La política al revés: suma y sigue

Al igual que Superman y Batman, los superhéroes, muchos políticos profesionales cultivan la esquizofrenia, y en ella les da superpoderes, como el timorato Clark Kent se vuelve Superman con sólo sacarse los anteojos, y como el insípido Bruce Wayne se convierte en Batman no bien se pone la capa de murciélago.

Eduardo Galeano, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

Sevilla, 13/III/2021

Cuando asumimos en la vida, siguiendo a Aristóteles, que el hombre (en sentido filosófico y universal) es un animal político (zoon politikón, en griego), cuesta mucho aceptar los reveses continuos que sufrimos en el acontecer diario ante la ausencia de políticos que hagan política con altura de miras, la de visión de Estado o la del mero compromiso ciudadano como habitante digno de un territorio, de un país, que también hace o vive la política, porque entre todos la mataron o salvaron (la verdadera política) y, a veces, ella sola se murió o salvó. Ante los hechos acecidos estos días en la Comunidad de Murcia sobre el transfuguismo de siglas de miembros de un partido que saltan a otro, que los recogen sin mucho escrúpulo, incluso para incluirlos en «su» Gobierno bajo el imperio del “todo vale”, he recordado una frase de Eduardo Galeano en El mundo al revés, que no ha perdido vigencia alguna: “No se necesita ser un experto politólogo para advertir que, por regla general, los discursos sólo cobran su verdadero sentido cuando se los lee al revés. Pocas excepciones tiene la regla: en el llano, los políticos prometen cambios y en el gobierno cambian, pero cambian… de opinión. Algunos quedan redondos, de tanto dar vueltas; produce tortícolis verlos girar, de izquierda a derecha, con tanta velocidad. ¡La educación y la salud, primero!, claman, como clama el capitán del barco: ¡Las mujeres y los niños, primero!, y la educación y la salud son las primeras en ahogarse. Los discursos elogian al trabajo, mientras los hechos maldicen a los trabajadores. Los políticos que juran, mano al pecho, que la soberanía nacional no tiene precio, suelen ser los que después la regalan; y los que anuncian que correrán a los ladrones, suelen ser los que después roban hasta las herraduras de los caballos al galope” (1).

Vuelvo a mis apuntes de un manual de supervivencia ética en tiempos difíciles. Estamos viviendo en un mundo con una clamorosa ausencia de valores (véase la muestra anterior) y, sobre todo, de ética, tal y como lo aprendí de un maestro en el pleno sentido de la palabra, el profesor López Aranguren, cuando la definía como el “suelo firme de la existencia o la razón que justifica todos los actos humanos”, que tantas veces he abordado en este blog. Estas razones nos obligan a dejar los supuestos puertos seguros en la forma que todos y cada uno tenemos de hacer política como ciudadanos y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo “político”. Navegamos en mares procelosos de corrupción y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad.

Pero a diferencia de lo ocurrido en Murcia, todos no vamos en el mismo barco de la indignidad política o de cualquier clase, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección política y social. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras. Es probable que a estas pateras éticas y llenas de dignidad y esperanza, que tienen suelo firme pero no quilla, como la cascara de una nuez, no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la indignidad política de cualquier factura, la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como los tristemente famosos hombres vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico, financiero y ético mundial, desde un rascacielos en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares de patera, para ellos procelosos.

Ante estos hechos, lo que detesto también es el abandono de la lucha en situaciones difíciles, como las que estamos atravesando ahora, en las que aquellos que estaban a veces con los que deseamos estos cambios urgentes en las políticas mundiales, europeas, nacionales, autonómicas o locales, se arrojan a un mar en el que cada vez hay menos sitio, porque dicen que “esto no tiene remedio”. Lo paradójico es que cuando se avance en la búsqueda de soluciones surcando mares diferentes que posibiliten otro mundo mejor, falte ya sitio o barco, según se mire, para recoger a los que en tiempos revueltos se tiraron al mar porque nunca quisieron buscar otras alternativas a este mundo al revés que no nos gusta.

Es verdad. No todos vamos en el mismo barco de la dignidad humana, ni somos iguales, en mi caso como mero ciudadano anónimo que hace política a diario cumpliendo con los deberes ciudadanos de este país, en un marco de dignidad humana o, en sentido contrario, los que ocupan puestos definidos en el complejo conglomerado político actual que olvidan la dignidad de su representación a través de unos votos, advirtiendo por mi parte también con claridad palmaria y como aviso para navegantes dudosos, que “todos no son ni somos iguales”. Ha llegado el momento de decir ¡basta!, para iniciar nuevas singladuras, aunque sea a mar abierto, para compartir ilusiones y construir un mundo mejor para todos. A pesar de la que está cayendo, no perdamos esta oportunidad que nos regala la vida por el mero hecho de vivir con salud en estos momentos tan difíciles y complejos. Aunque viajemos en la fragilidad de una patera, como en la cáscara de una nuez, sin quilla, justo al lado de sofisticados barcos o yates gobernados por capitanes intrépidos que “claman, como clama el capitán del barco: ¡Las mujeres y los niños, primero!» (para salvar las apariencias), sabiendo que es el último que debe abandonar el barco, pero permitiendo que la dignidad y la ética política, al igual que “la educación y la salud”, por ejemplo, sean las primeras en ahogarse.

(1) Eduardo Galeano (1998). Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Las cicatrices son las costuras de la memoria

Sevilla, 12/III/2021

Unos versos de la escritora y poeta colombiana Piedad Bonnett, Cicatrices (1), abrieron el Acto de Estado de Reconocimiento y Memoria a todas las Víctimas del Terrorismo, celebrado ayer en el Palacio Real de Madrid, en el Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo, recordando también a todas las personas que de una forma u otra lo han sufrido durante tantos años en nuestro país y con una fecha de referencia: el 11 de marzo de 2004, día del atentado de Atocha:

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

En unas bellas palabras se recuerda lo que significan las cicatrices del terrorismo, por lo que representan como historia puntual en la vida de quienes lo han sufrido, aunque también pretenden simbolizar un fin de algo que pasó. Sin embargo, hay algo que perdura en el tiempo a modo de costuras de la memoria, que nos sana dañándonos, en una contradicción existencial que nos hace sufrir mucho. Un acto como el de ayer, simboliza la importancia del tiempo para que nunca olvidemos las heridas del terrorismo, de cualquier acto -en definitiva- que prive la vida de los demás en nombre de nada y de nadie.

