Ética para la postpandemia

Sevilla, 12/XI/2021

Markus Gabriel, un filósofo alemán de vanguardia y representante destacado del Nuevo Realismo, catedrático de epistemología, filosofía moderna y contemporánea en la Universidad de Bonn, director del Centro Internacional de Filosofía (International Center for Philosophy NRW) y del Centro para la Ciencia y el Pensamiento (Center for Science and Thought) en la Universidad de Bonn, que cuida el intercambio interdisciplinario entre la filosofía y las ciencias naturales para encontrar soluciones productivas y sostenibles a varias de las cuestiones más urgentes de nuestro tiempo, acaba de publicar en su traducción española un libro de gran interés para este tiempo de postpandemia, Ética para tiempos oscuros. Valores universales para el siglo XXI (1), donde según la sinopsis oficial de la editora “analiza los grandes problemas humanos de estos tiempos oscuros: la amenaza a la democracia por parte de la ultraderecha, la xenofobia, el populismo, la coerción a la libertad y al pensamiento a través de la digitalización a ultranza y la obsesión con la tecnología, el consumismo desaforado y los retos de nuestro entorno, en especial, el coronavirus y el cambio climático. Para poder enfrentarnos a ellos necesitamos recuperar los valores universales nacidos de la Ilustración, y la filosofía será una herramienta fundamental para crear una sociedad más libre y justa, capaz de desafiar a los retos del siglo XXI!”. Considero, por tanto, de indudable interés su lectura en tiempos de postpandemia, tiempos oscuros y difíciles por definición.

Voy a leer este libro con la ilusión de dar sentido a mi vida después de una pausa ética, que tanto necesitamos. Lo escribí al comenzar este año, porque estamos haciendo un camino muy largo en tiempos de postpandemia, una singladura ciclópea en su fondo y forma. Es una ocasión para hacer esta pausa acompañado por Gabriel Markus y descubrir de nuevo el poder de la ética, en su justo sentido, tal y como la he venido definiendo a lo largo de los años en páginas especiales de este cuaderno digital que busca islas desconocidas. La ética que he aprendido y enseñado en mis tiempos académicos ha sido siempre la situación que nos interroga en nuestra persona de todos y en la de secreto, para alcanzar un objetivo que nos haga ser más felices viviendo con sentido lo que hacemos a diario. La he definido siempre como el suelo firme que justifica nuestra existencia, es decir, la solería que ponemos a lo largo de la vida y sobre la que pisamos a diario para seguir viviendo con justificación de lo que hacemos, no mero ajustamiento, tal y como me lo enseñó el profesor López-Aranguren hace ya muchos años, cuando comparaba la ética al suelo firme que justifica todos los actos humanos a lo largo de la vida: es la “raíz de la que brotan todos los actos humanos, o todavía mejor, el suelo firme que justifica dichos actos, en definitiva, una forma de vida”. Y es verdad, porque la ética no debería estar sometida a la moda o al mercado, como una mercancía más, como sucede ahora, porque bien entendida es una actitud permanente ante la vida personal y social, pública y privada, sostenida en el tiempo que corresponda vivir a cada uno, es decir, una forma de vida.

Siguiendo al pie de la letra a Cavafis, cada uno de nosotros nos podemos convertir en un Ulises redivivo y pensar que esta dura etapa de la postpandemia es sólo eso, una etapa, un alto en un puerto hasta ahora desconocido, porque el viaje es muy largo: Ten siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin esperar a que Ítaca te enriquezca. También acudo a Benedetti cuando hago esta pausa para escribir en este largo viaje ético a mi Ítaca particular, porque él siempre supo poner hermosura a la vertiente más triste de la vida, como puede ser ahora en este momento tan difícil de la salida del túnel de la pandemia y porque nos ofreció una forma de entender las necesarias pausas en el caminar diario personal, familiar, profesional y social con altura de miras éticas hacia la Ítaca de cada uno: De vez en cuando hay que hacer una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades.

Es verdad que solo necesitamos hacer pausas de vez en cuando y no tanto rebobinar, porque no queremos perder el sentido de la vida. Es lo que Herman Hesse llamaba obstinación, una virtud, a la que admiraba mucho, una sola, porque es obediencia a una sola ley que lleva al “propio sentido” de la vida. Fundamentalmente, algo que necesitamos con urgencia: cantarnos las verdades sobre lo que nos pasa, pisando las baldosas que vamos poniendo en nuestra vida a modo de solería, que es lo único que justifica nuestros actos éticos para no tener que llorar las mentiras. Sin prisa, con pausa, buscando con ética personal y de situación la Ítaca que todos tenemos derecho a soñar y alcanzar algún día. Aunque ahora tengamos que luchar contra un cíclope llamado coronavirus, con ojos de huracán, al que venceremos si nuestro pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Porque hoy no olvidamos hacer una pausa Ética cuando navegamos a diario hacia cada Ítaca particular, que cuando llueve se moja como las demás al cruzar mares procelosos, a la que tenemos la legítima ilusión de llegar aunque ahora vivamos encerrados en una jaula de cristal.

Gabriel Markus habla en su libro, con rotundidad, de los peligros que nos acechan: “A los peligros de la crisis ecológica, así como de las nuevas guerras debidas a la potenciación del nacionalismo, que amenazan la vida de cientos de millones de personas, solo se les puede responder por medio del progreso moral. Ha llegado la hora de que el ser humano se acuerde de su capacidad moral y empiece a admitir que solo una cooperación global —que deje a un lado los egoísmos de los Estados nacionales— puede frenarnos en nuestro acercamiento cada vez más acelerado al precipicio de la historia mundial”. Y aborda determinadas respuestas a esta crisis galopante de valores, ofreciendo vías para alcanzar un nuevo progreso moral en el siglo XXI, entre las que destaca la detección de la nueva esclavitud humana que existe en la actualidad, el progreso y retroceso moral en tiempos de coronavirus, los límites que tiene el economicismo, arrojando una luz sobre una posible y necesaria pandemia metafísica. La Ética es hoy más necesaria que nunca, la ética de todos y para todos.

En la frase final de la Introducción del libro citado, declara el autor la intención al escribirlo y su hilo conductor: “La intolerancia radical, que tiene por objeto socavar por todos los medios posibles (incluida la violencia contra inocentes) las bases del Estado democrático de derecho, no es algo que uno deba tolerar. En consecuencia este libro se dirige a aquellas personas que sienten el deseo de abordar racionalmente —es decir, sin dejarse llevar tan solo por la propia opinión— la cuestión de si en estos tiempos oscuros hay hechos morales y un progreso moral, y de cómo podemos organizar un sistema de valores para el siglo XXI, sobre la base de los valores universales. Que esté creciendo la cantidad de personas que no se interesan por estas cuestiones forma parte del problema a cuya solución quisiera contribuir con estas reflexiones desde una perspectiva filosófica”. De ahí mi interés por divulgarlo, porque lo necesitamos ante los intolerantes y mediocres del Reino del Siempre Jamás, que están más cerca de nosotros de lo que parece a simple vista.

(1) Gabriel, Markus, Ética para tiempos oscuros. Valores universales para el siglo XXI, 2021. Barcelona: Pasado & Presente.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Las librerías son la atención primaria del alma

Sevilla, 11/XI/2021

Dedicado especialmente a la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, activista de las letras con alma. que obtuvo ayer el Premio Cervantes 2021,

Cuido el alma con la lectura de libros. Recuerdo que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C. Amo la lectura, los libros, las librerías y tengo un respeto casi reverencial a las personas que están detrás de cada página bien escrita, sobre todo con alma. De los que critican cada publicación y aconsejan su lectura. De cada persona que está detrás de este círculo virtuoso del libro en todas sus proyecciones posibles, librerías incluidas y sobre las que he escrito en muchas ocasiones en este cuaderno digital porque las admiro.

