Vicente Ferrer sigue siendo un ejemplo a seguir y respetar todos los días. Hemos recibido hoy en casa esta felicitación que quiero compartirla en plena singladura social mediante este blog, donde el eco de lo que se llama Navidad permite pensar que otro mundo es posible cuando decidimos buscar la felicidad de los demás. La de los que viven, son y están en India, en Anantapur, por supuesto, pero también la de los que tenemos muy cerca y esperan en silencio que se la entreguemos hoy, ahora, sin esperar a que les toque en su lotería de sueños. La felicidad de todos, pero sobre todo la de los que menos tienen, que también están mucho más cerca de lo que pensamos.
Una cosa importante: ésta, en concreto, todavía no se vende en Amazon …
Afortunadamente, nos queda la palabra, tal y como lo aprendí de Blas de Otero. Desde las cero horas del 21 de diciembre de 2015, el famoso día después, consenso va a ser la palabra de la nueva Legislatura, la gran protagonista. Se acabaron las mayorías vergonzantes, el bipartidismo, la alternancia, el tú más, el rodillo, el ninguneo político a la oposición, el decreto-ley como norma categórica del mal gobierno para arrasar todo lo que se considere políticamente correcto. Consenso por aquí, allá y acullá. El Congreso será conocido desde ese día como el Consenso de los Diputados.
¿Qué significa consenso? Según la Real Academia Española, el “acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos”. Si analizamos bien el lema, podemos observar que su definición está acompañada de dos palabras claves para comprenderla en toda su extensión: acuerdo y consentimiento. Será un trío de ases para los dirigentes políticos que tengan que practicarlo inmediatamente después de conocerse los resultados electorales, visto el panorama de fragmentación política que se avecina. Llama la atención que sólo admita una acepción este lema. Es rotunda esta palabra y por algo será.
También interesa conocer estas dos palabras de perfecta compañía: acuerdo y consentimiento. ¿Qué significa acuerdo? Volviendo a la Academia, sabemos que necesita siete acepciones, al menos, para comprenderla bien y sin despreciar ninguna: resolución que se toma en los tribunales, sociedades, comunidades u órganos colegiados, resolución premeditada de una sola persona o de varias, convenio entre dos o más partes, reflexión o madurez en la determinación de algo. Buen, mal, mejor, peor acuerdo, conocimiento o sentido de algo, parecer, dictamen, consejo y uso de los sentidos, entendimiento, lucidez.
Estoy convencido de que descubriremos la importancia del acuerdo sistemático en la nueva Legislatura, por consenso. Serán el Congreso de los Diputados y el Senado los escenarios adecuados para contemplar la correlación de estos vocablos. Y sabremos también qué significa el consentimiento, como acción y efecto de consentir. Tal y como ocurre en los contratos, sabremos que es la conformidad que sobre su contenido expresan las partes y, cuando tiene alcance jurídico, la manifestación de voluntad, expresa o tácita, por la cual un sujeto se vincula jurídicamente. Tres acepciones para reforzar la acción de consentir, la palabra básica en sus seis acepciones más profundas, más cercanas para comprender el consenso: permitir algo o condescender en que se haga, creer, mimar a los hijos, ser muy indulgente con los niños o con los inferiores, otorgar, obligarse; dicho de una cosa: soportar, tolerar algo, resistirlo o, lo más sorprenderte, resentirse, desencajarse, principiar a romperse. Al fin y al cabo, trasladamos al Congreso/Consenso el espíritu y la letra del acuerdo del pueblo por consentimiento (consensus gentium), de tanta tradición histórica y democrática, porque es de lo que se trata en estos momentos.
Solo he procurado ser respetuoso con lo que las palabras significan cuando se fijan, limpian y dan esplendor a la vida de las personas en este país (RAE dixit). Es lo que tendremos que aprender con urgencia a partir del día 21 de diciembre, porque nos permitirá participar en política y hacerla de una forma diferente. El Congreso de los Diputados y el Senado ya no serán lo mismo. Habrá una razón esencial: ha nacido el consenso para construir entre todos un país diferente. Es lo que debemos exigir a los que nos representan, porque con tu quiero y mi puedo, podremos buscar la verdad política de los que consentimos el consenso acordado.
