Lo que quiero ahora

LO QUE QUIERO AHORA

El título no es mío. Es el de un artículo publicado por Ángeles Caso, en el Magazine, donde he escrito algunas cartas de compromiso activo y que me trae muchos recuerdos. Dejo a Ángeles que nos transmita el contenido precioso de sus palabras. Nada más. Espero que disfrutes con su lectura tanto como yo al recibirlo de personas muy queridas para mí.

Lo que quiero ahora
Magazine | 19/01/2012 – 23:59h

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

Sevilla, 12/II/2012

Cerca del juez Garzón: vicios privados, públicas virtudes

El 11 de abril de 2010 escribí un post premonitorio de lo que hemos conocido hoy: el peso de la Ley interpretada por algunos, aunque sean jueces, cae sobre la dignidad del juez Garzón. Una vergüenza pública. No quiero agregar una sola palabra a las que ya escribí en aquél momento. Estoy cerca del juez y de su dignidad. Personalmente, le pido disculpas si no he sabido cooperar de forma más activa para defenderlo en la célula que me corresponde y en la que vivo:

VICIOS PRIVADOS, PÚBLICAS VIRTUDES

Para los que pertenecemos a la generación en la que sabemos que todavía, en tiempo de crisis, nos queda la palabra, escribo este post como microacto solidario para romper silencios cómplices, conformistas, acerca de personas y situaciones que sufren en democracia: niños amenazados por la larga sombra de la pederastia en la Iglesia y fuera de ella, personas que ejercen la política y son honrados, porque no todos son iguales, jueces dignos como Garzón y otros muchos como él preocupados para que no que pase sin pena ni gloria el dolor que perdura por los efectos de la Guerra Civil, y mujeres al borde de la muerte física, psíquica y social porque existen hombres e instituciones que no aceptan que desarrollen su inteligencia en libertad

PANAL DE ABEJAS

Un gran panal, atiborrado de abejas
que vivían con lujo y comodidad,
mas que gozaba fama por sus leyes
y numerosos enjambres precoces,
estaba considerado el gran vivero
de las ciencias y la industria.

Bernardo de Mandeville (1670 (?)-1733), El panal rumoroso: o la redención de los bribones

Desde la ventana del autobús 881, en Roma, veía en 1976 el cartel de la película de Miklós Jancsó que llevaba este título. El cine que la proyectaba estaba a solo unos metros de la Ciudad del Vaticano (¡qué paradoja!) y, una y otra vez, la he recuperado en mi memoria de hipocampo en estos últimos días de desasosiego ético nacional e internacional, con las noticias de la pederastia en la Iglesia, la trama de corrupción Gürtel, el proceso abierto contra el juez Garzón y el azote de la violencia de género, por poner ejemplos reales. La tentación inmediata es agregarnos inmediatamente al grupo de opinión mayoritaria de este país alejado de la teoría crítica constructiva y ver siempre en los otros lo que no somos capaces de integrar como una realidad de la condición humana que hay que saber enjuiciar con frialdad para no cometer errores dogmáticos e inquisidores, y para no caer, obviamente, en el determinismo cruel del mal y del bien necesarios, propugnado ya en el siglo XVIII por Bernardo de Mandeville, en un poema “anónimo” que publicó en 1714 (1), que formaba parte de un libro titulado The Fable of the Bees: or Private Vices, Public Benefits (La fábula de las abejas: Vicios Privados, Públicos Beneficios):

… empeñados por millones en satisfacerse
mutuamente la lujuria y vanidad.
… Los abogados, cuyo arte se basa
en crear litigios y discordar los casos,
… Deliberadamente demoraban las audiencias,
para echar mano a los honorarios;
… Los médicos valoraban la riqueza y la fama
más que la salud del paciente marchito
… Y la misma Justicia, célebre por su equidad,
aunque ciega, no carecía de tacto;
su mano izquierda, que debía sostener la balanza,
a menudo la dejaba caer, sobornada con oro
… El curioso resultado es que mientras
cada parte estaba llena de vicios,
sin embargo todo el conjunto era un Paraíso.

Este espectáculo, al que asistimos como testigos de cargo casi siempre, al grito de los tahúres de Mandeville, «¡Dios mío, si tuviéramos un poco de honradez»!, traduce la realidad cruel de una sociedad que está tocada en su alma. No nos engañemos. Mientras que la preocupación social más extendida del triunfo a toda costa y la exigencia de la felicidad como derecho constitucional siga campando en el terreno de la violencia reactiva, porque la llamada crisis de valores, de la que todo el mundo habla pero que casi nadie concreta, no acaba de analizarse con el rigor y urgencia que necesita, es muy difícil exigir de los demás la ejemplaridad, sin que empiece la auténtica conversión por uno mismo.