Quiero quedarme con algunos momentos del acto oficial que, transidos de la música y la danza, dejaron un recuerdo imborrable de cómo la cultura sana cuando la contemplamos como compañera de situaciones difíciles, para curar heridas aunque dejen siempre cicatrices. Mas allá de los discursos, música y representaciones oficiales, quiero reflejar en estas breves palabras el mensaje anterior sobre las costuras de la memoria, a través de la música interpretada por la Orquesta Nacional de España, dirigida por David Afkham, de una obra excelente como Lacrimosa, del Réquiem por Doña Bárbara de Braganza, reina de España, de José de Nebra (1758), con la participación del Coro Nacional de España.

Quizás, el momento más emocionante fue la actuación de Rubén Olmo, director del Ballet Nacional de España, como coreógrafo e intérprete de la danza “Resurgir del ave fénix”, con la música de fondo de “Amorosa”, una melodía vasca preciosa que forma parte de las “Diez melodías vascas”, de Jesús Guridi, interpretada también por la Orquesta Nacional de España. La he visto ya en varios momentos, en mi rincón de ser, estar y pensar, desde que ayer lo contemplé por primera vez y todavía guardo en mi retina el gesto de dolor permanente de Rubén Olmo, en la interpretación maravillosa del ave fénix y sus sombras, blanco sobre negro, que sabe resurgir de las cenizas en las que nos convierte a veces la vida. Inolvidable su proyección al dolor humano por los actos de terrorismo.

Ayer comprendí mejor que nunca las hermosas palabras de Piedad Bennett: Las cicatrices, pues, son las costuras / de la memoria, / un remate imperfecto que nos sana / dañándonos. A ellas me debo ahora, para curarlas como ciudadano que ama la unidad y la paz en nuestro país.

(1) Bonnett, Piedad, Cicatrices, en Explicaciones no pedidas, Madrid: Visor de Poesía, 2011.

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Ilsa Weber, la voz musical e imprescindible de una mujer en el Holocausto

Ilse Weber (dcha.) – Una de las entradas del campo de concentración de Terezín (izqda.), con la leyenda que figuraba en todos: El trabajo libera

La luna es una linterna
en el fondo negro del firmamento,
desde allí mira el mundo.
¡qué silencioso está!

Ilsa Weber, Ich wandre durch Theresienstadt (Camino por Terezín), Auschwitz, 6 de octubre de 1944.

Sevilla, 11/III/2021

Creo que tenemos muchas deudas con mujeres que han sido imprescindibles en la historia de la humanidad. Una de ellas es Ilsa Weber (1903-1944), escritora y compositora checa, una gran desconocida como tantas otras mujeres que hasta su último aliento puso el alma de la música a disposición de los que más sufrían en esos momentos dramáticos del holocausto, como enfermera pediátrica en el campo de concentración de Terezín (cerca de Praga, Bohemia-Moravia, actual República Checa, presentado ante el mundo por la propaganda nazi como un gueto judío), para entregarles lo que mejor sabía hacer: componer música que les transmitiera sentimiento feliz ante el sinsentido de lo que ocurría a su alrededor. Una consideración que debo hacer y que no quiero que pase por alto es que su apellido real era Herlinger y así figuraba en su identificación porque el apellido Weber era el de su marido, situación no inocente en relación con la mujer, que era costumbre en su país natal, región de Moravia (hoy República Checa).

Ilsa Weber fue una excelente escritora de cuentos y canciones infantiles, también cantora de nanas inolvidables, en el sentido que tantas veces he remarcado en este cuaderno digital, siguiendo a Facundo Cabral en el establecimiento de la distinción entre cantante y cantor, porque cantante es el que puede serlo y cantor el que debe hacerlo como compromiso personal. Ilsa Weber debía cantar en el gueto de Terezín: “El canto era también una expresión de su voluntad de sobrevivir [las personas allí recluidas] e incluso podía constituir un acto de resistencia. En este contexto, resistir significaba autoafirmarse, con el objetivo de contrarrestar las estrategias destinadas a doblegar a la población reclusa sometida a un trato inhumano por parte de las autoridades del campo de concentración. Se trataba de mantener la esperanza, el valor, desafiando cualquier pronóstico y conservando la voluntad de vivir, a pesar de la constante amenaza de muerte”. Ilsa Weber comprendió muy bien que el canto era una oportunidad para ofrecer esperanza a los allí detenidos: “Porque hay que poder evadirse de la realidad para soportarla, sus letras hablan de libertad, de amor, de recuerdos de infancia. Otras, en cambio, evocan la vida en los campos de concentración y el sufrimiento que estos conllevan: la separación, la pérdida de la libertad, la privación, la muerte”.

He conocido la trayectoria de esta mujer imprescindible en una actividad impecable dirigida por la Fundación Juan March a través del excelente programa preparado para el ciclo “Terezín: componer bajo el terror”, que finalizó ayer, que recomiendo leer con detalle y con la empatía suficiente para comprender qué significó la música en el Holocausto y, en concreto, el papel que jugó Ilsa Weber en su terrible experiencia: “Deportada a Terezín junto con su marido y su hijo pequeño en febrero de 1942, Weber trabajó como enfermera en el hospital pediátrico del gueto. Allí compuso numerosos poemas en checo y en alemán que cantaba a sus jóvenes pacientes acompañándose ella misma a la guitarra. En Ich wandre durch Theresienstadt [Camino por Terezín], la autora habla de la pérdida del hogar y de la libertad, preguntándose al final de la canción: “Theresienstadt, Theresienstadt, / Wann wohl das Leid ein Ende hat, / wann sind wir wieder frei?” [Terezín, Terezín, / ¿cuándo terminará el sufrimiento? / ¿Cuándo volveremos a ser libres?]. Ade, Kamerad [Adiós, compañero] es un adiós definitivo a un ser querido y constituye probablemente el último poema que Weber escribió antes de ser enviada con su familia en 1944 a Auschwitz, donde fue asesinada junto a su hijo. Su marido sobrevivió y pudo lograr reunir y publicar algunos de los poemas de su difunta esposa. Se cuenta que, camino a Auschwitz, pudieron escucharla cantar una de las varias canciones de cuna que escribió, como la que clausura este concierto”.

Adiós, compañero

[…] A menudo me has dado tu valor.
Me has sido leal y bondadoso,
dispuesto siempre a prestarme ayuda.
Apretabas mi mano
y ahuyentabas mi zozobra.
Compartíamos juntos el dolor […]

He recordado junto a la experiencia terrible de Ilsa, una película maravillosa, La vida es bella, inspirada en una historia real de un prisionero en Auschwitz, en la que pude constatar que el protagonista, Guido Orefice (Roberto Benigni), quería mostrar a su hijo Josué el lado mágico de la belleza de vivir a pesar del horror del nazismo en estado puro. Cuando él y su familia son capturados y llevados a un campo de concentración, el padre se inventa un juego para proteger a su hijo: tiene que conseguir 1.000 puntos para conseguir un carro blindado. Lo demás, hasta el final, lo recordamos con tristeza, aunque el mensaje de Guido Orefice a lo largo de la película es simple y grandioso, porque nos muestra metafóricamente que podemos ser inteligentes, extremadamente humanos, si soñamos como él en tres proyectos, a pesar del sinsentido a veces de cada día: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y sabiendo distinguir el norte del sur. También, cuidando de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta. Trabajando en el lado amable de la vida hasta el último momento, como él, compartiéndolo siempre con los demás, sobre todo con los que menos tienen.

