Justa y Rufina

rufina

Las he contemplado de cerca en la exposición comisariada por Gabriele Finaldi, director de la National Gallery, que la Fundación Fondo de Cultura de Sevilla (Focus) ofrece en Sevilla en el Hospital de los Venerables hasta el próximo 2 de abril, retratadas de forma especial por dos paisanos y artistas de su tierra, Velázquez y Murillo, juntas por primera vez gracias a la cooperación de dos instituciones, una andaluza y otra americana, que han permitido este encuentro en su ciudad de nacimiento. De forma consciente me he acercado a ellas para comprender su historia, apeándolas personalmente de su santidad y queriendo entender el porqué de su veneración en esta sacrosanta ciudad.

Todo lo que he leído y que no acepta la trazabilidad histórica de su origen trianero o sus martirios prolongados, me sugiere una forma de acercarme a ellas de forma diferente, mucho más humana y menos transcendental. Se puede aceptar por la tradición oral que Justa y Rufina eran hermanas, que vivían en Híspalis y que pertenecían a una familia alfarera, sin concretar que fuera Triana en un principio su lugar de nacimiento. ¿Qué fue antes, Triana o el alfar? A los efectos ejemplares no me importa esta ausencia de la pertenencia a una de las dos «Sevilla» que tanto pesan en el corazón dual de esta tierra. Eran tiempos imperiales, romanos, de convivencia cristiana con deidades de diverso cuño y donde era complicado exteriorizar las creencias sin un seguidismo ciego del poder. Con sus consecuencias del compromiso activo, sobre todo para los cristianos de fe firme.
Probablemente, no estaban de acuerdo con aceptar la obligación de seguir las fiestas romanas a ciegas y esto supuso un gran problema de convivencia en su barrio, llegando a un tratamiento vejatorio por su singularidad. Todo lo demás, es pura tradición y subida a los altares de dos mujereas sencillas que en el barroco se ensalzaron de forma espectacular.

Esta historia sencilla era la que tenían en su persona de secreto Velázquez y Murillo cuando la retrataron para la posteridad. Sus pinceles trasladaron al óleo lo que habían escuchado a sus padres sobre ellas desde su infancia en Sevilla, porque había pasado de abuelos a hijos y nietos la tradición oral de los martirios atribuidos al imperio romano y que habían sufrido por su pertinaz fe estas dos mujeres sevillanas, alfareras y de firme convicción cristiana.
Las he contemplado un tiempo y he querido vivir esta experiencia de sencillez que me transmitían con su mirada. Tres pinturas excelentes, de dos maestros especiales. Ambas, están felices estos días y desde el año pasado en Sevilla, porque comparten espacio de exposición de su vida, de su historia, interpretada por dos maestros del barroco sevillano.

Esa es la razón de por qué hoy pensamos muchas veces que otra otra forma de comprender el mundo de la santidad es posible, porque el que aprendimos a vivir con justificaciones creacionistas se agota por horas. Y eso que cuando era pequeño me encantaba Peter Pan, aquél defensor acérrimo del mundo de nunca jamás. O Jesús de Nazaret, cuando se dormía en el cabezal del barco por lo cansado que estaba…, no por sus milagros, tal y como nos lo comentaba en un directo increíble el joven periodista Marcos. O Rafael Alberti, que me recuerda siempre que cuando se abre el debate de pensamiento y sentimiento, hay que escuchar siempre el corazón, sencillamente porque es más fuerte que el viento.

Volviendo a la exposición, dentro de un mes volverán a separarse estas dos mujeres, porque ésta es la realidad de los tiempos modernos. Rufina, según Velázquez, se queda en Sevilla y Justa, según Murillo, regresa a Dallas en Texas, dejando atrás a Sevilla, Triana y, ambas, una historia que se nos escapa de las manos y quizá del pensamiento lógico, aunque no del corazón. De las dos, me quedo con la mirada penetrante de Rufina, según Murillo y Velázquez, en eso coinciden, porque te miran directamente a los ojos, como comprendiendo lo que significa la memoria histórica de esta ciudad para que algún día entendamos su verdad dual. Aunque Rufina, según Murillo, se marche otra vez tan lejos…

Sevilla, 5/III/2017

NOTA: la imagen de Santa Rufina se ha recuperado hoy de: https://velazquezmurillosevilla.com/obras/#jp-carousel-209

