Ética y legalidad, efímeras, hacia los migrantes del mar

Sevilla, 18/III/2021

Ayer conocí la triste noticia del rescate por Salvamento Marítimo de una patera en alta mar, en la que viajaba una bebé de dos años, Nabody, natural de Mali, que en el momento que escribo estas palabras, transidas de dolor, permanece en estado crítico en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Materno Infantil de Las Palmas de Gran Canaria, al que fue trasladada después de llegar al puerto de Arguineguín con una hipotermia severa, que la llevó a sufrir una parada cardiorrespiratoria. En esa patera viajaban junto a la niña, su madre, 28 mujeres, una de ellas embarazada, 14 hombres y nueve niños.

En este contexto, recuerdo que en el verano de 2018, un grafiti gigante fue dibujado por el artista francosuizo, Guillaume Legros, Saype, en la hierba de la Perla del Lago, una de las sedes de Naciones Unidas en Ginebra, como homenaje al personal y los voluntarios de las organizaciones humanitarias que rescatan a los inmigrantes en el Mediterráneo. Era una niña sentada que lanzaba un barquito de papel a las aguas del lago Leman, con un título esclarecedor: “Mensaje del futuro». La representación era un símbolo de lo que todavía tenemos que asumir en favor de los migrantes que inundan el Mediterráneo y el Atlántico en busca de mejor vida. Ocupó 5.000 metros cuadrados de superficie, utilizándose pinturas biodegradables de pigmentos naturales de carbón pero resistente al agua. Fue una obra efímera porque desapareció en quince días. Todo un símbolo de arte efímero como la legalidad y la ética mundial ante la migración, que muchas veces son efímeras, a las que llamaba la atención este artista y a las que ya nos hemos acostumbrado como si fueran siempre de paso.

Recientemente, se ha divulgado la gran obra en torno a la solidaridad humana que inició en 2019 Saype, bajo el título «Más allá de los muros», para trazar una cadena humana alrededor del mundo, pintando siempre manos gigantes entrelazadas sobre césped, barcazas en el mar o en la arena del desierto africano. La cultura se compromete, una vez más, con las ayudas a la migración. Como manifesté en 2019 con un rescate mediático del Open Arms (Brazos Abiertos), siempre hay un después de cada acción como la narrada al comienzo e estas líneas, en la clave que explicó espléndidamente Benedetti en un poema inédito publicado dos años después de su fallecimiento, El Después, formando parte de un conjunto de poemas seleccionados por el autor en los últimos años de su vida (1): “El Después nos espera / con las brasas y los brazos abiertos / ah pero mientras tanto / vemos pasar con su cadencia/ la muerte meridiana de los otros / los más queridos y los no queridos”. Este tipo de acciones muestra ante el mundo, una vez más, la tragedia de la migración hacia Europa de miles de personas que huyen despavoridas de territorios donde la vida no vale nada.

Sigue faltando una política europea para afrontar y erradicar definitivamente el problema de la migración que se concentra en las otras orillas desde las que provienen estos migrantes, territorios de muerte en vida, donde la mafia hace estragos a diario. Mientras no exista una acción comunitaria bien armada y en todos los frentes posibles, acción directa económica y social en los países de origen de los migrantes, acción conjunta y solidaria ante la acogida que se pueda producir en el tránsito hasta la solución final y legislación que respete ante todo los derechos humanos en todas y cada una de sus manifestaciones, siempre serán necesarios los símbolos de solidaridad pública y a través de ONG que recojan del mar a personas que necesitan ser atendidas en su desesperación humana, como lo simboliza la última patera rescatada por Salvamento Marítimo en Canarias.

Una vez más y al conocer la noticia de la niña maliense, necesito encontrarme, como Benedetti deseaba cuando ya era mayor, con el Después de cada rescate que lleve a cabo el barco de Salvamento Marítimo, en este caso, o de cualquier ONG, mientras no se aborden los problemas migratorios de Europa, que continúan en plena pandemia, en una Cumbre Especial y Urgente del Después, como ya denuncié en agosto del año pasado: “¿y qué dirá el Después / después de todo? / tengo la impresión de que sus brazos / empiezan a cerrarse / y es ahora mi muerte meridiana / la que en silencio está diciendo ven / pero yo me hago el sordo”. Es lo que pasa cuando conjugamos el verbo “callarse” ante cualquier injusticia por pequeña que sea, en silencios cómplices vergonzantes de un presente de indicativo muy triste: yo me callo, tú te callas, él se calla, nosotros nos callamos, vosotros os calláis, ellos se callan… Incluso cuando navegamos por el mar abierto de la vida y vemos que se cruzan con nosotros personas con miradas y peticiones de aliento para seguir viviendo. Como las de las 53 personas a bordo de la patera rescatada en la noche del pasado martes, que solo es noticia efímera, en un mundo efímero, que trata a la ética hacia los migrantes el mar como algo legal y escandalosamente efímero. Hoy, pediría a Saype que pintara sólo un barco de papel y lo lanzara en todos los mares y océanos, sin excepción alguna, con un mensaje muy claro: “Mensaje de presente”. Para que no se olvide.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La infancia de Federico, con sabor de tierra

Imagen de la portada de Las cosas de Federico

Sevilla, 17/III/2021

Cuando en plena pandemia salgo a navegar en busca de islas desconocidas, donde sé que puedo encontrar tesoros culturales que me permitan orientar la vida de forma más amable ante la profusión de tantas noticias desagradables, me ha ocurrido hoy algo mágico: el detector de bálsamos de Fierabrás me dice que se acaba de publicar una obra preciosa, Las cosas de Federico (1), una obra delicada y aleccionadora escrita por Mónica Rodríguez sobre el niño que Federico García Lorca siempre llevaba dentro, con ilustraciones que transmiten su alma: “Los cuentos y la imaginación nos permiten no solo ser más felices, también avanzar y crear, ponernos en la piel de otros, en este caso del pequeño Lorca, e incluso para cambiar las cosas y tener un mundo más justo”. A diferencia de los llamados “cazadores” de tesoros, que los buscan para introducirlos en el tráfico mercantil, confundiendo siempre valor y precio, disfruto más compartiéndolos sin más interés que seguir participando en la construcción de un mundo más feliz y digno para todos.

