Ha sido un descubrimiento especial. Mi violín Odeon, de estudio, con el que he comenzado las clases de este curso, es una maravillosa caja de sorpresas o de sueños, según se contemple, aunque lo que más me llama la atención es su levedad cuando lo tengo en mis manos. La historia le ha sustraído peso, sabiamente, en la clave que aprendí un día de Ítalo Calvino: “he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado, sobre todo, de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje” (1). Como él, doy un gran valor a la levedad, aunque junto a Kundera, en su obra “La insoportable levedad del ser”, tenga que admitir la realidad de la Ineluctable Pesadez del Vivir, como condición humana que nos es común, porque estamos rodeados de constricciones públicas y privadas que terminan por envolver toda existencia.
Abrir el estuche que contiene el violín se ha convertido en un rito mágico. Estas maniobras de aproximación a un instrumento musical tan valioso, suponen el punto de partida del aprendizaje que he iniciado. Coger el violín con sumo cuidado, situarlo de forma correcta bajo el mentón, con ayuda de la almohadilla ad-hoc, sujetarlo con la mano izquierda liberando los cuatro dedos que oprimirán las cuerdas que se ordenan en un determinado formato en la partitura y tensar adecuadamente las crines del arco para frotarlas con la técnica y el arte que tengo que aprender, supone un rito fascinante.
He iniciado un viaje apasionante hacia una parte importante de mi vida, recuperando el tiempo que necesitaba para expresarme a través de la música. Sé que el camino que queda por recorrer es muy largo, pero es importante asumir la realidad del aprendizaje de la técnica necesaria para interpretar la música a través del violín y del piano, en un viaje simultáneo. Su levedad me permitirá comprender la Ineluctable Pesadez de Tocar, porque ahora es una constricción de vivir cerca de un instrumento íntimo, como lo he comprendido en la lectura apasionada de los primeros capítulos de un libro iniciático, El violín interior (2), que me ha acercado de forma consciente a este instrumento, tan complejo a pesar de su soportable levedad.
Sevilla, 14/X/2015
(1) Calvino, Ítalo (1989). Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid: Siruela.
(2) Hoppenot, Dominique (2000). El violín interior. Madrid: Real Musical.
Preludio I, Libro I, de «El Clave bien temperado» de J.S.Bach. Nicolás Gazzano
Incorporo a este cuaderno un ejercicio de la última clase de piano, en la que teníamos que hacer una reflexión libre sobre la relación del barroco con Bach. Me animó a publicarlo mi profesora, que tanta pasión pone en su trabajo y en la forma de entender la música. Pensó en la excelsa obra de Bach “El clave bien temperado” para explicarnos el esplendor del barroco, sin habernos dicho nada de esta reflexión antes de entregar el trabajo. Feliz coincidencia.
Monograma de Bach
Sin lugar a dudas el barroco es un periodo excelso en la historia de la música. Pero tiene un compositor por excelencia que resume en fondo y forma los valores de este movimiento: Johann Sebastian Bach (Eisenach, 1685 – Leipzig, 1750), que según Beethoven no debería haberse llamado Bach (Arroyo), sino Mar, por sus más de mil composiciones, su capacidad creativa en un tiempo de transición musical y una prolífica familia que ha dignificado la música.
Quizá sea su obra “El clave bien temperado”, cuyo título de 79 palabras muestra señas de identidad de la época en que fue compuesta, la que nos puede mostrar de forma explícita los grandes valores que encierra y que muestran el discreto encanto del barroco. Decía el doctor Albert Schweitzer que “el efecto impresionante que produce esta obra no es causado por su forma, ni por la estructura de sus piezas, sino por el concepto del mundo que en ellas se refleja… Ninguna obra, mejor que El clave bien temperado, nos revela tan patentemente el hecho de que Bach entendía el arte como una religión” (1). Sus cuarenta y ocho preludios y fugas suponen un muestrario artístico para compositores e intérpretes que todavía consideran hoy esta obra como el pan cotidiano de toda persona que se aproxime al piano, tal y como lo entendió Schumann.