América, camisa blanca…

Probablemente habrá pasado desapercibida la noticia, pero las 78 mujeres demócratas que estuvieron presentes en el discurso de Trump ayer, miembros de la Cámara de Representantes y del Senado, quisieron expresar con su atuendo teñido de blanco un hecho muy importante en su historia frente a los desmanes de corte y confección del Presidente Trump, muy preocupado por el atuendo que deben llevar las mujeres de su equipo de desgobierno. ¿Por qué de blanco? Sencillamente porque el color blanco representaba el movimiento sufragista de principios del siglo XX en EEUU, cuando alcanzó su momento histórico inolvidable en 1919, al aprobar el Congreso la 19ª Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, que determinaba que “ni los Estados Unidos ni ningún otro Estado deberá negar o limitar el derecho de los ciudadanos a votar por motivo de sexo”. Ratificada el 18 de agosto de 1920, la 19 enmienda se convirtió en ley nacional.

Siempre recuerdo a tal efecto de Trump una anécdota no inocente que nos ha legado la memoria histórica de los que se preocupan más de las apariencias que de las quintaesencias. Diógenes de Sínope, aquel filósofo que buscaba hombres por todas partes, prototipo de la escuela cínica y que aspiraba a ser todo un hombre, estaba un día en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva, se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores. Llevado a la telerrealidad que tanto gusta a Trump, le pasa lo mismo que a Diógenes de Sínope que dado su nivel cultural dudo que sepa quién es en la historia de la humanidad, a veces tan mal contada.

Vuelvo a escuchar una canción preciosa de Víctor Manuel y cantada por Ana Belén, España camisa blanca…, que habla de la simbología del color blanco como esperanza para un país que nacía en esos momentos a la auténtica democracia. Me gustaría dedicársela a Trump, que sé que no me estará escuchando, para que atienda otras voces de cómo hay que gobernar con un traje que no sea el del emperador del cuento de Andersen:

España camisa blanca de mi esperanza
reseca historia que nos abraza
con acercarse solo a mirarla,
paloma buscando cielos más estrellados
donde entendernos sin destrozarnos
donde sentarnos y conversar.

España camisa blanca de mi esperanza
la negra pena nos atenaza
la pena deja plomo en las alas
quisiera poner el hombro y pongo palabras
que casi siempre acaban en nada
cuando se enfrentan al ancho mar.

España camisa blanca de mi esperanza
a veces madre y siempre madrastra
navaja, barro, clavel, espada;
la muerte siempre presente nos acompaña
en nuestras cosas más cotidianas
y al fin nos hace a todos igual.

La letra se podría convertir en un himno cantado por las 78 representes demócratas que, de paso, sustituyendo España por América, que sería también un homenaje al mundo hispano en EEUU, que entiende muy bien estas palabras tan molestas para Trump. Porque es su lengua y las palabras que les quedan.

Sevilla, 1/III/2017

Un Óscar llamado dignidad

Hace unas horas que hemos conocido el resultado de los Óscar de 2017, triunfando como ganadora una película, Moonlight, que en territorio Trump es un éxito sin precedentes, frente a la nominada oficial, La La Land. Dicen los medios periodísticos que cuenta la historia de Chiron, un joven afroamericano con una difícil infancia y adolescencia, que crece en una zona conflictiva de Miami. Es una historia muy habitual, por desgracia, que ocurre a personas a las que se llaman “diferentes” por pertenecer al mundo gay, siendo además de color negro, en América, que crecen en familias desestructuradas para consuelo de los de siempre y que es lo que quiere olvidar Trump a golpe de talonario y malas palabras por su doble moral, bailando con los Gobernadores americanos en la contrafiesta de los Óscar, como si lo que estaba pasando en el Dolby Theatre en Los Ángeles no fuera con ellos.

