Amables, por cierto

Sevilla, 25/VIII/2020

Amabilidad es una palabra amable, aunque suene a tautología. Esta palabra, junto a amable y amablemente formaron una tríada que se divulgó, brilló, fijó y dio esplendor en el siglo XVIII en este país a través de mi admirado Diccionario de Autoridades (1726, 256, 2 y 257,1). Cada una de ellas aportó una forma de entender determinados comportamientos de las personas que hacían más fácil vivir con los demás. Amabilidad (sustantivo femenino) se definía como “suavidad en el trato, afabilidad, dulzura y atractivo”. Amable (adjetivo), como “La Persona que por su natural dócil, suave, apacible y cariñoso se concilia la común estimación, aprecio y amor […] Y también se entiende y dice de la cosa que es digna de atención y aprecio: como la virtud, la verdad es amable”. Por último, amablemente (adverbio), “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”.

En estos días difíciles de la normalidad anormal después del estado de alarma, sigo empeñado en una búsqueda constante de personas, cosas y noticias amables, que me enseñen a ser cada día más afable y de que se traten determinados asuntos que tanto nos preocupan en la actualidad “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”. No es cuestión de vivir en una burbuja sino de encontrar contextos amables en casi todo lo que se mueve. Lo necesitamos. Lo necesito con ardiente impaciencia, porque el país necesita urgentemente liderazgo amable desde la perspectiva de sus gobernantes, cuestión no baladí desde la perspectiva ciudadana: “Muchos políticos pretenden cabalgar hasta lo más alto a lomos de la dureza del discurso, el lenguaje aguerrido contra el adversario y la retórica beligerante. Sin embargo, la cortesía, las palabras cálidas y el vapuleado talante quizá sean más provechosos en las urnas”. Así se reflejó en un estudio científico llevado a cabo en el Congreso americano en 2015, de rabiosa actualidad salvando lo que haya que salvar, con un análisis de 124 millones de palabras expresadas por sus cargos electos durante las últimas dos décadas: “Los investigadores buscaron términos como “afecto”, “cuidar”, “cortesía”, “derechos”, “igualdad”, “humano”, “escuchar”, “compartir”, “solidario” hasta completar una lista de 127 palabras (o raíz) que tienden a transmitir contenidos en favor de los intereses colectivos y la armonía entre personas. Al comparar mes a mes la proporción de estas palabras en los discursos con las encuestas de valoración de los políticos que las usaban —o no— se observa una “impresionante coincidencia”, según los investigadores que publican este estudio en PNAS. Las palabras que pronosticaron con más fuerza la aprobación del público por su uso fueron “amable”, “involucrar”, “educar”, “contribuir”, “preocupado”, “dar”, “tolerar”, “confianza” y “cooperar” (1). Ser o no ser amables en política, esa es la cuestión que después se traduce o no en votos.

Recuerdo sobre todo en este contexto un discurso que pronunció en 2013, en la Universidad de Syracusa, el escritor y profesor George Saunders, que se hizo viral a través de su publicación en el The New York Times. Tuvo tanta repercusión mundial -más de un millón de lectores-, que se publicó posteriormente en formato libro bajo el título Felicidades, por cierto (2), del que quiero entresacar algunas reflexiones en torno a su hilo conductor: la amabilidad.

En el discurso citado, la amabilidad y no tanto la bondad (desde mi punto de vista no son lo mismo), nace en una historia que cuenta Saunders que le sucedió en su vida y ante una pregunta directa ¿de qué te arrepientes? Es el relato sobre Ellen (nombre ficticio), una chica tímida que se incorporó a su clase de séptimo curso, con unas gafas azules de ojo de gato que en ese momento llevaban sobre todo las mujeres mayores. Tenía la costumbre de que cuando se ponía nerviosa se metía un mechón de pelo en la boca, con la apariencia de mordisquearlo. La realidad es que ella convivía con nosotros en el barrio y era ignorada por la mayoría de la clase, aguantando todo tipo de preguntas impertinentes y burlas. Saunders sabía que esta situación le hacía daño, que ella lo mostraba con los ojos caídos y tratando siempre de desaparecer. Siempre pensé que ella, en su casa, le contaría a su madre que todo estaba bien en la escuela y que tenía amigos. La realidad es que siempre estaba sola. Se fueron del barrio y la realidad es que fue una historia en la que no había nada más, sin otro tipo de vejaciones más allá de las narradas. Un caso perfecto de bullying. Un día venía a clase, otro no y así hasta que la familia se mudó definitivamente del barrio. Así acababa la historia contada a aquellos alumnos de graduación en Siracusa, al iniciar el discurso.

