Cuando los loros maleducados son noticia

Sevilla, 3/X/2020

En primero de periodismo se enseña que un ejemplo claro de cuándo la información se convierte en noticia es, por ejemplo, en la relación persona/perro, porque nunca será una noticia -en su sentido estricto- que un perro ha mordido a una persona, sino que una persona ha mordido a un perro. Ahora ha pasado algo curioso, noticiable, en la relación loro/persona, porque ha saltado al mundo la noticia de que cinco loros grises africanos, conocidos también como “yacos”, han tenido que ser retirados de la visita al zoológico Friskney, en Lincolnshire, porque a modo de «pandilla» o «manada» se dedicaban a insultar gravemente a las personas que se acercaban a ellos. Es llamativa la noticia porque, probablemente, son ellos los que llevan siglos sufriendo las vejaciones de muchas personas, enseñándoles por ejemplo palabras soeces, pero nunca se ha escuchado la noticia de que determinadas personas han sido expulsadas de un zoológico por enseñar palabras malsonantes a los loros grises, una especie que tiene unas habilidades especiales para aprender y repetir palabras humanas.

La verdad es que lo sucedido en este zoológico, más allá del riguroso estudio que propiciarán para los etólogos del lugar, es una metáfora de lo que sucede en la vida ordinaria en un mundo al revés, como el de Mafalda y en el que habitamos en estos momentos tan delicados para la humanidad. Por ejemplo, en las declaraciones públicas de determinados dirigentes políticos y sobre todo, en el Congreso de los Diputados de este país, donde los insultos proliferan y nunca pasa nada, aunque creo que sí sucede algo muy grave y sobre lo que no se profundiza nunca: la desafección política de la ciudadanía que es lo más desgarrador que puede ocurrir en democracia. ¡Total, para qué darle importancia, si sólo son insultos de nada, que pueden ser borrados de las actas si así se aprueba!, cuando creo que son insultos de mucho, porque significa la mala educación y la vejación del otro, nada ejemplarizante, de los padres y madres de la patria. Con un agravante sobre los loros grises del parque Friskney, que no pueden ser retirados de la vista del público porque allí siguen, sentados en sus escaños como si no hubiera pasado nada. Y los que acabamos excluyéndonos en nuestras casas para no volver a visitar el Congreso, somos nosotros, las personas y no los que insultan por doquier como deporte nacional, con un recuerdo especial para los niños y niñas que sufren el acoso escolar con todo tipo de insultos encubiertos por el silencio cómplice de todos.

No es de extrañar que el insulto sea otro pecado capital más de los españoles a tener en cuenta, mucho más cuando sabemos que nunca pasa nada y que podemos hacerlo en cualquier lugar y situación: familias, colegios, calles, reuniones de amigos, trabajo, deporte, etc., etc. Es deporte nacional y cuanto más grave sea el insulto más reconocimiento se tiene de los demás, sobre todo cuando se actúa en manada. Creo que no habría sitio suficiente en España si tuviéramos que hacer como con los loros grises de Lincolnshire, confinar a los que insultan y dicen palabras soeces y malsonantes, sobre todo en las redes sociales encubiertos por la cobardía del anonimato. Nos quedaríamos solos los que creemos que es una característica de nuestro país que deberíamos desterrar para siempre, aunque al igual que en la noticia de los loros grises, los verdaderos culpables son los cuidadores que quizá los han adiestrado a decirlos durante la cuarentena de acogida y les han reído las gracias de insultar o, en relación con nuestro país, los que consideran que insultar es una forma normal y progre de relacionarnos en casa, escuelas, trabajos o en el ocio diurno y nocturno de todo tipo. Creo que en determinadas ocasiones Hobbes tenía razón cuando decía que el hombre es un lobo para el hombre, homo homini lupus. En muchas ocasiones es así y si no que lo desmientan las noticias a diario de los informativos del lugar. Aunque todavía, que se sepa, no haya mordido nunca un hombre a un lobo.

Por último, algo me ha llamado la atención en esta noticia: a los cuidadores del zoo les ha preocupado que estos loros grises actúen así cuando están juntos, en manada y que probablemente habrá que separarlos cuando regresen a sus zonas visitables, creo yo que para que sientan vergüenza ajena por su comportamiento soez y maleducado y los manden a callar sus compañeros de jaula. Será un experimento a tener en cuenta. Ya veremos sus resultados y creo que nos los podrán contar los psicólogos y etólogos que como Irene Maxine Pepperberg, profesora-adjunta de psicología en la Universidad de Brandeis y profesora-lectora en la Universidad de Harvard, han trabajado durante décadas para conocer el comportamiento de estos loros: “En junio de 1977, un joven loro gris africano (Psittacus erithacus) de 13 meses llegó a la Universidad de Purdue, en West Lafayette (Indiana). El yaco había sido escogido de un aviario de las cercanías de Chicago no por sus cualidades, sino completamente al azar. Nada más llegar al laboratorio recibió el nombre de Alex (1976-2007), cuyas iniciales se corresponden con «Animal Learning EXperiment». Estaba a punto de comenzar una de las más apasionantes experiencias ocurridas en el ámbito de la ciencia que se dedica al estudio de la inteligencia animal. Veinticinco años después, podemos decir que los loros grises africanos han entrado por fin en los debates y teorías de psicólogos cognitivos, neurólogos y etólogos como nunca había ocurrido antes, y aunque lo han hecho de manera algo polémica, pocos expertos en cognición animal dudan ahora que hay que tomarse en serio la inteligencia de los papagayos. Esto se lo debemos fundamentalmente a la tenacidad, el empeño y la perseverancia de la persona que encargó en su día aquel yaco de Chicago para someterlo a un largo programa de investigación: Irene Maxine Pepperberg. Por supuesto, también se lo debemos a Alex” (1).

