La primera ópera de Mozart

BASTIEN ET BASTIENNE1

Bastien et Bastienne

Sevilla, 23/VII/2020

Siempre he estado muy cerca de La Flauta Mágica, la última ópera de Mozart, a la que he dedicado múltiples elogios en páginas de este cuaderno digital. Hoy, abordo un breve análisis de la que se considera la primera ópera escrita con tan solo doce años por el compositor austriaco, Bastien et Bastienne, un singspiel (1) que refleja la capacidad artística de Mozart, enamorado de París desde que viajó a esa ciudad por primera vez cuando solo tenía siete años, asombrando a la Corte con sus primeros minuetos y la composición de bellísimas sonatas para clavecín y violín.

En la ingente obra de Mozart no hay composición que se pueda considerar inocente. Él no componía por el mero placer de la composición musical sino que intentaba trasladar con la música la interpretación de su forma de aprehender la vida, sus más íntimas reflexiones. Por este motivo, detrás de cada composición siempre hay que comprender lo que Mozart nos quería transmitir. En el caso de las óperas, estoy muy de acuerdo con una reflexión de un gran conocedor de su obra, Arturo Reverter, cuando dice que “acercarse a la ópera de Mozart es asomarse al abismo del alma humana. Toda la sabiduría constructiva, la variedad de lenguajes, de formas y maneras tan hábilmente sintetizados terminan siempre por conducirnos a un mundo de sentimientos, de valores, de ideas, de afectos”.

He conocido recientemente, a través de la Fundación Juan March, que la Ópera de París ha puesto a disposición del público una versión en francés de Bastien und Bastienne, una pequeña ópera en formato singspiel, estrenada en Viena en septiembre de 1768, sobre un libreto de Friedrich Weiskern inspirado en una obra lírica de Jean-Jacques Rousseau, Le devin du village (El adivino de la aldea), estrenada en 1752 en París. Hay que resaltar que en ese tiempo alternó la composición de esta pequeña ópera con el encargo que le había hecho con anterioridad el emperador José II para que pusiera música a un libreto de Goldoni y que se conocería a través del tiempo como La finta semplice (La falsa ingenua), que se estrenó en Salzburgo el 1 de mayo de 1769.

He imaginado por unos momentos, con la obra de Rousseau delante, El adivino de la aldea, que Mozart comprendió muy bien el hilo conductor del original del filósofo y músico francés, donde la sencillez y el canto al amor es lo que su música debía representar, llevando al pentagrama palabras finales que pueden resonar hoy con toda su fuerza: En la ciudad, hay mucho más bullicio, / pero ¿también tanta alegría en sus fiestas? / Siempre felices, / siempre cantando, / belleza sin maquillaje, / placer sin artificio. / ¿Todos sus conciertos / valen lo mismo que nuestros bailes? / ¡Vamos, bailemos bajo los olmos! / ¡Animaros muchachas! / ¡Bailemos bajo los árboles! / ¡Galanes, tocad vuestras cornamusas!

Esta ópera me ha recordado permanentemente a La flauta mágica porque vuelve a bascular sobre un número masónico, el 3, de valor extraordinario para Mozart. En ambas óperas figuran recitativos a tres, Bastien, Bastienne, el adivino y las Damas, Tamino y Papageno, en La Flauta Mágica, como una primera declaración de intenciones después del episodio del cierre de la boca de Papageno con un candado, por haber mentido a Tamino y haberse atribuido la muerte de la serpiente que estaba cerca del príncipe: “¡Si todos los mentirosos tuviesen sus labios cerrados con candado, en lugar de odios, calumnias y mentiras, sólo habría amor y fraternidad!”. Creo que resaltar el poder de la verdad de ambos amores que tiene una actualidad extraordinaria como mensaje ante las noticias falsas y cotilleos políticos que tanto daño hacen.

La flauta mágica entregada a Tamino y el carillón de Papageno junto a su jaula de pájaros a la espalda, así como el amor intermediado de Bastien y Bastienne, son la expresión de la dialéctica humana que siempre quiso resaltar Mozart en sus obras, así como la suma importancia que tiene favorecer la fraternidad en el mundo, sobre todo cuando se supera la dialéctica de la pobreza y riqueza, nobleza y pueblo, los palacios y las casas humildes, resaltando el poder de los barrios. Más adelante, reconozco que siempre me fascina el dueto entre Pamina y Papageno en el que ambos comentan el motivo de su encuentro en el palacio de Sarastro, en el que intercambian sus deseos más legítimos de encontrar a personas a las que amar, como bien expresa Pamina: “Debemos disfrutar del amor. Vivimos solamente para el amor”. La tarea de salvar a Pamina se refuerza en los siguientes sucesos de la ópera, hasta llegar a sus escenas finales, en las que Tamino y Pamina se unen en su amor verdadero así como Papageno y su querida Papagena, que se comprende aún más cuando se escucha el dueto que lleva sus nombres.

Ver y escuchar hoy la versión francesa de Bastien et Bastienne, de la Ópera de París, compuesta por el adolescente Mozart, nos sumerge en un mundo diferente (58 minutos en un solo acto), con canciones preciosas en un entorno muy festivo, alegre y esperanzador, en las que destaca la calidad musical del compositor salzburgués. Pasen, vean y escuchen porque nos le defraudará en estos tiempos modernos tan difíciles.

 

(1) Singpiel: composición dramática y musical alemana de tono folclórico y popular en la que un texto dialogado se escenifica alternando con canciones, coros o piezas musicales extensas. No hay que confundirlo con opereta.

NOTA: para facilitar la comprensión de la obra, facilito el original del libreto de Le devin du village (El adivino de la aldea), de Jean-Jacques Rousseau, al que se puede acceder en la dirección siguiente: http://kareol.es/obras/adivino/acto1.htm, para comprender mejor el contexto de la obra.

 

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