… el tema 83, la democracia, el ácido sulfúrico, los ceros, el tacón, las hambres, el casamiento orgánico. De este mundo los dos sabemos poco. Y sin embargo, estamos aquí obligatoriamente obligados a entenderlo.
Rafael Ballesteros, Ni yo tampoco entiendo
Se acerca un día transcendental para el presente y futuro de nuestro país. El 20 de diciembre de 2015 es una fecha importante para ejercer un derecho constitucional personal e intransferible cuando votamos un partido político, un programa, un líder o/y una ideología. He escrito muchas veces sobre este derecho, que también es deber, por un compromiso activo con la democracia y siempre concluyo que estamos obligatoriamente obligados a votar. No cambio nada de lo que escribí el pasado mayo en este sentido, cuando nos encontrábamos en unas nuevas elecciones en Andalucía, porque estos son mis principios y a diferencia de lo que decía irónicamente Groucho Marx, aunque no gusten a determinadas personas, no tengo otros.
Ante la situación que atraviesa el país, donde hay un sentimiento generalizado de desencanto hacia la política y quienes la ejercen de forma directa, es imprescindible ejercer el derecho a votar por la opción política que mejor responda a intereses generales en los que cada persona se vea reflejada. Lo peor que podría pasar sería engrosar la lista de abstencionistas o de voto en blanco, bajo la excusa de que quien así actúa es porque no es político o política y que total para qué si todos son iguales, recursos tan simples como dañinos para un país democrático.
Creo que estamos obligatoriamente obligados a votar, por diversa razones. La primera, porque la democracia se construye entre todos y la traducción inmediata para vivir en ella es formar parte activa de su configuración que, hoy por hoy, pasa por participar en procesos electorales y ser consecuentes con lo que cada uno vota. La segunda razón estriba en ejercer la responsabilidad activa de ciudadanía, porque ser responsable es la conjunción de conocimiento y libertad. Conocimiento, porque la inteligencia es el bien más preciado del ser humano, entendida como la capacidad de resolver problemas en el día a día, considerando siempre que es lo más bello que tiene el ser humano. Guido Orefice o Roberto Benigni, tanto monta-monta tanto, el protagonista de La vida es bella, explicaba bien cómo podíamos ser inteligentes al soñar en proyectos: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y sabiendo distinguir el norte del sur. También, porque cuidaba de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta. Hasta el último momento. Y la libertad, sin ira, libertad, para dar respuestas a las cuestiones cotidianas en las que estamos inmersos en el acontecer diario. Esa es la dialéctica de la responsabilidad, conocimiento más libertad, entendida como respuestabilidad (perdón por el neologismo), quedando probado que se puede librar de convertirse en mercancía cuando se sabe distinguir valor y precio.
En tercer lugar, porque hay que pensar en el día después de las elecciones, porque detrás del voto debe haber siempre un compromiso activo con mi voto fiado a terceros que probablemente ni conozco, a través de un papel de color blanco, alargado como la sombra ética y decente que lo protege. Es decir, tengo que mantener activo el compromiso diario de mi opción a través de la participación activa, como ciudadano o ciudadana que vive en un ámbito local concreto, en la consecución de aquellos objetivos que me han llevado a elegir una determinada opción política volcada en un programa, que nunca se debe entender como flor de un día. El éxito político es para quien lo trabaja y no hay que olvidar que cuando la política se entiende así podemos ser protagonistas de la misma en mi casa, mi barrio, mi trabajo, mi ciudad, mi país o, simplemente, entre mis amigos o familia del alma. Somos, como bien decía Aristóteles, animales políticos queramos o no.
Estamos obligatoriamente obligados a entender así el voto, aunque muchas veces no sepamos comprender en el día a día político el tema 83, la democracia, el ácido sulfúrico, los ceros, el tacón, las hambres y el casamiento orgánico. Porque de lo que pasa a veces en este mundo político casi todos sabemos poco. Y sin embargo, estamos aquí obligatoriamente obligados a entenderlo. Y a votarlo.