Los experimentos llevados a cabo con esta especie demuestran que si se les educan bien, son animales muy inteligentes, cercanos a las personas, sensibles, respetuosos y buenos compañeros de viaje a lo largo de su vida que, en algunos casos, superan los sesenta años. Para no olvidarlos, porque en laboratorio han demostrado que comparten con los humanos muchas más habilidades cognitivas que pronunciar palabras para insultar. Esa debería ser la gran noticia.

NOTA: la imagen ha sido recuperada hoy de https://www.iucnredlist.org/species/22724813/129879439

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Irene_Pepperberg

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¡Qué solos están en Madrid!

Sevilla, 3/X/2020

Mi infancia son recuerdos de Madrid, una ciudad amable, acogedora, a la que llegué cuando sólo tenía cuatro años. No tenía mi casa natal de Sevilla, ni huerto alguno en el que madurara el limonero; mi juventud también se inició allí. Ahora, cuando ya dejé allí las cosas de niño y juventud, regreso mentalmente a Madrid y me encuentro con una ciudad en estado de sitio por el coronavirus, con un sentimiento -que intuyo- de soledad institucional de salud pública cuando amanece todos los días. En este sentido he recordado una canción emblemática de Hilario Camacho, Madrid amanece, que dibujó también una ciudad preocupante y que hoy, salvando lo que haya que salvar, nos puede servir para contar a los cuatro vientos esa soledad que embarga a sus millones de habitantes por la mala gestión política del gobierno correspondiente. Fundamentalmente, a los que menos tienen y sobre los que se han centrado en una primera fase las medidas restrictivas por la segunda ola de la pandemia, cuando de todos es sabido que las condiciones de hábitat en los primeros barrios confinados, hasta un cierto punto, son en muchos casos donde más se muestran los estragos de la pobreza absoluta.

Hilario Camacho escribió la letra de la canción en 1981, tomando conciencia de lo que ya se constataba como una amenaza a la naturaleza y al ser humano en toda regla. Ahora, esa letra nos ayuda a comprender bien qué significa la orfandad de la ciudadanía por no respetarse la correcta política en defensa del interés general, cuyo resultado es, digámoslo sin remilgo alguno, de muerte. Aquella letra resuena ahora en mi mente de forma especial, a modo de denuncia ética:

Madrid amanece
con ruido, con humo
y oscuros borrones
flotando entre nubes.
Madrid amanece
entre sueños perdidos,
confusión y sorpresa
latiendo en las venas.
Y entre tinieblas de fiebre,
se abre paso la luz,
es como una resaca
contagiosa y común,
que te vuelve a recordar,
qué solo estás,
qué solo estás,
qué solo estás,
en medio de tanta gente
una vez más,
una vez más,
una vez más,
qué solo estás,
en medio de tanta gente,
qué solo estás.

Todavía hay más en su canción protesta:

Madrid amanece
con miradas de odio
egoísmo y desdicha,
corriendo sin meta.
Madrid amanece
entre amorosas cadenas,
amarga desidia
y lágrimas ácidas
Y ese llanto salado,
moja tu paladar.
Madrid amanece a través del cristal
que te vuelve a recordar,
qué solo estás,
qué solo estás,
qué solo estás
en medio de tanta gente,
una vez más,
una vez más,
una vez más,
qué solo estás,
en medio de tanta gente,
qué solo estás.

Se despide con tristeza después de contarnos esa realidad de Madrid, que puede ser la de hoy mismo entre amargas desidias y lágrimas ácidas: una vez más, una vez más, una vez más, qué solos están en medio de tanta gente, qué solos están.

Apago el tocadiscos que reproduce de vez en cuando mi banda sonora vital, pongo el brazo en su sitio y me pregunto dónde están las fuerzas progresistas en Madrid para denunciar tanta dejadez, tanta estulticia y tanta mediocridad política, dejando en la orfandad más absoluta a la ciudadanía en general y al personal sanitario y de múltiples servicios esenciales, en particular, que han dado muestras en la llamada primera ola de una profesionalidad y generosidad sin límites. Aunque ahora vivo a más de quinientos kilómetros, siento que mi infancia sigue siendo recuerdos de una ciudad amable, acogedora, a la que llegué cuando sólo tenía cuatro años, donde nunca me sentí extraño o extranjero. No tenía mi casa natal de Sevilla, ni huerto alguno en el que madurara el limonero; pero mi juventud también se inició allí y la ciudad me educó como ciudadano en la dignidad de lo que Antonio Machado sentía como ser un hombre bueno, más que un hombre al uso que sabe su doctrina. Y Madrid me duele en el alma cuando veo a sus millones de ciudadanos solos, entre sueños perdidos, confusión y sorpresa, mientras amanece / con miradas de odio / egoísmo y desdicha, / corriendo sin meta… / entre amorosas cadenas, / amarga desidia / y lágrimas ácidas / Y ese llanto salado, / moja tu paladar. Una soledad sonora en medio de tanta gente: qué solos están, qué solos están, qué solo están…, en medio de tanta gente, qué solos están.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Mafalda se quedó con nosotros

Sevilla, 2/X/2020

Mafalda eligió Oviedo para quedarse con nosotros. Quino se fue el miércoles pasado a su cielo particular sabiendo que ella no se quedaba sola sino acompañada por millones de personas. Él pensaba que su hija más querida, una niña eterna, estaba muy a gusto en su parque de Oviedo, sentada, pensativa y deseando que quien la viera se sentara un ratito para acompañarla, aunque a veces no dijera nada porque casi todo estaba dicho en sus tiras famosas. 

