¡No puedo respirar! (en memoria de George Floyd)

GEORGE FLOYD

I can´t breather, No puedo respirar

Sevilla, 5/VI/2020

Hemos asistido estos días pasados a un episodio que muestra la cara más detestable del ser humano. Se ha confirmado la acusación de asesinato por parte de un oficial de la policía implicado en la muerte del afroamericano George Floyd, en un barrio de Powderhorn, en la ciudad de Minneapolis (Minnesota, Estados Unidos). Escuchar algunas de las últimas palabras que pronunció el detenido durante la inmovilización que sufrió mientras el oficial le presionaba la rodilla sobre su cabeza, durante casi nueve minutos, sobrecogen profundamente y nos hacen reflexionar hasta dónde puede llegar el ser humano: “Es mi cara hombre, no he hecho nada grave, señor, por favor, por favor, por favor, no puedo respirar […]”. Estas tres palabras, no puedo respirar, resuenan en la mente de millones de personas que respetamos a George Floyd en estos momentos tan difíciles de comprender, como símbolo de que algo está pasando en el mundo para que se pierda el respeto a la dignidad humana, de forma tan execrable, en situaciones de tanta vulnerabilidad.

La quintaesencia de racismo sigue todavía viva en el alma americana y, probablemente, en casi todo el mundo. Mucho se ha avanzado, indiscutiblemente, pero todavía afloran tics de racismo en nuestras conversaciones ordinarias y en análisis políticos y de ciudadanos de a pie, acerca de la emigración subsahariana que tanto nos afecta. He reflexionado sobre estas cuestiones en este cuaderno digital y hoy escribo estas palabras en homenaje a lo que debemos a nuestros antepasados africanos que hace miles de años decidieron salir de su territorio y visitar el mundo para amarlo, respetarlo y aprender de la naturaleza las leyes inexorables de la evolución.

La inteligencia, el recurso más poderoso que tenemos los seres humanos sobre la Tierra, hoy por hoy no tiene color y su desarrollo se lo debemos a los primeros africanos que decidieron salir de su tierra, África, de su parentela, para crecer y multiplicarse como personas, llevados por la curiosidad de vivir de forma diferente. Tenemos que estar muy agradecidos al continente africano y llenos de dolor, al mismo tiempo, por la muerte letal que les rodea continuamente entre enfermedades, esclavitud histórica y de nuevo cuño en pateras, guerras fratricidas, tráfico de personas y con una deuda histórica mundial ante hechos como los de Minneapolis: “hace doscientos mil años que la inteligencia humana comenzó su andadura por el mundo. Los últimos estudios científicos nos aportan datos reveladores y concluyentes sobre el momento histórico en que los primeros humanos modernos decidieron abandonar África y expandirse por lo que hoy conocemos como Europa y Asia. Hoy comienza a saberse que a través del ADN de determinados pueblos distribuidos por los cinco continentes, el rastro de los humanos inteligentes está cada vez más cerca de ser descifrado. Los africanos, que brillaban por ser magníficos cazadores-recolectores, decidieron hace 50.000 años, aproximadamente, salir de su territorio y comenzar la aventura jamás contada. Aprovechando, además, un salto cualitativo, neuronal, que permitía articular palabras y expresar sentimientos y emociones. Había nacido la corteza cerebral de los humanos modernos, de la que cada vez tenemos indicios más objetivos de su salto genético, a la luz de los últimos descubrimientos de genes diferenciadores de los primates” (1).

De esta forma, quiero resaltar de nuevo la inteligencia africana porque, a través de ella, durante millones de años, hemos sido capaces de resolver los grandes problemas de la vida gracias al alma blanca de unos antepasados nuestros, de raza negra, que nos permitieron construir un mundo nuevo y diferente. Para que no se olvide, recuerdo unos diálogos de una película extraordinaria, El libro verde del conductor negro (Green Book), premiada con 3 Oscar en 2019, que comenté en su momento en este cuaderno digital y porque refleja la dureza histórica del sufrimiento de millones de afroamericanos en un territorio hostil, América del Norte, hasta límites insospechados.