Hoy cumplo diez años de mi presencia en la Noosfera a través de este blog, gracias a mi hijo Marcos, que me dio este barco… Es un día importante porque ha sido una experiencia extraordinaria en la que sigo comprometido a bordo de La Isla Desconocida, el barco imaginario que me regaló un día ya muy lejano Jose Saramago, a quien tanto debo, descubriendo en cada segundo vital un mundo lleno de secretos en el ecosistema de internet, de la Noosfera, tal y como lo aprendí hace ya muchos años de Teilhard de Chardin: el mundo sólo tiene interés hacia adelante y, más aún, en el mundo digital.
He escrito una declaración de principios y casi setecientos artículos, algunos en formato seriado, atendiendo al aquí y ahora de lo que me ocupaba y pre-ocupaba [sic] en el momento de enfrentarme a la página en blanco. He vuelto a leer los primeros post que lancé a este mundo mágico y me he quedado con uno por el significado especial que tuvo en su momento. Me refiero al que escribí en el primer aniversario del nacimiento de este blog, Cumpleaños de una declaración de principios, que cambiando lo que haya que cambiar, sigue plenamente vigente, porque a diferencia de una reflexión sarcástica de Groucho Marx muy famosa sobre los principios personales, mis palabras escritas en este blog siguen siendo mis principios en el mundo de todos y en el de secreto y si no gustan a los que los leen, lo siento, pero no tengo otros. Prueba de ello la encontrarán en el texto que sigue, idéntico al original de 2006 salvo pequeñas actualizaciones.
Es verdad, hoy cumplo diez años como piloto de este cuaderno de bitácora. Han ocurrido muchas cosas en tres mil seiscientos cincuenta días, en torno a la experiencia que inicié el 11 de diciembre de 2005, al asomarme a una pequeña ventana del mundo Internet y compartir las hojas escritas de mi blog escribiendo sobre pantallas en el blanco del a priori en red, con el riesgo comprometido que adquirí un día muy lejano en el tiempo, muy cercano en el alma, por la lectura compartida con Ítalo Calvino. Era una aventura hacia lo desconocido, en la clave de Saramago, aprendida de un pequeño texto fantástico, programático, paradigmático y mágico, El cuento de la isla desconocida, en el que nunca tuve duda alguna sobre el barco que me podía llevar a una isla, mejor, a muchas islas, que forman parte de un archipiélago digital, extenso y comunicado en todas las direcciones posibles. Y he descubierto que esta configuración del mundo solo es posible a través del mar digital de Internet.
Y escribo desde un puerto firme, de salida, donde he recalado hasta setecientas veces, en el ejercicio del compromiso con la esfera de la inteligencia, porque el oleaje que practico es el de la inteligencia digital. En la singladura de estos diez años he descubierto mundos con las siguientes islas desconocidas:
La inteligencia digital permite gobernar los barcos que se consiguen pilotar llamando a las puertas de las peticiones soñadas y saliendo después por las puertas de las decisiones, para navegar y descubrir islas desconocidas.
La inteligencia está en islas por descubrir pero que ya están. Así lo reafirma la ciencia y estos años me han permitido descubrir islas cerebrales que nos permiten justificar la inteligencia. El sistema límbico alojado en la parte más central del cerebro nos va a ofrecer sorpresas muy gratas para la felicidad humana cuando lo interpretamos bien y todo el mundo lo conozca. Es una isla por descubrir, científicamente hablando.
La importancia de la isla digital, en cualquiera de sus representaciones para las personas, manifiestan la necesidad de compartir el descubrimiento, porque permiten que seamos más inteligentes, más capaces de resolver problemas cotidianos, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación. Basta reflexionar sobre los beneficios del teléfono móvil y del mando a distancia.
Estoy empeñado en que muchas personas conozcan este barco (Internet) y esta posibilidad de navegar. Me emocionó el fragmento del cuento de Saramago que decía así, en un diálogo crucial entre el rey y el hombre que pide el barco, para entender este mensaje: Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas.