Joaquín S. Lavado Tejón, Quino, hijo de emigrantes andaluces, obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2014, donde el jurado destacó que: “Quino alcanzó fama internacional con la creación del universo de Mafalda, una niña que percibe la complejidad del mundo desde la sencillez de los ojos infantiles. Mafalda, la principal protagonista del trabajo creativo de Quino, es inteligente, irónica, inconformista, contestataria y sensible. Sueña con un mundo más digno, justo y respetuoso con los derechos humanos. Al cumplirse el 50 aniversario del nacimiento de Mafalda, los lúcidos mensajes de Quino siguen vigentes por haber combinado con sabiduría la simplicidad en el trazo del dibujo con la profundidad de su pensamiento. La obra de Quino conlleva un enorme valor educativo y ha sido traducida a numerosos idiomas, lo que revela su dimensión universal. Sus personajes trascienden cualquier geografía, edad y condición social”. Así era el universo de Mafalda, su sempiterno globo terráqueo que intentaba comprender a diario, sin éxito, por más vueltas que le diera a su pequeña cabeza todos los días. Una metáfora espléndida.

Mafalda nació el 29 de septiembre de 1964, cuando se publicó la primera tira en el semanario Primera Plana, de Buenos Aires. A sus cincuenta y seis años todo el mundo dice que sigue siendo una niña rebelde, “inteligente, irónica, inconformista, contestataria y sensible”, entusiasta de los Beatles, los panqueques y el Pájaro loco, que odió la sopa, amiga de sus amigos, Felipe, Manolito, Susanita, Miguelito y Libertad, con una relación con sus padres de contestación permanente en el mejor sentido de la palabra, siempre atenta a las ocurrencias de su hermano Guille y muy próxima al micromundo de ensoñación política de su amiga Libertad. También, su tortuga “Burocracia”, que lo decía todo con su ironía impecable. Es importante resaltar que la última tira de Mafalda se publicó el 25 de junio de 1973, abierta a todo tipo de interpretaciones. A continuación, recojo la primera y última tira en la vida de Mafalda, que sintetizan casi nueve años de su profunda memoria histórica:

Quino lanzó mensajes al mundo de una calidad extraordinaria porque sus tiras nunca fueron inocentes, como las ideologías. Como homenaje a su visión del papel a desempeñar por la mujer en su presente y futuro, al fin y al cabo el de su querida Mafalda, finalizo esta pequeña semblanza con una tira inolvidable e impensable hace tan solo cincuenta y seis años. Juzguen ustedes.

¡Gracias, Quino, porque Mafalda se ha quedado con nosotros, en una pequeña parte del mundo al revés, como nos explicó ella! No lo olvido.

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Juan Cobos Wilkins y su deseada curva azul en otoño

Sevilla, 1/X/2020

Incorporo hoy a estas reflexiones de otoño a un poeta andaluz, onubense, de Minas de Riotinto, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente, Juan Cobos Wilkins, a quien conocí hace ya muchos años, casi cuarenta, en mi etapa profesional en Huelva. Aprecio mucho la vida y la obra de Juan, a quien sigo después de tantos años en los que ha alternado entre la poesía y la novela, con alguna incursión en guiones cinematográficos. Juan es un excelente poeta y escritor de contrapuntos vitales, con una ironía finísima, yo diría que británica y de la que hace honor a su segundo apellido de raíces profundas en su ancestral tierra de cobre. Le escuché una vez decir que “Yo soy un poeta profundamente lírico e intimista pero no soy un poeta ajeno a lo que sucede en el mundo, tanto en mis libros de poemas como en mis novelas”. Me consta su pre-ocupación [sic] por el mundo de todos y sus circunstancias.

Acudo a mi biblioteca y escojo una publicación suya, cuidadísima, a modo de carpeta con hojas sueltas, El jardín mojado (1), un texto iniciático que conservo como una joya bibliográfica de indudable valor sentimental. De esas hojas sueltas, que no caídas por el otoño, escojo la veintiocho (XXVIII), que lleva un título paradigmático para la vida de cada cual, El prisionero, con una duda existencial que podría ser la mía en este otoño, bellamente expresado a lo largo del poema:

Quiero salir de aquí.

Debe haber, tras estos muros vencidos a la yedra,
una curva suave, azul, estremecida.
Infinito nadir. Línea trazada por un niño
con el dedo azul de su secreta caja de colores.

Ha de existir, lo sé.
Y necesito navegarla;
escapar de la pesada clorofila, del
asfixiante aroma densísimo, cargado, agotador.

Pero cómo olvidar desde la huida
que ahora allí es octubre y todo
se volverá dorado, hirviente. Mágico
.

Cómo no torturarme pensando
quién regará El Jardín si yo me voy. Quién
mojará el llantén., el culantrillo…
Quién
barrerá las hojas, la maleza…
Cómo es posible no recordar tu casa,
la luz que cada noche tendía
una trampa de amor.

Huir y no volver. Dejar que las ortigas
lo inunden todo.
Morir en El Jardín, vivir
por siempre
encerrado. Prisionero
de la cárcel que tú mismo cultivas.

Y presiento que existe esa remota línea.
Y veo que está oleándose. Y me aguarda.,
a ti voy,
en el azul nadar.

La verdad es que leyendo este poema siento que quiero salir de esta situación tan amarga que estamos viviendo como prisioneros en el mundo del coronavirus. Gracias Juan, por ayudarnos a abandonar nuestras zonas de confort y arriesgarnos a hacer singladuras vitales hacia alguna parte que nos puedan reconfortar ahora. A través de tus palabras, sé ahora que un día, ya lejano, dibujé también en mi «Diario» una curva azul, suave, estremecida, cerca de mi maestra Dª Antonia y bajo su atenta mirada, con un lápiz de color azul Alpino, pensando siempre en regresar al Sur, en el que había nacido. Y eso hoy me reconforta, comenzando el mes de octubre, quizás dorado e hirviente.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://huelvaya.es/2015/08/06/las-generaciones-poeticas-onubenses-i/

(1) Cobos Wilkins, Juan (1981). El jardín mojado. Sevilla: Dendrónoma.