Escribo estas líneas porque hoy se celebra el Día de las Librerías, un lugar que es la antesala de las bibliotecas, a modo de atención primaria del alma, si consideramos lo manifestado anteriormente al considerar las citadas bibliotecas como lugares del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”. No olvido el mensaje de Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella, por su ilusión de poner una librería (que también tuve yo en una época de mi vida), que le jugaría al final una mala pasada por la invasión nazi en Italia, teniendo que explicar a su hijo Josué, de nombre hebreo, qué cartel van a poner en la librería para prohibir determinadas entradas como la que han leído al detenerse en un escaparate para ver un posible regalo para su madre: prohibida la entrada a hebreos y perros. Para quitar hierro a la dramática situación que está viviendo con su hijo, lo resuelve con una respuesta genial:

Josué: – Pero nosotros dejamos entrar a todo el mundo en la librería.
Guido: – ¡No, mañana mismo también pondremos un cartel! A ver dime algo que te caiga mal.
Josué: – Las arañas. ¿Y a ti?
Guido – ¡A mí, los visigodos! A partir de mañana vamos a poner un cartel que diga. “prohibida la entrada a las arañas y a los visigodos”. Me tienen frito los visigodos. Se acabó.

Guido era un judío pobre que tenía tres ilusiones en su vida humilde: abrir una librería, comprender bien a Schopenhauer (por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica pendular de la vida) y saber distinguir el norte del sur (que también existe). Todo quedaría en nada excepto su dignidad humana y el ejemplo para su hijo en el campo de concentración, sin libros ya, casi sin nada. En la celebración del Día de la Librerías, estas palabras son un pequeño homenaje a los libros con alma y a Guido Orefice, un librero digno, como tantos miles que en este país, en esta Comunidad, intentan abrir sus puertas todos los días, para una comprensión de la vida diferente, porque casi todo está en los libros, hasta la posibilidad de ser más felices en tiempos de coronavirus.

Hay silencios al leer que hablan por sí solos y que cuidan con mimo nuestra alma. Es el motivo principal de por qué se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que muchas veces no lo sabemos hacer. Quizás hemos aprendido bastante sobre el placer útil de la lectura durante la pandemia, sobre todo para que no enfermemos del alma. El alma busca siempre refugio en la dignidad humana, un cortafuegos que suele encontrar su sitio en libros preciosos para comprender la imprescindible condición humana de la libertad. Para que no se olvide en un día tan importante como hoy.

Las librerías son la atención primaria del alma y la lectura de los libros que compramos es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte que casi todo lo cura, porque casi todo está en los libros. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible porque, aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida. Maravilloso, porque en tiempos de silencio ético y cultural es necesario acudir a las librerías y a las bibliotecas (incluidas las nuestras), salvando lo que haya que salvar, porque es verdad que a lo largo de nuestra vida necesitamos acudir al médico de atención primaria o al especialista… en las clínicas del alma.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Elogio de la amabilidad

Sevilla, 8/XI/2021

Hace tan sólo un año que escribí sobre la amabilidad, como actitud que es capaz de reconciliar todo. Era un artículo necesario en los días en los que estábamos en la frontera de la nueva o antigua normalidad, según quién lo mirara, que llevaba por título Amables, por cierto, como sinónimo de felices, también “por cierto”. Vuelvo a publicarlo porque creo que necesitamos reflexionar sobre algo que ya entendieron nuestros antepasados y así lo recogieron en sus discursos y en sus obras: la verdad, cuando es verdadera, es amable. Ahora, más que nunca, ante tanta mentira, verdades a medias y posverdades que lo inundan todo. Afortunadamente, porque desde la perspectiva de un ser humano singular y corriente, como es mi caso, que hace millones de años sorprendió al dios correspondiente como una creación “muy” buena, estoy convencido en este aquí y ahora de que merece la pena vivir amablemente, por cierto.

Amables, por cierto

Amabilidad es una palabra amable, aunque suene a tautología. Esta palabra, junto a amable y amablemente formaron una tríada que se divulgó, brilló, fijó y dio esplendor en el siglo XVIII en este país a través de mi admirado Diccionario de Autoridades (1726, 256, 2 y 257,1). Cada una de ellas aportó una forma de entender determinados comportamientos de las personas que hacían más fácil vivir con los demás. Amabilidad (sustantivo femenino) se definía como “suavidad en el trato, afabilidad, dulzura y atractivo”. Amable (adjetivo), como “La Persona que por su natural dócil, suave, apacible y cariñoso se concilia la común estimación, aprecio y amor […] Y también se entiende y dice de la cosa que es digna de atención y aprecio: como la virtud, la verdad es amable”. Por último, amablemente (adverbio), “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”.

En estos días difíciles de la normalidad anormal después del estado de alarma, sigo empeñado en una búsqueda constante de personas, cosas y noticias amables, que me enseñen a ser cada día más afable y de que se traten determinados asuntos que tanto nos preocupan en la actualidad “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”. No es cuestión de vivir en una burbuja sino de encontrar contextos amables en casi todo lo que se mueve. Lo necesitamos. Lo necesito con ardiente impaciencia, porque el país necesita urgentemente liderazgo amable desde la perspectiva de sus gobernantes, cuestión no baladí desde la perspectiva ciudadana: “Muchos políticos pretenden cabalgar hasta lo más alto a lomos de la dureza del discurso, el lenguaje aguerrido contra el adversario y la retórica beligerante. Sin embargo, la cortesía, las palabras cálidas y el vapuleado talante quizá sean más provechosos en las urnas”. Así se reflejó en un estudio científico llevado a cabo en el Congreso americano en 2015, de rabiosa actualidad salvando lo que haya que salvar, con un análisis de 124 millones de palabras expresadas por sus cargos electos durante las últimas dos décadas: “Los investigadores buscaron términos como “afecto”, “cuidar”, “cortesía”, “derechos”, “igualdad”, “humano”, “escuchar”, “compartir”, “solidario” hasta completar una lista de 127 palabras (o raíz) que tienden a transmitir contenidos en favor de los intereses colectivos y la armonía entre personas. Al comparar mes a mes la proporción de estas palabras en los discursos con las encuestas de valoración de los políticos que las usaban —o no— se observa una “impresionante coincidencia”, según los investigadores que publican este estudio en PNAS. Las palabras que pronosticaron con más fuerza la aprobación del público por su uso fueron “amable”, “involucrar”, “educar”, “contribuir”, “preocupado”, “dar”, “tolerar”, “confianza” y “cooperar” (1). Ser o no ser amables en política, esa es la cuestión que después se traduce o no en votos.

Recuerdo sobre todo en este contexto un discurso que pronunció en 2013, en la Universidad de Syracusa, el escritor y profesor George Saunders, que se hizo viral a través de su publicación en el The New York Times. Tuvo tanta repercusión mundial -más de un millón de lectores-, que se publicó posteriormente en formato libro bajo el título Felicidades, por cierto (2), del que quiero entresacar algunas reflexiones en torno a su hilo conductor: la amabilidad.

En el discurso citado, la amabilidad y no tanto la bondad (desde mi punto de vista no son lo mismo), nace en una historia que cuenta Saunders que le sucedió en su vida y ante una pregunta directa ¿de qué te arrepientes? Es el relato sobre Ellen (nombre ficticio), una chica tímida que se incorporó a su clase de séptimo curso, con unas gafas azules de ojo de gato que en ese momento llevaban sobre todo las mujeres mayores. Tenía la costumbre de que cuando se ponía nerviosa se metía un mechón de pelo en la boca, con la apariencia de mordisquearlo. La realidad es que ella convivía con nosotros en el barrio y era ignorada por la mayoría de la clase, aguantando todo tipo de preguntas impertinentes y burlas. Saunders sabía que esta situación le hacía daño, que ella lo mostraba con los ojos caídos y tratando siempre de desaparecer. Siempre pensé que ella, en su casa, le contaría a su madre que todo estaba bien en la escuela y que tenía amigos. La realidad es que siempre estaba sola. Se fueron del barrio y la realidad es que fue una historia en la que no había nada más, sin otro tipo de vejaciones más allá de las narradas. Un caso perfecto de bullying. Un día venía a clase, otro no y así hasta que la familia se mudó definitivamente del barrio. Así acababa la historia contada a aquellos alumnos de graduación en Siracusa, al iniciar el discurso.

