La ley de Crosby, más actual que nunca

John Crosby / Cabecera de “el Correo de Andalucía”, 9 de agosto de 1977

Sevilla, 30/IX/2021

En tiempos de mentiras por doquier, posverdades y falsas noticias, la ley de Crosby adquiere hoy día una dimensión especial, agrandándose su fundamento, aunque nos parezca paradójico en tiempos tan modernos y en los que desgraciadamente estamos instalados en el principio de desconfianza hacia todo lo que se anuncia y se mueve. En tal sentido, publiqué hace cuarenta y cuatro años un artículo en la página de opinión de un diario muy querido en la Transición en Andalucía, el Correo de Andalucía, editado en Sevilla y con un compromiso encomiable de su dirección y profesionales, más allá de toda sospecha, que recupero hoy, en el que sólo cambio la palabra “hombre”, que utilicé en su sentido filosófico más puro, por persona (en cursiva), para adaptarlo a la nueva concepción del ser humano en la historia. Juzgue usted, como lector o lectora, su actualidad. Lo que si deja claro es que la verdad, como hilo conductor de la vida personal y profesional, hay que construirla entre todos, siguiendo al pie de la letra la recomendación que aprendí hace ya muchos años de Antonio Machado: “¿Tu verdad? No la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

Han pasado muchos siglos desde que los atenienses contemporáneos de Platón corrían todos los días hacia el areópago, ávidos siempre de la última noticia, aunque tenían un principio de confianza, envidiable hoy, que consistía en que sabían a ciencia cierta que todo lo que allí se anunciaba y comentaba era verdad (alétheia, en estado puro). Habían aprendido de Parménides, a distinguir la verdad de la simple opinión. Recuerdo esta lección histórica y de corte presocrático en los momentos actuales, en los que cualquier noticia se propaga de forma viral, aunque sea el mayor de los bulos o la mayor de las mentiras jamás contada. Basta que se programe en los robots de Facebook o Twitter el seguimiento jerárquico de determinadas tendencias en rabioso tiempo real, trending topics, para convertirlas en el mantra de credibilidad mundial para un mundo descreído, que se manifiesta incluso en solo 140 caracteres que pueden hundir el mundo si seguimos por estos derroteros.

Comparto de nuevo aquél artículo, cuarenta y cuatro años después, porque sigue vigente en cada palabra. Lamentablemente, tengo que asumir que después del tiempo transcurrido, la ley de Crosby sigue vigente. Por tanto, estamos obligatoriamente obligados a derogarla, entre todos, a la mayor brevedad posible, hasta que al igual que los atenienses citados, acudamos ávidos de conocimiento a las noticias de cada día con el convencimiento de que no nos engañan. Porque todos los medios de comunicación no son iguales, ni tampoco todas las personas que publican o comentan a diario lo que pasa, en las redes sociales, aunque ninguno sea inocente. Lo he manifestado en muchas ocasiones en este cuaderno digital: no existen ideologías inocentes, siguiendo de cerca el pensamiento de Georgy Lukács. Lo importante es saber distinguir las que defienden y luchan por la verdad y la dignidad del ser humano y las que no lo hacen, mintiendo con una desvergüenza proverbial. Ahí está la diferencia, porque todos los voceros no son iguales. John Crosby lo sabía y lo elevó a rango de ley.

La ley de Crosby

Cuando comunico y emito ideas, recuerdo siempre la denominada «ley de Crosby», elaborada por John Crosby, crítico televisivo del «New York Herald Tribune»: «cuanto más importante sea el argumento de un periodista o locutor micrófono en mano, tanto menor es la influencia que se ejerce sobre el individuo lector o telespectador».

Es verdad. Desde un punto de vista social, la saturación de mensajes que provocan a las personas implicando su yo, ha tocado techo en determinados ambientes, siendo muy bajo el nivel de respuesta en la audiencia. De hecho, la noticia más trivial alcanza, a veces, un ámbito mucho más amplio que la «noticia comprometedora».

¿Inhibición, evasión o diversión? No, más bien saturación y erosión de vida auténtica por fraude en la comunicación. Una prensa, radio y televisión que durante muchos años ha utilizado argumentos huecos e intrascendentes, ha preparado un camino difícil para un nuevo rostro de seriedad y autenticidad en la noticia, en el artículo o en el mensaje.

La imagen y la lectura fácil han entrado hasta ahora en los hogares «como Pedro por su casa». Era la cotidianidad. Es lógico pensar que en esta «nueva época», necesitamos de una transformación urgente de los medios de comunicación social, para imprimir a las rotativas, micrófonos e imágenes, un espíritu de lucha y autenticidad labrado en argumentos importantes que refuten la ley de Crosby.

La renovación requiere elección, donde siempre se prescinde de algo. Una época de crisis como la nuestra, que sitúa a las personas en continuas encrucijadas, necesita hilos conductores claves para llevar a esas personas a una existencia auténtica prescindiendo de los famosos cortocircuitos de la mentira hecha noticia. Y estos hilos conductores podrían ser prolongación de mensajes emitidos y transmitidos en una constante de libertad, claridad y honradez.

Quizá esta continuidad de la noticia seria y veraz podría influir positivamente sobre la masa. Además, el momento histórico que atravesamos es el más propicio para la verdad. El agotamiento y la saturación del ser humano occidental, manifestado en su cansancio existencial, reclaman urgentemente argumentos importantes que den sentido a su vida. Por ello, ojalá se pudiera proclamar pronto a los cuatro vientos esta noticia: «para general conocimiento de cada persona actual, la ley de Crosby ha quedado derogada».

El Correo de Andalucía, 9/VIII/1977, pág. 3

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¿Coleccionamos gente?

Judith Joy Ross, Sin título, Eurana Park, Weatherly, Pensilvania, 1982


Sevilla, 29/IX/2021

La idea no es mía sino de la fotógrafa estadounidense Judith Joy Ross, que en una entrevista en el diario El País bajo el título La retratista del lado más humano de la gente corriente, ha manifestado recientemente lo siguiente: “Soy como un radar, una coleccionista de gente”. Esta afirmación tiene su aquél, que se diría en roman paladino, porque en su sentido más profundo y ético es verdad que podemos repasar los álbumes de fotos de nuestra vida, a modo de fototeca de personas que suelen ser miles cuando cruzamos el ecuador de la vida. En el sentido en que lo manifiesta Joy Ross se entiende que gracias a su intuición de captar las instantáneas de gente corriente podemos escoger grandes maravillas de expresiones y gestos humanos de personas anónimas pero que transmiten vida. En sentido contrario, en la interpretación menos amable de esta artista, a veces nos convertimos en coleccionistas de gente que pasan por nuestra vida sin pena ni gloria, como si fueran cromos o seguidores en redes sociales, que se pueden cambiar u olvidar en cualquier momento. No es el caso paradigmático de Judith Joy Ross.

Gran parte de su obra a lo largo de sus setenta y cinco años de vida, se pueden contemplar en las 200 imágenes que expone la Fundación Mapfre en estos días, en Madrid. En palabras del comisario de la exposición, Joshua Chang, “En 1966 Judith Joy Ross comenzó a fotografiar personas en su ciudad, como un modo de entender el mundo emocional de aquellos que la rodeaban. En la década de 1980 tras distintos viajes a Europa Ross adquiere una cámara de 8 x 10 pulgadas con el fin de retratar a “gente corriente” en lugares públicos. Influida por Lewis Hine, August Sander y Diane Arbus, la artista se ha convertido en una de las artistas más influyentes en el género del retrato demostrando que es capaz de capturar el presente, el pasado y el futuro de los individuos que se topan con su cámara. Ross trabaja en base a un cierto impulso personal hacia la gente que conoce, sensación que luego queda reflejada en sus obras, pues en su mayor parte emanan una transparencia que tiene que ver con la relación que previamente se ha establecido entre artista y modelo. Sus retratos suelen enmarcarse en el contexto de un tema previamente escogido: Eurana Park, los visitantes del Monumento a la Guerra de Vietnam, los miembros del congreso durante el escándalo Irán-Contra (Irangate), los niños de las escuelas de Hazleton y lugares concretos como Easton, en Pensilvania, donde nació, se crio y donde aún hoy vive”. Asimismo, en el folleto informativo se dice que “Su obra, centrada definitivamente en el retrato a partir de 1979, marca un punto de inflexión en el género. «Con una cámara, puedo llegar a ver y entenderlo todo», ha afirmado la artista. Tardó algunos años en entender que la fotografía la ayudaba a hacer más comprensible el mundo en el que vivía, pero, a partir de ese momento, no dejó de utilizar este medio para responder a preguntas de carácter existencial: cómo luchar contra la tristeza, cómo se forma y se desarrolla la identidad de una persona, cuáles son los motivos que hacen que la vida merezca ser vivida, por qué existe la injusticia o la barbarie de la guerra, entre otras cuestiones”.

