Invitadas, olvidadas y rescatadas ahora por el Museo del Prado

María Luisa Puiggener, La última alhaja, 1900 (Colección Fundación Cajasol)

Sevilla, 7/X/2020

En el Museo Nacional del Prado se inauguró ayer la exposición Invitadas, en la que se desea dar visibilidad al papel desempeñado por la mujer en la historia del arte en España en el periodo transcurrido entre 1833 y 1931: “Se pretende así dar respuesta a esas cuestiones que hoy podemos considerar clásicas desde una doble propuesta. Por un lado, la visibilización de los principales hitos de la producción artística de las mujeres en el periodo cronológico que va desde los tiempos de Rosario Weiss (1814-1843) hasta los de Elena Brockmann (1867-1946), y por otro el reconocimiento del contexto concreto, del escenario ideológico en el que todas ellas debieron desarrollar sus carreras. Como trasfondo de todo ello aparece una estructura oficial que, en definitiva, nunca las consideró como parte integrante del sistema, y que las colocó, con todas sus consecuencias, en una inamovible posición de invitadas”.

La exposición se presenta en dieciséis ámbitos, que van desde la primera posición de reinas intrusas, hasta la última de anfitrionas de sí mismas, pasando por los doce espacios restantes: el molde patriarcal, el arte de adoctrinar, brújula para extraviadas, madres a juicio, desnudas, censuradas, la reconstrucción de la mujer castiza y las maniquíes de lujo, náufragas, modelos en el atelier, pintoras en miniatura, las primeras fotógrafas, señoras “copiantas”, reinas y pintoras, las viejas maestras y las “verdaderas pintoras” y señoras antes que pintoras.

He tratado este problema de representación de la mujer en la cultura de este país a lo largo de los siglos, en todas las manifestaciones artísticas y esta muestra es un paso más, muy interesante, para sacar de los fondos del Museo Nacional del Prado o de otros museos nacionales o fundaciones y colecciones varias, obras que por imperativo de los diferentes reinados, regímenes y la dictadura, obviamente, nunca pudieron exponerse en las galerías abiertas de esta pinacoteca nacional o en otras. Por el contrario, siempre encontraron huecos estos espacios públicos para colgar exclusivamente cuadros representativos de las mujeres “puestas” en el sitio que les correspondía en aquella época, tan tristemente larga.

Es muy llamativa la obra de Antonio Fillol Granell (1870-1930), porque sus obras, en consonancia con lo que el Sistema aceptaba de la representación social de la mujer, se exponía sin tapujos por el realismo de su pintura, acorde con la legitimación del papel de la mujer extraviada, sometida a permanente juicio, desnuda e ida, en cualquiera de los estamentos sociales, ya fuera en la realeza, la burguesía o en la etnia gitana, sin ir más lejos. Es uno de los pocos pintores de la época que “denunciaron abiertamente la posición desfavorable en la que las instituciones patriarcales habían situado injustamente a las mujeres”. He escogido un cuadro que figura en la exposición y que forma parte del fondo del Museo pero entregado en depósito al Museo de Jaén, titulado La rebelde, como arquetipo de lo anteriormente expuesto: “La rebelde es quizás la última expresión de la pintura social que había venido desarrollando el artista desde hacía décadas. Esta obra nos traslada a un campamento gitano en medio del campo, un clan de una familia errante. La improvisada tienda del fondo es la única referencia a una especie de hábitat. En este caso la lucha de clases ha dado paso a la violencia doméstica y a la intransigencia, frente a quienes sienten el anhelo de libertad en la sangre y se enfrentan al orden establecido, en este caso el paternalismo machista y la tradición represora que impide decidir el propio camino. El argumento de La rebelde parece ser el de la joven gitana que se ha enamorado de un payo y es expulsada del campamento y agredida”.

Antonio Fillol Granell. La rebelde, 1915 (Museo de Jaén, depósito del Museo Nacional del Prado)

Una muestra de la excelencia de esta exposición es la incorporación a la misma de una pintora andaluza, olvidada por la historia, María Luisa Puiggener (Jerez de la Frontera, 1875 – Sevilla, 1921), como anfitriona de sí misma, a la que he dedicado la imagen de cabecera en esta página, porque simboliza el hilo conductor que el Museo Nacional del Prado ha pretendido presentar en este ambicioso proyecto hecho realidad.

En tiempos de coronavirus será difícil la movilidad en los próximos días y meses para poder contemplar en directo esta exposición tan ideológicamente interesante, no inocente e instructiva para salvaguardar la memoria histórica, que también existe, de las mujeres artistas en este país, relegadas clásicamente al papel de olvidadas, invitadas y meras copiantas de lo que hacían tan maravillosamente bien los hombres pintores o escultores, en este caso. En este sentido, recomiendo visualizar la presentación oficial de la exposición, que permite seguir de cerca el contenido de la misma, paso a paso, a cargo del Comisario de la misma, Carlos G. Navarro, conservador del Área de Pintura del siglo XIX del Museo. Es importante hacerlo porque estoy convencido de que es una muestra crítica y al mismo tiempo aleccionadora por la operación rescate de mujeres pintoras o escultoras extraordinarias que casi nunca figuraron en los catálogos oficiales de los concursos de pintura o en los museos de España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.