Vicios privados y públicas virtudes, es una expresión que va más allá del título de una película, porque la trasciende y recoge una realidad notoria en la sociedad actual. En un Estado de derecho debemos confiar siempre en la Justicia para abordar los delitos privados y públicos. Pero la solución está también y, básicamente, en otro ámbito: en la generación de responsabilidades públicas y privadas, individuales y colectivas, basadas en dos grandes principios, el del conocimiento y el de la libertad. Conocimiento, para saber por qué ocurren las cosas, por qué debemos recurrir siempre a la inteligencia para resolver conflictos, con su gran carga de sentimientos y emociones a la que siempre está ligada. Y, por supuesto, la libertad para educarla en el sentido más pleno del término. Educación y saber ser y estar en clave de ciudadanía, son dos grandes principios que necesitan ser reforzados y blindados a marchas forzadas en nuestro país, en todos los niveles sociales posibles. De esta forma, sabremos analizar mejor, con humildad, por qué el ser humano es capaz de practicar la violencia con los niños, robar dinero público, quitar legitimidad a un juez o hacer daño a una mujer, de muchas formas, sin caer tampoco en el diseño de un mundo feliz que no existe de forma global, aunque sí individual para quien se lo propone, sin necesidad de dioses o de la fatal aceptación del mal como “semilla” necesaria del bien, volviendo a Mandeville, al intervenir esos dioses salvadores (de cualquier tipología) que citaba anteriormente, para poner orden en un mundo tan enloquecido:

Pero, ¡oh, dioses, qué consternación!
¡Cuán grande y súbito ha sido el cambio!
Los tribunales quedaron ya aquel día en silencio,
porque ya muy a gusto pagaban los deudores.
… Quienes no tenían razón enmudecieron,
… con lo cual nada podía medrar menos
que los abogados en un panal honrado.
… La Justicia, no siendo ya requerida su presencia,
con su séquito y pompa se marchó.
Abrían el séquito los herreros con cerrojos y rejas,
luego los carceleros, torneros y guardianes.
… Todos los ineptos, o quienes sabían
que sus servicios no eran indispensables se marcharon;
no había ya ocupación para tantos.
… ¡Contemplad ahora el glorioso panal, y ved
cómo concuerdan honradez y comercio!

Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Mandeville: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado.

Sevilla, 11/IV/2010

(1) García-Trevijano, Carmen (1994). El reverso de la utopía. Actualidad de «la fabula de las abejas» de Bernardo de Mandeville. Psicología Política, 9, 7-20.

NOTA: La imagen utilizada en este post fue recuperada el 10 de abril de 2010 de: http://www.infoagro.com/noticias/2008/5/1458_agricultura_abre_plazo_solicitar_ayudas_al_fomento.asp

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Sevilla, 9/II/2012, un día muy triste para la democracia en nuestro país

La independencia no existe

EL ROTO RAYA

Suenan tambores de independencia de todo lo que se mueve en el mundo que nos rodea. La viñeta de El Roto, publicada en el diario El País, en su edición de 29 de enero de 2012, que preside este post, me pareció una interpretación muy inteligente de una tentación que rodea nuestra vida cuando llega el hartazgo de casi todo. En el momento actual, donde el fariseísmo gana adeptos día a día, se propaga la idea de que como el mundo está imposible, ¿yo no?, no hay más remedio que independizarse del propio mundo en el que vivimos y “a mí que no me llamen”, pidiendo a gritos aprendidos de Groucho Marx, de que lo paren ¡ya! porque hay que bajarse de él.

Nada más lejano de la realidad, cuando conocemos bien las estructuras de nuestra caja negra particular: el cerebro, que cada uno posee como un tesoro extraordinario y que poco se nos ha enseñado sobre él. He escrito mucho sobre esta realidad en este cuaderno de inteligencia digital y como pertenezco al llamado sector independiente, desde una perspectiva política, para entendernos, he creído necesario hacer unas reflexiones breves sobre esta realidad que existe, pero que al final es una realidad imposible, porque al igual que en el caso de la ideología, no hay independencia inocente.

