¿Hasta cuándo hablan los demás si ya hemos hablado nosotros?
Pablo Neruda, El libro de las preguntas, XI
Sevilla, 8/V/2023, (publicado en la serie original, Preguntas de Mayo, el 27/V/2021)
Quien hojea este cuaderno sabe que tengo un respeto reverencial al silencio, aprendido por muchos reveses de la vida y porque he sentido cansancio existencial al haber escuchado a la altura de mi película vital determinadas cosas que hubiera preferido no escucharlas nunca. Me gustaría hacer un paralelismo de la pregunta de Neruda y cambiar la palabra hablar por callar: ¿Hasta cuándo callan los demás si ya hemos callado nosotros? Creo que sería una buena respuesta sintetizada en el silencio y en el diálogo como corolario suyo, tal y como lo expresó de forma magistral Antonio Machado: para dialogar, preguntad primero; después… escuchad. Pero ahora no es así, porque hablan los demás, hablamos nosotros y asistimos a una nueva Babel en la nueva normalidad, repitiendo los mismos fallos que en la antigua, porque hablamos y hablamos pero no nos entendemos. Ni los de arriba, ni los de abajo, ni los de la derecha, ni los de la izquierda. No hay forma humana de entendernos cuando estamos obligatoriamente obligados a hacerlo, como nos lo recordaba en mis años jóvenes el poeta Rafael Ballesteros, en una composición, Ni yo tampoco entiendo, que la hizo popular el grupo Aguaviva y que lo sintetizaba en una frase que tengo grabada en mi persona de secreto: De este mundo los dos sabemos poco.Y sin embargo, estamos aquí, obligatoriamente obligados a entenderlo.
Este país va por unos derroteros de hablar todos sin parar y no callar nadie, dando igual lo que se diga, aunque asistimos a un fenómeno muy peligroso de contrarios, porque el silencio, cuando se produce, emerge como si se hubiera instalado en la complicidad anónima que no defiende a nada y a nadie, aunque veamos las mayores tropelías en nuestro mundo de alrededor, en un gesto mafioso que pensándolo bien es una lacra social que va ganando puntos a diario. No nos han enseñado a callar con dignidad. Por no hablar de los opinadores mayores del reino, colaboradores televisivos y supuestos líderes de opinión, más bien del cotilleo indecente, una nueva plaga que se extiende como una mancha de aceite y se pasan todo el día hablando por tierra, mar y aire de lo divino y de lo humano más rastrero, caiga quien caiga y cueste lo que cueste decirlo porque les resulta gratis total en sus conciencias y en sus silencios cómplices.
Con este panorama tan mediocre y preocupante, acudo una vez más a mi clínica del alma, es decir, mi biblioteca, para rescatar urgentemente un libro precioso, El arte de callar (1), recordando el primer principio de ese arte, Sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio, y el decimocuarto: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, ética cerebral y social del silencio y preparación para el diálogo, en una actitud donde hablar ocupa su auténtico lugar, preguntando primero y escuchando después hasta el momento en que rompamos ese silencio porque lo que tenemos que decir es mucho más valioso que mantenernos callados.
Escribo hoy estas líneas, como vengo haciendo a lo largo de estos diecisiete años de vida del blog, porque creo que tengo que decir cosas más importantes que el silencio y porque necesito diferenciar el heno de la paja de lo que se dice e informa a diario, reteniendo algunos pensamientos, pero no disfrazando ninguno. También, porque creo en el diálogo, pero con dos fases muy claras e inalienables: preguntar siempre antes de hablar y escuchar después. Los demás hablarán siempre conmigo o para mí, si antes he hablado en ese momento clave a través de mi silencio que pregunta y escucha. No lo olvido.
(1) Dinouart, A., El arte de callar. Madrid: Siruela (4ª ed.), 2003.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Sevilla, 7/V/2023, (publicado en la serie original el 29/V/2021)
¿A quién le puedo preguntar qué vine a hacer en este mundo? ¿Por qué me muevo sin querer, por qué no puedo estar inmóvil? ¿Por qué voy rodando sin ruedas, volando sin alas ni plumas, y qué me dio por transmigrar si viven en Chile mis huesos?
Pablo Neruda, El libro de las preguntas, XXXI
Estamos desconcertados en nuestra vida porque caminamos en un mundo sin respuestas a cuestiones fundamentales de nuestro acontecer diario, siendo conscientes desde hace ya mucho tiempo de algo que aprendí de Mario Benedetti en mis años jóvenes: cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. La pregunta de Neruda que he escogido hoy es de una carga de profundidad inmensa: ¿A quién le puedo preguntar / qué vine a hacer en este mundo?, obligándonos a hacer una pausa en la búsqueda incesante de islas y respuestas desconocidas.Recientemente, creo que encontré un camino, entre otros, en el difícil mundo de las respuestas para todo escuchando una canción de Rozalén con un título sugerente “Y Busqué”, cuya sinopsis nos la presenta ella misma como aviso afectuoso para navegantes en los mares procelosos de las preguntas: “es una subida al templo Tepozteco, en México, una subida a la cima de cualquier montaña. Una metáfora. El camino que nos toca andar… Es un viaje interior, un intento de búsqueda de respuestas al sentido de las cosas, de la Vida, un “porqué estoy yo aquí”. Al final la respuesta se hace clara en soledad. Siempre buscamos fuera lo que nace dentro…”.
Invito a escucharla y seguir la letra de esta hermosa canción, palabra a palabra, porque todas juntas nos dan una solución muy inteligente: las respuestas a lo que está pasando, entre las que se encuentran las de Neruda, están en nuestro interior, es decir, en nuestra inteligencia individual, emocional y sentimental, porque es la única que nos guía en la resolución de cada problema diario: Y busqué, y busqué, y busqué / hasta la cima. / Y no hallé, y no hallé, y no hallé / el sentido a mis días. / Y busqué, y busqué, y busqué / hasta el fin. / La respuesta estaba dentro de mí. Cada estrofa de la canción es una página de vida y del alma. Aplicarlas en nuestra situación concreta es el desafío ante las grandes preguntas de la Vida, con mayúscula, como la canta Rozalén agregando siempre a sus notas las metáforas y el lenguaje de signos, aunque a veces tengamos el alma en los huesos. Junto a Neruda, creo que podemos descubrir una nueva forma de buscar respuestas a los grandes interrogantes de la vida gracias a un gran descubrimiento: la respuesta está dentro de mí. En este camino tan complejo de búsqueda de respuestas, siempre he creído en la importancia de la ética de situación, que me ha acompañado siempre como complemento extraordinario de la ética (a palo seco) que he asumido siempre, la que aprendí hace muchos años, una nueva forma de vida, tal y como la definió excelentemente el profesor López-Aranguren en su famoso tratado de Ética, publicado en 1958, como raíz de la que brotan todos los actos humanos. Ahora, como solería hecha en nuestras vidas, que justifica nuestras respuestas ante tantas preguntas de cada existencia humana.
En mis años jóvenes descubrí que era imprescindible abordar la ética de situación como guía y camino para el discernimiento humano más digno, de la que me enamoré para siempre, frente al dogmatismo de la Iglesia Católica que hacía estragos en este país y, sobre todo, en la dictadura que me tocó vivir amargamente. Aquellas clases del Profesor Häring [del que fui alumno durante un Curso impartido por él durante nueve meses en una Universidad romana] me abrieron los ojos definitivamente sobre la importancia de hacer uso de la libertad en momentos transcendentales de la existencia, tanto en la vida como en la muerte. Me lo explicaba Häring en las clases y, personalmente, en su humilde habitación del Alfonsianum en Roma, porque había prestado servicios en la aviación alemana de Hitler, como capellán y en Rusia, donde aprendió que tenía que atender siempre a cualquier ser humano aplicando la ética de situación, fuera amigo o enemigo, actitud que le acarreó serios disgustos y la separación final de aquellos servicios militares por ser considerado persona non grata para el ejército alemán. El problema radicaba en que había contemplado mucha muerte indigna en directo y había tenido que ayudar a muchas personas a vivir y a morir alejado del dogma católico que había aprendido y enseñado en su proceso de evolución ética. Häring sufrió mucho por sus actitudes éticas sobre la vida y la muerte hasta su fallecimiento, sobre todo por el trato recibido por la iglesia oficial, a la que recordó que cuando era citado en Roma para justificar su doctrina de libertades ante el dicasterio eclesial, le recordaba algo tan grave como estar presente ante Hitler en un juicio sumarísimo. Häring me enseñó a defender la vida digna, en cualquier circunstancia, sin más limitación que la aplicación de la ética de situación en su defensa plena y con el amparo de la ley correspondiente.
