La inteligencia sufre la brecha digital en las clases sociales más desfavorecidas

Diferencias neurológicas del cerebro (1)

Sevilla, 8/V/2021

Durante quince años vengo hablando en este cuaderno de la inteligencia digital. He publicado dos libros (Inteligencia Digital. Introducción a la Noosfera digital y Origen y futuro de la ética cerebral) y más de quinientos artículos en los que de una forma u otra, siempre desde el ámbito de la divulgación científica, he abordado esta capacidad de nuestro cerebro para resolver la casuística de la vida diaria y los problemas asociados a nuestra forma individual y colectiva de ser y estar en el mundo. He pretendido aclarar siempre que la inteligencia digital tiene riesgos inherentes a su desarrollo y consolidación en el cerebro humano, sobre todo cuando constatamos que sigue existiendo la pobreza digital en muchas partes del mundo y también cerca de nosotros, en países desarrollados como el nuestro cuando es una de las consecuencias de la pobreza severa, pero es una realidad que no tiene vuelta atrás porque el mundo digital solo tiene interés hacia adelante, grabándose todo lo que nos pasa en el hipocampo, una maravillosa estructura cerebral que convive muy bien con la información y su retención en zona de memoria a corto, medio y largo plazo, que sabe convertirla en conocimiento cuando se cruza permanentemente con otra estructura próxima, muy amable para la vida de las personas, la amígdala, donde se forjan nuestros sentimientos y emociones.

Invito a conocer ahora las dos estructuras cerebrales citadas, hipocampo y amígdala, que están en el cerebro de cada persona. Les encantará haberlo hecho y comprenderán mejor la maravillosa complejidad de nuestro cerebro personal e intransferible, que da instrucciones a un dedo pulgar o índice para teclear o pronunciar palabras, números y accesos a mundos maravillosos digitales de la telefonía móvil y de las tabletas, ordenadores y televisores, capacidad que ha sido un revulsivo eficaz y eficiente en tiempos de pandemia, sin ir más lejos, aunque no ha sido así en países que viven cerca de la guerra , el terrorismo y la pobreza extrema.

Todo lo anterior es lo que refleja un estudio reciente publicado por la Universidad de Stanford, El impacto de la desigualdad socioeconómica y de estímulos en la fisiología del cerebro humano (Parameshwaran, Dhanya & Sathishkumar, S. & Thiagarajan, Tara, 2021), presentado en su resumen científico: “El cerebro sufre una profunda alteración estructural y dinámica en respuesta a su entorno de estímulo. En estudios con animales, los entornos de estímulos enriquecidos dan como resultado numerosos cambios estructurales y dinámicos junto con mejoras cognitivas. En la sociedad humana, factores como la educación, los viajes, los teléfonos móviles y el transporte motorizado amplían drásticamente el ritmo y la complejidad de la experiencia del estímulo, pero difieren en el acceso según los ingresos. En consecuencia, la pobreza se asocia con diferencias estructurales y dinámicas significativas en el cerebro, pero se desconoce cómo esto se relaciona con la disparidad en el acceso al estímulo. Aquí estudiamos el consumo de los principales factores de estímulo junto con la medición de señales cerebrales usando EEG [electroencefalografía] en 402 personas en la India en un rango de ingresos de $ 0.82 [67.42€] a $ 410 [337,09€] / día. Mostramos que la complejidad de la señal de EEG escaló logarítmicamente con el consumo de estímulo general y los ingresos y linealmente con la educación y los viajes. En contraste, el uso del teléfono saltó a un umbral de $ 30 [24,66€] / día correspondiente a un salto similar en los parámetros espectrales clave que reflejan la energía de la señal. Nuestros resultados sugieren que los aspectos clave de la fisiología cerebral aumentan al mismo tiempo que el consumo de estímulos y que no hemos apreciado completamente la forma profunda de cómo los aspectos de expansión de estímulos de la vida moderna están cambiando nuestra fisiología cerebral”.

Figura 1. (A) Matriz que muestra correlaciones entre el consumo de factores dominantes del estímulo y de la dieta y la correspondiente métrica del cerebro mediante EEG, atendiendo al cruce (en rojo) de estímulos (nivel de ingresos, telefonía móvil, movilidad y educación), con las ondas alfa mediante EEG; (B) Cambios que se producen en el espectro de la energía de EEG con el aumento de cambio del uso de la tecnología; (C) Complejidad del EEG con el aumento del consumo del estímulo.

La doctora Thiagarajan ha manifestado a la luz de este estudio que es vital que entendemos cómo la función del cerebro está afectada por nuestras experiencias vitales y accesos a los recursos y a la tecnología según las clases sociales, lugares en los que se vive en el planeta y donde se producen estas interacciones: “A diferencia de cualquier otro órgano, el cerebro se desarrolla a través de la vida útil no consumiendo apenas alimentos pero sobre todo consumiendo estímulos externos. Estas conclusión demuestra una divergencia profunda en la fisiología basada en el consumo de estímulos, con las implicaciones importantes que tiene por sus consecuencias personales y sociales por la desigualdad económica de la renta por persona y familia”. Esto es así porque con la realidad social de casi siete mil millones de personas que pueblan el planeta, la realidad neuronal es que somos una malla pensante de siete mil millones de experiencias individuales donde cada cerebro tiene una configuración personal e intransferible por las conexiones neuronales de cada persona.

Esa es la razón de por qué defienden estos científicos que el estudio es muy importante para demostrar que hay que entender la diversidad global del cerebro humano, abriéndose una oportunidad enorme para seguir investigando el cerebro y su relación con las tecnologías de la información y comunicación. En el libro que publiqué en 2007, Inteligencia Digital. Introducción a la Noosfera digital, ya alertaba de esta oportunidad histórica en la vida de las personas que pueblan la Noosfera. En esa ocasión, definí la inteligencia digital a través de cinco acepciones que rescato hoy para aplicarlas a la situación que estamos viendo en relación con el coronavirus:

1. Destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que se manejan y tratan, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida de haberse hecho muy capaz de ella.

2. Capacidad que tienen las personas de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

3. Capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

4. Factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

5. Capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso.

Estoy convencido que los ordenadores, el software y el hardware inventados por el cerebro humano, es decir, el conjunto de tecnologías informáticas y de telecomunicaciones que son el corazón de las máquinas (chips) que preocupan y mucho a investigadores, historiadores y filósofos, de forma legítima y bien fundamentada, permiten hoy creer que llegará un día en este “siglo del cerebro”, no mucho más tarde, en que sabremos cómo funciona cada milésima de segundo, y descubriremos que somos más listos que los propios programas informáticos que usamos a diario en las máquinas que nos rodean, porque estoy convencido de que la inteligencia digital desarrolla sobre todo la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, sobre todo cuando seamos capaces de superar la dialéctica infernal del doble uso de la informática, es decir, la utilización de los descubrimientos electrónicos para tiempos de guerra y no de paz, como en el caso de los drones o de la fabricación de los chips que paradójicamente se usan lo mismo para la consola Play Station que para los misiles mortíferos Tomahawk. Ese es el principal reto de la maravillosa inteligencia, digital por supuesto, porque vivimos en la sociedad red.

(1) Imagen recuperada en 2007, que reproduje en mi libro Inteligencia Digital. Introducción a la Noosfera digital por cortesís del Prof. Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), y director del Centro para la biología computacional. Esta imagen del cerebro humano utiliza colores y forma para demostrar diferencias neurológicas entre dos personas.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.