Las niñas y los niños de cuento, según Saramago, en el Día de Reyes

Sevilla, 6 de enero de 2021

Tengo grabadas en mi memoria de secreto las palabras que vuelvo a publicar a continuación, que recuerdo cada día de Reyes como símbolo del mejor regalo que podemos recibir un día como hoy, aunque sea muy pequeño: aprender a soñar despiertos, como los niños y niñas de cuento, para volar muy alto, por encima de aquello que no nos gusta y nos hace sufrir a menudo. Como en la pandemia actual, sin ir más lejos. Sé que es un reto difícil. Saramago, en su relato “La flor más grande del mundo”, hacía al final la siguiente pregunta: ¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?

No es más bonita, pero sí cargada de sentimiento y pensamiento en un día especial para las niñas y los niños de cuento, aunque sé que el corazón es el que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento, tal y como lo aprendí en mis años jóvenes de Rafael Alberti, el niño andaluz que cantó como nadie a su mar de Cádiz, porque sabía que en él siempre se podía navegar soñando.

«Hoy es ese día, pero escribiendo por mi parte solo una pequeña introducción al mismo, que siempre recuerdo en días en los que los regalos se hacen presentes. Me refiero a un pájaro perdido que aprecio mucho, el 178 según Rabindranath Tagore, recuperándolo ahora como si fuera una anilla recordada por mí, sentado a la sombra de un pino solitario (grande, muy grande) de la carretera de Umbrete a Bollullos de la Mitación, ambos pueblos cercanos a Sevilla, en diciembre de 1965 y que eché a volar en mi imaginación. Era una época en que crecía en la búsqueda de la verdad machadiana, ni tuya ni mía, porque haciendo caso a D. Antonio la guardé siempre en una jaula dorada de silencios. Pasando páginas amarillas de un libro maravillosamente usado, que compré hace ya muchos años para hacer un regalo muy especial, con dos apellidos anónimos en la página interior del título: Gómez Aldemira, XI-1959, donde encontré por fin el pájaro perdido (el 178), que había buscado incluso en épocas en que me había distraído con un encantador de pájaros, Papageno, que me había presentado Mozart a través de sus limpias manos puestas sobre mí:

A mis amados les dejo las cosas pequeñas;
las cosas grandes son para todos.

Todo lo demás pertenece a la intrahistoria de Saramago en su precioso cuento que, hoy, quiero compartirlo con la Noosfera, como si fuera una estela interminable de un regalo digital pequeño (que también existe). Es una historia muy bonita.

Así pasó y así lo he contado.

La flor más grande del mundo

José Saramago

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.

Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…

¡Hace ya tanto tiempo de eso!

En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)

Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.

Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…

Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.

El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos fresnos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.

¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.

Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.

Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…

No importa.

Baja el niño la montaña,
Atraviesa el mundo todo,
Llega al gran río Nilo,
En el hueco de las manos recoge
Cuanta agua le cabía.
Vuelve a atravesar el mundo
Por la pendiente se arrastra,
Tres gotas que llegaron,
Se las bebió la flor sedienta.
Veinte veces de aquí allí,
Cien mil viajes a la Luna,
La sangre en los pies descalzos,
Pero la flor erguida
Ya daba perfume al aire,
Y como si fuese un roble
Ponía sombra en el suelo.

El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.

Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.

Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris.

A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.

Y ésa es la moraleja de la historia.

Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…

¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…«

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El cinco de enero de Miguel Hernández, pastor de sueños

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Miguel Hernández, Las abarcas desiertas

Sevilla, 5 de enero de 2021

He recordado siempre a Miguel Hernández en este cuaderno digital, en los últimos años, al acercarse los días de navidad o cuando ha sido necesario desagraviarlo por el tratamiento impresentable recibido por determinadas autoridades de este país. Hoy, vuelvo a abrir mi libro de celebraciones laicas y rescato unas palabras suyas que rescaté en momentos de solidaridad con los niños y niñas necesitados de su época, de su país, en días muy complejos de Reyes en 1937. Hoy, en plena pandemia, quiero entregar este pájaro perdido a la Noosfera como símbolo de altavoz social de las niñas y los niños de este país, de mi Comunidad, Andalucía, que sufren las consecuencias de la pandemia y del mal endémico de la pobreza extrema, porque son miles de realidades personales y familiares que viven a la intemperie ante el frío de la sociedad con la que paradójicamente conviven.