He escogido para la cabecera de este artículo una obra suya, curiosamente sin título, porque me ha emocionado el contexto en el que realizó este encuadre fotográfico, narrado por la artista: “[… La fotografía me permite adentrarme en la vida de los demás sin que ellos lo sepan”, dice. Esto ocurre con sus “primeras fotos muy buenas”, las que hizo a niños en un parque de Weatherly (Pensilvania), en 1982. “Mi padre había muerto un año antes y estaba triste, así que me fui a ese sitio y vi que la gente que estaba sentada también tenía un gesto triste, excepto los niños, y como necesitaba alegrarme, los fotografié”. Lo hizo con una luz tenue que refleja la inocencia de sus caras”. Recuerdo ahora el diálogo de la película “Los puentes de Madison”, entre los protagonistas, Francesca, una mujer humilde, anónima, “corriente” y Robert, un fotógrafo profesional que “hace fotos, no las saca”, estableciendo una diferencia que deseo rescatar en estas palabras, a tenor de una pregunta de Francesca: “¿Tú “haces” fotos, no las “sacas”? Así es. Al menos así es como me gusta pensarlo. Esa es la diferencia entre los que sacan instantáneas los domingos y los fotógrafos profesionales. Cuando haya terminado con el puente que vimos hoy, no tendrá el aspecto que tú piensas. Lo habré convertido en algo mío, por la elección de la lente, o el ángulo de la cámara, o la composición general, o probablemente por la combinación de todo eso. Yo no me limito a tomar las cosas como se presentan; trato de convertirlas en algo que refleje mi conciencia personal, mi espíritu. Trato de encontrar la poesía en la imagen. La revista [National Geographic] tiene su propio estilo y sus exigencias, y yo no siempre estoy de acuerdo con el gusto del editor; en realidad, casi nunca lo estoy. Y eso les molesta, aunque ellos deciden lo que guardan y lo que suprimen. Supongo que conocen a sus lectores, pero a mí me gustaría que, de vez en cuando, se arriesgaran un poco. Se lo digo y les molesta. Ese es el problema de ganarse la vida con el arte. Siempre se trabaja con mercados, y los mercados, los mercados masivos, están diseñados para satisfacer un gusto intermedio. Ahí están los números. Supongo que es la realidad. Pero, como te dije, eso puede limitar mucho”. Impecable diálogo.

Siempre he destacado en este cuaderno digital la obra artística de determinados fotógrafos y fotógrafas profesionales, como lo expresé con ocasión de escribir sobre la obra fotográfica de Antoni Campañá (1906-1989), al aparecer unas cajas  rotuladas como “copias”, descubiertas por su familia en 2018 al llevar a cabo unas obras en una casa de Sant Cugat del Vallès (Barcelona), a punto de ser derribada, que contenían más de 5.000 fotografías que tomó durante los tres años de la Guerra Civil, porque consideré que era un protagonista de una historia que no deberíamos hoy olvidar ni silenciar. Sus fotografías convierten una vida de testigo excepcional de la guerra civil en un legado para la historia de este país que debemos reconocer y agradecer, para que la memoria se mantenga viva a través de imágenes con un contenido real y conmovedor en muchas ocasiones, que nos ofrecen un testimonio de algo que ocurrió y un profesional de la fotografía inmortalizó para un tiempo posterior de silencio. El Museo Nacional de Arte de Cataluña ofreció desde el pasado 18 de marzo, una exposición de la obra fotográfica de Antoni Campañá, bajo el título La guerra infinita. Antoni Campañá. Las tensiones de una mirada (1906-1989), que expresaba el símbolo de esta obra magna en la fotografía icónica de una miliciana en la mente de muchos demócratas y que durante muchos años se desconocía quién había sido su autor. Su obra se puede asimilar también a la del fotógrafo Robert Capa, a quien dediqué unas palabras en este cuaderno digital en 2018, con una frase sobre él de John Steinbeck que me conmovió al leerla: “Sus fotografías no son accidentes y la emoción que reside en ellas no es azarosa. Capa podía fotografiar el movimiento, la felicidad, el desengaño. Podía fotografiar el pensamiento”. Es verdad en la realidad de estos fotógrafos de la vida, que acabaron amando el color después de haber inundado sus ojos de blanco y negro, tal y como lo expresé en aquél momento: “se puede descubrir el mundo apasionado del color en un fotógrafo que conocíamos en este país como el maestro del blanco y negro en movimiento, por la célebre foto del soldado republicano, imagen tomada por pura casualidad porque estaba en una trinchera con la cámara alzada sin ver exactamente qué estaba fotografiando en ese momento. Le escuché a él, de viva voz, el 13 de abril de 2018, en una exposición aquí en Sevilla, contando cómo tuvo lugar esa secuencia mágica y trágica al mismo tiempo, que ha pasado a la posteridad como una imagen representativa del sinsentido de las guerras”. Robert Capa conocía bien esta trastienda humana porque había estado en casi todas las guerras, pero siempre nos transmitió las secuencias de personas que siempre están detrás de cada acontecimiento vital en momentos penosos como los que nos entregó.

La obra de Judith Joy Ross trae a mi memoria de hipocampo la de Kati Horna (Szilasbalhási, Hungría, 1912 / México, 2000), fotógrafa anarquista,  por su respeto a la gente corriente pero llenando sus imágenes de ideología no inocente, convirtiéndose en una obrera del arte como fotógrafa de una parte compleja de España durante la guerra civil, retratando magistralmente esa realidad y porque gracias a sus trabajos hoy podemos seguir valorando mediante imágenes el sinsentido de una guerra que solo aportó dolor y sufrimiento. Ella cumplió una misión, sus fotos son hoy un instrumento útil y ella misma nos aportó el hilo conductor de su vida, lejos de la realidad del mercado, siendo solo una obrera del arte, porque no le preocupó nunca hacer un agosto especial con su obra gráfica, es decir, no confundió tampoco valor y precio, en un proverbio especial que cantó Antonio Machado por esos campos de Dios como contemporáneo suyo en una de las dos Españas que ella conoció muy bien, a quien estoy seguro que le hubiera gustado hacerle un retrato para la posteridad democrática en un blanco y negro muy especial, tan serio él, utilizando solo gelatino-bromuro de plata seca.

Estoy convencido de que la imagen de cabecera de estas palabras nos quiso transmitir algo muy claro: en medio de tanta tristeza, como hemos vivido durante el año y medio pasado, los niños nos transmiten alegría a raudales. Es el momento de fotografiarlos y coleccionar esas imágenes para que no olvidemos el sentido de la vida y la gran misión de la inteligencia: resolver problemas, día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, para poder ser felices. Es la razón auténtica para subirlos siempre a un pedestal, como auténticos protagonistas de la vida.

Una cosa más. A la pregunta ¿coleccionamos gente?, podemos responder ahora, en estos tiempos modernos: que no, que sólo deseamos guardar en la memoria y en el corazón, en la fototeca del alma humana, las personas que nos han acompañado y que siguen muy cerca de nosotros en nuestras vidas, porque la auténtica compañía y el éxito en la vida no radica en coleccionar “seguidores” en redes sociales, para sentirnos más felices y seguros de nosotros mismos, por mucho que el mercado insista en ello.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Mozart compartió la música con Mariana von Martínez

Sevilla, 27/IX/2021

Retomo poco a poco mi aproximación al piano, clave y violín, después de un paréntesis sin poder asistir a mis clases habituales, necesarias y aleccionadoras, por la pandemia que tanto nos ha alejado de la ansiada normalidad. En este ir y venir de mi corazón a mis asuntos, he conocido una historia personal muy interesante, la de la compositora de origen español, Mariana von Martínez, con un apellido que la delata, aunque la preposición austriaca “von” la salva de la catetez celtibérica que nos rodea. Martínez, a la que cito por su apellido, igual que si hablara ahora de Mozart, vecino suyo en Viena, era conocida como “la pequeña española”, nombre que utilizaba Haydn para llamarla así reconociendo su ascendencia. Nació en Viena en 1744 y su abuelo era el que ostentaba el apellido Martínez, un soldado español residente en Nápoles: “Su padre, Nicolo Martinez, nacido en Nápoles hacia el año 1689, inició una carrera militar que le llevó a luchar en Alemania a favor de Carlos VI. Una vez se encontraba en territorio alemán conoció a Maria Theresia, madre de Marianna, con quién se casó. Nicolo encontró finalmente un puesto para servir en la Nunciatura de Viena, la embajada papal en el imperio austríaco, como Maestro di Camera. ​ Los padres de Marianna se instalaron en Viena entre los años 1729 y 1732. Hacia 1735 residían en el tercer piso de la Michaelerhaus, un gran edificio en la Michelerplatz de Viena” (1). Allí compartieron vivienda con Pietro Trapassi (Metastasio), gran amigo de Nicolo Martinez desde su juventud, con la familia Esterhàzy, con Nicola Porpora y con Joseph Haydn, que fue asistente y alumno del maestro Porpora.

Su relación con el poeta Metastasio fue muy profunda y fruto de ello fue la composición musical del Oratorio de Santa Elena al Calvario, una composición brillante del poeta. La historia recoge algo importante de la relación de la familia de Metastasio con la familia Martínez: “Tal como constata Andrés Ruiz Tarazona, tras el fallecimiento del poeta en 1782, José Martínez, uno de los hermanos de Mariana, fue nombrado heredero universal de sus bienes, y las tres hermanas también heredaron cantidades importantes, lo cual les permitió mejorar su vida. Al parecer, esa herencia recibida por los Martínez de acuerdo con el testamento del poeta, consistía en cerca de 90.000 florines en muebles y objetos preciosos de oro y diamantes, recibidos de reyes y emperadores” (2).

Su famoso vecino Porpora, fue también maestro de canto de Mariana Martínez. En la reseña de esta compositora de origen español que figura en el Diccionario Biográfico Español, se afirma que “La presencia de Mariana Martínez en la vida musical de Viena fue intensa: así, por ejemplo, participó en las veladas musicales de la casa veraniega de los Ployer hacia 1773, a las que acudían personalidades como Leopoldo Mozart y su hijo, Haydn, Albrechtberger y Josef Weigl; tuvo la oportunidad asimismo de presenciar un concierto de Mozart en casa de la princesa Marie Karoline Tautson en 1762”. Asimismo, en relación con Mozart, sabemos que “Tras el fallecimiento de sus padres y de Metastasio, Mariana y su hermana Antonia convirtieron su casa en lugar de reunión de numerosos músicos y artistas de la época. En su hogar tenían lugar veladas de forma periódica, a las que asistieron Mozart, Haydn y Beethoven. El tenor irlandés Michel Kelly, uno de los participantes en el estreno de Las bodas de Fígaro, fue testigo directo de aquella etapa final de clasicismo vienés y afirma que en cierta ocasión oyó tocar a Mariana una sonata de Mozart a cuatro manos junto al propio Mozart; se refiere a ella como a una mujer de edad madura “aunque posee la alegría y vivacidad de una muchacha”. En 1782 la Tonkünstler Societät ofreció su oratorio Isacco figura del Redentore en el Kärtnertotheater de Viena. Escrito en 1740 por Metastasio, había sido musicalizado anteriormente por Predieri y por Dittersdorf. Se trata de una de las composiciones más ambiciosas y logradas de la compositora vienesa”.