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Antonio Machado retrató su soledad en otoño

Aula donde Antonio Machado impartió clases de francés, en Baeza (Jaén), de 1912 a 1919

Sevilla, 30/IX/2020

Antonio Machado compuso varios poemas sobre el otoño, estación que describió siempre a tenor de su estado de ánimo, casi en permanente melancolía. He querido estar cerca de él en estos días, como paisano que puedo comprender bien su sobrecogedor retrato personal y de la vida. También de las estaciones del año. Me he detenido en uno especialmente profundo, Caminos, escrito durante su estancia en Baeza, porque destila en él sentimientos de soledad y pena. Había fallecido Leonor recientemente, con sólo 18 años, y ya acostumbraba ir acompañado solo por su soledad sonora, con su sombra y con su pena, haciendo camino al andar como solo él sabía hacerlo:

De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza.

Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.

Lejos los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos…
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!

(Caminos, CXVIII)

Baeza fue su primer destino después de la ausencia de Leonor, reconociendo que estaba profundamente afectado en su estado anímico y que la vida no le sonreía como el quisiera: ¿Será porque se ha ido / quien asentó mis pasos en la tierra, / y en este nuevo ejido / sin rubia mies, la soledad me aterra? (Elogios, CXLI). Siempre que voy a Baeza tengo una cita obligada con el poeta en un sitio muy querido por él, su clase del Instituto General y Técnico donde daba clases de francés, donde me siento en la primera banca como a la espera de sus palabras. Allí intento recrear en mi imaginario personal la presencia de Machado y sus alumnos en cualquier estación del año, siete largos cursos académicos y vitales en los que se acostumbró a vivir solo y junto a los recuerdos de su querida Leonor Izquierdo. Voy siempre a Baeza al igual que lo hizo Mario Benedetti hace ya algún tiempo, en su Peregrinación a Machado, con la ilusión de verlo y comprenderlo (1):

mas no vine a baeza a ver baeza
sino a encontrar a don antonio
que estuvo por aquí
desolado y a solas
la muerte adolescente
de leonor en sus manos
y en su mirada y en su sombra
tengo que imaginarlo
aterido en el aula
junto al brasero las botas raídas
dictando lamartine y víctor hugo
ya que tan solo era
profesor de francés uno de tantos

Soy consciente de que en este otoño tan especial, rodeado de tanta niebla y tanto miedo, podría quedarme también con la reflexión final de Benedetti en su visita a Baeza, al entrar ahora en la niebla del otoño, aprendiendo a sobrellevar esta estación junto a Machado: él como el caminante de sus sueños / yo como un peregrino de los suyos

(1) Benedetti, Mario (2005). Inventario 2: poesía completa (1986-1991). Madrid: Visor Libros.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El otoño nos recuerda que somos bocas del tiempo

Tiempo que dice

De tiempo somos.
Somos sus pies y sus bocas.
Los pies del tiempo caminan en nuestros pies.
A la corta o a la larga, ya se sabe, los vientos del tiempo borrarán las huellas.
¿Travesía de la nada, pasos de nadie? Las bocas del tiempo cuentan el viaje.

Eduardo Galeano, Bocas del tiempo

Se nos va septiembre, pero el otoño continúa como en una ceremonia de noria sentimental girando sin fin, porque todo fluye y nada permanece aunque la vida repita actos humanos o los que sencillamente reproducen las leyes de la naturaleza. Es lo que nos dejó escrito Eduardo Galeano, en esta galería poética y de escritores que he elegido en este otoño tan especial, para demostrarnos que hemos nacido para volar, para contar nuestros viajes particulares porque somos pies y bocas del tiempo y porque nuestros pensamientos, deseos y sueños también pueden volar si nos deja hacerlo la propia vida. Su mensaje es claro y circular: los años son los que vuelan, porque nosotros permanecemos un tiempo, el de cada uno, porque cada día tiene su afán y cada tiempo su momento, sabiendo como sabemos y nos lo transmitieron los sabios del lugar histórico de cada cual que, vanidad de vanidades, todo es vanidad, porque las grandes preguntas de la vida suelen volar como nosotros o como las mariposas de Galeano en Bocas del tiempo (1):

El vuelo de los años

Cuando llega el otoño, millones y millones de mariposas inician su largo viaje hacia el sur, desde las tierras frías de la América del Norte.

Un río fluye, entonces, a lo largo del cielo: el suave oleaje, olas de alas, va dejando, a su paso, un esplendor de color naranja en las alturas. Las mariposas vuelan sobre montañas y praderas y playas y ciudades y desiertos.

Pesan poco más que el aire. Durante los cuatro mil kilómetros de travesía, unas cuantas caen volteadas por el cansancio, los vientos o las lluvias; pero las muchas que resisten aterrizan, por fin, en los bosques del centro de México.

Allí descubren ese reino jamás visto, que desde lejos las llamaba.

Para volar han nacido: para volar este vuelo. Después, regresan a casa. Y allá en el norte, mueren.