El Diccionario de la Real Academia Española, en su última versión (22ª), define el lema independiente en sus acepciones segunda y cuarta como: 2. “Que no tiene dependencia, que no depende de otro; 4. Dicho de una persona: Que sostiene sus derechos u opiniones sin admitir intervención ajena”. Es decir, pretendemos en una gran operación cerebral no tener dependencia de nada ni de nadie, por una parte y blindar nuestros derechos u opiniones contra viento y marea, por otra.

Sencillamente imposible. El cerebro no descansa nunca. Tenemos hasta cien mil millones de posibilidades de ordenar lo que percibimos y sentimos a diario, afectos incluidos, y nada se borra salvo por accidentes vasculares cerebrales o traumas de etiología diversa. Siempre está atento a lo que nos rodea. Por eso salimos indemnes de tantos ataques conceptuales, educativos, familiares, políticos, físicos, psíquicos y éticos. O dañados. Porque dependemos de los demás, de los otros, de otros derechos. Para empezar, los de los demás, y porque nuestras opiniones son eso, solo opiniones, cuando crecen sin cesar teorías, relaciones, personas, decisiones políticas, partidos, religiones, que dan al traste con lo que intentamos proteger y mantener en el cerco de la llamada independencia.

Además, desde la perspectiva digital y siguiendo los principios expuestos por Manuel Castells, en La Galaxia Internet, “existen malas noticias para los que sólo quieren vivir su vida: si no nos relacionamos con las redes, las redes si se relacionan con nosotros. Mientras queramos seguir viviendo en sociedad, en este tiempo y en este lugar, tenemos que tratar con la sociedad red. Porque vivimos en la galaxia Internet”.

Porque toda la vida nos pasamos cuidando la raya que un día decidimos pintar en nuestro cerebro de secreto, en nuestro suelo firme de la existencia, en frase del Profesor López-Aranguren, la ética de secreto, porque tomamos esa decisión y la realidad nos demuestra que no es viable, cuando se cruza tantas veces sin contemplaciones y nos invaden los otros. Aunque la pintemos de rojo, delgada o gruesa, da igual.

Por estas razones y otras muchas existe su alternativa: el compromiso activo, en cualquier ámbito, porque se descubre que no podemos caminar solos, ser independientes en estado puro. Es lo que hacen nuestras neuronas a diario: reciben unas órdenes y las pasan a la neurona siguiente, a decenas o miles de siguientes, con impulsos eléctricos. Y se quedan todas en algún sitio a la espera de nuevas órdenes, sin descanso, es decir, de viajar siempre hacia alguna parte cuando las órdenes van cargadas de un único compromiso que no falla al hacer lo que se tiene que hacer: el trabajo bien hecho, la búsqueda de la felicidad propia y ajena. Eso sí, cuidando las delgadas líneas rojas propias y de los otros, estando pendientes siempre de ellas, como el protagonista de El Roto.

Sevilla, 5/II/2012

Educación para la Ciudadanía: insustituible

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Ayer compareció en el Congreso el ministro de Educación, Cultura y Deporte, para presentar las líneas generales en educación y deporte, destacando entre otras reformas la que figuraba en 5º lugar, en referencia a la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Como deseo ser muy riguroso en mi análisis de esta información, transcribo literalmente la misma en sus términos exactos:

5. Educación para la Ciudadanía

Quisiera anunciar también esta comparecencia de líneas generales, Señorías, la sustitución de la asignatura de Educación para la Ciudadanía por una nueva asignatura de Educación Cívica y Constitucional.

Una asignatura que ha estado acompañada desde su nacimiento por la polémica y que creó una seria división en la sociedad y el mundo educativo. Porque el planteamiento de la asignatura iba más allá de lo que debería corresponder a una verdadera “formación cívica”, conforme a las directrices y orientaciones formuladas por el Consejo de Europa.

De acuerdo a nuestro compromiso electoral, proponemos una asignatura cuyo temario esté libre de cuestiones controvertidas y susceptibles de adoctrinamiento ideológico. La materia debe centrarse en proporcionar a los alumnos el conocimiento de la Constitución como norma suprema que rige nuestra convivencia, la comprensión de sus valores, de las reglas de juego y de sus instituciones, mediante las cuales se conforma una sociedad democrática y pluralista, así como de la historia e instituciones de la Unión Europea, de la que España forma parte.

Ésta es, Señorías, una asignatura que considero especialmente relevante porque, como ya he dicho al inicio de mi intervención, creo que la educación tiene una función esencial, y es la de conseguir formar a ciudadanos libres y responsables, con capacidad para ser sujetos activos de nuestra sociedad democrática. Sin duda esta nueva Educación Cívica y Constitucional servirá a tal fin, y no a ningún otro.