La obra de Bach se puede dividir en tres grandes períodos bien diferenciados, marcados por las influencias y la asimilación de los estilos musicales del barroco. El primer período, el de aprendizaje y estudio, va desde 1700 hasta 1713, estando ya en Weimar. En este período, que está centrado en la música para clave y órgano y cantatas sacras, asimila y supera la música alemana del siglo XVII y principios del XVIII en el ámbito instrumental y vocal religioso. El segundo período, el de maestría, empieza en 1713, en Weimar, y acaba en 1740, afincado ya en Leipzig. En este período, después de haber asimilado y superado completamente el estilo alemán del periodo anterior, a partir de 1713 asimila y es influido por la música italiana de finales del siglo XVII y primer cuarto del siglo XVIII, cuando, cogiendo y sintetizando las características del estilo italiano (claridad melódica y dinamismo rítmico) y del estilo alemán (sobriedad, contrapunto complejo y textura interna), logra hacer su estilo personal inconfundible, adaptable perfectamente a todos los géneros y formas de su tiempo menos el género de la ópera.
El último período de su música va desde la publicación de Clavier-Übung III en 1739 y acaba con la muerte del compositor en 1750, componiendo El arte de la fuga. En este período, se centra significativamente en la música instrumental, como haría más adelante Beethoven, y su estilo personal se vuelve más contrapuntístico, con una leve influencia de la nueva música galante naciente en aquellos momentos (2).
Su gran pasión fue la enseñanza musical, representada de forma especial en El clave bien temperado, donde el papel del instrumento preferido, el clave, ocupa un lugar especial, sin dejar atrás los seis complementarios: el órgano, las cuerdas, el violín y las flautas (dulce y travesera), la voz humana y el coro. Una de las mejores representaciones de la enseñanza que preconizó de forma especial Bach, se encuentra en un cuadro extraordinario de Vermeer, La lección de música, donde se contempla un virginal que toca una joven, en el que figura una inscripción en su tapa, tan del gusto del barroco: Musica laetitiae comes, medicina dolorum (La música es compañera en la alegría y medicina para el dolor), que era todo un programa didáctico para los que deseaban aprender a tocar un instrumento tan completo como el clave y su proyección majestuosa en el órgano.
Portada de “El clave bien temperado”, con el título de 79 palabras…
¿Qué significa el temperamento bien afinado?: “… se refiere al tipo de afinación de los instrumentos musicales, incluida la voz humana. Las primeras formas de afinación eran las pitagóricas (o las de Aristógenes), en que la escala se dividía en doce partes desiguales matemáticamente perfectas por la regla de 3:2. Pero esos instrumentos sólo permitían ejecutar obras muy sencillas en una sola tonalidad, ya que en otras tonalidades sonaban terriblemente desafinadas (se generaban desagradables armónicos). Con el paso de los siglos, los instrumentistas trataron gradualmente de destemplar algunos intervalos de la escala (especialmente el tercer grado), para permitir que una obra se pudiera tocar en otras tonalidades (para facilidad de los cantantes). El «temperamento bueno» fue el que en la época de Bach permitió en mayor grado esa capacidad de ejecución en muchas tonalidades. Aunque el «temperamento bueno» es una evidente mejora barroca a la afinación griega antigua, de todos modos, para un oído moderno, las obras se siguen oyendo claramente desafinadas” (3).
Esta obra colosal nos muestra una aportación grandiosa del barroco: la música, tal y como la conocemos hoy, ha sido capaz de comprenderse a sí misma a través de 21 sonidos diferentes que permiten tocar una escala musical y así sigue expresándose contemplando también los siete semitonos ascendentes (sostenidos) y sus siete semitonos descendentes (bemoles). ¿Por qué, entonces, utilizamos una escala limitada a doce sonidos cuando es posible obtener veintiuno? Por una razón simple, casi banal: la necesidad práctica de adaptar el teclado a las dimensiones y anatomía de una mano humana, ya que de otra manera no podríamos tocarlo (4).
