Sobre el autor

Siete meses escribiendo en este cuaderno de bitácora, al que te he invitado en numerosas ocasiones a participar, necesitaban identificar al autor. Por respeto a los demás he escrito unas palabras a modo de señas de identidad y meditadas hasta la saciedad, porque nunca me ha gustado estar en el anonimato de determinados compromisos, aunque sí en otros, quizá en muchos… Espero que te animes a participar porque esa es la quintaesencia de esta aventura en cubierta, navegando sólo hacia adelante.

Gracias por haber llegado hasta este puerto. Lo merecías.

Sevilla, 23/VII/2006

La parábola de los eritreos

Dedicado a los diez hombres buenos del pesquero “Francisco y Catalina”, así como a todas aquellas personas, cualquiera que haya sido su posición de compromiso (político, social, humanitario, solidario, comprensivo) en este conflicto, que han creído en que las actitudes de los diez tripulantes del barco salvador hacen más visible la realidad de la inteligencia social del ser humano.

Eran 51 personas embarcadas con rumbo a una isla desconocida. Se hicieron a la mar en una patera desvencijada, pero pintada con la dignidad de la esperanza, aprovechando la sabiduría de los expertos mayores de Eritrea que suelen mirar al mar con la nostalgia de los olvidados. Su navegación exquisita, inteligente, los dejaba a veces en el desamparo del mar abierto. Pasaban los días y no avistaban rastros humanos de supervivencia. Todo se agotaba. Hasta lo fundamental: la creencia en el otro más próximo. Cuando la desesperación era evidente, apareció un barco de bandera española, andaluza por más señas, acostumbrado a la pesca en caladeros ricos en desesperanza, alternativos, como salvadores de alta mar en los que la duda de hacerlo los sumergía en un mar de preguntas sobre lo complicado que va siendo ser buenos.

No lo pensaron mil veces, aunque sí novecientas noventa y nueve. ¡Los recogemos! ¡Nos llevaremos también la patera como ejemplo de la ética de arrastre de la vida, como símbolo de la miseria transportada a los mejores mundos posibles, con los cabos de la duda! Para que figure en el museo de la intolerancia. Y se lo comunicaremos a nuestros mayores en todos los sentidos. Y todos decían: ¿cómo os habéis complicado la vida de esta forma, si casi nadie se hubiera enterado?, o ¿no sabéis que hay traficantes de marineros que cierran sus operaciones en alta mar?, ¡en menudo lío nos habéis metido!, con un plural mayestático que podía alcanzar hasta el Vaticano. Todas las voces, a una, empezaron a buscar razones para abordar el problema que venía desde Malta, porque en un acto solidario donde los haya, las autoridades decían desde esa “isla conocida”, a los cuatro vientos y sin mucho escrúpulo,  que “no podían admitir la entrada ilegal de 51 personas encontradas en alta mar”. Y los marineros, diez hombres buenos, comenzaron a llamar a todas partes, hasta que la conciencia se remueve y a nivel de Estado, el símbolo del puerto de Carboneras (Almería) actúa como revulsivo de una matrícula de decencia representada por diez personas, profesionales del mar que no dudaron en comprometerse con la vida.

Los eritreos, que eran mayoría, todos, subieron al barco. Fueron atendidos como personas, alimentados, admitidos como compañeros de un viaje a alguna parte. El Gobierno de España comenzó su tarea de atención diplomática porque Malta seguía en sus trece: “de quedarse aquí, nada de nada, porque la caridad bien entendida empieza por uno mismo”. Y comenzó el reparto: yo me quedo con doce, tú con cinco, aquél con otros cinco, aquellos otros con la mayoría, 29, respectivamente. La mercancía estaba adjudicada. Ya todos tranquilos, medallas por aquí y por allá y los eritreos preguntándose todavía qué Dios existe para que siendo tan visible su bondad, representada por los marineros del Francisco y Catalina, los tuvieran que separar, empaquetados, para vivir en el mundo mejor que soñaban cuando salieron de su país en busca de maravillas desconocidas. La gran enseñanza que nos han transmitido radica en su docilidad para ser transportados a un mundo ideal, a cualquier precio, porque seguir viviendo en el que lo hacían cotidianamente solo los llevaba a una muerte segura en vida. Esperando siempre que alguien, fundamentalmente bueno, los recoja y los atienda con caridad bien entendida. En tierra, mar ó aire. Eso sí, con una etiqueta en la espalda de cada uno: “¡Atención, mercancía muy frágil!”, que les asegure seguir viviendo en esta sociedad del bienestar ó malestar y de lectura sencillamente imposible.