Escucho con atención y sobrecogido una estrofa de su nana cantada a los niños y niñas que estaban con ella, caminando por Terezín, acompañados por su calor humano: “Wiegala, wiegala, wille, / ¡qué silencioso está el mundo! / Nada estorba su quietud. / Duerme, pequeño, también / Wiegala, wiegal, wille / ¡el mundo es todo silencio!”. Entre aquellos niños estaba su hijo Tomás, que siempre estuvo junto a ella, siguiendo a su padre, como Giosué, el hijo de Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella. No lo olvido.

En homenaje a Ilsa Herlinger (Ilsa Weber) y a todas las mujeres y personas que sufrieron el exterminio en el Holocausto, he querido dedicar estas palabras en la estela del Día Internacional de la Mujer, que en definitiva debe ser cada día anónimo en particular, hoy también, sin celebraciones especiales ni alharacas. También, pueden escuchar Ade, Kamerad (Adiós, compañero, citada anteriormente y que figura a continuación en una lista de canciones del holocausto con el número 8), como último poema escrito por Ilsa, para que no la olvidemos, recordando también dos preguntas suyas inquietantes de la primera canción citada, Camino por Terezín: ¿cuándo terminará el sufrimiento? / ¿Cuándo volveremos a ser libres?, que resuenan hoy como si fuera ayer (canción número 13, Wiegala). Gracias, Ilsa, por tu compromiso activo, que sigue siendo hoy un estímulo para seguir luchando, comprendiendo mejor que nunca algo que aprendí hace ya muchos años en la Cantata de Santa María de Iquique, compuesta por Quilapayún: “con el amor y el sufrimiento se fueron aunando las voluntades”.

NOTA: la fotocomposición de la cabecera es de producción propia, habiendo sido recuperada la imagen de la izquierda del programa preparado para el ciclo “Terezín: componer bajo el terror”, de la Fundación Juan March y la de la derecha, la de Ilse Weber, de Wikipedia.

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Siempre nos quedará Corelli

Amandine Beyer, violín / Pierre Hantaï, clave, Sonata para violín y bajo continuo en Fa mayor, Op. 5 nº 9, de Arcángelo Corelli (1653-1713)

Canal March – Fundación Juan March

Sevilla, 9/III/2021

He recibido un aviso para navegantes musicales en tiempos de coronavirus: siempre nos quedará Corelli. Ha sido a través de la Fundación Juan March, advirtiéndome que esta semana puedo escuchar otra vez un concierto magnífico de dos instrumentos que amo profundamente, el clave y el violín que, debido a la pandemia, he tenido que tocar sin supervisión magistral. Se trata del dúo compuesto por Amandine Beyer, violín y Pierre Hantaï, clave, que interpretaron obras de A. Corelli, F. Geminiani, A. Vivaldi, G. Tartini y J. S. Bach, en un concierto de la Fundación, el 17 de marzo de 2018, que se puede escuchar en la dirección web de la Fundación indicada bajo la imagen.

Saliendo de esta zona de confort italiano, reconociendo que “Italia fue el núcleo del desarrollo violinístico en los siglos XVII y XVIII”, debido en buena medida “a la influencia ejercida por Corelli, formado en Bolonia y protegido en Roma por el cardenal Ottoboni y Cristina de Suecia”, siendo sus Sonatas Op. 5 (1700) una de las colecciones más difundidas, la Fundación ofrece el próximo sábado 13 de marzo un concierto de Pierre Hantaï, al clave, instrumento que amo en su historia y sonido característico, dentro del ciclo De Purcell a Händel: un siglo en la cámara inglesa, en el que interpretará obras enmarcadas en las Suites de Händel. Tal y como se detalla en el programa de mano del concierto: “El siglo que transita entre el nacimiento de Henry Purcell (1659) y el fallecimiento de Georg Friedrich Händel (1759) fue fundamental para la música inglesa. Las semióperas del primero y la pericia del segundo en la configuración del oratorio inglés son hitos que definen su aportación sustancial al ámbito del teatro musical. Pero también su producción camerística, vinculada a sus obligaciones en la corte, recoge la quintaesencia de su estilo. Purcell significó la culminación de los géneros propios del XVII inglés como las canciones para laúd y el consort de violas, mientras que Händel amalgamó influencias del estilo italiano en sus cantatas con los orígenes germanos en sus suites para teclado”.

Pierre Hantaï es uno de los clavecinistas más sobresalientes del panorama actual, con una carrera cimentada en el reconocimiento de su grabación de las Variaciones Goldberg, obra suprema de Johann Sebastian Bach, a la que he dedicado palabras especiales en este cuaderno digital en varias ocasiones. Amandine Beyer es una violinista francesa especializada en música barroca y con interpretaciones magistrales de Corelli, tales como sus Concerti Grossi. Escuchar ahora este concierto es un bálsamo en momentos especialmente difíciles y eso, hoy, me basta. Lo recomiendo. Siempre nos queda Corelli.

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Sheila Blanco canta a las poetas del 27

Sevilla, 8/III/2021

Para completar hoy mi participación activa en la celebración del Día Internacional de la Mujer, deseo compartir el descubrimiento de una isla desconocida, la voz de Sheila Blanco, a la que identifiqué en la banda sonora del documental emitido anoche por TVE2, Las sinsombrero, en su tercera entrega, formando parte de un proyecto muy interesante que conviene seguir con atención y respeto histórico.

Sheila, pianista, compositora y cantante, «ha convertido en canciones una selección de poemas de las mejores autoras de la Generación del 27, acompañándose únicamente por un piano, poniendo voz y ritmo a los versos de las poetas Carmen Conde, Ernestina de Champourcin, Concha Méndez, Elisabeth Mulder, Pilar de Valderrama, Margarita Ferreras, Josefina Romo Arregui y Dolores Catarinéu, «interpretando una música que ahonda en las emociones que impregnan sus poemarios y que abordan temas universales, personalizados en las vidas de cada poeta como son el amor, el dolor, el exilio, la belleza, la pena, el remordimiento».

