La nueva parábola de los eritreos

ERITREA

Dieron de beber al sediento, vistieron a treinta inmigrantes adolescentes, eritreos por más señas, con ropa necesaria y les dieron su comida preferida, ziguiní, un ragut picante que les tuvo que saber a gloria (1). Es una historia que ha ocurrido en Lampedusa (Italia), donde fueron llevados desde alta mar huyendo de las mafias de traficantes de personas, que se lee hoy como la crónica anunciada de unas muertes en vida y que además se negaron a entrar en el sistema oficial de atención social por temor a ser identificados y devueltos a su país de origen, del que habían salido a pesar de ellos mismos huyendo de una represión que no tiene límites. La comida especial fue la que aprendieron a cocinar estas madres coraje, gracias a los consejos de una médica milanesa de origen eritreo, Alganesh Fessaha, presidenta de la ONG italiana Gandhi.

Alganesh hace lo indecible para atender a las víctimas de los secuestros. Los adolescentes de Lampedusa han corrido ya mejor suerte y la sombra protectora de esta médico eritrea los cubre temporalmente de un detalle inolvidable por unos momentos. Comer lo que probablemente sus madres dejaron de cocinar hace tiempo. Porque en Eritrea solo hay dolor y rabia por el abandono a su suerte, porque la represión en su población es espeluznante día a día.

Casi nueve años después, desgraciadamente, he recordado un post que escribí en este cuaderno de derrota sobre unos pescadores andaluces que rescataron en alta mar a 51 eritreos encontrados en alta mar, a la deriva, en una patera imposible. Fue un gesto digno de reconocimiento mundial. Hoy lo publico de nuevo porque tiene el valor permanente de la solidaridad humana que es capaz de traspasar fronteras y problemas de Estado: “Los eritreos, que eran mayoría, todos, subieron al barco. Fueron atendidos como personas, alimentados, admitidos como compañeros de un viaje a alguna parte”.

Igual que los treinta adolecentes de Lampedusa, aunque como parábola no narre hoy un suceso fingido, sino real, del que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad muy importante, una enseñanza ética inolvidable a través del ziguiní: el respeto incondicional a la dignidad del ser humano mediante un sencillo plato de carne. Porque tenían hambre de su alma eritrea. Nada más.

Sevilla, 4/V/2015

(1) Altozano, Manuel (2015, 4 de mayo). Un ziguiní en Lampedusa. El País, p. 56.

La parábola de los eritreos

Dedicado a los diez hombres buenos del pesquero “Francisco y Catalina”, así como a todas aquellas personas, cualquiera que haya sido su posición de compromiso (político, social, humanitario, solidario, comprensivo) en este conflicto, que han creído en que las actitudes de los diez tripulantes del barco salvador hacen más visible la realidad de la inteligencia social del ser humano.

Eran 51 personas embarcadas con rumbo a una isla desconocida. Se hicieron a la mar en una patera desvencijada, pero pintada con la dignidad de la esperanza, aprovechando la sabiduría de los expertos mayores de Eritrea que suelen mirar al mar con la nostalgia de los olvidados. Su navegación exquisita, inteligente, los dejaba a veces en el desamparo del mar abierto. Pasaban los días y no avistaban rastros humanos de supervivencia. Todo se agotaba. Hasta lo fundamental: la creencia en el otro más próximo. Cuando la desesperación era evidente, apareció un barco de bandera española, andaluza por más señas, acostumbrado a la pesca en caladeros ricos en desesperanza, alternativos, como salvadores de alta mar en los que la duda de hacerlo los sumergía en un mar de preguntas sobre lo complicado que va siendo ser buenos.

No lo pensaron mil veces, aunque sí novecientas noventa y nueve. ¡Los recogemos! ¡Nos llevaremos también la patera como ejemplo de la ética de arrastre de la vida, como símbolo de la miseria transportada a los mejores mundos posibles, con los cabos de la duda! Para que figure en el museo de la intolerancia. Y se lo comunicaremos a nuestros mayores en todos los sentidos. Y todos decían: ¿cómo os habéis complicado la vida de esta forma, si casi nadie se hubiera enterado?, o ¿no sabéis que hay traficantes de marineros que cierran sus operaciones en alta mar?, ¡en menudo lío nos habéis metido!, con un plural mayestático que podía alcanzar hasta el Vaticano. Todas las voces, a una, empezaron a buscar razones para abordar el problema que venía desde Malta, porque en un acto solidario donde los haya, las autoridades decían desde esa “isla conocida”, a los cuatro vientos y sin mucho escrúpulo, que “no podían admitir la entrada ilegal de 51 personas encontradas en alta mar”. Y los marineros, diez hombres buenos, comenzaron a llamar a todas partes, hasta que la conciencia se remueve y a nivel de Estado, el símbolo del puerto de Carboneras (Almería) actúa como revulsivo de una matrícula de decencia representada por diez personas, profesionales del mar que no dudaron en comprometerse con la vida.

Los eritreos, que eran mayoría, todos, subieron al barco. Fueron atendidos como personas, alimentados, admitidos como compañeros de un viaje a alguna parte. El Gobierno de España comenzó su tarea de atención diplomática porque Malta seguía en sus trece: “de quedarse aquí, nada de nada, porque la caridad bien entendida empieza por uno mismo”. Y comenzó el reparto: yo me quedo con doce, tú con cinco, aquél con otros cinco, aquellos otros con la mayoría, 29, respectivamente. La mercancía estaba adjudicada. Ya todos tranquilos, medallas por aquí y por allá y los eritreos preguntándose todavía qué Dios existe para que siendo tan visible su bondad, representada por los marineros del Francisco y Catalina, los tuvieran que separar, empaquetados, para vivir en el mundo mejor que soñaban cuando salieron de su país en busca de maravillas desconocidas. La gran enseñanza que nos han transmitido radica en su docilidad para ser transportados a un mundo ideal, a cualquier precio, porque seguir viviendo en el que lo hacían cotidianamente solo los llevaba a una muerte segura en vida. Esperando siempre que alguien, fundamentalmente bueno, los recoja y los atienda con caridad bien entendida. En tierra, mar ó aire. Eso sí, con una etiqueta en la espalda de cada uno: “¡Atención, mercancía muy frágil!”, que les asegure seguir viviendo en esta sociedad del bienestar ó malestar y de lectura sencillamente imposible.

Sevilla, 22/VII/2006

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