Hay que desenmascarar a los conformistas y mediocres

Il conformista, Alberto Moravia / Bernardo Bertolucci

Sevilla, 29/VII/2021

Estamos asistiendo impertérritos a la implantación de un conformismo personal y social plano de gran parte de la sociedad, ante todo lo que está pasando en estos momentos tan duros y extraños derivados de la pandemia y su gestión política en nuestro país. Junto a una gran aliada, la mediocridad, se han instalado en nuestras vidas. Me preocupa mucho esta situación, porque traduce una enfermedad social de consecuencias trágicas, que deberíamos atender con urgencia si queremos ofrecer un horizonte claro de presente y futuro a las personas que queremos y a las que forman parte del denominado interés general constitucional y político en su sentido más primigenio.

El conformismo fue tratado históricamente el siglo pasado por la literatura y el cine asociado a ella, fuentes que me permitieron conocer, en mis años jóvenes, su cara más cruel y amarga. Me refiero a la obra Il conformista, de Alberto Moravia (Roma, 1927-1990) y a la película homónima, dirigida por el gran cineasta italiano Bernardo Bertolucci (Parma, 1941 – Roma, 2018). Moravia publicó esta obra en 1.951 y refleja en ella su sentir político como una proclama muy dura contra el fascismo. Bertolucci, atraído por el compromiso intelectual y político de Moravia, la llevó al cine en una producción a la americana, en 1970, con el apoyo de la Paramount, obteniendo un resultado extraordinario en la historia del cine europeo e italiano por la adaptación de esta novela a la gran pantalla.

Si lo traigo a colación hoy es porque creo que el conformismo, como fenómeno social emergente, hay que denunciarlo a los cuatro vientos, por la parálisis y desafección ética en el país de todo lo que tiene que ver con la política, porque es una lacra social de consecuencias inimaginables, sobre todo porque camina de la mano de la mediocridad, que nos ataca por tierra, mar y aire, tal y como lo he manifestado ya en muchas ocasiones en este cuaderno digital que procuro por todos los medios posible que no sea ni conformista ni mediocre. Estoy de acuerdo con lo expuesto en un artículo muy interesante sobre la película de Bertoluccci, que trata sobre los errores en el doblaje de esta película, probablemente no inocentes, que leí hace ya bastante tiempo, porque “[…] si El conformista es un film tan profundo es por la suma de capas e influencias que lo componen: mezcla de géneros cinematográficos, la melodía de la banda sonora y sus variaciones en clave humorística, obra de Georges Delerue, las múltiples referencias literarias, incluidos los mitos de la caverna y Edipo, la recreación histórica y la fotografía diseñada por otro artista precoz, Vittorio Storaro—, ingredientes que el director consigue armonizar”.

Precisamente, el mito platónico de la caverna, magistralmente tratado por Bertolucci, es algo que hay que rescatar hoy porque es el análisis de la realidad de las sombras que pasan ante miles de personas que estamos recluidos a veces en nuestras propias cavernas, sin poder ver la realidad de lo que está pasando realmente fuera para interpretarlo de la forma más crítica y certera posible, situación que sabe aprovechar muy bien el pensamiento único de determinados partidos que están siempre bordeando la democracia auténtica, en una conversión totalitaria que da escalofríos escucharlos. Lo más duro que asumí de aquella película, a mi edad juvenil y de marcado sesgo revolucionario, era una frase del protagonista, Marcelo Clerici cuando se incorpora a la OVRA (Organización para la Vigilancia y la Represión del Antifascismo) y después de escuchar ejemplos de cómo se puede entender esta militancia por parte de su amigo invidente, Ítalo Montanari, él manifiesta agradecido que ha entendido perfectamente la equivalencia entre un hombre “normal” y un “perfecto fascista”. Conformismo y mediocridad en estado puro.

Tal y como lo he manifestado en ocasiones anteriores y leyendo las últimas noticias de nuestro país, de Andalucía, cuando se acerca el ferragosto, he recordado también ante esta situación descrita a Mario Benedetti, porque escribió en Testigo de uno mismo (1) un soneto del pensamiento, precioso, que leyéndolo de nuevo me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa? lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Sur, que también existe y me preocupa mucho esta situación en Andalucía, que se extiende como una mancha de aceite. El conformismo y su gran compañera de viaje, la mediocridad, hacen estragos allí donde nacen, se desarrollan y mueren, porque se instalan en el confort de los tibios y tristes, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa?

La cosa es la vida misma, con su parafernalia personal e intransferible en cada persona que vive rodeada de cosas que cosifican, es decir, a la corta, más que a la larga, reducen a la condición de cosa a las personas. Porque ahí radica su peligro extremo: reducen a las personas a una cosificación inaceptable por medio del conformismo brutal que nos invade y que suele diseñarse muy bien por el enemigo, un artista de la mercancía política en hipermercados de la indignidad y de su economía propia y asociada. Muchas veces he ensalzado la figura de Papageno, el protagonista de la ópera de Mozart, La flauta mágica, porque su profesión es un modelo a seguir en muchas ocasiones para los inconformistas de cuna: encantador de pájaros, aunque no sepamos casi nunca a qué tipo de pájaros, con perdón, tenemos que encantar. Cada uno que lo aplique a quien corresponda.