Hace muchos años busqué unas obras de Mozart, sus sonatas para piano a cuatro manos, comenzando por la primera que compuso en Do mayor (K. 19d) en mayo de 1765 cuando sólo tenía nueve años de edad y que he escuchado en bastantes ocasiones por su belleza de composición armónica. He conocido posteriormente que en una ocasión tocó algunas de estas composiciones junto a Mariana Martínez en sus veladas vienesas, algunas a beneficio. Algo importante vería Mozart en como compositora e intérprete para tales actuaciones conjuntas.

Sólo he querido resaltar la figura de una compositora de raíces españolas que probablemente es una gran desconocida para este país. Era obligado en este cuaderno digital que busca islas desconocidas, descubrir la vida y obra de Mariana Martínez, porque el mundo que la rodeaba fue diferente a través de su vida y obras musicales. Mientras, abro la partitura de la sonata citada de Mozart, la primera, también la tapa de mi clave y me imagino por un momento tocando junto a ella o junto a él, en mi capacidad para soñar despierto, porque estoy convencido de que ahora más que nunca la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum), leyenda clásica que figura también en la tapa de mi clave y que no olvido ni siquiera un momento.

(1) Marianne von Martinez – Wikipedia, la enciclopedia libre

(2) Mariana de Martínez | Real Academia de la Historia (rah.es)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Los zapatos de la memoria histórica

Zapatos en una orilla del Danubio (Budapest), en memoria de las víctimas del Holocausto / Can Togay y Gyula Pauer, 2005

Sevilla, 26/IX/2021

Lo he leído esta mañana y me ha removido mi memoria histórica con profundo dolor: La memoria de unos zapatos en una de las fosas con más ajusticiados tras la Guerra Civil, unos zapatos negros de mujer encontrados en la fosa común del cementerio de Hinojosa del Duque (Córdoba). Inmediatamente, he recordado unas palabras que escribí en 2013 en un contexto personal complejo, Retrato con zapatos coherentes, porque salvando ahora lo que haya que salvar, aunque el fascismo siempre tiene la misma condición esté donde esté instalado, los zapatos de una mujer enterrada en ese pueblo cordobés por el mero hecho de ser de izquierdas, que “mereció” el castigo sin piedad, probablemente de sus paisanos de derechas, no me dejan anímicamente como si hubiera leído algo trivial y rutinario, sin más trascendencia. Al igual que comenzaba aquél artículo mío de 2013, No he estado allí, pero lo he sentido como si lo hubiera vivido, hoy, al leerlo de nuevo y pasados ocho años, he vuelto a emocionarme con idénticas palabras al conocer lo que han desenterrado en Hinojosa del Duque, restos de personas fusiladas y sus objetos personales, para recordarnos la imprescindible dignidad del respeto que debemos a su memoria histórica: “no estuve allí, pero lo he sentido como si lo hubiera vivido”.

Estar cerca de la memoria histórica de este país, aunque sea leyendo con atención reverencial el artículo de referencia, es un acto de afirmación de mi respeto a lo ocurrido con la guerra civil, que también sufrimos en mi familia, situación que me obliga a seguir comprometido con la coherencia, como hilo conductor de mi vida y en los términos que expresé aquél día: “quizá sea el retrato de mi paisano y maestro, Antonio Machado (1), el que describe de forma maravillosa el mejor canto a la coherencia que he vivido a lo largo de mi densa experiencia vital, que releyéndolo una y mil veces, me muestran una forma de ser en el mundo muy real, cercana y atractiva para mí, en el nuevo viaje a alguna parte que he iniciado [e inicio cada día]”.

En el después…, hablaré con más frecuencia que antes con la persona de secreto que siempre va conmigo. Y seguiré caminando con los zapatos coherentes que tanto aprecio y respeto cada día.  


Retrato con zapatos coherentes

No he estado allí, pero lo he sentido como si lo hubiera vivido. Esta colección de zapatos en bronce inmovilizados, como lo expresaba Rafael Alberti al pie del pie gastado de San Pedro, que simbolizan la barbarie nazi en Hungría (1944-1945), me sumen en un silencio sepulcral, porque se dice casi todo mediante una representación simbólica de aquellas personas judías, que por el mero hecho de serlo, se les despojaba de sus zapatos y caían fusilados al Danubio. Sus autores lo quieren recordar para que la historia no sea injusta con ellos, con sus antepasados, que fueron coherentes hasta el final.

Estamos viviendo momentos en los que la coherencia está en entredicho, porque lo que predomina es el símbolo marxiano tan excelentemente expresado por Groucho: estos son mis principios y si no te gustan tengo otros. Y quizá sea el retrato de mi paisano y maestro, Antonio Machado (1), el que describe de forma maravillosa el mejor canto a la coherencia que he vivido a lo largo de mi densa experiencia vital, que releyéndolo una y mil veces, me muestran una forma de ser en el mundo muy real, cercana y atractiva para mí, en el nuevo viaje a alguna parte que he iniciado:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Y recordando también al evangelista Marcos (6,11), quizá tenga que sacudir el polvo que quede en mis zapatos de cada día, por coherencia pura: “… les ordenó que nada tomasen para el camino sino un bastón solamente, no pan, no alforja, no calderilla en la faja; sino calzados con sandalias, y que no vistiesen dos túnicas. Y les decía: Dondequiera que entréis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si algún lugar no os acogiera, y no os escucharan, saliendo de allí sacudid el polvo de debajo de vuestros pies como testimonio contra ellos.

Y hablaré, con más frecuencia que antes, con la persona de secreto que siempre va conmigo. Y caminaré con los zapatos coherentes que tanto aprecio.

(1) Machado, Antonio (1912). El Liberal (1 de febrero de 1908, sin título). En Campos de Castilla. Retrato. Madrid: Renacimiento.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Como la telebasura perdura, debemos cuidar la televisión pública

Gustavo Bueno / Telebasura y democracia

Sevilla, 25/IX/2021

Estamos asistiendo estos días a un auténtico espectáculo televisivo en torno a la erupción del volcán Cumbre Vieja en la isla de La Palma. Igualmente, veo con bastante desasosiego cómo diversas cadenas están salpicadas de programas que intentan interpretar lo que está ocurriendo, pero sobrepasando en bastantes ocasiones las barreras éticas que se deberían respetar por encima de todo. Creo sinceramente que la filosofía del todo vale en favor de ofrecer un espectáculo de la realidad de lo que está pasando, debería cuidarse en aras de respetar hasta la saciedad la intimidad de personas que atraviesan unas circunstancias verdaderamente desoladoras.

Ante esta situación, recuerdo una publicación del filósofo Gustavo Bueno, a quien he dedicado ya algunas palabras de reconocimiento explícito en este cuaderno digital, en la que hacía un análisis muy fino de la relación de la telebasura con la democracia (1) (Telebasura y democracia, 1982), aunque quizás algunos desconozcan que ya se había aproximado a la realidad de la televisión con un ensayo anterior, sobre televisión que se plasmó en un primer ensayo (Televisión: apariencia y verdad, 1980). Le llamaban de todos los platós que existían en este país en el año de la publicación y Gustavo Bueno se esforzaba por explicar la dialéctica de las tesis desarrolladas en su libro, de la mejor forma que era posible para él, un filósofo que se zambullía con la metafísica con una facilidad pasmosa, diciendo cosas tan interesantes como que “Sin basura no podríamos vivir”, algo que se constata hoy más que nunca cuando vemos el comportamiento humano con las famosas toallitas húmedas, por ejemplo, que tanto daño hacen a la naturaleza y, finalmente, a nuestros propios bolsillos por lo que se paga por el concepto genérico de “residuos y su tratamiento” que suena mejor. Más preocupante era la afirmación rotunda de que o “Cada pueblo tiene la televisión que se merece”, porque al final la televisión, salvo raras excepciones, transmite lo que está ocurriendo en un país y la política nunca es ajeno a ello, porque la televisión y la política nunca son inocentes. De ahí el inmenso valor que se debería dar a la televisión pública que debería ser única y exclusivamente una televisión de servicios veraces y objetivos.

Pero, ¿qué se entiende por basura? La palabra “basura”, a la que se refería el profesor Bueno, “…viene de barrer, que es una apelación que consiste en separar de unas texturas dadas lo que sobra. Ahora bien, estas texturas pueden ser adventicias, polvo o lo que sea, o segregadas por ello mismo, las heces o la descomposición del objeto”. Cuando vemos la basura en el mar de plásticos que casi forman islas flotantes de centenares de kilómetros, podemos asociarlo fácilmente con las horas que se dedican en televisión a reproducir lo peor de lo peor del ser humano en sus múltiples manifestaciones: cine, espectáculo en vivo, realities, concursos, telerrealidad, telenovelas, anuncios de apuestas y juego, entrevistas despiadadas, docuseries, etc., etc. Atendiendo a nuestra lengua española, “basura” viene del latín vulgar versūra acción de barrer, derivado del latín verrĕre “barrer” (RAE, Edición del Tricentenario).

