Unos días de verano en Mallorca / 2. La obra atea de Miquel Barceló

 

LA MITAD INVISIBLEhttp://rtve.es/v/1224399

Ese día volví a recordar a Rafael Alberti en un poema precioso sobre la soledad de Dios en Roma. Es verdad que la catedral (Seo) de Palma no era en ese momento un lugar de culto vacío sino lleno de tropeles de gente que en todo ven una lección de arte, pero que quizá a Dios no lo ven por ningún sitio:

Confiésalo, Señor. Sólo tus fieles
hoy son esos anónimos tropeles
que en todo ven una lección de arte.

Miran acá, miran allá, asombrados,
ángeles, puertas, cúpulas, dorados…
Y no te encuentran por ninguna parte.

Entre esos tropeles estaba yo, buscando sobre todo la capilla decorada por Miquel Barceló, la denominada del Santísimo, que ocupa el ábside lateral derecho de la cabecera de la Seo. Tenía mucho interés en conocer esta obra magna del artista de Felanitx, un fantástico retablo marino, por ser tan controvertida en el pasado, presente y que probablemente lo seguirá siendo en el futuro. Me senté en un banco de la fila izquierda, próximo a la lápida conmemorativa de la inauguración y contemplé la grandiosidad de los paneles de arcilla alemana e italiana, policromada, que representan lo acordado institucionalmente en 2001 y posteriormente materializado en julio del 2002, una vez constituida la fundación cultural privada Art a la Seu de Mallorca, que garantizó los trabajos encomendados a Barceló: las diferentes representaciones bíblicas, siendo especialmente llamativa la multiplicación de los panes y los peces, el mobiliario estático realizado en piedra autóctona, de Binissalem, así como los cinco vitrales de marco gótico recuperados no en su color original sino de grisalla.

Creo que no deja indiferente a nadie. Todos los asistentes a la visita que compartí en esa mañana de agosto no paraban de fotografiar una obra magna, pero de difícil intelección. Mercé Gambús, profesora de historia del arte y vicerrectora de Extensión Universitaria de la Universidad de las Islas Baleares, detalla muy bien el sentido de aquella composición tan compleja: “La capilla recrea la iconografía evangélica de la multiplicación de los panes y los peces y de las bodas de Caná como apoyo al simbolismo eucarístico focalizado entorno al Cristo resucitado, que junto al sagrario preside la capilla. La iluminación grisácea de los vitrales acentúa la atmósfera marina de la catedral mediterránea a la vez que refuerza simbólicamente la función principal de la capilla, destinada a la reserva y a la adoración del Santísimo Sacramento”.

CAPILLA BARCELO3

Detalle central de la capilla del Santísimo, según Miquel Barceló / JA Cobeña

La profesora Gambús conocía muy bien la génesis de esta experiencia tan contradictoria, porque fue la encargada en 2000, por petición expresa del Rector de la Universidad de Baleares, de sondear la posibilidad de que se otorgara el doctorado honoris causa al pintor Miquel Barceló, que aceptó finalmente en París con una condición: la realización de una gran obra en su isla, lo cual había de constituir su discurso de investidura. Durante seis largos años, llenos de vicisitudes, el artista trabaja en un proyecto plagado de altibajos, como no podía ser menos por su fondo y forma artísticos. El doctorado cobró forma en diciembre de 2000, una vez fijados los grandes parámetros de la obra a abordar por el pintor. Se llevaba a cabo por tanto su gran compromiso artístico.

Es apasionante conocer con detalle el largo proceso de intervención artística de Barceló en la capilla acordada, la de San Pedro, aunque al final pesó un argumento singular: introducir arte contemporáneo en la cabecera de la catedral vinculándolo con el Modernismo de Antoni Gaudí, gracias al gran mural de cien metros cuadrados de extensión que, hace más de un siglo (1909), ideó Antonio Gaudí y ejecutó Josep Maria Jujol. Lo narra magníficamente una de las grandes protagonistas de esta historia, la profesora Gambús: “[…] el Capítulo Catedral, en sesiones sucesivas, aceptó la propuesta de que el tema y el motivo de la decoración fueran determinados por su función de capilla dedicada a la reserva y adoración del Santísimo, y también al coro ferial, donde se celebra la misa conventual de los días laborables. En virtud de este plan de uso se decidió que fuera el capítulo sexto del Evangelio de Juan, la multiplicación de los panes y los peces, y el discurso del pan de vida como promesa de la Eucaristía, los motivos que vertebrasen el discurso iconográfico y simbólico que creara el pintor Miquel Barceló, que tendría que integrar: una pared cerámica y cinco vitrales, a propuesta del artista, y un mobiliario a propuesta del Capítulo, formado por altar, candelabro de siete brazos, sagrario, ambón, silla presidencial y dieciséis sillas o bancos para los canónigos”.