Su autora lo explica de forma exquisita en un artículo de Rocío Niebla, que recomiendo leer con mucha atención (2): “La mirada limpia de los niños me fascina, es escribir para ojos asombrados. Para escribir para ellos hay que conectar con tu mirada de niña, es volver a recordar qué te impresionaba y hablarles en su lenguaje, […] ¿Cuándo perdimos el asombro, las ganas de imaginar, la fantasía y la magia? Lorca mantuvo su llama hasta la muerte, su obra está llena de lo especial de la mirada infantil”.

¡Qué gran regalo de la vida! La sinopsis del libro presagia que nos va a ocurrir algo muy bueno en nuestra singladura de hoy, al descubrir este tesoro literario y gráfico: “Federico es un niño seguro, alegre, asombrado por las cosas del mundo. Es el hijo mayor de un terrateniente de la vega granadina, a la orilla del río Cubillas. Los días de su infancia en Fuente Vaqueros suceden entre chopos y zarzales, entre bichos y urracas, en contacto con gañanes, pastores, niños del pueblo y parientes. Este libro narra los descubrimientos de su infancia hasta su traslado a la vecina Asquerosa (hoy Valderrubio). “Mis más lejanos recuerdos de niño tienen sabor de tierra. Los bichos de la tierra, los animales, las gentes campesinas… Yo las capto ahora con el mismo espíritu de mis años infantiles. De lo contrario, no hubiera podido escribir Bodas de sangre”.

Lo decía recientemente en este cuaderno de derrota (en lenguaje marino): “En el mundo al revés en el que vivimos a diario y que me tiene últimamente tan ocupado y desconcertado, pienso que siendo adulto leí siempre, con alma de niño, el libro de Alicia en el país de las maravillas, porque era una isla espiritual en la que podía vivir como Juan Ramón Jiménez pensaba en ese prólogo que nunca he olvidado: “Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca”. Esa es la razón clara de por qué aprendí tantas cosas, siempre, de una niña fantástica, Alicia, un ejemplo para saber qué es el silencio y comprender la quintaesencia de la palabra en una frase enigmática del sombrerero: “Comienza por el principio y cuando termines de hablar…¡te callas!”, si es que no tengo algo mejor que decir que el silencio, tal y como hizo Alicia.

Es verdad lo manifestado por Juan Ramón Jiménez. En la edad de oro de Federico, su niñez, estaba su corazón compartido con la vida. Su mejor deseo, que hoy comprendemos al conocer mejor su infancia, era no tener que abandonarla nunca. Cuando visité en 2017 su casa de la infancia en la Vega de Granada, en la Huerta de San Vicente, 6, descubrí cosas de Federico que me llenaron el alma: sus pinturas, la que le regaló Alberti como recuerdo del inicio de su amistad y otras entrañables en representación breve pero con sentido histórico para quien las quiera recordar así en la memoria de todos y en la de secreto. Estuve cerca de su piano, que todos los lunes tocan para que no se apague el sonido de Federico. Me bastó ese detalle para recordar una visita breve, buena, que se convirtió para siempre en dos veces buena. Y su preciosa mesa de escritorio, su “fábrica de versos”, comprendiendo hoy mejor que nunca, cerca de él, sus palabras de compañía eterna con el niño que llevaba dentro: “Quiero dormir un rato, un rato, un minuto, un siglo; pero que todos sepan que no he muerto” (3).

Así he descubierto hoy a Federico niño y así lo comparto, agradecido a la vida y al mar abierto en el que viajo a diario.

(1) Rodríguez, Mónica (2021). Las cosas de Federico, Lérida: Milenio.

(2) ‘Las cosas de Federico’, el libro que acerca la infancia de Lorca a los niños (eldiario.es).

(3) Gacela de la muerte oscura, en Diván del Tamarit, 1936.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Mis otros yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos

Sevilla, 16/III/2021

Este tiempo de coronavirus permite el análisis interior porque normalmente disponemos de un regalo llamado tiempo. En esta búsqueda de asuntos importantes para enriquecer mi persona de secreto, he conocido una curiosa e inquietante campaña publicitaria a la que me he acercado porque el protagonista de la misma, mediante un corto, es un actor argentino al que admiro y aprecio mucho, Ernesto Alterio, miembro de una saga cinematográfica inolvidable. Está centrada en algo importante en la vida, conocer las diversas identidades que desarrollamos desde que nacemos y que nos llevan a tomar decisiones importantes en la vida, de ahí su título, Mis otros yo, aunque una vez conocida la línea argumental desemboca en algo que me temía desde el principio: poderoso caballero es don dinero, incluso para desarrollarnos como personas y alcanzar éxito en la vida, porque si sabemos administrarlo bien garantizamos nuestro futuro.

El promotor de esta curiosa campaña es un banco, que explica de forma simple su objetivo: “¿Qué habría pasado si en vez de tomar una decisión concreta, hubieras tomado otra? Somos el resultado de las decisiones que tomamos en nuestra vida, pero en ocasiones se necesita apoyo para tomar buenas decisiones. Y es que a todos nos toca decidir a lo largo de nuestra vida, pero no siempre tenemos que hacerlo solos”. Juan, el protagonista, se presenta a través de cuatro identidades diferentes a modo de variaciones sobre la misma persona que, en un momento determinado de su vida, “tomaron” decisiones que al final se presentan como cuatro formas de ser de la misma persona según lo que decidió en un determinado momento: Juan surfista, Juan veterinario, Juan “el que se fue a Londres por amor” y, por último, el triunfador, Juan dueño de una clínica veterinaria gracias a que tuvo “el apoyo de una persona de confianza, que ha estado ahí y que me ha ayudado a tomar buenas decisiones: tan sencillo como eso”.

Esa persona creyó en los sueños de Juan, en su proyecto de vida, Así que “ahorró, planificó sus finanzas y se atrevió a abrir su primera clínica veterinaria”, Al final, el éxito del último Juan se debió a que no decidió solo, sino que encontró un “family banker” (ya estamos…). Los otros Juan, al escuchar el éxito de Juan, dueño de la primera clínica veterinaria, piensan que ya es tarde para ellos, aunque el triunfador les manifiesta que “nunca es tarde para empezar” porque “lo importante es dar el primer paso”.