La experiencia del cuaderno de bitácora se enriquece con la lectura de los post. Y los lectores son la tripulación de esta nave. Y hay que conseguirla, en el terreno de los derechos para vivir, contratarla en el argot de mercado. Y aquí nace la voluntad ética de contar con personas que quieran compartir la aventura en régimen de libertad. Cuando alguien ha leído mi post y ha dejado un comentario sé que le ha interesado conocer la aventura. Más interesante me parece el lector desconocido en la clave que expongo. Tripulantes desinteresados pero comprometidos con una forma de navegar en la vida, pero a los que no conozco en su interés. Casi setecientos cincuenta mil en diez años. Y solo queremos navegar bien y seguros…
Me ha ilusionado crear un espacio denominado Género y vida, dedicado a la mujer. Cada vez que me ha dolido el daño que hace la humanidad a la mujer y que así lo he sentido, he navegado contracorriente de la vida y he gritado a los cuatro vientos del mar de Internet que algo tenemos que hacer, por pequeño que sea, para detener esta contrainteligencia humana, vinculada a los hombres que hacen daño a las mujeres, fundamentalmente porque quieren ser libres y dejar de barrer los palacios de hombres-rey. Y vuelve Saramago a escribir en su cuento: La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual.
El 10 de diciembre de 2005, contraté mi dominio (me dieron el barco…) y diseñé el cuaderno de bitácora, siguiendo las instrucciones del rey: que el barco navegara bien y que fuera seguro. Y aprendí que aunque no era un hombre de Internet, quería serlo, aprender este nuevo lenguaje de los blog, un medio que me respeta y que me ayuda a respetar a los demás, porque el lenguaje creo que lo conozco y puede ser un buen medio para hacerme a la mar digital. Y recordé una frase preciosa del cuento: todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas. Y esta isla me fascinó, por sus inmensas posibilidades por descubrir. Y me hice a la mar y desembarqué en ella. Cada día que pasaba abría con la ilusión del primer día la página de estadística de accesos. Y he descubierto que tengo deuda ética con las personas que han hecho setecientas cincuenta mil visitas a este blog, que posiblemente están todavía en las puertas de los regalos o en las de las peticiones, pero que posiblemente un día han pensado en una actitud muy inteligente, con inteligencia digital, que merecía la pena traspasar el umbral de la puerta de las decisiones para embarcar en esta nueva forma de hacerse al mar de la libertad. Porque el mundo sólo tiene interés hacia adelante. Porque la mujer de la limpieza quiere ser libre aún en lo desconocido, baldeando barcos de libertad.
Y me hice con una carabela digital, elaborada de forma colaborativa por nuevos carpinteros de ribera digital: WordPress, un sistema de gestión de contenidos que utiliza software abierto y libre. Es muy recomendable, porque sufre arreglos y adaptaciones y se curte con los aires marinos de Internet.
Me he dado cuenta que es difícil encontrar tripulación, porque mucha gente piensa que ya no hay islas desconocidas. Y por otra parte asisto al espectáculo diario de cómo se hacen a esta mar millones y millones de personas que se hacen al océano de Internet a sabiendas que el mayor coste es mantener el rumbo, día a día, para no morir en el intento. Ahora somos unos miles de millones de capitanas y capitanes, a veces grumetes intrépidos, que luchamos por buscar islas desconocidas y explorar su existencia real y efectiva.
He aprendido a lo largo de estos diez años que salir al mundo Internet, aun cuando sientas la tentación de Groucho, de querer bajarte en un momento dado del mismo, es una experiencia extraordinaria y con mucha carga vital: Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual.
Y sigo decidido a ampliar el horizonte de miras de este cuaderno de bitácora, con nuevas y blancas letras: cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas… Es lo que hicieron los protagonistas del cuento de Saramago al finalizar su microhistoria y, quizá, la tuya y la mía, la vuestra, queridos tripulantes digitales: Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma.