La canción que pueden escuchar junto a estas palabras es la musicalización del poema de Josefina Romo Arregui (Madrid, 1913 – 1979), Pétalos. Quiero besarte la risa, en una interpretación delicada y de gran belleza musical, para demostrar de forma fehaciente que «sin ellas, las poetas, la historia no está completa», en todas y cada una de las vertientes que podamos imaginar, sobre todo la del respeto del papel de la mujer en la historia de la cultura en nuestro país, tan olvidado y oculto siempre. Sheila manifiesta que «En la persona de Josefina se aúnan la sensibilidad, la capacidad de trabajo y las ansias por conocer el mundo. Se doctoró con premio extraordinario en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid y llegó a impartir clase en la Universidad de NYC y más tarde en Connecticut, al ocupar la Cátedra de Lenguas Románicas y Clásicas. Fundó y dirigió durante 10 años los famosos Cuadernos Literarios, además de impartir conferencias por tres continentes y publicar diversos poemarios y ensayos. Con 19 años escribió su poemario inaugural, La peregrinación inmóvil, cuyo título es ya toda una declaración de intenciones. Es este un poemario experimental y onírico con poemas preciosistas como este “Pétalos. Quiero besarte la risa” que me enamoró desde la primera lectura. La música que le he compuesto intenta subrayar la belleza de la sencillez del poema».

Quiero besarte la risa
y sus notas cristalinas;
colgándome de los labios
parecerán campanillas;
quiero besarte la luz
que brota de tus pupilas.
¿Cómo será fría o cálida?
¿Lo mismo que cuándo miras?
Sueño mi beso estuviera
lejos del radio en que gira
lo que es, pues yo quisiera
bajo la noche tranquila
besarte lo que ninguno
hasta hoy te besaría.

En La peregrinación inmóvil, 1932.

Creo que es una oportunidad para disfrutar de un canto a la vida, un símbolo de lo que significa compartir palabras que envuelven la razón de ser de una mujer muy desconocida que a través de la poesía nos entrega hoy la belleza de la vida y su difícil peregrinar en ella. Gracias en este aquí y ahora a la generación de las sinsombrero, a Josefina, a Sheila.

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Lo que aprendimos de Alicia

Ilustración original de “Alicia en el País de las Maravillas”, de sir John Tenniel, en el capítulo ‘Una merienda de locos”

Sevilla, 8/III/2021, en el Día Internacional de la Mujer

Delphine de Vigan es una escritora francesa que ha publicado recientemente en nuestro país una novela aleccionadora, Las gratitudes, en la que plantea algo que olvidamos con frecuencia: saber distinguir qué significa “dar las gracias” a diferencia de “agradecer”, porque mientras que en la primera reacción humana el acto suele ser casi automático, sin ninguna carga afectiva, en la segunda manifestación interpersonal se contrae algo más importante que la emoción puntual, un sentimiento, una deuda con la persona a la que le manifestamos nuestro agradecimiento más allá de las palabras rituales y automáticas, que se mantiene en el tiempo con actitudes de cercanía y de compromiso interpersonal activo: “¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda” (1).

En este Día Internacional de la Mujer, quiero agradecer a la vida, por escrito, mi experiencia personal con el ejemplo de una protagonista de un cuento, una niña llamada Alicia, en su país de las maravillas, a la que agradezco hoy todo lo aprendido de su ejemplo a lo largo de los años, a través de la lectura madura de su historia narrada por Lewis Carroll, estando de acuerdo con lo que Juan Ramón Jiménez escribía en el Prólogo de su precioso libro “Platero y yo”: “Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! […] Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.”.

En el mundo al revés en el que vivimos a diario y que me tiene últimamente tan ocupado y desconcertado, pienso que siendo adulto leí siempre, con alma de niño, el libro de Alicia en el país de las maravillas, porque era una isla espiritual en la que podía vivir como Juan Ramón Jiménez pensaba en ese prólogo que nunca he olvidado: “Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca”. Esa es la razón clara de por qué aprendí tantas cosas, siempre, de una niña fantástica, Alicia, un ejemplo para saber qué es el silencio y comprender la quintaesencia de la palabra en una frase enigmática del sombrerero: “Comienza por el principio y cuando termines de hablar…¡te callas!”, si es que no tengo algo mejor que decir que el silencio, tal y como hizo Alicia.

Es lo que comprendí en ella cuando “sentada con los ojos cerrados, casi se creía en el país de las maravillas, aunque sabía que sólo tenía que abrirlos para que todo se transformara en obtusa realidad”. Supe más tarde que aquello se llamaba el principio de realidad, en un diálogo sublime con el sombrerero: “Pero un sueño no es la realidad (Alicia). Y, ¿quién te dice cuál es cuál? (Sombrerero). Pero lo que tengo que reconocerle a la niña Alicia es algo muy importante en la vida, algo que utilicé muchas veces en mis presentaciones y conferencias profesionales: saber dónde tenemos que ir en cada momento de la vida, para no correr el riesgo de perdernos, aunque hablara en algunas ocasiones de estrategias digitales públicas que afectaban a millones de personas en Andalucía y que se tenían que desarrollar con espacio, dinero y tiempo…, públicos:

  • “ ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
  • Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar -dijo el Gato.
  • No me importa mucho el sitio… -dijo Alicia.
  • Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes -dijo el Gato.
  • … siempre que llegue a alguna parte -añadió Alicia como explicación.
  • ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte -aseguró el Gato- si caminas lo suficiente!”

Supe, llegado al ecuador de la vida, que había que estar a veces loco para seguir luchando contracorriente en la vida, frecuentando experiencias personales y laborales en las que me podían decir ¿qué hace un chico como tú en un sitio como éste?, ¡hay que estar loco! Lo descubrí, siguiendo al pie de la letra unas palabras de Alicia:

  • “Hasta ahora no he tomado nada -protestó Alicia en tono ofendido-, de modo que no puedo tomar más.
  • Quieres decir que no puedes tomar menos -puntualizó el Sombrerero-. Es mucho más fácil tomar más que nada.
  • Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca.
  • Oh, eso no lo puedes evitar. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
  • ¿Cómo sabes que yo estoy loca?
  • Tienes que estarlo, o no habrías venido aquí”.

Escucho a diario la utilización despectiva del adjetivo “loco” en locuciones diarias a nuestro alrededor del tipo “tal o cual persona está loca” por lo que piensa, escucha, dice y escribe. Lo descubrí también en Federico García Lorca, en unas palabras pronunciadas en un acto con estudiantes de la Universidad de Madrid, en 1934, presentando unos versos del poeta chileno Pablo Neruda, cuando les decía lo siguiente: “Yo os aconsejo oír con atención a este gran poeta y tratar de conmoveros con él cada uno a su manera. La poesía requiere una larga iniciación como cualquier deporte, pero hay en la verdadera poesía, un perfume, un acento, un rasgo luminoso que todas las criaturas pueden percibir. Y ojalá os sirva para nutrir ese grano de locura que todos llevamos dentro, que muchos matan para colocarse el odioso monóculo de la pedantería libresca y sin el cual es imprudente vivir”.