Musica laetitiae comes, medicina dolorum. Efectivamente, la música está cerca de la alegría, pero en la dialéctica de la vida siempre está también cerca del dolor, de la tristeza, fiel reflejo de la complejidad de la vida. Así lo siguen reflejando hoy día en este tipo de instrumentos barrocos los artesanos holandeses que fabrican los diferentes modelos de cuerda pulsada con una púa de pluma de ganso, de cuervo o cóndor (llamada plectro), según el patrón artístico reflejado por Vermeer. Para que valoremos las aportaciones de la dialéctica de la razón de la razón y de la razón del corazón a través de la música, tal y como nos lo enseñó Bach. Una clave… bien temperada en un periodo excelso: el barroco.
Puerta de Papageno en el Teatro sobre el río Viena. Fotografía de Marcos Cobeña Morián.
Mozart eligió un teatro enclavado en un barrio humilde de Viena, junto al río del mismo nombre, del que hoy solo queda el vestigio de una de sus puertas, la de Papageno, para ensalzarlo como héroe muy humano, pegado a la tierra, protagonista al fin de la ópera magna que estrenó allí deliberadamente, La flauta mágica, tan controvertida como su autor, lejos de los oropeles y lisonjas del Rey y del Obispo inquisidor, que tanto detestaba.
Me ha maravillado siempre el fondo y forma de esta ópera y la dialéctica que muestra enfrentando al encantador de pájaros, junto a su carillón alegre, con la Reina de la Noche. Representa de forma magistral la vida misma, donde el amor triunfa frente al mal humano. Indudablemente, ya había marcado Papageno en el siglo XVIII una nueva forma de entender la vida y la muerte cortesana y popular, en una dialéctica claramente diferenciada a favor de los más humildes, de la sencillez posible en todos los actos trascendentales de la existencia humana. Representaba la otra orilla de la vida, en su particular teatro de barrio, diseñada casi siempre por la forma de existir en el mundo desde la visión regia o eclesiástica y con escasa sensibilidad democrática.
Publiqué en 1987 un libro que llevaba este hermoso título, Teatro de barrio, donde Mozart estaba presente en todas y cada una de sus páginas. En las candilejas del libro, escribí que era “el resultado de una reflexión vinculada a la existencia del periódico «La Noticia de Huelva». A lo largo de cuatro meses del año 1984, aparecieron diecinueve artículos bajo el título genérico de «La flauta mágica», en homenaje al giro copernicano que Mozart imprimió a la existencia culta de la época, en un esfuerzo encomiable por vibrar con el pueblo auténtico, en la espera/esperanza de ver cantado y representado el amor sencillo de cada día. No hubiera sido posible escribir en clave mozartiana sin la vivencia, también diaria, de aquel periódico querido. Esta publicación quiere ser un homenaje a cuantas personas se esforzaron en el cada día de su aparición, porque en toda representación teatral o publicación diaria lo importante es el esfuerzo conjuntado, «sinfónico», de los que hacen posible la lectura de la partitura, en este caso, en clave de esperanza y creencia en el hombre, la sociedad y la naturaleza”.
Juan Cobos Wilkins, amigo del alma, escribió el prólogo con un título mágico, Desde la concha del apuntador, que son las mejores páginas del libro, donde finaliza su excelente presentación con palabras de respeto reverencial a Mozart: “La grandeza y servidumbre de la palabra están en el justo o manipulado uso de su esencia: el hombre canta en la flauta que encanta a la cobra que hipnotiza a los hombres que callados, en círculo, contemplan. La flauta es mágica. Y bífida: como en Mozart o como en Hamelin. Y Cobeña lo sabe, pero sabe también que el poder de su música se deshace -igual que el círculo de silentes que rodean al ofidio y al encantador- en cuanto se interrumpe la melodía. Que no cese, por tanto, la música de esa flauta que en este caso –y a diecinueve pruebas me remito- no sonó por casualidad. Que desde su concha de teatro de barrio el apuntador que desea hallar el nombre exacto de las cosas lo encuentre y lo comparta. Pues como el autor de estos artículos dice en la, para mí, más hermosa frase de todos ellos: «La experiencia terrible del paraíso no radicaba en la manzana, sino en la soledad humana»”.