Gracias, lector o lectora, por haberme acompañado hasta aquí. Lejos de pararme, sigo haciendo camino al andar. Con tu quiero y mi puedo, obligatoriamente obligado a seguir comprometido con el mundo de todos y guardándome lo que entiendo por verdad porque sigo buscándola junto a la de los demás.
En Sevilla, a 11 de diciembre de 2015, un día corriente en el que hago acopio de avíos en tierra para poder navegar cada vez mejor en un mundo diseñado a veces por el enemigo.
Pensar y votar de forma responsable es a veces un asunto de locos. Los inadaptados. Los rebeldes. Los problemáticos. Los que no encajan en ningún sitio. Aquellos que ven las cosas de otra manera. No siguen las reglas. Y no tienen ningún respeto por seguir pensando y haciendo solo lo establecido. Determinados personajes políticos, determinados ciudadanos comprometidos e imprescindibles que hacen política e historia, determinados héroes, quizá anónimos todavía, puedes citarlos, puedes no estar de acuerdo con ellos, puedes glorificarlos o vilipendiarlos pero la única cosa que no puedes hacer es ignorarlos en campaña. Porque ellos, algunos en concreto, porque las ideologías no son inocentes y todos no son iguales, pueden cambiar las cosas. Ellos impulsan la humanidad hacia adelante, porque el mundo solo tiene interés cuando va así, hacia adelante. Y mientras algunos les ven como locos, nosotros vemos genios. Porque la gente que está lo suficientemente loca como para pensar que con su voto pueden cambiar el mundo, España, son los que logran hacerlo. Piensa… y vota de forma diferente.
Sobre una idea forjada en un anuncio inolvidable de Apple publicado en 1997, ante unas elecciones transcendentales en España, el próximo 20 de diciembre.
Hoy ha comenzado la campaña electoral para las elecciones generales del próximo 20 de diciembre. Como creo que existe el compromiso social a través de la escritura, tengo que hacer en este aquí y en este ahora una referencia seriada de la eñe de campaña. Dice la Real Academia Española (sigue la eñe…), que siempre limpia, fija y da esplendor a las palabras, que cuando hablamos de campaña nos referimos (en su tercera acepción) a “período de tiempo en el que se realizan diversas actividades encaminadas a un fin determinado. Campaña política, parlamentaria, periodística, mercantil, de propaganda”. Pero, ¿cuál es el fin de la actual?
Parece que es dar a conocer los programas políticos de cada partido, para alcanzar el triunfo y dirigirse a la Moncloa. Y ahí está el reto, porque hablamos de credibilidad confiada a los electores, de qué significa el voto: ¿a un programa, una persona, una ideología subyacente? Lo que es indudable es que se presenta una oportunidad y fortaleza para la democracia, no exenta de debilidades y amenazas, como todo “dafista” (estudioso y practicante del método DAFO) bien conoce.
He escrito muchas veces en este blog sobre las campañas electorales, porque he creído conveniente resaltar el compromiso ciudadano ante un momento transcendental para el país que deseamos sea del bienestar y no del malestar, como parece que se empeñan algunos. Lo decía recientemente refiriéndome a un ejemplo de político comprometido, José Mujica, en un post, En política es imprescindible decir siempre la verdad, que vuelvo a leer con la misma ilusión que lo escribí en su día: “Cuando nos convencemos que necesitamos la política para defender causas y caminos imprescindibles, la verdad también se constituye en elemento no solo necesario sino imprescindible. Vuelvo a sus palabras (1): “Pero no hay milagro, eso es pura poesía, y fantasía, tu progreso sale del trabajo, del compromiso, de la ciencia, de la seriedad, del levantarse todos los días y volver a empezar, y sentir una derrota. Y, finalmente, tengo el derecho para gritar que en este mundo derrotados son solo aquellos que dejan de luchar”. El progreso político de la sociedad sale sólo de la verdad. Aunque tengamos que reconocer con Michael Ignatieff, político canadiense que mordió el polvo de la mentira, que “Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad”. Ya lo afirmé en su momento, cuando escribí sobre el fuego y las cenizas de su trayectoria (2): “Es escalofriante el poder de esta reflexión, porque es una realidad ciudadana que emerge sobre todas las querellas más o menos criminales en torno a las personas que trabajan en política, porque muchas personas están convencidas de que en política se miente continuamente: “los políticos, mienten más que hablan”.
