Crónicas de Viena (III): La casa de la música

Es verdad que Viena es una gran casa de la música, entres por donde entres, pero la tarde del día 1 de agosto fuimos a conocer esta interesante experiencia en torno a la didáctica de la música: la Hausdermusik. Y no nos defraudó, aún cuando se aprecia el deterioro por el paso del tiempo en una experiencia que solo tiene siete años. Está situada en el centro histórico de la ciudad, en Seilerstätte 30, en el mismo edificio donde Otto Nicolai (1810-1849) fundó en 1842 la Orquesta Filarmónica de Viena. Comienza la visita con la entrada en el Museo de la citada Orquesta, con la posibilidad de contemplar en una gran pantalla, el último concierto de Año Nuevo, que en esta ocasión nos facilitó el encuentro con Zubin Mehta, director al que profeso gran admiración. También entramos “virtualmente” en la Galería de los Espejos del palacio de Schönbrunn a los compases del bello Danubio Azul. Minutos para disfrutar de una experiencia sentida, de la mano de las primeras figuras de baile del ballet de la Ópera de Viena para esta ocasión, la guipuzcoana Lucía Lacarra y Cyril Pierre. La Filarmónica se recrea allí en sus actuaciones, trofeos y grandes directores. La sentí más próxima en Salzsburgo, cuando estuve también cerca, muy cerca, de la residencia de su director emblemático: Von Karajan.

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También “compuse» un vals, aunque no pude traerme la prueba irrefutable de tal osadía. Y me atreví a dirigir “virtualmente” a la Filarmónica de Viena, en una experiencia interactiva, en la Marcha Radetzky, de Johann Strauss, de la que no salí muy bien parado porque el Director me regañó –virtualmente- por no seguir de forma adecuada el compás, el tiempo y el ritmo, con mi batuta electrónica. Igualmente, lo hicieron algunos músicos. Tampoco estaban los “funcionarios” que podían certificar tal acontecimiento… Inteligencia digital en estado puro.

Después entramos en los espacios museísticos de Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Strauss y Mahler. Una oportunidad para refrescar composiciones, afectos y desencuentros entre virtuosos de la música. Terminaba la exposición musical con espacios destinados a instrumentos y experiencias de sonido multifuncional. También entramos en una sala específica montada por el Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en torno al cerebro y la música, la música entre la actualidad y el futuro, la Brain Opera, que muestra las posibilidades de ser en el presente codiseñador del futuro, ya que los sonidos y el ambiente creados por los movimientos, el tacto y la voz en el juego interactivo con los hiperinstrumentos del Bosque de la Mente se almacenan, mezclándose en el Mezclador de la Música del Futuro con las ideas creativas de otros visitantes para formar nuevos mundos de sonido, una y otra vez.

Gran experiencia, con la sensación de que la música es un medio interactivo aún por descubrir, en mi caso. Con la misma humildad que tenía que aceptar la pequeña admonición del director de la Filarmónica de Viena cuando subido al estrado no era capaz de dirigir a los “profesores” a los que tanto admiro. Comprendí mejor que nunca a mi querido profesor Howard Gardner, creador de la teoría de las inteligencias múltiples: es necesario aceptar que la inteligencia musical también existe.

Y salimos hacia la Kärntnerstrasse, la calle peatonal del discreto encanto de la burguesía vienesa, donde un niño tocaba admirablemente el acordeón para ganarse la vida en su particular casa de la vida.

Sevilla, 17/VIII/2007

Estereotipo machista 5: “las mujeres, que leen, son peligrosas”

He localizado un libro de edición muy cuidada, Las mujeres, que leen, son peligrosas (1), que simboliza muy bien la posición andrógina del monopolio de la lectura y, por ende, de las capacidades intelectuales localizadas en el hemisferio cerebral correspondiente. El planteamiento del autor no es inocente y nos hace reflexionar sobre el acontecimiento de la mujer leyendo como si paseáramos a través de las salas de un museo que representara diversas épocas en las que diversos pintores nos ofrecieran el prototipo de la mujer de cada época en torno a una realidad difícil de plasmar sin suscitar comentarios de todo tipo.

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Desde la perspectiva de género, es un estereotipo que me interesa mucho investigar. Conocer a fondo el miedo ancestral del hombre en relación con el grado de conocimiento que la mujer puede llegar a alcanzar y, de esta forma, rebelarse, perder la sumisión, palabra sobre la que se centra esta realidad lectora de la vida. Recuerdo muy bien que en los años en que leía con mucha atención a Jean Delumeau, que publicaba en la Editorial Labor (tristemente desaparecida en 1996), un gran experto en los pueblos ribereños en los que nace la realidad cultural de los seres humanos en relación con los demás y con los dioses, las genealogías cuidaban mucho que nunca aparecieran nombres de mujeres en las mismas, es decir, los linajes se relacionaban siempre con los hombres, “artífices” de la creación de los seres humanos y así se debía transmitir de padres-hombres a hijos varones. La lectura de estos libros sagrados no debía recoger ninguna presencia de mujer generadora de linajes humanos, artífices de la creación de los pueblos seguidores de los dioses o del innombrable, Yahveh. Era el justo castigo a su perversidad, tal y como ya lo planteaba en el post titulado: Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”. Negación pura y dura del papel de la mujeres en la creación de los linajes, hecho que debía hacerse patente en las tradiciones orales de los pueblos. Posteriormente, en las escritas.

Manifestación contundente de esta realidad histórica que tanto pesa en la historia de las religiones hoy es la descripción genealógica de Jesús de Nazareth, donde el evangelista Mateo en el capítulo primero de su relato y desde el versículo 1 al 17, ambos inclusive, solo recoge los nombres de cuatro mujeres, Tamar, Rajab, Rut y Betsabé (perdonándoles la vida), que engendraron de forma irregular para justificar el pecado de los hombres, sobre todo de las mujeres por aquello de la manzana prohibida, resaltando de manera particular y de acuerdo con la tradición más conservadora solo la figura de hombres, patriarcas, que eran los auténticos artífices de los linajes puros. A pesar de todo se les brinda una oportunidad, refrendada de forma magistral por el papel que desde entonces viene a jugar a María, la madre de Jesús. Todo encaja en este puzle divino y humano. A partir de estas realidades se comprende mejor que la mujer solo pudiera aportar a la historia la lectura de la vida, no de los libros, porque de alguna forma tenía que espiar siempre su pecado “primitivo”, condenadas al ostracismo y ninguneo histórico. Fecundidad (pecado) y maternidad (gloria) se abrazaron históricamente para siempre.

Esther Tusquets, en el prólogo del libro, dice como contrapartida al planteamiento anterior, que “desde Sherezade hasta nuestras abuelas y nuestras madres, las mujeres han almacenado historias, han sido geniales narradoras de historias”. Y desde la primera obra pictórica La Anunciación de Simon Martin, hasta la última, en reproducción fotográfica, Marilyn leyendo “Ulises”, el autor va desgranando interpretaciones que aportan mucha frescura sobre la revolución del compromiso de lo que se lee en la vida personal de las mujeres representadas, en una interpretación henchida de libertad como la que se va buscando de forma subliminal. Me ha parecido de un interés especial la manifestación de la escritora francesa Laure Adler sobre el contenido de este libro y resaltado también por Esther Tusquets: “El libro puede llegar a ser más importante que la vida. El libro enseña a las mujeres que la verdadera vida no es aquella que les hacen vivir. La verdadera vida está fuera, en ese espacio imaginario que media entre las palabras que leen y el efecto que éstas producen. Las lectora se identifica totalmente con los personajes de ficción…”.