He vuelto a tocar en mi piano digital, con registro de clave, el Allegro en Si bemol mayor de Mozart (KV 3), buscando desesperadamente a Papageno en su alma de secreto. Sólo lo he encontrado en su puerta del teatro junto al río Viena, cubierto de plumas y con su inseparable jaula para meter/sacar los pájaros encantados, sin saber nunca a qué tipo de pájaros –uccellaci o uccellini, pasolinianos- se estará refiriendo en su larga andanza festiva hasta nuestros días.
Comienzo hoy una nueva serie de artículos siguiendo el hilo conductor de mi aprendizaje actual del arte de tocar el piano y el violín. Voy a recuperar en sus primeras hojas los artículos que he escrito durante estos diez años acerca de la música en sus diferentes contextos, con respeto reverencial a Mozart, porque me enseñó a cuidar como oro en paño el compromiso personal y profesional de forma muy activa a través de la música.
Hoy, vuelvo a publicar el post que escribí el pasado 9 de septiembre, porque simboliza muy bien lo que pretendo conseguir en mi vida actual aprendiendo a tocar en simultáneo el piano y el violín. A partir de ahora, voy a escribir en este cuaderno en clave sobre el arte de tocar un instrumento, donde las escalas musicales me brindarán una forma diferente de ensalzar el maravilloso poder que tenemos en nuestras manos, personales e intransferibles, para acariciar escalas que nos permiten subir a los cielos que vivieron compositores de los que ahora estoy muy cerca: Albinoni, Bach, Schumann y, obviamente, mi querido niño Trazom, Mozart para todos cuando se lee su apellido al revés, como gustaba firmar en momentos especiales de su azarosa y corta vida.
Admiro el simbolismo de la música. Cada día descubro un mundo nuevo al aproximarme al teclado o al arco y mástil del violín, para conocer mejor su alma. Es una experiencia única que me regala la vida y en la que estoy inmerso por los sentimientos y emociones que me ofrece. He descubierto la riqueza sonora del clave, el instrumento tan querido por Bach y Mozart en sus años de éxito sonoro, asimilando a diario algo que ha perdurado a través de los siglos: Musica laetitiae comes, medicina dolorum, es decir, la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor. En esta clave escribiré día a día, cuando sienta la necesidad de transmitirlo.
Hoy he vuelto a tocar en mi piano digital, con registro de clave, el Allegro en Si bemol mayor de Mozart (KV 3), que compuso cuando solo tenía seis años. He tardado un mes en interpretarlo con la ilusión que despierta en mi mente cualquier obra del niño Trazom (Mozart al revés), como a él le gustaba firmar en cartas escritas con la grafía de su alma compleja que nos ha llegado hasta nuestros días. Es asombrosa su obra con tan corta edad, pero su virtuosismo traspasaba fronteras en viajes frenéticos auspiciados por su padre, que pacientemente transcribió en un cuaderno dedicado a su hija Nannerl, en el que figuraba la preciosa obra iniciática del niño prodigio a quien tanto admiro.
En un cuadro extraordinario de Vermeer, La lección de música, se contempla un virginal que toca una joven, en el que figura una inscripción en su tapa, Musica laetitiae comes, medicina dolorum (La música es compañera en la alegría y medicina para el dolor), que es todo un programa didáctico para los que aprendemos a tocar un instrumento tan completo como es el piano. Efectivamente, la música está cerca de la alegría, pero en la dialéctica de la vida siempre está también cerca del dolor, de la tristeza. Así lo siguen reflejando hoy día en este tipo de instrumentos barrocos los artesanos holandeses que fabrican los diferentes modelos de cuerda pulsada con una púa de pluma de ganso, de cuervo o cóndor (llamada plectro), según el patrón artístico reflejado por Vermeer.