Sevilla, 22/VII/2006

Kathakali

He finalizado la lectura de un libro iniciático en la cultura india, muy próximo a la realidad de Kerala, que me autoimpuse como disciplina lectora por el respeto que debo a India y su forma de comprender la vida rodeada de microsecretos que tarde o temprano acaban desvelándose. Lo citaba en mi artículo de 25/VI/2006, Namasté, donde reflejaba la odisea que solo había comenzado en el hallazgo de un rito de aproximación personal. He descubierto la riqueza de los sentimientos indios a través de una danza, kathakali, con nueve formas de expresar la interpretación de estados afectivos con vocación de permanencia en la vida personal: amor, desprecio, pena, furia, valor, miedo, asco, asombro y distanciamiento. Y creo que solo se puede traducir en aproximaciones a sus significados si hubiéramos tenido la suerte de haber nacido allí, para crecer en la dignidad austera de un fuego con hojas secas de cocotero, agua perfumada y aroma de jazmines, sabiendo que el amor se vive solo en el presente y que la cara sabe reflejar de forma excelente las mudanzas del corazón.

A través de esta danza ancestral, he aprendido a desarrollar la inteligencia del respeto a la vida y a sus circunstancias. Las nueve navarasas (estados emocionales) citadas anteriormente, son la quintaesencia de la danza kathakali, donde mimo, danza y música se funden en el respeto a la memoria histórica de una cultura.  La lectura me ha incorporado a un lugar de ensayo virtual (kalari), donde el maestro de danza (kalamandalam) me ha llevado de la mano para iniciar unos tímidos pasos en la mirada penetrante (noku) de un actor caracterizado especialmente para seguir admirándome de todas las cosas, tal y como lo aprendí de Aristóteles en mi adolescencia.

“Las nueve caras del corazón”, sentidas por Anita Nair,  brinda una oportunidad de conocer una cultura milenaria, con una riqueza contextual que no es la que se transmite a veces de un país, India, que enseña a respetar la dialéctica de tradición y progreso, sin menospreciar aquello que ennoblece el día a día de la vida humana, en cualquier rincón del mundo.

Sevilla, 19/VII/2006

La NASA reconoce la inteligencia española

A las 3.50 horas de hoy, saltaba la noticia al mundo de agencias sobre algo que nos concierne en la preocupación existencial sobre el origen de la vida: “La NASA ha encargado al Centro de Astrobiología (CAB) de Madrid la estación meteorológica con la que contará el laboratorio robotizado que enviará a Marte en el año 2009 para averiguar si el planeta rojo tuvo en el pasado condiciones para la vida y si todavía las tiene”. Y este Centro, dirigido por una persona apasionante sobre la que escribí algunas impresiones el pasado 27/V/2006, el Profesor Juan Pérez Mercader, con su mochila de conocimientos científicos al hombro, tal y como le saludé por primera vez en El Rompido (Huelva), el 25 de mayo pasado, entregará al mundo su inteligencia conectiva para desentrañar las claves de los interrogantes que nos pueden ayudar a prepararnos para lo que viene.

Entre tanta noticia de catástrofes psicológicas y sociales, donde el dolor de los débiles son siempre portada gratuita de una sociedad que cambia rápidamente de canal para que no nos amarguen la sobremesa y la tarde, porque los responsables son siempre “los otros”, noticias como la del reconocimiento al Centro de Astrobiología de Madrid son una bocanada de recuperación de la credibilidad en el ser humano, en su inteligencia creadora con proyección digital.

Solo quería agradecer al profesor Juan Pérez Mercader esta contribución. Probablemente no era la noticia del día, pero quién sabe si será la del mañana próximo, cuando determinados informes de ese laboratorio en Marte nos ayuden a desvelar que no podemos seguir viviendo y pensando como hasta este aquí y este ahora. Y el profesor Pérez Mercader nos contará con su sencillez abrumadora que cuando un día se despertó a la ciencia, la vida en Marte ya estaba allí. Como nos lo contaría Augusto Monterroso en su brevedad creadora. Porque entre las habilidades del profesor Pérez Mercader está la de escribir “cuentos científicos” para la humanidad: “érase una vez un accidente congelado en la evolución del universo”…

