El sueño de Guido Orefice

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Hoy se celebra el Día de las Librerías, un espacio en el que me encuentro siempre como en mi casa, buscando lecturas que enriquezcan el alma de secreto. Me acuerdo especialmente de Guido Orefice, el protagonista de la película La vida es bella, porque abrir una librería era uno de sus sueños, junto a comprender bien a Schopenhauer (por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica pendular de la vida) y saber distinguir el norte del sur (que también existe). No lo he olvidado desde que le conocí en aquella película excelente que me dejó helado el corazón por su hilo conductor.

Vivimos unos años en los que abrir librerías no es lo habitual en la economía de mercado, más bien cerrarlas. Que se les dedique un día especial me parece extraordinario en los tiempos que corren y en los que no se valoran los llamados “placeres inútiles”, entre los que se encuentra el acto de leer apasionadamente. Días como hoy nos ofrecen la oportunidad para acercarnos de nuevo a los libros, sabiendo de antemano que nada es inocente en este negocio. Lo que sí tengo claro es que, gracias a libreros a libreras, seguimos ilusionados en conocer bien a autores que nos devuelven muchas veces la razón de existir o ser, aunque la dialéctica que viven las librerías con la competencia del mundo digital abre una nueva forma de adquirir este conocimiento. Lo leía recientemente en la revista “Mercurio” (nº 191, mayo de 2017), en una entrevista a Lola Larumbe, propietaria de una librería también muy querida por mí, “la Alberti”, como se la conoce coloquialmente en Madrid. Ante la pregunta de cómo se puede convencer al lector para que acuda más a las librerías y menos a esas plataformas de Internet que sirven tan eficazmente, Lola responde: “Es una cuestión de principios. Si no vivimos con unos principios, apaga y vámonos. Nuestra actitud ha de ser activa y combativa. Si no quieres subempleos, sueldos mínimos, contratos basura, no puedes engordar ese sistema. Como nuestro poder político es muy pequeño, hay que consumir responsablemente, es casi la única arma”.

Un gran debate está en medio de esta situación, aunque siempre creo que hay elementos de convergencia muy claros. La librería que es atendida por profesionales del libro te ofrece un asesoramiento personal e intransferible, en espacios de diálogo responsable que no encuentras en Internet, donde lo probable es que la orientación de compra sea por opiniones de servicio, pero difícilmente de contenidos. Es lo que Lino (mi librero de Madrid) hacía muy bien cuando yo era un niño, porque hablaba con él como niño, pensaba como niño, razonaba con él como niño. Ahora, que he dejado las cosas de niño, busco siempre profesionales en este sector, en una ciudad como Sevilla que es más de bares que de librerías.

MICRORRELATO

He recordado también una historia preciosa que sucedió en 2015 en una librería de Sevilla, La casa tomada, porque una vez una persona tuvo también el sueño de Guido Orefice: abrir una librería: “Un microrrelato de Mª José Barrios copiado a mano por Marta González para colocar en nuestra puerta, que seguro que hemos compartido por aquí más de una vez. Una foto improvisada de nuestro amigo Juan Antonio Hidalgo que desde hace una semana nos encontramos por todos lados, con miles de comentarios, “me gusta”, retuiteos y compartidos en redes sociales… y hoy nos topamos con esta noticia. No es la primera vez que el cuento se comparte en Internet, si bien es cierto que en esta ocasión ha tenido una repercusión sin igual. La única nota amarga, que no llega a empañar la alegría de las libreras, es que en la mayoría de los casos no se cita el nombre de la librería ni de la autora del microrrelato. Tampoco el cartel lo incluye, ya que su intención nunca fue la de llegar tan lejos, sino tan solo la de provocar la sonrisa de los clientes”.

María José Barrios nos ha traído una reflexión, abriendo una librería, con nombre y apellidos, al mundo de la Noosfera. Ha cumplido el mejor sueño con una microhistoria del Sur, que también existe, muy bella. Desde La casa tomada… por Internet. Esta es la razón de por qué busco libros con la linterna de Diógenes, para localizar libreros y libreras para una nueva forma de descubrir la vida pasada, presente y futura a través de algunos libros. Los que nunca se olvidan, porque hubo siempre una persona detrás que, como Lino, te habló de su quintaesencia, no de los fárragos en los que los sume el mercado.