La ética de las respuestas a las Preguntas de la Vida no debería estar sometida a la moda o al mercado, como una mercancía más, tal y como sucede ahora, porque bien entendida es una actitud permanente ante la vida personal y social, pública y privada, sostenida en el tiempo que corresponda vivir a cada uno, es decir, una forma de vida. Vuelvo a comprender perfectamente que las respuestas a las preguntas de Neruda en su capítulo XXXI (31) tienen todo su sentido en la aplicación de la ética de situación de cada uno, entendida como una nueva forma de vida, como la raíz de la que brotan todos los actos humanos, como una solería sobre la que pisa nuestra vida y que justifica nuestras respuestas personales e intransferibles ante las preguntas de cada existencia humana, en cada aquí y ahora. Es lo que Benedetti llamaba “baldosas” en su poema Pausa: De vez en cuando hay que hacer una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades. En el fondo, esto que estamos haciendo hoy a través de estas palabras es navegar sin prisa, con pausas, buscando con ética personal y de situación la Ítaca que todos tenemos derecho a soñar y con un deseo confesable: que no esté lejos alcanzarla en la distancia y en el tiempo que cada uno, cada una, vive en su devenir diario.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Sevilla, 6/V/2023 (publicado en la serie original el 30/V/2021)
¿Y qué importancia tengo yo en el tribunal del olvido? ¿Cuál es la representación del resultado venidero? […]
Pablo Neruda, Libro de las preguntas, LX
Leo una y otra vez las preguntas de Neruda, publicadas un año después de su fallecimiento en 1974, como un homenaje a su eterna pregunta vital sobre qué vino él a hacer en este mundo. Están recogidas en 74 capítulos, con un ordenado desorden, cómo si fluyeran a borbotones en su intensa vida. Pero no, hay un hilo conductor reconocido por todas las personas que lo conocieron y amaron: se movió sin querer, aunque él pensó en estar inmóvil, iba del timbo al tambo rodando sin ruedas, volando sin alas ni plumas y le dio por transmigrar -por decirlo de forma eufemística- cuando sus raíces estaban en Chile.
Hoy me he detenido en una pregunta suya dedicada al olvido, ¿Y qué importancia tengo yo en el tribunal del olvido?, sobre todo porque vivo en un país muy dado a propagar con silencios cómplices el delicado pasado que ha llenado páginas tristes de su historia; que no reconoce en vida a los grandes protagonistas del progreso de este país y que no tolera en muchas ocasiones los éxitos de los demás, sea quien sea, condenando al ostracismo a todos los que hablan de cambio y transformación de nuestra sociedad caduca. Siendo esto así, no digamos el triste papel que para estos silenciadores juegan los anónimos en este país, cuando miles de ellos son los que sacan a diario a flote a esta sociedad maltrecha. Los tribunales del olvido en este país abundan por doquier y creo que habría que organizar una operación para descubrirlos y desenmascararlos con urgencia porque hacen mucho daño a todo y a todos. Es una ocasión para reivindicarnos como personas dignas ante esos tribunales el olvido.
Recuerdo una canción de mis años jóvenes, Ausencia, que cantaba María Dolores Pradera extraordinariamente bien, con sentimiento pleno, sobre todo su estribillo final: Ausencia / quiere decir olvido / Decir tinieblas, decir jamás / Las aves pueden volver al nido / Pero las almas no vuelven más. La ausencia de valores está configurando una forma de ser y estar en el mundo muy diferente a cuando están presentes en cada acto humano. Los echamos de menos y es un hilo conductor en la razón ética de las personas dignas. Es lo más parecido a la ausencia de seres queridos, familiares o amigos del alma, cuando se alejan de nosotros por razones físicas, psíquicas o sociales. También, cuando se constata el olvido palmario de las ideologías, de la conciencia de clase, incluso del sentimiento de pertenecer a un grupo social donde nos podemos entender mejor todos los que participan de una ideología que busca sólo el interés general. Es lo que está pasando en nuestra sociedad española, que lo revestimos de palabras y frases eufemísticas tales como desafección, desencanto y desmovilización. Nada se puede ver afectado, encantado o movilizado si no hay ideología o creencias, que José Ferrater Mora, de quien tanto aprendí, resumía en cuatro para entendernos: personas, naturaleza, sociedad o dios o dioses. Todas legítimas, todas accesibles, todas necesarias, todas imprescindibles como horizonte en la vida, atendiendo a la pregunta siguiente de Neruda en este capítulo que tratamos hoy, si somos capaces de dar respuesta digna al indeseable tribunal del olvido: ¿Cuál es la representación del resultado venidero? Porque lo dicho anteriormente vale cuando se trabaja, como el campo, en un frente popular y salvando siempre el interés general.
Como entre canciones y cantores o cantoras también puede andar el juego, he recordado a un cantor de mi juventud, Silvio Rodríguez, que me aportó ideología y compromiso en mi azarosa vida, bastante enfrentada al tribunal del olvido. Se trata de su canción Ausencia, que me compromete a seguir creyendo que “Hay ausencias que son como el olvido / que empolvan madrugadas y semillas / que se fueron perdidas en sus mares / donde nunca podrán hallar la orilla…”. Y sigue su canción de una forma que aclara definitivamente que decir olvido es decir ausencia de casi todo:
Hay ausencias que rozan con el alma, mariposas celosas del espacio, austeras prisioneras de las flores, que te ponen su miel para los labios.
Ausencia, remoto fantasma que violas las puertas que cantas, que gritas al cielo esa voz que has llevado contigo que escribes tú la canción que falta que siempre nos recuerda la distancia
Hay ausencias gaviotas que te salvan que desdeñan fronteras y estaciones, que rondan las paredes, las palabras dibujando la fe con sus creyones.
Hay ausencias que te hablan de un mañana, que se tornan de todos los colores, que te ponen el mundo en la ventana y de esperanza llenan los balcones.
Ausencia, remoto fantasma que violas las puertas, que cantas, que gritas al cielo esa voz que has llevado contigo, que escribes tú la canción que falta que siempre nos recuerdas la distancia
La representación del resultado venidero, si no atacamos de frente el olvido y sus tribunales por doquier, es que volveremos a sufrir mucho si no hacemos un esfuerzo especial por recobrar las ideologías que nos ayuden, de nuevo, a recuperar el sentido de la vida, porque sabemos que el olvido es siempre ausencia de alma, tinieblas, el jamás, sabiendo como sabemos que las aves pueden volver al nido, pero que las almas no vuelven más. Aunque hoy podamos escribir la canción que falta y que siempre nos permitirá recordar la distancia que nos separa de la dignidad.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ayer se otorgó el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades al filósofo, escritor y gran conocedor del pensamiento y la literatura renacentista, Nuccio Ordine (Diamante, Italia, 1958), al que he dedicado bastantes páginas de respeto intelectual en este cuaderno digital. Me alegra conocer este reconocimiento por su obra de compromiso activo en relación con la educación como derecho y no como mercancía, tal y como se ha recogido en el acta del jurado sobre la concesión de este Premio: “por su defensa de las humanidades y su compromiso con la educación y los valores enraizados en el pensamiento europeo más universal. Ordine establece un diálogo con la sociedad contemporánea para transmitir, en especial a los más jóvenes, que la importancia del saber se encuentra en el proceso mismo del aprendizaje. La utilidad de la educación se ha de entender en términos de pasión por la búsqueda del conocimiento y de lo mejor de cada persona, sin circunscribirse a un interés económico. Su trabajo académico, centrado en figuras relevantes del Renacimiento, destaca la necesidad de recuperar la riqueza del humanismo para las nuevas generaciones”.
