Retorno de lo vivo cercano

Este fin de semana no he podido cumplir, como quisiera, con mi cita semanal en este cuaderno de inteligencia digital. Pero he estado cerca de varios acontecimientos que he guardado en mi hipocampo personal e intransferible, en la búsqueda de la mejor ocasión para tratarlos:

1. Las tres preguntas del Eclesiastés, cada vez que salgo de una experiencia de lo vivo cercano:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga, si se demuestra antes ó después que todo es vanidad de vanidades, solo vanidad, algo así como intentar atrapar el viento?
– ¿Qué diferencia hay entre el hombre y el animal si ambos vuelven siempre al polvo?
– ¿Quien guiará al hombre a contemplar lo que hay después de él?

2. El retorno de lo vivo lejano, en palabras de Rafael Alberti:

Nos dicen: Sed alegres.
Que no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos
ni el más leve ruido de una lágrima.
Está bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero,
mas hay horas, hay días, hasta meses y años
en que se carga el alma de una justa tristeza
y por tantos motivos que luchan silenciosos
rompe a llorar, abiertas las llaves de los ríos.

3. Los ojos de María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal.

4. Un fotograma, que recupero a continuación del diario El País, de la película Buda explotó por vergüenza, como mensaje subliminal de un artículo excelente de Carlos Boyero, Exotismo con alma, que recomiendo en atenta lectura.

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5. Una frase de Arthur C. Clarke, que me ha hecho pensar de nuevo en mi pre-ocupación actual sobre el cerebro: “En sus artículos profesionales, un científico no puede confesar sus emociones, ni soltarse con simples intuiciones, ni limitarse a especular, soñar, sugerir, opinar… El científico tiene esa servidumbre; el escritor, no”.

Y cuando volví a casa, este cuaderno todavía estaba aquí. Tal y como me lo recuerda en muchas ocasiones el dinosaurio ¿despierto, dormido? de Tito Monterroso.

Sevilla, 27/IV/2008

Los pecios del cerebro

Ayer estuve leyendo detenidamente las últimas odiseas del Odyssey, valga el juego de palabras: “Odyssey confirmó ayer la hipótesis más probable sobre la identidad del pecio hallado en mayo de 2007 con un botín de 500.000 monedas de plata. El llamado Cisne Negro, el barco con el que la compañía mantiene desde entonces una dura pugna con España por sus derechos, es en realidad el Nuestra Señora de La Mercedes, un barco español hundido en 1804 por los ingleses frente a las costas del Algarve”.

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Lema pecio, en el Diccionario de la Academia Usual, (1803), p. 634 (2).

Su lectura me sugirió una metáfora acertada en relación con una estructura cerebral ya presentada en este cuaderno, el hipocampo ó caballo encorvado, porque -valga la expresión- en el cerebro también se pueden descubrir pecios. Los de nuestros antepasados, con el ejemplo sublime de Selam, la niña de Dikika, ó mediante la memoria a largo plazo, aquella que siempre está -como pecio durmiente y viviente-, aunque a veces no se manifiesta en un sabio control de la epifanía de la ética ó suelo firme de cada persona: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum,(la pared delgada que separa dos tejidos) alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera”. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

De acuerdo con la definición del DRAE, pecio (Del b. lat. pecium), tiene tres acepciones: fragmento de la nave que ha naufragado, porción de lo que ella contiene ó los derechos que el señor del puerto de mar exigía de las naves que naufragaban en sus marinas y costas. Y si por algo me ha interesado utilizar y desarrollar esta metáfora es porque los pecios del cerebro son aquellos fragmentos vitales de experiencias que no fueron aceptadas personalmente, de los fracasos, de aquellas frustraciones que se han mantenido como sentimientos displacenteros de incompletud que surgen y surgieron como consecuencia de conflictos psicológicos no resueltos, de las represiones múltiples que nos infligen o nos infligimos en la vida diaria, entendidas como rechazos hacia el inconsciente o hacia la memoria a largo plazo, de cualquier tendencia inaceptable que se mantienen también como conflictos psicológicos no resueltos. Fragmentos del hundimiento ético, personal e intransferible, en definitiva. Producidos por muchas causas, personales e intransferibles también, pero casi siempre construidas y elaboradas por temporales vitales en los que el abordaje ó asalto por los demás a mi propia experiencia era siempre posible por mi debilidad cerebral extrema.

Por eso me ha interesado esta experiencia marina, con ocasión del compromiso con los navegantes solidarios en la búsqueda de “Islas Desconocidas” o de pecios cerebrales a través de este cuaderno. Porque sí se sabe ya que el conocimiento del hipocampo personal puede ayudarnos a explorar nuestros pecios durmientes, con un objetivo claro, construir el cerebro feliz, es decir, que la inteligencia me permita conocer profundamente la ordenación y organización de mi cerebro, porque la inteligencia, apoyada muchas veces por la memoria a largo plazo, ayuda a resolver problemas con una finalidad confesada y confesable: ser feliz, porque es una finalidad de los lobos marinos de la vida, que somos todas y todos, sin que haya que atribuirle solo este título a los amantes y profesionales del mar.

De esta forma, la segunda acepción de pecio que se recogió por escrito, por primera vez en el Diccionario de la Academia Usual, en 1803, justifica metafóricamente y sin fisura alguna que la propiedad de los pecios cerebrales de cada persona, son solo de ella, sin que se deba reconocerse nunca algún derecho de las demás personas intervinientes en las vidas de cada una y de cada uno en la “localización” ó “recuperación” de los mismos, porque tanto “el navío que naufragase en ellos [en los puertos de mar de estos reynos] y lo que dentro de él hubiere, sean del dueño a quien antes pertenecían [las naves que naufragaban en sus marinas y costas]”. Se abre así un mundo de investigaciones basadas en el respeto de la propiedad de lo que queda después de cada hundimiento personal, aunque a veces se pongan algunos pecios personales en el gran mercado de la compraventa de las miserias humanas.