Me entristece conocer esta declaración de intenciones directas, donde las razones esgrimidas son rebatibles en todos sus términos. En el año 2007 escribí diez post en torno a los contenidos de la asignatura, en momentos en los que el debate estaba candente en España. Por ello, he decidido preparar una publicación en red, Educación para la Educación en Ciudadanía y Derechos Humanos, que recoge aquellas reflexiones que llevé a cabo sobre textos oficiales que leí en el momento en que se publicaron y comenzaban a utilizarse en los Colegios de España. Me reafirmo en todos sus contenidos y vuelvo a recoger una reflexión final, enseñar a los niños y niñas de España a ser felices, que sintetizaba el resultado pretendido de aquella colaboración en red, para construir teoría crítica sobre una situación esperpéntica, que vuelve a reverdecer ahora con expresiones del Ministro totalmente fuera de lugar, sobre todo cuando pivota esta decisión sobre un aserto muy discutible en la forma y fondo de su contenido: el adoctrinamiento ideológico.

Aprendí hace muchos años, que no existen ideologías inocentes y que el adoctrinamiento, en la acepción de la Real Academia Española, acción de Instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias, es un lema limpio, que fija una posición ética y que da esplendor a la vida digna de las personas, más todavía si la educación para la ciudadanía la imparten profesores, maestros para toda una vida de las niñas y niños de todo el país. Máxime cuando la nueva asignatura de Educación Cívica y Constitucional, no deberá escapar nunca de la necesidad de instruir a las niñas y niños de España en el conocimiento de la doctrina constitucional, al inculcarles determinadas ideas y creencias, mediante ejemplos, que nunca pueden ser asépticos porque mucho más que el libro, todo dependerá del profesor o profesora correspondiente, ciudadanos al fin, con sus correspondientes ideas y creencias, respetables por encima de todo.

Lo más importante: después de analizar a fondo los tres libros de Educación para la Ciudadanía, que tomé como muestra, pude concluir en aquél año controvertido, 2007, que mantenía la ilusión de que quien leyera los post que ahora he recopilado en formato de publicación en red, los difundiera si le parecía ético, a modo de revolución activa a través de la inteligencia digital, con objeto de crear teoría crítica (examen y juicio acerca de alguien o algo y, en particular, el que se expresa públicamente sobre un espectáculo, un libro, una obra artística, etc.) ante tanta opinión trasnochada y elevada casi siempre al rango de dogma inexpugnable. Sobre todo, porque podemos aprender, con esta asignatura, a ser felices.

Sevilla, I/II/2012

NOTA: puedes bajarte esta publicación, Educación para la Educación en Ciudadanía y Derechos Humanos, pulsando aquí. Gracias por poder atender y extender esta parte de doctrina ideológica.

La verdad suele ser pequeña

LA TEMPESTAD
La tempestad (1862), Peder Balke

Ayer leí un artículo precioso, breve, de un autor del que aprendo todos los días, Manuel Rivas, que llevaba por título, Arte cacique, que me aportó muchas reflexiones, aunque al final se centraron en una sola: Para expresarse, la verdad suele escoger el pequeño tamaño. Pertenezco a una generación en la que por carencias de la posguerra, el tamaño era muy importante en la vida ordinaria de una familia: no era lo mismo un mendrugo que una barra de pan. Era lógico pensar que el caballo debía ser siempre grande, ande o no ande.

Con el paso del tiempo, una vez que visité por primera vez el pensamiento y el sentimiento de Rabindranath Tagore, en su pájaro perdido 178, supe que a todas las personas a las que se aprecia se les debe entregar las cosas pequeñas, porque a “todos”, suelen entregarse las grandes.

Con el paso del tiempo, fue Antonio Machado el que completó un círculo de la verdad que aprendí a reconocerla tal y como es: Tú verdad no, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela. Y entre búsquedas compartidas, en cualquier orden de la vida, sobre todo en términos de dignidad humana, reafirmo hoy que a la verdad le gusta el tamaño pequeño, porque suele ser muy sencillo buscarla en las pequeñas cosas del día a día: una palabra, una mirada, una mano extendida, una mejilla cercana o un silencio que hace más pequeño todo, casi imperceptible, porque allí, la verdad buscada con ahínco, nunca se pierde. Como Manuel Rivas contemplaba el cuadro La tempestad, “que mide poco más que una mano de estibador (12 – 16,5)”, en su visita a la sala 42 de la National Gallery: “¿Por qué atrapa, de esa forma, un pequeño óleo con simples matices en blanco y negro? Porque condensa una exacta visión y un conocimiento de lo oscuro”.