Hoy me lo ha recordado Vargas Llosa en un artículo comprometido con la actitud del maestro Daniel Barenboim, el extraordinario pianista y director de orquesta, que desde hace muchos años vive un compromiso activo con el necesario entendimiento palestino-israelí, a través del proyecto West-Eastern Divan Orchestra, con raíces andaluzas, que tanto aprecio también: “Mi admiración por Barenboim no es solo por el gran instrumentista y director; también por el ciudadano comprometido con la justicia y la libertad que, a lo largo de toda su vida, ha tenido el coraje de ir contra la corriente en defensa de lo que cree justo y digno de ser defendido o criticado”.
Cuando estamos asistiendo a un dolor mundial que se amplifica por días a través de las imágenes que recibimos a diario de los que huyen de guerras y luchas encarnizadas sin sentido alguno, he recordado estos testimonios de músicos que están cerca de la alegría y del compromiso social activo, como era el caso de Mozart o el de Barenboim hoy día; pero también del dolor, como demostró el pianista salzburgués a lo largo de sus treinta y cinco años de vida, estrenando su ópera magna, La flauta mágica, en un teatro de barrio y nos en los auspiciados por la Corte o la Iglesia, con quienes se enfrentó por su falta de sintonía con la vida real del pueblo austriaco, o siendo boicoteado por su propio país Israel, como es el caso del director argentino, pero de alma israelita, palestina y española.
Abro imaginariamente mi piano y busco la inscripción pintada por Vermeer: Musica laetitiae comes, medicina dolorum. Toco los treinta compases de la obra iniciática de Mozart y pienso en el tren húngaro, con viajeros pakistaníes, afganos, sirios e iraquíes, migrantes hacia alguna parte, que ha sido recibido esta tarde en Salzburgo, camino de Alemania, entre vítores del pueblo austriaco. Como le gustaría a Mozart que hicieran sus paisanos, enseñándome a amar la música como escuela de compromiso con la alegría y el dolor humano. Como me lo recordaría también Barenboim en su próxima visita comprometida con Andalucía.
Ha sido una noticia de las que pasan desapercibidas para casi todo el mundo. Una experiencia localizada en Facebook, demuestra que cuando a los niños y niñas se les refuerza positivamente diciéndoles lo que hacen bien y no sólo lo que hacen mal, la vida les puede sonreír casi siempre. Además, marcándoselo en verde y no en el rojo tradicional de mi infancia. El rojo es el color asociado a las prohibiciones o a lo que una vez hicimos mal y no lo olvidaremos jamás. Basta con recordar todos los días este color en el semáforo de nuestras rutas de costumbre. El verde siempre es vía libre, el rojo nos para en seco por imperativo categórico, legal, introyectado en todos los planos de la vida desde nuestra infancia.
Una madre rusa, Tatiana Ivanko, ha hecho algo muy sencillo pero rompiendo esquemas históricos: “En el año 2013, la redactora del blog ruso Real Parents publicó una entrada en la que explicaba cómo enseñaba caligrafía a su hijo marcando con bolígrafo verde sus aciertos en vez de utilizar un boli rojo para remarcar sus errores. Traducido al castellano a finales del pasado mes de septiembre por páginas web como Genial o Rolloid, el método no ha parado de circular por Facebook, alcanzando más de 51.000 compartidos en algunas publicaciones (1).
Sabemos que los refuerzos positivos son imprescindibles en un mundo diseñado a veces por el enemigo. Las pequeñas cosas, aquellas que todos los días hacemos bien, podríamos marcarlas sobre todo con el color verde, aunque fuera de forma virtual. Los que nos rodean agradecerían siempre que miráramos la vida desde esta óptica, utilizando el color verde como el color maestro para vivir dignamente: “La autora cuenta que marcando con bolígrafo verde las mejores caligrafías «la fuente de motivación es completamente diferente: ya no intentamos evitar los errores, sino que nos esforzamos por repetir lo que está bien», explica. «Parece lo mismo, pero hay un cambio en la estructura del pensamiento».
Efectivamente, es un pensamiento estructural en rojo y verde que marca nuestras vidas, como el azul y el rosa que todavía perdura. Podemos intentarlo haciéndonos de un cuaderno de notas en el que destaquemos solo en verde todo lo que hacemos bien cada día. Nos sorprendería ver que no reforzamos o nos refuerzan muy poco lo que hacemos bien, aunque en edad adulta tendríamos que aprender a elegir el color que debería teñir nuestras vidas, sin tener que depender de los demás.