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Vuelvo a mi laboratorio de neurociencias y descubro que hoy, por medios digitales, puedo adquirir un real de a ocho procedente del bergantín español “El Cazador”, hundido en 1784 frente a las costas de Luisiana, en su último viaje desde Veracruz a Nueva Orleáns, llevando un importante cargamento de Reales a ocho de plata acuñados en las cecas de Méjico. Su pecio se descubrió el 2 de agosto de 1993 y ahora se puede adquirir cada real con la garantía de que “no hay dos iguales, ya que el paso del tiempo y el mar han dejado su huella en cada uno de ellos, embelleciéndolos de manera diferente”. Hoy sabemos también que si quiero recuperar algunos pecios cerebrales, fruto de hundimientos personales e intransferibles, no se sabe si por tormentas psicológicas o por piratas sedientos de lo ajeno (los ejemplos pueden ser múltiples, a “disgusto” del autor ó aurora…), las posibilidades de recuperación o de embellecimiento de cada experiencia vivida y guardada (tampoco hay dos iguales), con el paso del tiempo, no son tan simples como la compra de ese real de a ocho, del pecio “El Cazador”, a 59 euros la pieza, más 4 euros de gastos de envío.

Porque, en los pecios del cerebro, tampoco hay que confundir valor y precio.

Sevilla, 20/IV/2008

¿Por qué hablan las personas?

La grandeza del ser humano radica en demostrar a través de la inteligencia que lo biológico (la biosfera) solo tiene sentido cuando va hacia adelante y se completa en la malla pensante de la humanidad, en la malla de la inteligencia (la Noosfera). En definitiva, su tesis [la de Teilhard] radicaba en llevar al ánimo de los seres humanos la siguiente investigación: estamos “programados” para ser inteligentes. Para los investigadores y personas con fe, la posibilidad de conocer el cerebro es una posibilidad ya prevista por Dios y que se “manifiesta” en estos acontecimientos científicos. Para los agnósticos y escépticos, la posibilidad de descubrir la funcionalidad última del cerebro no es más que el grado de avance del conocimiento humano debido a su propio esfuerzo, a su autosuficiencia programada.

Del post, El punto omega (VII), publicado el 6 de mayo de 2006.

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Niño neandertal (Fotografía de PH. PLAILLY / ATELIER DAYNES, recuperada de El País, el 13 de abril de 2008: http://www.elpais.com/articulo/portada/cerca/elpepusoceps/20080413elpepspor_8/Tes

Sin lugar a dudas, entre otras razones entrelazadas entre sí, por culpa de FoxP2, el gen que, con un juego de palabras más o menos acertado, mejor se expresa. El cerebro vuelve a maravillarnos de nuevo hoy, a través del conocimiento científico del gen FoxP2, que me permite volver a centrar el foco de interés cerebral en la génesis y desarrollo de la habilidad del lenguaje humano, gracias a la expresión correcta y ordenada de este gen.

Además, en el proceso científico del ya pero todavía no, se ha celebrado en Cosmocaixa (Barcelona) una actividad científica, el pasado 11 de marzo, que intentaba dar respuesta a las siguientes preguntas, “algunas de ellas todavía abiertas”, [según el avance del programa], sobre la “realidad humana”, estrictamente humana, del lenguaje: “¿Qué otras especies tienen lenguaje aparte de los humanos? ¿Qué provocó la aparición del lenguaje? ¿Cuándo y cómo puede haber aparecido el lenguaje? ¿Cómo era el lenguaje de los primeros homínidos? ¿Se parecía al de los niños? ¿Cómo ha evolucionado el cerebro a causa del lenguaje?”, vinculadas con el título de la misma: Enigmas en torno a los orígenes del lenguaje, una Jornada Científica celebrada en el marco del 7º Congreso Internacional de Evolución del Lenguaje: Evolang 2008, en la que participaron tres autoridades mundiales en los orígenes y la evolución del lenguaje humano: Francesco d’Errico, Director de investigación del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia e investigador de la Universidad George Washington (EEUU); Friedemann Pulvermüller, de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), autor de The neuroscience of language. On brain circuits of words and serial order, y Gary Marcus, director del Centro de investigación de aprendizaje en niños de la Universidad de Nueva York (E.E.U.U.), autor de El nacimiento de la mente (1).

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La presencia de tres científicos de muy alto nivel, un arqueólogo, un neurobiólogo y un neuropsicólogo cognitivo, ha vuelto a traer a colación interrogantes de un calado excepcional, con tres variaciones interpretativas sobre el mismo tema, en todas sus manifestaciones posibles, pero en la búsqueda de un nexo común: demostrar el origen del lenguaje en los seres humanos. Y aquí es donde adquiere protagonismo especial el gen hablador, el FoxP2, por caracterizarlo de una forma muy amable con el proceso actual de investigación. En 2001 (2) se descubrió por primera vez la vinculación de este gen con trastornos del lenguaje y el habla en seres humanos, con una precisión muy importante: el FOXP2 no es específicamente un gen que permita el habla pero, a través de una mutación del mismo, se sabe que tiene la responsabilidad de expresarse mediante una proteína que permite el funcionamiento del circuito del lenguaje en el cerebro. Estos descubrimientos, junto con los que recientemente han tenido lugar sobre fósiles que datan de millones de años atrás (hay que recordar el hándicap principal en esta investigación sobre el lenguaje y el habla: el lenguaje no se fosiliza…), sugieren las preguntas con las que iniciaba este post y que se han abordado en la Conferencia de Barcelona.

Todavía me sobrecoge el descubrimiento de Selam (paz), la niña de Dikika, al que dediqué un post específico, cuando se valoró la localización de su hueso hioides como un hallazgo trascendental para conocer el origen del lenguaje en el “equipo” de fonación pre-programado en los seres humanos, a diferencia de los chimpancés y macacos más próximos en nuestros antepasados (siempre se ha dicho -desde el punto de vista científico y hasta con cierto desdén- que los monos no hablan): “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides [Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe], que es el auténtico protagonista, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopitecus afarensis”. Nunca sabremos si Selam, que cumpliría hoy tres mil millones, trescientos mil años, dijo alguna vez ¡mamá!, aunque su hueso hioides nos permite vislumbrar que sí habló.