Vivimos instalados en una sociedad utilitarista, presidida por el imperio del mercado y sus mercancías. Los que tenemos la sensación de habernos equivocado de siglo lo pasamos muy mal, lejos del Renacimiento, porque estamos convencidos del placer de lo inútil. La lectura del libro de Ordine, La utilidad de lo inútil (1), me refresca siempre estos conceptos y considero que es una buena recomendación para espíritus inquietos que priman el valor del conocimiento y de la admiración por todo lo que se mueve a nuestro alrededor. Imprescindible para militantes de mi querido Club de las Personas Dignas. Son 172 páginas útiles para comprender el oxímoron (2) “utilidad de lo inútil”, pero se despeja inmediatamente cualquier duda al explicar el autor que la referencia a la utilidad se centra solo en aquellos saberes “cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista”. Es útil todo aquello que nos ayuda a ser mejores y decir esto en una sociedad de mercado puro y duro es para obtener matrícula de honor en la Universidad de las grandes avenidas digitales del mundo actual, a las que se asiste a clases llamadas “útiles” en zapatillas (pantuflas), como explicaba muy bien en su momento el profesor libertario Michel Onfray: “Si siguiera trabajando dentro del Ministerio de Educación debería respetar un programa, unos autores, unos conceptos, preparar a los alumnos para superar unos exámenes de acuerdo con unas determinadas fórmulas… todo eso está bien pero hay mucha gente que satisface esa demanda, que se adapta al molde. En el Ministerio te dejan enseñar la filosofía como quieres, pero sólo oficialmente porque hay que hablar de Platón, de Aristóteles, de todos los grandes autores, antiguos y modernos… no queda tiempo para adentrarse en otros terrenos”. Si a esto agregamos la realidad de la Universidad digital/global que es en sí mismo Internet, a la que puedes asistir con pantuflas también, desde tu casa, podemos atisbar que el gran reto del siglo actual es trabajar al servicio de la inteligencia compartida, del cerebro, gran desconocido desde el punto de vista científico.
Ordine también ha escrito un manual para enseñarnos el arte de vivir, mostrando un recurso extraordinario basado en la lectura de autores clásicos, que siempre abordaban la vida diaria con arte, porque en ellos se encuentra siempre sabiduría basada en la experiencia de vivir y en su capacidad de admiración de todas las cosas, tal y como me enseñó Aristóteles hace ya muchos años. Me refiero en concreto a su libro de imprescindible lectura, Clásicos para la vida (3), en el que el autor vuelve a defender a capa y espada la utilidad de lo que hoy se llama “lo inútil”. Dice Ordine en su libro que la formación “requiere plazos largos. Orientarla exclusivamente por las presuntas ofertas del mercado laboral es perder de antemano la partida. No necesitamos reformas genéricas, sino asegurar una buena selección de los docentes. Los jóvenes reclaman sobre todo profesores que vivan con pasión y con verdadero interés la disciplina que imparten. Se trata de una exigencia sacrosanta, cuyos efectos beneficiosos todos nosotros hemos podido experimentar en nuestra vida estudiantil [-…] No se puede hablar al alumnado sin amar lo que se enseña”. O tirar de powerpoint o prezi sin más, repitiendo todo lo que allí se expone sin orden ni concierto, sin alma didáctica alguna a pesar de la modernidad digital.
Finaliza el autor con una referencia a Einstein en el capítulo dedicado a la educación en su libro, Mis ideas y opiniones, y su canto a la curiosidad innata en los seres humanos, que permite desarrollar la creatividad y la fantasía, curiosidad de la que tantas veces he hablado en este cuaderno digital. Dice Ordine que: “La buena escuela no la hacen ni las pizarras interactivas multimedia, ni las tablets, ni los managers, ni los demagógicos acuerdos a corto plazo con empresas y centros profesionales: la hacen solo los “buenos docentes”, aquellos que, renunciando a las “medidas coercitivas”, logran que “la única fuente de respeto del alumno al profesor sean las cualidades humanas e intelectuales de éste” (pág. 71s del libro de Einstein). Al docente le incumbe la delicada misión de hacer comprender a sus estudiantes que la enseñanza es una gran oportunidad ofrecida por la sociedad para ayudarnos a hacernos mejores, mujeres y hombres libres capaces de saber vivir”.
Por último, Ordine publicó el año pasado la que considero su última obra didáctica, Los hombres no son islas. Los clásicos nos ayudan a vivir (4), cuya sinopsis oficial nos abre un panorama muy alentador sobre lo que significa el poder liberador de la lectura de los clásicos: “Partiendo de la célebre meditación de John Donne, Nuccio Ordine amplía su «biblioteca ideal» invitándonos a leer—y a releer—más páginas escogidas de la literatura universal. Convencido de que una cita brillante puede despertar la curiosidad del lector y animarlo a leer la obra de la que procede, Ordine continúa su defensa de los clásicos, demostrando que la literatura es fundamental para fomentar el entendimiento y la compasión entre las personas. En una época marcada por el individualismo, las terribles desigualdades sociales y económicas, el miedo al «forastero» y el racismo, estas páginas nos invitan a entender que «vivir para los demás» es una oportunidad de dotar de sentido nuestras vidas. Como La utilidad de lo inútil y Clásicos para la vida, este nuevo volumen es una defensa y un himno de todo lo que lamentablemente una parte de la sociedad acostumbra a desairar porque no reporta provecho material”.
Creo que soy capaz de comprender a Ordine en sus planteamientos, lo que me lleva a tenerlo muy presente en mi clínica del alma, mi biblioteca y en mi escritura diaria. Hoy, más orgulloso que nunca porque me alegra que le hayan concedido un nuevo reconocimiento por su obra, en un mundo diseñado por el enemigo, sobre todo, el capital, en este país tan dual y cainita. Soy consciente de que no somos islas y que la mejor actitud humana es salir de nosotros mismos para conocernos mejor y compartir la vida con las personas que elegimos y queremos, en el camino diario para vivir, tal y como me lo enseñó también José Saramago en su precioso Cuento de la isla desconocida, cuando una gran protagonista, una mujer muy sencilla al servicio del rey, una limpiadora, me ofreció la mejor respuesta a los interrogantes de la soledad humana y del aislamiento social: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual”.
¡Enhorabuena, auguri, Nuccio Ordine, desde Sevilla!
(1) Ordine, Nuccio, La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado, traducción de J. Bayod Brau, 2017, 17ª ed.
(2) Oxímoron (RAE. Diccionario usual): combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador.
(4) Ordine, Nuccio, Los hombres no son islas, Barcelona: Acantilado, traducción de J. Bayod Brau, 2022.
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Amor, amor, aquel y aquella Si ya no son, ¿dónde se fueron? Ayer, ayer dije a mis ojos ¿cuándo volveremos a vernos?
Pablo Neruda, Libro de las preguntas, XXII
En el mes de mayo de 2021, saliendo del túnel de la pandemia, escribí una serie de diez artículos en torno a diez preguntas inquietantes de Pablo Neruda, a las que pretendí ofrecer alguna respuesta a la Noosfera, en un inmenso mar de preguntas y en un tiempo lleno de dudas para vivir dignamente. Por esta razón, he vuelto a leer una obra póstuma suya, muy querida y presente en mi biblioteca del alma,Libro de las preguntas (1), siempre inquietantes cuando te aproximas a las cosas de personas mayores porque ya no vivimos las cosas de niño, recordando aquellas hermosas palabras de un viajero incansable, Pablo de Tarso, en su primera alocución a los Corintios (13, 11): «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño».
Hoy, siguiendo también al pie de la letra el consejo de Federico García Lorca en su alocución al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada), en 1931, con motivo de la inauguración de su biblioteca pública, » [—] y no olvidéis este precioso refrán que escribió un crítico francés del siglo XIX: “Dime qué lees y te diré quien eres”, refiriéndose al escritor francés François Mauriac, que agregaba a esas palabras un final inolvidable: “Dime lo que lees y te diré quién eres, eso es verdad, pero te conoceré mejor si me dices lo que relees”, he vuelto a leer la serie citada, pero comenzando por el último artículo, aunque el orden de su lectura no altera el mensaje a compartir con quienes los quieran leer de nuevo.
Sí comienzo a releer la serie de nuevo, al revés, es porque es muy importante en mi vida saber, en cada momento, dónde se encuentra el amor en un mundo también al revés, como lo expresaba Eduardo Galeano en el pasado siglo, pero tan actual siempre: “Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies”.
Preguntas de Mayo / y 10. ¿Dónde se encuentra el amor?