Al año siguiente, cuando llega el otoño, millones y millones de mariposas inician su largo viaje…

Es verdad lo que deja entrever esta lectura del otoño natural y universal, pero Galeano nos inquieta con un contrapunto de la falta de esa libertad, de la que hacen gala las mariposas incluso en el otoño, expresándolo con duras palabras sobre la que no tienen los emigrantes ahora, en estos días, otras bocas del tiempo, en una reflexión también necesaria cuando vemos cómo se impide la libertad de movimiento a los más débiles:

Los emigrantes, ahora

Desde siempre, las mariposas y las golondrinas y los flamencos vuelan huyendo del frío, año tras año, y nadan las ballenas en busca de otra mar y los salmones y las truchas en busca de sus ríos. Ellos viajan miles de leguas, por los libres caminos del aire y del agua. No son libres, en cambio, los caminos del éxodo humano. En inmensas caravanas, marchan los fugitivos de la vida imposible. Viajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia el poniente. Les han robado su lugar en el mundo. Han sido despojados de sus trabajos y sus tierras. Muchos huyen de las guerras, pero muchos más huyen de los salarios exterminados y de los suelos arrasados. Los náufragos de la globalización peregrinan inventando caminos, queriendo casa, golpeando puertas: las puertas que se abren, mágicamente, al paso del dinero, se cierran en sus narices. Algunos consiguen colarse. Otros son cadáveres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombre que yacen bajo tierra en el otro mundo adonde querían llegar. Sebastião Salgado los ha fotografiado, en cuarenta países, durante varios años. De su largo trabajo, quedan trescientas imágenes. Y las trescientas imágenes de esta inmensa desventura humana caben, todas, en un segundo. Suma solamente un segundo toda la luz que ha entrado en la cámara, a lo largo de tantas fotografías: apenas una guiñada en los ojos del sol, no más que un instantito en la memoria del tiempo.

Como está permitido volar en nuestros sueños, no hace mucho tiempo, diseñé la palabra “libertad” con alas auténticas de mariposas, uniendo las imágenes, no las alas disecadas, de las mariposas de la especia Metálica, de la Selva peruana y de las Guayanas, la Satúrnida de Ghana, la Noctuida negra de Venezuela, la Tigre nocturna de Boston, la Marrón de Guatemala, la Papilio de Nueva Guinea y la Apolo de Suiza, conformando con ellas la palabra LIBERTAD (2), porque ordenadas como acrónimo, todas ellas, enumeradas por el orden que he expuesto, nos brindan la oportunidad de leer en sus alas esta palabra mágica, libertad, a la que aspiramos alcanzar cuidando con esmero las quimeras de la dignidad. He unido las dos Metálicas, con la L y la I en sus alas; la Satúrnida, mostrándome una B hermosa; la Noctuida, son la E bien trazada; la Tigre, con una R resplandeciente; la Marrón, dibujando una T de Tierra; la Papilio, mostrando una A de asombro y, finalmente, la Apolo, con una D de decisión para volar siempre en sueños posibles. Me he paseado en ellas por el mundo, volando de norte a sur y de este a oeste, en mi mapamundi imaginario de libertad, mostrándome siempre que es urgente no faltar al respeto de la madre naturaleza, en todas y cada una de sus manifestaciones. Libertad alada, libertad. Naturaleza libre y alada, naturaleza. Alma alada y libre (3), solo alma también en otoño, expresándolo con nuestras bocas del tiempo.

La reflexión más importante, leyendo de nuevo a Galeano, es que el otoño no es igual para todos, porque la libertad de vivirlo no es la misma. Emigrantes y mariposas demuestran que el diseño del mundo en la actualidad, para los más débiles, es solo un boceto de la dignidad humana. Quizá nos ayuden estas palabras a comprender mejor la razón del tiempo y de cada otoño en cada lugar del mundo. También en el nuestro, quizás con el regalo que nos hace a todos la vida por la capacidad humana que tenemos de aprehender bien qué significa el libre camino del aire frío, de la niebla y del agua para poder volar tranquilos, aunque la realidad de cada otoño demuestra que volar por necesidad, no por azar, no es igual para todos. Las bocas del tiempo y de la libertad unida a él no son las mismas para todos. No es lo mismo, no es lo mismo.

NOTA: la imagen de Eduardo Galeano se ha recuperado hoy de https://90minutos.co/a-sus-74-anos-murio-el-escritor-y-periodista-uruguayo-eduardo-galeano/

(1) Galeano, Eduardo (2004). Bocas del tiempo. Madrid: Siglo XXI.

(2) La imagen de estas mariposas es un montaje fotográfico de elaboración propia, sobre el alfabeto alado descubierto por el naturalista y fotógrafo noruego Kjell Sandved.

(3) Satz, Mario (2019). El alfabeto alado. Barcelona: Acantilado-Quaderns Crema.

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Los otoños infantiles de Luis Cernuda

Sevilla, 28/IX/2020

Para Cernuda el otoño era un sentimiento que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento porque, siguiendo a Alberti, si el otoño no tiene sentimiento es sólo eso, una palabra de cinco letras: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. Además, había nacido en esta estación. Lo he recordado hoy porque Cernuda ha vuelto a mi memoria de hipocampo al conocer una noticia del pasado martes 22 de septiembre, sobre el descubrimiento de tres proyectiles de la guerra civil en su casa natal, aquí en Sevilla, en la calle Acetres, en las tareas de limpieza que se están llevando a cabo después de muchos años de abandono desde que, finalmente, fue adquirida por el Ayuntamiento de Sevilla, salvándola de la especulación inmobiliaria y del olvido, entregándola a la ciudad para un fin estrictamente cultural y vinculado con el autor. Todo un símbolo. Una casa que siempre la pensó y sintió Cernuda para la paz, nunca para la guerra. En ella vivió hasta 1914, año en que se trasladó la familia a una casa en el Porvenir tras el fallecimiento de su padre y, posteriormente, a la de la calle Aire, última residencia del poeta.

