La corrupción de la mente: una enemiga política ya presente

Me preocupa la corrupción mental, que un ignorante con poder determine nuestra vida

Emilio Lledó

Sevilla, 5/V/2021

Los medios de comunicación social nos han inundado hoy de noticias en relación con los resultados de las elecciones a la Comunidad de Madrid. Es el momento de no hacer juicios precipitados, pero estoy sorprendido por los resultados en el contexto actual de una Comunidad que siento como mía, porque allí crecí desde niño y le profeso un gran respeto y agradecimiento por lo que allí aprendí. La polarización derecha-izquierda ha sido una realidad, con altas cotas de crispación y desasosiego, pero la campaña ya dejaba entrever por lo manifestado por determinados líderes de la ultraderecha y derecha ultramontana que lo que menos importaba, a veces, era el electorado, si nos poníamos a analizar lo que ha ocurrido en esa Comunidad en los últimos catorce meses de pandemia. Para mí es inconcebible que con los datos estadísticos de muertes de personas mayores en residencias, escasez de profesionales y recursos sanitarios de todo tipo, caso omiso casi constante de las directrices del Consejo Interterritorial de Salud y gasto incontrolado en recursos hospitalarios que podían haberse empleado en dotar mejor a los ya existentes, se premie esa gestión con una consolidación de la misma a través de las urnas. Datos democráticos, sí, pero al César lo que es del César. Es verdad también, que la llamada “izquierda” ha demostrado hasta casi el último momento que sigue tan “desunida” como habitualmente viene pasando en las últimas décadas y de aquellos polvos de sopa de siglas vienen estos lodos. La realidad es que la mesa política de la democracia está servida, pero creo que hay un serio problema en los miles de comensales que nos sentamos en ella: la corrupción de la mente.

Me he retirado al rincón de pensar, visitando previamente mi clínica del alma, es decir, mi biblioteca, para intentar reabsorber lo ocurrido con lecturas clarificadoras como las de Emilio Lledó, a través de un libro que leo con frecuencia, Sobre la educación, en el que figura un artículo precioso, Juan de Mairena, una educación para democracia, en el que hace una advertencia sobrecogedora sobre la corrupción de la mente: “Sorprende que con el enorme y tal vez desmesurado retumbar de las noticias sobre corrupción, no se haya entrevisto la peor de las corrupciones, mucho más grave aún que la de la supuesta apropiación de bienes ajenos o la utilización de la venta de los bienes públicos para engordar los privados. Me refiero a la corrupción de la mente, a la continua putrefacción de la conciencia debida, entre otras monstruosidades de degeneración mental, a la manipulación informativa. Estas corrupciones no son instantáneos desenfoques de la visión. Al cabo del tiempo esos manejos en nuestras inermes neuronas acaban por distorsionarlas, desorientarlas y dislocarlas. Difícilmente podrán hacer ya una sinapsis, una conexión pertinente y correcta” (1).

El daño al denominado principio de confianza debida en democracia representativa, es un ejemplo muy clarificador de la corrupción mental por la manipulación informativa que se pueda recoger en letra impresa en los programas políticos y en las intervenciones públicas de sus líderes en mítines, tertulias, comparecencias en ruedas de prensa y en mensajes explícitos en redes sociales, como hemos podido constatar en la campaña de las elecciones últimas a la Comunidad de Madrid. La manipulación permanente mediante compromisos falsos acaba “distorsionando, desorientando y dislocando” las creencias de los votantes. Es por lo que en pleno retiro voluntario pido, con profundo respeto ciudadano, que se ponga una especial atención a no corromper la mente de las personas que pertenecemos al club ciudadano de las personas dignas, que somos millones en este país. Estamos acostumbrados a votar sin conocer con detalle el contenido de los programas políticos y luego vienen los escándalos farisaicos cuando denunciamos que no se cumplen determinados aspectos de los mismos, porque lo que allí se prometía no era verdad, se falseaba su auténtica razón de ser y estar en el programa político correspondiente. Es imprescindible conocerlos al detalle con anterioridad al voto, para conocer la posibilidad real de cumplimiento de su verdad o mentira intrínseca, pero también acusan un desgaste en su formulación, porque la participación real e identitaria en la redacción de los mismos, casi siempre es delegada en las siglas y en representantes que desconocemos. Las nuevas tecnologías y las redes sociales deben y pueden tener ahora un papel fundamental en estas formulaciones, es decir, en la participación real y efectiva de los militantes y de los llamados “simpatizantes” o personas en general con creencias.

En el marco de lo expuesto anteriormente sobre corrupción de la mente, hago de nuevo una llamada de atención a los partidos de izquierda sobre todo, pero también a todos los que participen en los próximos comicios, que vendrán en democracia antes de lo que muchas veces está escrito y previsto, porque hasta que cambien las leyes actuales hay que blindar la defensa constitucional actual de la democracia representativa que debe cuidar hasta extremos insospechados la participación de la ciudadanía. Para ello, es necesaria la educación en valores ciudadanos, que no se improvisan sino que son el resultado de una educación personal, familiar y social, constantes en el tiempo. Por extensión, educación política. La participación ciudadana, organizada, es la respuesta, pero dejando abierta la posibilidad de generar liderazgos que arrastren conciencias humanas bien informadas, a veces en minorías o mayorías silenciosas o ruidosas, que después se llamarán votos. La educación política es la única fuerza capaz de contener la corrupción política de la mente.

Comprendo muy bien por qué Emilio Lledó adjunta una referencia de Juan de Mairena, el heterónimo de Antonio Machado, al texto recogido al comienzo de estas palabras: “Por debajo de lo que se piensa está lo que se cree, como si dijéramos en una capa más honda de nuestro espíritu. Hay personas [hombres, en el original] tan profundamente divididas consigo mismo, que creen lo contrario de lo que piensan. Y casi -me atrevería a decir- es ello lo más frecuente. Esto debieran tener en cuenta los políticos. Porque lo que ellos llaman opinión es más complejo y más incierto de lo que parece. En los momentos de los grandes choques que conmueven fuertemente la conciencia de los pueblos se producen fenómenos extraños de difícil y equívoca interpretación: súbitas conversiones, que se atribuyen a interés personal, cambios inopinados de pareceres, que se reputan insinceros, posiciones inexplicables, etc. Y es que la opinión muestra en su superficie muchas prendas que estaban en el baúl de las conciencias”.

En los momentos que vivimos de tanta corrupción mental, nos hacen falta personas como Emilio Lledó, que nos recuerden que la palabra es un medio político inalienable para construir nuestras casas, nuestras ciudades, nuestras amistades, nuestras familias, nuestro trabajo, nuestra ideología, tal y como nos lo recuerda siempre Aristóteles en un texto muy querido para este autor: “Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y eso es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad” (2).

(1) Lledó, Emilio (2018). Sobre la educación. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, p. 127.

(2) Aristóteles (2000). Política. Madrid: Biblioteca Básica Gredos, 1253 a.

NOTA: la fotografía de Emilio Lledó se ha recuperado hoy de Emilio Lledó: ‘Nunca he sido un hombre importante’ | Crónica | EL MUNDO

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.