Sencillamente, porque siempre te ayudan a comprender que leer consiste en ver más allá de las páginas de un libro, como le ocurría a Guido Orefice, que quería ser librero para demostrar al mundo que, a pesar de todo, la vida es bella.

Sevilla, 10/XI/2017, Día de las Librerías en España.

Este año no hay alfombras de jacarandá

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Jacarandá

En mi soledad / he visto cosas muy claras, / que no son verdad
Antonio Machado, Proverbios y Cantares (XVII)

Todos los años espero los meses de mayo y noviembre para pisar las alfombras de jacarandá. Así lo expresaba en la floración de este árbol en mayo de 2015, cuando escribí un post que llevaba por título Palabras del amanecer / 3. Alfombras del jacarandá, que reproduzco a continuación, cambiando lo que haya que cambiar en estos tiempos modernos de 2017. A la altura de este mes y pasado también el mes de octubre, que en años anteriores ya nos avisaba de estos brotes, no vemos por ningún sitio las flores de jacarandá en calles y avenidas de esta ciudad. ¿Qué pasa con la naturaleza realmente? Es su manera de protestar. Ya estábamos avisados, en expresión de Al Gore, porque es evidente que el cambio climático nos ha retirado estos regalos anuales que caracterizan esta ciudad, que tanto ama a estos árboles y sus flores duplicadas. Por algo será, aunque Sevilla necesita urgentemente las alfombras del jacarandá para recordarnos que en nuestro andar de soledad vemos cosas muy claras que no son verdad.

Sevilla, 8/XI/2017

PALABRAS DEL AMANECER / 3. Alfombras del jacarandá

El hombre tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de las azules flores del jacarandá.
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AA.VV. (1998). Cuentos y leyendas de la Argentina

Sevilla se llena de alfombras dos veces al año gracias a las flores del jacarandá, árbol traído desde América a través del Río Grande. Estos días hay que pasear con cuidado para no estropear estas obras de arte de la naturaleza en el amanecer precioso, cuando se ponen las aceras, de una ciudad diseñada por personas que fueron respetuosas a través de su historia con la naturaleza, la sociedad, sus habitantes y… Dios, cuatro creencias necesarias según Ferrater Mora cuando estamos atravesando cualquier encrucijada de la vida.

Por aquí y por allá se llenan las aceras de un manto de flores azules con tonos violáceos, acampanadas, que nos obligan a ser cuidadosos para no estropearlas al pisarlas, después de que se ofrezcan a millares como un regalo fuera de la dinámica de los mercados, porque todavía no la han convertido en mercancía. Cualquiera puede recogerlas del suelo y preparar un ramillete de libre composición donde lo único que cuenta es la sensibilidad del respeto a un bien entregado por la propia naturaleza, que sabe lo que entrega, aunque es probable que ella dude de qué es lo que se recibe.

Disputa su posición en la ciudad con las buganvillas ante miles de ojos buscadores de otra forma de admirarse y ver como transcurre la cotidianidad de la vida vestida con vistosos colores, porque saben que Antonio Machado recomendó cómo utilizar el campo de la visión personal e intransferible: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.”. Con él he paseado esta mañana por aceras-alfombra de jacarandá, buscando el sentido de un acertijo ético que escribió junto a su manera de ver a las otras personas, a la vida: Entre el vivir y el soñar hay una tercera cosa. Adivínala. Y buscando la mejor respuesta la he encontrado también en él: el despertar a nuevas sensaciones en tiempos revueltos, de turbación, donde a diferencia de la recomendación de Ignacio de Loyola, procuro hacer alguna mudanza cuando voy de mi corazón a mis asuntos: “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”.

Sorteando un campo de flores, he sabido que ha llegado la hora de mi corazón: la hora de una esperanza y una desesperación. Hoy he salido a pasear de nuevo con Antonio Machado, un gran amigo de Sevilla, aunque fuera su hermano quien mejor la definiría como ciudad que a veces te deja sin palabras. Ella, Sevilla, se vale por sí sola, aunque hoy necesite las alfombras del jacarandá para recordarnos que en nuestro andar de soledad vemos cosas muy claras que no son verdad.

