Gustavo Dudamel: un cumplidor de utopías, un hacedor de imposibles

Sevilla, 20/VIII/2019

En un día en el que las noticias tristes y dolorosas sobre lo que le ocurre a miles o millones de seres humanos llenan las portadas de todos los medios de comunicación, leo un artículo precioso sobre Gustavo Dudamel, un director de orquesta venezolano de 38 años que me sorprende siempre por lo que aporta de bienestar a este loco mundo: “Gustavito se ponía a dirigir con un palito en la mano cada vez que su padre hacía girar los vinilos de Karajan, bucle premonitorio en la ejecutoria de quien se define a sí mismo como un cumplidor de utopías, un hacedor de imposibles. Dudamel pone como ejemplo el Coro de Manos Blancas. Niños sordos y mudos de Venezuela que interpretan música “porque la llevan dentro”. Una dimensión espiritual que redunda en la devoción de Gustavo a la Divina Pastora de Barquisimeto”.

No es la primera vez que escribo sobre él en este cuaderno digital. Lo sigo y casi persigo en su periplo mundial anual y sé que ha estado recientemente en este país, en el Festival de Perelada (Girona), en un proyecto musical y didáctico al que ha incorporado a su pareja actual, la actriz española María Valverde, presentando junto a la Mahler Chamber Orchestra (MCO) una versión de “El sueño de una noche de verano”, de Mendelssohn, en la que Valverde ha recitado pasajes de la obra de Shakespeare.

Recuerdo ahora una frase suya sobre la “perfección imperfecta” que pronunció unos días antes de dirigir el Concierto de Año Nuevo, en Viena, el 1 de enero de 2017, después de un ensayo de la Suite Escita, opus 20, de Serguéi Prokófiev, con la Filarmónica de Los Ángeles: “No se trata solamente del performance perfecto. Les estaba diciendo que quería una perfección imperfecta. El riesgo, aquel punto donde tú miras y da vértigo, donde tienes el control de todo y al mismo tiempo, no lo tienes. E inspirar a los demás. Porque, fíjate, tú técnicamente puedes conocerlo todo, pero si no inspiras al grupo no vas a hacer nada especial. Nadie quiere escuchar algo completamente limpio, perfecto, pero que no tenga ningún tipo de alma”.

El 5 de mayo de 2017 escribí de nuevo sobre este director de orquesta con motivo de la muerte por la represión venezolana de un miembro del Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela, Armando Cañizales Carrillo, violinista de 17 años, que recibió un tiro en la cabeza, convirtiéndose en la víctima número 34 en aquellos días de represión en su país, escribiendo un mensaje en las redes sociales que dio la vuelta al mundo:

Mi vida entera la he dedicado a la música y al arte como forma de transformar las sociedades. Levanto mi voz en contra de la violencia y la represión. Nada puede justificar el derramamiento de sangre. Ya basta de desatender el justo clamor de un pueblo sofocado por una intolerable crisis. Históricamente el pueblo venezolano ha sido un pueblo luchador pero jamás violento.

Para que la democracia sea sana debe haber respeto y entendimiento verdadero. La democracia no puede estar construida a la medida de un gobierno particular porque dejaría de ser democracia. El ejercicio democrático implica escuchar la voz de la mayoría, como baluarte último de la verdad social. Ninguna ideología puede ir más allá del bien común. La política se debe hacer desde la consciencia y en el más absoluto respeto a la constitucionalidad, adaptándose a una sociedad joven que, como la venezolana, tiene el derecho a reinventarse y rehacerse en el sano e inobjetable contrapeso democrático.

Los venezolanos están desesperados por su derecho inalienable al bienestar y a la satisfacción de sus más básicas necesidades. Las únicas armas que se le puede entregar a un pueblo son las herramientas para forjar su porvenir: instrumentos musicales, pinceles, libros; en fin, los más altos valores del espíritu humano: el bien, la verdad y la belleza.

Hoy he recordado de nuevo el pasado de Dudamel por su compromiso social activo a través de la música, a través del Coro de Manos Blancas, “niños sordos y mudos de Venezuela que interpretan música “porque la llevan dentro”: “[…] integrado por 120 niñas, niños y jóvenes, quienes están distribuidos en las dos secciones que conforman el coro: la Vocal, dirigida por el profesor Luis Chinchilla, integrada por niños y jóvenes con déficit visual, cognitivo, impedimento motor, dificultades en el aprendizaje, autismo, así como también aquellos que no tienen ninguna discapacidad; y la Gestual, dirigida por la profesora María Inmaculada Velásquez, constituida por niños y adolescentes con déficit auditivo, a quienes a través del canto coral se les estimula la oralidad”.

Los escucho con emoción y con atención reverencial. Necesitamos estos estímulos humanos para comprender la maravilla de la creación del ser humano. A pesar de todo. Es la única razón que tengo hoy para compartir este ejemplo precioso de dignidad humana en un mundo que diseñan muchas veces nuestros enemigos, insensibles al dolor ajeno, mientras que otras personas, entre las que me encuentro, estamos interesados en cumplir utopías y hacer cosas imposibles trabajando siempre en la utilidad de lo mal llamado “inútil”. Lo dijo hace ya muchos años Antonio Machado. “Todo necio confunde siempre valor y precio”.

 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.