La locura no es una señora con un gorro de puntas de las que cuelgan cascabeles, en un nuevo acto machista por asignación de este rol pérfido a la mujer. La locura puede ser entendida en su sentido más noble como la capacidad de alternar la crudeza de la vida diaria, el mundo al revés, con el bienestar personal, mediante “lecturas especiales/ideales” de lo que está ocurriendo (2), aunque si la naturaleza humana no responde a las necesidades diarias, la gracia nunca puede presuponer lo que naturaleza no da (gratia non datur, natura dispensatur). El famoso cuento del violín, escrito por Federico el Grande, lo resume muy bien: la vida me pide, a veces, que toque el violín solo con tres cuerdas, luego con dos, luego con una [cada una, cada uno que ponga otro nombre a las cuerdas de su locura…], pero los resultados son obvios, la locura crece:

Os pido, si os place, que este cuento
Os enseñe, queridos amigos,
Que por grande que sea el talento
El arte no se basta sin los medios

Así lo he vivido y así lo cuento, aunque les aseguro que cualquier parecido de lo que le sucedía a Alicia con mi realidad nunca ha sido una pura coincidencia. De ahí mi agradecimiento como deuda, tal y como lo comentaba al principio de estas líneas, gracias a lo que una niña maravillosa me ha enseñado a lo largo de mi vida, encerrado algunas veces en una isla espiritual, desconocida para muchos, la que buscaba apasionadamente también, hace un siglo, un niño andaluz como yo llamado Juan Ramón Jiménez.

(1) De Vigan, Delphine, Las gratitudes, Barcelona: Anagrama, 2021

(2) Alberto Manguel publicó en 2006 un libro muy interesante, Nuevo elogio de la locura (Barcelona: Lumen), que nos ayuda a comprender al lector ideal de la vida, junto a otras muchas definiciones: “Robinson Crusoe no era un lector ideal. Lee la Biblia para hallar respuestas. Un lector ideal [de lecturas especiales] lee para encontrar preguntas” (los corchetes son míos).

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Un Goya para cuando se lleva el alma en un bolsillo

Sevilla, 7/III/2021

Anoche se reconoció el excelente trabajo del cine iberoamericano, en este caso con la fusión de Colombia y España, con la entrega de un Goya a una película dirigida por Fernando Trueba, El olvido que seremos, sobre la que publiqué el año pasado una reseña envuelta en palabras de Antonio Machado y Jorge Luis Borges. La ceremonia fue austera y respetuosa con la situación actual de la pandemia, con momentos brillantes como los del homenaje al mundo de los profesionales sanitarios como servidores públicos, por la presencia de una enfermera, Ana María Ruíz, creadora de la biblioteca del hospital de campaña de Ifema, que expresó algo importante: «Gracias al colectivo sanitario al que pertenezco y del que me siento tremendamente orgullosa, nuestros pacientes reciben cuidados y atención. Porque la cura no siempre es posible, pero sí lo son la compañía y el consuelo. Esta compañía y este consuelo suele tener un poder especial cuando proviene de los libros, de la música, de la danza y del cine; en definitiva: de la cultura» y como entregadora de una estatuilla a la mejor película, Las niñas, todo un símbolo del papel de la mujer en el mundo actual, en representación de todos los sanitarios que han prestado servicios esenciales a las personas que han sufrido el azote del coronavirus. También, por el recuerdo al director inolvidable Luis García Berlanga en el centenario de su nacimiento y la entrega del Goya de Honor a Ángela Molina, que pronunció unas palabras llenas de sentido y sensibilidad, como marca de su casa interior: “Recibo el premio con alegría porque sois vosotros, mis compañeros de profesión, los que os habéis acordado de mí. Tenemos que improvisar puentes que ninguna pandemia pueda arrebatarnos. […] Siempre os estaría hablando de España y de su gente, esa gente que le gusta darse, buena, leal, amiga en las horas difíciles que necesita vivir para querer y querer para vivir. Doy gracias al cine. Tal vez la vida se parezca al cine porque no disfrutamos sin los demás.

La cultura se enriqueció ayer con esta ceremonia. Agradezco, por tanto, que la Academia del Cine apueste por continuar con el espectáculo cinematográfico desde todas las ópticas posibles. También, a Antonio Banderas y María Casado, resaltando cómo el actor malagueño ha dado continuidad a la cultura en Andalucía, en su tierra natal, Málaga, al dar vida de nuevo al antiguo cine Pascualini, en una sede con 104 años de historia en la ciudad, rememorando lo sucedido en el querido Cinema Paradiso de tan feliz memoria para todos y, especialmente, para los que aman lo que hacen, cine, para hacer la vida más amable a las personas que aman la película real de sus vidas.

Vuelvo a publicar el artículo citado, Cuando guardamos el alma en un bolsillo, porque todas y cada una de sus palabras ya eran un homenaje anticipado a lo que ocurrió anoche con la entrega de un Goya a la mejor película iberoamericana. Todo un símbolo para no olvidar, siendo y estando en un mundo tan conflictivo como el actual, pero que sigue posibilitando que todos podamos guardar nuestra alma en el bolsillo más querido de nuestra vida. En aquél momento no había leído el libro, aunque días después lo compré y devoré en un abrir y cerrar de ojos. También del alma.

Cuando guardamos el alma en un bolsillo

Ha sido una experiencia especial, de las que estremece la vida, porque he vuelto a descubrir el alma de una persona en su bolsillo. Me ocurrió por primera vez el día que supe que en un viejo abrigo de Antonio Machado, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, unos días antes de su triste fallecimiento en el exilio, guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz: “Ser o no ser…”, una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: “Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”) y un verso suelto: “Estos días azules y este sol de la infancia…”. Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.

La segunda experiencia y que motiva estas palabras escritas hoy con el vértigo que siento siempre ante la página en blanco, es el descubrimiento de una historia que merece ser leída con detalle a través de un extenso artículo del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, protagonizada por una nota encontrada en el bolsillo de la chaqueta de su padre, el doctor y activista de derechos humanos Héctor Abad Gómez, el día que lo asesinaron (probablemente a manos de paramilitares), el 25 de agosto de 1987, en la calle Argentina de Medellín (Colombia), donde figuraba un poema de Borges, tal y como lo describió meses después en el Magazín Dominical de El Espectador. Fue el momento en el que dijo que el poema era de Borges. Lo que sucedió después, a lo largo de los años, es una historia muy larga de contar que propició la publicación de un libro, El olvido que seremos (1), que a su vez ha sido la base del guion de una película dirigida por Fernando Trueba y que ha sido seleccionada en la 73ª edición del Festival de Cannes, aunque no ha podido celebrarse el pasado mes de mayo por la pandemia mundial. Esta concatenación de hechos es muy sugerente, a modo de una novela no de ficción, sino de realismo mágico y trágico colombiano que tan bien trató siempre Gabriel García Márquez, aunque en esta ocasión con visión plena y triste de una gran realidad vivida y sentida en primera persona por Héctor Abad Faciolince.