Se han planteado respuestas a todas las preguntas del encuentro y solo entresaco las que valoro de mayor interés para realzar el origen de las palabras en sí mismas y articuladas para formar la base del lenguaje. Por orden de intervención, Francesco d´Errico partió de un aserto irrefutable y ya introducido anteriormente: el idioma no se fosiliza en los yacimientos. Es una dificultad muy seria, pero se sabe que los comportamientos simbólicos eran una forma de expresarse, que los adornos corporales también formaban parte de una forma de comunicarse en las primeras experiencias para compartir territorios domésticos, naturales y de supervivencia. La expresión concreta, hablada, es otra cosa. Siempre he recordado mi aprendizaje de las primeras lenguas de los llamados pueblos ribereños, el arameo, caldeo y hebreo, de los territorios bañados por el Tigris y el Éufrates, cuando supe que la grafía de casa (bet) y espíritu (rúaj) estaba precedida de la experiencia de acogida y soplo divino con ese sonido gutural profundo tan sugerente y que ya explicaba en el post “El punto omega (VII)”.

Friedemann Pulvermüller defendió una tesis apasionante: el cerebro está preparado para captar señales, procesarlas en sus estructuras internas y expresar ese proceso interior mediante palabras más o menos afortunadas. ¡Cuántas veces habremos dicho: no me sale y lo tengo en la punta en la lengua! Los exámenes orales siempre fueron un gran test para legitimar los procesos de los aprendizajes y de la memoria como grandes protagonistas de la inteligencia, aunque históricamente también se olvidaba una estructura nuclear en estos procesos, el sistema límbico, regulador de los sentimientos y de las emociones, grandes facilitadores o inhibidores de las palabras habladas, del lenguaje en todas sus manifestaciones posibles, la gestual incluida. Demostró que con medios tan espectaculares como la resonancia magnética funcional se sabe que las redes neuronales interactúan entre sí en una sinfonía extraordinaria, donde bastan solo 20 milisegundos para que la secuencia percepción-palabra sea una realidad. Segundos vitales para los cerebros humanos, sanos o enfermos, donde se acaba de procesar una señal trascendental -casi siempre- para la vida ordinaria. Y también aplicó el llamado “principio de realidad” en las preguntas nucleares de la Jornada: “Desde la ciencia podemos describir las diferencias entre las capacidades de comportamiento de los animales y los humanos, como, por ejemplo, que las personas tenemos un vocabulario ingente, de más de 10.000 palabras, y que los monos apenas pueden aprender 300 símbolos. Que somos capaces de hacer sintagmas, frases complejas, combinar palabras casi hasta el infinito, de crear nuevos vocablos, y los animales no. No obstante, no sabemos por qué sucede así ni entendemos las diferencias de funcionamiento entre los cerebros de los animales y el de los humanos”.

Y llegó Gary Marcus, que está en los cielos de la investigación actual más solvente, mi autor de los últimos meses, citado en los post más recientes (3) por su interesante aportación a la investigación del cerebro desde la genética, con una reflexión impresionante: “lo que hace interesantes a los humanos no es el hecho de las palabras en sí mismas, sino poder aprender y crear nuevas palabras”. Y revolucionó el auditorio con una sentencia espectacular: el lenguaje es un parche similar a la columna vertebral, un mal diseño de la evolución para soportar el peso del cuerpo. Y lo que señalaba anteriormente como anécdota también es una preocupación para Marcus: el rol de la memoria en los procesos lingüísticos y del habla, sobre todo en los bebés y en la primera infancia, como presunta contaminante de estos maravillosos procesos, aunque el equipo fonador de la niña de Dikika (su pequeño hueso hioides) nos demuestre de forma terca que el punto alfa de la inteligencia que se expresa mediante el gen FoxP2 ya estaba allí.

Sevilla, 13/IV/2008

(1) Marcus, G. (2005). El nacimiento de la mente. Barcelona: Ariel.
(2) Lai CS, Fisher SE, Hurst JA, Vargha-Khadem F, Monaco AP. (2001). A forkhead-domain gene is mutated in a severe speech and language disorder. Nature. Oct 4;413(6855):519-23.
(3) El cerebro del escribano añil, Los cerebros del plateliminto: nou-darake y Las mudanzas del cerebro.

Estereotipo machista 6: “¡Buscad la mujer!”

Estoy leyendo en estos días, en los que por razones personales e intransferibles tengo que practicar sobremanera el arte de callar, empezar y acabar, un libro de gran valor historiográfico, Historia general de Al Ándalus, de Emilio González Ferrín. Paso páginas en un entorno muy especial, un hospital comarcal, en el que los silencios son cómplices de una microhistoria de andaluzas y andaluces que luchan por mejorar sus vidas, por estabilizar sus cerebros, por encauzar sus sentimientos y emociones. Y llegando a la página 65 me encuentro con una expresión, cherchez le femme, que constituye un claro exponente de estereotipo machista, a sumar a los cinco que comencé a analizar en julio de 2007 (Estereotipo machista 1: “las mujeres hablan como cotorras”) y que animo a leer de nuevo. Esta expresión la utiliza González Ferrín para plantear de forma espléndida que todo está en perpetuo movimiento y que Al Ándalus es “hijo de su tiempo anterior y padre del posterior”, es decir, coincide con el hilo conductor de este cuaderno de derrota: el mundo solo tiene interés hacia adelante: “aquel célebre cherchez le femme -la machista exageración ilustrativa acerca de que en cada delito hay una mujer implicada de alguna forma- debe cambiarse por ¿qué hay más?, cada vez que afrontemos un supuesto conflicto religioso” (1).

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Estando en esta dialéctica de viaje permanente de mi corazón a mis asuntos, he encontrado hoy una razón para escribir en mi cuaderno preferido sobre un estereotipo que aparece siempre detrás de muchas investigaciones sociológicas sobre la violencia de género. Parece que aquella frase de Alejandro Dumas, padre, ¡buscad la mujer!, que pone en boca del jefe de policía por nombre Monsieur Jackal (Il y a une femme dans toute les affaires; aussitôt qu’on me fait un rapport, je dis: “Cherchez la femme”: Hay una mujer en todos los asuntos; tan pronto como se me hace un informe, digo: ”¡Buscad la mujer!”) (2), resuena todavía en muchas cabezas de hombres mal-educados desde la perspectiva de género, dejando sombras de dudas y sospechas en la sórdida acción de cada mujer maltratada, ¡algo habrá hecho!, cada vez que conocemos que una mujer ha muerto a manos de sus parejas, maridos ó cualquier fórmula que se utilice para simbolizar la paradójica convivencia hombre-mujer.