Saunders no olvidó nunca esa situación y no porque él fuera agresivo con Ellen sino todo lo contrario: fue muy amable con ella, incluso la defendió en alguna ocasión, sobre todo por lo que significaba en su vida los fracasos por la falta de amabilidad y bondad, en esos momentos en los que otro ser humano, que estaba cerca, frente a él, sufriendo, sin una respuesta por su parte, sólo con timidez también, de forma reservada, sin un compromiso de defensa y apoyo verdadero. Sobre todo porque visto desde otro ángulo de la vida pasada, los mejores recuerdos los tenemos de las personas que se portaron siempre de forma amable con nosotros.

A partir de esta reflexión última, centra su discurso en una defensa a ultranza de la amabilidad, de las personas amables y de lo que significa actuar amablemente en la vida de cada persona, haciéndose una pregunta crucial: ¿Cuál es nuestro problema?  ¿Por qué no somos más amables? Probablemente, por el egoísmo grabado a fuego durante nuestra existencia, dando prioridad a nuestras necesidades de forma prioritaria sobre las de los demás. Lo estamos viendo a diario con el comportamiento individual y social, sobre todo de los más jóvenes, ante el coronavirus, en una actitud sorprendente y con una ausencia plena de amabilidad en relación con las familias y con las personas más vulnerables de la sociedad.

La segunda pregunta del millón de dólares sería ¿qué hacer? A partir de aquí y en tan sólo tres minutos plantea varias respuestas. En primer lugar, hay que saber distinguir entre lo que reconocemos como Alta Amabilidad y Baja Amabilidad en nuestras vidas. Es algo parecido a la elaboración de un listado de acciones amables y no amables que identificamos en el acontecer diario. Es probable que en la medida que avanzamos en el camino de la vida podamos un día llegar a ser más amables por las propias enseñanzas que nos ofrece la experiencia de vivir, de la vida. Saunders lo reconoce: la mayoría de las personas, a medida que envejecen, se vuelven menos egoístas y más amorosas. La experiencia de tener hijos es una de las oportunidades para valorar no tanto lo que nos suceda a nosotros sino lo que les suceda a ellos. Es el momento que da el título a su libro, Felicidades, por cierto, en frase textual del autor, porque las personas que en ese momento se gradúan han alcanzado un éxito muy querido por los padres o tutores.

La vida continúa después de la graduación y se llega a ese momento después de un largo caminar sobre ilusiones y sueños: hay que intentar ser más amables. Tener éxito en la vida no lo es todo: es como una montaña que sigue creciendo por delante de nosotros a medida que se camina y existe el peligro real de que “tener éxito” ocupe toda la vida, mientras que se desatienden las grandes preguntas. A partir de aquí, ofrece unos consejos: hay que empezar ya a cambiar de actitud, sobre todo desterrar el egoísmo, tomando conciencia de que existe el remedio para curar esta enfermedad individual y social, buscando desesperadamente los mejores remedios para vencerla.

En la vida hay tiempo para hacer muchas cosas y él las enumera a título indicativo, no exhaustivo, pero haciéndolo siempre en la dirección correcta, es decir, en la de la amabilidad. Finaliza con un mensaje aleccionador: “Y algún día, dentro de 80 años, cuando tengáis cien y yo ciento treinta y cuatro, y todos seamos tan afectuosos y amables que casi no se nos pueda aguantar, escribidme unas líneas para contarme cómo os ha ido la vida. Y confío en que me digáis que ha sido maravillosa”.

Cuando lo que nos rodea nos inquieta en estos momentos de desconcierto mundial por la propagación de la epidemia de la COV ID-19, estamos obligatoriamente obligados a descubrir que debemos ser más amables cada día, llenar de amabilidad nuestras vidas y pensar amablemente en que otro mundo es posible. Todavía atesoramos tiempo, convirtiéndose paradójicamente en un regalo muy preciado en estos momentos en los que acusamos su falta proverbial. Recuerdo que el Eclesiastés (Qohélet) no pensaba así, porque nos dice que tenemos hasta 27 oportunidades para disfrutar de él a lo largo de la vida, eso sí siendo amables en un mundo que necesita amabilidad para poder vivir amablemente todos los días: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Al final, lo que necesitamos es decirnos, como los alumnos de la graduación de Saunders, que la vida amable es maravillosa y que la verdad es lo más amable que podemos experimentar en tiempos difíciles. En España, desde el siglo XVIII, así lo entendieron también nuestros mayores.

(1) https://elpais.com/elpais/2015/05/20/ciencia/1432116127_854469.html

(2) Saunders, George, Felicidades, por cierto, 2020. Barcelona: Planeta / Seix Barral.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Los Conciertos de Brandeburgo, de J. S. Bach: cuando lo diferente siempre suena mejor al estar unido

Gustav Leonhardt, en el papel de J.S. Bach, en Crónica de Anna Magdalena Bach, 1967

Sevilla, 4/XI/2021

En este año, concretamente el pasado 24 de marzo, se ha cumplido el 300º aniversario de un hecho histórico: la presentación en sociedad de unos conciertos para muchos instrumentos (Six Concerts avec plusieurs instruments, en el original), compuestos por Johann Sebastian Bach en 1721 y que escucho siempre con respeto reverencial, que dedicó de forma no inocente al margrave (marqués) Christian Ludwig de Brandenburg-Schwendt (1677-1734), Su Alteza Real Mi Señor, hermano del Rey de Prusia, conocidos desde su redescubrimiento en 1849, como los Conciertos de Brandenburgo (Brandeburgo, en correcto español). Para mí es una obra sublime del barroco, de la que conservo en mi memoria de hipocampo secreto la interpretación al clave y dirección de los seis conciertos, simultáneamente, por parte de uno de los músicos que mejor comprendieron la música de Bach, Karl Richter, sobre el que he escrito en diversas ocasiones en este cuaderno digital.

Portada de los Six Concerts avec plusieurs instruments, escrita en francés, compuestos por J.S. Bach y dedicados al Margrave (Marqués) de Brandenburg [sic], el 24 de marzo de 1721

Siendo como siempre justo y benéfico, hoy he vuelto a descubrir esta obra en sus múltiples facetas, insondables a veces, por la lectura de dos artículos que recomiendo para comprender bien esta obra inconmensurable de Bach. El primero, el que dedicó Luis Gago, recientemente, en el diario de El País a esta efeméride, con un título sugerente y aleccionador, La audaz y perenne juventud de los Conciertos de Brandeburgo, del que recojo literalmente las primeras frases por su profundo significado: “Casi al final de los espartanos títulos iniciales de la mejor película jamás realizada sobre un compositor clásico, Crónica de Anna Magdalena Bach, empieza a sonar un fragmento del primer movimiento del quinto de los conocidos como Conciertos de Brandeburgo. Sus directores, Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, anotan minuciosamente en su guion los compases exactos: 147 a 154. A continuación, en la primera escena, la cámara muestra únicamente, de espaldas, a Gustav Leonhardt, que encarna al compositor alemán y afronta, mientras el resto de los músicos guardan silencio, el extenso “solo senza Stromenti” (”compases 154 a 219″, detalla el guion) de este movimiento, un dechado de virtuosismo. Cuando concluye, el plano se abre y vemos tocar a todos los intérpretes, un grupo de siete músicos con vestuario e instrumentos de época, los nueve últimos compases del movimiento. Entre ellos se encuentra, al violonchelo, el patrón de Bach en aquel momento, el príncipe Leopold de Anhalt-Köthen, al que da vida Nikolaus Harnoncourt”, el gran Harnoncourt, el violonchelista que después pasó a ser un excelente director de orquesta, que siempre miraba al cielo durante los conciertos junto al baile armónico de sus manos, un alemán con alma austriaca que falleció en 2016 y que estudió de forma pormenorizada el contexto histórico, instrumental y musical de Bach y Mozart. Junto al Concentus Musicus Wien, tocó y dirigió obras con instrumentos del siglo XVIII, rescatados para no alterar la esencia de las partituras analizados compás a compás, frase a frase y en la partitura completa.