Recorrí con mi mirada los paneles de arcilla, la denominada piel cerámica, trabajada con el conocimiento del ceramista italiano Vincenzo Santoriello, en la costa de Amalfi, concretamente en Vietri sul Mare, cerca de Nápoles. No era inocente esa elección: “Sabía que una pared cerámica ya es todo un espacio que se hace independiente de la arquitectura. La pared cerámica es soporte y obra al mismo tiempo. Lo primero que encontré más excitante en la capilla fue eso: toda una obra con este grueso de barro era una manera de entrar en una organicidad absoluta. Es una obra arquitectónica y va más lejos que eso, pervierte la arquitectura de alguna manera, la hace innecesaria. Detrás hay tan sólo un eco, una resonancia de la arquitectura”. Conocía la importancia de las grietas que aparecen en diversos de los murales: “Las grietas son una gran red, son como las termitas de África, dan un sentido involuntario a todo, dan una ligazón, una idea del tiempo. Las grietas hacen ligar perfectamente esta piel de arcilla con Gaudí y Jujol, las grietas hacen que la obra coja su lugar allá dentro gracias a su organicidad. El dibujo que hacen las grietas seguro que Gaudí y Jujol lo habrían firmado de golpe. Seguro. Me gusta la escritura de Jujol en forma de algarrobas, creo que hay una especie de comunión, de diálogo de mi obra y las suyas. Era muy consciente de que el retablo tenía que coexistir con la obra de Gaudí y de Jujol. Las grietas creo que han sido un acierto, y no las había hecho nunca”.

El mobiliario litúrgico y los vitrales fueron un capítulo aparte, siendo estos últimos una expresión fantástica del arte concebido por Barceló: “Al principio hice unos cartones de los vitrales con colores terciarios como los colores de las frutas cuando no están maduras, caquis, azulados, lilosos. Me di cuenta, cuando probamos de abrir un agujero y trabajar con tonos verdosos y azulados, que la luz era cegadora y se lo comía todo. Realicé pruebas con una técnica de vidrio denominada grisaille que se hizo servir en el siglo xix. […] Además me permitía trabajar directamente sobre el vidrio como una unidad, no a trozos como en un collage. Era como una pintura, como una aguatinta, como una aguada, como tinta china. Después, con el dedo, hice los esgrafiados. […] Además, no quería añadir iconografía en los vitrales y por eso lo que he hecho son algas, raíces, palmas, olas, grietas, brotes de arcilla que suben hacia arriba, grietas blancas, grietas de luz”.

Había leído el artículo de la profesora Gambús para interiorizar lo que aquella mañana contemplé. De aquella primera impresión, recuerdo algo que me sobrecogió: la representación del Resucitado, emergiendo de la arcilla modelada por la mano del hombre, de Barceló. Cerca, muy cerca, está el sagrario, donde sigue el Santísimo que antes estaba junto a San Pedro, en su capilla desmontada para dar paso al misterio de Barceló, “con las huellas de las manos como metáfora de la devoción de los cristianos, de su adoración y el deseo de seguir al Cristo resucitado”.

Salí de aquella aventura mágica dando la razón a Alberti, en un poema con preguntas difíciles a un Dios cercano, Entro Señor en tus iglesias, porque estaba asombrado de lo que acababa de contemplar, extasiado, una obra religiosa llevada a cabo por un pintor ateo, como si durante la realización de esa magna obra le hubiera preocupado, sobre todo, no dejar solo al Señor que no se atreve a confesar que hoy sus fieles son solo esos “anónimos tropeles / que en todo ven una lección de arte./ Miran acá, miran allá, asombrados, ángeles, puertas, cúpulas, dorados… [cualquier día… las paredes de arcilla de la capilla del Santísimo de la Seo de Palma] / Y no te encuentran por ninguna parte”. Probablemente, muchos de los que estábamos allí, en la capilla del Santísimo, muy cerca de su Cristo Resucitado.