Dice Mario Benedetti más adelante en el mismo soneto citado: la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío. Es verdad, porque el conformismo lleva a un electroencefalograma plano de la inteligencia que inhibe para tomar conciencia de que el Sur también existe, como nos pasa con el conformismo en esta tierra de maría santísima, donde nos acaba dando igual el calor que el frío. Lo que ocurre es que cuando se decide salir del conformismo que nos invade, el pensamiento, acostumbrado al vacío, huye de ángeles y tahúres y busca desesperadamente la noche, para pensar en esta tierra…, a troche y moche. ¡Menos mal! Moravia, Bertolucci y Benedetti han dicho algo que nos puede remover hoy las conciencias y no olvido.

Existen personas que ejercen profesiones arriesgadas, que aprecio mucho, nada conformistas y que me han acompañado siempre en el silencio activo que sabe cuidar la persona de secreto que hay en mi vida: determinadas personas que ejercen determinados puestos arriesgados en las salas de máquinas de las embarcaciones y las que no acostumbran a salir de la contramina, como metáfora aplicable al tema tratado hoy sobre el conformismo y la mediocridad, una vez que el ascensor tipo jaula los deja en el trabajo de cada día, en el corazón de la tierra. Son profesiones modélicas para los que perteneciendo a mi Club de las Personas Dignas tienen que tomar una decisión muy importante en situaciones de turbulencias sociales, en estos momentos difíciles para las creencias personales, profesionales y sociales de todo tipo. Fundamentalmente, porque ahora toca abandonar temporalmente la sala de máquinas y la contramina para pasar a una acción en cubierta o a cielo abierto, urgente y necesaria, para estar cerca de los que quieren abandonar el puente de mando de las embarcaciones laborales y políticas o la zona de dirección de los yacimientos de dignidad privada y pública que tan necesarios son en estos momentos, para convencerles que merece la pena seguir luchando por aquellos valores en los que han creído hasta ahora y que en los momentos difíciles es cuando hay que dar la talla ética que tanto se ha defendido con anterioridad al fracaso o a la pérdida de confianza de los demás en nuestra persona pública o de secreto, en nuestras decisiones, hayan sido o no acertadas. Es decir, una declaración de guerra total ante los conformistas y mediocres y las organizaciones que los representan.

Escucho a diario que ya no se puede hacer nada, que todos los políticos son iguales, que al final lo que vale es el dinero que tengas a mano, que el mundo no tiene solución, que la crisis actual motivada por la pandemia va a acabar con las ilusiones legítimas de todos. Conformismo puro y duro que detesto. Y no es verdad que tengamos que estar en actitud paciente o conformista sobre estos juicios de valor, que tengamos que resignarnos a renunciar a ideologías que permiten a personas dignas estar cerca de los demás, de aquellos que menos tienen, de los que luchan por el estado del bien-ser y del bien-estar, por el trabajo bien hecho, el diario, el que puede ser más gris en determinados momentos; por ejemplo, por los que defienden que el trabajo en la Administración Pública tiene que respetar el tiempo, el espacio y el dinero público de principio a fin de jornada, pensando siempre en la persona como ciudadano al que se debe orientar todo lo que se hace en la Administración como acción basada estrictamente en el interés público.

Porque nada ni nadie es inocente. Todo tiene una razón de ser y ahora es necesario subir a cubierta y al cielo abierto para gritar a los cuatro vientos que somos necesarios para transformar el mundo, cada uno donde está en la actualidad, con un trabajo celular, ejemplar, allí donde vive o trabaja cada uno o cada una, porque la solución no viene solo de la Unión Europea, o del Banco Central Europeo, o de Merkel o de la presidenta Úrsula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea), por poner un ejemplo muy actual. Es más probable que la salida a la crisis actual que arrastramos desde hace ya muchos años y agudizada ahora por la pandemia, sea una realidad si prosperamos en plantar cara a la desazón que embarga a muchas personas, porque a las personas que pertenecemos al Club de las Personas Dignas nos interesa ahora dejar temporalmente esas salas de máquinas en las que hemos trabajado durante tanto tiempo o en las contraminas de la sociedad, de los trabajos o de las familias, para gritar a los cuatro vientos, a cielo abierto, que tenemos que seguir luchando para recuperar la dignidad de personas en el silencio o ruido de cada día, el de cada uno, el de cada una, y que sabemos dónde está la clave: en el trabajo serio y callado, coherente, de principio a fin, ejemplar, sobre todo. También, en descubrir y desenmascarar las maniobras oscuras de los conformistas y mediocres.

Sin esperar que vengan los demás a solucionarnos los problemas que nos rodean y, para decirlo bien alto y claro, porque todos no somos iguales. Porque solo debe existir esta igualdad ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social [ante la crisis… de la pandemia (el corchete es mío)], como dice el Artículo 14 de la Constitución. Aunque dentro de unos días, cuando la mar esté en calma y la dirección de la mina no tenga más sobresaltos, tengamos que volver con la cabeza bien alta a la contramina o a la sala de máquinas en la que tanto nos gusta trabajar, para seguir navegando y cavando en la igualdad que tanto necesitamos todos, sin excepción alguna. De lo contrario sucederá lo que ya nos advirtió Benedetti sobre los peligros del conformismo y la mediocridad: la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío.

(1) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.