«La solidaridad de Miguel Hernández no tenía límites. Lo demostraba por sus colaboraciones en publicaciones durante la guerra civil, como la que apareció en la revista Ayuda del Socorro Rojo, el 2 de enero de 1937. El objetivo del poema Las abarcas desiertas junto a otras colaboraciones era «recabar ayuda para donativos y juguetes en beneficio de la infancia necesitada. Interesante la nota aclaratoria ofrecida en primera página: Los niños de la España libre y en armas tendrán este año, merced a la generosidad de millones de personas, lo que la casta que nos dominaba había hecho privilegio exclusivo de sus hijos: juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor» (1).

El poema resume muy bien la realidad dura y contemporánea de los que menos tienen. Miguel Hernández hace un recorrido de ilusiones maltrechas desde la colocación de su calzado cabrero en la ventana fría, como cualquier niño, pero con la conciencia de clase muy clara: Nunca tuve zapatos, / ni trajes, ni palabras: / siempre tuve regatos, / siempre penas y cabras. Me parece maravillosa la expresión de que «Por el cinco de enero, para el seis, yo quería que fuera el mundo entero una juguetería».

Recomiendo la lectura pausada del poema completo. Nada más. Es verdad que muchas veces los reyes coronados del siglo XXI no tienen pie ni ganas para ver el calzado de las pobres ventanas. Una aclaración final: salvando lo que haya que salvar, no solo me refiero hoy a la pobreza económica en esta navidad rediviva según Miguel Hernández. Es peor la del espíritu de reyes magos que van de paso por la vida de muchas personas sin observar abarcas vacías. A pesar de que solo puedan tener dentro sueños de juguetes y libros con que estimular el espíritu y crear castillos imaginativos de una sociedad mejor.

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

(1) https://algundiaenalgunaparte.com/2009/01/05/versos-olvidados-las-abarcas-desiertas/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

2020, una función única para aves enjauladas con ganas de volar

Sevilla, 3/I/2021

Estuve en la cola virtual del Teatro de la Zarzuela desde primera hora de la tarde del pasado 31 de diciembre, porque estaba interesado en conseguir una entrada, también virtual, para la sesión de las 9 de la noche. Representaban 2020, única función, protagonizada por José Coronado, aunque tengo que confesar que tuve especial interés en asistir porque el guion era de un profesional de la televisión pública, Carlos del Amor, al que admiro profundamente. Reportaje financiado con dinero público, producido en tiempo público y llevado a cabo por trabajadores de la televisión pública. Un claro ejemplo de eficacia y eficiencia públicas cuando lo que se quiere preservar es el interés general.

Me pareció una idea brillante y no me defraudó. Ha sido un reportaje excepcional, en el que se ha condensado en casi veinticinco minutos, todo lo que nos ha ocurrido en este país en un año extraordinariamente complejo. Los Telediarios de la 1, con una idea muy original y de corte cinematográfico,  han dicho adiós “al año 2020 con un reportaje especial que repasa lo vivido en estos doce meses que han quedado marcados por la pandemia”.

Los primeros planos del reportaje, con las primeras palabras de José Coronado, “Soy 2020, ¡vaya año! […] ahí dentro tendrían que haber remado todos en la misma dirección”, en la puerta de Congreso, presagiaban que podíamos asistir a una retrospectiva de sumo interés general preparada por los servicios informativos de la televisión pública, de la que tanto espero siempre. 2020 habla de trifulcas, con un deseo claro y conciso: ¡Ojalá que el año que me sucede os vea y os escuche poneros de acuerdo en las cosas que a todos importan y que representáis! La referencia a 2019, representado por José Sacristán, es una retrospectiva de un año que recordamos como el “último año” en que pudimos disfrutar de todo, pero que ya no existe y que quizás hemos echado de menos en bastantes ocasiones.

¡Vacío y silencio!, las dos palabras que mejor definen a 2020, pidiéndonos perdón por tantos días sin luz, por las noches en vela, por las lágrimas derramadas, por las no despedidas, por situarnos a todos a dos metros de distancia, por detener nuestra vida. Su despedida es necesaria, ¡que se vaya! Y comienza la representación, que recomiendo verla completa. Casi en el minuto veintiuno, 2020 comienza su despedida: “¡Ojalá hayáis aprendido algo, no lo sé, sinceramente no lo sé…, ojalá el silencio deje paso al bullicio, que no al ruido; ojalá desparezca el dolor y la incertidumbre. Muchas gracias. ¡Cuídense!”.

