Lo que aprendí de Miguel Hernández y no olvido

Sevilla, 30/X/2020

Hoy se cumple el 110º aniversario del nacimiento del poeta social Miguel Hernández en Orihuela (Alicante). Estoy comprometido en ofrecer en este cuaderno digital, pequeños testimonios de desagravio por el comportamiento que recibe todavía hoy de políticos y personas de este país, que maltratan su memoria histórica sin com-pasión (así, con guion) alguna.

Aprendí hace ya muchos años que cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser joven y, en este momento, una persona mayor, supe que había que dejar las cosas de niño, porque ya no es lo mismo, aunque he constatado con el paso inexorable del tiempo que sí permanece lo que me deslumbró en otras etapas de mi vida hasta llegar a hoy. En el caso de Miguel Hernández, mi descubrimiento de su poesía social fue un revulsivo para mi vida joven y, sobre todo, su extraordinaria comprensión de la amistad. Así lo viví y así lo comparto.

Siendo muy joven y dirigiendo un Taller en Tarifa (Cádiz), en unos locales de un Grupo Escolar, todavía en época de la dictadura y de la España profunda, con el corazón helado en una de las dos realidades de nación, me dejaron una casa de maestros para pasar allí varias noches del encuentro. En las estanterías de aquél profesor anónimo, encontré varios libros de Miguel Hernández y me detuve concretamente en la maravillosa Elegía a Ramón Sijé, que vuelvo a leer hoy con emoción y sentimiento como en centenares de ocasiones anteriores, para intentar agradecer con palabras lo que aprendí de Miguel Hernández sobre el auténtico valor de la amistad en aquél día de un verano ya lejano, que se mantiene en mi persona de secreto como un rayo que no cesa.

ELEGIA A RAMÓN SIJÉ

En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.


Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracoles
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo
.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas…
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

(10 de enero de 1936)

Son 16 versos impecables. Para mí, el mejor manual de la amistad, aquella que es como la cuerda de tres hilos que jamás se puede romper y que aprendí a concebirla como tal cuando era casi como un niño, hablaba como niño, pensaba como niño y razonaba como niño. Ahora, en plena edad de júbilo, recuerdo algo que está muy vinculado con la amistad: el tiempo. Con esa distancia que te impone la vida, soy consciente de que aprendí también de un autor muy sabio, Qohélet, que debo repasar a menudo la lista de las 27 oportunidades para aprovechar el tiempo en vida, que describía él: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. No conforme con esta descripción, sigue explicando el valor del tiempo, a través de tres preguntas inquietantes que no dejan indiferente a nadie: ¿qué gana el que trabaja con fatiga, si se demuestra antes o después que todo es vanidad de vanidades, solo vanidad, algo así como intentar atrapar el viento?, ¿qué diferencia hay entre el hombre y el animal si ambos vuelven siempre al polvo? Y, por último, ¿quién guiará al hombre a contemplar lo que hay después de él?

No hay muchas respuestas, mejor dicho, ninguna en esa exposición de motivos hasta llegar a donde quiere llegar, el auténtico valor de la amistad, la que admirablemente canta Miguel Hernández en su elegía. El Hombre de Asamblea (Qohélet), tras su maravillosa descripción de los 27 tiempos y una vanidad imposible, más las tres preguntas a las que no da respuesta, nos orienta en tiempos difíciles después de su tremendo aviso para navegantes: lo mejor que te puede pasar en este tiempo de pandemia es que tengas un amigo, ya que, si te caes, siempre estará ahí para levantarte, porque la experiencia de siglos dice que la amistad es como la cuerda de tres hilos que jamás se puede romper. Él sí sabía qué hacer con el tiempo de coronavirus que a cada uno, cada una, nos toca vivir, caminando juntos, casi siempre atrapando vientos. O leyendo de nuevo a Miguel Hernández, por ejemplo su Elegía a Ramón Sijé, como la mejor felicitación en su cumpledías que suman hoy ciento diez años y, sobre todo, para reconfortarnos en estos tiempos tan modernos y difíciles.

Cuando vuelva hoy de mi corazón a mis asuntos, sólo me quedará pendiente darte las gracias por lo que hace ya muchos años aprendí de ti, Miguel Hernández, compañero del alma, compañero. Ciento diez veces, gracias, sólo eso.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.