Fondo de naves

Sevilla, 9/X/2020

En el prólogo de “El infinito es un junco” (excelente libro), cuenta su autora, Irene Vallejo, que Alejandría era el principal puerto de Egipto, su nuevo centro vital en el siglo IV antes de Cristo y que a todos los barcos de cualquier procedencia que hacían escala en la capital de la Biblioteca se les sometía a un registro inmediato: “Los oficiales de aduanas requisaban cualquier escrito que encontraban a bordo, lo hacían copiar en papiros nuevos, devolvían las copias y retenían los originales. Estos libros tomados al abordaje iban a parar a las estanterías de la Biblioteca con una breve anotación aclarando su procedencia (“fondo de las naves”).

Salvando lo que haya que salvar y viajando a través del tiempo, he interpretado este hecho como una metáfora de la vida, porque cuando llegamos a puerto después de cualquier singladura vital, puede que nos ocurra lo mismo si amamos la lectura, es decir, somos nosotros mismos los que podemos localizar nuestros libros escogidos para cada viaje a alguna parte sin que nadie nos los requise, nos copie los originales y después se queden con ellos. También nos puede pasar si en nuestra conducta diaria, personal y social, somos como libros abiertos o cerrados que alguna vez nos los piden prestados y se quedan con ellos (con los libros y con nuestra alma que los eligió y que se queda dentro). He repasado momentos transcendentales de mi vida y creo que podría organizar mi Biblioteca particular obtenida a través del “fondo de mis naves” en los que he viajado a lo largo de mis cumpledías, aunque tengo que declarar que algunos pertenecen a lo más íntimo de mi propia intimidad, siguiendo al santo de Hipona, San Agustín.

Mi infancia son recuerdos de libros queridos y que procedían del contexto vital en el que vivía en Madrid. En aquél viaje iniciático, sí recuerdo bien que navegaba fácilmente con Salgari, Verne y Richmal Crompton, con su travieso y admirado Guillermo, compensado a veces con la compañía de Cuchifritín, el amigo de Celia, unos hermanos con ideología gracias a Elena Fortún, así como los de la familia Donald y Marcelino, Pan y Vino, de José María Sánchez Silva, haciéndome amigo de su amigo invisible, Manuel, porque no entendía casi nada de la vida de Marcelino y al menos Manuel parecía que tenía los pies en el suelo. No faltaban tampoco el catecismo Ripalda y la Cartilla Moderna de Urbanidad como manuales del discreto encanto de la niñez burguesa y “bien educada”, que siempre comenzaba cada capítulo de la misma forma: “En los viajes. El niño bien educado”, por ejemplo, cuando ese niño viajaba en un tren cualquiera de la vida. O en un barco.

A partir de aquí apelo de nuevo, en este aquí y en este ahora, al intimior intimo meo agustiniano, porque tengo que revisar de nuevo mi Biblioteca y localizar los ejemplares que tienen la siguiente anotación: “Fondo de naves”. Tengo el convencimiento de que me sobran dedos de una mano para hacer este acopio de un fondo muy especial, sentado ahora en la amura de babor de un cuento muy querido, “La isla desconocida”, que está bastante deteriorado por las salpicaduras del agua de mar, mientras preparo con urgencia los avíos en tierra para mi próximo viaje hacia alguna isla no descubierta en mi azarosa vida pasada, presente y futura. De lo que estoy muy seguro es de que se quedarán siempre conmigo, porque pertenecen al fondo de naves en la Biblioteca de Mi Vida.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.