He recordado inmediatamente un artículo que publiqué en 2015, que llevaba por título “La dignidad de un niño gay” (que reproduzco a continuación), también americano, blanco, pero que simboliza a los que todos los días, en cualquier país del mundo, ganan el óscar a su triunfo diario para poder vivir dignamente, como deseaba Chiron, el protagonista de Moonlight, en los términos que escribí aquél día no tan lejano en el tiempo: “Este niño tan digno, que representa la situación de miles de niños y niñas singulares, en su universo arco iris de todos los días, necesita solo el reconocimiento de lo que es y de lo que siente, basado en el principio de normalidad. No por lo que tiene o le entrega la sociedad de consumo y mercado, tal como ya definía el lema singularidad en este país el Diccionario de Autoridades en 1739 [servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo], con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o mejor: lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución genética de su propia vida, que merece siempre el respeto de los demás para que este niño, símbolo de muchos niños y niñas del mundo, no tenga miedo de su futuro y que la gente lo integre como una persona más. Simplemente, porque les agrada estar con él y sin necesidad de ser noticia o que su foto sea incómoda para conciencias timoratas y farisaicas que controlan, a la americana, la ética de las redes sociales”.

Es lo que simboliza Chiron. Le acompañaremos en el cine y en la película de la vida, porque en este caso cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, como a todos los niños y niñas del mundo arcoiris que luchan a diario por ser y estar en un mundo diferente, de igualdad, integración y respeto, que un día deciden por sí mismos cómo van a ser, no dejando que otros decidan por ellos.

Sevilla, 27/II/2017

La dignidad de un niño gay

DIGNIDAD EN LA SINGULARIDAD

La doble moral americana no tiene límites. Esta noticia no es una más en la crónica de sucesos indeseables porque tiene un contenido especial, tal y como la hemos conocido en nuestro país a través del Huffington Post: “Cuando un niño tiene miedo de su futuro por ser homosexual es momento de detenernos, reflexionar y analizar si algo está fallando en nuestra sociedad. El 3 de julio, Humans of New York, un proyecto creado hace cinco años por el fotógrafo Brandon Stanton, publicó en su página de Facebook la fotografía de un niño llorando acompañada de la siguiente descripción: «Soy homosexual y me da miedo mi futuro y que no le agrade a las personas».

El hecho se ha convertido en noticia porque la fotografía tuvo que ser subida dos veces en Facebook, ya que la primera vez fue eliminada por la red social debido a un «problema técnico» que habría dejado la publicación invisible por un tiempo, según informó The Telegraph. La doble moral en una sociedad que practica los vicios privados que se convierten en públicas virtudes, gracias al mercado de los sentimientos que se venden y pagan a cualquier precio, hace su aparición también en las redes sociales, porque estas noticias gráficas molestan en la sociedad del bienestar más que del bienser (perdón por el neologismo).

Nos permite, al menos, hacer hoy una reflexión: necesitamos cantar el elogio de la singularidad, tal y como lo escribí recientemente en este cuaderno de inteligencia digital que busca siempre islas desconocidas: “Creo que más que normalidad, habría que hablar de singularidad. Cuando pretendemos ajustarnos a patrones, la experiencia suele ser nefasta, porque dejamos a un lado la inteligencia, como primer distintivo humano que nos hace ser personas y de identidad intransferible y porque no existen dos iguales, por mucho que se empeñe la sociedad de mercado en pasarnos a todos por la máquina de conversión en personas-patrón-para-triunfar-en-el-mundo, empaquetándonos como producto expuesto para que lo compre el mejor postor en todos los ámbitos posibles. Pura mercancía”.

Este niño tan digno, que representa la situación de miles de niños y niñas singulares, en su universo arco iris de todos los días, necesita solo el reconocimiento de lo que es y de lo que siente, basado en el principio de normalidad. No por lo que tiene o le entrega la sociedad de consumo y mercado, tal como ya definía el lema singularidad en este país el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o mejor: lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución genética de su propia vida, que merece siempre el respeto de los demás para que este niño, símbolo de muchos niños y niñas del mundo, no tenga miedo de su futuro y que la gente lo integre como una persona más. Simplemente, porque les agrada estar con él y sin necesidad de ser noticia o que su foto sea incómoda para conciencias timoratas y farisaicas que controlan, a la americana, la ética de las redes sociales.

Sevilla, 9/VII/2015

El arte de empezar

ITALO CALVINO

Debo a Ítalo Calvino el recuerdo sempiterno de su preciosa obra, El arte empezar y el arte de acabar, cuando me enfrento al fenómeno de la página en blanco o, como será esta tarde, el de una intervención pública, en el Ciclo “Sevilla, a debate”, que ya he comentado recientemente en este cuaderno de notas digitales. Ítalo Calvino es un referente para aprendices de escritor no inocente, como es mi caso. Nunca he olvidado unas palabras suyas cada vez que me enfrento a la realidad mágica de escribir un post en este cuaderno de inteligencia digital, encontradas en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (1).

