Nuestra es el alba en otoño

Sevilla, 27/IX/2020

El otoño es una estación que apesadumbra a muchas personas. Estos días estoy buscando el sentido a esos días que llegan, cortos, con nubes y lluvia, asomando el frío, que son realidades incontestables, pero que cada uno, cada una, lo vive según el cristal de otoño con el que se miran. Hoy he buscado una respuesta en Rafael Alberti, a quien tanto admiro desde hace ya muchos años, que tanto me ha entregado en tantos caminos, veredas, mares y riberas que he recorrido, surcado o, finalmente, atracado, deteniéndome en un poema de contrarios, Nuevos retornos del otoño, que me permite comprender qué significa el alma humana cuando se inunda de tristeza casi sin saber  por qué, atenazándonos a veces hasta llevarnos a pensar que hay que tirar la toalla de ser diferentes o singulares sorteando como podemos la mediocridad que nos embarga. O sorteando la tentación de abandonar el barco del compromiso activo diario, en todos los frentes posibles, situación que siempre resuelvo aferrándome como puedo y me permite mi leal saber y entender, a mi sitio fijo en la amura de babor de “La isla desconocida”, la carabela imaginaria de José Saramago en su “Cuento de la isla desconocida”, que me acompaña siempre que inicio un viaje hacia alguna parte: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual”.

Abro mi viejo libro Poesía, de Alberti, con sus tapas de piel ya gastada y me detengo en la página 918 para leer el poema citado (1), que recuerdo golpe a golpe, verso a verso, a modo de retorno de lo vivo lejano:

Nos dicen: Sed alegres.
Que no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos
ni el más leve ruido de una lágrima.
Está bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero,
más hay horas, hay días, hasta meses y años
en que se carga el alma de una justa tristeza
y por tantos motivos que luchan silenciosos
rompe a llorar, abiertas las llaves de los ríos.

Miro el otoño, escucho sus aguas melancólicas
de dobladas umbrías que pronto van a irse.
Me miro a mí, me escucho esta mañana
y perdido ese miedo
que me atenaza a veces hasta dejarme mudo,
me repito: Confiesa
grita valientemente que quisieras morirte.

Di también: Tienes frío.
Di también: Estás solo, aunque otros te acompañen.
¿Qué sería de ti si al cabo no volvieras?
Tus amigos, tu niña, tu mujer, todos esos
que parecen quererte de verdad, ¿qué dirían?

Sonreíd. Sed alegres. Cantad la vida nueva.
Pero yo sin vivirla, ¡cuántas veces la canto!
¡Cuántas veces animo ciegamente a los tristes,
diciéndoles: Sed fuertes, porque vuestra es el alba!

Perdonadme que hoy sienta pena y la diga.
No me culpéis. Ha sido
la vuelta del otoño.

Miro al horizonte cercano, el que me rodea y comprendo que el alba de la vida puede ser también nuestra en Otoño.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://lahuellagallery.wordpress.com/2013/07/06/rafael-alberti-chicos-de-nazca-o-de-cualquier-lugar/

(1) Alberti, Rafael (1972). Poesía (1924-1967). Madrid : Aguilar

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.