Sevilla, 15/05/2015

Noviembre, mes de la calidad

ASQ
https://asq.org/

He ofendido a Dios y a la humanidad porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía haber tenido. Leonardo da Vinci (1452-1519)

Faltan días en los calendarios para celebrar los más diversos acontecimientos que controla la economía de mercado, en un control laico del santoral católico, muy activo a lo largo de los siglos. Consumimos más con ocasión de la celebración de trescientos sesenta y cinco días de todo lo que se mueve en un año en el mundo, en días especiales y en algún caso se acumula el consumo de forma asombrosa como ocurre en el Black Freeday de este mes. Por esta razón, me llama la atención que se promocionen meses de lo que sea ante el agotamiento del calendario anual, a lo que siguen y seguirán años, lustros y así sucesivamente hasta llegar a siglos y eras.

En esta vorágine de celebraciones con frenesí propio, hay que agregar en noviembre la del mes de la calidad. Nació la idea en Japón, en el año 1959, con motivo de la celebración del décimo aniversario de la revista “Control Estadístico de Calidad”. No se ha promocionado mucho y es raro ver campañas publicitarias en tal sentido. Sería bueno rescatarlo en este país, como signo de que preocupa la aplicación de los grandes principios de la calidad en cualquier terreno humano. España tiene fama de chapucera en muchos órdenes y es un clamor popular que se descuida la calidad en muchos terrenos en los que nos movemos a diario, sobre todo por culpa de la mediocridad que nos invade.

La calidad debe ser el resultado de una actitud personal o laboral ante cualquier acontecimiento de la vida. Es curioso que en una sociedad donde proliferan los cursos de calidad por doquier, se constata que es una gran ausente en la vida ordinaria. El problema radica en que se ha convertido en un estándar más de promoción, con sello incluido y certificados ostentosos, pero no una actitud que complemente el conocimiento y la aptitud para desarrollarla desde el comienzo del ciclo educativo en la vida escolar y universitaria. La calidad no es un sello, sino una actitud continua en el tiempo que hay que aplicar en todos los órdenes de la vida. Un ejemplo contundente es el relacionado con el turismo en este país. Este año vamos a morir de éxito, pero las estadísticas nos ofrecen datos alarmantes de estándares de calidad que aprecian o no los que nos visitan, vinculados inexorablemente a la falta de criterios de sostenibilidad, falta de profesionalidad y alta precariedad en el empleo.

En el ámbito educativo pasa lo mismo. Las encuestas internacionales ponen a este país en su sitio y no es esplendoroso que digamos. Si nos referimos a la transparencia pública, igual. En el terreno de la política, mejor no hablar, porque los hechos demuestran que la calidad brilla por su ausencia en el terreno de la ejemplaridad que huye de toda mediocridad.

Noviembre se convierte en un mes para reflexionar sobre qué tipo de calidad practicamos y usamos a diario. Con un Estado que debería buscarla apasionadamente como actividad diaria y sin necesidad de que lo tuviéramos que recordar en un mes con clases prácticas de mercado, porque no es eso, es simplemente un derecho y deber del Estado y también de la ciudadanía que la sustenta y la sufre a diario. Porque debería darnos miedo la mediocridad galopante que nos rodea.

Sevilla, 5/XI/2017

Elogio de lo aparentemente inútil

EL SUENO

Presumes que eres la ciencia
Yo no lo comprendo así
Cómo siendo tú la ciencia
No me has comprendido a mí

Enrique Morente, Soleá de la ciencia

Vivimos instalados en una sociedad utilitarista, presidida por el imperio del mercado y sus mercancías. Los que tenemos la sensación de habernos equivocado de siglo lo pasamos muy mal, porque estamos convencidos del placer de lo inútil. La lectura de un libro muy recomendable, La utilidad de lo inútil (1), de Nuccio Ordine, me ha refrescado estos conceptos. Muy útil también para espíritus inquietos que priman el valor del conocimiento y de la admiración por todo lo que se mueve a nuestro alrededor. Imprescindible para militantes del Club de las Personas Dignas.