EL OLVIDO QUE SEREMOS

El poema atribuido desde el primer momento a Borges, lo tiene grabado el autor del artículo en su mente y muestra de su creencia en la auténtica autoría, tan controvertida después, es que sirvió como epitafio en la tumba de su padre, recogiendo las iniciales JLB que recordaba haber visto en aquella nota que encontró en el bolsillo de su padre: “[…]el poema ahora también está impreso en mi memoria y espero recordarlo hasta que mis neuronas se desconfiguren con la vejez o con la muerte”:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Primero, le puso un título, Epitafio, hasta que con el paso de los años en el largo camino por demostrar la autoría de Jorge Luis Borges, apasionante, supo que su verdadero título era “Aquí. Hoy”. No he leído el libro que narra estos acontecimientos a modo de autobiografía novelada en tiempos de aquel suceso, solo algunas reseñas, entre las que escojo la de mi maestro, Manuel Rivas: “No sé si un libro puede cambiar la vida, pero sí que puede alterar tu reloj biológico. […] Me mantuvo en vigilia toda la noche. Es un libro con boca. La boca inolvidable de la gran literatura que ha sobrevivido a la extinción de las palabras”. Tampoco he visto la película, obviamente. Pero siento como si leyera hoy los versos de Machado y Borges, en primera persona y en directo, comprendiendo que el alma puede quedarse en el bolsillo de una chaqueta como si fuera el mejor lugar para una gran compañera en el camino de la vida: la dignidad del olvido. En el caso del padre de Héctor Abad Faciolince, muriendo también como Machado en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de la dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

Porque es verdad: desde hoy mismo ya somos el olvido que seremos y podemos guardarlo dignamente, como el alma, en nuestro bolsillo más querido.

NOTA: la imagen se ha recuperó el 6 de junio de 2020 de https://www.las2orillas.co/el-olvido-que-seremos-llega-a-cannes/

(1) Abad Faciolince, H. (2017). El olvido que seremos. Madrid: Alfaguara.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El maletín de García Lorca y su sueño de las manzanas

Tomoko Yoneda, de la serie ‘El sueño de las manzanas. F.G.L. Briefcase El maletín de Federico García Lorca, 2020.

Sevilla, 6/III/2021

El macrocosmos de la cultura está haciendo una esfuerzo prodigioso para acercarla todos los días a la ciudadanía que la esperan con ardiente paciencia, tal y como nos lo recomendó Neruda. Una manifestación de esta situación plausible es la exposición que ofrece la Fundación MAPFRE en estos días, en Madrid, sobre la obra de la fotógrafa japonesa Tomoko Yoneda, que tiene una virtud incontestable por el hilo conductor de la muestra: hacer visible lo que la sociedad arrincona como invisible por su desprecio memorable de la memoria histórica.

En la presentación de la exposición, su comisario, Paul Wombell, afirma que “En sus retratos de hermosos paisajes e interiores de edificios vacíos, la fotógrafa evoca el espíritu de acontecimientos anteriores. Sus temas principales son la memoria y cómo la historia, tanto personal como política, define el presente”. La frase final de estas palabras, bajo el epígrafe “La imagen residual”, define bien la vida y obra cultural de Yoneda: “La filósofa política Hannah Arendt ha escrito que en los tiempos modernos los seres humanos vivimos entre el pasado y un futuro incierto y debemos aprender a pensar de manera diferente sin recurrir a los modos de pensamiento más tradicionales. Sus textos han sido una gran influencia para la fotógrafa. Al igual que Arendt, Yoneda pide al espectador que mire más profundamente mientras ella crea nuevas imágenes fotográficas capaces de sugerir un futuro diferente”.

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Tomoko Yoneda, de la serie ‘El sueño de las manzanas. Colina. Vista de la ubicación del cerro del Mosquito, batalla de Brunete, España, 2019.

Lo que he podido ver de la exposición me parece bellísimo y transido en bastantes ocasiones de un dolor pleno dentro de las imágenes que reflejan aquello que pasó y hoy no queremos recordarlo. He leído todas las cartelas de las diferentes salas y me he detenido en una por su proximidad a nuestro país, a su cultura de amor y muerte, El sueño de las manzanas, un encargo de la Fundación MAPFRE a la fotógrafa de una nueva serie sobre la Guerra Civil y la figura de Federico García Lorca, representando escenarios de las batallas del Jarama y Brunete, el maletín del poeta y el mono azul que llevaba con orgullo militante durante su participación activa en “La Barraca”, con las siguientes palabras que evocan un poema precioso de García Lorca, Gacela de la muerte oscura:

“Yoneda recorre los campos de batalla de la guerra civil española, desde Granada hasta los enclaves donde tienen lugar las batallas del Jarama y de Brunete en las afueras de Madrid, en las que lucharon y murieron los integrantes de la Brigada Abraham Lincoln que atravesaron el Atlántico para apoyar la causa republicana. En la lucha feroz que se libra alrededor del cerro del Mosquito a principios de julio de 1937, mueren Jack Shirai, único brigadista estadounidense conocido de origen japonés, y el comandante afroamericano Oliver Law. La otra muerte a la que alude Yoneda en estas fotografías es el asesinato a manos de soldados del bando nacional del poeta, dramaturgo y director de teatro Federico García Lorca, acaecido en Granada un año antes. Yoneda fotografía diversos objetos y el mono azul que García Lorca lleva durante su recorrido por distintas provincias con el grupo de teatro La Barraca representando obras del repertorio clásico español. Con su mezcla de formas teatrales populares y experimentales y sus referencias a la cultura y los mitos andaluces, García Lorca desafía la ortodoxia de la representación teatral para crear el teatro de lo imposible (2019-2020 – Copias cromogénicas).

Tomoko Yoneda, de la serie “El sueño de las manzanas”. El mono de Lorca en La Barraca, 2020.

He abierto mi libro de poemas de García Lorca por la página dedicada a su gacela de la muerte oscura y he querido ver la obra de Yoneda en las palabras del poeta, imaginándome por unos momentos qué llevaría Lorca en aquél maletín en momentos cruciales de su vida y lo que vivía en su alma de secreto con su mono azul de compromiso activo con la cultura republicana, creando “el teatro de lo imposible» para algunos, pero posible para él.