Y es curioso constatar cómo la misma historia también ha elaborado socialmente una expresión de raíces poco claras desde el rol de mujer: detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, con conflictos claros de los diferentes roles a desempeñar por cada una y por cada uno en la vida, sin admitirse todavía la inversión de los términos, es decir, las claras dificultades que existen para admitir socialmente que detrás de una gran mujer siempre hay un gran hombre [sic]. Es más, rizando el rizo genético y de las actuales investigaciones en neurociencias, en el cerebro de hombres y mujeres, se sabe ya a ciencia cierta (nunca mejor dicho) que en cada cerebro de hombre están presentes también las estructuras del cerebro de mujer (con un papel estelar de las hormonas y de los neurotransmisores), y viceversa, y que el desarrollo de las mismas es lo que nos hace inteligentes para resolver los problemas de rol femenino y masculino de todos los días.

Pero mientras que avanzamos en esta demostración científica, es decir, que en el cerebro del hombre también está presente el cerebro de la mujer, y viceversa, cherchez l´homme et le femme dans le cerveau, lo que todavía -por desgracia- parece como más acertado desde la perspectiva de este estereotipo machista por excelencia, es la interpretación que de esta frase nuclear hizo en su día Groucho Marx: “Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer y, detrás de ella, su esposa”. Aunque solo le hubiera faltado decir: ¡que la busquen!…, como a su famoso niño de cuatro años, sabelotodo.

Y continúo con la lectura sobre Al Ándalus, ¿qué hay más?, buscando como Mario, el inteligente cartero de Neruda, la poesía de la vida, porque en este aquí y ahora “no es de quien la escribe, es de quien la necesita“.

Sevilla, 6/IV/2008

(1) González Ferrín, E. (2007). Historia general de Al Ándalus. Córdoba: Almuzara (2ª ed.), p. 63-65.
(2) Dumas, A. (1874). Les Mohicans de Paris (acto tercero, escena VI), en Théatre complet de Alexandre Dumas (Vol XXIV), París: Michel Lévy Frères, p. 103-104.

Plácido…, Azcona

Como pequeño homenaje a Rafael Azcona, a quien tanto admiraba y admiro.

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Fotografía recuperada de http://www.hoytecnologia.com/noticias/Azcona-aventura-cambio-cine/4147, el 30 de marzo de 2008

Me lo contaba un amigo hace unos días. Ya lo había avisado Rafael Azcona al finalizar una entrevista de años atrás: ¡menudo muerto les dejo! Era una premonición sabia de su fallecimiento, el pasado domingo, dejando un vacío en mi memoria de hipocampo, en el recuerdo imborrable de una película de 1961, Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original), asociada siempre a Rafael como coguionista, que marcó mucho mi pasión por el “cine comprometido”, como se decía antes. Porque me devolvió a mis años de infancia y adolescencia en Madrid, en el barrio de Salamanca, donde había Plácidos y familias burguesas dispuestas en Navidad a sentar pobres en su mesa con dosis de neorrealismo celtibérico, no italiano, sin que el pobre de Cesare Zavattini, el guionista italiano de moda, tuviera culpa de ello.

Conocí personalmente el mundo de los isocarros, los fregaos (en palabras de Plácido) para pegar las letras mes a mes, los coordinadores de las campañas para sentar pobres y ancianos en las mesas de los “pudientes”, los urinarios públicos atendidos por mujeres que reflejaban su dignidad mediante delantales blancos rodeados de puntillas, impolutos. Las estrellas gigantes de Navidad de papel de plata con orientación imposible hacia la izquierda (¡qué paradoja!), los repartos por sorteo (te tocaba un pobre al que había que atiborrar -al menos la noche de Nochebuena- para adormecer las conciencias católicas, apostólicas y romanas), para demostrar en ruedas de prensa, también imposibles, con amistades, compañeras y compañeros de trabajo, y vecindad, que “se tenía un pobre en casa”, la sutileza no confesable del cambio de las sábanas “buenas” por las “corrientes” para depositar al pobre enfermo -acogido como rey por un día– que encima se muere y que en aquella corrosiva película arrancaba frases corales de este tenor: «Con lo bien que iba la campaña, ¡qué fatalidad!».

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El guión no tenía desperdicio y Azcona lo sabía. Con motivo de la promoción de las ollas Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma.

Hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic]. Pero Rafael Azcona, desde donde quiera que esté, puede volver a escribir un guión utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá. Y no se puede andar por la vida sin suelo, aunque los Plácidos de turno tengan que escenificar, a veces, que la felicidad está en los plazos interminables que hay que pagar para tener una vida sobre ruedas. Porque, para ser, ¡eso es otra cosa!

Sevilla, 30/III/2008

Las mudanzas del cerebro

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San Juan de la Cruz, Coplas del mismo, hechas sobre un éxtasis de harta contemplación, Poesías de la colección de Sanlúcar de Barrameda.

Las mudanzas han sido una constante en mi vida, porque he aceptado siempre con buen talante que en la vida se producen variaciones del estado que tienen las cosas, “pasando a otro diferente en lo físico ú lo moral” (Diccionario de Autoridades, RAE, 1734). Las he vuelto a revivir al leer una frase de un cómico americano Steven Wright, al afirmar que escribía un diario desde su nacimiento y como prueba de ello nos recordaba sus dos primeros días de vida: “Día uno: todavía cansado por la mudanza. Día dos: todo el mundo me habla como si fuera idiota”. Es una frase que simboliza muy bien las múltiples veces que hacemos mudanza en el cerebro porque cambiamos o nos cambian la vida (el estado que tienen las cosas) muchas veces a lo largo de la vida. Y el cerebro lo aguanta todo y…, lo guarda también. Es una dialéctica permanente entre plasticidad cerebral y funcionamiento perfecto del hipocampo (como estructura que siempre está “de guardia” en el armario de la vida).