A pesar de todo, convendría volver al Diccionario de la Real Academia Española, para quedarnos también con la primera acepción de campaña: campo llano sin montes ni aspereza, porque la democracia debe enseñarnos siempre que en campañas electorales no existe la verdad tuya o mía sino la que buscamos entre todos en campo llano, aunque la dificultad de encontrarla estriba en que no está en un sitio sino en el alma de una sociedad justa, donde la libertad, sin ira libertad, la volvemos a cantar siempre en campaña como si fuese ayer. Por algo será. Probablemente, porque pensamos votar de forma diferente.
Sevilla, 4/XII/2015
(1) Percy, Allan y col. (2015). MUJICA. Una biografía inspiradora. Ediciones B: Barcelona.
Manuel Rivas ha publicado recientemente una novela, El último día de Terranova, en la que vuelve a hacer un canto especial a las librerías, en un país que es de bares. Voy a leerlo con el respeto que me merece este gran escritor, al que sigo desde hace mucho tiempo porque aprendo de él a ser consecuente con la sociedad para no participar nunca de silencios cómplices y porque “la literatura es resistencia”. He defendido siempre que el arte de leer es bello y me reafirmo después de escuchar a Manuel Rivas en la entrevista publicada en el último número de Babelia, recordando la primera vez que entró en una librería: “Sí, se llamaba La Poesía. Luego nos acercamos por allí. Está cerrada, pero conserva algo. Cada vez que paso por ahí pienso: “¿Por qué no me hago librero?, ¿por qué no abro La Poesía?”. Tengo una especie de culpa. En casa no había libros y le compramos uno a mi madre. Siempre se le regalaba algo para la casa —una fregona, una cafetera— y mi hermana María, que era la vanguardia, dijo que le compráramos uno porque en la niñez mi madre había leído mucho. Por casualidad. Murió mi abuela y mi abuelo se quedó con 10 hijos. Era campesino, vivía al lado de la casa rectoral y una sobrina del cura medio adoptó a mi madre, que subía al desván y se pasaba el día leyendo vidas de santos, que es lo que había, pero también estaban los poemas de Rosalía. El primer libro de mi vida fue oír a mi madre recitar a Rosalía. Ella era la boca de la literatura. Total, que nos fuimos a La Poesía y vimos un libro que coincidía bien con el presupuesto. Era un tocho; mucho mejor, un regalo más grande. Se titulaba Cinco mil años de historia. Mi madre lo abrió y, bueno, asomó de una lágrima. Nunca tuve miedo de entrar en las librerías. Si vamos es porque hay gente con la que nos gusta estar, no solo por los libros, aunque los libros también son gente”.
Mientras que inicio la lectura de esta apasionante historia en torno a la lectura, vuelvo a publicar el post que dediqué en abril de 2014 al arte de leer, que es bello. Creo que una de las ilusiones de Guido Orefice -el protagonista de La vida es bella- para ser feliz, abrir una librería, era lo único que podía ser bello en un mundo diseñado a veces por el enemigo, al que no interesa una población culta porque a lo mejor decide un día leer libros y aprender con su lectura que determinadas políticas no son inocentes en sus ideologías escritas.
Cuando se cierran librerías “se pierden miles de posibilidades de encontrarse con la realidad de la página escrita, no en blanco, participar en miles de historias que enriquecen las propias, se desvanecen miles de posibilidades de decir “gracias, por encontrarte [al autor, al librero, a la librera]” y las miles de historias quedan en la memoria de secreto de cada lector, de cada lectora… lamiendo sus conciencias».
Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella, tenía tres grandes proyectos en su vida: distinguir el norte del sur, leer a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y abrir una librería. De todo hizo un arte para vivir, para enseñar a leer las señales de la vida, porque hablar es solo cosa de personas. Leer, igual de bello. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones en relación con lo que nuestro cerebro lee.
La lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible, porque aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida.