Quiero dormir el sueño de las manzanas,
alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño
que quería cortarse el corazón en alta mar.

No quiero que me repitan
que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua.

No quiero enterarme
de los martirios que da la hierba,
ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.

Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que hay un establo de oro en mis labios;
que soy el pequeño amigo del viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas
.

Cúbreme por la aurora con un velo,
porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos
para que resbale la pinza de su alacrán.

Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro
que quería cortarse el corazón en alta mar.

Carlos Cano, Gacela de la muerte oscura (Federico García Lorca)

Por ahora, no necesito nada más que dormir el sueño de las manzanas, comprendiendo mejor que nunca y gracias ahora a Tomoko Yaneda, las palabras premonitorias del poeta en su sueño de lo posible y cantado por Carlos Cano: “Quiero dormir un rato, / un rato, un minuto, un siglo; / pero que todos sepan que no he muerto; / que hay un establo de oro en mis labios”. También, soñar un momento sobre el contenido de su maletín, conteniendo libros imaginarios para sus sueños de persona libre y solidaria.

(1) García Lorca, Federico, Diván del Tamarit – 1936, en Poesía completa. Madrid: Galaxia Gutenberg, 2011

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¡Dejemos el pesimismo para tiempos mejores!

Sevilla, 5/III/2021

Esta frase del título de las palabras de hoy, que todavía me quedan, la leí en una obra de Eduardo Galeano que suelo repasar con frecuencia: Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Cuenta el escritor uruguayo que “alguien, quién sabe quién”, la escribió al pasar, en un muro de la ciudad de Bogotá. Como alumno matriculado en esa escuela, sé que esa frase está incrustada en un capítulo que ayuda a entender ese mundo al revés que tanto sorprende a diario, de cuyo nombre quiero hoy acordarme: La contraescuela. Traición y promesa del fin del milenio.

En este contexto, he recordado que hace cuarenta y cuatro años publiqué un artículo en la página de opinión de un periódico de Sevilla muy combativo en la Transición, El Correo de Andalucía (7/VIII/1977), que llevaba por título Un profeta para una pintada, que reproduzco a continuación, sobre la importancia de escribir grafitis en paredes desconocidas, a modo de páginas en blanco, sobre el desencanto existencial ante el mundo al revés, algo que traduce la expresión que encabeza hoy estas líneas.

“Padecemos un fenómeno alarmante: ausencia y fuga de profetas. Casi sin darnos cuenta, el mundo asiste a un espectáculo desenfrenado de comunicación de masas donde cualquier grito de denuncia es sofocado con insistencia machacona por aquellos «a quienes corresponde». Siempre queda en el aire un sector de los que tienen que callar por desgaste multisecular. He aquí la necesidad del profeta, de hombres y mujeres auténticos que hablen en lugar de otros, de los que no se erigen detentadores de todos los poderes a costa del propio ser humano, pero que conoce la vida en profundidad y grita en favor del que se siente sofocado.

Y su ausencia se nota. El grupo, el equipo, el partido, la confesión religiosa y así sucesivamente, sacrificando a menudo a los profetas, incluso a sus profetas, por un prurito de nombre, de clase, grupo o ideología compacta. Este ha sido el «milagro español» durante muchos años: fuga de cerebros, y por qué no, fuga de profetas, fuga de inteligencia y de voluntad, de corazón. Y el país lo nota.

No hace muchos días, vi una pintada en una calle céntrica de Sevilla que me recordó esta ausencia. Decía más o menos así: «A los de vida destrozada, ¿quién los reivindica?». Es verdad. Durante la última oleada electoral este grito hecho partido no se ha escuchado, porque los de «vida destrozada» comprenden un grupo amplísimo de mujeres y hombres que combaten diariamente a vida o muerte por la existencia. Es una neurosis de conflicto crónica y crítica, donde no hay tiempo para organizarse, porque la desconfianza en el propio ser humano es su mejor bandera.

Hubo ya un rabino jasidista, Bunam de Przysucha, que intuyó la dificultad de escribir algo sobre el hombre que fuera convincente y tuviera fronteras. Al calibrar la «locura» de su empresa dijo: «Pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo». Quizá sea ésta una razón metafórica inconsciente para no atender al interrogante de la pintada, porque indudablemente el parafraseado cuestiona la esencia humana y puede «amargar la existencia» a más de uno: «pensé un día reivindicar y decidí no hacerlo». Es el momento álgido: o profecía, o silencio culpable. Sin comentarios.

Afortunadamente, la ciudad va quedando más limpia. Pero, por favor, ésta pintada que no se borre. Puede ser que algún profeta se haga presente y se quede entre nosotros…”.

Al intentar buscar salidas a mi asombro actual ante la continua manifestación de acciones y palabras del mundo al revés, cuando casi todo está patas arriba, he recordado estas palabras escritas cuando era joven y pensaba y actuaba como joven, en una etapa crucial en nuestras vidas, porque comenzábamos en este país a reconstruirlo al derecho, no al revés, a la izquierda y menos a la derecha, con la ilusión paradójica de dejar el pesimismo para tiempos mejores. Les aseguro que es la palabra que me queda hoy en mi alma desconchada como la pared de la pintada, la de un pesimista que, según Benedetti, no es más que un optimista bien informado (1).

(1) Benedetti, Mario (2001). Haiku 123 en Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Está abierta la matrícula en la escuela del mundo al revés

Desde el punto de vista de sus vecinos del pueblo de Cardona, el Toto Zaugg, que andaba con la misma ropa en verano y en invierno, era un hombre admirable:

El Toto nunca tiene frío -decían.

Él no decía nada. Frío tenía: lo que no tenía era un abrigo.

Eduardo Galeano, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

Sevilla, 4/III/2021

A mi matusalénica edad, que diría Benedetti, he decidido matricularme en la escuela del mundo al revés, porque tal y como está la cosa me convenzo, cada día más, que no entiendo casi nada de lo que pasa, aunque muchos me adviertan que lo que pasa es que no sabemos lo que nos pasa y que me tengo que convencer de que “estoy obligatoriamente obligado a entenderlo”, como aprendí en mis años jóvenes del poeta malagueño Rafael Ballesteros. La verdad es que ese aserto no me soluciona nada, probablemente porque soy un inconformista de cuidado. En el acto de la matrícula (gratuita, por cierto) me han indicado un libro de texto muy interesante, Patas arriba. La escuela del mundo al revés, de Eduardo Galeano, autor que siempre he admirado por sus lecciones de ética mundana. Me han dicho que es imprescindible llevarlo siempre encima para comprender bien el sentido de cada clase. ¿Se convertirá en un libro de cabecera?