Como amo el cine, aprecio la película y su trama, pero como persona me preocupan mucho estos mensajes publicitarios de captación financiera, porque no son inocentes, como casi nada en la vida, pero en este caso en un oscuro objeto de deseo, porque la película de la vida real no funciona así. Puede que el fracaso humano y profesional se deba en un momento determinado de la vida a una desafortunada decisión personal y transferible a más personas y a la sociedad, en definitiva. Pero en la mayor parte de las ocasiones, las decisiones están mediatizadas por el principio de realidad de millones de personas que no acceden a un trabajo digno que es el que verdaderamente condiciona nuestras vidas, conociendo como conocemos los datos de pobreza severa de nuestro país. O porque la personalidad de cada uno es un condicionante también para relacionarnos con los demás y vamos de fracaso en fracaso emocional o sentimental. O porque, sencillamente, nos equivocamos en muchas decisiones como resultado de la condición imperfecta de la condición humana, porque errar es humano.

Visto lo visto, sigo convencido de que las personas no vemos el dinero de la misma forma que los bancos. Así lo escribí en un artículo de este cuaderno digital el año pasado, ¿Cómo vemos el dinero?, comentando también una campaña publicitaria de un banco en la que utilizaba el siguiente eslogan: “La cuenta del banco que ve tu dinero como lo ves tú”. Junto a esta frase lapidaria figuraban diversas reproducciones de billetes con la pintora colombiana Débora Arango Pérez o de Comenio, con el símbolo quizás de la educación en la aproximación de las manos de un maestro y su alumno o alumna, como homenaje a la creación de la Didáctica, según figura en un grabado de su obra más importante, Orbis Sensualium Pictus (El mundo en imágenes), el primer libro ilustrado para niños y niñas de Occidente. Imágenes no inocentes, por supuesto. Hoy, prefiero quedarme a solas leyendo las obras preciosas de Comenius a lo largo de su vida junto a Orbis Pictus, por ejemplo “El Laberinto del Mundo y el Paraíso del Corazón”, en el que presenta el problema económico básico de las personas: la búsqueda del beneficio y de una vida feliz, que se resuelve siempre cuando se alcanza el paraíso del corazón. También, contemplando las de Débora Arango en su Antioquía natal, sin nada a cambio… o sí: obtener placer y utilidad en lo aparentemente inútil. No es lo mismo, ni todos somos iguales por mucho que a algunos guardianes del dinero les cueste creerlo, porque ellos creen que siempre lo ven igual que nosotros.

Somos muchas personas en una: la propia, el yo, pero también la que se refiere a mí cuando soy un tú, él, o participo de un nosotros, vosotros y de ellos, otros en definitiva, conviviendo en un mundo imperfecto. Es algo más que contestar a la pregunta bancaria: ¿cuál de tus “yo” quieres ser? Es verdad que en ser o no ser está la verdadera cuestión y no es sencillo resolverlo, pero no sólo por el dinero.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Afortunadamente, se nos nota

Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES),

Sevilla, 15/III/2021

Ayer escuché atentamente la entrevista de Jordi Évole al Dr. Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), tan injustamente maltratado en determinados medios de comunicación social. Quería escuchar sus palabras como funcionario, quizás como un consuelo solidario. por mi parte, por haberlo sido durante muchos años, en relación con esa especie tan denostada en este país a lo largo de los siglos, desde Larra con su conocido artículo en el que centró su mensaje multisecular: “Vuelva usted mañana”, escrito en 1833 y que siempre recomiendo leer completo para analizar bien el texto y contexto de sus palabras.

Jordi Évole le preguntó durante el encuentro televisivo que si era de izquierdas o de derechas, contestando el Dr. Simón de forma directa, no sin antes haber mostrado su sorpresa por la pregunta, incluso con un titubeo, sobre si procedía manifestarse públicamente o no en el sentido de la misma: «Creo que se me nota. Soy muy social, tenemos que preocuparnos por las personas que tienen necesidades. Evitar pensar en dos grupos distintos, somos una población, y no entiendo cuando parecen de otra especie los grupos con menor nivel económico. Creo que tenemos que romper ese círculo vicioso». Le agradecí que lo hiciera aunque estaba en su perfecto derecho de haber pasado por alto esta parte del cuestionario. Me sentí honrado como funcionario, en defensa del interés general siempre, como manda la Constitución que debe actuar la Administración y, lógicamente, sus funcionarios. Es “su natural”, que decía mi profesor de Lógica.

Eduardo Galeano, escritor al que leo con frecuencia y acudo a él en momentos de turbación sobre todo, recoge en su excelente antología sobre las mujeres (1), obra póstuma, una anécdota que le había contado una vez la periodista Rosa María Mateo, tan vilipendiada por la derecha en este país durante su Presidencia reciente de Radio Televisión Española: “Una mujer le había escrito una carta, desde algún pueblito perdido, pidiéndole que, por favor, le dijera la verdad: cuando yo la miro, ¿usted me mira? Rosa María me lo contó, y me dijo que no sabía qué contestar”.

Anoche, el funcionario Fernando Simón miró siempre y fijamente a la cara de Jordi Évole y creo que le dijo la verdad siempre de lo que sabía y sentía. También lo hizo a la ciudadanía que vio el programa, sin altivez alguna, a pesar de la mala fama que tenemos los funcionarios, que una vez escenificó de forma asombrosa el inefable Forges, en una viñeta que no he olvidado nunca, en la que aparecía un “funcionario” arreglando su coche, averiado en el arcén de la carretera y rodeado de piezas en el suelo, recibiendo una reflexión inquietante de su señora, ¡parece increíble que hayas conseguido que funcione otra vez, quitándole todas las piezas que le has quitado…!, a lo que el avezado funcionario, responde sin titubear: ¡los funcionarios sabemos cosas que los humanos ni sospecháis!

Existe una corriente popular sobre funcionarios y funcionarias de este país, altivos, que he recordado en varias ocasiones en este blog: “A Blanca, la protagonista de una novela entrañable de Antonio Muñoz Molina, En ausencia de Blanca, no le gustaba pronunciar la palabra “funcionario”, aludiendo a Mario, su marido. Cuando Blanca quería referirse a las personas que más detestaba, las rutinarias, las monótonas, las incapaces de cualquier rasgo de imaginación, decía: “son funcionarios mentales”. Cuando en una ocasión vi aquel chiste de Forges, brillante humorista español, en el que aparecían tres presuntos funcionarios echados hacia atrás en sus sillones, con las manos cruzadas en la nuca y diciendo: “se me abren las carnes cada vez que me dicen que me tengo que ir de vacaciones…”, me pregunté el porqué de estas interpretaciones de la calle. Sin comentarios. Vuelvo a tomar conciencia otra vez de que los funcionarios no sabemos muchas cosas que los ciudadanos y ciudadanas de este país sospechan en la relación diaria con la Administración correspondiente.