Atraído por estas palabras de Gago he visto la película completa, más allá de los Conciertos de Brandeburgo, con el objetivo de entrar en la vida y obra más significativa de Bach: “Se rodó en 1967 y se estrenó en Utrecht en 1968: interpretar entonces a Bach con instrumentos similares a los que utilizó el compositor era un acto auténticamente revolucionario. Muchos espectadores de la película no habían visto ni oído nunca a buen seguro nada parecido”. Fue la gran pasión de Harnoncourt a lo largo de su vida y así lo atestigua un libro que recomiendo leer para contextualizar bien su vida y obra consagrada a la música barroca y clásica: “Diálogos sobre Mozart” (1). Lo que verdaderamente me ha entusiasmado es la declaración de Gago sobre Bach en su obra cuando viene a decir que su música nunca fue inocente: “Tampoco puede pasarse por alto, en línea con la tesis de un polémico artículo de Susan McClary sobre el Bach más político aparecido en 1987, que, en el arranque mismo de la película, el servidor (Bach) ostente una clara posición de primacía sobre su patrón (el príncipe), sobre todo teniendo en cuenta que Straub y Huillet, decididos a ofrecer una imagen del genio plenamente desromantizada y a deslizar tras la asepsia aparente de las imágenes y el guion sus posiciones políticas izquierdistas, incidirán más adelante en el incómodo sometimiento del compositor a sus superiores durante su posterior destino profesional en Leipzig, cuyas autoridades municipales jamás cobraron conciencia de la magnitud del talento de su díscolo empleado”.

El segundo artículo al que he hecho referencia con anterioridad, en referencia a la película excelente sobre Bach, Crónica de Anna Magdalena Bach, es la crítica sobre su contenido realizada por Carlos Andrés Torres Herrera en Icónica. Pensamiento fílmico: “En Crónica de Anna Magdalena Bach (Chronik der Anna Magdalena Bach, 1967), una pareja de cineastas nos relata la vida y obra de una pareja de músicos. Danièle Huillet y Jean-Marie Straub muestran a través del cine el trabajo que Anna Magdalena Wilcke y, su esposo, Johann Sebastian Bach hicieron en la música: “Pretendemos mostrar personas atareadas en hacer música; pretendemos mostrar personas que realizan efectivamente un trabajo delante de la cámara, […] Al mostrar a músicos dedicados a su labor, la dupla Huillet- Straub no sólo “muestra” una forma de pensar y hacer música: también revelan su manera de proceder cinematográfica. Traducen a lo fílmico las ideas musicales. Encuentran en lo visual un eco de lo sonoro. Y en ese intercambio de ideas, la fuga adquiere un papel preponderante”. La fuga como una forma de expresar el contrapunto: “El contrapunto es como si una persona cantara una canción, una segunda persona otra muy diferente, y una tercera persona una melodía aún más diferente, todo esto al mismo tiempo. Resulta que todas estas canciones tan distintas entre sí, juntas suenan bien, tienen armonía. Esa fue una de las obsesiones de Bach: hacer que lo diferente suene mejor cuando está unido”. Efectivamente, ese es el gran secreto en la obra de Bach: “Podríamos decir que el primer plano secuencia es una exposición. Primero vemos a un sujeto, Johann Sebastian Bach, interpretando una virtuosa melodía en el clavecín, el Concierto de Brandenburgo no. 5. De pronto, la cámara se aleja y descubrimos que junto a él hay un conjunto de instrumentistas, el contrasujeto. La cámara nos ayuda a oponerlos e identificarlos. Los Conciertos de Brandenburgo son una forma de la fuga que se llama concerto grosso donde un conjunto pequeño de instrumentos se opone a uno grande”.

Las fugas y contrapuntos de Bach a lo largo de su obra significaron mucho en todas y cada una de sus composiciones. En los Seis Conciertos de Brandeburgo igualmente: “Las fugas son una forma de reelaborar lo pasado y lo presente. Nos fuimos y ahora que regresamos todo se vuelve diferente. ¿Por qué? Las cosas cambian o desaparecen, pero tenemos la posibilidad de reinventarlas. “Hacer la revolución es volver a colocar en su sitio cosas muy antiguas pero olvidadas”. Straub-Huillet [los directores de la película] imaginan lo que ya desapareció. No sólo la Historia sino las canciones que ya no existen. Lo único que canta Anna Magdalena Bach en la película es un aria (“Mit Freuden sei die Welt verlassen») de la que sólo se conserva el libreto, pues su música se perdió en algún momento. ¿Cómo, entonces, la puede cantar? Los músicos se dieron a la tarea de reconstruir la música a partir de otras composiciones de Bach. Gran ejercicio de imaginación y reinvención del pasado”.

Vuelvo a escuchar los Conciertos de Brandeburgo, pero en su versión inolvidable del gran maestro Karl Richter. Lo haré también, próximamente, con la edición especial que ha publicado Harmonia Mundi con instrumentos de época, interpretados por la Akademie für Alte Musik Berlin, celebrando la efeméride del tricentenario. Intervienen la violinista Isabelle Faust (con un Steiner) como solista en dos de los conciertos y Antoine Tamestit, como primera viola (con un Stradivari): “La rapidez de sus tempi recuerda a las versiones tenidas en su día (1987) por radicales y transgresoras de Musica Antiqua Köln. Superado aquel enfoque reivindicativo y aquel afán de extirpar de raíz cualquier vestigio de adherencias románticas, no muy alejados de los que alientan también en la película Crónica de Anna Magdalena Bach, su principal virtud es quizá conseguir que estas seis obras nos lleguen exultantemente jóvenes y llenas de vida, la misma que les ha permitido mantenerse tan frescas y audaces como cuando nacieron, al menos oficialmente, rodeadas de incógnitas, hace 300 años”.

Los Conciertos, según la interpretación al clave y dirección de Karl Richter, que se pueden visualizar y sentir en el vídeo que encabeza estas palabras finales, fueron grabados del 1 al 10 de abril de 1970 en el Castillo Nuevo de Schleissheim (Munich). Destaco un momento mágico de Richter, entre otros muchos (más bien diría que a lo largo de todos los conciertos), dirigiendo a la orquesta Bach en posiciones casi imposibles, al simultanear la dirección con la interpretación al clave, moviendo las manos en giros indicadores de melodías preciosas interpretadas por Richter y su orquesta como solo ellos sabían hacer, en un contrapunto permanente. Me refiero, por ejemplo, al primer movimiento del Concierto número 5, Allegro, donde se puede observar la maestría de Richter en el clave. Así comienza la película de Crónica de Ana María Bach. Pasen, vean y escuchen.

(1) Harnoncourt, Nikolaus, Diálogos sobre Mozart. Reflexiones sobre la actualidad de la música, 2016. Barcelona: Acantilado.

Harmonia Mundi, Conciertos de Brandeburgo, Edición del Tricentenario

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.  