Para conocer a fondo a Cernuda conviene leer atentamente su obra Ocnos, título que él explicó precisamente unos días antes de morir: “Librito que creció, aunque no mucho, y la búsqueda de un título ocupó al autor, hasta hallar en Goethe mención de Ocnos, personaje mítico que trenza los juncos que han de servir como alimento a su asno. Halló cierta ironía justa en dar el nombre de Ocnos como título del libro, se tome al asno como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público igualmente inconsciente y destructor», donde precisamente dedica una reflexión intimista, la tercera, al otoño en su tierra, que la vuelvo a leer de forma pausada con la ilusión y expectativa de la primera vez, porque me aporta otra forma de vivir con encanto esta estación tan mágica y controvertida:

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.

La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: “Que descorran la vela”, y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de casa, moviendo ligera sus pies de plata con rumor rítmico sobre las losas de mármol.

De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal la sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.

Cuando finalizo su lectura, recupero el sentimiento de otoño que tenía Cernuda, expresado también en otro poema con palabras bellas: Llueve el otoño aún verde como entonces / Sobre los viejos mármoles, / Con aroma vacío, abriendo sueños. / Y el cuerpo se abandona. Me consuela saber que puedo abrir sueños, abandonando todo lo que hoy nos sobra para comprenderlos este otoño, porque el tiempo consume todo lo que ocurre y hay que saber alimentarlo, como sabía hacer Ocnos, el personaje mítico que entusiasmó a Cernuda.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Dolores y Manuel, nuevas voces de Andalucía

Sevilla, 27/IX/2020

No me refiero, obviamente, a Lole y Manuel, sino a dos participantes en la nueva edición del programa “La voz” que sigo de vez en cuando por mi amor a la música y, sobre todo, a las personas que empiezan a vivir muy unidos a ella en cualquiera de sus manifestaciones. La historia de artistas andaluces se repite para bien de todos. En este caso, Dolores y Manuel o Manuel y Dolores, son dos andaluces, sevillana ella y valverdeño él, que han logrado pasar la audición a ciegas a la que han sido sometidos en el programa citado. Lo sorprendente en este caso es que Dolores Berg ya la conocía por una presentación que hizo con el conjunto con el que cantaba entonces, Cadencia, en la sede de la FNAC, con motivo de su inauguración, en mayo de 2007. Me emocionó aquella actuación y escribí un post en este cuaderno digital, Cadencia, en el que ensalzaba su forma de interpretar y bailar como los ángeles: “Ayer asistí a un espectáculo de sensaciones. A una persona tan amante del cerebro y de sus estructuras, este tipo de experiencias solo hace reforzar la importancia de los sentimientos y de las emociones en estado puro. Fue con motivo de los actos programados por FNAC, en los días esplendorosos de su inauguración en Sevilla. Su composición escénica, y la música y las palabras que lanza al aire Dolores cuando canta, baila, cuando abre sus manos y sus dedos juegan con dibujos imaginables para todas y todos los asistentes, generan un sentimiento de participación activa haciendo muy grande el escenario, su forma de hacer música, dando el protagonismo a todas las personas que como ayer, llenábamos el pequeño espacio destinado a tal fin por FNAC”. Si algo le honraba a Cadencia es que hacía sentir, es que transmitía, es que contagiaba, tanto en la alegría como en la nostalgia. Y Dolores era la protagonista de estas bellas acciones.

Cuando el pasado viernes escuché a Dolores de nuevo cantando una versión muy personal de Lucía, la que tanto identificó a Serrat con la más bella historia de amor que tuvimos o podríamos tener en un momento de nuestra vida, volví a recordar las palabras que resumían aquella actuación lejana en el tiempo, en la sede de FNAC, porque Dolores cantaba “[…] con una voz a veces sensible y a veces desgarrada por cada palabra transmitida, con una sonrisa demostrativa de su calidad afectiva, con bailes elegantes y manos diestras en castañuelas, conga y las caricias al sartal de conchas”. Finalmente, se volvieron Alejandro Sanz y Antonio Orozco, andaluces de cuna o de adopción, descubriendo el alma secreta de Dolores que ha vuelto a cantar con la sensibilidad que yo descubrí aquella noche francesa. Ella optó por quedarse con Antonio Orozco, haciendo caso a la razón de su corazón y a la indicación de su hija.

A Manuel Cabello lo descubrí el día de su actuación, aunque sabía muchas cosas de él con anterioridad a través de mi familia, por haber nacido en Valverde del Camino (Huelva), pueblo al que quiero con el corazón desde hace muchos años y porque pude conocer bien a su madre, excelente cuidadora de almas mayores, de la que sólo tenemos agradecimientos especiales en nuestra familia. Era obvio considerar el alma musical de Manuel, que pude comprobar al escucharlo atentamente al piano y cruzando sus notas con su voz especial interpretando “Y sin embargo”, alcanzando un momento mágico sobre el escenario al interpretar la misma canción en forma de dueto junto a Pablo López, su gran sueño y espejo musical, con la sombra alargada de Joaquín Sabina a través de su letra.