Aunque la sociedad de consumo, en plena cuesta de Enero, siga pensando en la clave que con su maestría habitual denunció Groucho Marx en un ayer no tan lejano: «Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…».

Si no trabajamos la pequeñez extrema de la verdad, Manuel Rivas nos avisa de una realidad contraria a la verdad que a algunas personas nos hace sufrir hoy cuando conocemos cómo determinados responsables públicos, muy pocos, no todos, con obligación de tutela de la verdad pública, permiten que los ciudadanos piensen que “la propaganda y la mentira prefieren lo monumental. Hay una proporcionalidad entre el autoritarismo, el poder corrupto y el gigantismo de las formas”. Y todo eso, no le gusta a la verdad que tú y yo, todos, procuramos buscarla en el terco, sencillo, anónimo y pequeño día a día.

Sevilla, 15/I/2012

Dignidad: nos queda esta palabra

Blas de Otero ya lo dijo en un momento crucial de España: me queda la palabra. Creo en ella, llevo trabajando a través de palabras desde que tengo uso de razón y la inteligencia me permitió hilvanarlas para grabarlas en mi cerebro y utilizarlas siempre como un tesoro muy apreciado en mi vida. Hablamos con frecuencia de dignidad, pero creo que no conocemos bien su significado real, su recorrido histórico en España desde el siglo XVIII, primera realidad de fijación histórica, limpieza de miras y ofrecimiento de todo su esplendor a través de los significados otorgados por las personas, en el argot de la Real Academia.

He investigado sobre su aceptación en los Diccionarios españoles, comenzando por uno que aprecio mucho (1), como se ha podido comprobar en este blog, el de Autoridades (RAE A 1732), donde el lema dignidad, comprendida como el grado y calidad que constituye digno, todavía tenía una carga histórica ligada a la Iglesia, a la Corte y a la idea del hombre frente a la mujer, como lo traduce el ejemplo en relación con la utilización que hace Fernando de Rojas, en Calixto y Melibea, en boca de Sempronio, el criado de Calixto: “…Sometes la dignidad del hombre a la imperfección de la flaca mujer”, aceptando el lema digno como correspondiente, proporcionado, conforme al mérito y dignidad del sujeto, referido fundamentalmente a acciones beneméritas o acreedoras de algún honor, recompensa o alabanza, con ejemplos muy vinculados a méritos a la realeza o a la prohombres de la Iglesia o a hombres de la sociedad renacentista.

En 1791, se aleja cada vez más el sentir ciudadano de la dignidad, para llevarlo a la cualificación de calidad que constituye digna una cosa o en la tercera acepción, cargo o empleo honorífico y de autoridad.

Había que esperar hasta la edición del Diccionario de 1884 (12ª edición), donde finaliza su Prólogo expresando que “A España entera importa que se conserve íntegra y pura y se enriquezca sin desdoro el habla que es agente eficacísimo de su gloria, prenda de su independencia y, signo de su carácter”, para encontrar por primera vez un eco social de la palabra dignidad: gravedad y decoro de las personas en la forma de decir y hacer las cosas, que permaneció hasta 1925, donde ya se incorpora en términos de actitud, conservando la primera parte de la definición: “gravedad y decoro”, pero sustituyendo “en la forma de decir y hacer las cosas”, por “la manera de comportarse”, que se ha mantenido hasta hoy en la 22ª edición y última de Diccionario de la Real Academia, publicada en 1992 (2). En la versión de 1927, se agrega un ejemplo muy clarificador en esta tercera acepción: Obrar con DIGNIDAD; perder la DIGNIDAD [sic], que desaparece en la versión de 1956 y volviéndose a recuperar en la de 1983, desapareciendo finalmente y de forma sorprendente en la de 1984 y así hasta nuestros días.

Estoy también interesado en contextualizar en 1884 los vocablos gravedad y decoro, para conocer cómo se comprendían los mismos en la sociedad contemporánea a la publicación del Diccionario. Gravedad, se admitía en su segunda acepción, como compostura y circunspección. Decoro, desde la segunda a quinta acepción: circunspección, gravedad; pureza, honestidad y recato; honra, punto [hablando de las calidades morales buenas o malas, extremo o más alto grado a que éstas pueden llegar. Pundonor], estimación. Compostura (sexta acepción): modestia, mesura, circunspección. Circunspección (dos acepciones): atención, cordura, prudencia; seriedad, decoro y gravedad en acciones y palabras.