Por otra parte, he escuchado muchas veces la frase ignaciana “en tiempo de turbación no hacer mudanza”, en una interpretación ascética de la frónesis griega, de la prudencia como madre de la sabiduría. Ahora bien, ¿qué es turbación?, ¿algo estático ó dinámico?, ¿azar ó necesidad?, es decir, ¿nos mudamos todos los días o no? La respuesta no está en el viento y el contrato de la perfecta mudanza lo administra segundo a segundo la inteligencia, como capacidad de resolver diariamente los problemas comunes y específicos de cada ser humano, en la búsqueda incesante del bienestar y bien-ser. En definitiva, ética de la felicidad, ética neuronal, porque en una danza admirable -una mu-danza perpetua-, cien mil millones de neuronas están viajando constantemente en nuestra corteza cerebral para responder a un programa de vida genético que luego tiene que modularse con el medio en el que cada ser humano nace, crece, se multiplica y muere. La estructura del cerebro al nacer “ya está instalada” que diría Gary Marcus. Antes, incluso, de la mejor mudanza existencial que existe: nacer a la vida, en el esquema de Wright. Pero estamos obligatoriamente obligados a viajar constantemente hacia alguna parte. Hacia adónde solo merece la pena (yo diría la alegría…) cuando es hacia adelante. Lo manifiesto así por coherencia con lo que yo vivo diariamente en una mudanza cerebral, personal e intransferible, como determinadas nieves: perpetua. Porque no lo sé todo, porque no tengo garantizado casi nada, porque cada vez voy más ligero de equipaje, porque no me gusta miras atrás y menos con ira, porque este siglo tiene horizontes de grandeza que no coinciden con mis patrones de educación para ser un buen ciudadano, porque el trabajo público está cada vez más “tocado” respecto del bien común, porque se confunde habitualmente valor y precio, porque la ética está en horas bajas, porque el sufrimiento de las personas que quiero sigue haciéndome preguntas que no sé contestar, y porque constantemente me adelantan las personas maleducadas por la izquierda y por la derecha, en el pleno sentido de las palabras.

¿Pesimista? No, optimista bien informado sobre la turbación. Y no quiero pasar como un idiota por la vida. Ya sé que el saber sobre las mudanzas tampoco ocupa lugar. Pero aunque no lo haya anotado Steven Wright en su diario para esta ocasión, en mi 22.205º día de existencia, ¡me queda ya tan poco sitio!…

Sevilla, 23/III/2008

Los cerebros del platelminto: nou-darake

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«Platodes», en El arte de la naturaleza, de Ernst Haeckel, 1904 (recuperado de http://es.wikipedia.org/wiki/Platyhelminthes, el 21 de marzo de 2008)

Vamos aproximándonos al conocimiento científico de las neuronas. Mucho debemos a la investigación actual de la regeneración neural en los platelmintos: “gusanos planos, … filo [agrupación de animales basada en su plan general de organización] de animales invertebrados acelomados [cuerpo macizo ya que entre la pared del cuerpo y el intestino existe una masa de células (mesénquima) y fibras musculares] protóstomos [constituyen el origen embrionario de la boca] triblásticos [sinónimo de los animales bilaterales con simetría bilateral, en la cual el organismo es simétrico respecto a un plano (plano sagital) que divide el cuerpo en dos mitades especularmente idénticas], que comprende unas 25.000 especies. La mayoría son hermafroditas que habitan ambientes marinos, fluviales y terrestres húmedos; muchas de las especies más difundidas son parásitos que necesitan varios huéspedes, unos para el estado larvario y otros para el estado adulto” (1). En la lectura que recomendaba en el post anterior, Gary Marcus expone una teoría sorprendente sobre la paradoja del carácter innato y la flexibilidad del genoma humano, adentrándose en la explicación científica sobre una investigación (2) llevada a cabo en 2002 en el Centro Riken de Biología del Desarrollo en Kobe, Japón, con una especie de gusano denominada Dugesia japonica, donde “se ha observado que aproximadamente una docena de genes distintos están regulados al alza (más expresados) durante la regeneración, cada uno en un momento concreto, unos en las primeras fases, otros en periodos intermedios o posteriores. Como sucede en muchos otros aspectos del desarrollo, la expresión genética se halla sometida a un estricto control temporal” (3).

Y presenta en sociedad a la investigación que se está desarrollando en el citado Centro Riken sobre los platelmintos, con la finalidad de saber si es posible la total regeneración de tejido cerebral en zonas que se ha perdido, porque el platelminto es un especialista en regenerar tejido cerebral perdido, cuando se le corta la cabeza [si a un platelminto le cortamos la cabeza, la región de esta desarrollará una cabeza y un tronco nuevos (y el tronco y la cola desarrollarán una cabeza nueva, completa, con un nuevo cerebro)], siempre y cuando no se encuentre con zonas en las que se expresa un gen conocido como ndk, acrónimo del japonés nou-darake, que significa “cerebro en todas partes”. Este laboratorio ha conseguido alterar este gen y los platelmintos entrenados como regeneradores desarrollaron tejido cerebral por todo el cuerpo.

NOU DARAKE
Nou-darake

¿Qué aporta esta investigación? Algo rotundo: si manipulamos los genes, podemos actuar también en el cerebro, actuando sobre lesiones concretas, en las estructuras dañadas. ¡Qué futuro tan esperanzador se abre ante patologías tan invasivas como el Alzheimer, por ejemplo! El gen NDK está muy relacionado con el gen humano FGFRL1 y de acuerdo con Marcus “hay muchas posibilidades de que lo que suceda en el gusano tenga consecuencias en la regeneración del tejido neural humano” Han transcurrido seis años desde la publicación de este avance científico. Se sigue investigando sobre esta realidad científica y el profesor Francesc Cebriá da prueba de ello. Personalmente, me empeñaré también en ello, en su divulgación científica, sabiendo que a priori se encontrará esta investigación con múltiples barreras al llegar al laboratorio real de los cerebros humanos. En estos momentos rescataré también, junto a la investigación científica ordinaria, mi aprendizaje privilegiado de bioética aplicada, durante un Curso académico completo, junto al profesor Bernard Häring, para discernir bien donde está situada la ética de situación para la reparación del daño humano, de sus tejidos, de su cerebro. De su legítima vida en condiciones de felicidad básica, en definitiva.