Sevilla, 31/V/2021
En Galicia conocí una tradición preciosa en torno a San Andrés de Teixidó. Una vez más, a través de una canción del grupo gallego Luar na Lubre (resplandor de la luz en el bosque celta), Romeiro ao Lonxe(1.999), sentí hace años la realidad de la búsqueda del amor, que se encuentra incluso cuando alguna vez se va y no se llega a conocer nunca dónde fue, en una composición con la que despido, junto a estas palabras, la serie que he dedicado durante este mes a preguntas de Neruda compiladas en un libro póstumo, Libro de las preguntas, de las que he seleccionado las que me han conmovido especialmente en este tiempo de coronavirus y que hoy se cierra con un homenaje a la gran pregunta del amor, Amor, amor, aquel y aquella / Si ya no son, ¿dónde se fueron? En esta ocasión, Neruda sólo cita tres veces la palabra amor en sus setenta y cuatro capítulos, aunque creo que está presente en ellos de múltiples formas. Respeto, profundo respeto es lo que manifiesto a esta realidad que mueve el mundo y que el poeta chileno cantó siempre a los cuatro vientos incluso, a veces, de forma desesperada. ¿Por qué he elegido a Luar na Lubre para intentar responder a estas preguntas? Creo que por una razón geológica, la proximidad del mar que siempre apreció especialmente Neruda desde sus casas en Valparaíso o en Isla Negra y al que canta con frecuencia este grupo folk coruñés. También por lo que dice la letra de esta canción respetando una tradición multisecular gallega, envuelta en una canción popular inglesa “Scarborough Fair” (La feria de Scarborough), de la que se conservan datos desde el siglo XII, que conocimos también hace años por la versión de Simon & Garfunkel y ahora por Luar na Lubre.
La sinopsis de esta canción es presentada por este grupo como mensaje de paz y concordia mundial a través del amor, algo que deseo utilizar hoy como broche final de esta serie: “En el fin del mundo, como el dicho popular proclama a San Andrés de Teixido, “va de muerto el que no fue de vivo”, los peregrinos comparten el camino con los animales, que son las almas de los que no pudieron cumplir en vida la peregrinación, por lo que no pueden recibir ningún tipo de maltrato. Los romeros solían llevar una larga camisa blanca con cenefas formando ondas y en algunos puntos del camino depositaban piedras que iban haciendo crecer: milladoiros. Alrededor de la ermita los vecinos aún siguen haciendo los sanandreses, hermosa artesanía de miga de pan endurecido en el horno y coloreado, con imágenes del santo en su barca de piedra. En el atrio crece la hierba de enamorar, a la que se atribuyen propiedades casamenteras. En la canción peregrina el cormorán, el alcatraz y el lagarto ocelado -vistoso ejemplar con cabeza de intenso color azul-, en este espacio que despierta las ansias de amor y paz y la hermandad entre vivos, muertos, animales, plantas y aguas”. Fraternidad universal.
He sentido un profundo respeto a la hora de traducir la letra de la canción, en gallego y escrita por Xulio Cura, porque hay palabras y expresiones que pierden toda su fuerza cuando intentamos volcarla a la lengua española. Aún así, voy a intentar destacar lo que considero de mayor interés para esta reflexión, publicando íntegramente la letra de la canción en gallego, como corolario de esta serie, porque el hilo conductor está expresado en la canción: tenemos que buscar el auténtico sentido de las preguntas de la vida en el santuario de la felicidad y de la creencia particular y colectiva, un espacio común en el que se despiertan “las ansias de amor y paz y la hermandad entre vivos, muertos, animales, plantas y aguas”, que en tiempos tan complejos como los actuales es importante recordar.
La vida es como una romería permanente que busca siempre algún pretexto para intentar encontrar su sentido esencial, a veces con cosas tan sencillas como unas pequeñas hierbas que simbolizan el amor y sus caricias, porque nos pesan las tradiciones de nuestros mayores que, boca a boca, conocían alguna formas de encontrarlo de esta forma. En la canción original inglesa, Scarborough Fair, era recurrente la cita de hierbas para enamorar: perejil, salvia, romero y tomillo. Al ser un acontecimiento tan importante hay que presentarse con las mejores galas, vistiendo una camisa de lino que ella, la persona a la que amamos (lo que o a quien amamos como símbolo), nos tejió y adornó -en un día ya lejano- con esas pequeñas hierbas, para que la pudiéramos utilizar en las mejores fiestas de la vida. Esto lo comprenden el lagarto azul, las amapolas, que demuestran el sinsentido de las guerras humanas y sus tambores lejanos, los alcatraces que brincan por el acantilado y cuidan el atrio familiar. También el cormorán que sobrevuela los montoncillos de piedras [amilladoiro] que cada persona, que acude al santuario, deposita a lo largo del camino, cuidando que todo quede en el recuerdo de un pan santo iluminado con colores que dignifican e iluminan esta aventura de amor y que cada uno, cada una, guardará siempre en su corazón.
Desde cada finisterre particular, que también existe, podemos hoy comprender mejor las últimas preguntas de Neruda en esta serie, que simbolizan el motor que mueve el mundo, el amor, sin que sepamos al despedirnos hoy cuando volveremos a vernos:
Amor, amor, aquel y aquella Si ya no son, ¿dónde se fueron? Ayer, ayer dije a mis ojos ¿cuándo volveremos a vernos?
Romeiro ao lonxe
Romeiro hei de ir lonxe ao San Andrés [de Teixidó] con herbiñas de namorar, dareille a quen alén mar está o aloumiño do meu amor. Hei de vestir a camisa de liño que ela teceo para min con herbiñas de namorar; anda o lagarto azul e souril a acaroar mapoulas bermellas, nacidas de fusís, co aloumiño do meu amor, alleo á guerra e ao seu tambor. Morto ou vivo hei volver á terra que ela andou canda min con herbiñas de namorar; chouta o mascato polo cantil a vela-lo adro familiar, ala lonxe, na fin, co aloumiño do meu amor. Cabo do mundo, ó pé dun aguillón doéme a guerra ruín entre herbiñas de namorar; corvo mariño voa xentil o amilladoiro a levantar e pan santo a colorir co aloumiño do meu amor. Romeiro hei de ir lonxe ao San Andrés con herbiñas de namorar, dareille a quen alén mar está o aloumiño do meu amor.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Por si faltara poco para el debate político sano, ha saltado a la palestra política otra palabra, polarización, que conviene descubrir en su justo sentido y sacarla de las interpretaciones erróneas en las que se confunde a la sociedad a sabiendas de lo que se hace. Como lo primero es lo primero, ateniéndonos al correcto significado del vocablo, conviene señalar que “polarización” es la acción de concentrar la atención o el ánimo en algo y de orientar en dos direcciones contrapuestas, como dos acepciones principales de diccionario que se sitúan fuera de los fundamentos físicos que la rodean. En política, ha alcanzado unos niveles muy preocupantes, porque de la simple discrepancia en las creencias e ideologías políticas se ha pasado a la crispación mantenida en el tiempo y casi sin barrera alguna para encauzar los enfrentamientos que provocan, siendo una realidad alarmante que la llamada polarización política ya está en la calle desde hace tiempo, sin mezcla de entendimiento alguno.
En 2019 se publicó un estudio por expertos de la Universidad de Princeton y de Jerusalén, Cómo la ideología, la economía y las instituciones dan lugar a la polarización afectiva en las políticas democráticas, en el que se señalaba que España figuraba en primer lugar en el ranking de polarización afectiva en relación con partidos contrarios, en 20 democracias occidentales entre 1996 y 2015, incluyendo por primera vez en la comparación a los Estados Unidos, dándole un valor medio de 7,34 en la escala de 0 a 10, donde 10 denota máximo disgusto y 5 denota sentimientos neutrales hacia ese contrario, casi siempre relacionado este dato con la realidad del desempleo y a las políticas laborales de cada país en concreto. A España siguen Grecia, Francia y Canadá, por más señas de identidad de este patrón tan curioso pero real en la vida de este país. Una conclusión importante del estudio es que aflora siempre el debate sobre el papel que desempeña la polarización ideológica de las élites políticas de los partidos y su influencia en la conducción de la polarización afectiva a nivel de masas, en una correlación de responsabilidades dignas de un nuevo estudio.