Casualmente, escuché ayer al Dr. Valentín Fuster, desde Nueva York, hablar sobre la verdadera situación actual de la pandemia en nuestro país y lo que él y su equipo científico están haciendo por contrarrestar sus devastadores efectos en beneficio de la sociedad mundial, que tanto agradezco, aunque si lo traigo a colación ahora es porque en cierta ocasión, en 2013, en una visita a España, dijo algo verdaderamente deslumbrante para nuestro país, tan amigo de pecados capitales y descrédito de lo propio, más que de lo ajeno y que necesita urgentemente transmitir positividad: “Yo puedo estar hablando todo el rato del desastre que hay en España. Pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…”, si “algo” se hace bien, o lo que es lo mismo, puedo estar hablando todo el rato de lo que no nos gusta de Andalucía, pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona… Y comprobaremos que es verdad, que funcionan muchas cosas en esta maravillosa región, de la que dos dignos representantes, Dolores y Manuel, Manuel y Dolores, tanto monta monta tanto, en un programa de talentos de la voz, han pronunciado palabras andaluzas excelentes a través de la música, habiendo sido elegidos en unas audiciones a ciegas, desconociendo sus mentores su origen, por su forma de ser y cantar, por su forma de decir a España y a quien quiera escucharlos que sin embargo, a pesar de la situación actual, el Sur también existe, canta y resiste.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Nuestra es el alba en otoño

Sevilla, 27/IX/2020

El otoño es una estación que apesadumbra a muchas personas. Estos días estoy buscando el sentido a esos días que llegan, cortos, con nubes y lluvia, asomando el frío, que son realidades incontestables, pero que cada uno, cada una, lo vive según el cristal de otoño con el que se miran. Hoy he buscado una respuesta en Rafael Alberti, a quien tanto admiro desde hace ya muchos años, que tanto me ha entregado en tantos caminos, veredas, mares y riberas que he recorrido, surcado o, finalmente, atracado, deteniéndome en un poema de contrarios, Nuevos retornos del otoño, que me permite comprender qué significa el alma humana cuando se inunda de tristeza casi sin saber  por qué, atenazándonos a veces hasta llevarnos a pensar que hay que tirar la toalla de ser diferentes o singulares sorteando como podemos la mediocridad que nos embarga. O sorteando la tentación de abandonar el barco del compromiso activo diario, en todos los frentes posibles, situación que siempre resuelvo aferrándome como puedo y me permite mi leal saber y entender, a mi sitio fijo en la amura de babor de “La isla desconocida”, la carabela imaginaria de José Saramago en su “Cuento de la isla desconocida”, que me acompaña siempre que inicio un viaje hacia alguna parte: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual”.

Abro mi viejo libro Poesía, de Alberti, con sus tapas de piel ya gastada y me detengo en la página 918 para leer el poema citado (1), que recuerdo golpe a golpe, verso a verso, a modo de retorno de lo vivo lejano:

Nos dicen: Sed alegres.
Que no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos
ni el más leve ruido de una lágrima.
Está bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero,
más hay horas, hay días, hasta meses y años
en que se carga el alma de una justa tristeza
y por tantos motivos que luchan silenciosos
rompe a llorar, abiertas las llaves de los ríos.

Miro el otoño, escucho sus aguas melancólicas
de dobladas umbrías que pronto van a irse.
Me miro a mí, me escucho esta mañana
y perdido ese miedo
que me atenaza a veces hasta dejarme mudo,
me repito: Confiesa
grita valientemente que quisieras morirte.

Di también: Tienes frío.
Di también: Estás solo, aunque otros te acompañen.
¿Qué sería de ti si al cabo no volvieras?
Tus amigos, tu niña, tu mujer, todos esos
que parecen quererte de verdad, ¿qué dirían?

Sonreíd. Sed alegres. Cantad la vida nueva.
Pero yo sin vivirla, ¡cuántas veces la canto!
¡Cuántas veces animo ciegamente a los tristes,
diciéndoles: Sed fuertes, porque vuestra es el alba!

Perdonadme que hoy sienta pena y la diga.
No me culpéis. Ha sido
la vuelta del otoño.

Miro al horizonte cercano, el que me rodea y comprendo que el alba de la vida puede ser también nuestra en Otoño.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://lahuellagallery.wordpress.com/2013/07/06/rafael-alberti-chicos-de-nazca-o-de-cualquier-lugar/

(1) Alberti, Rafael (1972). Poesía (1924-1967). Madrid : Aguilar

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¿Es posible el azul en Otoño?

Sevilla, 26/IX/2020

Federico García Lorca cantó el azul de su cielo, tal y como lo expresó en un poema, Ritmo de Otoño (Libro de Poemas, 1921), dedicado a Manuel Ángeles y que escribió en 1920, cuando sólo tenía 22 años, aunque ese color lo pintara como algo imposible de alcanzar en esta estación por parte de almas inquietas. Manuel Ángeles Ortiz fue un amigo entrañable de García Lorca, “un hermano”, un pintor excepcional, que acabó en el exilio francés, falleciendo en París en 1984. En 1989 volvió a España, a su tierra de adopción, Granada, donde fue enterrado en el cementerio de San José para respetar su voluntad de volver a su ciudad tan querida. Jorge Semprún, Ministro de Cultura de aquella época, envió un telegrama a su familia con un mensaje de respeto a la memoria democrática en este país: “vuelve al fin del destierro Manolo Ángeles Ortiz. Todos hemos ido volviendo. También los que se quedaron. Aquí estamos juntos, los vivos y los muertos. En esta tierra. Para desterrar de ella toda amenaza del destierro político”.

Me imagino que cuando Federico escribió este poema pensaría en él, en un otoño al que se le escapaba entre las manos y sus ojos el azul que él creía imposible, recordando que siempre animaba a cantar a su “hermano” Manuel para comprender mejor la vida, según cuenta el pintor: “Fue una fiesta simpática y alegre. Cantaban a coro familiares y amigos romanzas y fragmentos de zarzuelas. Recuerdo que una de las cosas que cantaban era aquello tan popular de: ‘Por fin te miro, Ebro famoso…’ de ‘Gigantes y Cabezudos’. Pero como yo era muy tímido, empezaba a cantar y miraba a unos y a otros, me daba vergüenza y me callaba. Entonces mi madre me decía: ¡Niño canta! ¡Pero, canta, niño! Esto no lo olvidó nunca Federico y ya, para siempre, de vez en cuando, me decía: ¡Niño, canta!” (1). Era tanto el aprecio del poeta a Manuel, que llegó a decir de él que “La poesía de su pintura y la pintura de mi poesía nacen del mismo manantial”.  