Sevilla, 21 de marzo de 2008, Viernes Santo, cuando el mundo católico recuerda la muerte de Jesús de Nazareth y la investigación del cerebro sigue buscando la resurrección de las neuronas dañadas en la vida humana. La que tanto quería, según los cronistas de la época. Marcos, por ejemplo…

(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Platyhelminthes
(2) Francesc Cebrià, Chiyoko Kobayashi, Yoshihiko Umesono, Masumi Nakazawa, Katsuhiko Mineta, Kazuho Ikeo, Takashi Gojobori, Mari Itoh, Masanori Taira, Alejandro Sánchez Alvarado & Kiyokazu Agata (2002). FGFR-related gene nou-darake restricts brain tissues to the head region of planarians. Nature, 419, 620-624.
(3) Marcus, G. (2005). El nacimiento de la mente. Barcelona: Ariel, p.147.

El cerebro del escribano añil

No nos llamaremos a engaño. Respeto mucho la profesión de escribano [Persona que por oficio público está autorizada para dar fe de las escrituras y demás actos que pasan ante él], pero en el post de hoy voy a continuar con mi pre-ocupación, es decir, mi ocupación principal ahora desde mi rol de neuropsicólogo instalado en este laboratorio digital, ocupando parte del armario de navegación, de la bitácora de la “Isla Desconocida”. Y voy a abordar una realidad cerebral que he analizado recientemente con ocasión de la lectura de un libro fascinante, El nacimiento de la mente (1), que por segunda vez he vuelto a estudiar en algunos de sus capítulos verdaderamente apasionantes. Y es que la experiencia científica narrada por su autor, Gary Marcus, respecto de las aventuras neuronales de un pajarillo precioso, el escribano añil, no me había dejado indiferente. Verán por qué.

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Escribano añil (Passerina cyanea). Fotografía recuperada de http://www.bsc-eoc.org/avibase/checklist.jsp?lang=EN&region=ca&list=clements&synlang=IS&version=images&p2=22, el 16 de marzo de 2008.

Todo nació con un interrogante que produce fascinación: cuando nacemos ¿venimos ya programados para la vida de cada cual, con un libro de instrucciones (bien traducido…) ó tenemos que aprender todavía a lo largo de “esa” vida porque no todo está atado y bien atado en el dichoso libro? Comprendo que la pregunta tiene “miga”, pero ¡qué le vamos a hacer! Personalmente, me gustan este tipo de preguntas, porque sé que no sé la respuesta de antemano y esto me permite, me obliga a seguir investigando. La escritura de Dios con renglones derechos y torcidos, sobre las historias de cada una y cada uno, es decir, los libros de instrucciones anteriormente citados, tampoco me sirve en estos momentos, aunque respeto las creencias al respecto. ¡Solas y solos ante el peligro! Ó, ¡al fin solas y solos! ¿quién sabe?

Lo que sí se ha demostrado es que nacemos para aprender, es decir, que tenemos que trabajarnos el presente y el futuro. Somos de una determinada forma, irrepetibles por ahora, pero hay dos formas de aprendizaje que marcan nuestras vidas, nuestros cerebros: la asociación y la habituación, demostradas por la etología comparada, aunque no son los únicos patrones de conducta que tenemos que asimilar. Como dice Marcus, “en el nacimiento no está todo”: “los niños nacen con mecanismos mentales altamente desarrollados (naturaleza) que les permiten aprovechar al máximo la información del mundo exterior (cultura)”.

Siendo importante lo expuesto anteriormente, me pareció sorprendente el ejemplo que Marcus utilizaba para describir la complejidad cerebral a la hora de abordar el cerebro humano los aprendizajes a los que estamos obligatoriamente obligados a realizar. Y expone el mecanismo en virtud del cual el escribano añil aprende sobre el cielo nocturno, basado en las experiencias llevadas a cabo por Stephen Emlen con estos pájaros especializados en la contemplación de la rotación del cielo al no “conocer“ la existencia de las brújulas en su imperiosa necesidad de dirigirse siempre a una parte concreta del mundo: “Podemos preguntarnos por qué al escribano le preocupa el cielo. Pues porque este ave quiere saber cómo se va al Sur. Como muchos de sus homólogos humanos pudientes, pasa el verano en el este de los Estados Unidos y el invierno en las Bahamas. Para ir a un sitio desde el otro, el escribano se vale de las estrellas como guía de navegación. Más que memorizar simplemente que la Estrella Polar indica el norte, en realidad estas aves se orientan observando cómo giran las estrellas”. Es más, “dado que las estrellas giran sólo quince grados cada hora, orientarse mirando cómo se mueve el cielo es como observar la pintura mientras se seca. Pero el escribano persevera, y ello se traduce en una herramienta para navegar mucho más sólida que la que habría adquirido si sólo hubiera aprendido dónde se halla una estrella concreta. Al escribano no le molesta que haya nubes aquí y allá –no le hace falta saber dónde está la Estrella Polar-, y el sistema funcionará igual cuando cambie la posición de la tierra con respecto al cielo. El mecanismo incorporado de aprendizaje celeste del escribano es mucho más útil que cualquier edición del Hammond´s Start Atlas susceptible de quedar pronto obsoleta. Se deduce de todo eso que el sistema de navegación del escribano es una mezcla de algo acoplado (un sistema para calibrar mecanismos incorporados según las condiciones locales) y algo aprendido (las condiciones locales concretas)” (2).