Sevilla, 15/VIII/2016

Violines en Brasil, una patria educadora

Siempre existe otra cara de la moneda en grandes acontecimientos como los Juegos Olímpicos que se celebran en la actualidad en Brasil, un asombroso país, “patria educadora”, según figuraba como lema en el escudo del segundo gobierno federal de Dilma Rousseff. Lo estamos viendo casi todos los días, al conocer las extraordinarias medidas de seguridad ante las protestas de los brasileños que menos tienen por un dispendio económico que no comprenden, con una represión policial espectacular. Lo he recordado hoy al ver una película, El profesor de violín, que recomiendo especialmente para comprender bien el trasfondo de las favelas, un mundo complejo que reúne todos los ingredientes para asumir el gran principio de Lula da Silva al comienzo de su gobierno en los albores de este siglo, cuando no había asomo de corrupción: otro mundo es posible, pero es necesario erradicar antes toda injusticia social en cada aquí y ahora actual. O la auténtica necesidad de que se comprenda que la libertad humana y su grandeza solo se consiguen con una patria educadora, como bien dice su lema de gobierno.

Es una historia muy sencilla, basada en hechos reales, de un violinista extraordinario, Laertes, que en una primera audición es rechazado para entrar en la Orquesta Sinfónica del Estado de São Paulo y se ve obligado a dar clases de música a un grupo de adolescentes de un colegio público de Heliópolis, una favela muy compleja de esa gran ciudad. Nada es fácil en la incorporación a esa escuela pública, pero la pasión por la música hace que los alumnos acaben amando sus instrumentos y la música que logran interpretar con ellos. La película está basada en la verdadera historia del maestro brasileño Silvio Baccarelli, que en los años 90 consiguió estimular la inclusión social y cultural de los jóvenes de una de las favelas más grandes de São Paulo.

EL PROFESOR DE VIOLIN

El director de la película, Sergio Machado, ha explicado muy bien el trasfondo que ha deseado transmitir en una entrevista promocional de su película: “Una cosa que me parece importante es que el profesor llegase a la favela y se pusiese a dictar clases de música. Allí hay también muy buena música, invité también a los mejores músicos de rap de Brasil. No quería que hubiese una especie de jerarquía entre la música clásica y la de las favelas, todas son buena música. Creo que la práctica de música de orquesta enseña mucho, para tocar bien en una orquesta hay que escuchar a los otros, para evitar la descoordinación. No es una competición sino un trabajo en equipo. Es estupendo, cuando estuve allí en Heliópolis conocí a una chica de la primera generación del Instituto Baccarelli, trabajó con el maestro Silvio Baccarelli, se llamaba Graciela. Ella era hija y esposa de traficantes. Su padre, como una manera de humillar a sus enemigos, obligaba a su niña a que matase a los enemigos, cuando era muy pequeña. Fue muy traumático. Pero ella está tocando música, sigue tocando la viola. Pero lo más importante es que su hija también toca música. La sensación que tengo es que el trauma está en Graciela, pero no en su hija, ella no se casará con un traficante. Eso es lo importante, que hay una ruptura. La música, el cine, las artes influyen en esto”.

EL PROFESOR DE VIOLIN1

Me asombra el papel que juegan los maestros, los profesores, en la vida de los alumnos. El cine de compromiso social ha recogido en bastantes ocasiones momentos sublimes de esta relación, que no olvido. El club de los poetas muertos, Ser y tener, Maestro Lazhar y Hoy comienza todo, son ejemplos maravillosos para comprender bien lo que pueden llegar a conseguir en cualquier ambiente, con dificultades mayores si la extracción social es difícil y tan compleja como la mostrada en la película de Machado.