Continuando con la perspectiva de género en la interpretación de la capacidad lectora en la mujer y sus resultados, es obvio que se ha avanzado de forma espectacular en el conocimiento de las inmensas posibilidades del cerebro del hombre y de la mujer en la captación de las representaciones simbólicas que puede ofrecer la lectura, en el enfoque que planteé en el post titulado Cerebro y género: ¿diferentes inteligencias?: “se conoce muy bien la llamada “lateralidad cerebral” a través de los hemisferios que lo conforman, tal y como lo expresaba la doctora Barral en el encuentro que ya cité en el post Cerebro y género: mitos a desmontar: “los hombres tienen más desarrollado el hemisferio izquierdo, es decir, el cerebro racional, y las mujeres el área del lenguaje y el hemisferio derecho, que es el que controla la vida emocional. “De eso se ha extraído que las mujeres son más lábiles e impredecibles, lo que ha tenido consecuencias clínicas, como una mayor prescripción de ansiolíticos a las mujeres”. O por ejemplo la constatación siguiente: “Y una aclaración a la lateralidad de los hemisferios cerebrales: el hecho de que el hemisferio izquierdo esté más desarrollado en los hombres, no significa que sean por sí mismos más inteligentes. ¿Por qué? Sencillamente porque el hemisferio izquierdo siempre es el dominante tanto en la mujer como en el hombre, porque es el responsable de la capacidad lingüística, de la categorización y de la simbolización: es el que otorga todas las posibilidades de agregar valor a la palabra. Y también es el responsable del control de las extremidades usadas en los movimientos habilidosos, con sentido: la mano, el brazo, la pierna. Dar la mano, adquiere así un valor incalculable. Y los grandes descubrimientos que quedan por hacer vienen de un hemisferio también compartido, el derecho, llamado también hemisferio menor, no dominante. Por eso nunca entendí aquella frase de mi infancia madrileña, en el discreto encanto de la burguesía; “los hombres no lloran”. Era imposible entenderlo porque la maduración cognitiva de mi cerebro, a los seis años, estaba muy distante de tener preparado mi “cableado” cerebral para comprender esta forma de ser en el mundo, debido siempre a una forma de entender la cultura. Pero igual mi hermana, que aunque lloraba desconsoladamente y con alguna frecuencia, tampoco lo estaba. Aunque sí estaba permitido para ella y se justificaba con displicencia a quienes nos preocupaba el sentimiento de la vida. Torpeza para muchos, en aquella época, cuando crecíamos en unas condiciones muchas veces lamentable”.

La lectura, en definitiva, libera la mente humana y nos hace más inteligentes para comprender la vida. Y no debe ser un proyecto de frustración o de advertencia de peligro latente y manifiesto en las mujeres: “Para esto sirve la ciencia, para descubrirnos las maravillosas posibilidades que nos ofrece el cerebro, a cada una y a cada uno, a pesar de aquellas limitaciones en nuestra conducta, que siempre permanecen en la memoria histórica para nuestra desgracia. Y esa es otra, porque reconstruir la vida y predecir la conducta actual se hace con mucho esfuerzo de romper barreras creadas por los patrones sociales que tanto nos marcan en la vida. Y vamos viendo a través de estos artículos, de estos post, que ser hombre y mujer no tiene por qué llevarnos por unos derroteros poco asimilados y acordes con nuestra forma de ser. Porque contamos con un activo maravilloso: un cerebro bien diferenciado y con un programa genético que solo tiene un hándicap importante, porque todavía no sabe la ciencia como explicarlo de forma que podamos tomar el control pleno de nuestra existencia. Ahí radica el problema del gobierno por parte de los otros. De cualquier “otro”, porque al buen entendedor, pocas palabras bastan. Sinceramente, porque a diferencia del doctor Mazziotta, no creo que defender esta tarea científica sea ya un “proyecto de frustración”.

Creo que el problema de la peligrosidad de la mujer lectora de ficción, de ensayo, de literatura no vinculada con el término “basura” es un mero juego de palabras cargado de intencionalidad teledirigida. Somos conscientes, todas y todos, que estamos hablando de mujeres que utilizan su inteligencia para obtener conocimiento pleno de la realidad circundante y de cómo otras y otros han interpretado la posibilidad de ser diferente y de vivir en un mundo mejor, sin sumisión. Buscando en mis escritos y trabajos realizados en años romanos (2), he encontrado uno que hice sobre la personalidad frustrada de Simone de Beauvoir declarada en su obra “El segundo sexo”, que puede cerrar bien esta hoja del blog, fechada hoy, como un canto ya latente a la potencialidad de ser en el mundo de la mujer inteligente, como capacidad para resolver problemas de la vida ordinaria y recurriendo, por ejemplo, a la lectura en términos de libertad: “Las relaciones madre-hija se abordan también en un clima frustrante: hasta la madre más generosa, en el fondo, no hace más que preparar a su hija para que entre en sociedad, sueña a menudo con vestirla de largo, tiene que hacer de ella “una verdadera mujer”. La frase de Simone “me tomaban por bestia, por cosa”, es muy gráfica para un análisis de sus conflictos y frustraciones a nivel paterno-filial. Lanza de forma velada una tremenda acusación contra la formación sexual que reciben los niños normalmente, reflejada en la historia de Ana, contada por Jung en su libro Los conflictos del alma infantil. Simone toca uno por uno los problemas que se plantean en la convivencia familiar y escolar. El análisis tradicional de la familia es el análisis de su familia. El ámbito de las lecturas de las niñas es también una acusación directa; los cuentos de hadas y los libros de “Mujercitas” son un exponente –según ella- de la infravaloración humana”.

Y finalizaba el trabajo con una reflexión premonitoria: “Es indudable que el análisis de Simone de Beauvoir sobre la infancia, no pasa de ser un análisis monocolor de su infancia, que era también la infancia de la época, década de los años diez y veinte del Siglo XX. Paradójicamente, acepto que muchas reflexiones de ella podrían aplicarse a décadas posteriores, donde la educación sexual (no olvidemos que es u preocupación fundamental en esta obra) ha brillado por su ausencia. Hoy, asistimos a un momento diferente, donde los jóvenes han hecho periclitar el edificio clásico de las inhibiciones y frustraciones sexuales. Bastaría citar el fenómeno registrado en Italia, con la publicación del libro “Porci con le ali”, donde Rocco y Antonia viven una experiencia sexo-política muy similar y donde el vocabulario utilizado para sus expresiones dialécticas, desde el principio y hasta el fin del libro, darían que pensar incluso a Simone. Junto a esta realidad, la formación real hoy es una formación de la calle, de los diferentes clubes, de la filmografía, donde el lenguaje desenfadado manifiesta un epifenómeno muy curioso: la insatisfacción por saturación (…). El problema radicó en que la lectura de “El segundo sexo”, a escondidas, por ser manzana prohibida, facilitó un curso acelerado de formación y de satisfacción de curiosidad, con todos los problemas que podría acarrear a las mujeres lectoras. Hoy, su obra, aporta datos de interés a nivel histórico, pero cualquier manual o revista “avanzada” abre ya los ojos a muchas realidades. Aún así, hay que reconocer la valiente realización de Simone de Beauvoir, su desesperada lucha por encontrar su libertad…”.

N.B.: La portada del libro reproduce una pintura preciosa, Sueños, realizada en 1986 por el pintor florentino Vittorio Matteo Corcos, pudiéndose contemplar en la Galería Nacional de Arte Moderno, en Roma. Según Bellmann, “el tema del cuadro podría ser éste: el verano que se retira ha hecho de una muchacha una mujer dueña de sí misma. La lectura ha contribuido tal vez a este cambio, y la rosa parece haber servido de punto de lectura del libro. La manera enérgica y casi desafiante con que la modelo alza la cabeza muestra en todo caso una cosa: la nostalgia del retorno a la edad de la inocencia no es su problema. El título del cuadro es engañoso: esta lectora no es soñadora”.