Este maravilloso ejemplo provoca una reflexión incuestionable: si la vida humana cuenta con activos genéticos tan importantes y por desarrollar, del que el escribano añil es solo un ejemplo, ¿no podríamos deducir que el lenguaje y su expresión más brillante, la comunicación, es el resultado del aprendizaje más elaborado por el ser humano, es decir, algo acoplado desde el nacimiento a la vida que necesita aprendizajes para despejar la no inocencia del proceso obligado y obligante de las palabras? Porque Marcus, asombrado también con este pequeño pájaro de color índigo, sabe que los seres humanos, a los que les hace falta ahora un GPS para orientarse a diferencia del escribano y que nunca lo van a poder imitar desde la capacidad cerebral humana, cuentan con una capacidad innata de aprendizaje, aún por descubrir en su integridad, “que no parece tener ningún otro animal: el don de adquirir un sistema de comunicación con la riqueza y complejidad del lenguaje, un sistema para comunicar no solo el aquí y ahora sino también el futuro, lo posible y lo soñado”. Sin que por ello tengamos que mirar por encima del hombro al escribano añil, porque los dos sabemos lo que sabemos, es decir, que tenemos algo en común verdaderamente maravilloso como regalo de la evolución de la vida: nacemos para aprender y cada una, cada uno, con su caja de “herramientas” gobernada por el cerebro, para hacerlo lo mejor posible… en un mundo que parece, a veces, diseñado por el enemigo.

Sevilla, 16/III/2008

(1) Marcus, G. (2005). El nacimiento de la mente. Barcelona: Ariel.
(2) Marcus, G., ibídem, p. 30

Sepia, blanco y verde

He sentido una especial emoción cuando preparaba en casa los tres sobres con mi voto. La moviola de la dictadura y de la democracia, me ha recordado muchos años de lucha y de desencuentros con lo divino y lo humano por estabilizar derechos y deberes como ciudadano y para la ciudadanía, en general. ¡Cuántas ilusiones al ganar unas elecciones! ¡Cuántas reflexiones cuando “las perdí”, en el sentido más corporativo de la libertad! Una nueva oportunidad para reforzar derechos y deberes marcados por una determinada forma de interpretar la vida y la muerte, porque todas y todos no vamos en el mismo barco. Ahí radica la diferencia, en momentos en los que hay que definirse en el secreto del voto y en la manifestación pública del día a día normal y corriente, en una Comunidad y País en los que hace mucha falta educación para la ciudadanía.

Sepia, blanco y verde, tres colores que simbolizan una forma de hacer política, no inocentes, aunque esta escala cromática tenga tolerancias y, a veces, tragaderas, para combinar todas las mezclas posibles en momentos en que es urgente llamar las cosas por su nombre y a las actitudes humanas también. Porque no vale todo, porque todas y todos no somos iguales, porque no todo merece la misma pena ó alegría, porque no es lo mismo mirar y compadecerte de los más débiles, en general, incluso de los que conviven con nosotros, diariamente, sin tener que ir más lejos, que pasar de largo. Porque no es lo mismo preocuparnos por el bienestar y bien-ser social, que pasar olímpicamente de ello. Porque no hay que confundir valor y precio. Porque algunos luchamos contracorriente, con la impresión de habernos equivocado de siglo. Porque nos conmueve el sufrimiento y la alegría de las demás personas.

Voy a votar ahora, en un Colegio Público muy querido por mi y mi familia, reforzada mi decisión por el consejo de Sandra Carrasco, la hija mayor de Isaías Carrasco, asesinado el viernes pasado en Mondragón, momentos después de haber compartido minutos de felicidad humana con un buen amigo en el bar Toki Eder (lugar bonito, en euskera), todo un símbolo para este momento crucial, momento bonito, en democracia, de depositar mi voto de tres colores, aunque hoy sean también un refrendo de la existencia de las tres heridas que cantó maravillosamente Miguel Hernández: la del amor, la de la muerte, la de la vida…

Sevilla, 9 de marzo de 2008, un día muy importante para la democracia que tanto amo y defiendo.

La estructura cerebral del talante

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Los cuatro humores: colérico, melancólico, sanguíneo y flemático. Imagen recuperada de http://es.wikipedia.org/wiki/Imagen:Alletemp.jpg, el 2 de marzo de 2008.

Llevo tiempo deseando incorporar una página a este cuaderno de inteligencia digital que trate el traído y llevado “talante”. En estos días de discurso electoral complicado, se exige un buen talante a todas, a todos, candidatos y electores, como muestra de un progreso humano, democrático, pero creo que como modo de ser y actuar es un gran desconocido, asumido además con carácter peyorativo como “cualidad” de un solo candidato, cuando es una posibilidad de ser de todas las personas, de todos los seres humanos. De esta forma, me he puesto manos a la obra, a la palabra, a la investigación y he verificado como punto de partida el lema “talante” en el Diccionario de la Real Academia (Del ár. hisp. ṭál‘a, y este del ár. clás. ṭal‘ah, aspecto, infl. por semblante), encontrándome las siguientes acepciones: 1. m. Modo o manera de ejecutar algo; 2. m. Semblante o disposición personal; 3. m. Estado o calidad de algo y 4. m. Voluntad, deseo, gusto. Es decir, a priori es una cualidad neutra, como disposición ó posibilidad para ejecutar bien o mal algo: una palabra, un gesto, una actitud. Excelente.

Pero mi curiosidad no tiene límites, porque antes que investiguen otros (que diría Unamuno) me gusta investigar a mí. Sobre todo para saber si en el cerebro se aloja la base del talante, lo que me dejaría tranquilo porque se sabría así que es una posibilidad de todos los seres humanos, transmitido genéticamente por nuestros antepasados primates humanos, para no tener que hacer mofa de una posibilidad innata de base cerebral atribuida ahora en esta legislatura a una sola persona y a sus seguidores (pero en segunda fila) y que se desarrolla o no sobre la base de los aprendizajes que se hacen a lo largo de la vida sobre una posibilidad real de manifestarlo como disposición personal. Es más, cuando he consultado el Diccionario de Autoridades, que tanto aprecio y admiro, por ser la primera vez que se ordenan en España las palabras tal y como se viven, piensan y sienten, me encuentro con unas acepciones rotundas basadas, por ejemplo, en pasajes del Quijote: “para que vuestra grandeza disponga de mí a su talante [voluntad]”, dependiendo, eso sí, de la buena o mala disposición, ánimo o inclinación para hacer o conceder alguna cosa [sic]. Y para cerrar esta búsqueda descubro que el adjetivo “talantoso” es el claro exponente de lo que queremos decir cuando una persona tiene talante, es decir, se asegura que la persona está de buen humor ó semblante. Y aquí es donde quería llegar: al humor ó semblante. Ya lo decía Nebrija y el Padre Alcalá en sus Vocabularios y acertaban en su análisis, porque, al final, de humores se trata cuando hablamos de talante.