Lo digo hoy de nuevo como exempleado público, porque he crecido junto a la reiterada referencia a Larra, ¡vuelva usted mañana!, en todos los años de dedicación plena a la función pública: educativa, sanitaria, tributaria y económico-financiera, construyendo día a día y, en contrapartida, lo que llamaba “segundos de credibilidad pública”. Me ha pesado mucho la baja autoestima, ¿larriana?, que se percibe en el seno de la Administración Pública por una situación vergonzante que muchas veces no coincide con la realidad, porque desde dentro de la misma Administración hay manifestaciones larvadas, latentes y manifiestas (valga la redundancia) de un “¡hasta aquí hemos llegado!” por parte de empleadas y empleados públicos excelentes, que tienen que convivir a diario con otras empleadas y empleados públicos que reproducen hasta la saciedad a Larra (a veces, digitalizado) y que hacen polvo la imagen auténtica y verdadera que existe también en la trastienda pública. Y muchas empleadas y empleados públicos piensan que la batalla está perdida, unos por la llamada “politización” de la función pública, olvidando por cierto que la responsabilidad sobre la Administración Pública es siempre del Gobierno correspondiente, y otros porque piensan que el actual diseño legislativo de la función pública acusa el paso de los años y que la entrada en tromba de las diferentes Administraciones Públicas de las Comunidades Autónomas, obligan a una difícil convivencia de la legislación sustantiva sobre la particular con las llamadas “peculiaridades” de cada territorio autónomo”.

El chiste de Forges sirve hoy para agradecerle que removiera con sus viñetas sabias las conciencias quietas de personas en su función diaria en la Administración. Supongo que en los cielos sabrá dibujar el día a día del otro mundo posible. Espero con emoción la fecha de su publicación antológica. Celestial, por supuesto, dibujando ¿por qué no? a Fernando Simón, con su peculiar imagen, como un funcionario excelso junto a todos los que a diario están mostrando la cara más auténtica de los servidores públicos en este país, en esta pandemia que nos asola, en todos y cada uno de los estamentos en los que están y son, notándose a la legua que son funcionarios a la mayor honra del país y del interés general de los ciudadanos. Mirando a la cara de cualquier persona que necesita algún servicio de la Administración, porque saben que quien les atiende le está diciendo la verdad, aquello que pedía la señora de un pueblo lejano de nuestro país que escribió un día a Rosa María Mateo para hacerle una pregunta inquietante: “cuando yo la miro, ¿usted me mira?”. Excelente lección.

NOTA: la imagen de cabecera se ha recogido del programa Lo de Évole, en La Sexta, 14 de maro de 2021.

(1) Galeano, Eduardo (2015). Mujeres. Madrid: Siglo XXI de España Editores.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Un año después del músico de Venecia y el coronavirus

Sevilla, 14/III/2021

Hoy se cumple el primer año de vida de una aventura hacia lo desconocido al declararse el estado de alarma por la pandemia del coronavirus en nuestro país. Ese día escribí un artículo, El músico e Venecia y el coronavirus, que reproduzco a continuación porque, salvando lo que haya que salvar, mantiene su vigencia, sobre todo porque propuse que el cine, la música y la literatura podían ser bálsamos que nos ayudarían a sobrellevar la carga que presumíamos íbamos a soportar a partir de ese día y por el confinamiento declarado.

Es un cumpleaños que no pide celebraciones especiales, sólo una muy importante por imprescindible: que tenemos ya un regalo de la ciencia llamado vacuna para combatir este virus tan letal. También, es una nueva oportunidad para recordar que no debemos olvidar a los que se fueron sin poder decirnos ni siquiera adiós y a todos los servidores públicos, sin dejar a nadie atrás, que se han entregado en cuerpo y alma para intentar devolvernos la salud plena. Es una carga ética que es difícil soportar sin la dignidad humana que le es consustancial, porque el principio de realidad del virus ha sido demoledor aunque muchas personas irresponsables sigan sin querer verlo y aceptarlo. También, porque las cicatrices que ha dejado la pandemia son hoy, un año después, las costuras de la memoria.

Vuelvo a leer aquellas palabras que utilicé como una gran metáfora de lo que se nos venía encima. Aquella pregunta de Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia, ¿Por qué desinfectan Venecia?, vuelve a resonar hoy en nuestros oídos, llevándola en ese momento a muchos lugares del mundo, porque la planteé como una metáfora sobre la necesidad de saber la verdad de lo que estaba pasando en nuestro país con el coronavirus, en un día como hoy, hace un año, en un desconcierto sin parangón.

Amplifico hoy al mundo la frase que Stefan Zweig dedicó a Sevilla en 1905 y que cité en aquella ocasión como zona segura para buscar refugio ante lo desconocido: “En estos días difíciles sigo leyendo a Stefan Zweig en la obra citada [De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia] y sus palabras se graban en mi cerebro como el mejor bálsamo para tiempos complejos y de turbación: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”. Me acompaña también un “momento estelar de la humanidad” que sobrecogió a Zweig, la resurrección de Händel a través de su obra magna “El Mesías”, que escucho con atención reverencial. Quizá me ayude a comprender bien y en toda su extensión esa frase rotunda de Zweig, “aquí [en Sevilla] se puede ser feliz”, tras una experiencia de juventud en esta ciudad”. También en el mundo gracias a la ciencia y a una proyección de ella, las vacunas.

La ciencia ha dado respuesta a la frase enigmática que aprendí de Enrique Morente en su “Soleá de la ciencia”, que no olvido:

Presumes que eres la ciencia
Yo no lo comprendo así
Porque siendo tú la ciencia
No me has comprendido a mí

Sale el sol y da en el cristal
Cuando no quebranta el vidrio
¿Qué es lo que va a quebrantar?

Los pajarillos y yo
Nos levantamos a un tiempo
Ellos le cantan al alba
Y yo alegro mis sentimientos

Para qué tanto llover
Mis ojitos tengo secos
De sembrar y no coger

Desde el Sur, que también existe, la pregunta de Morente tiene hoy más validez que nunca y eso la ciencia lo sabe. Mi agradecimiento especial a la inteligencia humana, proyectada en la ciencia, porque ha sabido entender al mundo quebrantado que sufre. También, porque hoy, un año después, comienzan a alegrarse nuestros sentimientos.