Finalmente, desde 1992, el Diccionario de la Lengua Española, se refiere a la Circunspección como prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente, así como seriedad, decoro y gravedad en acciones y palabras.

Después de más de dos siglos de andadura en el lenguaje de nuestro país, podemos fijar bien la palabra dignidad, sin adulterarla ni contaminarla, respetando su propia historia social, aceptando que es una palabra muy apreciada, compartiendo su raíz histórica y de arraigo popular. Una persona digna es un ejemplo siempre de seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse, es decir, manifiesta pureza, honestidad y recato; se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente.

Son unas condiciones muy estrictas para pertenecer al Club de las Personas Dignas, en cada aquí y ahora, con ayuda de Declaraciones Internacionales y Constituciones, pero ese es nuestro empeño al creer en el significado de esa maravillosa palabra, trabajando denodadamente para recuperar su auténtico significado activo, no impreso, y quedarnos con ella, tal y como lo aprendí -un día muy lejano- de Blas de Otero, en momentos difíciles de España.

Sevilla, 5/I/2012

(1) Real Academia Española (1990). Diccionario de Autoridades (Ed. facsímil). Madrid: Gredos (Orig. 1726-1739).
(2) Real Academia Española (2001). Diccionario de la Lengua Española (22ª edición). Madrid: Espasa.

Algo puede ir mejor

ALGO VA MAL
Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no dan dividendos…
John Maynard Keynes

Muchas personas se habrán levantado hoy con la sensación de que la situación económica en España no tiene arreglo. Ayer escuchamos y vimos que las medidas tomadas por el actual Gobierno no dejan títere con cabeza y que la frase críptica de que “esto es el inicio del inicio” no se sabe si tiene tintes esperanzadores o apocalípticos, en los términos que recoge el famoso libro, es decir, que estamos ante “la abominación de la desolación”. Es verdad que las noticias no son esperanzadoras y que todo el mundo sale afectado por estas medidas, pero tengo la obligación ética de expresar que como no todos somos iguales, debemos dedicarnos a construir sobre los derribos éticos y de principios que nos rodean.

He comenzado a leer un libro escrito por Tony Judt, que considero imprescindible para armar bien los argumentos éticos que nos permitan construir el cambio de una sociedad que no funciona bien y con la que estamos obligatoriamente obligados a entendernos, eso sí, cambiándola, no conformándonos como está. El libro lleva por título un diagnóstico no precoz, sino consolidado: Algo va mal (1), y en la portada ya se encuentra un planteamiento que lo hace muy atractivo: “Ha llegado el momento de detenernos a decidir en qué mundo queremos vivir”.

A partir de aquí, empieza el gran debate ante la decisión suprema: ¿lo tienen qué definir otros (muchos OTROS) ó debo participar en esta decisión? No tengo dudas al respecto: tenemos que ser protagonistas directos y no artistas invitados, ni siquiera actores secundarios. Y comienza la tarea, ardua por definición, partiendo de la base de que el mundo que nos ha presentado la sociedad actual no sirve para vivir con dignidad, palabra que aprecio en el contexto que tanto defiendo, no confundiendo nunca valor y precio. Hasta tal punto, como decía Keynes, que los del “precio”, los de los “mercados y mercancías” son “capaces de apagar el sol y las estrellas porque no dan dividendos…”. También, de apagar la felicidad de los que no confunden valor y precio.

El Al-Manaque [parada de un largo viaje] de 2011 agota hoy sus hojas, pero esta noche, cuando la sociedad del precio nos invite a uvas y champán, debemos dedicar unos segundos a reflexionar que desde ese momento y ante la primera hoja de 2012, si antes no lo hemos hecho ya, estamos invitados uno a uno a cambiar los valores de la vida próxima y asociada en la que estamos trabajando, en una búsqueda incesante de valor en todo lo que se mueve, porque merecemos ser felices en el aquí y ahora (hic et nunc, que decían los clásicos) de cada uno, de cada una. Porque el dinero, poderoso caballero, no es capaz de agotar la capacidad de cada cerebro para idear, crear, abrir fronteras, cambiar relaciones, tomar decisiones, solucionar problemas, desarrollar sentimientos y emociones, rebelarnos en nuestras casas, trabajos y diversiones, vivir con lo que se puede tener y no por encima de nuestras posibilidades, buscando lo sencillo, amable, aunque tengamos que renunciar a la filosofía del precio, de los mercados, de las mercancías. Buscando a personas que piensen de esta forma, alejarnos de aquellas personas y entidades que no tienen otra finalidad que comprar nuestra felicidad a costa de dinero puro y duro, porque hemos aprendido que han sido capaces de comprar el mundo a trozos, sin importarles que en cada uno de ellos puede haber personas que son muy felices con lo poco (según ellos) que tienen.

