Ayer, cuando Aznavour era joven

Charles Aznavour, una voz que ocupa un lugar muy destacado en la banda sonora de mi vida, se fue a su cielo el lunes pasado, recordando paradójicamente que ayer, cuando era joven, tenía ganas de cantar, cumplía sueños, aunque el tiempo, durante su matusalénica edad (según Benedetti), 94 años, había convertido en ruinas las torres que había elevado a lo largo de su existencia, con un hilo conductor que le acompañó siempre: ¡que continúe el espectáculo!

Es asombroso conocer que su último concierto fue en el NHK Hall en Osaka, Japón, el 19 de septiembre pasado. Ahora, unos días después, vuelvo a escucharle con su español pausado, en una canción, Ayer, cuando era joven, que aplica el principio de realidad, la de una vida que se apaga hasta que el espectáculo lo permite, porque él siempre continuaba caminando como si no pasara nada.

El ayer lejano ya en cada amanecer, gozaba el despertar, vivía sin contar
las horas que se van, tenía juventud
y ganas de cantar, el tiempo se llevó
los sueños que forjé, en ruinas convirtió
las torres que elevé, negándome la luz y el fuego de mi ser, cegando sin piedad la ilusión que sembré.

En mi ayer la realidad me hacía malgastar
mi alegre juventud, estaba confundido
y hasta me creí que el ritmo del reloj
era más lento para mí, andaba sin volver la vista para atrás, mi lema era vencer y nunca claudicar, seguir los dictados
de mi corazón, mi sola voluntad primero y siempre yo.

El ayer lejano está y yo pienso que tal vez
no supe aprovechar el tiempo que se fue
los años que perdí, mas hoy soledad solo
queda en mí, la llama del amor he visto consumir, mi última amistad se niega a proseguir, no por donde andar no tengo a donde ir, ni mano que estrechar, ni puerta en que pedir.

Hoy todo terminó, que lejos queda ya la fe en el porvenir y en la felicidad, recuerdos del ayer, ardiente juventud que ya se fue.

Sevilla, 3/X/2018.