El músico de Venecia y el coronavirus

Sevilla, 14/III/2020

Una pregunta de Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia, la obra inolvidable de Thomas Mann, a un músico que pasa junto a él pidiendo la voluntad, “¿Por qué desinfectan Venecia?” y la respuesta a la misma, “Está indicado por el calor y el siroco”, me han recordado -en este confinamiento legal y preventivo que estamos viviendo- la necesidad de que conozcamos en cada momento la verdad de lo que está pasando con el coronavirus, tal y como lo vengo expresando los últimos días. La insistencia de Aschenbach, que no se cree lo que le ha dicho el músico, traduce la inquietud legítima que tenemos en la sociedad por saber la realidad de lo que nos rodea por muy cruda que sea.

“¿De manera que no hay ninguna epidemia en Venecia?”, pregunta Aschenbach. “¿Una epidemia?”, contesta el músico de manera desafiante. “¿Qué epidemia va a haber? ¿Es epidemia el siroco? ¿Acaso es una epidemia nuestra Policía? ¡Usted bromea! ¡Una epidemia! ¡No diga usted eso! Sólo se trata de una medida de previsión policial. ¿Entiende usted? Una disposición en vista del tiempo bochornoso”.

Salvando lo que haya que salvar hoy, podemos cambiar la palabra siroco por coronavirus o policía por el estado de alarma y el acto de previsión policial como una medida para evitar mayores contagios y de previsión para contener en lo posible males mayores. El escritor Gustav von Aschenbach, uno de los protagonistas de la obra de Thomas Mann, prefirió abrazar el amor cerca de Tadzio desoyendo todas las recomendaciones para preservar su salud en una ciudad donde el cólera indio hacía estragos.

Esta cita de la literatura que tanto nos ha hecho reflexionar, es una metáfora sobre la realidad de la vida de nuestros antepasados que han intentado abordar épocas difíciles en las que el mal ha asolado la humanidad y en las que se ha intentado dejar para la posteridad un mensaje de la importancia de dar sentido a la vida, que es lo que más importa ante avisos tan importantes para navegantes.

El confinamiento en las casas impuesto por el Estado puede ser una buena oportunidad para acudir a la literatura y encontrar en ella un remanso de paz en el rincón de pensar que cada uno elija libremente en su casa. Hoy ya no se habla de ir a lazaretos sino de permanecer en nuestras casas el tiempo que sea necesario hasta que el coronavirus se dé por controlado y se autorice la vuelta a la vida normal, acompañados en el caso de Sevilla por su calor tradicional de primavera y verano, porque “aquí se puede ser feliz”. Así se expresaba Stefan Zweig en su visita a Sevilla en 1905, cuando comenzaba a despertar el siglo XX. Leo también con atención las páginas dedicadas a esta ciudad en un libro suyo muy interesante, De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia (1), escritas por un joven de veinticuatro años, buscando rincones que ya conocía por la obra de Mozart, pensando que la barbería de Fígaro iba a devolverle la comprensión de la relación de Don Juan y Carmen.

En estos días difíciles sigo leyendo a Stefan Zweig en la obra citada y sus palabras se graban en mi cerebro como el mejor bálsamo para tiempos complejos y de turbación: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”. Me acompaña también un “momento estelar de la humanidad” que sobrecogió a Zweig, la resurrección de Händel a través de su obra magna “El Mesías”, que escucho con atención reverencial. Quizá me ayude a comprender bien y en toda su extensión esa frase rotunda de Zweig, “aquí [en Sevilla] se puede ser feliz”, tras una experiencia de juventud en esta ciudad.

Con ella me quedo hoy a pesar de todo y porque necesito conocer la verdad de lo que está ocurriendo, lejos de músicos celestiales como el de Venecia que no la reconocen.

(1) Zweig, Stefan (2015). De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia. Madrid: Sequitur.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La política al revés: suma y sigue

Al igual que Superman y Batman, los superhéroes, muchos políticos profesionales cultivan la esquizofrenia, y en ella les da superpoderes, como el timorato Clark Kent se vuelve Superman con sólo sacarse los anteojos, y como el insípido Bruce Wayne se convierte en Batman no bien se pone la capa de murciélago.

Eduardo Galeano, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

Sevilla, 13/III/2021

Cuando asumimos en la vida, siguiendo a Aristóteles, que el hombre (en sentido filosófico y universal) es un animal político (zoon politikón, en griego), cuesta mucho aceptar los reveses continuos que sufrimos en el acontecer diario ante la ausencia de políticos que hagan política con altura de miras, la de visión de Estado o la del mero compromiso ciudadano como habitante digno de un territorio, de un país, que también hace o vive la política, porque entre todos la mataron o salvaron (la verdadera política) y, a veces, ella sola se murió o salvó. Ante los hechos acecidos estos días en la Comunidad de Murcia sobre el transfuguismo de siglas de miembros de un partido que saltan a otro, que los recogen sin mucho escrúpulo, incluso para incluirlos en «su» Gobierno bajo el imperio del “todo vale”, he recordado una frase de Eduardo Galeano en El mundo al revés, que no ha perdido vigencia alguna: “No se necesita ser un experto politólogo para advertir que, por regla general, los discursos sólo cobran su verdadero sentido cuando se los lee al revés. Pocas excepciones tiene la regla: en el llano, los políticos prometen cambios y en el gobierno cambian, pero cambian… de opinión. Algunos quedan redondos, de tanto dar vueltas; produce tortícolis verlos girar, de izquierda a derecha, con tanta velocidad. ¡La educación y la salud, primero!, claman, como clama el capitán del barco: ¡Las mujeres y los niños, primero!, y la educación y la salud son las primeras en ahogarse. Los discursos elogian al trabajo, mientras los hechos maldicen a los trabajadores. Los políticos que juran, mano al pecho, que la soberanía nacional no tiene precio, suelen ser los que después la regalan; y los que anuncian que correrán a los ladrones, suelen ser los que después roban hasta las herraduras de los caballos al galope” (1).

Vuelvo a mis apuntes de un manual de supervivencia ética en tiempos difíciles. Estamos viviendo en un mundo con una clamorosa ausencia de valores (véase la muestra anterior) y, sobre todo, de ética, tal y como lo aprendí de un maestro en el pleno sentido de la palabra, el profesor López Aranguren, cuando la definía como el “suelo firme de la existencia o la razón que justifica todos los actos humanos”, que tantas veces he abordado en este blog. Estas razones nos obligan a dejar los supuestos puertos seguros en la forma que todos y cada uno tenemos de hacer política como ciudadanos y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo “político”. Navegamos en mares procelosos de corrupción y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad.

