Luz llamada día trece de junio de dos mil veinte

LA LUZ CON EL TIEMPO DENTRO1 

Sevilla, 13/VI/2020

Para el poeta Ángel González, la luz podía ser llamada día trece (1). Así entregó esas palabras al mundo de la sinceridad, de la verdad, a través de un soneto precioso, Luz llamada día trece, que hoy lo llevo a la ansiada esperanza que ilumina la salida definitiva del confinamiento, del estado de alarma, de la desescalada, del miedo por un virus que ha trastocado aún más el desorden mundial y la anormalidad diaria en la que estábamos instalados a pesar de los avisos de la madre naturaleza. Hoy vuelvo a leerlo con atención y respeto al trasfondo de sus palabras, en una época donde tenemos la oportunidad de llamar a cada cosa por su nombre, que se resume en una sola verdad: cada persona es un ser singular. Todo lo demás…, es casi nada si no es para hacer más felices a las personas, sin dejar nunca atrás a los nadies de Galeano.

A cada cosa por su solo nombre.
Pan significa pan; amor, espanto;
madera, eso; primavera, llanto;
el cielo, nada; la verdad, el hombre.

Llamemos luz al día, aunque se asombre
quien dice “Es martes hoy, ayer fue santo
Tomás, mañana será fiesta”. ¡Cuánto
más verdadera que cualquier pronombre

es esa luz que cuaja el aire en día!
Hoy es la luz llamada día trece
de materia de mayo y sol, digamos.

Y si hablamos de mí -puesto que hablamos,
de algo hay que hablar-, digamos todavía:
pasión fatal que como un árbol crece.

Los poetas, las poetisas, a los que tanto admiro, nos están ayudando a salir de la crisis actual con sus versos, sus palabras hilvanadas a la luz del día, cada una en su texto y contexto. Luz y tiempo los uno siempre recordando a Juan Ramón Jiménez, al que tanto me une en las mañanas de Moguer, en mis años más jóvenes, siempre con la luz dentro. Especialmente, cuando Juan Ramón definió a su querido pueblo natal, Moguer, como “la luz con el tiempo dentro”, en un verso que aparece en el poema “Cuando yo era un niñodiós” que leí, por primera vez, hace ya muchos años y que mantengo intacto en mi memoria de secreto, al ser “[…] un romance revivido del tiempo de Moguer de Juan Ramón, publicado en su forma revivida en la revista malagueña, Caracola (núm. 5), en 1953, y posteriormente en el libro titulado sencillamente Moguer, publicado en 1958 por la Dirección General de Archivos y Bibliotecas, con ilustraciones de José R. Escassi, y con una nota muy conmovedora en función de prólogo a la colección entera, en la cual se advierte que “El original de este libro fue enviado por Juan Ramón, pocos días antes de morir, a la Dirección General de Archivos y Bibliotecas para su publicación en beneficio de la Casa “Zenobia y Juan Ramón”, a fin de continuar la serie iniciada con “El Zaratán”, que tanto le había complacido”; sigue la nota añadiendo que “Francisco Hernández-Pinzón, sobrino del autor, recibió de sus manos los trabajos que ahora se publican, algunos con recientes correcciones del poeta” (1).

El verso del título no figuraba en la primera edición del poema tal y como lo conocemos hoy: “es un “romance revivido”, versión corregida de una poesía que había aparecido en el libro Almas de violeta, en 1900, y también —con variante en sólo un verso- en Rimas, de 1902, en ambos casos con el título “Remembranzas” y que cincuenta años más tarde se publicó con el título ya comentado de “Cuando yo era el niñodiós”. ¿Qué había pasado? La explicación está en la costumbre de Juan Ramón de repasar continuamente su obra, por su perfeccionamiento extremo, por su mundo de secreto, por la reinterpretación constante de su vida. El verso en “Remembranzas” dice (la negrita es mía):

Recuerdo que cuando niño
me parecía mi pueblo
una blanca maravilla,
un mundo mágico, inmenso;

mientras que en su última versión, con el deseo expreso de que se entregara a su pueblo, deja constancia de un cambio transcendental:

Cuando yo era el niñodiós
era Moguer, este pueblo,
una blanca maravilla,
la luz con el tiempo dentro.

Moguer, con su mundo mágico e inmenso ya es luz con el tiempo dentro. Según Olson: “La blancura de Moguer transciende su condición de color para convertirse en la luz misma -o, mejor dicho, para dejar que transparente la luz- total, única, indivisa y eterna- que es el origen y fondo de todos los colores, como el “ser” es origen y fondo de todos los seres, hacia el cual están siempre orientados aunque sea para ellos un origen perdido u olvidado”.

Hoy, 13 de junio de 2020, podemos quedarnos con dos significados especiales gracias a Ángel González y Juan Ramón Jiménez: la luz, que nos permite descubrir la verdad y el tiempo que ella siempre lleva dentro para comprender su contexto, permitiendo llamar a cada cosa por su nombre, en el aquí y ahora que estamos viviendo. En definitiva, iluminando la vida, cada día, gracias a la poesía, porque al igual que pensaba Juan Ramón Jiménez cuando contemplaba la normalidad de su pueblo, con su luz que mantenía siempre el tiempo dentro, “cada casa era palacio y catedral cada templo; estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo”:

Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo,
una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro.
Cada casa era palacio y catedral cada templo;
estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo;
y por esas viñas verdes saltaba yo con mi perro,
alegres como las nubes, como los vientos, lijeros,
creyendo que el horizonte era la raya del término.

Recuerdo luego que un día en que volví yo a mi pueblo
después del primer faltar, me pareció un cementerio.
Las casas no eran palacios ni catedrales los templos,
y en todas partes reinaban la soledad y el silencio.
Yo me sentía muy chico, hormiguito de desierto,
con Concha la Mandadera, toda de negro con negro,
que, bajo el tórrido sol y por la calle de Enmedio,
iba tirando doblada del niñodiós y su perro:
el niño todo metido en hondo ensimismamiento,
el perro considerándolo con aprobación y esmero.

¡Qué tiempo el tiempo! ¿Se fue con el niñodiós huyendo?
¡Y quién pudiera ser siempre lo que fue con lo primero!
¡Quién pudiera no caer, no, no, no caer de viejo;
ser de nuevo el alba pura, vivir con el tiempo entero,
morir siendo el niñodiós en mi Moguer, este pueblo!

NOTA: la imagen pertenece a un fotograma del tráiler de “La luz con el tiempo dentro”: https://youtu.be/iMJOqCN2Cqg

(1) González, Ángel (2018). Luz llamada día trece, en Palabra sobre palabra. Barcelona: Planeta, p. 97.

(2) Olson, P. (1981). La luz con el tiempo dentro: ser y tiempo en la poesía de Juan Ramón Jiménez. Actas del Congreso internacional conmemorativo del centenario de Juan Ramón Jiménez, celebrado en La Rábida durante el mes de junio de 1.981, organizado por la Excma. Diputación Provincial de Huelva y la Universidad de Sevilla, p. 435-443.

 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.