Cuando he regresado a casa he conocido el fracaso de Nadal, al perder las posibilidades de oro o plata en tenis, en Rio 2016. Pero rápidamente he pensado en las niñas y niños del Instituto Baccarelli y he pensado que es verdad, en Brasil se lucha hoy, todos los días, por un mundo mejor, diferente, aquél que conocí directamente del presidente Lula al que creí con fe ciega, sin necesidad de metales supuestamente preciosos a cambio, sabiendo que no es una persona más que otra: “Así lo aprendí de Lula da Silva cuando leí con pasión el libro de recopilación de sus cinco propuestas para cambiar la historia, con un título que sobrecoge “Lula. Tengo un sueño”: “Obstinadamente me digo todo el santo día: tengo que realizar un sueño, que no es sólo mío, sino el sueño de todos vosotros; llegará un día que en este país ninguna criatura se irá a dormir sin un plato de comida, y ninguna criatura se despertará sin ningún desayuno (…) Llegará un día en que la gente tendrá conciencia de que este país que sueño y que vosotros soñáis puede ser construido. Depende de nuestra disposición para realizarlo. Depende de nuestro coraje. Depende de nuestra disposición”.

Después, he soñado con mis clases actuales de violín, con la pasión que pone en ellas mi profesora y cómo podré un día no muy lejano explicar a las personas que lo quieran escuchar, cuando lo toque, que la música es siempre compañera en la alegría y medicina en los momentos de dolor, como se ha transmitido en la historia de la música desde el siglo XVII hasta nuestros días, sin descanso alguno para maestros como Laertes, el protagonista de esta excelente película proyectada, curiosamente, en tiempos olímpicos, gracias a una “patria claramente educadora”, que tanto añoro.

Sevilla, 14/VIII/2016

Unos días de verano en Mallorca / 1. George Sand y Chopin

UN INVIERNO EN MALLORCA

… y la experiencia de la vida nos enseña que allí donde no se puede vivir en paz con nuestros semejantes, no existe admiración poética ni goces artísticos capaces de llenar el abismo que se abre en el fondo de nuestra alma.

George Sand, Un invierno en Mallorca

Inicio una serie de artículos dedicados a unos días vividos recientemente en Mallorca, recogiendo el espíritu y la letra de un libro muy controvertido sobre esta isla, Un invierno en Mallorca (1), de la escritora francesa George Sand (seudónimo de su auténtico nombre y género, Amandine Aurore Lucile Dupin, baronesa Dudevant), pareja de Chopin en una arriesgada aventura de amor en la isla en el siglo XIX, concretamente desde el 15 de diciembre de 1838 al 11 de febrero de 1839, unos años después de la desamortización de la Cartuja donde finalmente se hospedaron. Inicié su lectura movido por la curiosidad de una experiencia muy atrevida de Sand y Chopin, en el contexto histórico de un país y de una isla con serias limitaciones sociales y sin vestigio alguno de lo que llegaría a ser un día todavía muy lejano en el espacio y en el tiempo.

La lectura es una semblanza muy dura sobre Mallorca, es más, creo que no me equivoco si la catalogo como demoledora. No conocía esta aventura tan atrevida para los momentos en los que tuvo lugar, pero la sombra de Chopin, “nuestro enfermo” en palabras recurrentes de Sand al referirse al gran músico, nunca por su nombre, me atenazaba en la lectura de un libro que me dejaba con el espíritu sobrecogido al leer cada página, ante una descripción que no deja títere con cabeza en esta isla. Allí estaba él, con la etiqueta equivocada de “tísico”, echado de mala manera de la primera casa que habitaron y de la que tuvieron que salir de muy mala forma, Son Vent, en Establiments, de la que tuvieron que comprar finalmente y a precio de oro todo lo que de alguna forma había entrado en contacto con el músico, como si fuese un apestado, por una enfermedad que no era tal.