El gran poder de la lectura llega al alma de La Candelaria

ISA LEE 2021: niños de la barriada de La Candelaria protagonizan el acto anual de Iniciativa Sevilla Abierta por la Feria del Libro de Sevilla

Sevilla, 1/XI/2021

Ayer pude tocar el cielo del gran poder de la lectura en el acto organizado en la Feria del Libro 2021, en Sevilla, por la Asociación Iniciativa Sevilla Abierta, ISA LEE, con la participación este año de niños de la barriada de La Candelaria, una de las tres que conforman Los Tres Barrios-Amate, un conglomerado urbanístico donde se da uno de los mayores índices de pobreza severa en la ciudad de Sevilla, sostenida en el tiempo, desde que personalmente los conocí en los años sesenta del siglo pasado. Por esta razón me emocionó el acto de ayer porque pude comprobar el significado que puede llegar a tener esta lectura llevada a cabo en la Feria del Libro de esta ciudad.

El acto tuvo lugar ayer en la Carpa situada en la Plaza Nueva, con un título programático que tenía un sentido especial: “DESCUBRIENDO LA PERI-FERIA. Un viaje de Ida y Vuelta”, que es muy importante contextualizar porque tenía el alma de La Candelaria: “La vuelta a la Feria del Libro, tras el periodo de pandemia, empezó en la segunda semana de marzo del 2020, cuando visitamos la asociación AES Candelaria y comprobamos la vida que fluía allí, con un transitar de mayores y niños, de maestros y de alumnos, de madres y bebés, de diferentes procedencias, con distintos acentos y vestimentas, pero nadie parado ni desatendido, era como el centro de integración de los no integrados. Desde que conocimos la fecha de celebración de la Feria del Libro de Sevilla estamos trabajando para llevar ese hervidero humano de la peri-feria al centro de la ciudad, representado aquí por la Feria del Libro, a través de la literatura, contada por sus propios actores. Hemos seleccionado unos textos literarios que cumplan un efecto saludable (provechoso para un fin, particularmente para el bien del alma), que serán leídos, recitados o cantados; y en algunos casos, elaborados por los niños que acuden a la Asociación Educativa y Social (AES Candelaria), situada en el barrio de La Candelaria, en el sector Tres Barrios-Amate. Estos alumnos provienen de diversos países y territorios, y queremos que participen en el principal encuentro cultural de nuestra ciudad, mostrando la importante e ignota labor que realiza esta asociación, a través del hilo conductor de la literatura. La presidenta de la AES Candelaria, Estrella Pérez, durante la situación de pandemia vivida recientemente, sintió el riesgo de desaparición de este oasis de acogida, generosidad y apoyo que constituye la sede en una zona tan vulnerable como son los barrios periféricos; y, en su carta de auxilio a la sociedad, además de recordar la necesidad de un apoyo económico para su sustentación y continuidad, resaltó sus deseos para con sus alumnos con estas palabras: “Hay que confiar en la vida”, “La vida es un proceso de aprendizaje” y “Los alumnos deben aprender por sí mismos de sus propios descubrimientos”. Hemos querido en este viaje de ida y vuelta, resaltar el proceso educativo que juega esta asociación, acercándonos a sus actores, tanto a los enseñantes voluntarios como a los niños, ciudadanos que necesitan alimentarse de nutrientes y de ideas, porque el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es más importante para el establecimiento de nuestra humanidad que cualquiera de los conocimientos concretos que así se perpetúan o transmiten”.

El programa del acto, que se puede leer completo en la dirección web de la Asociación Iniciativa Sevilla Abierta, cumplió su objetivo, en el que se pudo comprobar que el gran poder de la lectura estaba en el alma de La Candelaria, a través de los niños y niñas del barrio, también de los pedagogos de la Asociación Educativa y Social (AES Candelaria), que leyeron textos de Albert Camus, Eduardo Galeano, Carmen Laforet y Federico García Lorca, a los que acompañé con un texto mío que reproduzco a continuación, del que se leyó un fragmento:

La lectura enseña el arte para vivir

Federico García Lorca junto a su hermana Isabel, con un libro en sus manos (1914)

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.

Federico García Lorca, en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, con motivo de la inauguración de la biblioteca pública (septiembre, 1931)

Uno de los placeres más útiles, en el código ético de Nuccio Ordine, es el de la lectura. Así lo confirma también una escritora extraordinaria, Irene Vallejo, en su libro canónico “El infinito en un junco”, que recomiendo leer en un acto de agradecimiento reverencial a la historia de los libros: “Hablemos por un momento de ti, que lees estas líneas. Ahora mismo, con el libro abierto entre las manos, te dedicas a una actividad misteriosa e inquietante, aunque la costumbre te impide asombrarte por lo que haces. Piénsalo bien. Estás en silencio, recorriendo con la vista hileras de letras que tienen sentido para ti y te comunican ideas independientes del mundo que te rodea ahora mismo. Te has retirado, por decirlo así, a una habitación interior donde te hablan personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para ti (en este caso, mi yo espectral) y donde el tiempo pasa al compás de tu interés o tu aburrimiento. Has creado una realidad paralela parecida a la ilusión cinematográfica, una realidad que depende solo de ti. Tú puedes, en cualquier momento, apartar los ojos de estos párrafos y volver a participar en la acción y el movimiento del mundo exterior. Pero mientras tanto permaneces al margen, donde tú has elegido estar. Hay un aura casi mágica en todo esto”.

Personalmente, considero la lectura como el arte para vivir, para aprender a leer las señales de la vida, porque hablar y escribir es solo cosa de personas. Leer, igual. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones, de forma indisoluble, en relación con lo que nuestro cerebro lee. La lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible, porque aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida.

La mercadotecnia se ha apropiado del aserto de Gracián, lo bueno si breve dos veces bueno, dando igual la calidad o no de lo breve. La mensajería instantánea, por ejemplo, donde WhatsApp se ha convertido en un claro exponente de la brevedad, así como los tuits, se han apropiado de la lectura por excelencia en los micromundos personales y de redes sociales. En un modo de vivir tan rápido como el actual, la lectura pausada y continua es un estorbo para muchas personas, donde el libro supone además un reto casi inalcanzable para el interés humano de supervivencia diaria.

Nos quedan las palabras… en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los estragos de la pandemia, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7).

He comprendido muy bien el interés de Irene Vallejo por ilusionarnos con la lectura, retirándome por unos momentos, al preparar estas líneas, “a una habitación interior” donde me han hablado personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para mi (en este caso, Federico García Lorca, Nuccio Ordine, Irene Vallejo y Alberto Manguel, entre otros autores) y donde el tiempo pasa al compás de mi interés por escribir de la mejor forma posible, porque comprender y compartir lo que leo es bello y la mejor vacuna contra los males del sinvivir de cada día. De ahí mi amor por las bibliotecas, las “clínicas del alma”, donde aprendo cada día el arte de vivir con dignidad, apasionadamente.

Al finalizar el acto, el Zorongo de Federico García Lorca elevó nuestro espíritu lector y solidario con La Candelaria a las alturas del cielo de Federico, con la lectura hecha por una niña del barrio, Paula Bellido, a la que acompañó el baile de Daniela Camacho, otra convecina, que nos dejó cautivados por la forma de expresar el sentimiento de unas palabras que no se olvidan: La luna es un pozo chico, las flores no valen nada, lo que valen son tus brazos, cuando de noche me abrazan. Es verdad que el gran poder de la lectura ha llegado para quedarse en el alma de La Candelaria.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La Peri-Feria de Sevilla leerá con alma en la Feria del Libro 2021

ISA LEE 2021: niños de la barriada de La Candelaria protagonizan el acto anual de Iniciativa Sevilla Abierta por la Feria del Libro de Sevilla

Sevilla, 28/X/2021

Ya he manifestado en varias páginas de este cuaderno digital que Sevilla más que una ciudad de librerías es de bares, mucho más en plena pandemia, cuando resalté su importancia al considerarlas un sector esencial para las personas. Quizás sea por estos antecedentes que la celebración de la Feria del Libro este año es un acontecimiento especial preparado siempre con mucho esmero por la Asociación Feria del Libro de Sevilla que, en esta ocasión se presenta con un mensaje muy atractivo, Una vida en cada página, en un contexto tan especial como el actual y cuando ya estamos a plena luz del día después de haber atravesado un túnel muy largo, oscuro y angosto por la pandemia, que tantos daños colaterales ha causado, entre ellos a la cultura en general.