Sevilla, 15/VIII/2007

(1) Bellmann, S. (2007). Las mujeres, que leen, son peligrosas. Barcelona: Maeva.
(2) Cobeña, J.A. (1976). La personalidad frustrada de Simone de Beauvoir. Trabajo de doctorado realizado en mayo de 1976, en Roma (sin publicar).

Crónicas de Viena (II): La omnipresencia de Mozart

Ya lo había leído en un libro muy curioso sobre Mozart: “La Tierra es un gran almacén giratorio, con retazos de Mozart en cada planta” (1). Pero la realidad supera la ficción y una de las impresiones que me he traído de Austria, en general, es que allí ya no se escribirá al revés, nunca más, el nombre de Mozart: Trazom. Todo en Viena gira alrededor de su marca al derecho: bombones, licores, cafeterías, camisetas, plumieres, jabones y figurantes de época por todos los sitios, pero a Mozart no se le ve por ningún sitio. El dios Mozart me recuerda, salvando las distancias (mutatis mutandi), aquel poema rotundo de Rafael Alberti que aprendí de memoria entrando en las iglesias de Roma (2):

Entro, Señor, en tus iglesias… Dime,
si tienes voz, ¿por qué siempre vacías?
Te lo pregunto por si no sabías
que ya a muy pocos tu pasión redime.

Respóndeme, Señor, si te deprime
decirme lo que a nadie le dirías:
si entre las sombras de esas naves frías
tu corazón anonadado gime.

Confiésalo, Señor. Sólo tus fieles
hoy son esos anónimos tropeles
que en todo ven una lección de arte.

Miran acá, miran allá, asombrados,
ángeles, puertas, cúpulas, dorados…
Y no te encuentran por ninguna parte.

Igual me ha ocurrido en muchas ocasiones al entrar en los sitios teóricamente más queridos para él, sus dos casas convertidas actualmente en Museos: la Mozarthaus, en Viena y su casa natal en Salzburgo (Mozart Geburtshaus), sobre todo en esta última, en las que no se podían hacer fotografías. Daba igual. Por mucho que me esforcé, percibí que allí no estaba Mozart por ningún sitio, mucho menos en la mercadería de las omnipresentes tiendas de recuerdos, algo que hoy despreciaría Trazom –conociéndole- con todas sus consecuencias. Aunque en las konditorei (confiterías), por mucho que lleven las dos K reales (kaiserlich königlich = imperial-real), a nadie le amargue un dulce con la efigie de Mozart en chocolate fondant.

Confiésalo, Mozart. Sólo tus fieles
hoy son esos anónimos tropeles
que en todo ven una lección de arte.

Miran acá, miran allá, asombrados,
ángeles, puertas, cúpulas, dorados…
Y no te encuentran por ninguna parte.

Aunque sus 626 composiciones, paradójicamente, declaradas así por el catálogo Köchel, sigan encantando a la humanidad. Aunque a Mozart no lo conozcan en su verdadera dimensión, en su vida de secreto, en sus encontronazos permanentes con el poder establecido, en su durísima vida como compositor de encargo, en su soledad sonora. Aunque Papageno siga impertérrito tocando la flauta mágica a los cuatro vientos, ensalzando la inteligencia humilde que te hace ser más libre, encantando las palabras de Shikaneder. Aunque a él [TRAZOM], no se le encuentre [hoy] por ninguna parte, excepto en su fascinante catálogo musical recopilado con paciencia benedictina por el inspector de enseñanza media salzburgués Ludwig Alois Friedrich Ritter von Köchel.

Sevilla, 13/VIII/2007

(1) Sollers, Ph. (2003). Misterioso Mozart. Barcelona: Alba-Editorial, p. 12.
(2) Alberti, R. (1968). Roma, peligro para caminantes. México: Joaquín Mortiz, p. 91.

Crónicas de Viena. Palabras de Papageno: a la inteligencia, su libertad

Inicio hoy una serie de artículos bajo el epígrafe de Crónicas de Viena, como fin de etapa de un viaje a Austria que he realizado en los primeros días de Agosto. Fui buscando a Mozart, pero he conocido de cerca a personas extraordinarias que me han aportado muchas sugerencias para este cuaderno alternativo. Secesión pura desde la deconstrucción de la inteligencia digital.

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Puerta de Papageno. Teatro sobre el río Viena. Fotografía de Marcos Cobeña Morián.

Todavía recuerdo la mirada de Papageno, el líder carismático de La Flauta Mágica, en su puerta del Teatro sobre el río Viena (mi querido Teatro de barrio), sintiéndose cómplice del movimiento de la Secesión, a escasos metros de su deteriorada figura, cubierto de plumas y con su inseparable jaula para meter/sacar los pájaros encantados (sin saber nunca a qué tipo de pájaros –uccellaci o uccellini, pasolinianos- se estaba refiriendo en su larga andanza). Empiezo estas crónicas vienesas por dos representaciones artísticas de primer orden y nada inocentes, por cierto, con nombre y apellidos: Gustav Klimt y Papageno Mozart. Pongo en palabras de este último, la interpretación libertaria de los líderes de la Secesión, A cada época su arte, al arte su libertad, tal y como figura en el frontispicio del edificio que marcó un antes y un después en la expresión artística de Viena y la forma cómo entendía Europa las manifestaciones artísticas en todas sus vertientes posibles, diseñado hace más de cien años por el arquitecto del Jugendstil (estilo joven), Joseph Maria Olbrich: a cada inteligencia, su libertad.

Indudablemente, ya había marcado Papageno en el siglo XVIII una nueva forma de entender la vida y la muerte cortesana y popular, en una dialéctica claramente diferenciada a favor de los más humildes, de la sencillez posible en todos los actos trascendentales de la existencia humana. Representaba la otra orilla de la vida, diseñada casi siempre por la forma de existir en el mundo desde la visión regia y con escasa sensibilidad democrática. Por otra parte, “en 1897 se constituyó, dentro de la Asociación de Artistas Plásticos de Viena, la Asociación de Artistas Plásticos de Austria, cuyo presidente y presidente de honor eran, respectivamente, Klimt y Rudolfvon Alt. Esta “secesión” tiene por objetivo la reforma de la vida artística y la internacionalización del arte austriaco. Al ser desestimada la nueva asociación, Klimt, von Alt y otros artistas abandonan la Asociación. El 21 de junio se celebra la primera junta general de la nueva Asociación, de cuyas exposiciones hasta 1905 se hace cargo Klimt, junto a Josef Hoffmann y Carl Moll. En 1898 aparece el primer número de Ver Sacrum, la revista de la Secession. El 12 de noviembre se abre la II Exposición de la Secession en el edificio de ésta, proyectado por Josef Maria Olbrich; sobre la puerta de entrada figura la inscripción: «a cada época su arte, al arte su libertad». En la IV Exposición de la Secession, de 1899, Klimt expone Nuda Veritas y Schubert al piano, una pintura para el dintel de la puerta de la sala de música del Palacio Dumba” (1).

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Edificio de la Secession. Fotografía de José Antonio Cobeña.

He seguido de cerca durante mi estancia en Viena a estos dos sorprendentes personajes, escuchando primero a Papageno en la maravillosa Sala Dorada del Musikverein, sin la decoración y transformación que sufre en el Concierto clásico de 1 de Enero, cantando a dúo con Papagena según la partitura escrita por Mozart para La Flauta Mágica en su escena 9ª, después de haber sido advertido por unos jóvenes sobre la importancia de la vida cuando todo para él estaba acabado:

¡Oh, detente,
Papageno, y sé razonable!
Solamente tienes una vida,
No la pierdas.