La película “narra las vivencias reales de un músico afroamericano, Don Shirley, que tuvo una vida azarosa por cuna y color de piel. Fue un músico extraordinario que un día decidió viajar a un mundo casi imposible en su propio país, el Sur de América del Norte, para ofrecer conciertos con su Trío a blancos ricos y nada respetuosos con el color de la piel del artista. Se viven diversos episodios donde se palpa la transformación ideológica del conductor y guardaespaldas de Shirley, Tony Vallelonga, quien no comprende el porqué de este viaje hacia ninguna parte según él, tal y como lo expresa uno de los componentes de los músicos del famoso Trío, de nombre ruso, Oleg: “¿Me preguntaste una vez [Tony], por qué el Doctor Shirley hace esto? Te lo diré. Porque el genio no es suficiente. Se necesita valor para cambiar los corazones de la gente.

La contradicción de Shirley [el protagonista, negro, pianista de profesión] es constante en un mundo americano del Sur que es incapaz de aceptar la diversidad racial: “¡Sí, vivo en un castillo! Tony. ¡Solo! Y los blancos ricos me pagan por tocar el piano para ellos, porque los hace sentir cultos. Pero tan pronto como me bajo del escenario, vuelvo a ser sólo otro negro para ellos. Porque esa es su verdadera cultura. Y yo sufro ese desaire solo, porque no soy aceptado por mi propia gente, ¡porque yo tampoco soy como ellos! Así que, si no soy lo suficientemente negro, y si no soy lo suficientemente blanco, y si no soy lo suficientemente hombre, entonces…, dime Tony, ¿qué soy?

Tony [su conductor] descubre el alma blanca de un hombre negro, porque le enseña a decir cosas preciosas a su mujer que está muy lejos. Le asombra cómo toca el piano y descubre que a Shirley le enseñó a tocar el piano su madre, en una pequeña espineta, viajando por circuitos imposibles de Florida. En una ocasión -le cuenta- un hombre que le había escuchado le ofreció la oportunidad de estudiar en el Conservatorio de Música de Leningrado, siendo el primer negro que aceptaban allí. Aprendió a tocar, básicamente, música clásica, interpretando a compositores de la talla de Brahms, Franz Liszt, Beethoven, Chopin…, “todo lo que siempre quise tocar”. Pero el poderoso caballero don dinero de las compañías discográficas, la suya en concreto, Cadence, le aconsejó que tocara otras cosas más populares. La todopoderosa América de los años sesenta no aceptaría nunca que un músico negro tocara música clásica, sino la que le adjudicaban como algo suyo, el jazz: “Querían convertirme en otro “animador de color”. Ya sabes, del tipo que fuma mientras toca, pone un vaso de güisqui en su piano y luego se queja porque no es respetado como Arthur Rubinstein”.

Estas palabras simbolizan un homenaje a la necesaria comunicación entre millones de personas diversas (con color de raza incluido) en un mundo diseñado, a veces, por el enemigo. Un relato real y que merece todos los elogios posibles para que Estados Unidos salga de la acromatopsia (2) a la que a veces quiere someter al mundo, donde es verdad que hay algo más que los grises permanentes, que suelen utilizar sus líderes políticos actuales y sus temibles asociados a los que eufemísticamente llamamos “hombres de negro”. También, algo más que un policía frío y desalmado que no es capaz de comprender cómo puede arrebatar la vida a una persona que le suplica poder respirar tan solo, ni siquiera la libertad.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.latimes.com/espanol/california/articulo/2020-05-31/quien-era-george-floyd-10-cosas-que-pocos-saben-sobre-el-hombre-que-murio-a-manos-de-la-policia

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital, p. 15-28.

(2) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar color a la óptica de la vida. Todo se ve siempre de color gris. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo la lectura de un libro de Oliver Sacks, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color, editado por Anagrama en 1999. Ante una realidad tan sugerente, recuperaré la lectura que en su momento me sobrecogió tanto y la proyectaré en este cuaderno que registra ya tantas islas desconocidas: “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.