Pero a diferencia de lo ocurrido en Murcia, todos no vamos en el mismo barco de la indignidad política o de cualquier clase, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección política y social. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras. Es probable que a estas pateras éticas y llenas de dignidad y esperanza, que tienen suelo firme pero no quilla, como la cascara de una nuez, no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la indignidad política de cualquier factura, la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como los tristemente famosos hombres vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico, financiero y ético mundial, desde un rascacielos en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares de patera, para ellos procelosos.

Ante estos hechos, lo que detesto también es el abandono de la lucha en situaciones difíciles, como las que estamos atravesando ahora, en las que aquellos que estaban a veces con los que deseamos estos cambios urgentes en las políticas mundiales, europeas, nacionales, autonómicas o locales, se arrojan a un mar en el que cada vez hay menos sitio, porque dicen que “esto no tiene remedio”. Lo paradójico es que cuando se avance en la búsqueda de soluciones surcando mares diferentes que posibiliten otro mundo mejor, falte ya sitio o barco, según se mire, para recoger a los que en tiempos revueltos se tiraron al mar porque nunca quisieron buscar otras alternativas a este mundo al revés que no nos gusta.

Es verdad. No todos vamos en el mismo barco de la dignidad humana, ni somos iguales, en mi caso como mero ciudadano anónimo que hace política a diario cumpliendo con los deberes ciudadanos de este país, en un marco de dignidad humana o, en sentido contrario, los que ocupan puestos definidos en el complejo conglomerado político actual que olvidan la dignidad de su representación a través de unos votos, advirtiendo por mi parte también con claridad palmaria y como aviso para navegantes dudosos, que “todos no son ni somos iguales”. Ha llegado el momento de decir ¡basta!, para iniciar nuevas singladuras, aunque sea a mar abierto, para compartir ilusiones y construir un mundo mejor para todos. A pesar de la que está cayendo, no perdamos esta oportunidad que nos regala la vida por el mero hecho de vivir con salud en estos momentos tan difíciles y complejos. Aunque viajemos en la fragilidad de una patera, como en la cáscara de una nuez, sin quilla, justo al lado de sofisticados barcos o yates gobernados por capitanes intrépidos que “claman, como clama el capitán del barco: ¡Las mujeres y los niños, primero!» (para salvar las apariencias), sabiendo que es el último que debe abandonar el barco, pero permitiendo que la dignidad y la ética política, al igual que “la educación y la salud”, por ejemplo, sean las primeras en ahogarse.

(1) Eduardo Galeano (1998). Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Las cicatrices son las costuras de la memoria

Sevilla, 12/III/2021

Unos versos de la escritora y poeta colombiana Piedad Bonnett, Cicatrices (1), abrieron el Acto de Estado de Reconocimiento y Memoria a todas las Víctimas del Terrorismo, celebrado ayer en el Palacio Real de Madrid, en el Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo, recordando también a todas las personas que de una forma u otra lo han sufrido durante tantos años en nuestro país y con una fecha de referencia: el 11 de marzo de 2004, día del atentado de Atocha:

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

En unas bellas palabras se recuerda lo que significan las cicatrices del terrorismo, por lo que representan como historia puntual en la vida de quienes lo han sufrido, aunque también pretenden simbolizar un fin de algo que pasó. Sin embargo, hay algo que perdura en el tiempo a modo de costuras de la memoria, que nos sana dañándonos, en una contradicción existencial que nos hace sufrir mucho. Un acto como el de ayer, simboliza la importancia del tiempo para que nunca olvidemos las heridas del terrorismo, de cualquier acto -en definitiva- que prive la vida de los demás en nombre de nada y de nadie.

Quiero quedarme con algunos momentos del acto oficial que, transidos de la música y la danza, dejaron un recuerdo imborrable de cómo la cultura sana cuando la contemplamos como compañera de situaciones difíciles, para curar heridas aunque dejen siempre cicatrices. Mas allá de los discursos, música y representaciones oficiales, quiero reflejar en estas breves palabras el mensaje anterior sobre las costuras de la memoria, a través de la música interpretada por la Orquesta Nacional de España, dirigida por David Afkham, de una obra excelente como Lacrimosa, del Réquiem por Doña Bárbara de Braganza, reina de España, de José de Nebra (1758), con la participación del Coro Nacional de España.

Quizás, el momento más emocionante fue la actuación de Rubén Olmo, director del Ballet Nacional de España, como coreógrafo e intérprete de la danza “Resurgir del ave fénix”, con la música de fondo de “Amorosa”, una melodía vasca preciosa que forma parte de las “Diez melodías vascas”, de Jesús Guridi, interpretada también por la Orquesta Nacional de España. La he visto ya en varios momentos, en mi rincón de ser, estar y pensar, desde que ayer lo contemplé por primera vez y todavía guardo en mi retina el gesto de dolor permanente de Rubén Olmo, en la interpretación maravillosa del ave fénix y sus sombras, blanco sobre negro, que sabe resurgir de las cenizas en las que nos convierte a veces la vida. Inolvidable su proyección al dolor humano por los actos de terrorismo.

Ayer comprendí mejor que nunca las hermosas palabras de Piedad Bennett: Las cicatrices, pues, son las costuras / de la memoria, / un remate imperfecto que nos sana / dañándonos. A ellas me debo ahora, para curarlas como ciudadano que ama la unidad y la paz en nuestro país.

(1) Bonnett, Piedad, Cicatrices, en Explicaciones no pedidas, Madrid: Visor de Poesía, 2011.

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Ilsa Weber, la voz musical e imprescindible de una mujer en el Holocausto

Ilse Weber (dcha.) – Una de las entradas del campo de concentración de Terezín (izqda.), con la leyenda que figuraba en todos: El trabajo libera

La luna es una linterna
en el fondo negro del firmamento,
desde allí mira el mundo.
¡qué silencioso está!

Ilsa Weber, Ich wandre durch Theresienstadt (Camino por Terezín), Auschwitz, 6 de octubre de 1944.