Entre flautas, jaulas, carillones y sencillez popular se exterioriza el amor verdadero. Y salí de allí, con el secreto descubierto entre los alambres de la jaula encantada, mágica, de la familia Papageno, entrando en el edificio insignia de la Secesión y cerrando con el Friso de Beethoven de Gustav Klimt la composición de la mejor ópera prima que podría imaginar, a la que pondría por título: Otro mundo es posible, con libreto de Papageno y Klimt, con música salpicada de Mozart, Beethoven y Wagner. No era difícil, recorriendo con la inteligencia los 34 metros de pintura excelente, siguiendo paso a paso su interpretación directa, sin contaminación alguna. Inicié el trabajo en la pared lateral izquierda, tal y como se describió por el propio autor: “El anhelo de felicidad (las figuras suspendidas: n. del a.). Los sufrimientos de la débil Humanidad (la niña de pie y la pareja arrodillada). Las súplicas de la Humanidad al fuerte y bien armado (el caballero), la compasión y la ambición como fuerzas internas de los impulsos (las figuras femeninas detrás de él), que le mueven a luchar por conseguir la felicidad. A continuación, la pared frontal (estrecha): Las fuerzas enemigas. El gigante Tifeo, contra el que incluso los dioses lucharon en vano (el monstruo que se asemeja a un simio); sus hijas, las tres Gorgonas (a su izquierda). La Enfermedad, la locura, la Muerte (las cabezas como de muñecos y la anciana tras ellas). La Lujuria, la Impudicia, la Desmesura (las tres figuras femeninas de la derecha junto al monstruo). La pena aguda (la que se encuentra en cuclillas). Las ansias y los deseos de los hombres, que se alejan volando por encima. Por último, la pared lateral derecha: El anhelo de felicidad encuentra reposo en la poesía (las figuras suspendidas se encuentran con una mujer que toca la cítara). Las artes (las cinco figuras de mujeres dispuestas una sobre otra, algunas de las cuales señalan al coro de ángeles que canta y toca) nos conducen al reino ideal, el único en el que podemos encontrar alegría pura, felicidad pura, amor puro. Coro de los ángeles del Paraíso. ‘Alegría, hermosa chispa de los dioses’. ‘Este beso para el mundo entero’.” (Del catálogo de la XIV Exposición Beethoven, en la Secession, 1902). Y subí a la vida ordinaria, la de la no Secesión.

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Gustav Klimt, detalle de El Friso de Beethoven (pared central).

A la inteligencia, su libertad. También, por los tiempos que corren, a la inteligencia digital, su libertad digital. Con un beso digital para el mundo entero (Klimt), para que muchos Papagenos bendigan a sus padres…, alertados por jóvenes (los muchachos del libreto de La Flauta Mágica) que nos animan a no perder la única vida inteligente que tenemos a mano (Mozart y Shikaneder).

Sevilla, 10/VIII/2007

(1) http://www.march.es/arte/madrid/anteriores/klimt/biografia.asp

Estereotipo sexista: “Tú rosa, yo azul”

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Elsa, Colegio Los Peñascales (http://www.educathyssen.org/html/pequeno/Galer%EDa/Penascales/Elsa.htm)

Me ha impresionado el relato de Elsa, localizado en la Noosfera, sobre este cuadro, quizá como autora del mismo: Los dos colores, el azul y el rosa representan el interior de una persona. El azul (…) representa como soy, con sus defectos y cualidades. El rosa representa lo único que muestro a los demás, que son mis mejores cualidades, lo mejor de mí, lo más especial. Por eso el azul destaca mucho menos que el rosa y se queda mas lejano, en lo primero que te fijas es en el rosa porque es más impactante.

Pero los hombres de toda la vida, lo que se dice hombres, tenemos un problema grave: no sabemos qué hacer con el color rosa. Bueno, sí tenemos claro (?) que es un color que no nos va demasiado, existiendo solo una pequeña tolerancia en las camisas y en determinada ropa deportiva. Nunca en pantalones, abrigos y demás ropas de guardar. Nuestros ancestros ya se encargaron de que desapareciera de la gama cromática general de nuestras vidas. Desde la preconcepción ya se genera una cadena de actuaciones personales, familiares y sociales para discriminar la futura indumentaria, color de las paredes y de todos los objetos en torno a las manos que mecen nuestras cunas, donde el color está sexuado. Para las niñas el rosa, para los niños el azul. Y como remedio infalible está recurrir al blanco como el color más neutro –con perdón- que podamos imaginar. Así no “ofendemos” a nadie. Cuando todavía era difícil conocer el sexo del nuevo ser, se esperaba a la confirmación del nacimiento para salir corriendo a las tiendas y adecuar el regalo al sexo. Nada de rosa si era niño. Solo azul. Mientras que las niñas estaban asociadas de por vida a ese color, el rosa, que las caracterizaba siempre. ¿Cuáles han sido las razones auténticas de estas etiquetas cromáticas sociales?

Es muy importante saber que en nuestro cerebro se producen aprendizajes asociados en el sistema límbico y elaborados posteriormente por la corteza cerebral sobre la base de los acordes cromáticos ordenados y organizados por nuestros ojos y su proyección cerebral, donde un color suele relacionarse siempre con situaciones placenteras o dolorosas, como es el caso del rojo en relación con la sangre o el blanco con la nieve y la leche. Así sucesivamente con el resto de la paleta de colores básica y compleja: “El color es más que un fenómeno óptico y que un medio técnico. Los teóricos de los colores distinguen entre colores primarios —rojo, amarillo y azul—, colores secundarios —verde, anaranjado y violeta— y mezclas subordinadas, como rosa, gris o marrón. También discuten sobre si el blanco y el negro son verdaderos colores, y generalmente ignoran el dorado y el plateado —aunque, en un sentido psicológico, cada uno de estos trece colores es un color independiente que no puede sustituirse por ningún otro, y todos presentan la misma importancia.

El rosa procede del rojo, pero su efecto es completamente distinto. El gris es una mezcla de blanco y negro, pero produce una impresión diferente a la del blanco y a la del negro. El naranja está emparentado con el marrón, pero su efecto es contrario al de éste”. Es muy sugerente conocer la quintaesencia del color para comprender mejor por qué hacemos estos aprendizajes sexistas desde la infancia (1).

La realidad del color proyecta siempre un acorde cromático, entendido como la asociación del mismo a un determinado efecto, promovido siempre por el sistema límbico: sentimientos y emociones: “Ningún color aparece aislado; cada color está rodeado de otros colores. En un efecto intervienen varios colores -un acorde de colores-. Un acorde cromático se compone de aquellos colores más frecuentemente asociados a un efecto particular. Los resultados de nuestra investigación ponen de manifiesto que colores iguales se relacionan siempre con sentimientos e impresiones semejantes. Por ejemplo a la algarabía y a la animación se asocian los mismos colores que a la actividad y la energía. A la fidelidad, los mismos colores que a la confianza. Un acorde cromático no es ninguna combinación accidental de colores, sino un todo inconfundible. Tan importantes como los colores aislados más nombrados son los colores asociados. El rojo con el amarillo y el naranja produce un efecto diferente al del rojo combinado con el negro o el violeta; el efecto del verde con el negro no es el mismo que el verde con el azul. El acorde cromático determina el efecto del color principal (2).

Y la gran sorpresa deviene cuando profundizamos la esencia histórica de estos dos colores y sabemos que el azul es el color preferido en la humanidad, el color de la simpatía, la armonía y la fidelidad, pese a ser frío y distante, que también es “femenino” y simboliza las virtudes espirituales, el color de la ropa unisex por excelencia, el color de los acordes y asociaciones más extremas en la relación con el cosmos: lejano e infinito, el representante de la fidelidad, el color del cielo, del mar, el color más caro en la historia de la humanidad cuando se tiñe de ultramar, la representación e la inteligencia y los valores masculinos, la especial escala cromática del azul femenino (azulinas), el azul de los pintores asociado a la virginidad, la derivación en el índigo como la transgresión del azul de todos los tiempos, el color de los ejércitos. El color de Europa.