Vuelvo a leer palabras de este blog que recuerdan el mensaje anterior, porque es fantástico. El secreto está en el arte de empezar y acabar cualquier camino deseado: podemos ir hacia muchos sitios, hacer cualquier cosa, intervenir en un Ciclo en Sevilla, pero lo importante es hacerlo de forma especial. Pero, ¿qué es el arte esencial? Todavía no se puede comprar en Amazon, porque afortunadamente su secreto, su esencia, no se encuentra en el mercado, es decir, todavía no se ha convertido en mercancía. Cuando comprendo el arte según la tercera acepción recogida en el Diccionario de la Real Academia Española, conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo, es imprescindible recurrir al conocimiento, aptitudes y actitudes personales para tenerlo presente en cada decisión a la hora de hacer camino al andar en cualquier ámbito de la vida, porque los preceptos y las reglas para hacer bien algo o de forma especial no se improvisan. El arte así entendido, como pasa con el campo, es solo para quien lo trabaja (por muy anarco que suene).

Les invito hoy, si están cerca del lugar de celebración o entrando en la Noosfera gracias al macrocosmos de internet, a estar presentes en este encuentro tan interesante, al menos para mí en estos momentos previos. ¿Saben por qué? Porque es el momento mágico de Calvino: páginas en blanco, intervención hoy en Sevilla, para escribir, comentar y compartir palabras especiales para nuestra vida, la de todos y, sobre todo, la de secreto, que a veces comienza y acaba cada día, que a veces sigue… para crear tejido crítico de lo que nos pre-ocupa [sic], sin que tengamos que esperar especialmente al compromiso de hoy, porque debería ser el de todos los días. Con arte esencial.

Sevilla, 20/II/2017

(1) Cobeña Fernández, J. A. (2014). ¿Por qué escribo?

NOTA: imagen recuperada de: http://lachachara.org/2013/06/propuestas-de-italo-calvino-para-la-literatura-del-siglo-xxi/

Hace un año…

Facebook me ha recordado hoy que hace un año escribí un post, La política elige a quien la ama, para que no lo olvide…, ni siquiera un momento. He vuelto a leerlo con la misma ilusión con la que lo publiqué hace un año y quiero compartirlo con las personas que hacen camino conmigo al andar. Vuelvo hoy la vista atrás, pero solo para recobrar fuerzas y seguir creyendo que el mundo solo tiene interés cuando va hacia adelante, sabiendo que la vida nos ofrece la oportunidad de creer en la política digna que elige a las personas que la aman, porque todos los políticos no son iguales. Ni los que creen o creemos en la verdadera política, tampoco.

Sevilla, 24/I/2017

La política elige al que la ama

El hombre es un animal político, en palabras de Aristóteles. Si esto es así, que lo es, representa la vida en todas y cada una de sus manifestaciones. Si esto es así, que también lo es, podemos deducir que la vida elige al que la ama. Esta frase tan maravillosa es la que pronunció de forma callada la Mamma ante una pregunta que le hace su hijo Antonio (Marcello Mastroianni), el protagonista de Maccheroni junto a Robert (Jack Lemmon), sobre el futuro de su amigo, en una película excelente de Ettore Scola, director recientemente fallecido que se comprometió precisamente con la vida neorrealista, no solo italiana, tal y como es y sin aderezo alguno.

Así lo cuenta el director español Fernando León de Aranoa, en un artículo publicado en el diario El País del pasado 22 de enero: “Su hijo [Antonio], con una manguera en la mano que mueve arriba y abajo empapándolo todo, y conjurando así de paso cualquier atisbo de solemnidad, traduce: “La muerte en sí no existe. ¿Acaso borra lo que un hombre ha hecho en vida? ¿Borra sus méritos, su legado? No. Así que… Muerte, ¿qué eres? No eres nada. Te gustaría ser tan importante como la Vida. Pero la Vida dura una vida, amiga mía. Y tú, Muerte, solo duras un instante, el instante en el que llegas”.