Sevilla, 11/III/2021

Creo que tenemos muchas deudas con mujeres que han sido imprescindibles en la historia de la humanidad. Una de ellas es Ilsa Weber (1903-1944), escritora y compositora checa, una gran desconocida como tantas otras mujeres que hasta su último aliento puso el alma de la música a disposición de los que más sufrían en esos momentos dramáticos del holocausto, como enfermera pediátrica en el campo de concentración de Terezín (cerca de Praga, Bohemia-Moravia, actual República Checa, presentado ante el mundo por la propaganda nazi como un gueto judío), para entregarles lo que mejor sabía hacer: componer música que les transmitiera sentimiento feliz ante el sinsentido de lo que ocurría a su alrededor. Una consideración que debo hacer y que no quiero que pase por alto es que su apellido real era Herlinger y así figuraba en su identificación porque el apellido Weber era el de su marido, situación no inocente en relación con la mujer, que era costumbre en su país natal, región de Moravia (hoy República Checa).

Ilsa Weber fue una excelente escritora de cuentos y canciones infantiles, también cantora de nanas inolvidables, en el sentido que tantas veces he remarcado en este cuaderno digital, siguiendo a Facundo Cabral en el establecimiento de la distinción entre cantante y cantor, porque cantante es el que puede serlo y cantor el que debe hacerlo como compromiso personal. Ilsa Weber debía cantar en el gueto de Terezín: “El canto era también una expresión de su voluntad de sobrevivir [las personas allí recluidas] e incluso podía constituir un acto de resistencia. En este contexto, resistir significaba autoafirmarse, con el objetivo de contrarrestar las estrategias destinadas a doblegar a la población reclusa sometida a un trato inhumano por parte de las autoridades del campo de concentración. Se trataba de mantener la esperanza, el valor, desafiando cualquier pronóstico y conservando la voluntad de vivir, a pesar de la constante amenaza de muerte”. Ilsa Weber comprendió muy bien que el canto era una oportunidad para ofrecer esperanza a los allí detenidos: “Porque hay que poder evadirse de la realidad para soportarla, sus letras hablan de libertad, de amor, de recuerdos de infancia. Otras, en cambio, evocan la vida en los campos de concentración y el sufrimiento que estos conllevan: la separación, la pérdida de la libertad, la privación, la muerte”.

He conocido la trayectoria de esta mujer imprescindible en una actividad impecable dirigida por la Fundación Juan March a través del excelente programa preparado para el ciclo “Terezín: componer bajo el terror”, que finalizó ayer, que recomiendo leer con detalle y con la empatía suficiente para comprender qué significó la música en el Holocausto y, en concreto, el papel que jugó Ilsa Weber en su terrible experiencia: “Deportada a Terezín junto con su marido y su hijo pequeño en febrero de 1942, Weber trabajó como enfermera en el hospital pediátrico del gueto. Allí compuso numerosos poemas en checo y en alemán que cantaba a sus jóvenes pacientes acompañándose ella misma a la guitarra. En Ich wandre durch Theresienstadt [Camino por Terezín], la autora habla de la pérdida del hogar y de la libertad, preguntándose al final de la canción: “Theresienstadt, Theresienstadt, / Wann wohl das Leid ein Ende hat, / wann sind wir wieder frei?” [Terezín, Terezín, / ¿cuándo terminará el sufrimiento? / ¿Cuándo volveremos a ser libres?]. Ade, Kamerad [Adiós, compañero] es un adiós definitivo a un ser querido y constituye probablemente el último poema que Weber escribió antes de ser enviada con su familia en 1944 a Auschwitz, donde fue asesinada junto a su hijo. Su marido sobrevivió y pudo lograr reunir y publicar algunos de los poemas de su difunta esposa. Se cuenta que, camino a Auschwitz, pudieron escucharla cantar una de las varias canciones de cuna que escribió, como la que clausura este concierto”.

Adiós, compañero

[…] A menudo me has dado tu valor.
Me has sido leal y bondadoso,
dispuesto siempre a prestarme ayuda.
Apretabas mi mano
y ahuyentabas mi zozobra.
Compartíamos juntos el dolor […]

He recordado junto a la experiencia terrible de Ilsa, una película maravillosa, La vida es bella, inspirada en una historia real de un prisionero en Auschwitz, en la que pude constatar que el protagonista, Guido Orefice (Roberto Benigni), quería mostrar a su hijo Josué el lado mágico de la belleza de vivir a pesar del horror del nazismo en estado puro. Cuando él y su familia son capturados y llevados a un campo de concentración, el padre se inventa un juego para proteger a su hijo: tiene que conseguir 1.000 puntos para conseguir un carro blindado. Lo demás, hasta el final, lo recordamos con tristeza, aunque el mensaje de Guido Orefice a lo largo de la película es simple y grandioso, porque nos muestra metafóricamente que podemos ser inteligentes, extremadamente humanos, si soñamos como él en tres proyectos, a pesar del sinsentido a veces de cada día: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y sabiendo distinguir el norte del sur. También, cuidando de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta. Trabajando en el lado amable de la vida hasta el último momento, como él, compartiéndolo siempre con los demás, sobre todo con los que menos tienen.

Escucho con atención y sobrecogido una estrofa de su nana cantada a los niños y niñas que estaban con ella, caminando por Terezín, acompañados por su calor humano: “Wiegala, wiegala, wille, / ¡qué silencioso está el mundo! / Nada estorba su quietud. / Duerme, pequeño, también / Wiegala, wiegal, wille / ¡el mundo es todo silencio!”. Entre aquellos niños estaba su hijo Tomás, que siempre estuvo junto a ella, siguiendo a su padre, como Giosué, el hijo de Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella. No lo olvido.

En homenaje a Ilsa Herlinger (Ilsa Weber) y a todas las mujeres y personas que sufrieron el exterminio en el Holocausto, he querido dedicar estas palabras en la estela del Día Internacional de la Mujer, que en definitiva debe ser cada día anónimo en particular, hoy también, sin celebraciones especiales ni alharacas. También, pueden escuchar Ade, Kamerad (Adiós, compañero, citada anteriormente y que figura a continuación en una lista de canciones del holocausto con el número 8), como último poema escrito por Ilsa, para que no la olvidemos, recordando también dos preguntas suyas inquietantes de la primera canción citada, Camino por Terezín: ¿cuándo terminará el sufrimiento? / ¿Cuándo volveremos a ser libres?, que resuenan hoy como si fuera ayer (canción número 13, Wiegala). Gracias, Ilsa, por tu compromiso activo, que sigue siendo hoy un estímulo para seguir luchando, comprendiendo mejor que nunca algo que aprendí hace ya muchos años en la Cantata de Santa María de Iquique, compuesta por Quilapayún: “con el amor y el sufrimiento se fueron aunando las voluntades”.