Por el contrario, el rosa llama la atención porque nació masculino y curiosamente hoy está muy centrado en la proyección femenina, no dejando ser más que el “pequeño rojo”, color básico del que deriva, a diferencia del azul que siempre se ha considerado como un color básico. Vinculado siempre con el encanto y la cortesía, la ternura erótica y el desnudo, jugando un papel muy importante y definitorio de la etapa infantil y adolescente en las niñas y niños, el color de las ilusiones y de los milagros, el color de la auténtica piel: el sonrosado femenino derivado de la eterna piel infantil que envidiamos y a la que aspiramos siempre. La “piel” de las muñecas.

Desde el punto de vista fisiológico, es importante recordar la anatomía del ojo humano para conocer bien el “proceso” mental de interpretación e los colores que capta el ojo humano y cómo los guarda en la biblioteca particular: “El ojo humano contiene una lente y una retina. La retina contiene receptores sensitivos a la luz conocidos como bastones y conos. El propósito primario de los bastones es proporcionar visión de noche, mientras que los conos trabajan en niveles más altos de intensidad de la luz. Los conos contienen foto pigmentos, también conocidos como fotoreceptores, los cuales son sensitivos al rojo, al verde o al azul. De acuerdo con Murch , aproximadamente el 64% de los conos contienen foto pigmentos rojos, 32% contiene verdes y solamente alrededor de 2% contienen foto pigmentos azules. Las propiedades fisiológicas del sistema nervioso dictan la sensación del color. Los humanos son sensitivos a un rango de longitudes de onda. Las longitudes de onda no están coloreadas, sin embargo el color es el resultado de la interacción de la luz y nuestro sistema nervioso. Las longitudes de onda que producen colores diferentes son enfocadas a distancias diferentes detrás de la lente” (3).

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Ante este panorama científico, la realidad es muy otra y los estereotipos rosas y azules se imponen en los últimos meses con una fuerza inusual. Sirva como ejemplo, la aparición en Holanda de la “cerveza rosa”, la Wieckse Rosé, y una copa “especial” asociada, por parte de la multinacional Heineken, como respuesta al bajo consumo de este producto por parte de las mujeres, dado que las mujeres piensan que la cerveza tradicional huele mal, engorda, es una bebida amarga que no las satisface y que al beber te deja un bigote blanco que, obviamente, es algo muy masculino y no corresponde con su género. En la perfumería está haciendo furor el color rosa en los frascos de fragancias donde se exalta el color “rosa femenino” como carné de identidad de una determinada clientela sensible con el color. Y en relación con los sistemas y tecnologías de la información y comunicación está revolucionando el mercado la introducción del color rosa en el mundo de las videoconsolas y sus juegos correspondientes, porque el mercado potencial de las mujeres es “especialmente sensible” a este color y no se le ha atendido suficientemente. Pero lo importante es que el color está asociado a otra realidad cerebral mucho más importante y ahí está la auténtica revolución: “Los gustos y necesidades del mercado femenino están transformando el mundo de la tecnología. El fenómeno no consiste en teñir todos los productos de rosa. Ellas buscan funcionalidad, además de diseño. Y las grandes compañías empiezan a darse cuenta de que es muy rentable darles lo que quieren” (4). A partir de aquí se descubre la realidad apasionante de las necesidades femeninas en su sentido más primigenio, señalándose en el mismo reportaje junto con la problemática del azul y el rosa: “La experiencia de empresas como Nintendo, Nokia, Samsung o Philips dice que las mujeres exigen los últimos avances y la máxima fiabilidad, pero se deciden por aquellos teléfonos, televisores o videojuegos que son más cómodos, sobre los que pueden ejercer un control constante y tienen un diseño más atractivo. El femenino es un sector que tiene tres características muy jugosas: representa la mitad del mercado; es el segmento que más rápido está creciendo, según estudios realizados por Nintendo, y, como explica el director de telecomunicaciones de Samsung, Celestino García, es menos sensible al precio. «Si algo les gusta de verdad procuran comprarlo cueste lo que cueste».

Es obvio que no todo es cuestión del color del cristal con el que mire la vida. El mercado es implacable y con su visión guadianesca proverbial, aprovecha la debilidad del rosa femenino para captar el nuevo público objetivo y vender las mercancías envueltas en el rosa psicológico. En el pulso dialéctico azul-rosa empieza a ganar por goleada el derivado del rojo mezclado con el blanco, en una debilidad básica por hacer la vida más “humana” según las multinacionales de cualquier sector. Muchas veces estoy tentado de soñar en la acromatopsia, la enfermedad maravillosamente descrita por Oliver Sacks en su obra “La isla de los ciegos al color”. Aunque tuviera que pasar fragmentos de la película de mi vida en blanco y negro, donde las tonalidades de gris me permitieran soñar que el color es una versión amable de la vida que los seres humanos podemos captar en toda su gama, sin limitaciones. Surge entonces la pregunta del doctor Sacks en su fascinante libro, cuando se refiere a la persona ciega al color: “¿nos consideraría acaso seres singulares, engañados por aspectos irrelevantes o triviales del mundo visual, o insuficientemente sensibles a su verdadera esencia visual?” (5). Esa es la cuestión a dilucidar en la niña o niño “coloreados” de azul ó rosa que, todavía, algunas ó algunos llevamos dentro…

Sevilla, 30/VII/2007, con mi agradecimiento especial a la gran lección de Elsa.

(1) Heller, E. (2004). Psicología del color. Cómo actúan los colores sobre los sentimientos y la razón. Barcelona: Gustavo Gili.
(2) Heller, E. (2004). Ibídem.
(3) http://www.rrppnet.com.ar/psicologiadelcolor.htm.
(4) Mañana, C. (2007, 29 de julio). Las mujeres toman el mando. El País semanal (EPS), págs. 92-94.
(5) Sacks, O. (1999). La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, p. 22.

Estereotipo machista 4: «¡mujer tenías que ser!»

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René Magritte, Le fils de l’homme (1964)

Uno de los primeros fracasos del machismo ibérico fue constatar que la mujer podía conducir, aunque no se le permitiera ni el más mínimo fallo. La primera vez que escuché esta expresión fue en 1970, dirigida a mi tía, que con su 600 recién estrenado sufría este tipo de improperios en la Sevilla de toda la vida. La verdad es que daba igual el sitio, porque toda España era una, grande y atada a estos estereotipos celtibéricos que se exhibían con orgullo rancio. Crecíamos con este lenguaje de la calle, moldeado por siglos de patrones sexistas donde aparentemente todo el mundo “sabía las cosas que correspondían a su sexo”. Y que las mujeres condujeran no estaba entre ellas. Afortunadamente, hemos avanzado mucho sobre esta realidad inexorable, pero todavía quedan restos de las conductas reptilianas, del primer cerebro humano, donde los hombres nos podríamos aplicar el cuento a estas alturas del siglo XXI: ¡reptil tenías que ser!.

Y como entre reptiles hemos crecido, todas y todos sabemos la importancia que tuvo la serpiente desde que éramos niñas y niños. Y una vez más, por culpa de una serpiente comimos de la fruta prohibida y desde entonces hemos elaborado una macrohistoria de culpa y rescate que no nos deja vivir en paz. Y hemos grabado a fuego la responsabilidad transcultural de la mujer, del animal hembra en forma de serpiente, que echó a perder la vida tranquila en el paraíso: ¡mujer tenía que ser! El relato de la creación, en Génesis 3,1, deja bien claro el rol que iba a jugar en la historia de la humanidad la famosa serpiente porque “era el más astuto de los animales del campo que Dios había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles el jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiéreis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Y la mujer comió el fruto de este árbol del medio del jardín y dio también a su marido. Y lo que descubrieron es que estaban desnudos ante la vida sin entender nada: ¡mujer tenía que ser!.