Dicho y hecho. Abro el libro por su primer capítulo, para ir calentando motores, leyendo sin pestañear su primer apartado: Educando con el ejemplo: “La escuela del mundo al revés es la más democrática de las instituciones educativas. No exige examen de admisión, no cobra matrícula y gratuitamente dicta sus cursos, a todos y en todas partes, así en la tierra como en el cielo: por algo es hija del sistema que ha conquistado, por primera vez en toda la historia de la humanidad, el poder universal. En la escuela del mundo al revés, el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos”. La verdad es que para empezar no está mal el discurso, porque tengo que confesar que algo así me pasa casi todos los días, porque el mundo está trastocado y en permanente mudanza por tierra, mar y aire.

A continuación aborda varios epígrafes de marcado interés: los modelos de éxito, los alumnos y un curso básico de injusticia. Son tres maniobras de aproximación al mundo al revés, a título de ejemplo, que una vez leídas me han sobresaltado aún más, quizá sea por aquello del inconformismo crónico que padezco. Sobre los modelos de éxito arranca su análisis con una introducción contundente: “El mundo al revés premia al revés: desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo. Sus maestros calumnian la naturaleza: la injusticia, dicen, es la ley natural. Milton Friedman, uno de los miembros más prestigiosos del cuerpo docente, habla de «la tasa natural de desempleo». Por ley natural, comprueban Richard Herrstein y Charles Murray, los negros están en los más bajos peldaños de la escala social. Para explicar el éxito de sus negocios, John D. Rockefeller solía decir que la naturaleza recompensa a los más aptos y castiga a los inútiles; y más de un siglo después, muchos dueños del mundo siguen creyendo que Charles Darwin escribió sus libros para anunciarles la gloria”.

Cuando trata el epígrafe de los alumnos, otra vez vuelve a la carga para describir cómo es el mundo de muchos niños de hoy, es decir, su mundo al revés: “Día tras día, se niega a los niños el derecho de ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños”. La verdad es que esta visión descarnada me sirve para darme cuenta de que hay personas en el mundo que siguen pre-ocupadas (así, con guion) con lo que pasa en el mundo o en mi barrio más próximo. Describe, uno tras otro, ejemplos de lo que pasa a los niños del mundo, que puede ser hoy lo que les ocurre a muchos niños y niñas aquí en Sevilla, en la barriada del Vacie o en las Tres Mil Viviendas, en el Polígono Sur, en Amate y en Los Pajaritos: “Entre los niños que viven prisioneros de la opulencia y los que viven prisioneros del desamparo, están los niños que tienen bastante más que nada, pero mucho menos que todo. Cada vez son menos libres los niños de clase media. Que te dejen ser o que no te dejen ser: ésa es la cuestión, supo decir Chumy Chúmez, humorista español. A estos niños les confisca la libertad, día tras día, la sociedad que sacraliza el orden mientras genera el desorden”.

El tercer epígrafe, dedicado al curso básico de injusticia, me ha conmovido en una de sus primeras líneas: “La dictadura de la sociedad de consumo ejerce un totalitarismo simétrico al de su hermana gemela, la dictadura de la organización desigual del mundo. La maquinaria de la igualación compulsiva actúa contra la más linda energía del género humano, que se reconoce en sus diferencias y desde ellas se vincula. Lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años”. Lo que más me ha sorprendido es la clamorosa diferencia que expone entre ser o tener, dialéctica que ya aprendí a identificar con Erich Fromm y que ahora rescato en las palabras de Galeano: Quien no tiene, no es: quien no tiene auto, quien no usa calzado de marca o perfumes importados, está simulando existir. Economía de importación, cultura de impostación: en el reino de la tilinguería [los tontos, bobos y simples], estamos todos obligados a embarcarnos en el crucero del consumo, que surca las agitadas aguas del mercado. La mayoría de los navegantes está condenada al naufragio, pero la deuda externa paga, por cuenta de todos, los pasajes de los que pueden viajar. Los préstamos, que permiten atiborrar con nuevas cosas inútiles a la minoría consumidora, actúan al servicio del purapintismo [actitud de aparentar] de nuestras clases medias y de la copianditis de nuestras clases altas; y la televisión se encarga de convertir en necesidades reales, a los ojos de todos, las demandas artificiales que el norte del mundo inventa sin descanso y, exitosamente, proyecta sobre el sur. (Norte y sur, dicho sea de paso, son términos que en este libro designan el reparto de la torta mundial, y no siempre coinciden con la geografía)“. Una anécdota que cuenta Galeano en este epígrafe me parece de un simbolismo práctico como la vida misma: “Existe un solo lugar donde el norte y el sur del mundo se enfrentan en igualdad de condiciones: es una cancha de fútbol de Brasil, en la desembocadura del río Amazonas. La línea del ecuador corta por la mitad el estadio Zerâo, en Amapá, de modo que cada equipo juega un tiempo en el sur y otro en el norte”.

El mundo al revés que vivimos es que tenemos un problema económico muy grave en el país, que viene de antiguo, la irrupción brutal de la COVID-19, el paro galopante, el mal comportamiento de los políticos, del rey emérito y su cohorte, así como los problemas derivados de esta situación que son muchos; la sanidad pública cada vez más asfixiada en profesionales, la inversión y dotación económica insuficiente para casi todo lo que se mueve, problemas de pobreza severa y otros de variada índole social; la situación de los jóvenes cuya horquilla de fracaso social es cada vez más alarmante; también, la falta de conciencia ciudadana ante lo que está ocurriendo y, por último, la realidad alarmante de la eterna dialéctica entre educación pública y concertada, con gran menoscabo de la primera, cuando invertir en educación es la garantía de nuestro futuro.

Acabo por hoy, aunque reconozco que el Curso se está poniendo muy difícil de entender y asimilar, sobre todo porque estoy de acuerdo con la descripción del mundo al revés que hace Galeano, aunque no atisbo muchas salidas a esta situación. Ya lo comenté en este cuaderno digital el año pasado, porque él “nos invitó hace ya veintidós años a entrar en la escuela de ese mundo tan opresivo para personas que buscan otra forma de ser y estar en el mundo de todos y lo sintetizó en unas palabras, Si Alicia volviera,  que no olvido: “Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies” (1).

Hoy, me he vuelto a asomar a la ventana de Alicia y me he dado cuenta de que lo que veo y siento es el mundo en su aquí y ahora en el que me ha tocado vivir. Reconozco que entenderlo, es harina de otro costal, porque casi todo está patas arriba.

(1) Eduardo Galeano (1998). Si Alicia volviera, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.