NOTA: la fotocomposición de la cabecera es de producción propia, habiendo sido recuperada la imagen de la izquierda del programa preparado para el ciclo “Terezín: componer bajo el terror”, de la Fundación Juan March y la de la derecha, la de Ilse Weber, de Wikipedia.

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Siempre nos quedará Corelli

Amandine Beyer, violín / Pierre Hantaï, clave, Sonata para violín y bajo continuo en Fa mayor, Op. 5 nº 9, de Arcángelo Corelli (1653-1713)

Canal March – Fundación Juan March

Sevilla, 9/III/2021

He recibido un aviso para navegantes musicales en tiempos de coronavirus: siempre nos quedará Corelli. Ha sido a través de la Fundación Juan March, advirtiéndome que esta semana puedo escuchar otra vez un concierto magnífico de dos instrumentos que amo profundamente, el clave y el violín que, debido a la pandemia, he tenido que tocar sin supervisión magistral. Se trata del dúo compuesto por Amandine Beyer, violín y Pierre Hantaï, clave, que interpretaron obras de A. Corelli, F. Geminiani, A. Vivaldi, G. Tartini y J. S. Bach, en un concierto de la Fundación, el 17 de marzo de 2018, que se puede escuchar en la dirección web de la Fundación indicada bajo la imagen.

Saliendo de esta zona de confort italiano, reconociendo que “Italia fue el núcleo del desarrollo violinístico en los siglos XVII y XVIII”, debido en buena medida “a la influencia ejercida por Corelli, formado en Bolonia y protegido en Roma por el cardenal Ottoboni y Cristina de Suecia”, siendo sus Sonatas Op. 5 (1700) una de las colecciones más difundidas, la Fundación ofrece el próximo sábado 13 de marzo un concierto de Pierre Hantaï, al clave, instrumento que amo en su historia y sonido característico, dentro del ciclo De Purcell a Händel: un siglo en la cámara inglesa, en el que interpretará obras enmarcadas en las Suites de Händel. Tal y como se detalla en el programa de mano del concierto: “El siglo que transita entre el nacimiento de Henry Purcell (1659) y el fallecimiento de Georg Friedrich Händel (1759) fue fundamental para la música inglesa. Las semióperas del primero y la pericia del segundo en la configuración del oratorio inglés son hitos que definen su aportación sustancial al ámbito del teatro musical. Pero también su producción camerística, vinculada a sus obligaciones en la corte, recoge la quintaesencia de su estilo. Purcell significó la culminación de los géneros propios del XVII inglés como las canciones para laúd y el consort de violas, mientras que Händel amalgamó influencias del estilo italiano en sus cantatas con los orígenes germanos en sus suites para teclado”.

Pierre Hantaï es uno de los clavecinistas más sobresalientes del panorama actual, con una carrera cimentada en el reconocimiento de su grabación de las Variaciones Goldberg, obra suprema de Johann Sebastian Bach, a la que he dedicado palabras especiales en este cuaderno digital en varias ocasiones. Amandine Beyer es una violinista francesa especializada en música barroca y con interpretaciones magistrales de Corelli, tales como sus Concerti Grossi. Escuchar ahora este concierto es un bálsamo en momentos especialmente difíciles y eso, hoy, me basta. Lo recomiendo. Siempre nos queda Corelli.

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Sheila Blanco canta a las poetas del 27

Sevilla, 8/III/2021

Para completar hoy mi participación activa en la celebración del Día Internacional de la Mujer, deseo compartir el descubrimiento de una isla desconocida, la voz de Sheila Blanco, a la que identifiqué en la banda sonora del documental emitido anoche por TVE2, Las sinsombrero, en su tercera entrega, formando parte de un proyecto muy interesante que conviene seguir con atención y respeto histórico.

Sheila, pianista, compositora y cantante, «ha convertido en canciones una selección de poemas de las mejores autoras de la Generación del 27, acompañándose únicamente por un piano, poniendo voz y ritmo a los versos de las poetas Carmen Conde, Ernestina de Champourcin, Concha Méndez, Elisabeth Mulder, Pilar de Valderrama, Margarita Ferreras, Josefina Romo Arregui y Dolores Catarinéu, «interpretando una música que ahonda en las emociones que impregnan sus poemarios y que abordan temas universales, personalizados en las vidas de cada poeta como son el amor, el dolor, el exilio, la belleza, la pena, el remordimiento».

La canción que pueden escuchar junto a estas palabras es la musicalización del poema de Josefina Romo Arregui (Madrid, 1913 – 1979), Pétalos. Quiero besarte la risa, en una interpretación delicada y de gran belleza musical, para demostrar de forma fehaciente que «sin ellas, las poetas, la historia no está completa», en todas y cada una de las vertientes que podamos imaginar, sobre todo la del respeto del papel de la mujer en la historia de la cultura en nuestro país, tan olvidado y oculto siempre. Sheila manifiesta que «En la persona de Josefina se aúnan la sensibilidad, la capacidad de trabajo y las ansias por conocer el mundo. Se doctoró con premio extraordinario en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid y llegó a impartir clase en la Universidad de NYC y más tarde en Connecticut, al ocupar la Cátedra de Lenguas Románicas y Clásicas. Fundó y dirigió durante 10 años los famosos Cuadernos Literarios, además de impartir conferencias por tres continentes y publicar diversos poemarios y ensayos. Con 19 años escribió su poemario inaugural, La peregrinación inmóvil, cuyo título es ya toda una declaración de intenciones. Es este un poemario experimental y onírico con poemas preciosistas como este “Pétalos. Quiero besarte la risa” que me enamoró desde la primera lectura. La música que le he compuesto intenta subrayar la belleza de la sencillez del poema».

Quiero besarte la risa
y sus notas cristalinas;
colgándome de los labios
parecerán campanillas;
quiero besarte la luz
que brota de tus pupilas.
¿Cómo será fría o cálida?
¿Lo mismo que cuándo miras?
Sueño mi beso estuviera
lejos del radio en que gira
lo que es, pues yo quisiera
bajo la noche tranquila
besarte lo que ninguno
hasta hoy te besaría.

En La peregrinación inmóvil, 1932.

Creo que es una oportunidad para disfrutar de un canto a la vida, un símbolo de lo que significa compartir palabras que envuelven la razón de ser de una mujer muy desconocida que a través de la poesía nos entrega hoy la belleza de la vida y su difícil peregrinar en ella. Gracias en este aquí y ahora a la generación de las sinsombrero, a Josefina, a Sheila.

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