Ante esta situación quiero compartir hoy un acontecimiento especial que se celebrará el próximo domingo 31 de octubre, ISA LEE, a las 18:00 horas, en la Carpa de la Feria del Libro situada en la Plaza Nueva, promovido por la Asociación Iniciativa Sevilla Abierta y con un título programático que tiene un sentido especial: “DESCUBRIENDO LA PERI-FERIA. Un viaje de Ida y Vuelta”. Es muy importante contextualizar este evento porque tiene alma, según lo presenta oficialmente la Asociación ISA: “La vuelta a la Feria del Libro, tras el periodo de pandemia, empezó en la segunda semana de marzo del 2020, cuando visitamos la asociación AES Candelaria y comprobamos la vida que fluía allí, con un transitar de mayores y niños, de maestros y de alumnos, de madres y bebés, de diferentes procedencias, con distintos acentos y vestimentas, pero nadie parado ni desatendido, era como el centro de integración de los no integrados. Desde que conocimos la fecha de celebración de la Feria del Libro de Sevilla estamos trabajando para llevar ese hervidero humano de la peri-feria al centro de la ciudad, representado aquí por la Feria del Libro, a través de la literatura, contada por sus propios actores. Hemos seleccionado unos textos literarios que cumplan un efecto saludable (provechoso para un fin, particularmente para el bien del alma), que serán leídos, recitados o cantados; y en algunos casos, elaborados por los niños que acuden a la Asociación Educativa y Social (AES Candelaria), situada en el barrio de La Candelaria, en el sector Tres Barrios-Amate. Estos alumnos provienen de diversos países y territorios, y queremos que participen en el principal encuentro cultural de nuestra ciudad, mostrando la importante e ignota labor que realiza esta asociación, a través del hilo conductor de la literatura. La presidenta de la AES Candelaria, Estrella Pérez, durante la situación de pandemia vivida recientemente, sintió el riesgo de desaparición de este oasis de acogida, generosidad y apoyo que constituye la sede en una zona tan vulnerable como son los barrios periféricos; y, en su carta de auxilio a la sociedad, además de recordar la necesidad de un apoyo económico para su sustentación y continuidad, resaltó sus deseos para con sus alumnos con estas palabras: “Hay que confiar en la vida”, “La vida es un proceso de aprendizaje” y “Los alumnos deben aprender por sí mismos de sus propios descubrimientos”. Hemos querido en este viaje de ida y vuelta, resaltar el proceso educativo que juega esta asociación, acercándonos a sus actores, tanto a los enseñantes voluntarios como a los niños, ciudadanos que necesitan alimentarse de nutrientes y de ideas, porque el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es más importante para el establecimiento de nuestra humanidad que cualquiera de los conocimientos concretos que así se perpetúan o transmiten”.

El programa completo del acto se puede leer completo en esta dirección web de la Asociación Iniciativa Sevilla Abierta. Es una obligación ética acompañar a los protagonistas de este evento y animo a estar allí el próximo domingo 31 de octubre, a partir de las 18:00 horas, en el que se leerán 4 textos aportados por los socios de ISA y se cantarán 2 Raps elaborados por los alumnos de la AES Candelaria, que representarán el alma de la periferia de Sevilla a través de los libros. Es lo que aprendí hace ya muchos años de Gabriel García Márquez por el mensaje que dedicó a los lectores de Cien Años de Soledad, que según nos contaba en un discurso pronunciado en Cartagena de Indias en 2007: “[…] son hoy una comunidad que si viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más poblados del mundo. No se trata de una afirmación jactanciosa. Al contrario, quiero apenas mostrar que ahí está una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano”.

El domingo, muchas personas de la Peri-Feria de Sevilla, llenarán su alma de palabras escritas para ellos también. Sobre todo para ellos, entre los que se encuentran los nadies, a los que nos enseñó a identificar Eduardo Galeano, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida. Para que Sevilla no los olvide, porque viven junto a nosotros, muy cerca, en la Peri-Feria de la ciudad.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Amartya Sen, alumno de Tagore y maestro imprescindible

Hay hombres y [mujeres] que luchan un día y son buenos, otros [y otras] luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los [hombres y mujeres] que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles.

Adaptado de un texto de Bertolt Brecht en Elogio a los combatientes

Sevilla, 18/X/2021

Una persona que conoció a Tagore es difícil que no transmita su sabiduría humanista a raudales. Es lo que le ocurre a Amartya Sen, premio Nobel de Economía en 1998, un economista y filósofo, sobre todo un intelectual que logró humanizar la economía, algo que sigue pareciendo imposible sabiendo lo importante que es el poderoso caballero Don Dinero y su capilaridad social hasta las últimas consecuencias por su impacto en el ser humano. Acabo de leer un artículo magnífico en el diario El País, Amartya Sen, el niño bengalí que vio el hambre de cerca y acabó humanizando la economía, que hace un recorrido muy interesante de su vida con motivo de la publicación de su ultimo libro  Un hogar en el mundo,  unas memorias inacabadas al tratar sólo de su juventud pero que simbolizan quién es en la actualidad, en las que Tagore está presente desde el título como él mismo reconoce, al estar inspirado en La casa y el mundo, obra que ejerció una gran influencia en Sen, así como por el tiempo en el que asistió a sus clases en Santiniketán, durante diez años, donde Tagore había fundado una escuela experimental.

Me ha interesado su relación con Tagore, que cita el artículo:  “Dos años antes de aquella tragedia [la hambruna bengalí de 1943] había muerto el poeta Rabindranath Tagore, con el que el pequeño Sen tuvo una relación familiar estrecha. Su madre era amiga suya y bailó en varias de las obras dramáticas del escritor, que incluso se inventó un nombre para él: Amartya sale en sánscrito de añadir a Martya (muerte) una “A” que convertía al recién nacido en un enviado “de un lugar donde las personas no mueren”. Tal vez por eso ha pasado el año y medio de la pandemia sin cederle demasiado espacio al miedo. “Tengo un largo historial de enfermedades que incluyen dos cánceres”, recordó en la entrevista. “El primero, con 18 años. Me dijeron: ‘Hay un 15% de posibilidades de que sobrevivas cinco años’. Eso fue hace 70″. El segundo fue en 2018, de próstata”. Igualmente, Sen se refiere a Tagore en la citada entrevista en términos algo más que elogiosos: “Es una pena que en Occidente se le haya reducido a su imagen mística, cuando tiene mucho que decir sobre historia, política, economía y equidad social”.

Lo importante de la anécdota vital anterior es la importancia de que sus teorías no mueran en un interés general y legítimo para la sociedad, porque es una bocanada de aire fresco ante tanta mediocridad galopante política y económica. Creo que así lo ha reconocido el acta del jurado que le ha otorgado el premio Princesa de Asturias de ciencias sociales 2021, que se le entregará el próximo viernes, 22 de octubre, en un acto al que probablemente no podrá asistir por una lesión reciente en la espalda: “Desde una perspectiva cosmopolita e interdisciplinar, las múltiples investigaciones de Sen incluyen aportaciones a las teorías de la elección pública y del desarrollo, la economía del bienestar y otras dirigidas a descubrir las raíces de la pobreza y las hambrunas. Su enfoque de las capacidades de las personas se ha extendido al conjunto de las ciencias sociales. Toda su trayectoria intelectual ha contribuido de manera profunda y efectiva a promover la justicia, la libertad y la democracia. Su continuada y excelente labor ha influido de manera decisiva en los planes de desarrollo y en las políticas de las más relevantes instituciones mundiales. Además, ha fundado una escuela universal comprometida con la defensa de los derechos humanos, que ha hecho del profesor Sen una figura clave del pensamiento actual y un maestro de maestros”.