La sinopsis del libro de Bueno era rotunda: “Partiendo de la premisa «sin basura no podríamos vivir», Gustavo Bueno analiza el concepto de telebasura teniendo presente que «la basura muchas veces está en el que ve la televisión» y no en el propio medio. Para ello, ha seguido la experiencia de Gran Hermano con la mentalidad de un antropólogo, sabiendo que se trataba de un observatorio de la realidad española. Telebasura y democracia recoge el brillante análisis de este filósofo sobre las razones del éxito de un programa que ha llegado a convocar antes sus televisores a once millones de españoles. En su nueva obra, Gustavo Bueno define la basura para después profundizar en los espacios televisivos, al tiempo que repasa la programación de la televisión española de las últimas décadas con el fin de recordarnos que en una sociedad democrática la audiencia siempre debe tener la última palabra.  “La audiencia en la sociedad democrática, es la que manda y la televisión basura tiene que obedecer a esta demanda. Y no ya por razones éticas o morales, sino por razones de simple supervivencia democrática. Lope de Vega, hombre de teatro, conocía las leyes del mercado siglos antes de la televisión: “Si el vulgo es necio, es justo hablarle en necio para darle gusto”.

A través de cinco capítulos, Gustavo Bueno analizaba de forma exhaustiva la expresión “telebasura” en sí misma, con una intencionalidad meramente “clasificatoria” y no inculpatoria, distinguiendo entre televisión basura “fabricada” y “desvelada”, también la relación de la misma con la “intimidad”, la democracia y la realidad en España en la década de los setenta, incorporando el fenómeno de la televisión de la Transición. Salvando lo que haya que salvar hoy día, no ha perdido actualidad, porque con independencia de que el libro estuviera muy centrado en el programa Gran Hermano, por el impacto que supuso desde su estreno en 1980 en el país, la realidad que recoge sobre la “basura” como concepto que nos engulle como seres humanos y que acabamos viviendo desde hace centenares de siglos con ella, nos hace pensar que algo tenemos que hacer para aprender a convivir con ella. Porque existir a día de hoy, existe. Además, en la televisión perdura de una forma especial.

Hay programas en la actualidad, entre los que se encuentran algunos dedicados a la erupción del volcán Cumbre Vieja, que mezclan lo divino con lo humano y saltan de una realidad a otra, con unos fundidos que pasan, sin inmutarse, de la risa al llanto o espanto por las consecuencias de la erupción del volcán palmero. Creo que todo no vale y que ahora más que nunca se debería cuidar esta entrega de información a la ciudadanía. No vale cualquier opinión de tertulianos sin preparación alguna o conductores de programas que no tienen sentido del límite en sus afirmaciones, sin medida alguna en la interpretación de lo que está pasando.

Si es verdad el aserto de Gustavo Bueno expuesto anteriormente de que “Cada pueblo tiene la televisión que se merece”, es decir, si queremos que la telebasura desaparezca de nuestras vidas, lo primero que tenemos que hacer es cambiar como sociedad y propugnar un cambio urgente de valores. A título de ejemplo y visto lo visto, merecemos una televisión diferente, empezando por la televisión pública, cuyo Código Ético (28 de agosto de 2019) deberíamos conocer todos los ciudadanos de este país, con una misión, visión y unos valores que deberíamos conocer y defender hasta sus últimas consecuencias las personas que no queremos aceptar los principios de la telebasura, ni los que dicta la dictadura de Mercado en determinadas televisiones privadas:

Misión

RTVE responde al carácter de empresa de servicio público, por lo que debe ofrecer una información rigurosa, independiente y plural, así como un entretenimiento de calidad; fomentar el debate, la innovación y la creación; y apoyar la difusión de las artes, la ciencia y la cultura. Todo ello bajo las premisas de cohesionar y dar cauce a la participación.

Visión

Desde su función de servicio público, RTVE tiene siempre como horizonte ser el medio de comunicación de referencia en España. Para ello, acerca las identidades nacional y autonómica a todos y cada uno de los españoles. Desde una visión global, realiza el trabajo con un criterio estrictamente profesional y difunde los valores constitucionales.

Valores

RTVE defiende y promueve en su programación los valores constitucionales, especialmente los de libertad, igualdad, pluralismo y tolerancia, sobre los que se asienta la convivencia democrática. Sus valores los marca la Ley y se reflejan en su actividad.

A lo anterior hay que agregar los “principios de conducta” porque ante lo que está pasando en la realidad, “RTVE considera que la confianza de los ciudadanos, clientes, proveedores y colaboradores externos, así como del entorno social en el que desarrolla su actividad, se fundamenta en la integridad y responsabilidad en el desempeño profesional de cada uno de sus empleados. La integridad se entiende como la actuación ética, honrada y de buena fe. La responsabilidad profesional se entiende como la actuación proactiva, eficiente y enfocada a la excelencia, la calidad y la voluntad de servicio”. Excelente reflexión televisiva de carácter público.

Estoy convencido de que Gustavo Bueno, recogería sin problema alguno una reinterpretación más amable de las palabras de Lope de Vega expuestas anteriormente, porque hoy, con una televisión publica y digna, respetando los principios de conducta enumerados más arriba, podríamos afirmar que “Si el vulgo es digno, es justo hablarle y contarle cosas sobre lo que está pasando de forma digna para darle gusto”.

(1) Bueno, Gustavo, Telebasura y democracia, 1982. Barcelona: Ediciones B.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Picasso, pintor de la paz y su memoria, siempre presente

Sevilla, 24/IX/2021

Ayer, en mi primera salida del túnel de la pandemia, en dirección a Madrid, tuve la oportunidad de hacer una visita fugaz a Picasso a través de su obra magna, Guernica, ante la que me detuve escudriñando cada centímetro de una pintura que considero prodigiosa, por su simbolismo y por lo que supone reflexionar sobre ella, en vivo y en directo, después de su azaroso viaje por el mundo. En la ida y vuelta por las salas del surrealismo, hice la parada obligada ante esta sorprendente manifestación de dolor y rabia por lo acontecido no sólo en Guernica, sino en todo el país, aunque la frágil memoria histórica que nos embarga lo olvide a pasos agigantados.

En este cuaderno digital he escrito varias veces sobre esta obra. Me dolió mucho lo que se llegó a afirmar en 2018 sobre esta obra de Picasso, cuando en la cultura se mezcla, como hace todo necio, valor y precio. Hice referencia a unas palabras de Pérez-Reverte en la presentación en París de su obra, Sabotaje, donde dejó caer una frase que no era inocente, explicando algún contexto del protagonista de su obra, Falcó, en el café Les Deux Magots, donde entra tras una visita al estudio donde Pablo Picasso pintó el Guernica: “Picasso no pintó el Guernica por patriotismo, sino por muchísimo dinero”. Escribí en aquél momento que “Como se suele decir en roman paladino, tan querido por Gonzalo de Berceo (Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…), noticias como esta intoxican, porque algo queda, dejando la sustitución del término que he elegido “intoxican” por el que cada uno conoce bien en su territorio hispano. Él sabe, mejor que nadie, que sus palabras no caen en saco roto y, en este caso, el impacto era importante porque el Guernica representa una muestra indeleble del daño causado a este país por la guerra civil y porque el contenido del cuadro que tantas veces he citado en este cuaderno digital no deja tranquilo a nadie. Ahí está su auténtico valor. Tengo que agradecer el artículo que publicó el diario El País en aquellas fechas, La verdadera historia de lo que costó el ‘Guernica’ a la República, que dejaba bastantes cosas en su sitio. Recomiendo su lectura y la atención especial al mensaje de una voz autorizada en la materia, Josefina Alix: “A Picasso se le pagó el Guernica, y muy bien para la época, pero lo hizo porque le salió del alma, no por dinero”. Es verdad que todo necio, confunde valor y precio.

Por ahora, el Guernica está a buen recaudo público, no a merced del capital o de sus personas de negro. Contemplando, por cierto, el color negro del cuadro, los blancos y los grises, cada uno con su mensaje dentro, he recordado al director mexicano Arturo Ripstein (Ciudad de México, 1943), por su película Las razones del corazón, que me llevan hoy a él, contemplando el Guernica de nuevo en mi pinacoteca del alma, porque al igual que Picasso adora el blanco y negro para expresar sus razones, que también las tiene y las manifiesta tejiendo películas sobre tramas que le prepara su compañera en la vida real: “Ya no existen los valores que a mí me hacían entender las cosas, y entre ellos una de las emociones más profundas que era la expectativa, la paciencia. Esto desapareció porque todo debe de ser inmediato y provocar una satisfacción instantánea o no vale. Intento que no me afecte, pero…”. Esa mirada ripsteiniana, con sus tiempos, sus respiros y su propia profundidad, está, según su propietario, “completamente alejada de los modos actuales, con ruidos y montajes vertiginosos, que no dejan ver pero hacen sentir… Aunque qué sentimientos: como si te montases en una noria, una especie de peligro inocuo. A mí eso no me sirve”. ¿De verdad se siente expulsado de la actualidad? “Desde luego, somos ruinas del pasado, somos más antiguos que los antiguos” (1). Inmediatamente, reflexiona Ripstein sobre el drama del color, sobre todo tan acostumbrados como estamos a que nos hablen de la vida de color de rosa, sobre todo a él, un hombre al que le gusta trabajar en blanco y negro, con grises, habiendo aprendido a la perfección un consejo de Picasso ante el Guernica y sus aguafuertes: “el color debilita” [… ] “Claro, porque el melodrama y el blanco y negro pertenecen a la vida imposible, y esa, en el cine, es la única posible”.

También he visitado hoy la reproducción que conservo del Guernica en casa, que compré hace muchos años en su primera localización en el Casón del Buen Retiro y que preside una de sus paredes, sabiendo como sé que este cuadro, no está pintado para decorar apartamentos, como más adelante, sino para alertar constantemente a almas inquietas, porque es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo. Leí esta frase en la portada de un libro en una mañana del estío de 2018. Así hablaba Picasso sobre el Guernica, cuadro que pintó en 1937, por encargo de la República para el Pabellón de España de la Exposición Universal de París de ese mismo año, transmitiéndonos una forma diferente de interpretar el arte y la cultura. Esta idea la recuperé ayer contemplándolo con admiración aristotélica con la que está cayendo en el país, porque el fascismo siempre acecha y desea entrar por los resquicios de la democracia y la libertad. Nunca he querido desprenderme de mi litografía, a pesar de mis turbaciones y mudanzas asociadas desoyendo a Ignacio de Loyola. Cada vez que lo contemplo, intento comprender su mensaje, tanto implícito como explícito. Lo que me duele todavía hoy es haber crecido sin conocer nada de su existencia, porque la Autoridad Competente de mi época, Militar por Supuesto, prefería ignorarlo junto a su autor, proscrito hasta la saciedad por una de las dos Españas, la de toda la vida, que todavía se añora por muchos, mientras la otra seguía teniendo helado el corazón.