Saunders no olvidó nunca esa situación y no porque él fuera agresivo con Ellen sino todo lo contrario: fue muy amable con ella, incluso la defendió en alguna ocasión, sobre todo por lo que significaba en su vida los fracasos por la falta de amabilidad y bondad, en esos momentos en los que otro ser humano, que estaba cerca, frente a él, sufriendo, sin una respuesta por su parte, sólo con timidez también, de forma reservada, sin un compromiso de defensa y apoyo verdadero. Sobre todo porque visto desde otro ángulo de la vida pasada, los mejores recuerdos los tenemos de las personas que se portaron siempre de forma amable con nosotros.

A partir de esta reflexión última, centra su discurso en una defensa a ultranza de la amabilidad, de las personas amables y de lo que significa actuar amablemente en la vida de cada persona, haciéndose una pregunta crucial: ¿Cuál es nuestro problema?  ¿Por qué no somos más amables? Probablemente, por el egoísmo grabado a fuego durante nuestra existencia, dando prioridad a nuestras necesidades de forma prioritaria sobre las de los demás. Lo estamos viendo a diario con el comportamiento individual y social, sobre todo de los más jóvenes, ante el coronavirus, en una actitud sorprendente y con una ausencia plena de amabilidad en relación con las familias y con las personas más vulnerables de la sociedad.

La segunda pregunta del millón de dólares sería ¿qué hacer? A partir de aquí y en tan sólo tres minutos plantea varias respuestas. En primer lugar, hay que saber distinguir entre lo que reconocemos como Alta Amabilidad y Baja Amabilidad en nuestras vidas. Es algo parecido a la elaboración de un listado de acciones amables y no amables que identificamos en el acontecer diario. Es probable que en la medida que avanzamos en el camino de la vida podamos un día llegar a ser más amables por las propias enseñanzas que nos ofrece la experiencia de vivir, de la vida. Saunders lo reconoce: la mayoría de las personas, a medida que envejecen, se vuelven menos egoístas y más amorosas. La experiencia de tener hijos es una de las oportunidades para valorar no tanto lo que nos suceda a nosotros sino lo que les suceda a ellos. Es el momento que da el título a su libro, Felicidades, por cierto, en frase textual del autor, porque las personas que en ese momento se gradúan han alcanzado un éxito muy querido por los padres o tutores.

La vida continúa después de la graduación y se llega a ese momento después de un largo caminar sobre ilusiones y sueños: hay que intentar ser más amables. Tener éxito en la vida no lo es todo: es como una montaña que sigue creciendo por delante de nosotros a medida que se camina y existe el peligro real de que “tener éxito” ocupe toda la vida, mientras que se desatienden las grandes preguntas. A partir de aquí, ofrece unos consejos: hay que empezar ya a cambiar de actitud, sobre todo desterrar el egoísmo, tomando conciencia de que existe el remedio para curar esta enfermedad individual y social, buscando desesperadamente los mejores remedios para vencerla.

En la vida hay tiempo para hacer muchas cosas y él las enumera a título indicativo, no exhaustivo, pero haciéndolo siempre en la dirección correcta, es decir, en la de la amabilidad. Finaliza con un mensaje aleccionador: “Y algún día, dentro de 80 años, cuando tengáis cien y yo ciento treinta y cuatro, y todos seamos tan afectuosos y amables que casi no se nos pueda aguantar, escribidme unas líneas para contarme cómo os ha ido la vida. Y confío en que me digáis que ha sido maravillosa”.

Cuando lo que nos rodea nos inquieta en estos momentos de desconcierto mundial por la propagación de la epidemia de la COV ID-19, estamos obligatoriamente obligados a descubrir que debemos ser más amables cada día, llenar de amabilidad nuestras vidas y pensar amablemente en que otro mundo es posible. Todavía atesoramos tiempo, convirtiéndose paradójicamente en un regalo muy preciado en estos momentos en los que acusamos su falta proverbial. Recuerdo que el Eclesiastés (Qohélet) no pensaba así, porque nos dice que tenemos hasta 27 oportunidades para disfrutar de él a lo largo de la vida, eso sí siendo amables en un mundo que necesita amabilidad para poder vivir amablemente todos los días: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Al final, lo que necesitamos es decirnos, como los alumnos de la graduación de Saunders, que la vida amable es maravillosa y que la verdad es lo más amable que podemos experimentar en tiempos difíciles. En España, desde el siglo XVIII, así lo entendieron también nuestros mayores.

(1) https://elpais.com/elpais/2015/05/20/ciencia/1432116127_854469.html

(2) Saunders, George, Felicidades, por cierto, 2020. Barcelona: Planeta / Seix Barral.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.