En este contexto, he leído un artículo extraordinario de Joan Coscubiela, La polarización refuerza la democracia, con una entradilla que no deja lugar a duda alguna, llamando a la polarización por su auténtico nombre: “Eso que se presenta como mayor polarización es a mi entender la vuelta de la ideología a la política. Lo que erosiona la democracia no es la polarización, sino la indistinción política entre los diferentes partidos”. Intenta recuperar en su artículo el autentico sentido de esta palabra, polarización, porque no es inocente: “Algo de eso está pasando con “polarización”. La usamos para referirnos a cosas tan distintas que, para explicarnos, tenemos que acompañar al substantivo con una infinidad de adjetivos –ideológica, partidista, afectiva, emocional, cotidiana–. Además, la polarización nos sirve como el “pharmacos” al que colgarle la culpa de todo lo que no nos gusta o nos produce desazón. Algunos incluso la utilizan para canalizar su melancolía –nostalgia de lo que nunca existió– de tiempos pasados donde supuestamente reinaba la armonía social y política. En su libro Polarizados –cuya lectura recomiendo–, Luis Miller utiliza los datos del CIS para constatar que la sociedad española está hoy más dividida. A partir del seguimiento de preguntas que se han ido repitiendo durante 30 años detecta un aumento significativo de la polarización de opiniones entre los votantes de diferentes partidos”.
Lo que verdaderamente me ha emocionado del artículo citado es cuando afirma sin ambages que “Lo que erosiona la democracia no es la polarización, sino la indistinción política entre los diferentes partidos”: “Eso que se presenta como mayor polarización es a mi entender la vuelta de la ideología a la política. A partir de una obviedad, en nuestras sociedades existen conflictos de intereses entre diferentes sectores sociales y diversas maneras de abordarlos. Los hay sobre el modelo relaciones laborales o el salario mínimo. Sobre la consideración de la vivienda como un derecho humano o un producto financiero. Sobre el papel del Estado y el mercado en la economía y la sociedad. Sobre los derechos civiles de las minorías. Sobre las políticas de acogida de la inmigración. O sobre la igualdad de género. En definitiva, sobre el modelo de sociedad. En mi opinión esta polarización ideológica no solo no debilita la democracia, sino que la refuerza. Lo que erosiona la democracia no es la polarización, sino la indistinción política entre los diferentes partidos”.
Creo, por tanto, que estamos de enhorabuena si sabemos encauzar la polarización ideológica, porque todos no somos iguales, la política y políticos tampoco y así hasta el infinito de ejemplos. Lo que ocurre es que necesitamos identificar bien esa no igualdad, algo que muchas veces he definido en este cuaderno digital como una forma de saber en qué barco viajamos por la vida, en aforismos que vienen al caso, porque todos no vamos en el mismo. Asimismo, es importante destacar algo que explica muy bien Coscubiela: “Por eso no deberíamos identificar la polarización ideológica con las dinámicas de crispación organizada. Confundirlas es una estrategia que alimenta la extrema derecha y sus portavoces mediáticos para diluir sus responsabilidades. Pretenden hacernos creer que todos los partidos o medios de comunicación son igualmente responsables del clima de crispación. Y no es así.
En tiempos de polarización política, pensamiento único, deserciones políticas, corrupción, desencanto con casi todo lo que se mueve, justificaciones imposibles, desafección del compromiso social y mala prensa del sector público, es fácil iniciar conversaciones en las que los que piensan de forma diametralmente opuesta a nuestras convicciones suelen rematar la faena dialógica diciendo con sonrisa sarcástica algo que me enerva: al fin y al cabo, da igual lo que estamos discutiendo porque estamos diciendo lo mismo. Por si había alguna duda sobre este aserto tan vano, agregan un estrambote final más impresentable todavía: es que todos vamos en el mismo barco. No. Hay que huir como de la peste de las personas que opinan de esta forma con maniobras envolventes, querulantes, para agregarnos al Club de los Tibios e Indignos, que todos los días fletan barcos de desencanto y conformismo, porque no soportan verte en la cola del Club que está siempre enfrente: el de las Personas Dignas, siempre abierto, sobre todo para los que navegan en patera, en mares sociales procelosos y no suelen tirarse al mar cuando la sociedad en general va a la deriva.
Estamos viviendo en un mundo con una clamorosa ausencia de valores y, sobre todo, de ética, tal y como lo aprendí de un maestro en el pleno sentido de la palabra, el profesor López Aranguren, cuando la definía como el «suelo firme de la existencia o la razón que justifica todos los actos humanos», que tantas veces he abordado en este cuaderno digital. Estas razones nos obligan a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo. Navegamos en mares procelosos de corrupción y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad. Lo he sintetizado alguna vez en un aforismo claro y conciso, para personas “polarizadas”, sobre todo en estos días preelectorales: A veces, falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…A veces, falta barco para recoger a todos los que se tiran a ese mar…
Todos no vamos en el mismo barco de la indignidad, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección social, de la no polarización ideológica por el qué dirán. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras.
Es probable que a estas pateras éticas y llenas de dignidad y esperanza, que tienen suelo firme pero no quilla, como la cáscara de una nuez, no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como a los tristemente famosos hombres vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico, financiero y ético mundial, desde un rascacielos en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares de patera, para ellos procelosos.
Lo que detesto también es el abandono de la lucha en situaciones difíciles, como las que estamos atravesando ahora, en las que aquellos que estaban a veces con los que deseamos estos cambios urgentes en las políticas mundiales, europeas y nacionales, se arrojan a un mar en el que cada vez hay menos sitio, porque dicen que esto no tiene remedio. Lo paradójico es que cuando se avance en la búsqueda de soluciones surcando mares diferentes que posibiliten otro mundo mejor, falte ya sitio o barco, según se mire, para recoger a los que en tiempos revueltos se tiraron al mar porque nunca quisieron buscar otras alternativas a este mundo que no nos gusta. Es cuando tiene sentido seguir viajando en las pateras éticas que hacen singladuras difíciles y comprometidas con la sociedad que menos tiene, con un cuaderno de derrota (en lenguaje del mar) que lleva a localizar las islas desconocidas que tanto amaba Jose Saramago: si no salimos de nosotros mismos, nunca nos encontraremos. Lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba su cuento de la isla desconocida, buscando siempre puertas de compromiso más que las de regalos o peticiones sin causa, viajando en pateras de dignidad.
Todo lo anterior es lo que me lleva hoy a unirme a lo que afirma Joan Coscubiela en su excelente artículo: “Quizás la polarización ideológica, que canaliza los conflictos que surgen de los diferentes intereses sociales en juego, no solo no debilita la democracia, sino que la refuerza. Y en cambio, la polarización que se hace acompañar de gregarismo, hooliganismo o crispación la corroe. De momento y a la espera de la publicación del libro de Gonzalo Velasco “Pensar la polarización” continuaré leyendo y escuchando para intentar comprender la complejidad del fenómeno”. Gracias, Joan. Eso haré.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
David Jiménez Torres: La palabra ambigua. Los intelectuales en España (1889-2019). Taurus, 2023
¿Quién de nosotros, los que escribimos para el público, no ha usado, no ya una sino muchas veces, en estos últimos tiempos el sustantivo intelectual? […] Y la verdad es que si se nos pidiera a cuantos nos hemos servido de semejante denominación, el que la definiéramos, nos habríamos de ver, los más de nosotros, en un gran aprieto.
Miguel de Unamuno, 1905
Sevilla, 24/IV/2023
Ha llegado a mis manos un libro que me parece de un interés especial en un momento álgido de este país en el que los esfuerzos intelectuales se convierten en algo baldío ante tanta mediocridad que nos asola por tierra, mar y aire. Su título, La palabra ambigua (1), es una declaración de intenciones en sí misma, tal y como lo explica muy bien su sinopsis oficial: “Los españoles llevan más de cien años hablando -bien, mal y regular- sobre los intelectuales. Pero ¿qué hay detrás de este término huidizo?¿Es cierto que los intelectuales desempeñaron un papel fundamental en los años veinte y treinta del siglo pasado, y que también fueron importantes durante la Transición? ¿Por qué se les ha acusado tantas veces de haber traicionado su presunta esencia? ¿Qué lugar les otorgaron los distintos movimientos políticos del siglo XX? ¿Por qué, cuando la palabra se ha empleado para referirse a mujeres, ha servido también para cuestionar su feminidad? Y ¿desde cuándo se afirma que el intelectual ya no es tan influyente como lo fue en el pasado, que está «en crisis» o que incluso «ha muerto»? La palabra ambigua examina lo que en España se ha dicho sobre los intelectuales desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. De esta manera reconstruye la imagen que la sociedad española ha ido teniendo de las personas a las que el término designaba: su misión, su comportamiento, sus virtudes, sus errores, su relación con el poder o su responsabilidad en todo lo ocurrido desde la llegada de la Segunda República hasta la crisis de 2008. En este ensayo brillante y original -vertebrado sobre una gran cantidad de fuentes que van desde obras filosóficos hasta canciones de rock-, David Jiménez Torres expone los cambiantes contornos de un concepto al que Ortega se refirió como «la palabra ambigua», y ofrece una manera novedosa de asomarnos a la historia, la política y la cultura españolas”.