Siempre descubro en él algo nuevo, porque tiene un mensaje subliminal que recorre el color triste que lo acompaña. Como aprendí de Oliver Sacks, salvando lo que haya que salvar, en el tiempo real de aquél horrible bombardeo nos dejaron ciegos al color, como nos pasa muchas veces en la vida al ver casi todo de un color gris o negro perturbador. En este cuadro se representa la verdad expresa de la guerra y el sufrimiento que siempre conlleva. Nos debería servir hoy para convertirnos en militantes de la paz, de cualquier paz que se deba defender en los círculos donde somos y estamos, sobre todo cuando se lucha con dignidad por otro mundo mejor y posible. Picasso nos dejó una pintura plagada de preguntas a través de mujeres, niños y animales que sufren. No hay hombres, solo el mensaje explícito de que esos hombres son solo lobos para el hombre, en una reinterpretación de la mítica frase de Hobbes: homo homini lupus.

En el verano de 2018 dediqué también una serie de artículos a Guernica en este cuaderno digital, el lugar pintado por Picasso como denuncia indeleble para la historia, bajo un título genérico que invito a leerlos de nuevo por su hilo conductor: A Guernica, por un vado de arena, pasando por ese vado que en euskera es “Hondarribia”. En el artículo 5, dedicado al comedor de Begoña, recojo unas reflexiones presididas por la llegada a la tan ansiada localidad de paz, que no de guerra: “Un niño nos indicó dónde estaba el Museo de la Paz en Guernica: “junto a… (silencio) donde se reza, al final de esta calle, junto a una iglesia…”. Fueron palabras que alumbraban simbólicamente una visita anunciada en mi alma, Guernica, un lugar que me ha acompañado siempre a través del cuadro de Picasso, dondequiera que haya ido en el timbo al tambo de la vida. Volvía de nuevo a caminar por sus calles en la paz actual de Euskadi, todo un símbolo, en Gernika-Lumo, por respeto a su identidad actual”. No olvido el momento en que sentados en la sala dedicada al comedor de Begoña en el Museo de la Paz, todos fueron Begoña, con una escenografía y audiovisual sobrecogedores, recreando el comedor de una casa de Gernika aquél fatídico día. Sentados en un banco, en penumbra, escuchamos sobrecogidos la narración de Begoña, incluido el ruido ensordecedor de las bombas.

Cuando terminó aquella visita inolvidable de 2018, niños y niñas de Guernica jugaban aquella tarde en sus aceras, hablando en euskera, con aires de libertad, en paz. Ayer, cuando salí del Museo Nacional, Centro de Arte, Reina Sofía, a primeras horas de la tarde y con un marcador de páginas en la mano, un pequeño ramillete de flores pintadas por Picasso que compré como recuerdo, niños y niñas de Madrid, como en cualquier lugar de España, también jugaban en sus aceras con los mismos aires, a pesar de todo. Recordé personalmente, después de haber contemplado el Guernica y haberme despedido de Picasso, que aquél trágico 26 de abril de 1937 fue una lección para la humanidad sobre el sinsentido de las guerras. Para que no se olvide en tiempos de paz, pero difíciles, ni siquiera un momento. Por ello, mi agradecimiento permanente y vivo a Picasso, pintor de la paz y su memoria.

(1) Belinchón, Santiago, “Filmo por miedo o por venganza”. Recuperado de una entrevista en el diario “El País” (24 de septiembre de 2011).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Otoñar, que es soñar, también se puede

Sevilla, 22/IX/2021

Cuando escribo estas líneas estoy viviendo las últimas horas de este verano incandescente, que nos prepara para un futuro que ya no será como era antes, ni espero que volvamos a lo de siempre porque, en los últimos tiempos, vivir era un auténtico problema diario de experiencias adversas propias y asociadas. Sé que hoy, a las 19:21, se igualan el día y la noche en el hemisferio norte, en una ceremonia temporal y puntual que nunca falla y que los sabios del lugar llaman equinoccio de otoño (aequinoctium, aequus nocte, “noche igual”). Es un aviso para los que nos gusta otoñar, porque también se puede humanizar este tiempo y su momento si somos capaces de aprehenderlo en su justo sentido. Por ejemplo, acudir prestos a compartir esta estación con el poeta Ángel González, aunque él me acompaña siempre a lo largo del año y sus otras estaciones.

Vuelvo a leer en este otoño de 2021 sus poemas dedicados a los Otoños, en plural, porque existen millones de otoños, los que vive cada ser humano a su forma y manera: mi otoño, tu otoño, su otoño, nuestro otoño, vuestro otoño, el otoño de ellos, de ellas…, el otoñar de todos. De todas formas, los otoños de González me inspiran otra forma de comprender la vida y me gusta compartirlo para hacer más llevadero ese ser y estar en el mundo de todos y cada uno, otoñando la vida. Comienza su entrega de sentimientos y emociones con un poema precioso, El otoño se acerca, que vuelvo a compartir hoy:

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.

Lo he manifestado en otoños anteriores: hoy, vuelvo a buscar el ángel que se llamaba luz, fuego, o vida, y no lo encuentro, rodeado de malas noticias por todas partes, en un país con desasosiego permanente desde hace ya varios años, en este otoño tan especial que sigue entrando con el ruido de fondo del coronavirus, pidiéndonos prudencia a todas horas. Al menos, podemos encontrar un ángel, en medio de tantos demonios, de apellido González. Lo agradezco una vez más, porque necesitamos momentos amables en esta azarosa vida, en este otoño en el que estamos obligatoriamente obligados a otoñar, que es soñar de una forma diferente, para no perder para siempre ángeles que necesita este país, que necesitamos todos, con nombres preciosos y que hoy día tienen más valor que nunca: luz, fuego y vida.

Gracias, Ángel González, porque sé que te llamas así por los solsticios y equinoccios que alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de tu carne trepando por los siglos y los huesos (1). No te olvido.

(1) González, Ángel. Para que yo me llame Ángel González, en Áspero mundo, 1956. Madrid: Rialp.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La Palma y las dunas de lava negra

Sevilla, 21/IX/2021

Veo con dolor las consecuencias de la erupción del volcán Cumbre Vieja en la isla de la Palma, que recorrí de norte a sur y de este a oeste hace ya muchos años, donde hice una parada muy cerca de esa cumbre que ahora arroja magma incendiario y de color negro, concretamente en Los Llanos de Aridane, donde mujeres a la luz del día bordaban rosas rojas de forma artesanal y bella. Compré una, a una señora que la había bordado a mano y que conservo en mi cuarto de ser y estar, a la que estos días tan especiales observo con respeto y admiración. Inmediatamente, he recordado también a Rafael Alberti y a César Manrique, amigos en Lanzarote y compañeros de vida en la casa de Taro de Tahiche, hoy Fundación, así como la presencia del poeta gaditano en los Jameos del Agua, donde recitó un poema que suena hoy de una forma especial en torno a un fenómeno que pronto ocurrirá, cuando esa lava lenta y arrolladora llegue al mar formando dunas de lava negra, expresión que escuché decir en su momento a Rafael Alberti, cuando en el acto indicado, celebrado el 2 de junio de 1979, leyó este poema que compuso el 31 de mayo de ese año, en la casa de Manrique, en Taro de Tahiche.

Lanzarote. Primera estrofa

A César Manrique,
pastor de vientos y volcanes

Vuelvo a encontrar mi azul,
mi azul y el viento,
mi resplandor,
la luz indestructible
que yo siempre soñé para mi vida.
Aquí están mis rumores,
mis músicas dejadas,
mis palabras primeras mecidas de la espuma,
mi corazón naciendo antes de sus historias,
tranquilo mar, mar pura sin abismos.
Yo quisiera tal vez morir, morirme,
que es vivir más, en andas de este viento,
fortificar su azul, errante, con el hálito
de mi canción no dicha todavía.
Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia,
y puedo serlo aún, aunque sangrando,
profundamente, vivamente herido,
lleno de tantos muertos que quisieran
revivir en mi voz, acompañándome.
Más no quiero morir, morir aunque lo diga,
porque no muere el mar, aunque se muera.
Mi voz, mi canto, debe acompañaros
más allá de las edades.
He venido a vosotros para hablaros y veros,
arenales y costas sin fin que no conozco,
dunas de lavas negras,
palmares combatidos, hombres solos,
abrazados de mar y de volcanes.
Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo.
Siento que va a habitarme el fuego que os habita
.