Sevilla, 16/VII/2006

Estrella, extraordinaria mujer

Hoy han publicado esta carta, bajo el título “Estrella Morente”, en el suplemento dominical “Magazine” que edita “La Vanguardia” y que se entrega junto a varios periódicos que se publican en todo el territorio español. Como está cambiado el título y han suprimido la última frase del original, prefiero respetar el contenido exacto que envié el 18/VI/2006, sabiendo que lo publicado es fiel reflejo, prácticamente exacto, de lo que quería decir a quien lo quisiera leer. Esta es la gran maravilla del conocimiento compartido a través de Internet, como lección magistral de inteligencia digital aplicada, porque en tiempo real se puede conocer la verdad de lo sucedido…

Finalizaba su actuación en el teatro Maestranza, de Sevilla. De pronto dio un traspié por un escalón desagradecido y todo el teatro se sobrecogió por la posibilidad de caerse Estrella, porque todos la habríamos recogido en nuestros brazos para devolverla al escenario, a su firmamento, donde ella hace sentir rápido a los corazones, aunque no entiendas en toda su profundidad lo que quiere decir a cada uno al oído. Y Estrella, la hija de Enrique Morente, “la cantaora del nuevo siglo” (Magazine de 18/VI/206), continuó su cante, su baile, sin ayuda de nadie, como si no hubiera pasado nada, con la maestría aprendida de su madre, Aurora Carbonell, mujer que me pareció admirable en una entrevista entrañable de Jesús Quintero y que me permitió comprender mejor a Estrella, en su baile de tintes árabes, en su cante reivindicativo de mujer de etnia gitana que canta la dignidad de sus vidas difíciles hechas vibraciones de sentimientos y emociones de la experiencia diaria. ¡Qué gran lección!.

Teníamos una entrada de Paraíso, de un sitio muy lejano en el argot de los teatros, para comprender el compromiso que Estrella Morente, la de Aurora y Enrique, desea regalarnos -como metáfora de la vida- cada vez que se sube a un escenario, aunque una probable “caída”, sin llegar a serlo, como la de cualquiera en la vida, nos permitiera aquél día, a todos, recogerla mentalmente entre algodones.

Con mi agradecimiento a los responsables de “Magazine”.

Sevilla, 9/VII/2006

Género y vida

Antonio López

Ayer sentí la necesidad de retomar la copia que estoy haciendo de un dibujo de Antonio López que me fascinó desde que conocí su existencia. Es una instantánea de la casa de su tío Antonio López Torres, en Tomelloso (Ciudad Real), que juega admirablemente con la luz a pesar de los claroscuros del conjunto y que está fechada en 1972-1975, como muestra de su laborioso realismo onírico. Trabajé mucho las tulipas de la lámpara, el cableado difuso de la pared, la puerta abierta, el negro distante del mueble platero y la difícil composición geométrica de la solería de las habitaciones contiguas. Desde hace un año y tres meses no he vuelto a coger el lápiz, la regla para medir las proporciones de cada loseta, la goma impertérrita, el papel de seda que cubre el dibujo en potencia, hecho con dedicación para mi hijo Marcos, al que quiero ofrecerle un trabajo concienzudo, serio, trazado en horas de dedicación a él, como símbolo de una vida llena de contrapuntos diarios por la propia contradicción de vivir contracorriente, pero con pasos hacia delante, tal y como los dibuja Antonio López en el paso firme de su tío Antonio.

Ayer sentí la necesidad de continuar la obra iniciada. Un reportaje precioso en el suplemento “Domingo” de mi periódico de cabecera, El País, “El hombre que dio el pincel a Antonio López”, llamó a una puerta de mi cerebro para recordarme que tenía una tarea pendiente: culminar un dibujo de Antonio López en homenaje a su tío Antonio López Torres, mentor y maestro, el luchador solitario, tal y como lo definió el lunes 26 de junio, al recibir el Premio Velázquez de Artes Plásticas, por toda su obra, en la sala Velázquez del Museo del Prado. Por un lado me permite hacer también un homenaje a tío y sobrino, con la humildad de un lápiz Staedler HB2, de una goma Rotring rapid-eraser B20 y lo más maravilloso, de una hoja de papel holandés Van Gogh (Talens), sin impurezas de madera, de 30×42 centímetros y de 160 gramos por metro cuadrado. Por otro, me permite estar cerca de la inteligencia creadora y sencilla en la que creo firmemente aunque a veces tenga que dibujarla en vida.