Vivieron al final en una celda de La Cartuja de Valldemossa, que actualmente se puede visitar, de la que cuenta detalles verdaderamente asombrosos, donde Chopin compuso obras inolvidables en su pianino Pleyel, expresamente traído desde París, “llegado en el mejor estado posible a pesar del mar y del mal tiempo, y de la aduana de Palma…”, que “llenaba la bóveda elevada y resonante de la celda con un sonido magnífico”, tales como algunos de sus Preludios entre los que destaca el llamado “Gota de Lluvia” (op. 28, No. 15), la segunda Balada en fa mayor op. 38, el tercer Scherzo en do sostenido menor op. 39 y una de las Polonesas, la op. 40. Referido al preludio Gota de Lluvia, Sand escribió sobre el compositor: “[…] Mientras tocaba el piano tuvo un sueño en el que se vio a sí mismo ahogado en un lago y grandes gotas de agua helada caían de forma regular sobre su pecho. Cuando le hice escuchar el sonido de las gotas de lluvia que, de verdad, estaban cayendo desde el tejado, rítmicamente, negó haberlas oído. Se enfadó mucho de que yo lo interpretara como la muestra de un sonido imitativo. Protestó con toda su fuerza -y tenía razón- contra la puerilidad de dicha imitación auditiva. Su genio estaba lleno de misteriosos sonidos de la naturaleza, pero transformados en sublimes equivalencias musicales en su pensamiento pero no a través de imitaciones sin originalidad de los sonidos reales.»

Tengo que reconocer que encontré en este libro una frase en sus primeras páginas, como nota del autor, que me pareció muy afortunada: “¿Por qué viajar cuando no se está obligado a hacerlo? […] Es que no se trata tanto de viajar como de partir. ¿Quién de nosotros no tiene algún dolor que olvidar o algún yugo que sacudir?”. Efectivamente, un viaje siempre es un punto de partida para vivir nuevas experiencias, ir hacia alguna parte…, a un lugar escondido en el alma. Y esta razón de partir fue la que me impulsó a buscar ahora en Mallorca algo más que viajar a cualquier precio, sin estar obligado a hacerlo.

Sevilla, 11/VIII/2016

(1) Sand, George (1975). Un invierno en Mallorca. Palma de Mallorca: Ediciones La Cartuja.

En memoria del Maestro Gustavo Bueno

GUSTAVO BUENO

El domingo pasado murió el filósofo libertario Gustavo Bueno. Conocí a fondo su obra durante mi etapa romana en los años setenta, lejos de la España que helaba el corazón, aprendiendo a formular teoría crítica marxista a través de su pensamiento, heterodoxo para muchos autores contemporáneos, discutido hasta la saciedad por sus escarceos con la mal llamada según él “televisión basura”, en los primeros años de este siglo. Asiduo tertuliano en aquellos platós, apabullaba a sus contertulios cuando les demostraba que no sabían lo que estaban diciendo, utilizando curiosamente la mayéutica socrática, tan marxista él, organizando unas trifulcas memorables de descalificación educada del adversario a través de la palabra. ¡Cómo le echo de menos en las tertulias políticas actuales, mediocres por antonomasia!

Si por algo lo recuerdo profundamente después de aquellos años italianos de encrucijada personal, siguiendo el modelo existencial de Ferrater Mora, es por un trabajo impecable publicado en las postrimerías del siglo veinte, bajo el título apasionante y en la línea de Ítalo Calvino, Diez propuestas, «desde la parte de España», para el próximo Milenio (1995), que tantas veces he citado en mis intervenciones públicas. He leído muchas veces este texto, excelente, provocador, como toda su obra, accesible para quienes aman de verdad este país, pero siempre me llamó poderosamente la atención la propuesta séptima sobre política orientada a conseguir, como mínimo, un uno por ciento de lectores de libros escritos en español, sobre temática científica o filosófica, en la que se resaltaba -entre otras- una verdaderamente urgente y asombrosa para este país trufado permanentemente de opiniones y de los “opinantes” mayores del reino, pero de escasa teoría crítica en casi todo lo que se dice: “Ahora bien, como canon del nivel óptimo que podrían alcanzar los juicios de los ciudadanos de una democracia real, ponemos la posesión de los conceptos indispensables para formar, no ya tanto opiniones, cuanto teorías críticas o, si se quiere «opiniones sistematizadas»”.

Vuelvo a leerla hoy, con el sentimiento de pérdida en este país de un referente sobre pensamiento crítico que tanta falta nos hace, que no volverá más, porque cuando mueren estas personas imprescindibles en el sentido que proclamó a los cuatro vientos Bertolt Brecht, se muere algo en el alma de este país que tanto necesitamos cuidar en el ámbito sobre todo de la teoría crítica en todo aquello que nos permitiría vivir de forma diferente, singular, en el sentido estricto del término.