César Manrique, pastor de vientos y volcanes, desde su cielo particular, contemplará asombrado y con dolor esta erupción tan cercana a su vida y a su obra, a la que Alberti puso palabras que hoy resuenan mucho más fuerte que el rugido del volcán Cumbre Vieja, que acabará en dunas de lava negra, palmares, plantaciones y casas combatidas, personas solas, abrazadas sólo por el mar y sus volcanes. Siento también al contemplar las imágenes de la erupción, en palabras de Alberti, un subterráneo temblor que irrumpe hacia el cielo, como si entrara ya en mi interior el fuego y el calor que habita a las personas de aquella isla bonita, preciosa, abrazada ahora a la queja de la Naturaleza que siempre está viva. Pero volverán pronto el azul y el viento, el resplandor, la luz indestructible, las rosas rojas, la esencia de la vida en la que siempre sueñan los lugareños de La Palma para sus vidas.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de La lava se acerca al mar y el contacto con el agua elevará el riesgo de gases tóxicos (msn.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Malva Marina, un lamento siempre vivo en Pablo Neruda

Mural con los primeros versos de Neruda dedicados a La casa de las flores, en Madrid, donde nació su hija Malva Marina, en 1934

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Pablo Neruda

Sevilla, 20/IX/2021

He visto en los últimos días cómo circulaban en las redes sociales comentarios sobre el supuesto abandono de Malva Marina, por parte de su padre, el poeta Pablo Neruda y la nula relación con ella en su vida y obra poética, dado que desde diversas ópticas no hay reparo alguno en descalificar de forma despiadada al premio Nobel de Literatura de 1971. Esta controversia se reavivó en 2018 con motivo de la publicación de la novela de Hagar Peeters, Malva (1), que fue traducida al español en 2017 y publicada el año siguiente por una editorial colombiana excelente, Rey Naranjo Editores.

Por los motivos expuestos anteriormente, decidí adentrarme en la verdadera historia de lo ocurrido entre Neruda y su hija, Malva Marina, sobre todo para salvar su recorrido histórico y su buen nombre, mucho más allá de averiguar la trastienda de lo que verdaderamente ocurrió que siempre será muy difícil descifrar en su texto y contexto histórico. Por esta razón de la razón y del corazón, he escrito las páginas que siguen, porque Neruda merece mi respeto integral e íntegro, fundamentalmente porque la condición humana me ha enseñado a lo largo de la historia que no soy nadie para calificar superficialmente o de oídas los actos de los otros, sino que sólo debo examinarlos y quedarme con lo bueno. La trastienda de la miseria humana no me interesa y siempre dejo para la historia el análisis de determinadas actitudes que no deben trascender más allá del terreno de la intimidad y de la privacidad del alma humana.

A partir de aquí, todos los puntos y aparte de este artículo van a permitir reiniciar la siguiente frase con las mismas palabras, a modo de estribillo: Es verdad que… Así hasta el final, para que una vez leído todo, podamos asegurarnos de que al buen entendedor con palabras basta, sobre todo si son objetivas y basadas en datos y hechos constatables.

Es verdad que en sus Memorias, Confieso que he vivido (2), incompletas porque no pudo finalizarlas por su fallecimiento en 1973, Neruda comenta que su soledad se “redobló” en Batavia (Java), en su destino consular y que eso le llevó a pensar en casarse, ofreciendo detalles de la que sería su primera esposa, María Antonieta Agenaar [sic, sin “h” en el apellido], “una criolla, vale decir holandesa con unas gotas de sangre malaya, que me gustaba mucho. Era una mujer alta y suave, extraña totalmente al mundo de las artes y las letras”. Sería unos años después la madre de su hija Malva Marina. Quizás sean las palabras de presentación de estas memorias íntimas las que nos ofrezcan las claves de sus aparentes “olvidos”, como se ha dicho tantas veces sobre la ausencia en su obra de referencia alguna a su hija Malva Marina: “Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida. La intermitencia del sueño nos permite sostener los días de trabajo. Muchos de mis recuerdos se han desdibujado al evocarlos, han devenido en polvo como un cristal irremediablemente herido. Las memorias del memorialista no son las memorias del poeta. Aquél vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más y nos recrea con la pulcritud de los detalles. Este nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época. Tal vez no viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros. De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre —como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas—las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”.

Es verdad que en la biografía oficial de Neruda (Fundación Neruda) he recogido los datos siguientes de la relación de Neruda con su primera esposa y madre de Malva Marina, María Antonieta Hagenaar [Maruca, como la llamaba familiarmente Neruda], iluminando el contexto de su relación de pareja:

1930

  • 5 de mayo: es nombrado cónsul de elección en Singapur y Batavia, Java.
  • Junio: viaja a Singapur, y luego a Batavia donde asume sus nuevas funciones.
  • 6 de diciembre: se casa con María Antonieta Hagenaar Vogelzang.

1932

  • A comienzos de febrero y después de un viaje por mar de dos meses, arriba a Chile en compañía de su mujer.

1934

  • 5 de mayo: sale hacia España, acompañado de su mujer que espera un hijo. A fines de mayo asume el cargo consular en Barcelona.
  • 1 de junio: viaja a Madrid donde se reencuentra con Federico García Lorca y otros poetas de la generación del 27, entre los que hará grandes amistades, especialmente con Rafael Alberti y Miguel Hernández. Realiza frecuentes viajes entre Barcelona y Madrid.
  • 18 de agosto: en Madrid nace su hija Malva Marina Trinidad después de largas complicaciones en el parto. La niña padece de hidrocefalia. Conoce a Delia del Carril, quien más tarde se convertirá en su segunda esposa. A comienzos de diciembre fija su residencia en Madrid.
  • 6 de diciembre: es presentado por Federico García Lorca en la Universidad de Madrid, donde da un recital y una conferencia.
  • 19 de diciembre: es nombrado cónsul agregado a la embajada de Chile en Madrid, cargo paralelo al de sus labores consulares en Barcelona.

1936

  • Diciembre: viaja a Marsella con su esposa, María Antonieta Hagenaar y su hija, Malva Marina. Más tarde, ambas se irán a Montecarlo; después, ya en 1937, se trasladarán a Holanda. El gobierno chileno, aduciendo falta de garantías para el funcionamiento del Consulado en Madrid, opta por cerrarlo. Neruda no es destinado a ningún otro cargo. Su apoyo a la causa republicana había provocado diversas críticas y acusaciones en su contra, entre otros, del embajador Aurelio Núñez Morgado.

1939

  • Noviembre: viaja a Holanda para visitar a Maruca Hagenaar y a su hija Malva Marina.
  • Comienzos de diciembre: se embarca junto a Delia del Carril, de regreso a Chile.

1942

  • 3 de mayo: en el Periódico Oficial de Cuernavaca se publica el edicto de divorcio de Neruda de María Antonieta Hagenaar.

1943

  • 2 de marzo: en Holanda, nación ocupada por los alemanes, muere su hija Malva Marina “sin sufrimiento”, como dice el cable en el que se comunica la noticia desde Suiza.
  • 2 de julio: contrae matrimonio con Delia del Carril, en la ciudad de Tetecala, estado de Morelos. Posteriormente este enlace será declarado ilegal por los tribunales chilenos.

Es verdad que en la obra Residencia en la tierra (3), revisada por última vez durante su estancia en Madrid, Neruda publica unos poemas que se relacionan perfectamente con el entorno del nacimiento de su hija Malva Marina en Madrid, en 1934, en los que estuvo muy cerca de los poetas Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, destacando la cita expresa de Malva Marina en la Oda a Federico García Lorca, como se recoge a continuación. He respetado el orden cronológico de la publicación de los cuatro poemas siguientes, en los que los tres primeros tienen una solución de continuidad asociados a la enfermedad de su hija y el dolor que sufrían en esos momentos.

Maternidad

¿Por qué te precipitas hacia la maternidad y verificas
tu ácido oscuro con gramos a menudo fatales?
¡El porvenir de las rosas ha llegado! ¡El tiempo
de la red y el relámpago! ¡Las suaves peticiones
de las hojas perdidamente alimentadas!
Un río roto en desmesura
recorre habitaciones y canastos
infundiendo pasiones y desgracias
con su pesado líquido y su golpe de gotas.

Se trata de una súbita estación
que puebla ciertos huesos, ciertas manos,
ciertos trajes marinos.

Y ya que su destello hace variar las rosas
dándoles pan y piedras y rocío,
oh madre oscura, ven,
con una máscara en la mano izquierda
y con los brazos llenos de sollozos.

Por corredores donde nadie ha muerto
quiero que pases, por un mar sin peces,
sin escamas, sin náufragos,
por un hotel sin pasos,
por un túnel sin humo.

Es para ti este mundo en que no nace nadie,
en que no existen
ni la corona muerta ni la flor uterina,
es tuyo este planeta lleno de piel y piedras.

Hay sombra allí para todas las vidas.
Hay círculos de leche y edificios de sangre,
y torres de aire verde.
Hay silencio en los muros, y grandes vacas pálidas
con pezuñas de vino.

Hay sombra allí para que continúe
el diente en la mandíbula y un labio frente a otro,
y para que tu boca pueda hablar sin morirse,
y para que tu sangre no se derrumbe en vano.

Oh madre oscura, hiéreme
con diez cuchillos en el corazón,
hacia ese lado, hacia ese tiempo claro,
hacia esa primavera sin cenizas.

Hasta que rompas sus negras maderas
llama en mi corazón, hasta que un mapa
de sangre y de cabellos desbordados
manche los agujeros y la sombra,
hasta que lloren sus vidrios golpea,
hasta que se derramen sus agujas

La sangre tiene dedos y abre túneles
debajo de la tierra.

Enfermedades en mi casa

Cuando el deseo de alegría con sus dientes de rosa
escarba los azufres caídos durante muchos meses
y su red natural, sus cabellos sonando
a mis habitaciones extinguidas con ronco paso llegan,
allí la rosa de alambre maldito
golpea con arañas las paredes
y las uñas del cielo se acumulan,
de tal modo que no se puede salir, que no se puede digerir
un asunto estimable,
es tanta la niebla, la vaga niebla cagada de los pájaros,
es tanto el humo convertido en vinagre
y el agrio aire que horada las escalas:
en ese instante en que el día se cae con las plumas deshechas,
no hay sino llanto, nada más que llanto,
porque sólo sufrir, solamente sufrir,
y nada más que llanto.
El mar se ha puesto a golpear por años una pata de pájaro,
y la sal golpea y la espuma devora,
las raíces de un árbol sujetan una mano de niña,
más grande que una mano del cielo,
y todo el año trabajan, cada día de luna
sube sangre de niña hacia las hojas manchadas por la luna,
y hay un planeta de terribles dientes
envenenando el agua en que caen los niños,
cuando es de noche, y no hay sino la muerte,
solamente la muerte, y nada más que el llanto.