Sevilla, 3/VII/2006

Conocer al otro

He leído con atención el reportaje “Miedo al otro” (Magazine, 11/VI/2006) y creo que este país tiene que reconocer y encarar, definitivamente, la realidad que nos rodea y aceptar que somos curiosamente una referencia mundial por el bienestar que “disfrutamos”, que atrae a los más desfavorecidos y por la aparente integración que avanza de forma inexorable en los barrios más pobres de nuestras ciudades, porque quieren conocernos. Hace tres mil setecientos millones de años, algo pasó en el mundo que permitió también el comienzo de los desplazamientos de los primeros homínidos por territorios africanos y asiáticos hasta construir y tejer la gran malla humana. La razón única es que necesitaban comer y defenderse de los ataques de animales no conocidos. Y buscaban otro mundo mejor. Más o menos como los senegaleses de los cayucos que llegan a Canarias, cuyo silencio es un grito encubierto de rabia y desesperación por una situación insostenible. Son parte de una revolución silenciosa que grita a través de sus silencios que esto no puede continuar así. Algo está pasando en el mundo cercano, aunque lo queramos representar como lejano, que hace terriblemente injusta la realidad que nos cuentan en perfecto francés, para mayor escarnio. Con su dura travesía ya han hablado. Quieren salir y quitarnos el miedo al otro que nace de la desinformación de los injustos.

Carta publicada en “Magazine”, 2/VII/2006

Libros al peso

¡Me lo temía!. Acabo de tener una experiencia que solo la concebía en la ficción. En una gran superficie, tal y como se denominan eufemísticamente hoy los palacios del consumo de la alimentación programada por otros (hiper y supermercados), me he encontrado con la noticia del día segundo de rebajas: ¡Libros al peso!. He curioseado la oferta y en el centro de cuatro soportes que contenían libros descatalogados, estaba una mesa con un peso, donde podías servirte los libros ofertados, pesarlos y ponerles etiqueta con el precio exacto. Hoy estaban los libros a 12 y 15 euros el kilo… (supongo que porque estamos en temporada baja).

La verdad es que con este tipo de experiencias ya ha alcanzado el libro “sus más altas cotas de la miseria”, que diría Groucho Marx. Ya es mercancía total, que era de lo que se trataba en parte del gremio de editores, distribuidores y demás miembros de este círculo mercantil. Sus valores intrínsecos de lectura, cuidado de edición, contenido ajustado a la relación calidad-precio, portador de ideas y libertades al generar conocimiento, ha quedado absorbido por los valores inapelables del mercado convirtiéndose en la mercancía perfecta. El siguiente paso y si no al tiempo, será ampliar la oferta por necesidades detectadas. Por ejemplo, nos tendremos que ir acostumbrando a contemplar los siguientes reclamos: ¡cuarta y mitad de poesía, sólo por cinco euros!, ¡medio kilo de historia, por sólo seis euros!, ¡un kilo de ensayo, quince euros!, indudablemente en este caso, por aquello de la dificultad inherente a su extracción, porque no es lo mismo las labores de “pesca mercantil” en las piscifactorías de ideas, que trabajar en el mar abierto de la inteligencia creadora, es decir, García Márquez, José Antonio Marina, Hawkins ó Sánchez Ron…

Y después vendrán las campañas complementarias: junto al lote de poesía, se regalará un spray para quitar el polvo a las estanterías y si lo complementas con historia, te regalarán un plumero abatible “para entrar hasta el último rincón de tu biblioteca”. Supe, por cierto, de una folklórica de este país, muy afamada en el mundo cañí, que confesaba su predilección por la compras de lomos de libros, en color, por metros, con predilección por los de las “Biblias”, para dar un sello de distinción a los recibidores de las casas. Tengo que confesar de nuevo, con Groucho, que “el futuro ya no es lo que era”, aunque hoy me conformo con no confesar las características del fondo de mi biblioteca no vaya a ser que lo conozca un mercenario de los libros y me ofrezca una cantidad tan suculenta que después me encuentre “El arte de amar” de Erich Fromm, que tanto me ayudó a crecer ideológicamente, en la última oferta sobre “libros de autoayuda” en este hipermercado: “¡lo último: arregle su vida por solo un euro!”. Saben por qué sé el precio, porque mi libro de Fromm pesa exactamente cien gramos y hoy la oferta más baja estaba a diez euros el kilo. Me imagino que a los que han tenido la feliz idea de introducir esta línea de venta, no han visto a Fromm por ninguna parte, ni saben quién es. Eso es lo que siento, como triste metáfora de la vida, porque lo que debería ser un derecho de autor y de propiedad intelectual, protegido hasta el final de la vida del libro, se convierte en mercancía pura y dura para liquidar fondos que son una rémora para las editoriales.