Diez líneas de texto son la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella” (1).

Toda mi generación ha crecido con estas realidades culturales grabadas a fuego, donde la responsabilidad de la mujer era clara: se había dejado tentar por una serpiente porque a partir de ese momento pasaba a ser sabionda, es decir, conocería la causa del bien y del mal, y además fue la que arrastró al hombre para que también “pecara”: ¡mujer tenía que ser! En la corteza cerebral ha pesado mucho esta doctrina durante siglos, a pesar de la elaboración del sistema límbico que ha llevado a mujeres y hombres a manifestar por primera vez, de forma abierta, sus cerebros emocionales, poniendo las cosas en su sitio, incluido paraísos, serpientes y árboles situados en medio de un determinado jardín de la vida que nadie sabe donde está.

Lo que si tengo claro es que cada vez que un hombre asoma la cabeza por la ventanilla de su coche y grita a los cuatro vientos esta frase estereotipada, traduce siglos de vejación de la mujer porque en el subconsciente personal y colectivo, una vez, tan solo una vez, una serpiente convenció a una mujer que podía saberlo todo y ella, paradójicamente, sin encomendarse a Dios ni al diablo, induce al hombre a que también lo haga, condenándose ambos de por vida. Es lo que no me cuadra científicamente, porque de acuerdo con el relato bíblico el único estereotipo que todavía estaría permitido sería el siguiente: ¡seres humanos teníais que ser, para intentar descifrar el mensaje de la vida! A partir de ahora, deberíamos calibrar mejor la importancia de la inteligencia de cada mujer, de cada hombre, para comprender que al igual que la serpiente bíblica, puedo cambiar de forma de ser, me corresponde transmitir vida en todas las manifestaciones posibles y poseo inteligencia en la corteza cerebral para distinguir humildemente entre el bien y el mal a los que estamos, diariamente, obligatoriamente obligados a entenderlos.

Es posible que a partir de ahora, pueda deducir también que el pecado capital de los españoles, por excelencia, el de la envidia, sea una razón nuclear de este estereotipo, porque «Por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo» (Sabiduría, 2,24). Ésta es la primera vez que la serpiente del Paraíso, que en el Génesis representaba a la religión cananea, aparece identificada con el Diablo. Y desde entonces esta idea se popularizó y habitó entre nosotros al grito unánime de: ¡hombres y mujeres teníais que ser! para no comprender la quintaesencia de la vida… Por eso no comprendo por qué seguimos diciendo esta barbaridad a las mujeres cuando todo apunta a que la responsabilidad de ser en el mundo y no hacer las cosas bien es, en principio, compartida.

Sevilla, 26/VII/2007

(1) Álvarez Valdés, A. La enigmática serpiente del paraíso. Recuperado de http://www.iglesia.cl/especiales/mesbiblia2006/articulos/enigmatica.pdf, el 25 de julio de 2007.

Estereotipo machista 3: “si no eres para mí, no eres para nadie”.

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Hace años leí un texto de Max Aub que aparecía como fe de erratas de unos cuentos basados en crímenes ejemplares, y que decía de forma metafórica: Donde dice: La maté porque era mía. Debe decir: La maté porque no era mía. Todo el mundo alrededor de Gardel cantaba y bailaba a los cuatro vientos este eslogan del machismo más recalcitrante por mucho que sesudos estudios ensalcen los diversos amores narrados en las letras de los tangos. La realidad inexorable es que todavía suena actual la muerte de la mujer convertida en propiedad privada como una frase recurrente en los últimos episodios de violencia machista. Así lo leía en el periódico digital 20 minutos.es, del pasado 2 de mayo: “«si no eres para mí, no vas a ser para nadie, así que mejor te mato». Con esta crueldad amenazó de muerte a su mujer en Alicante. Tenía orden de alejamiento, pero volvió a casa la misma semana”. Es una verdad incuestionable esta realidad “patrimonial” de la mujer, con una carga histórica y social de marcado interés para este análisis de estereotipos machistas.

Existe un temor desde los albores de la humanidad a que la mujer deje de ser un elemento patrimonial en la vida de los hombres. Una cita clásica de Catón, dejaba bien claro ya en el año 195 a.C. que existían temores subyacentes en el cerebro humano sobre la igualdad hombre-mujer: “Extemplo simul pares esse coeperint, superiores erunt [tan pronto como hayan empezado a ser iguales, serán superiores]. Pero donde tenemos los documentos y vestigios más sofisticados de estas actitudes larvadas en la historia y en la antigüedad clásica los encontramos en la cultura griega: “La razón hay que buscarla en la consideración de la mujer como un ser inferior. Más ¿de dónde viene esta idea? Como no podía ser de otra manera, tratándose de «ideas», del pensamiento griego, para el cual la forma de actuar de la mujer no se rige por la razón, sino por las pasiones. Veámoslo en algunos de sus principales autores. Sócrates atribuye la inferioridad femenina a su propia naturaleza y a la falta de educación, siendo deber del marido proporcionársela; en el mismo sentido, Platón abunda en la referida subordinación al varón; Aristóteles, basándose en la pasividad de la mujer en la reproducción, justifica su sometimiento social y jurídico en que el macho es más apto para el mando que la hembra, exceptuando algunos casos contra natura y por consiguiente, es necesario que ésta sea tutelada» (1).

Más de veinte siglos después siguen vigentes en muchas estructuras cerebrales estos aprendizajes. ¿A qué es debido desde el punto de vista científico cerebral?. Según McLean, el cerebro humano integra tres subsistemas constituidos: el cerebro básico o reptiliano, el cerebro emocional que compartimos con los mamíferos (sistema límbico), y el neocórtex (corteza cerebral frontal). El cerebro reptiliano hace honor a su nombre de pila obedeciendo siempre su actuación a pautas básicas de conducta, como las relativas a la alimentación, caza, emparejamiento, competición, imitación, dominancia y agresión. Y por su base estrictamente animal, el problema básico es establecer la demarcación territorial donde entra lógicamente la “señalización” de sus hembras: “Este cerebro responde desde el presente a situaciones que se van planteando. No proporciona gran independencia del medio y no capacita para el aprendizaje complejo. Desde una perspectiva más simbólica supone un tipo de conducta no sujeta a reglas, amoral (como la inducida por la serpiente en el jardín del edén), vivida en el puro presente. Las llamadas conductas viscerales, impulsivas o primitivas en los seres humanos ponen de manifiesto singularmente estos tipos de actividad cognitiva básica. En este contexto, la imitación es muy importante para la supervivencia. El ataque a lo «no igual» se producirá por ser interpretado como peligroso. Por ejemplo, la indumentaria, tanto a nivel macrosocial como microsocial (tribus urbanas), puede inhibir o provocar agresiones” (2).

Es muy importante conocer estas paleoestructuras cerebrales para comprender bien por qué se hacen estas manifestaciones tan rotundas. Si el segundo y tercer cerebro humano no han tenido la oportunidad de desarrollarse adecuadamente en algunos hombres, por múltiples razones (hay que recordar que no existen dos cerebros iguales), la tragedia está servida, porque los meros convencionalismos sociales o religiosos (con todos los sacramentos incluidos) no son capaces de “cambiar” la preconcepción de la “mujer” poseída, adobada por rasgos y patrones culturales de gran calado social (la mujer serpiente del Génesis, como causa de tanto mal) y con una “comprensión” casi demencial, esquizofrénica, por parte de muchos hombres, aunque no lo digan en público por miedo a la etiqueta social machista que hoy no está bien vista.