Son 172 páginas útiles para comprender el oxímoron (2) “utilidad de lo inútil”, pero se despeja inmediatamente cualquier duda al explicar el autor que la referencia a la utilidad se centra solo en aquellos saberes “cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista”. Es útil todo aquello que nos ayuda a ser mejores y decir esto en una sociedad de mercado puro y duro es para obtener matrícula de honor en la Universidad de las grandes avenidas digitales del mundo actual, a las que se asiste a clases “útiles” en zapatillas (pantuflas), como explicaba muy bien en su momento el profesor libertario Michel Onfray: “Si siguiera trabajando dentro del Ministerio de Educación debería respetar un programa, unos autores, unos conceptos, preparar a los alumnos para superar unos exámenes de acuerdo con unas determinadas fórmulas… todo eso está bien pero hay mucha gente que satisface esa demanda, que se adapta al molde. En el Ministerio te dejan enseñar la filosofía como quieres, pero sólo oficialmente porque hay que hablar de Platón, de Aristóteles, de todos los grandes autores, antiguos y modernos… no queda tiempo para adentrarse en otros terrenos”. Si a esto agregamos la realidad de la Universidad digital/global que es en sí mismo Internet, a la que puedes asistir con pantuflas también, desde tu casa, podemos atisbar que el gran reto del siglo actual es trabajar al servicio de la inteligencia compartida, del cerebro, gran desconocido desde el punto de vista científico.

Tenemos un tesoro individual que se llama cerebro, personal e intransferible, donde se puede elaborar el conocimiento gradual a lo largo de la vida a través de la inteligencia creadora, que es la única que nos libera. Tiene un problema que consiste en que no es transmisible automáticamente a los demás, sino que es imprescindible adquirir el conocimiento liberador, trabajarlo internamente a través del esfuerzo de cada persona a la hora de plantearse gozar de los que algunos llaman placeres inútiles para alejarlos del poderoso caballero don dinero. Así lo reconocía hace ya muchos siglos Sócrates en su diálogo Banquete: “Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera del más lleno al más vacío de nosotros. Como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de las más llena a la más vacía”.

Un ejemplo vale a veces más que mil palabras. Lo experimenté cuando escribí unas palabras el mes de mayo pasado para participar en un encuentro programado al respecto por la Asociación Sevilla Abierta en la Feria del Libro de Sevilla, con un hilo conductor muy sugerente “Reivindiquemos los placeres “inútiles” de la vida”. Mi reflexión sobre el placer de lo inútil lo centré en la tarea que abordo casi a diario, escribir, con la consideración de fondo que aprendí del premio Nobel Orhan Pamuk: “Escribir es como cavar un pozo con una aguja”. Algo aparentemente inútil, pero en lo que creo apasionadamente.
Sobre todo, cuando he sido capaz de comprender la “inutilidad” de las palabras de Pamuk: “¡Escribo porque quiero hacerlo, con toda el alma! Escribo porque a diferencia de otros, no me siento a gusto con un trabajo común y corriente. Escribo para que libros como los míos sean escritos y para poderlos leer. Escribo porque estoy molesto con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me complace enormemente sentarme en un cuarto a escribir sin descanso. Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla. Escribo para que el mundo entero sepa cómo yo, cómo nosotros en Estambul y en Turquía hemos vivido y vivimos. Escribo porque amo el olor del papel, de la pluma y de la tinta. Escribo porque creo más en la literatura, en el arte de la novela, que en cualquier otra cosa. Escribo porque es un hábito, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la celebridad y toda la notoriedad que el escribir conlleva. Escribo para estar solo. Escribo en la esperanza de entender por qué estoy furioso con ustedes, con todos. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para terminar de una vez por todas esta novela, este texto, esta página que en algún momento comencé a escribir. Escribo porque todos esperan que escriba. Escribo porque tengo una fe infantil en la inmortalidad de las bibliotecas y en el lugar que mis libros tendrán en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo es increíblemente bello y maravilloso. Escribo porque gozo traduciendo en palabras toda la belleza y la opulencia de la vida. Escribo, no para contar historias sino para construir historias. Escribo para liberarme del sentimiento de que siempre existe un lugar al que -como en una pesadilla- jamás podré llegar. Escribo porque nunca he conseguido ser feliz. Escribo para ser feliz”.