En un país de bares, como España, que no de librerías, la lectura no es una tarea habitual. La mercadotecnia se ha apropiado del aserto de Gracián, lo bueno si breve dos veces bueno, dando igual la calidad de lo breve. La mensajería instantánea, donde WhatsApp se ha convertido en un claro exponente de la brevedad, así como los tuits, se han apropiado de la lectura por excelencia en los micromundos personales y de redes sociales. En un modo de vivir tan rápido como el actual, la lectura pausada y continua es un estorbo para muchas personas, donde el libro supone además un reto casi inalcanzable para el interés humano de supervivencia diaria.
Se acercan muchas Ferias del Libro para recordarnos la necesidad de leer adecuadamente. El libro entró hace ya muchos años en la maquinaria de la economía de mercado y así le va en muchos países. Pero la realidad de la lectura en España, según los últimos datos oficiales que se han publicado, es la siguiente, quedando como verdad subyacente en este tipo de eventos anuales:
– Los lectores frecuentes suman el 42,7% de las personas encuestadas, con una media de lectura de 11,1 libros al año.
– Los lectores ocasionales, alcanzan el 11,9%, con alguna lectura declarada al trimestre.
– Los no lectores, es decir, los que declaran que no leen nunca o casi nunca, alcanzan un porcentaje del 46,9%.
– Las mujeres (64,1%) leen más libros y revistas que los hombres (54%), que leen más prensa, cómics, webs y foros sociales.
Con estos números, se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (1).
Americanos, vienen a España gordos y sanos
Viva el tronío y viva un pueblo con poderío
Olé Virginia y Michigan
Y viva Texas que no está mal, […] no está mal. Bienvenido Mr. Marshall (1953)
Mientras más de dos millones de personas esperan un sábado particular, sin ningún color especial, para poder alimentarse con dignidad durante varias semanas, sin americanismo alguno, gracias a la solidaridad ciudadana con el Banco de Alimentos en todo el país, otros millones importan una iniciativa, Black Friday, en una respuesta compulsiva para no perder la maratón particular del consumo.
Es curioso constatar cómo el Mercado [sic] crea su propio ecosistema a nivel mundial, para crear necesidad de consumo donde no existe realmente. El síndrome de la última versión, en tecnología o en moda lista para llevar, porque nos convencemos que lo último de lo último nos estaba esperando en la estantería correspondiente un día como hoy y que lo más barato hay que comprarlo con urgencia para “no ser tontos”, según el eslogan de turno, acaba haciendo estragos en las maltrechas economías de muchas familias.
Sé que estas reflexiones se pueden interpretar como una salida de tono sobre el principio de realidad de lo que está pasando y estamos viendo, pero sigo defendiendo que no es lo mismo valor que precio de lo que realmente necesitamos, como suele confundir todo necio. Además, la dignidad de la vida sencilla está por encima de las mercancías, que a toda costa intentan vendernos los nuevos Míster Marshall que merodean por nuestro país vestidos curiosamente de negro, el color del viernes que intentan justificar como necesario para ser felices. Con su tronío y poderío, porque España… ya sabemos que no es de librerías.
Nuvole bianche. Así se llama la pieza musical de la que se han extraído fragmentos para la banda sonora que acompaña el anuncio de la Lotería de este año. Es del compositor italiano Ludovico Einaudi, que forma parte del álbum Una mattina, publicado en 2004. Creo que es un elemento esencial del anuncio, que merece la pena conocer en su desarrollo técnico, llevado a cabo por la agencia de publicidad Leo Burnett y que inserto en estas palabras. Con independencia de la finalidad del anuncio, que como la música militar nunca me supo levantar, la compañía de Einaudi es especial por su calidad y por su forma de despertar sentimientos.
Si la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor (Musica laetitiae comes, medicina dolorum), respetando este gran principio del periodo musical barroco, Einaudi sube también a los cielos de la época actual con esta interpretación, con sus nubes blancas frente al temporal que amenaza la vida con una frecuencia inusitada en los últimos tiempos.