Recuerdo que el «segundo cerebro» proporciona soporte biológico a la vida afectiva. Está representado neurológicamente por el sistema límbico. En este cuaderno he recogido múltiples referencias a este sistema regulador de sentimientos y emociones: el caballo encorvado (hipocampo), la amígdala, el tálamo, el hipotálamo, el tabique transparente, la pituita, las islas de Reil, y el giro cingulado anterior, entre otras estructuras. Vemos también que al final, un cerebro no controlado por la corteza prefrontal, es un vivero de experiencias de agresividad latente y manifiesta. El «tercer cerebro» permite, entre otras cosas, la capacidad de anticipación regulada por la memoria de predicción, a la que también he dedicado artículos de interés científico para toda persona preocupada por la responsabilidad de sus actos cerebrales y la forma en que se tiene que efectuar la consulta sobre comportamientos anteriores en su particular archivo cerebral, personal e intransferible.

En definitiva, si estos dos cerebros no están “controlados” adecuadamente por la corteza cerebral, la realidad es que el desequilibrio entre el cerebro más básico en las personas, el reptiliano, puede llegar a desbordar al cerebro más complejo, la corteza cerebral, sufriendo vaivenes afectivos y emocionales en el cerebro emocional, en una ceremonia de confusión de los neurotransmisores al trabajar en rutas desordenadas del cerebro por las instrucciones que cursa para el habla y la conducta motora agresiva y sin control superior.

Existen muchas causas analizadas o no para explicar estas conductas derivadas del estereotipo machista objeto de este post. No se deben simplificar los análisis, pero en el esfuerzo por abordar de forma didáctica la génesis de estas conductas antisociales de gran carga peyorativa hacia la mujer, es muy importante profundizar las raíces cerebrales para entender que son muchos siglos de historia estructurada de la soledad y la pareja, y muchos millones de años desde que se produjo el punto alfa de la inteligencia humana que permitía comenzar a respetar a la mujer sin los miedos ancestrales de Catón con los que se iniciaban estas Notas de cuaderno digital: tan pronto como [las mujeres] hayan empezado a ser iguales, serán superiores. Yo diría también, independientes. Y eso, los hombres, tradicionalmente, no lo pueden aguantar, dando la razón a Max Aub en su fe de errata existencial, superando al hilo conductor de Gardel: La maté porque no era mía.

Sevilla, 25/VII/2007

(1) Tello Lázaro, J.C. (2003-2005). Sobre la situación de la mujer en la Antigüedad Clásica. Revista de Aula de Letras. Humanidades y Enseñanza.
(2) Universidad Autónoma de Madrid. Unidad de Psicología Médica. (recuperado el 23 de julio de 2007 de: http://www.uam.es/departamentos/medicina/psiquiatria/psicomed/psicologia/tema14.htm#2%20-%20-%20EL%20SUSTRATO%20FISIOLOGICO%20DE%20LA%20AGRESIVIDAD).

Morir con letra pequeña

Acabo de leer la noticia: Muere una mujer que fue apuñalada por su novio el lunes en Madrid. Son ya 49, de las cuales veinte son extranjeras. Conozco los estándares éticos en el periodismo para tratar estas noticias. Sé que no se deben airear a los cuatro vientos porque el efecto llamada o réplica es una realidad de la conducta de imitación. Pero los que estudiamos día a día el cerebro y el comportamiento humano sabemos que tenemos siempre una deuda personal, profesional, científica y ética con estas muertes en letra pequeña. Sobre todo para intentar localizar la causa de tanta desazón personal y en pareja. Porque entre ciencia y derecho estoy seguro que podemos crear conocimiento y libertad. Ese es mi compromiso con el estudio del cerebro desde la perspectiva de género, porque es mucho más lo que nos une a las personas mediante las estructuras cerebrales que cada una ó cada uno tiene, que lo que nos separa. Es en esos pequeños tramos de lejanía cerebral donde ocurren las grandes tragedias que radiamos y publicamos. Aunque lo digamos ahora en voz baja, en letra pequeña, con pocos bits, como la noticia de la muerte de Ana Mercedes S. J., dominicana de 32 años, que falleció el jueves pasado en Madrid, a las siete de la mañana, víctima de la violencia machista.

Sevilla, 21/VII/2007

Tu canción (Your song)

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Vuelvo a escuchar con la misma atención y sentimiento esta magnífica canción de Elton John. He recordado su letra, equívoca para una época de España, en la que el autor canta la belleza humana en la simbología de los ojos azules ó verdes, ¡qué mas da!, porque lo importante es que “tú puedes decirle a todos que esta es tu canción, puede ser absolutamente simple pero ahora está hecha, espero que no te molestes, espero que no importe que puse en mis palabras cómo es la vida de maravillosa mientras que tú estás en el mundo”. ¡Cuántas veces asistimos al fenómeno de que “gusta” una canción, aunque en aquella época no supiéramos o sigamos sin saber lo que nos quiere transmitir el autor!.

Y Reginald Dwight, Elton John, compañero de año de nacimiento (1947), seguía gritando su canción a los cuatro vientos, arrancando “su canción” con una frase premonitoria: “Es un poco divertida esta sensación que tengo adentro, no soy uno de los que puedan ocultarlo fácilmente, no tengo mucho dinero, muchacho, pero si lo tuviera, compraría una casa grande en donde ambos podríamos vivir”.

Así que perdóname por olvidarlo pero esas son las cosas que hago”.

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Y aquella noche apagué mi radio Grundig, que compré con esfuerzo personal en una tienda de la via Giulia, en Roma, en 1976, mientras “su canción”, que no comprendía por mi carencia traductora, me susurraba a los oídos que otro mundo podría ser diferente. Así lo comentaba el locutor de aquella radio alternativa, Radio Incontro, que escuchaba con veneración, con esta sintonía de fondo que me acompañaba en las noches de Roma, cuya lectura al revés, amor me daba: algo era y algo es.

Sevilla, 19/VII/2007

La pituita

Hace solo tres meses publiqué un post de esta serie vinculada a cerebro y género, El tálamo, en el que aludía al símil culinario que tan sugerente es en relación con la investigación didáctica de las diferentes estructuras cerebrales: “En las nueces, almendras y castañas, como símbolos del cerebro, está el secreto. Algo importante “se cocina” todos los días en nuestra cabeza. Es más, en cada segundo vital”. También seguía utilizando estos criterios en el análisis del hipotálamo, la ciruela pequeña: “Hace tiempo comencé a trabajar en la construcción de inteligencia creadora que fortalezca el conocimiento de la mujer y de su estructura cerebral para ayudar a comprender mejor las igualdades y diferencias de género, con la ilusión de que el conocimiento del cerebro de las otras, de los otros, de lo que verdaderamente nos une a lo largo de millones de años, la inteligencia, sea una fuerza motriz para remover conciencias de género, enmarcadas en el respeto del conocimiento mutuo. Poco a poco avanzo en la anatomía del cerebro, a través del lenguaje, de la divulgación científica de las estructuras cerebrales que nos pueden hacer más libres porque comenzamos a saber y justificar por qué somos y nos comportamos de forma igual o diferente, sabiendo que el “secreto está en la masa” gris y blanca del cerebro (doscientos mil millones de posibilidades diferentes de ser y estar) cuando se asientan en determinadas estructuras”.