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Fragmento de la página facsímil 215,1 del Diccionario de Autoridades, S-Z (RAE A 1739)

Se trata de humor, porque respetando la tradición somos más o menos talantosos en función del humor que tengamos. Si es de “perros”, en una acepción muy coloquial, está garantizado el talante malo. Si es “bueno”, la buena disposición, ánimo ó inclinación para hacer ó conceder una cosa (recuerda esta acepción de la persona talantosa…) está garantizada. Esta visión clásica responde a la teoría de los cuatro humores, “adoptada por los filósofos y físicos de las antiguas civilizaciones griega y romana. Desde Hipócrates, la teoría humoral fue el punto de vista más común del funcionamiento del cuerpo humano entre los físicos europeos hasta la llegada de la medicina moderna en el siglo XIX. En esencia, esta teoría mantiene que el cuerpo humano está lleno de cuatro sustancias básicas, llamadas humores, cuyo equilibrio indica el estado de salud de la persona. Así, todas las enfermedades y discapacidades resultarían de un exceso o un déficit de alguno de estos cuatro humores. Estos fueron identificados como bilis negra, bilis, flema y sangre. Tanto griegos y romanos como el resto de posteriores sociedades de Europa occidental que adoptaron y adaptaron la filosofía médica clásica, consideraban cada uno de los cuatro humores aumentaba o disminuía en función de la dieta y la actividad de cada individuo. Cuando un paciente sufría de superávit o desequilibrio de líquidos, entonces su personalidad y su salud se veían afectadas”.

Hoy, la situación ha cambiado y sabemos ya dónde está la sede de estos estados de ánimo: en determinadas estructuras del cerebro, formando un conjunto armónico que no se puede separar entre sí, destacando dos sobremanera: la amígdala y el hipotálamo. Más o menos se podría decir ahora, utilizando los ejemplos anteriores, que tener una “humor de perros” supone tener afectada la amígdala correspondiente (tenemos dos en el cerebro), tal y como lo analizaba en un post anterior sobre “cerebro y género: una cuestión de amígdalas”: “Los elementos de contexto en los que vivimos nuestra existencia diaria, ¡cuántas palabras e imágenes, cuantos estados afectivos momentáneos (emociones) y duraderos (sentimientos) se pueden estar desarrollando y elaborando en nuestro interior sin que tomemos plena conciencia de ello!. Es lógico que a veces digamos “no sé lo que me está pasando”. Responsable: la amígdala personal e intransferible y su integración en circuitos más complejos. El binomio miedo-agresión, está asentado en la amígdala. Si el tamaño es mayor en el hombre, por mera determinación anatómica, la correlación es más compleja. Por ello, las salidas de tono virulentas en los hombres tienen una determinación estructural cerebral, más acusada que en las mujeres. Y con una responsabilidad añadida: la corteza prefrontal, esa zona maravillosa de razonamiento neurológico, al intervenir otras muchas entradas de información a esa zona y equilibrar todas las balanzas imaginables de los procesos que se computan en el cerebro, hace que se module la conducta a observar finalmente, creando patrones para la memoria predictiva: si ya me pasó esto en una situación anterior, atención, porque me puede volver a pasar lo que ya sé que va a pasar. Sorprendente. No es el destino biológico preprogramado de hombre y mujer lo que justifica determinadas conductas, sino que los aprendizajes de situaciones que se han repetido en muchas ocasiones de la vida, “modula” una determinada forma de ser en el mundo, desencadenando procesos hormonales y activaciones eléctricas de circuitos neuronales que ya han “aprendido” a desenvolverse así en situaciones similares. Y la amígdala sigue ejecutando siempre su trabajo”.

Y en relación con el hipotálamo, la realidad de una de las sedes del talante es pareja, “situándonos –valga la metáfora- bajo la cama nupcial, la habitación reservada, que así llamábamos al tálamo. Esta estructura cerebral, en su clave etimológica pura, participa en la regulación del sistema neurovegetativo y endocrino. Es otra “tarjeta” neuronal que cuando se estropea (no funciona bien) acarrea muchísimos problemas a las personas. Y lo peor es que no existen todavía recambios de piezas originales, solo tratamientos -“reparaciones”- paliativos. El hipotálamo, del tamaño de una ciruela pequeña (seguimos en la cocina de la inteligencia…), compuesto por diversos núcleos interrelacionados entre sí, es responsable de una central química más alojada en el cerebro, en su zona central. Controla el equilibrio del agua en el cuerpo, provoca la sensación de hambre o de inapetencia, regula la temperatura corporal (sobre todo la emocional), regula el sueño, también las hormonas, casi todas las “reacciones” emocionales asociadas a conductas de hiperexcitación ó de depresión, la expresión de la libido, y lleva a feliz término el largo viaje que necesita el olfato. Una joya, en definitiva. Y nosotras y nosotros, sin saberlo”.

Solo ha sido una aproximación a las personas talantosas, que no talentosas, ¡cuidado! Es maravilloso pensar que el conocimiento nos hace más libres a través del saber. Es posible que con motivo de estas elecciones sepamos ya que tener talante es un examen de nuestras personas de secreto y que la palabra talante no es patrimonio admirado por unos, denostado por otros, mercancía para aquellos ó derecho a ser, para éstos. Sería extraordinario que cada vez que pronunciemos esta palabra manifestemos un gran respeto por la historia de las palabras en nuestro país y, mirando de frente a las personas que están cerca de nosotros descubramos en ellas qué les puede estar pasando en sus amígdalas cerebrales, en su hipotálamo, entre otras maravillosas estructuras cerebrales que intervienen en los procesos diarios para vivir ó para actuar con buen o mal talante. Por qué sus semblantes (componente esencial del talante) representan un estado de ánimo en el rostro acorde con lo que les está pasando en ese momento trascendental ú ordinario de sus vidas. Sería una buena demostración de la necesidad de expresión del talante humano. Compartido en el respeto, sobre todo.

Sevilla, 2/III/2008, analizando de forma responsable la campaña electoral. Participando.