No se ha descubierto ninguna piedra filosofal sobre el refuerzo positivo, pero la noosfera nos ha recordado algo muy importante: no debemos estar ciegos ante el color verde y lo que significa. La dualidad rojo-verde puede a llegar a marcar nuestras vidas y la decisión de optar por reforzar uno de ellos dependerá siempre del color del cristal por el que contemplemos los actos humanos, que no es un acto inocente. Nada más.
¿Quién no ha visto alguna vez en su vida el cuadro de Munch más robado en la historia de la cleptomanía pictórica, El grito, en cualquiera de sus versiones? Esperábamos contemplar alguno en la exposición temporal que se inaugura mañana en el Museo Thyssen-Bornemisza, en Madrid, pero no se han incluido en el fondo que se podrá disfrutar en esta interesante muestra de los sentimientos y emociones del pintor noruego. Me ha impresionado siempre esta expresión del grito que, según el artista, surgió como reflejo plástico de lo que escribió en su diario personal hacia 1892: Paseaba por un sendero con dos amigos – el sol se puso – de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio – sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad – mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza.
Estamos en una sociedad de gritos constantes, sobre todo de los más débiles, pero también de los mal educados para la ciudadanía, por definición, porque no saben dialogar preguntando y después escuchando atentamente lo que dicen los demás, en una actitud machadiana por excelencia. Me quedo con la expresión de Munch: un grito infinito atraviesa la sociedad que no nos gusta, salvando lo que se pueda salvar, pero sin la capacidad para expresarlo con su alma de artista, atormentada por la locura de vivir a pesar de sí mismo. Y comenzamos a andar de aquí para allá, yendo del timbo al tambo, que nos enseñó García Márquez, desesperadamente, abriéndonos paso como podemos entre los gritos cercanos y lejanos que nos rodean.
Los gritos de Munch no se sentirán ni escucharán ahora en Madrid. Pero siempre podremos recuperarlos de la memoria de hipocampo de cada uno, de cada una, cuando queramos simbolizar el cansancio de vivir o representar aquello que nos duele especialmente. Mientras, podremos pasear virtualmente por el Thyssen buscándolos también desesperadamente. Aunque lo único que encontremos sean arquetipos emocionales y obsesiones existenciales de los que todavía no nos hemos bajado del mundo, tales como melancolía, amor, deseo, celos, ansiedad, enfermedad, o muerte, a través de las expresiones pictóricas de una persona que amó, sufrió y gritó… mucho representando en sus obras modelos de manifestaciones no inocentes de su realidad.
Sus detractores piensan que hasta un niño de cuatro años podría haber pintado esos cuadros del grito, pero sólo la inteligencia de Groucho Marx nos ayudaría a buscar a ese niño, posiblemente yuntero, iraquí, palestino, afgano o sirio, porque no lo encontramos fácilmente en un lugar del alma, de la persona de secreto: “Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cuatro años podría entenderlo. ¡Que me traigan un niño de cuatro años!”. Sólo así comprenderíamos por qué Munch temblaba de ansiedad aquél día de 1892, cuando oyó un grito infinito y lo pintó como un arquetipo ejemplar y para la posteridad, de su azarosa vida de todos y, fundamentalmente, la de secreto. Muerto de cansancio existencial.
Escribí un post en 2007 sobre la realidad social de Cádiz, Canción triste de Cádiz Street, afectada en ese momento por los cambios “climáticos” de Delphi, arrastrando la dialéctica del dolor y de la alegría para vivir, para su libertad. Esta semana, aunque con polémica absurda e innecesaria incluida por el gesto maleducado, no inocente, con el alcalde de la ciudad por no ser tenido en cuenta, a tiempo, en el acto protocolario de la inauguración del nuevo puente de la Constitución de 1812 o, con la denominación popular, de la Pepa, me ha recordado una idea que aprendí un día de un ingeniero romano excelente, Cayo Julio Lácer, el autor material del puente de Alcántara (al-qantara: el puente, en árabe), en Cáceres, al expresar de forma rotunda que “la grandeza misma del arte es superada por la grandeza de la obra” (ars ubi materia vincitur ipsa sua). Sería una gran lección en estos días que el mundo político de este país demostrara que la grandeza misma del diálogo en abstracto, que también es arte, puede ser superada por la grandeza del diálogo real, sincero y comprometido con los derechos y deberes ciudadanos de una provincia tan castigada por el paro. Aunque sea ahora por el símbolo arquitectónico de esa gran obra.