Al igual que Justino, el protagonista del anuncio, me olvido en este momento de comprar mi participación en la lotería de navidad y escucho lo que la imaginación me sugiere al contemplar las nubes blancas, al escucharlas en su devenir continuo. Nada más, porque aunque sea por una sola vez en la vida de secreto, el mensaje subliminal del anuncio me ha situado en un mundo de sentimientos y emociones que no es el de la mercancía hecha décimo.
“Tienes prisa por escribir, / como si fueras con retraso respecto de la vida”
René Char
Con este precioso poema leído por Manuel Rivas, comenzó ayer en Madrid el Festival Ñ . La eñe sigue de moda, pero no me interesa tanto su promoción turística como la ideológica, que no debe ser tampoco inocente. El director del festival, Rivas, me ofrece todas las garantías por el compromiso activo con su oficio de escritor que nos enseña siempre a utilizar la inteligencia para hacernos pensar y ser mejores personas. El nos explicó de forma magistral en La lengua de las mariposas lo que significan los silencios cómplices, en un momento de este país que necesita inundarse de educación y cultura para comprender mejor qué está pasando. Empeñándose, con eñe, en defender las libertades y la dignidad de ciudadanos que miran siempre hacia adelante, sin volver la vista atrás, respetando el legado machadiano al que tanto debemos.
Intervino ayer Juan Goytisolo que no dejó títere con cabeza, quizá porque vio antes de entrar en la sala Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes, espacio de este encuentro, a Titirimundi, que sigue paseando los títeres con la inteligencia de aquél niño de cuatro años que buscaba Groucho Marx por todas partes: “- ¡Hasta un niño de cuatro años sería capaz de entender esto!… Rápido, busque a un niño de cuatro años, a mí me parece chino“. A Goytisolo España le parece algo más que chino cuando se declaró sin paliativos que es antiespañol y anticatalán, porque “… sólo pertenezco a la patria de Cervantes”, en una época donde nos toca vivir, dice, “falta de reflexión e ilusiones identitarias” (1).
Quizá fue Juan José Millás el que apuntó más alto con el drama de España en la actualidad, con visos de marca para mayor desgracia de todos, que no solo del dios de cada uno: “La palabra es la primera arma que muchas veces utilizan los políticos para el sometimiento, empezando por esa batalla que emprenden cada vez que pueden, pero de manera mucho más virulenta en los últimos tiempos, contra las humanidades».
Y Manuel Rivas sigue soñando que el lema de este Festival, Un lugar para abrir pasos, puede salvar a España de un encefalograma plano en la cultura oficial, algo que no ocurre en las minorías ruidosas que se buscan la vida llena de cultura fuera de circuitos oficiales, porque como al dios de Alberti no la encuentran -con este Gobierno maleducado- por ningún sitio. Quizá los pasos se puedan encontrar en estos días y grabarlos en el corazón, al leer el manifiesto firmado por Rivas:
UN LUGAR PARA ABRIR PASOS
En un tiempo de crisis e incertidumbre que tiende a corroer y vaciar el ecosistema cultural, el Festival Eñe es una apuesta por constituirse como un lugar para Abrir nuevos pasos.
Un lugar sentipensante, que transfiera a la sociedad nuevos latidos, nuevos caminos.
Un lugar de los porqués, del activismo de la libertad, de la duda y de la búsqueda.
Un lugar de reflexión, imaginación, memoria y descubrimiento.
Un lugar de la palabra en vilo,
de la crítica, de la ironía creativa.
Un lugar que convoca diversidades, de encuentros imprevistos, donde compartir identidades.
Un lugar de ebullición donde solo se cierra el paso al dogmatismo y a la indiferencia.
Un lugar de desobediencia y convulsión, para crear nuevos paisajes culturales y percibir diferentes armonías.
Sobran comentarios. Hay que escuchar muchas veces a este niño y a su padre para comprender que el mundo sólo tiene interés hacia adelante, porque el ser humano puede evolucionar con inteligencia aplicada en un mundo diseñado a veces por el enemigo. Con flores y velas cuando no comprendemos lo que ocurre, aunque estemos aquí o en París obligatoriamente obligados a entenderlo.