Como un grano de trigo en el silencio, pero
a quién pedir piedad por un grano de trigo?
Ved cómo están las cosas: tantos trenes,
tantos hospitales con rodillas quebradas,
tantas tiendas con gentes moribundas:
entonces, cómo?, cuándo?,
a quién pedir por unos ojos del color de un mes frío,
y por un corazón del tamaño del trigo que vacila?
No hay sino ruedas y consideraciones,
alimentos progresivamente distribuidos,
líneas de estrellas, copas
en donde nada cae, sino sólo la noche,
nada más que la muerte.

Hay que sostener los pasos rotos.
Cruzar entre tejados y tristezas mientras arde
una cosa quemada con llamas de humedad,
una cosa entre trapos tristes como la lluvia,
algo que arde y solloza,
un síntoma, un silencio.
Entre abandonadas conversaciones y objetos respirados,
entre las flores vacías que el destino corona y abandona,
hay un río que cae en una herida,
hay el océano golpeando una sombra de flecha quebrantada,
hay todo el cielo agujereando un beso.

Ayudadme, hojas que mi corazón ha adorado en silencio,
ásperas travesías, inviernos del sur, cabelleras
de mujeres mojadas en mi sudor terrestre,
luna del sur del cielo deshojado,
venid a mí con un día sin dolor,
con un minuto en que pueda reconocer mis venas
.

Estoy cansado de una gota,
estoy herido en solamente un pétalo,
y por un agujero de alfiler sube un río de sangre sin consuelo,
y me ahogo en las aguas del rocío que se pudre en la sombra,
y por una sonrisa que no crece, por una boca dulce,
por unos dedos que el rosal quisiera
escribo este poema que sólo es un lamento,
solamente un lamento
.

Oda con un lamento

Oh niña entre las rosas, oh presión de palomas,
oh presidio de peces y rosales,
tu alma es una botella llena de sal sedienta
y una campana llena de uvas es tu piel.
«una botella echando espanto a borbotones» («Barcarola»)
.

Por desgracia no tengo para darte sino uñas
o pestañas, o pianos derretidos,
o sueños que salen de mi corazón a borbotones,
polvorientos sueños que corren como jinetes negros,
sueños llenos de velocidades y desgracias
.

Sólo puedo quererte con besos y amapolas,
con guirnaldas mojadas por la lluvia,
mirando cenicientos caballos y perros amarillos.
Sólo puedo quererte con olas a la espalda,
entre vagos golpes de azufre y aguas ensimismadas,
nadando en contra de los cementerios que corren en ciertos ríos
con pasto mojado creciendo sobre las tristes tumbas de yeso,
nadando a través de corazones sumergidos
y pálidas planillas de niños insepultos
.

Hay mucha muerte, muchos acontecimientos funerarios
en mis desamparadas pasiones y desolados besos,
hay el agua que cae en mi cabeza,
mientras crece mi pelo,
un agua como el tiempo, un agua negra desencadenada,
con una voz nocturna, con un grito
de pájaro en la lluvia, con una interminable
sombra de ala mojada que protege mis huesos:
mientras me visto, mientras
interminablemente me miro en los espejos y en los vidrios,
oigo que alguien me sigue llamándome a sollozos
con una triste voz podrida por el tiempo
.

Tú estás de pie sobre la tierra, llena
de dientes y relámpagos.
Tú propagas los besos y matas las hormigas.
Tú lloras de salud, de cebolla, de abeja,
de abecedario ardiendo.
Tú eres como una espada azul y verde
y ondulas al tocarte, como un río.

Ven a mi alma vestida de blanco, con un ramo
de ensangrentadas rosas y copas de cenizas,
ven con una manzana y un caballo,
porque allí hay una sala oscura y un candelabro roto,
unas sillas torcidas que esperan el invierno,
y una paloma muerta, con un número.

Oda a Federico García Lorca

Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,
si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,
lo haría por tu voz de naranjo enlutado
y por tu poesía que sale dando gritos.

Porque por ti pintan de azul los hospitales
y crecen las escuelas y los barrios marítimos,
y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
y se cubren de escamas los pescados nupciales,
y van volando al cielo los erizos:
por ti las sastrerías con sus negras membranas
se llenan de cucharas y de sangre,
y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
y se visten de blanco.

Cuando vuelas vestido de durazno,
cuando ríes con risa de arroz huracanado,
cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes,
la garganta y los dedos,
me moriría por lo dulce que eres,
me moriría por los lagos rojos
en donde en medio del otoño vives
con un cordel caído y un dios ensangrentado,
me moriría por los cementerios
que como cenicientos ríos pasan
con agua y tumbas,
de noche, entre campanas ahogadas:
ríos espesos como dormitorios
de soldados enfermos, que de súbito crecen
hacia la muerte en ríos con números de mármol
y coronas podridas, y aceites funerales:
me moriría por verte de noche
mirar pasar las cruces anegadas,
de pie llorando,
porque ante el río de la muerte lloras
abandonadamente, heridamente,
lloras llorando, con los ojos llenos
de lágrimas, de lágrimas, de lágrimas
.

Si pudiera de noche, perdidamente solo,
acumular olvido y sombra y humo
sobre ferrocarriles y vapores,
con un embudo negro,
mordiendo las cenizas,
lo haría por el árbol en que creces,
por los nidos de aguas doradas que reúnes,
y por la enredadera que te cubre los huesos
comunicándote el secreto de la noche.

Ciudades con olor a cebolla mojada
esperan que tú pases cantando roncamente,
y silenciosos barcos de esperma te persiguen,
y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,
además caracoles y semanas,
mástiles enrollados y cerezas
definitivamente circulan cuando asoman
tu pálida cabeza de quince ojos
y tu boca de sangre sumergida.

Si pudiera llenar de hollín las alcaldías
y, sollozando, derribar relojes,
sería para ver cuándo a tu casa
llega el verano con los labios rotos,
llegan muchas personas de traje agonizante,
llegan regiones de triste esplendor,
llegan arados muertos y amapolas,
llegan enterradores y jinetes,
llegan planetas y mapas con sangre,
llegan buzos cubiertos de ceniza,
llegan enmascarados arrastrando doncellas
atravesadas por grandes cuchillos,
llegan raíces, venas, hospitales,
manantiales, hormigas,
llega la noche con la cama en donde
muere entre las arañas un húsar solitario,
llega una rosa de odio y alfileres,
llega una embarcación amarillenta,
llega un día de viento con un niño,
llego yo con Oliverio, Norah,
Vicente Aleixandre, Delia,
Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco,
la Rubia, Rafael, Ugarte,
Cotapos, Rafael Alberti,
Carlos, Bebé, Manolo Altolaguirre,
Molinari,
Rosales, Concha Méndez,
y otros que se me olvidan
.

Ven a que te corone, joven de la salud
y de la mariposa, joven puro
como un negro relámpago perpetuamente libre,
y conversando entre nosotros,
ahora, cuando no queda nadie entre las rocas,
hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:
¿para qué sirven los versos si no es para el rocío?

¿Para qué sirven los versos si no es para esa noche
en que un puñal amargo nos averigua, para ese día,
para ese crepúsculo, para ese rincón roto
donde el golpeado corazón del hombre se dispone a morir?

Sobre todo de noche,
de noche hay muchas estrellas,
todas dentro de un río,
como una cinta junto a las ventanas
de las casas llenas de pobres gentes.

Alguien se les ha muerto, tal vez
han perdido sus colocaciones en las oficinas,
en los hospitales, en los ascensores,
en las minas,
sufren los seres tercamente heridos
y, hay propósito y llanto en todas partes:
mientras las estrellas corren dentro de un río interminable
hay mucho llanto en las ventanas,
los umbrales están gastados por el llanto,
las alcobas están mojadas por el llanto
que llega en forma de ola a morder las alfombras
.

Federico,
tú ves el mundo, las calles,
el vinagre,
las despedidas en las estaciones
cuando el humo levanta sus ruedas decisivas
hacia donde no hay nada sino algunas
separaciones, piedras, vías férreas
.

Hay tantas gentes haciendo preguntas
por todas partes.
Hay el ciego sangriento, y el iracundo, y el
desanimado,
y el miserable, el árbol de las uñas,
el bandolero con la envidia a cuestas
.

Así es la vida, Federico, aquí tienes
las cosas que te puede ofrecer mi amistad
de melancólico varón varonil.
Ya sabes por ti mismo muchas cosas,
y otras irás sabiendo lentamente
.

Es verdad que la autora de Malva ha querido poner voz a Malva Marina en un esfuerzo por aclarar de una vez por todas lo que pasó durante su corta vida, ocho años nada más. Lo que ocurre es que desde la letra de la contraportada ya se habla del rechazo de Malva por parte de su padre. Es lo que utiliza la autora como hilo conductor de su obra, “descubrir cómo su padre, que defendió a los rechazados y a los olvidados, pudo rechazarla y olvidarla a ella”. De esta forma, se parte de una convicción que empaña el contenido de la obra, con pasajes bellísimos y con contrastes de una dureza extrema, transidos de dolor por la propia experiencia personal de la autora y la relación con su padre. La sinopsis oficial del libro refuerza ,lo expuesto anteriormente: “Malva, la hija que Pablo Neruda abandonó porque la hidrocefalia congénita que ella padecía era un obstáculo para que él desarrollara su poesía y sus ideas políticas, le narra a Hagar Peeters —desde el más allá— cómo la enfermedad le arrebató la vida y el amor de su padre, de quien aún espera ser reconocida. De esta conversación surge una novela espléndida y cargada de poesía. A lo largo del relato, intervienen grandes personajes de la literatura, de la historia, de la filosofía y de la ciencia, que generan interés en un amplio espectro de lectores”.