Puentes, puentes, puentes. Sería una buena forma de completar una nueva inscripción mundial para los derechos humanos compartidos que recogiera también en el nuevo puente gaditano las palabras que seguían al primer aserto comentado: el ilustre Lácer, con divino arte, hizo el puente para que durase por los siglos mientras dure el mundo (Pontem perpetui mansvrvm in secula mvndi). O lo que sería lo mismo: los ilustres mandatarios políticos que lo han hecho posible, una vez demostrado que el diálogo supera el arte de hablar y callar, deberían ayudar a construir día a día la democracia para que dure por los siglos en la perpetuidad de nuestro país. Recordando siempre el nuevo puente de Cádiz, por supuesto. Necesario o innecesario: esa es otra cuestión.
Uno se cree
Que las mató
El tiempo y la ausencia.
Pero su tren
Vendió boleto
De ida y vuelta.
Aprendí a amar a Cataluña de un catalán sin ambages, Joan Manuel Serrat, que nos trajo siempre aires de libertad cuando este país te helaba el corazón. Ahora, a escasas horas de unas elecciones que se quieren convertir en plebiscitarias, me gustaría recordar aquellas pequeñas cosas que hoy son muy grandes por la ceguera de unos y la terquedad de otros. Aquellas actitudes catalanas que siempre caracterizaron a este territorio que forma parte de España atendiendo a la Constitución, que es una gran cosa. Siempre decíamos que había que aprender de Cataluña porque a diferencia de Euskadi hablaban democráticamente de sus señas de identidad, de su singularidad, sin recurrir a medios violentos. Nos parecía hasta bien, porque eran demócratas. Sabíamos también, que eran unos maestros en manejar el dinero y sus circunstancias. Otra pequeña cosa que les caracterizaba y de las que incluso hacíamos chistes sin compasión, aunque los admirábamos por los rincones. Cuando visitábamos esa gran ciudad que es Barcelona, decíamos siempre que aquella ciudad sí que nos hacía sentirnos europeos. Y en tiempos pretéritos, Cataluña nos abrió las puertas a la libertad que encontrábamos en Francia, aunque fuera para morir, como Antonio Machado. Pequeñas cosas que hoy son muy grandes. El tren de su forma de ser y sentir, catalanas por supuesto, nos vendió siempre boletos de ida y vuelta. Porque no las mató el tiempo y la ausencia… de cordura política.
Son aquellas pequeñas cosas,
Que nos dejó un tiempo de rosas
En un rincón,
En un papel
O en un cajón.
Aquellas pequeñas/grandes cosas, depende del color del cristal con que se miren, nos han dejado en muchísimas ocasiones tiempos de rosas, de éxitos, de reconocimiento mundial de sus grandes personajes, de su forma de diseñar ciudades mejores, industrias que eran y son locomotora del país, de un mar Mediterráneo al que todo el mundo canta, porque en el que baña a Cataluña muchos han jugado en sus playas y quizá sigue escondido aún su primer amor tras sus cañas. Pero muchos políticos fueron dejándolas en el olvido, en rincones, papeles y cajones de despachos públicos sin hacer concesión alguna al diálogo constructivo para ofrecer respuestas a sus peculiaridades, a sus pequeñas cosas políticas de su gran singularidad. A lo sumo, cambios apresurados constitucionales pero siempre en torno al poderoso caballero don dinero, cuando la auténtica cuestión no era sólo esa precisamente.