En su Introducción, el autor deja bien claro el propósito de su obra, para que no nos llamemos a engaño con un título que amenaza a priori con despistarnos del cometido principal de la palabra intelectual y de las personas intelectuales en este país, tan necesitado de ellos y ellas, para no cometer errores de género: “Este no es un estudio sobre unos individuos concretos, ni sobre los espacios y grupos que frecuentaron, ni sobre las ideas que propusieron, ni sobre su apoyo a —o denuncia de— determinados regímenes. Este libro se centra, más bien, en el largo y sorprendente viaje de una palabra: intelectual, en su uso como sustantivo. Una palabra cuya acepción moderna tiene unos ciento treinta años de historia y que, a lo largo de ese tiempo, ha ejercido una singular atracción. El objetivo es mostrar cómo se ha utilizado esa palabra en España, qué sentidos se le ha ido otorgando, en qué debates ha aparecido y qué nos enseña todo ello acerca de nuestra historia y nuestra cultura. Se busca explicar, por ejemplo, por qué tantas personas hoy en día tienen una idea formada acerca de los intelectuales, por qué esa idea suele tener una fuerte carga de atracción o de rechazo, y por qué suele estar ligada a episodios de nuestra historia como la Segunda República o la Guerra Civil”.
Es un asunto que me preocupa y que vengo explicando en este cuaderno digital desde el primer día en el que empecé a escribir en sus páginas en blanco, porque para mí, este blog, me exige un compromiso intelectual, ¡ya salió la palabra!, sobre el que escribí en 2006, habiendo transcurrido unos meses desde el comienzo de esta “singladura” literaria. Vuelvo a utilizar aquellas palabras, sin sacarlas de su texto y contexto, pero creo que las puedo suscribir hoy en su totalidad, sin sonrojo alguno y diecisiete años después, porque insisto para mí no tiene ambigüedad alguna la palabra “intelectual”, ni sus derivadas sintácticas y gramaticales.
Decía en aquella ocasión, en un artículo denominado El compromiso intelectual, que “Desde que tengo uso de razón científica me he preguntado muchas veces cómo puede poner uno su inteligencia al servicio de la humanidad, de las personas y situaciones sociales que necesitan atención humana en el pleno sentido de la palabra. También me he preguntado muchas veces en qué consiste el compromiso de los intelectuales con esta misma sociedad, no optando por posiciones políticas de partido, con militancia expresa. La verdad es que no he encontrado mucha literatura sobre el particular y, normalmente, son discursos muy elaborados que no están al alcance de todos los españoles, como diría el título de crédito del NODO al que recuerdo siempre en mis tardes de Madrid, pensando en Andalucía, de la que me sacaron sin muchas contemplaciones cuando solo tenía cuatro años.
Aproximarse a una definición de libro es imposible. Cualquier definición solo recoge la forma de establecer defensas innatas para protegerse de los ataques del enemigo, que desgraciadamente suele verse en todas partes sin que realmente existan. Como llevo tiempo pensando en esta realidad, el compromiso intelectual, ahí van unas cuantas reflexiones. La primera nace de la suerte de que una persona pueda plantearse el dilema en sí mismo, sin calificar esta “suerte” como lujo afrodisíaco: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera. Desgraciadamente. La pre-programación de la preconcepción, en clave aprendida del profesor Ronald Laing, es una tabula rasa sobre la que se elabora y encuaderna el libro de instrucciones de la vida. Y por lo poco que se sabe al respecto, quedan muchos años para descifrar el código vital, el llamado código genético de cada cual, personal e intransferible, mejor que el carnet de identidad al que lo hemos asociado culturalmente por la legislación vigente, mucho más atractivo que el de da Vinci, aunque ahora sea menos comercial. Afortunadamente. La niña que ayer corría despavorida por las playas palestinas, temblándole los labios, horrorizada con lo que había pasado con familiares y amigos, acababa de grabar imágenes para toda la vida. Su compromiso intelectual será siempre un interrogante y una dialéctica entre odio y perdón. A esto nos referíamos. La conclusión es que estamos mediatizados por nuestro programa genético y por nuestro medio social en el que crecemos. Todos somos “militantes” en potencia, con y sin carnet, dependiendo de sus aprendizajes para comprometernos con la vida. Militar en vida, esa es la cuestión.
La segunda vertiente a analizar es la del compromiso. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretándola como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tanta veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamaba uso de razón científica, nos pasamos toda la vida decidiendo. Por eso nos equivocamos, a mayor gracia de Dios, como personas que habitualmente tenemos miedo a la libertad, acudiendo al Fromm que asimilé en mi adolescencia, pero que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos. Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso o diversión, en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada. Por eso me aproximé siempre a ella, porque me dejaban estar sin preguntarme nada. Intuían la importancia del descubrimiento de la respuestabilidad. Había inteligencia y compromiso activo. Seguro. Pero con un concepto equivocado como paso previo: la militancia de carnet. Craso error. Antes las personas, después la militancia. No al revés, que después vienen las sorpresas y las llamadas traiciones como crónicas anunciadas.
Una tercera cuestión en discusión se centra en el adjetivo del compromiso: intelectual y, hablando del grupo organizado o no, de los “intelectuales”. De este último grupo, líbrenos el Señor, porque suele ser el grupo humano más lejano de la sociedad sintiente, no la de papel cuché o la del destrozo personal televisivo. Un intelectual es concebido como un ser alejado de la realidad que se suele pasar muchas horas en cualquier laboratorio de la vida y de vez en cuando se asoma a la ventana del mundo para gritar ¡eureka! a los cuatro vientos, palabra que no suele afectar a muchos porque nace del egoísmo de la idolatría científica. Por eso hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan en el quehacer y quesentir diario. Cada intelectual, hemos quedado en “cada persona”, que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio de la libertad personal, de la que afortunadamente podemos presumir todos. Todavía no es mercancía clasificada, aunque todo se andará porque ya está en el mercado mundial. Al tiempo”.
Lo dije ayer, siguiendo el espíritu y la letra de Fray Luis de León, lo he dicho a lo largo de estos años de vida del blog y lo sigo diciendo hoy: hay que poner la inteligencia de cada uno, de cada una, al servicio de la humanidad, de las personas y situaciones sociales que necesitan atención humana en el pleno sentido de la palabra, adquiriendo un compromiso asociado con la responsabilidad social, que lleva a dar respuestas ante la vida diaria, a través del conocimiento que trabajamos a diario y la libertad para desarrollarlo en beneficio del interés general. Como decía anteriormente, “esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso o diversión, en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza”. Creo que esta explicación recuperada hoy en una operación rescate en mi economía circular literaria y, por qué no decirlo, intelectual, me lleva a afirmar de forma rotunda que “hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima, su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan en el quehacer y quesentir diario”. ¿Por qué? Fundamentalmente porque “cada intelectual, hemos quedado en “cada persona”, que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista”.
Lo que queda claro hoy es que ser intelectual es una forma de dignificar la vida humana propia y la asociada. Para mí, no es un término ambiguo, ni tampoco inocente, en cualquiera de sus acepciones. Es uno de mis principios y si no gustan…, no tengo otros, a diferencia del ínclito y nunca bien ponderado Groucho Marx (que, por cierto, sabía lo que decía, como buen intelectual al uso, en su tiempo y en su momento).
(1) Jiménez Torres, David, La palabra ambigua, Barcelona: Taurus, 2023.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Tan Dun, Nüshu, canto secreto de las mujeres. Orquesta de Filadelfia, con la interpretación al arpa de Elizabeth Hainen.