He pensado por un momento que la política también elige al que la ama, cuando la decencia es ideología estructural de la persona en su vertiente aristotélica en estado puro. En estos días, los líderes políticos de este país, que tienen la responsabilidad (conocimiento de la situación más libertad de decidir) de formar gobierno, deberían pensar que la política solo elige al que la ama y no se aprovecha de ella. Eso es lo que esperamos cariacontecidos las personas de buena fe política que hemos crecido con conciencia de clase más que con sentimiento de ella. La conciencia permanece, pero el sentimiento suele morir porque es pasajero.

Antonio lo tenía claro: si la vida elige al que la ama, la muerte no existe, es decir, si la política elige al que la ama, el fracaso político en sí mismo no existe. ¿Acaso borra lo que un hombre político puede hacer en vida, durante una legislatura? ¿Borra sus méritos, su legado, su trabajo bien hecho, que siempre merece la atención de los otros, como nos recordaba admirablemente Luis Cernuda cuando se dirigía con estas palabras a sus paisanos sevillanos? No. Así que… Fracaso político, ¿qué eres? No eres nada. Te gustaría ser tan importante como la Política o Vida de conciencia de clase. Pero la auténtica Política dura una Vida, amiga mía. Y tú, Muerte/Fracaso Político, solo duras un instante, el instante en el que llegas.

Es curioso, pero ha sido la muerte paradójica de Ettore Scola la que me ha entregado estas palabras para seguir comprendiendo que quien ama la vida comprende por qué un día nacimos y fuimos lanzados al mundo, probablemente solos, para ser personas con vida política, la que nos enseñó Aristóteles, para amarla apasionadamente. Y exigirla en ocasiones especiales, como las que estamos viviendo en nuestro país, a quienes tienen la responsabilidad de ejercerla dignamente. Porque la política solo elige a quien la ama como la propia vida.

Sevilla, 24/I/2016

A la manera… de Trump

La pareja presidencial eligió el pasado viernes la canción My way, una versión adaptada de la canción Comme d´habitude, de Claude François, con letra de Paul Anka (no la original francesa) e interpretada de forma mítica por Frank Sinatra, en el primer baile de gala como broche final de la ceremonia oficial del juramento de Donald Trump como 45º presidente de los Estados Unidos de América. Es una premonición de lo que puede ser su estilo presidencial, su manera de gobernar, a tenor de la estela que ha dejado en la campaña electoral de infeliz recuerdo por su falta de respeto a las mujeres, las minorías, los inmigrantes y los derechos civiles.

Ayer supimos que la web de la Casa Blanca ya no ofrecerá su información oficial en español, como un paso más de integrismo nacionalista americano y desprecio a la comunidad hispanohablante que vive en Estados Unidos y fuera de su territorio. Es un ejemplo flagrante de cómo va a implantar desde el primer día de mandato presidencial su manera de integrar a quienes no piensan ni viven como él. Mal presagio, si atendemos sus exabruptos diarios, firmas de decretos para desmantelar proyectos tan emblemáticos como Obamacare y la amenaza constante hacia quienes ha señalado con el dedo del imperio que ahora está en sus manos, en su manera de hacer política. También, ha retirado el busto de Luther King en el despacho oval del sitio que ocupaba hasta ahora, incorporando uno de Winston Churchill. Siguiendo la tradición de cambios, también ha redecorado esa estancia para recuperar el color dorado de sus cortinas habituales en la Trump Tower. Todo un símbolo.

He repasado mentalmente dos estrofas de la canción My way, por si podía entrever algún significado al ser elegida en un momento tan especial. La primera, porque también es premonitoria, a su manera: El final, se acerca ya, / lo esperaré, serenamente, / ya ves, que yo he sido así, / te lo diré, sinceramente, / viví, la inmensidad, / sin conocer, jamás fronteras / y bien, sin descansar, y a mi manera. La segunda, porque sé que la llevará a rajatabla, también con sus maneras: Porque sabrás, que un hombre al fin, / lo conocerás por su vivir, / no hay por qué hablar, ni que decir, / ni que llorar ni que fingir, / puedo seguir, hasta el final, / a mi manera.