La sinopsis de Un hogar en el mundo no deja lugar a dudas sobre la calidad de su vida y obra humanista: “Para Amartya Sen, la palabra «hogar» evoca muchos lugares: la ciudad de Daca, en el actual Bangladés, donde creció; el pueblo de Santiniketan, donde fue criado por sus abuelos y sus padres; Calcuta, donde inició sus estudios de Economía y participó activamente en movimientos estudiantiles; y el Trinity College, en Cambridge, al que llegó a los diecinueve años. Sen recrea con brillantez la atmósfera de cada uno de esos lugares. En el centro de su formación estuvo la escuela intelectualmente liberadora en Santiniketan, fundada por Rabindranath Tagore (quien le dio su nombre, Amartya), y las apasionantes conversaciones en el famoso Coffee House de College Street, en Calcuta. Como estudiante universitario en Cambridge, se relacionó con muchas de las principales figuras de la época. En un capítulo memorable, recuerda los «ríos de Bengala» por los que viajó con sus padres entre Daca y sus pueblos ancestrales. Además, transmite con gran maestría la inflamación política que llevó a la hostilidad entre hindúes y musulmanes, así como la resistencia a ella. En 1943, Sen fue testigo de la hambruna de Bengala y de su desastroso resultado. Por supuesto, la relación entre Reino Unido e India es otro tema principal del libro. Cuarenta y cinco años después de que llegara a la que sin duda es una de las mayores fundaciones intelectuales del país británico, Sen se convirtió en Master del Trinity College. Este es un maravilloso libro de personas y lugares, pero también de ideas, las que dieron forma a una visión del mundo justa, amplia y necesaria hoy”.

Recomiendo la lectura de estas memorias de juventud, donde forjó su forma de ser y estar en el mundo que a mí tanto me fascinan de los demás, de los imprescindibles, a los que así calificó Bertolt Brecht en una cita inolvidable: Hay hombres y [mujeres] que luchan un día y son buenos, otros [y otras] luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los [hombres y mujeres] que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles (adaptado de un texto de Bertolt Brecht en Elogio a los combatientes, dado que los corchetes son míos en una lectura renovada desde la perspectiva de género en el lenguaje actual). Si a los imprescindibles uno la defensa de los nadies de Galeano desde la ética social, los hijos de nadie, los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, / corriendo la liebre, muriendo la vida, creo que a Amartya Sen lo podemos encumbrar al Olimpo de las personas a las que tenemos el deber de escuchar atentamente para que el Estado del Bienestar se consolide en beneficio del interés general de la sociedad. Todas las teorías económicas y sociales no son iguales y eso se ha encargado Sen de demostrárnoslo a lo largo de su trayectoria intelectual, un niño bengalí que llegó a interpretarnos la vida de la forma más digna posible, sobre todo para los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada, los que probablemente más son pero menos tienen por culpa de los opulentos vestidos de negro, los más despiadados del mundo.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El otoño de Luis Cernuda abre sueños

Sevilla, 16/X/2021

Suelo refugiarme en la poesía en este equinoccio de otoño, tan equitativo entre el día y la noche. Lo vuelvo a afirmar sin ambages: para Cernuda el otoño era un sentimiento que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento porque, siguiendo a Alberti, si el otoño no tiene sentimiento es sólo eso, una palabra de cinco letras: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. Además, había nacido en esta estación. Recuerdo ahora que el año pasado, por estas fechas, se difundió una noticia paradójica sobre el descubrimiento de tres proyectiles de la guerra civil en su casa natal, aquí en Sevilla, en la calle Acetres, en las tareas de limpieza que se estaban llevando a cabo después de muchos años de abandono desde que, finalmente, fue adquirida por el Ayuntamiento de Sevilla, salvándola de la especulación inmobiliaria y del olvido, entregándola a la ciudad para un fin estrictamente cultural y vinculado con el autor. Todo un símbolo. Una casa que siempre la pensó y sintió Cernuda para la paz, nunca para la guerra. En ella vivió hasta 1914, año en que se trasladó la familia a una casa en el Porvenir tras el fallecimiento de su padre y, posteriormente, a la de la calle Aire, última residencia del poeta.

Si vuelvo de nuevo a encontrarme con Luis Cernuda en esta estación es para conocer mejor qué pensaba de ella y a través de ella. En Ocnos, título que encontró en Goethe, como “un personaje mítico que trenza los juncos que han de servir como alimento a su asno”, como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público igualmente inconsciente y destructor”, dedica una reflexión intimista, la tercera, al otoño en su tierra, que la vuelvo a leer de forma pausada con la ilusión y expectativa de la primera vez, porque me aporta otra forma de vivir con encanto esta estación tan mágica y controvertida:

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.

La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: “Que descorran la vela”, y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de casa, moviendo ligera sus pies de plata con rumor rítmico sobre las losas de mármol.

De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal la sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.

Al igual que el año pasado y el otro y el otro, cuando finalizo su lectura, recupero el sentimiento de otoño que tenía Cernuda, expresado también en otro poema con palabras bellas: Llueve el otoño aún verde como entonces / Sobre los viejos mármoles, / Con aroma vacío, abriendo sueños. / Y el cuerpo se abandona. Me consuela saber que puedo abrir sueños, abandonando todo lo que hoy nos sobra para comprenderlos este otoño, porque el tiempo consume todo lo que ocurre y hay que saber alimentarlo, como sabía hacer Ocnos, el personaje mítico De Goethe que hace muchos años entusiasmó a Cernuda.

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Saramago vuelve para animarnos a vivir a pesar de todo

Sevilla, 15/X/2021

«Hay que vivir aunque sea de cualquier modo, siempre que sea vivir»

Al igual que Terencio decía que nada que fuera humano le era ajeno, ahora me atrevo a decir que todo lo que ha escrito Saramago me entusiasma porque da sentido a mi vida y siento que me pertenece, fundamentalmente porque todos sus escritos, como la ideología que llevan dentro, no son inocentes, sintiéndome muy cerca de ellos. Hago esta reflexión con motivo de la publicación ayer y por primera vez en castellano (como acto previo del centenario de su nacimiento, que se celebrará el año próximo), de la novela iniciática del premio Nobel portugués, La viuda (1), una obra de ficción escrita con 24 años, que el autor califica como “sedimentaria”, cuya sinopsis nos abre interrogantes profundos sobre una realidad de la mujer que, pasados los años desde su concepción, no ha perdido la frescura de sus palabras: “Tras la muerte de su marido, Maria Leonor, madre de dos hijos, se siente abrumada ante las dificultades para administrar su hacienda en el Alentejo, las expectativas de la sociedad y el férreo control de su entorno. Después de unos meses sumida en una profunda depresión, decide finalmente afrontar su responsabilidad como propietaria de las tierras, pero su corazón está atormentado por un pecado secreto: a pesar del duelo, su deseo no se ha apagado. Entre cavilaciones sobre la esencia del amor, el paso del tiempo y los deslumbrantes cambios en la naturaleza, la joven viuda pasa las noches en vela, espiando los amores de sus criadas y padeciendo la soledad. Hasta que dos hombres muy distintos irrumpen en su vida y su destino se tambalea inesperadamente. Escrita en 1947, La viuda es la primera novela del autor, que vio la luz en Portugal con el título de Terra do pecado por decisión del editor. Hoy, cuando se cumple el centenario del autor, se publica por primera vez en español, respetando su título original, esta historia escrita por un joven José Saramago, que anticipa el gran escritor que todos conocemos. En ella está ya presente su personal forma de mirar el mundo y algunas de las características de sus novelas más aclamadas: la extraordinaria fuerza narrativa y un personaje femenino inolvidable”.