Como un ladrón
Te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan
A su merced
Como hojas muertas
Que el viento arrastra allá o aquí,
Y la peor seña de identidad de Cataluña, la intransigencia a cualquier precio, sin miramiento alguno, estaba detrás de la puerta, porque ya no eran pequeñas cosas, ya se convirtieron en grandes. Ahí es donde radica el auténtico problema. La rabieta del que no es escuchado se convierte en grito de independencia de algo y alguien que no te está atando sino que forma parte de una estructura de Estado que con otra decisión de Estado y sólo así, se entiende. No se hicieron los deberes democráticos y así hemos llegado hasta aquí. Ahora, gran parte de Cataluña y de España está a merced de quien estaba detrás de la puerta. Por cierto, los miles y miles de personas que no les gusta su forma de formar parte de España tienen la legitimidad de la discrepancia, pero siempre que respeten las reglas del juego democrático. Las elecciones del 27 de septiembre son unas elecciones democráticas para elegir un Gobierno en la Comunidad de Cataluña, pero no un plebiscito para alcanzar la escisión del país al que pertenecen.
Que te sonríen tristes y
Nos hacen que
Lloremos cuando
Nadie nos ve.
Tengo la impresión que horas antes de este día tan importante para España y Cataluña, por este orden, las pequeñas cosas políticas que ahora son ya demasiado grandes, nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve. Muchos catalanes, a los que me uno hoy sintiéndome catalán de razón y corazón, recordamos estas palabras de otro catalán excelente, Serrat, del que tanto hemos aprendido a cantar cosas importantes de la vida cuando casi nadie nos ve.
Guido Orefice, el gran protagonista de La vida es bella, tenía tres grandes proyectos en su vida: distinguir el norte del sur, leer a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y abrir una librería. De todo hizo un arte para vivir, para enseñar a leer las señales de la vida, porque hablar es solo cosa de personas. Leer, igual de bello. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones en relación con lo que nuestro cerebro lee.
He conocido una historia preciosa que ha sucedido en una librería de Sevilla, La casa tomada, porque una vez una persona tuvo el sueño de Guido Orefice: abrir una librería: “Un microrrelato de Mª José Barrios copiado a mano por Marta González para colocar en nuestra puerta, que seguro que hemos compartido por aquí más de una vez. Una foto improvisada de nuestro amigo Juan Antonio Hidalgo que desde hace una semana nos encontramos por todos lados, con miles de comentarios, “me gusta”, retuiteos y compartidos en redes sociales… y hoy nos topamos con esta noticia. No es la primera vez que el cuento se comparte en Internet, si bien es cierto que en esta ocasión ha tenido una repercusión sin igual. La única nota amarga, que no llega a empañar la alegría de las libreras, es que en la mayoría de los casos no se cita el nombre de la librería ni de la autora del microrrelato. Tampoco el cartel lo incluye, ya que su intención nunca fue la de llegar tan lejos, sino tan solo la de provocar la sonrisa de los clientes”.
María José Barrios nos ha traído una reflexión, abriendo una librería, con nombre y apellidos, al mundo de la Noosfera. Ha cumplido el mejor sueño con una microhistoria del Sur, que también existe, muy bella. Desde La casa tomada… por Internet.
José Mujica, el expresidente uruguayo, tiene un sitio especial en esta “Isla
Desconocida”, en la amura de babor, porque en su viaje existencial en la política no es nunca inocente el lugar que ocupa. El sábado pasado estuvo en Madrid en un acto promovido por la Fundación Telefónica, en el que se presentaba un libro que refleja muy bien su vida de compromiso activo, Una oveja negra al poder. Pepe Mujica, la política de la gente, que recoge más de cien horas de conversaciones muy cercanas e institucionales, políticas e íntimas, personales y telefónicas.
Conviene escucharle con atención en el vídeo que encabeza este post para aprender su forma de hacer política, tan necesaria en este tiempo. Solo queda agradecerle que siga con la ilusión de ser feliz contando a los demás su propia historia política y su forma de ser y estar en el mundo. No confunde, como todo necio, valor y precio, demostrando con sus hechos, que son amores, que necesitamos su garantía ética y no sólo buenas razones.