He buscado la canción original que inspiró la versión actual de Sinatra en la banda sonora de mi vida y recupero la letra que me ha sonado siempre en un francés parisino, con la traducción que a duras penas hice en mis años de Bachillerato, porque Claude François me susurraba el comportamiento ante la persona que amaba en la adolescencia castellana, como amor no correspondido o como sueños no alcanzados: Como siempre, / todo el día / trataré de disimular. / Como siempre, / sonreiré. / Como siempre, / incluso me reiré, / como siempre. / En fin, viviré el día, / como siempre.

Sinceramente, me sigue pareciendo mucho más interesante esta vivencia llena de contrapuntos humanos que contemplar un baile sobre una canción que deja bien claras, metafóricamente, las maneras de Trump. A pesar de Sinatra.

Sevilla, 23/I/2016

Las verdades de Trump

Pertenezco al Club de los Optimistas Bien Informados, es decir, a los que aplicamos el principio de realidad a lo que pasa a nuestro alrededor. Sin que nos escuche nadie, somos pesimistas redomados ante situaciones como la que acabo de conocer y he publicado inmediatamente en las redes sociales como una llamada de atención ante tanto desatino americano en ciernes y con la marca Trump, que ojalá no copiemos nunca en este país al que tanto gusta emular a Míster Marshall:

Lo escribí recientemente y vuelvo a leerlo: «El pesimismo lo aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Benedetti (1) en 1999: Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. [Ante noticias como esta y otras más cercanas en nuestro país], estamos obligatoriamente obligados a informarnos bien de lo que sucede, caminando por las grandes alamedas de la transparencia que todos los días hay que buscar, no vaya a ser que nos ocurra lo mismo que a Diógenes de Sinope, prototipo de la escuela cínica, cuando “buscaba a un hombre”. Un día estaba en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva, se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores. Pesimismo en estado puro.

Otra cosa es que, en plan pesimista total, sepamos detectar algo importante en política: localizar los elementos de verdad en todo lo que se mueve en este ámbito, informarnos bien como optimistas natos que somos, porque en ese mundillo político corre la voz de que si algunos dijeran alguna vez la verdad…, mentirían». Como ocurre con las «verdades» de Trump.

Sevilla, 12/I/2017

(1) Benedetti, Mario (2001). Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.

Regalo de Reyes / La memoria de Limoges

caolin

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño. Así suenan hoy estas palabras bíblicas de fondo en mi infancia de Madrid, cuando siendo, hablando, pensando y razonando como un niño, me asombraba del perfecto movimiento rítmico de unas figuras pequeñas de porcelana de Limoges, en una caja de música que teníamos en casa, en la que unos monaguillos simulaban cantar con movimientos articulados de manos, cabezas y brazos, con partituras y batutas minúsculas. Una maravilla.

La razón estriba en que la belleza de la porcelana blanca de Limoges encierra un secreto: tiene una “memoria” especial que debe siempre su belleza a unas manos también especiales que manejan caolín, madera, agua y fuego. Esta mañana me lo explicaba una artesana al enseñarme una paloma en vuelo majestuoso, modelada en porcelana blanca de Limoges. No es frecuente ver este tipo de obras de arte, en tamaño muy reducido, porque según contaba era muy difícil alcanzar el punto exacto de temperatura de cocción para obtener el resultado de cada obra artesana, hecha a mano, sin que se quiebre o rompa la memoria en el proceso.

No soy un experto en esta manifestación artística, pero me ha sugerido un paralelismo con la belleza de la vida. Si determinadas vivencias diarias no alcanzan la temperatura adecuada para ser comprendidas en su sentido más íntimo, se vuelven frágiles, se rompe su magia y desaparecen para siempre sin posibilidad alguna de retorno, porque nadie ni nada se baña dos veces en el mismo río. Es lo que le ocurre a la memoria humana cuando el hipocampo, una estructura compleja que se aloja en el cerebro con forma de caballito de mar, no alcanza un desarrollo adecuado mediante neurotransmisores y hormonas que garanticen su permanencia en el próximo, medio o largo plazo de cada vida, que en sí misma es una maravillosa obra de arte.

Al fin y al cabo, lo mismo que pasa con la “memoria” de aquellos monaguillos de mi infancia o con las palomas de porcelana que se hacen ahora en Sevilla con tanta delicadeza, a mano, con el caolín de Limoges, aun cuando llegando a ser hombre, haya dejado ya las cosas de niño, sin perder nunca la maravillosa memoria del que todavía llevo dentro.