Pienso, fríamente, si este tipo de acciones deberían estar reguladas por la ética intelectual y cultural de un país y promover que antes de ser vendidas las ideas al peso, pudieran formar parte de bibliotecas de países y escuelas de nuestros pueblos andaluces, por ejemplo, que no tienen, en algunos casos, casi nada. Idealismo, lo llaman algunas y algunos. Respeto y sensibilidad con la inteligencia de cada uno, lo llamamos otros. Y si pudieran distribuirse en ciclos de comercio justo, mejor. Además, Carrefour no se arruinaría…, si lo pensara dos veces, porque de acuerdo con su eslogan actual “con ellos es posible”.

Sevilla, 2/VII/2006, segundo día de las Rebajas

Namasté

Desde el viernes pasado estoy intentando comprender el significado de esta palabra: “¡Namasté a usted!”. Así comenzaba la carta que hemos recibido de una persona a la que queremos mucho, en India. Se llama Sukanya, tiene 11 años y pretende ser una mujer nueva, diferente, comprometida con la revolución social de la mujer en un país que convive con siglos de historia, marcado por el imperio de las castas y que sabe lo importante que es estudiar y adquirir conocimiento para cambiar el estado de su arte y parte. Sukanya empezaba su carta con esta preciosa palabra, en lengua indi, que significa: “me inclino ante ti/hago una reverencia a la persona que hay en ti”, junto a una expresión corporal íntimamente unida a la palabra: se juntan las palmas de las manos y se hace una leve inclinación con el tronco hacia delante. ¡Namasté!.

Ayer comencé la lectura de un libro que descubrí en una recensión reciente, “Las nueve caras del corazón” (Alfaguara, 2006) y que me suscitó interés y curiosidad por la cultura india. Leí una entrevista a su autora, Anita Nair y desde ese momento me cautivó el contenido de una obra de más de quinientas páginas, pero que va a suponer un reto para descubrir la cultura india, máxime cuando estoy intentando conocer el mundo en el que vive Sukanya. Y mi sorpresa fue mayúscula, cuando a la altura de la página 14 del libro, me encontré con la palabra “Namasté”  y en el siguiente diálogo:

“Extendió la mano en su dirección, al mismo tiempo que él juntaba las suyas en un gesto de namaste, como sugería su guía turística que debía hacer para saludar a las mujeres en la India”.

Estoy aprendiendo muchas cosas de Sukanya y esta pequeña ocasión me ha abierto los ojos a una realidad que hace visible el respeto por las culturas diferentes a la tuya y por la carga afectiva que siempre tienen, así como una lección permanente de simbolismo histórico vinculado a la vida. Nos cuenta en su carta que ha aprobado el quinto curso, que estudia sexto pero que tiene que andar dos kilómetros todos los días para ir a la escuela, que el verano ya ha pasado y que “tuvieron muchas frutas de mango”, pero que se acercan las lluvias y los campesinos están arando la tierra…  Y con expresiones de afecto se despide. El mismo texto, en hindi, aparece a la izquierda de la carta. Su organizador la ha traducido y veo con detalle sus expresiones en grafía original, hindi, desgraciadamente ininteligibles ahora.

He llegado a la página 148 del libro de Anita Nair cuando escribo estas líneas y estoy seguro que la lectura en paralelo de la realidad de un resort cercano a Kerala, junto al río Nila y la de Mallela, la aldea de 104 familias, donde vive Sukanya, en Anantapur, me van a ayudar a descifrar realidades mágicas de India. He aprendido en las últimas veinticuatro horas que la alondra encrestada, la vanampaadi, permite convertir las necesidades en palabras. Al fin y al cabo, amor a lo desconocido, como una de las caras del amor que me enseña Anita Nair, en la primera expresión del kathakali, representación teatral a la que se incorporan danzas indias que tuve el honor de conocer por primera vez de la mano de Franco Battiato cuando vivía en Roma, en el año 1976 y que es un prodigio en la escenificación de una historia de vida.