Sevilla, 23/IV/2023, Día del Libro
En el Día del Libro deseo compartir con la Noosfera un descubrimiento personal de una isla desconocida en torno a la caligrafía ancestral en China, a través de un lenguaje denominado Nü shu, la antigua escritura secreta de las mujeres chinas, nacido en el siglo III de nuestra era, que me ha parecido deslumbrante y aleccionador, dando lugar posteriormente a una forma de expresión que no utilizaba exclusivamente el formato libro sino alternativas para conservar su anonimato, en canciones, bordados, pañuelos y jarrones con caligrafía especial y todo un símbolo en el lenguaje Nü shu –dos palabras con un significado especial, escritura de mujeres, exclusivamente para mujeres–, los denominados libros del tercer día, teniendo en cuenta que a ellas se las forzó a no aprender a leer o escribir durante toda su vida, siendo estos libros el único sustento anímico para seguir viviendo y volcando en las páginas en blanco que contenían dentro sus sentimientos más profundos.
Estos libros estaban vinculados estrechamente con las bodas forzadas de aquellas mujeres sometidas al poder patriarcal, que buscaban refugio en jarrones, abanicos y cinturones en los que figuraban caligrafías en nü shu con mensajes que sólo las mujeres podían interpretar: “Uno de los usos más importantes del nü shu ha surgido como resultadode los casamientos.Tradicionalmente, después de una boda, la novia deja la casa de sus padres y se muda con su marido. Y si en ese nuevo rol se siente sola, el nü shu se vuelve una vía para expresar su tristeza. En ese proceso de reacomodamiento de los recién casados implica el regalo de un Sanzhaoshu o «Libro del tercer día», hecho de tela y entregado a la novia tres días después de su boda. La madre de la novia sus amigas más cercanas van a expresar sus sentimientos de tristeza y perdida en el libro. Los buenos deseos para el futuro compartido serán grabados en las primeras páginas, las siguientes para el dolor”.
En estos días, Caixaforum dedica un homenaje a esta experiencia milenaria, presentando una película, Hilden Letters, bajo la dirección de Violet Du Feng en una coproducción de China, Estados Unidos, Noruega, Alemania, de 2022, que desarrolla esta cultura y sus vivencias en la actualidad, con una sinopsis que ayuda a comprender su hilo conductor: “A caballo entre el pasado y el presente, ‘Hidden Letters’ sigue a dos mujeres chinas milenarias conectadas por su fascinación por el lenguaje secreto del nushu. Esta lengua oculta de siglos de antigüedad unió a generaciones de mujeres chinas en un sistema clandestino de apoyo a la hermandad, la esperanza y la supervivencia. Influenciadas por el legado de solidaridad femenina del nushu, las dos mujeres luchan por encontrar el equilibrio mientras forjan sus propios caminos en una cultura patriarcal. La historia de dos mujeres chinas que intentan equilibrar sus vidas como mujeres independientes en la China moderna, al tiempo que se enfrentan a la identidad tradicional que las define pero también las oprime. Conectadas a través de su amor por el Nushu -un texto secreto de siglos de antigüedad compartido entre mujeres- cada una de ellas se transforma a través de un período crucial de sus vidas y da un paso más para convertirse en las personas que saben que pueden ser”.
Me ha parecido extraordinario el contenido histórico de este lenguaje de mujeres, para mujeres, en un silencio multisecular que se ha salvado para el presente y la posteridad gracias al cambio político del pasado siglo en China que permitió el florecimiento de esta experiencia milenaria y que se muestra en la actualidad en todo en su esplendor en el Museo creado a tal efecto en la pequeña localidad de Puwei. La unión entre mujeres, ha perdurado y se recupera en las experiencias actuales de salvaguarda de este lenguaje, a través de sus significantes y significados: “Las mujeres que crearon este fuerte vínculo se les conoció como «hermanas de juramento» y eran por lo general grupos de tres o cuatro jóvenes, sin vínculo familiar que estaban unidas por una amistad sustentada en cartas escritas ycantar canciones en nüshu entre ellas”.
Como se anuncia oficialmente en Caixaforum, esta película fue seleccionada para la 95ª edición de los Premios Óscar de este año, aunque finalmente no obtuvo este reconocimiento mundial. La película transmite esta cultura milenaria del Nü Shu, en el entorno de este lenguaje, conservando en la memoria histórica la injusta realidad cultural de las mujeres en aquél territorio, que durante siglos no pudieron acceder ni a la escritura ni a la lectura. Les salvó el lenguaje secreto dibujado en mensajes ocultos de su caligrafía, constituyendo una hermandad secreta, las hermanas de juramento, algo que la película muestra en la escenografía de hoy día, en la que las protagonistas, Hu Xin y Simu, funden sus almas a través del lenguaje Nü Sshu, que sólo ellas pueden entender.
Finalmente, he conocido que existe una obra musical, la sinfonía Nüshu,canto secreto de las mujeres, de trece movimientos, donde el instrumento central es el arpa. En la UNESCO he recuperado información sobre este compositor chino con palabras que contienen la intrahistoria de este lenguaje secreto: “Esta escritura ha ayudado a las mujeres Jiangyong a enjugar sus lágrimas”, explica Tan Dun, célebre compositor chino y embajador de buena voluntad de la UNESCO. En 2008 regresó a su provincia natal, Hunan, para investigar sobre la cultura nüshu. “A la entrada de Shanggangtang Village vi un puente de la dinastía Song de ochocientos años de antigüedad, cuya mitad se había derrumbado. Me recordó al nüshu, que también está en peligro”, consignó en su diario de viaje. Es así como se prometió hacer todo lo posible por salvar esta escritura, cuyos caracteres se asemejan a “notas de música que vuelan al capricho de los vientos” y que algunas suelen evocarle las formas del arpa o la pipa (laúd tradicional) china. Y fue ahí cuando nació la idea de una nueva sinfonía: “Nüshu, canto secreto de las mujeres”. Desde 2013, la Orquesta de Filadelfia (Estados Unidos), la Orquesta del Concertgebouw (Países Bajos) y la Orquesta sinfónica de la NHK (Japón) han coproducido este poema sinfónico en las salas de conciertos más prestigiosas del mundo. El nüshu ha pasado de ser una cultura femenina secreta y confidencial a ser una “cultura del mundo”, expresó Tan Dun, para quien el éxito de su sinfonía “muestra el respeto del mundo por la utopía de las mujeres”. Esta obra maestra contemporánea de trece movimientos combina tradiciones musicales orientales y occidentales y refleja diferentes aspectos de la cultura nüshu: canciones que acompañan el acicalado de la novia o la separación de ésta de su madre; otras que tristemente evocan medio siglo de vida matrimonial o expresan la nostalgia por las amigas de la infancia. El instrumento central es el arpa que suena, según la fórmula del compositor, como “un relato de mujer que solloza”. Tan Dun presenta en su sinfonía trece secuencias de un vídeo que él mismo realizó en 2008 en China. Fue la primera vez que alguien filmó la cultura tradicional nüshu. En la aldea de Shang Gan Tang, el compositor se reunió con seis mujeres capaces de escribir nüshu. Fueron nombradas custodias de la tradición nüshu por el gobierno del distrito. Gracias a ellas, esta antigua cultura puede transmitirse hoy a las nuevas generaciones. “El secreto de la inmortalidad reside en el esfuerzo por preservar las tradiciones culturales en peligro y legarlas a la posteridad”, dice Tan Dun. Creo que ha sido un regalo especial conocer estas bellas historias en la celebración del Día del Libro, del lenguaje Nü Shu, en el lenguaje oculto de las mujeres que sufren. Todo un símbolo en el mundo actual.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
[…] y no olvidéis este precioso refrán que escribió un crítico francés del siglo XIX: «Dime qué lees y te diré quien eres».
Federico García Lorca, en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros (septiembre, 1931)
Sevilla, 22/IV/2023, releyendo el artículo que escribí el 12/I/2022, para que me conozcan mejor.