Escribo porque es el mejor elogio de los placeres inútiles en el sentido menos utilitarista posible del término “inútil”, porque quiero ser feliz, porque me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero si le falta alma, no es nada (3): “Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo”. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro, de sus artículos, más allá de las ideas que quiere contar”. Y me reafirmo en lo que ya he expresado en los últimos años sobre escribir con el alma, tal y como lo estoy haciendo ahora. Lo más útil que encuentro siempre en mi desván de sueños y placeres inútiles.

Sevilla, 4/XI/2017

(1) Ordine, Nuccio (2017, 17ª ed.). La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado.
(2) Oxímoron (RAE. Diccionario usual): combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador.
(2) https://joseantoniocobena.com/2014/03/26/escribir-con-el-alma/

Las pequeñas cosas… de Cataluña (bis)

Uno se cree
Que las mató
El tiempo y la ausencia.
Pero su tren
Vendió boleto
De ida y vuelta.

Repasando páginas de este cuaderno digital, entristecido por la muerte de Daniel Viglietti, he recordado especialmente el artículo original que escribí con este título dos días antes de las elecciones en Cataluña, que se celebraron el 27 de septiembre de 2015. Dos años después, en la octava de la Declaración Unilateral de Independencia, lo he leído una y otra vez manteniendo el fondo y la forma de aquellas palabras, cambiando lo que hoy se debe cambiar, que solo estriba en los acontecimientos de aquella fecha que se tildaba de plebiscitaria y que hoy deben referirse a la sesión de infeliz memoria que el Parlamento catalán celebró el pasado 27 de octubre. De aquellos polvos han venido estos lodos. Quiero compartirlo en mi rincón de pensar, al que suelo acudir en momentos difíciles, exactamente como lo escribí, sin quitar o poner una sola coma. Hoy, pienso que aquello fue un aviso para navegantes.

Sevilla, 1/XI/2017

Aprendí a amar a Cataluña de un catalán sin ambages, Joan Manuel Serrat, que nos trajo siempre aires de libertad cuando este país te helaba el corazón. Ahora, a escasas horas de unas elecciones que se quieren convertir en plebiscitarias, me gustaría recordar aquellas pequeñas cosas que hoy son muy grandes por la ceguera de unos y la terquedad de otros. Aquellas actitudes catalanas que siempre caracterizaron a este territorio que forma parte de España atendiendo a la Constitución, que es una gran cosa. Siempre decíamos que había que aprender de Cataluña porque a diferencia de Euskadi hablaban democráticamente de sus señas de identidad, de su singularidad, sin recurrir a medios violentos. Nos parecía hasta bien, porque eran demócratas. Sabíamos también, que eran unos maestros en manejar el dinero y sus circunstancias. Otra pequeña cosa que les caracterizaba y de las que incluso hacíamos chistes sin compasión, aunque los admirábamos por los rincones. Cuando visitábamos esa gran ciudad que es Barcelona, decíamos siempre que aquella ciudad sí que nos hacía sentirnos europeos. Y en tiempos pretéritos, Cataluña nos abrió las puertas a la libertad que encontrábamos en Francia, aunque fuera para morir, como Antonio Machado. Pequeñas cosas que hoy son muy grandes. El tren de su forma de ser y sentir, catalanas por supuesto, nos vendió siempre boletos de ida y vuelta. Porque no las mató el tiempo y la ausencia… de cordura política.

Son aquellas pequeñas cosas,
Que nos dejó un tiempo de rosas
En un rincón,
En un papel
O en un cajón.