¡Namasté, a ti!, que lees estas reflexiones en un pequeño rincón del planeta. Con su fuerza y valor de lo ya conocido.

Sevilla, 25/VI/2006

Género y vida

El primer diario: 21/2/1959

Es probable que fuera un día cualquiera. Pero cuando lo he vuelto a coger en mis manos, he sentido algo especial, algo que hace muy importante la intrahistoria personal. Esta fecha era la premonición de lo que hoy se llama “cuaderno de bitácora”. En la portada, aparece la siguiente frase: ”Cuaderno de” y una raya inferior para rellenar a mano. A mis once años, puse con letra firme, a pluma, con tinta azul, la palabra mágica, que suponía el camino iniciático hacia el interior, hacia la persona de secreto: “Diario”.

Efectivamente, a esa edad comencé a escribir mi primer diario. Está fechado en Madrid, un lugar recurrente en mi vida y muy querido. Era domingo. Es probable que estuviera afectado por una de las dos películas que vi en el Cine “Oraá” en la sesión de tarde: “El gran jefe” (1955) y “El diario de Ana Frank” (1959), de estreno riguroso. La experiencia de aquellas tardes, en una sesión continua, interminable, te predisponía a ser amante del arte cinematógrafico o enemigo implacable. Por hastío o por aprendizaje querido. Afortunadamente, por lo primero, en mi caso. Y aquellos actores, los protagonistas, Victor Mature y Millie Perkins, tan distantes entre sí, caminando en vidas tan dispares, empezaban a dar forma a una forma de ser en el mundo. En el caso de Victor Mature o “Caballo Loco”, porque ya sabía que tendría que luchar siempre con indios en el camino, los nuevos sioux, aunque después saliera de las peleas de la vida como el protagonista, sin que se me hubiera movido el “tupé” y sin una sola arruga en el traje (como le pasaba siempre a Errol Flynn). En el segundo caso, Millie Perkins o Ana Frank, porque la coherencia, el compromiso personal, hace que vivas como en otro mundo, equivocado de siglo, perseguido en aquellos años por la falta de libertad y buscando escribir algo que he vuelto a leer hoy con atención, en una perfecta letra cursiva: “tendré que seguir soportando que me regañen hasta que encuentre un día mi libertad”. Es curioso, pero taché las cinco últimas palabras hasta hacerlas casi ilegibles.

Tengo que reconocer que me impactó mucho aquella película, en la que la azarosa vida de una adolescente me hizo optar ya por compromisos adecuados a la edad. Por eso volví a casa, cogí mi querida pluma “Parker”, de capuchón de acero, con plumín de oro, la cargué con tinta suficiente, en este caso de un tintero de cristal de marca “Pelikan” y me puse a fijar la vida de aquel momento en un cuaderno pequeño, de unas medidas especiales, 15,3 x 10,5, con una portadilla con greca diferenciadora para uso de un Colegio de la época, cosido con una sola grapa, al centro y de una sola raya.

He leído sus páginas muchas veces, en diferentes ciclos de la vida, y siempre las he interpretado de forma idéntica porque era una realidad incuestionable la necesidad de escribir, de volcar en la hoja en blanco aquello que sentía y vivía por la aceras de la calle Narváez, donde viví muchos años. Supe, posteriormente, que el conocimiento de sí mismo era una máxima que se había localizado en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos. Y en Grecia tenían razón.

Ayer, cuando abrí un regalo que me enviaron desde Madrid, que contenía una pluma A. G. Spalding & Bross, 520 Fifth Avenue, Nueva York, supe que mi destino me hace encontrar siempre el recuerdo mucho más cerca de lo que un día me permitió saber más de mi persona de todos y de secreto, iniciándome en una escritura que dibujaba en el papel sueños de aventura hacia alguna parte. Aunque tuviera que dejar siempre su sitio a Ana Frank, por aquella frase última de su diario leída por su padre y que, en mi caso, todavía no he sabido escribir e interpretar con una estilográfica querida y nueva, sabiendo que a mis once años, me había dejado boquiabierto en aquél sillón de entresuelo de un cine de barrio, soportando en mi hombro la cabeza dormida de mi amigo Chete: “A pesar de todo lo ocurrido, sigo pensando que la gente es, de verdad, buena de corazón”. The end.

Sevilla, 23/VI/2006