Lo siento, las personas dignas tenemos ya el valor de la prisa en los cambios sociales: el mundo no hay que interpretarlo ya, solo cabe transformarlo, empezando por uno mismo y por lo que nos rodea. En el próximo minuto.

Sevilla, 31/XII/2011

(1) Judt, Tony (2011). Algo va mal. Madrid: Santillana Ediciones Generales.

El Club de las Personas Dignas

Siempre adelante
Siempre hacia adelante
DAR YASIN (AP) | 25-11-2011
El ciclista, en medio de una espesa niebla, mira a cámara mientras no detiene su avance por una de las calles de Srinagar (India)

He reunido en una publicación corta los post que bajo el título de El Club de las Personas Dignas he escrito desde Enero de 2011. La entrego a la Noosfera por mi compromiso público con la malla pensante que comparte el conocimiento libre, creativo, generador de crecimiento personal y social.

Gracias anticipadas por entrar en esta publicación. Si te parecen bien sus planteamientos, formas parte ya del Club, porque solo necesita un acto de voluntad diaria para construir cada día un mundo más digno. Nada más.

Sevilla, 26/XII/2011

NB: Puedes descargarla pulsando también aquí:  El Club de las Personas Dignas

La dignidad de la ausencia

Hoy es Navidad, un hecho irrefutable en la microhistoria de muchas personas, en la dimensión urbi et orbi, en clave vaticana. Curiosamente, a personas que estamos muy cerca de la realidad maravillosa del funcionamiento del cerebro, estas fiestas permiten entrar en tromba en la memoria del hipocampo, donde se alojan las ausencias de cada una, de cada uno, porque nos llevan a una realidad confesable: no nos sienta bien estar solos, quizá porque el cerebro reptiliano nos sitúa ante el miedo de quedarnos cada vez más aislados en la vida, por múltiples ausencias de afectos, de sentimientos y emociones, para entenderlo bien; de ausencias mentales, de personas a las que hemos querido y seguimos queriendo, de proyectos, de ilusiones, de trabajo, de dinero de subsistencia, de creencias en las personas, en la sociedad, en la naturaleza o en determinados dioses, sin que tenga competencia en estos días, el niño Dios de Alberti, al que el platerillo, no confundiendo nunca valor y precio, quería demostrar al mundo que regalando un collar a María y un anillo al Niño, no eran mercancías para él, sino solo valor, porque lo único que quería recibir era el permiso para darle un beso: ”dinero no quiero, besar al Niño es lo que yo quiero…”.

El pasado 17 de diciembre, se ausentó de este mundo una persona entrañable, Césaria Évora, una cantora caboverdiana de la realidad descalza, como le gustaba a ella salir a los escenarios del mundo, en homenaje a los desheredados más próximos, a cantar a los cuatro vientos estas palabras maravillosas, en una canción, La ausencia, que nunca nos dejó tranquilos, pero que justifica la dignidad con la que podemos abordarla siempre:

Si tan solo tuviera alas
para volar a través de la distancia
Si tan solo fuera una gacela
para correr sin cansancio alguno

Entonces, podría amanecer
en tu pecho
y nunca más la ausencia
sería nuestra realidad

Pero eso sólo sucede en mis pensamientos
en los que yo puedo viajar sin miedo
y mi libertad, la tengo
solo en mis sueños

En mis sueños, soy fuerte
y tengo tu protección
y tengo sólo tu cariño
y tu sonrisa

Ay, soledad tengo
Así como el sol solo en la cima del cielo
puede brillar,
también puede cegar con su claridad

Sin saber a dónde iluminar,
ni ningún lugar a dónde ir…

Ay soledad, es mi destino…
Ausencia…, ausencia

Sevilla, 25/XII/2011

El Club de las Personas Dignas (VII): hay que subir a cubierta, al cielo abierto

CUBIERTA
Cubierta, fotografía recuperada hoy, en Wikipedia

Escribo hoy este post, al cumplir seis años en mi incorporación a la Noosfera, a esta capa inteligente que nos ofrece Internet, escribiendo en este cuaderno de inteligencia digital para aquellas personas que siguen interesadas en descubrir la isla desconocida que habita en cada persona digna. En este cumpleaños digital, manifiesto mi profunda preocupación por el daño que ha hecho la traída y llevada crisis a cada persona que forma parte de los siete mil millones de seres humanos que poblamos el planeta Tierra y que en este aquí y ahora de cada uno, de cada una, de tí, de mí, seguimos con la legítima aspiración de ser felices. Seis años después, tengo muy claro que hay que luchar por la dignidad personal y compartirla con aquellas personas que respetamos y nos respetan. Y el post de hoy, es un ejemplo de creencia compartida en un mundo digital tan poderoso, tan atractivo.