Finalmente, Rozalén despide a 2020 con una canción preciosa, Aves enjauladas, mirándolo a los ojos, como una premonición de la belleza de la vida a la que volveremos con seguridad ética. Eso sí, corriendo para abrazarnos:

Cuando salga de esta iré corriendo a buscarte
Te diré con los ojos lo mucho que te echo de menos
Guardaré en un tarrito todos los abrazos, los besos
Para cuando se amarre en el alma la pena y el miedo
Me pondré ante mi abuela y de rodillas
Pediré perdón por las veces que la descuidé
Brindaremos por los que se fueron sin despedida
Otra vez, otra vez
Pero mientras los pájaros rondan las casas nido
Una Primavera radiante avanza con sigilo
He zurcido mis telitas rotas con aguja e hilo
Me he mirado, valorado, he vivido

Somos aves enjauladas
Con tantas ganas de volar
Que olvidamos que en este remanso
También se ve la vida pasar
Cuando se quemen las jaulas
Y vuelva a levantarse el telón
Recuerda siempre la lección
Y este será un mundo mejor

Cuando salga de esta iré corriendo a aplaudirte
Sonreiré, le daré las gracias a quién me cuide
Ya nadie se atreverá a burlar lo importante
La calidad de la sanidad será intocable
No me enfadaré tanto con el que dispara odio
Es momento de que importe igual lo ajeno y lo propio
Contagiar mis ganas de vivir y toda mi alegría
Construir, construir
Pero mientras el cielo y la tierra gozan de un respiro
Reconquistan los animalitos rincones perdidos
He bebido sola lentamente una copa de vino
He volado con un libro, he vivido

Somos aves enjauladas
Con tantas ganas de volar
Que olvidamos que en este remanso
También se ve la vida pasar
Cuando se quemen las jaulas
Y vuelva a levantarse el telón
Recuerda siempre la lección
Y este será un mundo mejor

Cuando salga de esta iré corriendo a abrazarte

Impecable reportaje, digno de una televisión pública, con una idea original y guion de Carlos del Amor, a quien profeso admiración y respeto como ciudadano cuidadoso con la cosa pública (res publica). Me emociona hoy compartir este reportaje. Gracias, porque ser o no ser es ahora la única cuestión, pensando sobre todo en las ganas de vivir de las personas mayores de este país que nos acompañan día a día y en los más de 300.000 niños y niñas que han nacido en 2020 en este país y que tienen derecho a vivir y soñar despiertos en un mundo mejor.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Ojalá descubramos en 2021 los mapas del alma y del tiempo

Eduardo Galeano (1940-2015)

Sevilla, 2/I/2021

El principio esperanza de Ernst Bloch puede ser un buen hilo conductor del año que estrenamos ayer. Más importante aún es descubrir los mapas del alma y del tiempo porque nos reconfortarán en momentos difíciles, sobre todo a los nadies. Eduardo Galeano nos lo recuerda en unas palabras preciosas que reproduzco íntegras a continuación, en este cuaderno de derrota, en lenguaje marino, pronunciadas al recibir el Premio Stig Dagerman, en Suecia, el 12 de septiembre de 2010, porque nos ayudarán a descubrir el alma en mapas, a modo de islas desconocidas todavía sin descubrir. Sobre todo, porque iniciamos la singladura compleja de 2021, un tiempo con el alma dentro.

Ojalá seamos dignos de la desesperada esperanza.
Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos.
Ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común.
Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo, contra toda evidencia, que la condición humana vale la pena.
Ojalá podamos ser capaces de seguir caminando los caminos del viento, a pesar de las caídas y las traiciones y las derrotas, porque la historia continúa, más allá de nosotros, y cuando ella dice adiós, está diciendo: hasta luego.
Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser solidario y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo.

En aquél acto leyó algunos relatos breves de un libro muy querido por él, El libro de los abrazos, aunque no he podido identificar cuáles fueron. A modo de búsqueda incesante por mi ardiente impaciencia, he elegido el primero, El Mundo, porque quizá sea una tarea apasionante identificar en los mapas del alma, en este tiempo de coronavirus, a las personas que son “fueguito” en sus vidas. Veamos por qué:

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
– El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.

Hoy he comprendido por qué Galeano recibió ese premio. Me he acercado a él y me ha encendido la luz que necesito ahora para descubrir mejor los mapas de mi tiempo y de mi alma. Le estoy muy agradecido. Esa es la razón de por qué comparto ahora su palabra.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Eduardo Galeano, la voz de América Latina – Blog (edufors.com)

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