Ahora sólo queda leer en Otoño estas palabras de García Lorca, porque quizá nos ayuden a comprender bien el ritmo de esta estación tan peculiar, tan osadamente diferente por la inquietante paleta de colores de la vida de cada cual, pero donde podemos adquirir el compromiso de descubrir la importancia de la amistad, sentimiento que cuidó con tanto detalle el poeta, aunque no podamos escribir sobre ella con la magia de sus palabras, nacidas en el manantial de su persona de secreto:

Amargura dorada en el paisaje.
El corazón escucha.

En la tristeza húmeda el viento dijo:
Yo soy todo de estrellas derretidas,
sangre del infinito.
Con mi roce descubro los colores
de los fondos dormidos.
Voy herido de místicas miradas,
yo llevo los suspiros
en burbujas de sangre invisibles
hacia el sereno triunfo
del amor inmortal lleno de Noche.

Me conocen los niños,
y me cuajo en tristezas.
Sobre cuentos de reinas y castillos,
soy copa de luz. Soy incensario
de cantos desprendidos
que cayeron envueltos en azules
transparencias de ritmo.
En mi alma perdiéronse solemnes
carne y alma de Cristo,
y finjo la tristeza de la tarde
melancólico y frío.
El bosque innumerable.

Llevo las carabelas de los sueños
a lo desconocido.
Y tengo la amargura solitaria
de no saber mi fin ni mi destino.

Las palabras del viento eran suaves
con hondura de lirios.
Mi corazón durmiose en la tristeza
del crepúsculo.

Sobre la parda tierra de la estepa
los gusanos dijeron sus delirios.

Soportamos tristezas
al borde del camino.
Sabemos de las flores de los bosques,
del canto monocorde de los grillos,
de la lira sin cuerdas que pulsamos,
del oculto sendero que seguimos.
Nuestro ideal no llega a las estrellas,
es sereno, sencillo:
quisiéramos hacer miel, como abejas,
o tener dulce voz o fuerte grito,
o fácil caminar sobre las hierbas,
o senos donde mamen nuestros hijos.

Dichosos los que nacen mariposas
o tienen luz de luna en su vestido.
¡Dichosos los que cortan la rosa
y recogen el trigo!
¡Dichosos los que dudan de la muerte
teniendo Paraíso,
y el aire que recorre lo que quiere
seguro de infinito!
Dichosos los gloriosos y los fuertes,
los que jamás fueron compadecidos,
los que bendijo y sonrió triunfante
el hermano Francisco.
Pasamos mucha pena
cruzando los caminos.
Quisiéramos saber lo que nos hablan
los álamos del río.

Y en la muda tristeza de la tarde
respondioles el polvo del camino:
Dichosos, ¡oh gusanos!, que tenéis
justa conciencia de vosotros mismos,
y formas y pasiones,
y hogares encendidos.
Yo en el sol me disuelvo
siguiendo al peregrino,
y cuando pienso ya en la luz quedarme,
caigo al suelo dormido.

Los gusanos lloraron, y los árboles,
moviendo sus cabezas pensativos,
dijeron: El azul es imposible.
Creíamos alcanzarlo cuando niños,
y quisiéramos ser como las águilas
ahora que estamos por el rayo heridos.
De las águilas es todo el azul.
Y el águila a lo lejos:
¡No, no es mío!
Porque el azul lo tienen las estrellas
entre sus claros brillos.
Las estrellas: Tampoco lo tenemos:
está entre nosotras escondido.
Y la negra distancia: El azul
lo tiene la esperanza en su recinto.
Y la esperanza dice quedamente
desde el reino sombrío:
Vosotros me inventasteis corazones,
Y el corazón:
¡Dios mío!

El otoño ha dejado ya sin hojas
los álamos del río.

El agua ha adormecido en plata vieja
al polvo del camino.
Los gusanos se hunden soñolientos
en sus hogares fríos.
El águila se pierde en la montaña;
el viento dice: Soy eterno ritmo.
Se oyen las nanas a las cunas pobres,
y el llanto del rebaño en el aprisco.

La mojada tristeza del paisaje
enseña como un lirio
las arrugas severas que dejaron
los ojos pensadores de los siglos.

Y mientras que descansan las estrellas
sobre el azul dormido,
mi corazón ve su ideal lejano
y pregunta:
¡Dios mío!
Pero, Dios mío, ¿a quién?
¿Quién es Dios mío?
¿Por qué nuestra esperanza se adormece
y sentimos el fracaso lírico
y los ojos se cierran comprendiendo
todo el azul?

Sobre el paisaje viejo y el hogar humeante
quiero lanzar mi grito,
sollozando de mí como el gusano
deplora su destino.
Pidiendo lo del hombre, Amor inmenso
y azul como los álamos del río.
Azul de corazones y de fuerza,
el azul de mí mismo,
que me ponga en las manos la gran llave
que fuerce al infinito.
Sin terror y sin miedo ante la muerte,
escarchado de amor y de lirismo,
aunque me hiera el rayo como al árbol
y me quede sin hojas y sin grito.

Ahora tengo en la frente rosas blancas
y la copa rebosando vino.

NOTA: La imagen corresponde a la portada de la publicación de esta obra de Antonina Rodrigo, revisada, aumentada y actualizada sobre la edición primera en 1984, en Plaza & Janés, que se llevó a cabo en 2010 por la interesante editorial Zumaque, con sede en Alcalá la Real (Jaén).

(1) Rodrigo, Antonina (2010). Federico García Lorca y Manuel Ángeles Ortíz. Memorias de Granada. Alcalá la Real (Jaén): Zumaque.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.