He leído el libro con profundo respeto a su contenido, con atención plena y anotando los asuntos que más me han interesado, porque aporta detalles importantes en su texto y contexto, por el trabajo de campo realizado a pesar de moverse en el terreno de la ficción, pero finalizada su lectura sigo pensando que nada humano me es ajeno y que no puedo descalificar sin más a Neruda cuando conozco lo que significa la complejidad de las relaciones humanas, la enfermedad de Malva Marina en aquellos años y en nuestro país, la terrible experiencia de la guerra civil y la contienda mundial que tuvo que vivir la familia Neruda, así como las dudas que permanecen en mi persona de secreto sobre lo ocurrido que hoy día no se pueden descifrar.

Es verdad que lo más controvertido en esta dura historia es lo escrito por el poeta en una carta a su amiga argentina Sara Tornú: “Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos” […] “La chica se moría, no lloraba, no dormía, había que darle comida con sonda, con cucharita, con inyecciones y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir, llamando médico, corriendo a las abominables casas de ortopedia donde venden espantosos biberones, balanzas, vasos medicinales, embudos llenos de grados y reglamentos. Tú puedes imaginar cuánto he sufrido”. Es verdad que la autora de malva se ha aferrado a la frase del “punto y coma”, pero no puedo aceptar que se asuma sin más que Neruda escribió estas palabras anteriores de la carta, refiriéndose a su hija, con desprecio, sino con lenguaje figurativo tan presente en toda su obra.  Cómo presentó Pablo Neruda a su hija, a Vicente Aleixandre, es la mejor prueba del cariño ciego que sentía por ella, como se puede comprobar a continuación.

Es verdad que he leído los cuatro poemas que he reunido para acompañar estas palabras y me quedo hoy con lo que escribió Vicente Aleixandre en una visita a la casa de la familia Neruda, La Casa de las Flores y lo que vivió al conocer a Malva Marina, palabras que enmudecen el alma humana,  habiendo declarado en más de una ocasión que, salvo en momentos puntuales de la guerra mundial, Neruda siempre envió “plata” a su esposa y a su hija: “Pasa Vicente”. Un salón y Pablo desapareció. Enfrente, una amplia balconada, y en el fondo, un gran pedazo de enorme cielo. Salí a la terraza corrida y estrecha, como un camino hacia su final. En él, Pablo, allá se inclinaba sobre lo que parecía una cuna. Yo le veía lejos mientras oía su voz. “Malva Marina, ¿me oyes? ¡Ven Vicente, ven! Mira qué maravilla, Mi niña. Lo más bonito del mundo. Brotaban las palabras mientras yo me iba acercando. Él me llamaba con la mano y miraba con felicidad hacia el fondo de aquella cuna. Todo él sonrisa dichosa, ciega dulzura de su voz gruesa, embebimiento del ser en más ser. Llegué, él se irguió radiante, mientras me espiaba. ¡Mira, mira! Yo me acerqué del todo y entonces el hondón de los encajes ofreció lo que contenía. Una enorme cabeza, una implacable cabeza que hubiese devorado las facciones y fuese sólo eso: cabeza feroz, crecida sin piedad, sin interrupción, hasta perder su destino. Una criatura (¿lo era?) a la que no se podía mirar sin dolor. Un montón de materia en desorden. Blanco yo, levanté la vista, murmuré unos sonidos para quien los esperaba y conseguí una máscara de sonrisa. Pablo era luz, irradiaba irrealidad, sueño, y su ensoñación tenía la firmeza de la piedra, el orgullo de su alegría, el agradecimiento hacia un futuro celeste” (Comprendí, pero no explico, 1935).

Es verdad también, por último, que es de justicia recordar en esta tesitura a García Lorca, porque dedicó un poema a Malva Marina, Versos en el nacimiento de Malva Marina Neruda, rescatados en 1984, que es importante resaltar hoy más que nunca, porque refuerza la idea de que al poeta chileno nunca se le borró de su memoria la existencia de su hija:

Malva Marina, ¡quién pudiera verte / delfín de amor sobre las viejas olas, / cuando el vals de tu América destila / veneno y sangre de mortal paloma!

¡Quién pudiera quebrar los pies oscuros / de la noche que ladra por las rocas / y detener al aire inmenso y triste / que lleva dalias y devuelve sombras!

El Elefante blanco está pensando / si te dará una espada o una rosa; / Java, llamas de acero y mano verde, / el mar de Chile, valses y coronas.

Niñita de Madrid, Malva Marina, / no quiero darte flor ni caracola; / ramo de sal y amor, celeste lumbre, / pongo pensando en ti sobre tu boca.

Es verdad que todo lo expuesto anteriormente es objetivo y veraz. A partir de aquí se pueden sacar conclusiones en uno u otro sentido, pero mi experiencia humana me susurra al oído que, una vez más, sea prudente como serpiente y sencillo como una paloma. Lo aprendí, cuando era niño, del evangelista Mateo y por si fuera poco, el abad Joseph Antoine Toussaint Dinouart (1716-1786), siendo ya mayor, me recuerda también con su insistencia característica que “sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio” (Principio 1º, necesario para callar, en El arte de callar), aunque es una situación que me pre-ocupa [así, con guion] mucho, quizás porque si callamos en determinados momentos tan complejos como los que estamos viviendo ahora, viendo pasar por nuestros ojos acusaciones muy graves contra Neruda, bordeamos los silencios cómplices que tanto daño hacen a todas las personas que necesitan luz, esperanza y alegría (entre los que me incluyo).

Entre silencios cómplices o no anda a veces el dilema de la cultura en nuestras vidas, en su preciosa responsabilidad de enseñarnos el arte de soñar despiertos la verdad de la vida. Lo aprendí de Neruda: “De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre —como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas—las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”.

(1) Peeters, Hagar, Malva, 2018. Bogotá: Rey Naranjo Editores.

(2) Neruda, Pablo, Confieso que he vivido. Memorias, 1974. Barcelona: Seix-Barral.

(3) Neruda, Pablo, Residencia en la tierra, 1987. Madrid: Cátedra.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de «”La casa de las Flores” Pablo Neruda» de Daniela Weil | Redbubble

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Milana bonita, dos palabras para recordar a Mario Camus

Mario Camus

Sevilla, 19/IX/2021

Ayer voló a su cielo particular Mario Camus, junto a su inseparable milana bonita, recordándonos que nos entregó un día ya lejano un regalo cinematográfico, Los santos inocentes, en el que él sabía lo que nos daba pero no lo que en verdad recibíamos, un fragmento de nuestra memoria histórica con el tiempo dentro. Aprendí a conocer nuestro triste pasado como país gracias a Miguel Delibes y a su versión llevada al cine de la mano magistral de Mario Camus.

En el día de los santos inocentes de 2018, escribí unas palabras de homenaje a este gran director, El rabel de los santos inocentes, resaltando también un instrumento ancestral cántabro, el rabel, porque ponía música a una historia conmovedora, con la sencillez de un alma inocente y bendita como la de su intérprete, Pedro Madrid, que nunca tuvo tiempo para ver la película porque la vida le exigía estar siempre presente en sus tareas cotidianas. Hoy, vuelvo a publicar aquellas palabras, porque creo que encierran en sí mismas el mejor homenaje póstumo que puedo ofrecer a Mario Camus. No está solo, porque cerca, muy cerca, le espera impaciente Azarías, junto a su querida milana bonita.

Muchas personas recordamos la película Los santos inocentes, dirigida por Mario Camus, basada en una obra homónima de Luis Delibes, a través de una frase icónica, ¡Milana bonita!, pronunciada de forma repetida con la voz profunda e inconfundible de Paco Rabal en su papel de Azarías. Lo que no recordará casi nadie es que la banda sonora de la película está interpretada por Pedro Madrid, un rabelista de Cantabria, un músico inocente de extracción rural, que no vio la película porque estaba dedicado en cuerpo y alma a su tierra, Polaciones, y a su parentela, nada más, muy lejos del bullicio mundano.

El rabel es un instrumento de cuerda frotada, tres cuerdas concretamente, que Pedro tocaba con destreza: “Éste -y muestra el que tiene en esos momentos en sus manos- está hecho de madera de tejo. Es un árbol milenario cargado de leyendas, pero es muy difícil encontrarlo. También los hago de serval, que es un árbol sagrado de los antiguos celtas” (1). Tiene raíces árabes, el rabáb, según el diccionario de la RAE: instrumento musical pastoril, pequeño, de hechura como la del laúd y compuesto de tres cuerdas solas, que se tocan con arco y tienen un sonido muy agudo. Desde 1505 tenemos registrada la existencia de este instrumento en el diccionario de Fray Pedro de Alcalá, matizada posteriormente en el de Autoridades, en 1737: “instrumento músico pastoril, de hechura como la del laúd”.

La aportación de Pedro Madrid a la película es un símbolo del argumento de la misma, porque desprende sabiduría rural a manos llenas, es decir, la exposición desnuda de las relaciones amo-sirviente durante la posguerra en España, donde el desprecio al que menos tiene y, además, te sirve, era una seña de identidad de la burguesía cortijera de la época. Delibes escribió una denuncia social descarnada, continua, en formato de novela, con una trama en la que los santos inocentes son aquellas personas que viven con dignidad el hecho de ser diferentes, singulares, casi sin darse cuenta, casi siempre ignorados por la sociedad.

Hoy, día de los santos inocentes, he recordado la película y un instrumento humilde, el rabel, tocado con destreza por Pedro Madrid, un gran desconocido para la historia de la música en este país. Lo escucho en los títulos de crédito de la película, llevándome en volandas como la grajilla de Azarías. Es solo un homenaje a su colaboración en la historia de la literatura y el cine en este país, en un día del calendario muy especial.

(1) https://elpais.com/diario/1985/09/06/ultima/494805604_850215.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.