Existen personas que ejercen profesiones arriesgadas, que aprecio mucho, y que me han acompañado siempre en el silencio activo que sabe cuidar la persona de secreto que hay en mi vida: determinadas personas que ejercen determinados puestos arriesgados en las salas de máquinas de las embarcaciones y las que no acostumbran a salir de la contramina, una vez que el ascensor tipo jaula los deja en el trabajo de cada día, en el corazón de la tierra.

Son profesiones modélicas para los que perteneciendo a este Club tienen que tomar una decisión muy importante en situaciones de turbulencias sociales de todo tipo, en estos momentos difíciles para las creencias personales, profesionales y sociales de todo tipo. Fundamentalmente, porque ahora toca abandonar temporalmente la sala de máquinas y la contramina para pasar a una acción en cubierta ó a cielo abierto, urgente y necesaria, para estar cerca de los que quieren abandonar el puente de mando de las embarcaciones laborales y políticas ó la zona de dirección de los yacimientos de dignidad privada y pública que tan necesarios son en estos momentos, para convencerles que merece la pena seguir luchando por aquellos valores en los que han creído hasta ahora y que en los momentos difíciles es cuando hay que dar la talla ética que tanto se ha defendido con anterioridad al fracaso o a la pérdida de confianza de los demás en nuestra persona pública o de secreto, en nuestras decisiones, hayan sido o no acertadas.

Escucho a diario que ya no se puede hacer nada, que todos los políticos son iguales, que al final lo que vale es el dinero que tengas a mano, que el mundo no tiene solución, que la crisis va a acabar con las ilusiones legítimas de todos. Y no es verdad que tengamos que estar en actitud paciente o conformista sobre estos juicios de valor, que tengamos que resignarnos a renunciar a ideologías que permiten a personas dignas estar cerca de los demás, de aquellos que menos tienen, de los que luchan por el estado del bien-ser y del bien –estar, por el trabajo bien hecho, el diario, el que puede ser más gris en determinados momentos; por ejemplo, por los que defienden que el trabajo en la Administración Pública tiene que respetar el tiempo, el espacio y el dinero público de principio a fin de jornada, pensando siempre en la persona como ciudadano al que se debe orientar todo lo que se hace en la Administración como acción basada estrictamente en el interés público.

Porque nada ni nadie es inocente. Todo tiene una razón de ser y ahora es necesario subir a cubierta y al cielo abierto para gritar a los cuatro vientos que somos necesarios para transformar el mundo, cada uno donde está en la actualidad, con un trabajo celular, ejemplar, allí donde vive o trabaja cada uno o cada una, porque la solución no viene solo de la Unión Europea, o del Banco Central Europeo, o de Merkel o Sarkozy, por poner un ejemplo muy actual. Es más probable que la salida a la crisis sea una realidad si prosperamos en plantar cara a la desazón que embarga a muchas personas, porque a las personas que pertenecemos al Club de las Personas Dignas nos interesa ahora dejar temporalmente esas salas de máquinas en las que hemos trabajado durante tanto tiempo o en las contraminas de la sociedad, de los trabajos o de las familias, para gritar a los cuatro vientos, a cielo abierto, que tenemos que seguir luchando para recuperar la dignidad de personas en el silencio o ruido de cada día, el de cada uno, el de cada una, y que sabemos dónde está la clave: en el trabajo serio y callado, coherente, de principio a fin, ejemplar, sobre todo.

Sin esperar que vengan los demás a solucionarnos los problemas que nos rodean y, para decirlo bien alto y claro, porque todos no somos iguales. Porque solo debe existir esta igualdad ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social [ante la crisis… (el corchete es mío)], como dice el Artículo 14 de la Constitución. Aunque dentro de unos días, cuando la mar esté en calma y la dirección de la mina no tenga más sobresaltos, tengamos que volver con la cabeza bien alta a la contramina o a la sala de máquinas en la que tanto nos gusta trabajar, para seguir navegando y cavando en la igualdad.

Sevilla, 10/XII/2011