Aquellas pequeñas/grandes cosas, depende del color del cristal con que se miren, nos han dejado en muchísimas ocasiones tiempos de rosas, de éxitos, de reconocimiento mundial de sus grandes personajes, de su forma de diseñar ciudades mejores, industrias que eran y son locomotora del país, de un mar Mediterráneo al que todo el mundo canta, porque en el que baña a Cataluña muchos han jugado en sus playas y quizá sigue escondido aún su primer amor tras sus cañas. Pero muchos políticos fueron dejándolas en el olvido, en rincones, papeles y cajones de despachos públicos sin hacer concesión alguna al diálogo constructivo para ofrecer respuestas a sus peculiaridades, a sus pequeñas cosas políticas de su gran singularidad. A lo sumo, cambios apresurados constitucionales pero siempre en torno al poderoso caballero don dinero, cuando la auténtica cuestión no era sólo esa precisamente.

Como un ladrón
Te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan
A su merced
Como hojas muertas
Que el viento arrastra allá o aquí,

Y la peor seña de identidad de Cataluña, la intransigencia a cualquier precio, sin miramiento alguno, estaba detrás de la puerta, porque ya no eran pequeñas cosas, ya se convirtieron en grandes. Ahí es donde radica el auténtico problema. La rabieta del que no es escuchado se convierte en grito de independencia de algo y alguien que no te está atando sino que forma parte de una estructura de Estado que con otra decisión de Estado y sólo así, se entiende. No se hicieron los deberes democráticos y así hemos llegado hasta aquí. Ahora, gran parte de Cataluña y de España está a merced de quien estaba detrás de la puerta. Por cierto, los miles y miles de personas que no les gusta su forma de formar parte de España tienen la legitimidad de la discrepancia, pero siempre que respeten las reglas del juego democrático. Las elecciones del 27 de septiembre son unas elecciones democráticas para elegir un Gobierno en la Comunidad de Cataluña, pero no un plebiscito para alcanzar la escisión del país al que pertenecen.

Que te sonríen tristes y
Nos hacen que
Lloremos cuando
Nadie nos ve.

Tengo la impresión que horas antes de este día tan importante para España y Cataluña, por este orden, las pequeñas cosas políticas que ahora son ya demasiado grandes, nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve. Muchos catalanes, a los que me uno hoy sintiéndome catalán de razón y corazón, recordamos estas palabras de otro catalán excelente, Serrat, del que tanto hemos aprendido a cantar cosas importantes de la vida cuando casi nadie nos ve.

Sevilla, 25/IX/2015

Cuando nos faltan las pequeñas cosas…

Acabo de leer una triste noticia: ayer falleció en Uruguay Daniel Viglietti, un referente de mi universo musical, que conocí en 1969 a través de Víctor Jara, por la letra de una canción, A desalambrar, que resuena muchas veces en mi cerebro de secreto:

Yo pregunto a los presentes
si no se han puesto a pensar
que esta tierra es de nosotros
y no del que tenga más.

Yo pregunto si en la tierra
nunca habrá pensado usted
que si las manos son nuestras
es nuestro lo que nos den.

¡A desalambrar, a desalambrar!
que la tierra es nuestra,
tuya y de aquel,
de Pedro, María, de Juan y José.

Si molesto con mi canto
a alguien que ande por ahí
le aseguro que es un gringo
o un dueño del Uruguay.

[Si molesto con mi canto
a alguien que no quiera oír
le aseguro que es un gringo
o un dueño de este país.]

Después he ido a mi rincón de pensar para reencontrarme con Juan Manuel Serrat y sus palabras sobre el hombre nuevo, el canto nuevo, el mundo nuevo, la sociedad nueva, la política nueva, gracias a lo que dibujó con palabras Daniel Viglietti y que Serrat cantó junto a él con su compromiso habitual. Son pequeñas cosas que me enseñó también Serrat, en momentos transcendentales para desalambrar este país, que era conveniente valorarlas en su justo sentido: Uno se cree / Que las mató / El tiempo y la ausencia. / Pero su tren / Vendió boleto / De ida y vuelta. Palabras cantadas también por Viglietti, que tanto agradezco hoy recordando su ausencia en momentos especiales de este país, aunque ahora no sean pequeñas cosas, / Que nos dejó un tiempo de rosas / En un rincón, / En un papel / O en un cajón.

Y en este rincón de pensar y meditar me quedo llorando cuando nadie me ve…

Sevilla, 1/XI/2017