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Figura 1: la glándula pituitaria ó hipófisis. Imagen recuperada de http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/esp_imagepages/17227.htm, el 17 de julio de 2007

Hoy, vamos a agregar un ingrediente más, en este peculiar programa de cocina cerebral, una estructura similar a un guisante (algunos científicos hablan del formato de pera muy pequeña ó de San Juan), con un peso de 0.5 gramos, que se denomina científicamente glándula pituitaria (también conocida como hipófisis, “crecimiento inferior”) y que se aloja en un espacio óseo, la silla turca, del hueso esfenoides, situada en la base del cráneo, en la fosa cerebral media, que conecta con el hipotálamo a través del tallo pituitario o tallo hipofisario. La etimología es sumamente curiosa para comprender anatómicamente esta microestructura de extraordinaria importancia en las mujeres y hombres, por este orden. Pituitaria significa que contiene o segrega pituita, del latín “pituita”: secreción, fluido, moco, flema, formando parte de la medicina tradicional junto a los tres “humores” restantes: sangre, bilis amarilla y bilis negra. Es una superestructura del sistema endocrino dado que ejerce un control férreo sobre ocho glándulas endocrinas que explicamos a continuación.

Esta glándula está unida al hipotálamo a través de fibras nerviosas y está formada por tres secciones: el lóbulo anterior, que representa el 80% del peso de la glándula, el lóbulo intermedio y el lóbulo posterior. El lóbulo anterior produce la hormona de crecimiento, la prolactina, que estimula la producción de leche materna después de dar a luz, la adrenocorticotrópica (ACTH), que estimula las glándulas adrenales, la estimulante de la tiroides (TSH), que estimula la glándula tiroides, la folículo-estimulante (FSH), que estimula los ovarios y los testículos al igual que la luteinizante (LH), también presente.

El lóbulo intermedio, produce la hormona estimulante de melanocitos que controla la pigmentación de la piel. El lóbulo posterior, produce la hormona antidiurética (ADH), que aumenta la absorción de agua en la sangre por medio de los riñones. Igualmente, la oxitocina, que contrae el útero durante el parto y estimula la producción de la leche materna.

Esta supercentral hormonal cumple unas funciones determinantes en el ser humano. Louann Brizendine, la autora revelación sobre el cerebro femenino, sitúa la glándula pituitaria como sexta estructura que lo caracteriza: “produce las hormonas de la fertilidad, producción de leche y comportamiento de crianza. Ayuda a poner en marcha el cerebro maternal”. Además, en el salto de la pubertad se desencadena la propulsión de las células hipotalámicas y la niña-mujer comienza a experimentar cambios que ya se repetirán día a día, mes a mes hasta la menopausia, porque “la glándula pituitaria… salta a la vida cuando los frenos químicos se sueltan en las células hipotalámicas […]. Esta liberación celular dispara el sistema hipotalámico-pituitario-ovárico” (1). El conocimiento de esta realidad recurrente en la vida de la mujer debe ayudar a los hombres a respetar íntegramente estos ciclos vitales que producen desajustes vitales, por responsabilidad directa de la naturaleza al estar muy desarrollada esta glándula en la mujer en el lóbulo anterior de la misma (recuerdo que el peso específico de esta zona desarrolla el 80% de su función diaria y perfectamente programada). No ocurre lo mismo en el cerebro masculino, porque el balanceo hormonal no pasa tanta factura en la vida ordinaria. Si se conoce bien esta estructura, se respeta. Además, se pueden poner ejemplos rotundos de este “conocimiento” cerebral femenino, basados en una hormona bastante desconocida a nivel popular pero que juega un papel trascendental en la mujer y en las relaciones de pareja. Me refiero a la oxitocina, una hormona muy atractiva para el objeto de estas publicaciones.

El lóbulo posterior de la glándula pituitaria es el productor por excelencia de la oxitocina, llamada también la “hormona de las relaciones”, encontrándose tanto en el hombre como en la mujer. La realidad de las relaciones a largo plazo juega una baza muy importante para el equilibrio de la oxitocina (omnipresente en la mujer) junto a la vasopresina, característica del cerebro masculino. Cuando ambas se complementan, el equilibrio emocional y sentimental de las personas que conforman una pareja liberan en momentos justos estas dos hormonas, obligatoriamente obligadas a entenderse. Una caricia a tiempo libera oxitocina en la mujer y el bienestar en ella está garantizado. Igualmente, en el cerebro masculino se libera vasopresina, como buscadora insaciable de retroalimentación. A partir de aquí la cascada de emociones es un juego reservado al conocimiento de uno mismo y de su pareja, de sus amigos. Es lo que ocurre cuando imaginamos aquello que queremos o vemos en una foto a la persona que amamos: mujer, hijos, amigos íntimos. La oxitocina está detrás. La glándula pituitaria es la responsable de este equilibrio hormonal, en el que los aprendizajes y comportamientos adquiridos “neutralizan” en muchas ocasiones la forma de ser de cada una y cada uno. Cuando la oxitocina y la vasopresina se desarrollan con la normalidad programada en el cerebro individual, la dopamina juega su papel estelar de proporcionar placer, en un triángulo amoroso descifrable: ménage à trois, que dicen en Francia.

En los laboratorios de la vida se han estudiado a fondo estos comportamientos, especialmente en los ratones de la pradera que son grandes amantes, a los que gusta la pareja vitalicia: “Como los humanos, esos ratones están llenos de pasión física cuando se encuentran y pasan dos días concediéndose un sexo prácticamente ininterrumpido. Pero a diferencia de los humanos, los cambios químicos en los cerebros de dichos ratones pueden ser examinados directamente en el curso de ese regocijo. Dichos estudios muestran que el acoplamiento sexual libera grandes cantidades de oxitocina en el cerebro de la hembra y de vasopresina en el del macho. Esas dos neurohormonas, a su vez, aumentan los niveles de dopamina –el ingrediente del placer- la cual hace que los ratones queden locos de amor el uno por el otro. Gracias a este vigoroso pegamento neuroquímico, la pareja queda unida para toda la vida” (2).

Ya escribí un post el 1 de octubre de 2006 sobre el fascinante mundo comparado del cerebro humano y del ratón y al conocer mejor a estos pequeños ratones de pradera, en cuyos cerebros se experimenta la base de la interrelación real del placer compartido, me vuelve a enamorar su legado genético que me permite hoy escribir de forma “placentera” sobre el respeto a nuestra forma de ser cerebral sexuada: ”Cuando era pequeño crecí cerca de Mickey Mouse, Minnie Mouse, Pluto y Goofy. Los dibujé mil veces. Me parecían muy humanos e inteligentes, porque vivían como yo, más o menos. Además, hablaban, lloraban y amaban. Pero nunca supe que no me separaba mucho de la forma de ser de Mickey en el mundo, porque la ciencia ha alcanzado resultados muy brillantes en esta etología cerebral: ya se sabe que el 99% de los 28.000 genes humanos tiene su homólogo en el genoma del ratón. Y poco a poco nos vamos adentrando en el conocimiento aplicado del cerebro humano. Los científicos se tienen que acercar también por caminos facilitadores de la biotecnología y de las neurociencias, como es el caso del anuncio efectuado el pasado martes por el Instituto Allen de Ciencias del Cerebro, donde se confirmó que se ha completado el estudio genético del cerebro del ratón, a través de un atlas tridimensional, de utilización gratuita en Internet, en el que se muestra qué genes se activan en las neuronas en cada área del cerebro”.

Como decía entonces, “somos, en definitiva, más libres, porque nos conocemos mejor, a través de la verdadera causa de la salud y la enfermedad, gracias a proyectos cuya base científica nace en un pequeño ratón de la factoría Allen, que siempre estará cerca, paradojas de la vida, de la humanidad y de la genética del que conocí hace muchos años, de nombre Mickey”. Entonces, en la factoría Disney, no inocente. Hoy, en la factoría de la vida, sola y compartida por la oxitocina y vasopresina. Con la compañía inseparable de la dopamina que recompensa siempre a esta pequeña central del bienestar personal y social, que tiene como misión posible invadir de “pituita” nuestras vidas.

Sevilla, 18/VII/2007

(1) Brizendine, L. (2007).El cerebro femenino, Barcelona: RBA, p. 54s.
(1) Brizendine, L., ibídem, p. 93s.