En el contexto de la celebración mañana del Día del Libro, vuelvo a publicar el artículo que escribí el año pasado con ocasión de la referencia expresa que hice de un libro precioso de mi admirada escritora Irene Vallejo, Manifiesto por la lectura (2020), que sigo recomendándolo una vez más por su incalculable valor en la relación que establece cada persona con los libros que ama, llegándonos en muchas ocasiones a estremecer el alma. La frase que abre hoy esta página, leída por García Lorca en su alocución al pueblo de Fuente Vaqueros en 1931, un discurso que pronunció con motivo de la inauguración de la biblioteca pública, hacía una referencia al escritor francés François Mauriac, aunque hoy finalizo aquél refrán con sus propias palabras, “Dime lo que lees y te diré quién eres, eso es verdad, pero te conoceré mejor si me dices lo que relees”. Por ejemplo, hoy, no sólo podrán conocerme mejor los lectores de este cuaderno digital por lo que releo, sino por lo que vuelvo a escribir, es decir, lo que reescribo con la misma ilusión de siempre, en una escritura circular sin fin, con alma, que también existe.
Me lo ha recordado recientemente la escritora Irene Vallejo en un libro que es una pequeña joya literaria, Manifiesto por la lectura (1), en uno de sus capítulos caligráficos dedicado al estremecimiento de agua, trayendo a colación unas palabras de Federico García Lorca en el contexto de la alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, un discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros en el mes de septiembre de 1931, sobre el que ya he tratado algunos de sus párrafos, en varias ocasiones, en este cuaderno digital: “Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad. Muchas veces, un pueblo está dormido como el agua de un estanque en día sin viento. Ni el más leve temblor turba la ternura blanda del agua. Las ranas duermen en el fondo y los pájaros están inmóviles en las ramas que lo circundan. Pero arrojad de pronto una piedra. Veréis una explosión de círculos concéntricos, de ondas redondas que se dilatan atropellándose unas a las otras y se estrellan contra los bordes. Veréis un estremecimiento total del agua, un bullir de ranas en todas direcciones, una inquietud por todas las orillas y hasta los pájaros que dormían en las ramas umbrosas saltan disparados en bandadas por todo el aire azul. Muchas veces un pueblo duerme como el agua de un estanque un día sin viento, y un libro o unos libros pueden estremecerle e inquietarle y enseñarle nuevos horizontes de superación y concordia” (2).
El discurso, en general, es una obra maestra de la literatura iniciática. Recomiendo su lectura con frecuencia para que no se olvide una de sus misiones fundamentales, destacada en esta ocasión por Irene Vallejo: los libros pueden estremecernos el alma. Federico García Lorca no quería que tuviéramos el alma muerta, sino animada permanentemente por la lectura: “Yo he visto a muchos hombres de otros campos volver del trabajo a sus hogares, y llenos de cansancio, se han sentado quietos, como estatuas, a esperar otro día y otro y otro, con el mismo ritmo, sin que por su alma cruce un anhelo de saber. Hombres esclavos de la muerte sin haber vislumbrado siquiera las luces y la hermosura a que llega el espíritu humano. Porque en el mundo no hay más que vida y muerte y existen millones de hombres que hablan, viven, miran, comen, pero están muertos. Más muertos que las piedras y más muertos que los verdaderos muertos que duermen su sueño bajo la tierra, porque tienen el alma muerta. Muerta como un molino que no muele, muerta porque no tiene amor, ni un germen de idea, ni una fe, ni un ansia de liberación, imprescindible en todos los hombres para poderse llamar así”. Para él, la lectura era la base de los programas populares que más le preocupaban en ese momento político en el país, que se traducían en Misiones Pedagógicas y que tanto bien hicieron.
Mejor no se puede decir, aunque sea una aventura desconocida acercarse al alma de cada uno, de cada una, de todos. Los libros son un medio fantástico y García Lorca lo sabía: “¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: “amor, amor”, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fiódor Dostoyevski, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida”.
La lectura, a modo de sacudida interna que lo remueve todo, desnuda y estremece el alma de secreto de cada lector o lectora. Además, los otros pueden llegar a saber quiénes somos a través de nuestros libros. Tenía razón Federico en aquella alocución inolvidable.
NOTA: en la fotocomposición de la cabecera de estas palabras, figura una imagen de Federico García Lorca junto a su hermana Isabel, con un libro en sus manos (1914).
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Somos seres entretejidos de relatos, bordados con hilos de voces, de historia, de filosofía y de ciencia, de leyes y leyendas. Por eso, la lectura seguirá cuidándonos si cuidamos de ella. No puede desaparecer lo que nos salva.
El próximo domingo se celebra el Día Internacional del Libro, habiéndose presentado el cartel oficial de este año, por parte del Ministerio de Cultura, que ha sido diseñado por el ilustrador Sergio García Sánchez, Premio Nacional de Ilustración 2022, a partir de una cita del último autor galardonado con el Premio de Literatura en Lengua Castellana “Miguel de Cervantes”, Rafael Cadenas: la literatura es un muro contra las barbaries. Este cuaderno digital hace un homenaje continuo a los libros y sus mensajes de libertad intelectual y contención de las diferentes barbaries que en el mundo existen. Personalmente, me considero un filobiblion, es decir, una persona que ama los libros, por lo que es fácil entender que me interese especialmente conocer datos sobre la lectura en nuestro país y divulgarlos, porque pienso que un país que lee avanza siempre hacia la libertad de pensamiento y conductas asociadas. Así lo hago habitualmente y muestra de ello fue un artículo concreto, Los libros, en España, gozan de muy buena salud, en diciembre de 2022, en el que ofrecía múltiples datos referidos a una publicación de la Federación Española de Gremios de Editores de España, Comercio Interior del Libro en España 2021, con múltiples datos de interés como para deducir después de su consulta algo que me reconforta siempre en un escenario en el que hay muchos “artistas” que disfrutan destrozando lo que este país hace bien a diario, es decir, constatar que los libros, en España, gozan de muy buena salud.
Decía Richard de Bury, el autor de un libro publicado en el siglo XIV, cuyo título descriptivo enuncia lo que recogen sus páginas escritas en latín, Filobiblión. Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros, que “La verdad que triunfa sobre todas las cosas —que vence al rey, al vino y a las mujeres, que se considera sagrada y se honra antes que la amistad, que es camino sin retorno y vida sin fin, que el santo Boecio considera triple en pensamiento, discurso y escritura— parece seguir siendo más útil, fructífera y obtiene mayores ganancias en los libros. Porque el significado de la voz perece con el sonido. La verdad latente en la mente es la sabiduría que se esconde, el tesoro que no se ve, pero la verdad que brilla en los libros desea manifestarse con fuerza a través de cada sentido. Enaltece la vista cuando es leída, al oído cuando se escucha, y además al tacto cuando se somete a la transcripción, encuadernación, corrección y conservación. La verdad escrita de los libros, no transitoria, sino permanente, se ofrece a sí misma para ser observada, y por medio de las esférulas permeables de los ojos, que pasan por el vestíbulo de la percepción y las cortes de la imaginación, entra en la cámara del intelecto, tomando su lugar en el diván de la memoria, donde engendra la verdad eterna de la mente” (1).
En estos tiempos modernos y bárbaros al mismo tiempo, en determinadas latitudes, los libros pueden ser baluartes inexpugnables en defensa de la libertad de pensamiento e ideas, como dice Rafael Cadenas. Lo importante es descubrir esta realidad cuando la lectura se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día abrupto y de turbación, cuando sabemos leer la vida, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).
En el Día Internacional del Libro, sé que el alma busca siempre refugio en la dignidad humana, un cortafuegos que suele encontrar su sitio en libros preciosos para comprender la imprescindible condición humana de la libertad. Para que no se olvide en un día tan importante como hoy. Las librerías, su maravilloso complementario, son la atención primaria del alma y la lectura de los libros que compramos es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte que casi todo lo cura, porque casi todo está en los libros. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible porque, aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida. Maravilloso, porque en tiempos de silencio ético y cultural es necesario acudir a las librerías y a las bibliotecas (incluidas las nuestras), salvando lo que haya que salvar, porque es verdad que a lo largo de nuestra vida necesitamos acudir al librero o librera de atención primaria o al especialista… en las clínicas del alma. Sobre todo, para detener la barbarie que asola el alma humana. Aun así, me tranquiliza saber que la lectura seguirá cuidándonos si cuidamos de ella (3).
(1) De Bury, Richard. Filobiblión. Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros. Madrid: Anaya, 1995.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.