Sevilla, 5/I/2017

NOTA: la imagen, de vetas de caolín y arcilla en Riodeva (Teruel), se ha recuperado hoy de https://www.flickr.com/photos/jm_anton/4887648628/

La perfección imperfecta

gustavo-dudamel

Exactamente es lo que busco ahora en mis horas dedicadas al clave, piano y violín. Un sueño legítimo, como todos…, cuando estudio los matices de la última obra que preparo en la actualidad: el Preludio número 20 de Chopin, de escasos compases pero de ejecución compleja, que exige mucha perfección imperfecta. Por esta razón me ha emocionado la lectura de la entrevista con el director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel, publicada hoy en la edición digital del diario El País (1), que tanto añoro en su línea editorial anterior, como antesala de la experiencia extraordinaria que vamos a vivir el próximo 1 de enero en el tradicional concierto de Año Nuevo en Viena, que va a dirigir con solo treinta y cinco años y ante una legendaria orquesta.

Lo he sentido al leer una frase que resume su conducta en la vida, desde que iniciara sus primeros pasos en El Sistema, una organización que se debe conocer como contrapunto, nunca mejor dicho, de la situación social y política en Venezuela. El contexto en el que la pronunció era después de un ensayo de la Suite Escita, opus 20, de Serguéi Prokófiev, con la Filarmónica de Los Ángeles: “No se trata solamente del performance perfecto. Les estaba diciendo que quería una perfección imperfecta. El riesgo, aquel punto donde tú miras y da vértigo, donde tienes el control de todo y al mismo tiempo, no lo tienes. E inspirar a los demás. Porque, fíjate, tú técnicamente puedes conocerlo todo, pero si no inspiras al grupo no vas a hacer nada especial. Nadie quiere escuchar algo completamente limpio, perfecto, pero que no tenga ningún tipo de alma”.

Es verdad. Debemos buscar apasionadamente la perfección imperfecta de lo que hacemos a diario en todas las manifestaciones posibles de la vida. Es lo que creo que le ocurrió al Dios del Génesis, cuando sintió vértigo al crear al hombre y a la mujer, al expresar que aquello era muy bueno, porque todo lo que les antecedió en el fascinante relato de la creación, incluso la de los cielos y la tierra, solo era bueno. Exactamente, la perfección imperfecta, porque el secreto estaba en el alma con la que creó al ser humano antes de que la pareja más famosa del mundo se perdiera para siempre en el Paraíso terrenal.

Sevilla, 29/XII/2016

(1) Moreno, Javier (2016, 29 de diciembre), Gustavo Dudamel: “Incluso en el desenfreno tiene que haber precisión”. El País.com.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.solkes.com/gustavo-dudamel-the-orchestra-director-that-makes-berlin-talk/

Los alicientes de Manuel Rivas

alicientes

Manuel Rivas / MJ Morián

Anoche tuvimos la oportunidad de escuchar atentamente al escritor Manuel Rivas, en su intervención programada en formato de conferencia-diálogo organizada por la Consejería de Cultura, a través del Centro Andaluz de las Letras (CAL), en la Biblioteca Municipal Infanta Elena, en Sevilla, al que ya había precedido otros actos similares la semana anterior en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), en el marco de los Diálogos Literarios en conmemoración de la primera circunnavegación de la Tierra, la Vuelta al Mundo de la expedición de Magallanes que completó Juan Sebastián Elcano.

Si hubiera que destacar el hilo conductor de la singladura literaria de ayer se podría reducir a dos palabras: psicogeografía íntima. Su identidad gallega. Nos llevó, navegando en un mar de palabras cargadas de sentimientos y emociones, junto a su persona de secreto, por mares diversos de la vida para explicarnos de forma muy didáctica en qué consiste viajar y cómo Magallanes hizo lo que hizo. Dedicó mucho tiempo a su forma de comprender la citada psicogeografía, leyendo directamente unas páginas del último capítulo, para mí inédito, de su hermoso libro: Los libros arden mal, contando lo que debemos realmente a las personas que nos acompañan en el viaje de la vida, como le ocurrió a Magallanes con Enrique de Malaca o de Molucca, también conocido como Enrique el Negro.

