstos son los que tengo y no tengo otros. En estos días de autoconfinamiento responsable, las personas corrientes y singulares son las grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Con especial relevancia ahora, el conjunto de centenares de miles de servidores públicos que saben que el objetivo principal en su vida profesional es el interés general de la ciudadanía, sin dejar a nadie atrás en salud y en enfermedad, en la edad prematura y en la edad avanzada, en la situación extrema de pobreza, en las pandemias, en la guerra y en la paz. Ellos son ahora, también, los imprescindibles.

Vuelvo a elogiar a las personas corrientes, que están mucho más cerca de nosotros de lo que a veces creemos. De nuevo. quiero dedicar unas palabras de alabanza a los miles de millones de personas corrientes, mejor que normales, que poblamos este planeta, a través de sus cualidades y méritos. Hay una obra musical, Fanfarria para el hombre corriente, compuesta por Aaron Copland, que simboliza algo muy especial: el canto a los grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Lo más grandioso estriba en que lo que hacen es único, singular, irrepetible, a pesar de ser corrientes. Es curioso constatar que tenemos que llegar hasta la acepción 10ª del Diccionario de la Lengua Española de la RAE para comprender bien qué significa ser corriente cuando aplicamos este adjetivo a personas: “dicho de una persona: De trato llano y familiar”.

Algo tiene esta Fanfarria cuando Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016, la eligió como composición que abría siempre sus conciertos. Todavía podemos dar un paso más, porque es probable que sea más apropiado hablar de personas singulares, tal y como lo expliqué en un post que escribí en este cuaderno en 2015, Elogio de la singularidad, a través de un diálogo inolvidable extraído de una película encantadora, diferente, singular, necesaria. Requisitos para ser una persona normal, un canto a la ruptura de patrones sociales, que se sintetiza en un diálogo entre Alex, con síndrome de Down, y María de las Montañas, los dos hermanos protagonistas de una familia rota, en la búsqueda de identidad normal y verdadera:

– ¿Por qué quieres ser normal?, pregunta Álex a su hermana.

– Porque todo el mundo quiere serlo.

– Yo no, responde Alex.

Creo que más que de personas normales o corrientes, ahora en esta pandemia, deberíamos hablar también, mediante una conjunción, de personas singulares, porque es la realidad de lo que somos, dado que no nos repetimos (por ahora…), porque cada uno reacciona ante lo que está pasando con su cadaunada. Muchas cadaunadas hacen que el mundo sea más amable, sobre todo si son de personas corrientes. Cuando pretendemos ajustarnos a patrones sociales, a modelos impuestos por los que se salen de la normalidad y que he nombrado al comienzo de estas palabras, la experiencia suele ser nefasta, porque dejamos a un lado la inteligencia y la capacidad de hablar, como primeras señas de identidad humana que nos hacen ser personas y de identidad intransferible, por mucho que se empeñe la sociedad de mercado en pasarnos a todos por la máquina de conversión en personas-patrón-para-triunfar-en-el-mundo, empaquetándonos como producto expuesto para que lo compre el mejor postor en todos los ámbitos posibles. Pura mercancía que traspasa los límites de personas corrientes.

Además, con una uniformidad insoportable, porque el patrón de la normalidad pasa por tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida de familia y felicidad, según el estándar de la sociedad en la que nace, se crece y se multiplica cada ser humano si puede. Tener, pero no ser. Ahí está la diferencia, en la singularidad que tan bien comprendía Alex, el protagonista de la película que he citado anteriormente, porque es la única razón del corazón y de la razón que nos permite ser felices, que es el principal objetivo de la inteligencia en su misión posible de resolver problemas, como el que estamos atravesando en la actualidad por el dichoso coronavirus. Personas corrientes y singulares, tal como ya definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución de nuestra propia vida, siendo personas corrientes, es decir, de trato llano y familiar [sic, según la RAE]. Impecable definición, mientras corremos con la vida a cuestas, porque miles de millones de personas somos corrientes y singulares. Afortunadamente. Quizá comprendamos ahora, mejor que nunca, el sentido de la Fanfarria para el hombre corriente, en un homenaje explícito a millones de personas que se esfuerzan a diario en ser personas corrientes y singulares. Para que siempre se les escuche en su silencio sonoro de paz y armonía, incluso en estos tiempos tan complicados del coronavirus.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.