Continuaba el profesor Bueno, como siempre lo he recordado, con su hilo conductor en defensa de la teoría crítica de la ciudadanía: “No existe, en el fin del Milenio, otro camino para aproximarse a este canon que el camino de la lectura de «prosa científica y filosófica» que suministre instrumentos al efecto. El límite canónico de la democracia real (que, en realidad, es el que está inspirando las leyes de educación media obligatoria) contiene también ese ideal de «consumo universal de prosa científica y filosófica». Pero este límite canónico es inalcanzable en muchos años (por no decir en siglos, o nunca jamás). Y esto es lo que aconseja, no tanto a prescindir del canon, cuanto de revertirlo al estado real, segregando las consecuencias posibles de esta reversión”.

Indudablemente, lo que pretendía explicar con gran sentido de crítica histórica y realista de este país, es que si hubiera auténtico interés político, para él fundamentalmente ciudadano, se podría formar un “tribunal popular disperso” que en torno a 250.000 personas, el 1% de la población según sus estimaciones, en condiciones reales de leer, que podría “resistir el oleaje caótico de las opiniones ignaras [que no tienen noticias de las cosas], y de formar el núcleo de una opinión pública responsable”. Memorable, ante tanta mediocridad política, famoseo televisivo, tertulias políticas y demás correlatos de medios de comunicación que cuidan mucho más el corazón que la mente.

Recomiendo la lectura completa de esta propuesta y, después, de las nueve restantes. Es quizá el mejor homenaje que podemos tributar hoy a la memoria del Maestro Bueno. Les dejo con el Final de estas propuestas, todo un símbolo de su “independencia” creativa y política en el sentido griego del término y para que no le olvidemos nunca:

Las diez propuestas ofrecidas no tienen una intención revolucionaria, en el sentido ordinario de este término. Sin embargo estas propuestas están formuladas en el ámbito de un sistema de ideas políticas que tampoco descarta la necesidad, supuestas dadas las condiciones adecuadas, de desencadenar un proceso revolucionario en el sentido más tradicional. En cualquier caso, las propuestas que hemos presentado y defendido han sido formuladas con la intención expresa de mantenerse en situación de relativa independencia respecto de los programas de los partidos políticos del arco parlamentario español, ya sean estos partidos de izquierda, ya sean de derecha o de centro.

La «independencia» que hemos procurado mantener no significa tampoco la defensa de la posibilidad de actuar al margen de todos los partidos políticos; se trata de una independencia sinecoide [1] que se establece ante la serie de propuestas y cada uno de los partidos políticos por separado, pero no del conjunto de todos ellos. Y esto es tanto como decir que los diferentes partidos políticos de izquierda, de derecha o de centro, podrían, en principio «traducir» nuestras propuestas a sus respectivos programas. Pero esta operación no ofrece la garantía de que las diversas traducciones sean concordantes entre sí, ni siquiera en el plano concreto de la práctica política real.

Sevilla, 9/VIII/2016

(1) Nota aclaratoria sobre el término “sinecoide” que aporto personalmente y que aparece en el texto citado: [De sineogmos,ou = juntura, costura.]  Conexión característica de un término k con un conjunto de términos {a,b,c,d,…n} cuando k debe ir vinculada necesariamente, pero alternativamente, a alguno o a varios de los términos del conjunto, pero no a ninguno de sus términos en particular (por lo cual la conexión sinecoide del término k no lo hace dependiente, sino «libre» respecto de un término dado, aunque dependa del conjunto). Un reostato puede ser analizado como un dispositivo en conexión sinecoide; los vínculos del individuo con otros individuos de su grupo social (sobre todo en sociedades complejas, por oposición a las sociedades con formas elementales de parentesco) suelen ser de tipo sinecoide [63]. {TCC 1440}.

NOTA: la imagen ha sido recuperada hoy de http://www.lavozlibre.com/noticias/blog_opiniones/15/964322/gustavo-bueno-cumple-90-anos-en-plena-forma/1

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