Esta novela, según cuenta el propio autor a título de “advertencia”, no le proporcionó derecho alguno y tuvo que aceptar que le cambiaran el nombre propuesto, La viuda, por Tierra de pecado, con el que finalmente se publicó: “el título del libro, sin atractivo comercial, sería sustituido. Tan poco acostumbrado estaba nuestro autor a tener unos cuartos de sobra en el bolsillo y tan agradecido a Manuel Rodrigues por la arriesgada aventura en la que se iba a meter que no discutió los aspectos materiales de un contrato que nunca fue más allá de un simple acuerdo verbal. En cuanto al título rechazado, consiguió susurrar que buscaría otro, pero el editor se adelantó, que ya lo tenía, que no pensase más. La novela se llamaría Terra do pecado. Aturdido por la victoria de ser publicado y por la derrota de ver cambiado el nombre de ese otro hijo, el autor bajó la cabeza y se fue de allí a anunciar a la familia y a los amigos que se le habían abierto las puertas de la literatura portuguesa. No podía adivinar que el libro acabaría su poco lustrosa vida en parihuelas. Realmente, a juzgar por lo visto, el futuro no tendría mucho que ofrecer al autor de La viuda”.

El futuro sí le ofreció un reconocimiento humano y profesional a José Saramago, simbolizado con la entrega del premio Nobel de Literatura en 1998. Muchos años después, María Leonor, la viuda, nos enseña a vivir aunque sea de cualquier modo, siempre que sea vivir dignamente. Necesitamos, ahora más que nunca, recordar esta máxima, cuando estamos saliendo, afortunadamente, de un túnel que nos dejaba, hasta hace muy poco, ciegos ante la vida.

(1) Saramago, José, La viuda, 2021. Madrid: Alfaguara.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuando la meditación es un consuelo

Sevilla, 4/X/2021

Anoche se entregaron en Madrid los premios Platino del Cine y el Audiovisual Iberoamericano, en su VIII edición, recibiendo la película El olvido que seremos, dirigida por Fernando Trueba, los premios a la mejor película iberoamericana de ficción, mejor dirección (Fernando Trueba), mejor interpretación masculina (Javier Cámara), mejor guion (David Trueba) y mejor dirección de arte (Diego López). Estos premios se suman al recibido el pasado mes de marzo, el Goya a la mejor película iberoamericana, como reconocimiento al excelente trabajo del cine iberoamericano, en este caso con la fusión de Colombia y España. Con este motivo, vuelvo a publicar el artículo que publiqué en el mes de junio de 2020, Cuando guardamos el alma en un bolsillo, en plena pandemia, una reseña envuelta en palabras de Antonio Machado y Jorge Luis Borges, que siguen teniendo actualidad plena en un mundo de desencantos por la corrupción en los poderes públicos y privados, donde afloran siempre los vicios privados y las públicas virtudes que tanto daño hacen a la Humanidad. Véase como botón de muestra la noticia aparecida hoy en los medios de comunicación de países que comparten el periodismo científico, sobre los papeles de Pandora, en la que se destapan los negocios opacos de 600 españoles y 35 mandatarios internacionales y en la que aparece también la cara más triste y de desencanto social de los ciudadanos de Colombia y España, cuando el fraude tributario campa a sus anchas en paraísos fiscales, haciendo añicos el estado del bienestar y el interés general de la ciudadanía.

He leído el libro varias veces, cumpliendo un compromiso adquirido el día que escribí el artículo que sigue, lectura que recomiendo una y mil veces, con un título que es todo un símbolo para no olvidar, siendo y estando en un mundo tan conflictivo como el actual, pero que sigue posibilitando que todos podamos guardar nuestra alma en el bolsillo más querido de nuestra vida. En aquél momento no había leído el libro, aunque días después lo compré y devoré en un abrir y cerrar de ojos. También del alma. El soneto de Borges, Aquí. Hoy, lo le leído también en bastantes ocasiones de mudanzas de cuerpo y alma, porque la meditación sobre su fondo y forma es un consuelo en estos tiempos tan revueltos.

Cuando guardamos el alma en un bolsillo

Ha sido una experiencia especial, de las que estremece la vida, porque he vuelto a descubrir el alma de una persona en su bolsillo. Me ocurrió por primera vez el día que supe que en un viejo abrigo de Antonio Machado, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, unos días antes de su triste fallecimiento en el exilio, guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz: “Ser o no ser…”, una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: “Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”) y un verso suelto: “Estos días azules y este sol de la infancia…”. Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.

La segunda experiencia y que motiva estas palabras escritas hoy con el vértigo que siento siempre ante la página en blanco, es el descubrimiento de una historia que merece ser leída con detalle a través de un extenso artículo del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, protagonizada por una nota encontrada en el bolsillo de la chaqueta de su padre, el doctor y activista de derechos humanos Héctor Abad Gómez, el día que lo asesinaron (probablemente a manos de paramilitares), el 25 de agosto de 1987, en la calle Argentina de Medellín (Colombia), donde figuraba un poema de Borges, tal y como lo describió meses después en el Magazín Dominical de El Espectador. Fue el momento en el que dijo que el poema era de Borges. Lo que sucedió después, a lo largo de los años, es una historia muy larga de contar que propició la publicación de un libro, El olvido que seremos (1), que a su vez ha sido la base del guion de una película dirigida por Fernando Trueba y que ha sido seleccionada en la 73ª edición del Festival de Cannes, aunque no ha podido celebrarse el pasado mes de mayo por la pandemia mundial. Esta concatenación de hechos es muy sugerente, a modo de una novela no de ficción, sino de realismo mágico y trágico colombiano que tan bien trató siempre Gabriel García Márquez, aunque en esta ocasión con visión plena y triste de una gran realidad vivida y sentida en primera persona por Héctor Abad Faciolince.

EL OLVIDO QUE SEREMOS

El poema atribuido desde el primer momento a Borges, lo tiene grabado el autor del artículo en su mente y muestra de su creencia en la auténtica autoría, tan controvertida después, es que sirvió como epitafio en la tumba de su padre, recogiendo las iniciales JLB que recordaba haber visto en aquella nota que encontró en el bolsillo de su padre: “[…]el poema ahora también está impreso en mi memoria y espero recordarlo hasta que mis neuronas se desconfiguren con la vejez o con la muerte”:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no “.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Primero, le puso un título, Epitafio, hasta que con el paso de los años en el largo camino por demostrar la autoría de Jorge Luis Borges, apasionante, supo que su verdadero título era “Aquí. Hoy”. No he leído el libro que narra estos acontecimientos a modo de autobiografía novelada en tiempos de aquel suceso, solo algunas reseñas, entre las que escojo la de mi maestro, Manuel Rivas: “No sé si un libro puede cambiar la vida, pero sí que puede alterar tu reloj biológico. […] Me mantuvo en vigilia toda la noche. Es un libro con boca. La boca inolvidable de la gran literatura que ha sobrevivido a la extinción de las palabras”. Tampoco he visto la película, obviamente. Pero siento como si leyera hoy los versos de Machado y Borges, en primera persona y en directo, comprendiendo que el alma puede quedarse en el bolsillo de una chaqueta como si fuera el mejor lugar para una gran compañera en el camino de la vida: la dignidad del olvido. En el caso del padre de Héctor Abad Faciolince, muriendo también como Machado en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de la dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

Porque es verdad: desde hoy mismo ya somos el olvido que seremos y podemos guardarlo dignamente, como el alma, en nuestro bolsillo más querido.

(1) Abad Faciolince, H. (2017). El olvido que seremos. Madrid: Alfaguara.

NOTA: la imagen en la que aparece Fernando Trueba, se recuperó el 6 de junio de 2020 de https://www.las2orillas.co/el-olvido-que-seremos-llega-a-cannes/

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