Conozco bien a Manuel Rivas y creo que sé cómo comenzó su andadura por el mundo con el objetivo de que lo que hiciera de mayor le permitiera “no mojarse”, tal y como le había aconsejado su madre, de profesión lechera, aunque su realidad es que desde entonces siempre vive a la intemperie para conocer qué pasa en la vida, comprometiéndose con los demás, con los que menos tienen, “mojándose” en el mejor sentido de la palabra a través de su persona de todos y de secreto. Conozco una situación muy querida por él de su infancia, cuando no tenía más de dos años y su hermana María, apenas uno más. Él insistía en pasear una cucaracha en su camión de juguete y ella miraba. Cuando su madre llegó, algo más tarde, se los encontró abrazados en el baño con la puerta cerrada, aterrorizados. Al asomarse a la ventana, seducidos por la algarabía, se habían dado de bruces con la imagen misma del horror: dos cabezudos disfrazados de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.

Esta historia íntima la leí en el diario El País, hace ya muchos años y él la cuenta siempre como el comienzo de una andadura para enhebrar voces y lugares en una especie de “psicogeografía íntima”. Es lo que hizo anoche, enhebrando historias diversas de sus viajes, comenzando por la línea del horizonte en la que teóricamente se separa el mar del cielo, pero donde está el secreto de lo que hay debajo y detrás de ella, de navegar por el mundo diariamente, de sus recientes viajes a Méjico y Argentina y su paso por Haití, en la que como lector empedernido ya conocía de antemano muchas vivencias que le aportaban seguridad en aquél sitio tan azotado por la naturaleza. La maleta como símbolo psicogeográfico, primer asiento que tuvo cuando asistía a la escuela. Todo lo había encontrado en la lectura antecedente de los sitios donde vamos, por próximos o lejanos que sean.

Quizá fue la anécdota de Méjico la que traducía de forma muy sencilla la forma de ser en el mundo de Manuel Rivas. Contó que, en un acto de presentación de su último libro, comenzó a firmar ejemplares y que a él le gusta dibujar en las dedicatorias símbolos junto a palabras con sentido. Escuchó por primera vez cómo una mujer mejicana llamaba a esos símbolos, alicientes, y al final, con su gracejo habitual haciendo gala de un humor proverbial, nos dijo que con las prisas del dueño de la librería donde se celebraba el acto había tenido que imprimir gran velocidad a las dedicatorias y al final le pedía – ¡no más! – que solo fueran frases rutinarias del tipo “con cariño” o cosas así, incluso al final solo la firma. De tal forma, que al salir de aquél acto se encontró en la acera a un prototipo de hombre mejicano muy serio, de bigote pronunciado y caído y con gesto avieso, que mirándole con cara de pocos amigos le soltó: “usted no me ha dibujado el alisiente…”.

Es verdad. Manuel Rivas nos dejó anoche de forma nítida el aliciente de vivir navegando, respetando la psicogeografía en la que somos y vivimos a diario. En los lugares que nos permiten hacer el gran viaje de la vida y recordarlos cuando fermenta la memoria, pero respetando que sintamos a veces deslugares [sic] que no logramos identificar a pesar de que estemos rodeados de personas o cosas que se han movido e incluso viajan con nosotros hacia ninguna parte.

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Cuando finalizó el encuentro, me acerqué para agradecerle lo aprendido a lo largo de los años de su lectura de compromiso activo. Le enseñé el libro que llevaba y que tanto quiero, ¿Qué me quieres, amor? Y nos lo dedicó con la maestría de los alicientes que tan bien conoce: la línea del horizonte que separa el mar del cielo, la luz que necesitamos siempre para iluminar cualquier viaje, con dos peces que van a en ambas direcciones porque suministran ideas en las idas y venidas de la vida, el libro abierto que escribimos a diario si nos comprometemos a defender el derecho a soñar y la unión íntima de humor y libertad, como mensaje explícito de su forma de ser en el mundo. Por cierto, libro editado por Bolboreta, mariposa en gallego, de quién aprendí el sentido de su alargada lengua, en un cuento suyo precioso que no he olvidado nunca, La lengua de las mariposas. Sobre todo, para no participar en silencios cómplices en momentos cruciales de la vida, de este país, como ante la cordada de presos en los planos finales su película homónima que tanto aprecio.

Sevilla, 15/XII/2016