Hablar bien y convencer, en política, esa es la cuestión

¿Cuál es tu profesión? Ser bueno

Marco Aurelio, Meditaciones

Sevilla, 12/I/2022

Siento un profundo respeto por la oratoria, entendida como el arte de hablar bien y convencer al mismo tiempo. Es verdad, pero doy un paso más: hay que ser buena persona para hablar bien y convencer. Hoy he entrado en mi clínica del alma, es decir, mi biblioteca para volver a leer algunas páginas que tengo señaladas de un libro, El arte de hablar bien y convencer (1), un preciado manual para oradores, al que tengo aprecio y que respeto en su inteligente configuración: “Libro esencial, diáfano, hoy día imprescindible contra superficiales denostadores y falsificadores del arte de hablar bien, sobre todo en un tiempo en que se atropella la corrección del lenguaje, y no solo para “desfacer entuertos”, como diría don Quijote. Libro de pequeñas proporciones, pero de sustancial y fecundo contenido, no debería estar ausente de biblioteca ninguna. Su esencial brevedad, sin caer en la oscuridad, recorre, sin tacha ni ausencia, cuanto importa conocer y saber”.

Si importante es hablar bien en cualquier circunstancia y lugar, hoy quiero detenerme en lo que está ocurriendo en las Cortes Generales del Estado (Congreso de los Diputados y Senado), las Sedes de la Palabra en representación el Pueblo, porque en los últimos años estamos asistiendo a un verdadero espectáculo de contra oratoria, fundamentalmente porque no se da importancia alguna a la palabra bien dicha y convincente, sino a lo primero que se le ocurre a determinadas señorías, porque también hay que decir que no conviene generalizar, partiendo de un gran principio democrático que respeto: todas las señorías no son iguales. Dicho esto, basta leer detenidamente los Boletines Oficiales de las Cortes Generales, en cualquiera de sus últimos números, para constatar que la oratoria no es flor que adorne a sus señorías en la actualidad. Si grave es esto, quiero entrar en materia con algo más profundo y con una pregunta de gran calado ético: ¿No será que no hablan bien los padres y las madres de la patria, porque no son buenas personas? Veamos lo que dicen al respecto los grandes clásicos de la oratoria, con algún ejemplo.

Elijo para comenzar a Marco Fabio Quintiliano, abogado y peofesor de retórica, nacido en Calahorra en el siglo I d. C., porque es rotundo en su Instituciones oratorias (2): “Por lo común, el discurso manifiesta las costumbres y descubre los secretos del corazón, y no sin razón dejaron escrito los griegos que cada uno habla en público según la vida que tiene” (XI, 1), es decir, el orador será honrado si es creído o creíble, como manifiesta también en el mismo libro, en el capítulo IV, 2: “Nunca habla mejor el orador que cuando parece hablar con verdad”. Lo que de verdad me llama la atención en Quintiliano es la contundencia a la hora de unir oratoria con ética, tal y como lo demuestra de forma reiterada en su libro: “No separo el oficio de orador de la bondad moral” (II, 18),  “Porque no solamente digo que el que ha de ser orador es necesario que sea hombre de bien, sino que no lo puede ser sino el que lo sea. Porque en la realidad no se les ha de tener por hombres de razón a aquellos que habiéndose propuesto el camino de la virtud y el de la maldad, quieren más bien seguir el peor; ni por prudentes a aquellos que no previendo el éxito de las cosas, se exponen ellos mismos a las muy terribles penas que llevan consigo las leyes y que son inseparables de la mala conciencia. Y si no solamente los sabios, sino que también la gente vulgar ha creído siempre que ningún hombre malo hay que al mismo tiempo no sea necio, cosa clara es que ningún necio podrá jamás llegar a ser orador” (XII, 1).

Junto a lo expuesto, Quintiliano entra también en elogiar la elocuencia, entendida como la define la Real Academia Española en sus dos acepciones: “Facultad de hablar o escribir de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir” y “Eficacia para persuadir o conmover que tienen las palabras, los gestos o ademanes y cualquier otra acción o cosa capaz de dar a entender algo con viveza”: “Por más que se disimule, finalmente se descubre el fingimiento y nunca ha sido tan grande la fuerza de la elocuencia, que no titubee y vacile siempre que las palabras desmienten al corazón. Un hombre malo, por precisión, tiene que decir lo contrario de lo que siente; pero a los hombres de bien jamás les faltará que hablar de las cosas buenas, ni dejarán de inventar siempre lo mejor (porque ellos mismos serán también prudentes), cuya invención, aunque carezca de los primores del arte, tiene bastante hermosura con su natural adorno, y todo aquello que se dice conformándose con la virtud, no puede menos de ser persuasivo por su propia naturaleza”. También, habla de la osadía de los necios cuando se atreven a aproximarse a la erudición: “El necio es más atrevido en la elocución, punto muy delicado en la elocuencia; no desecha ninguna expresión, antes se atreve a todo. De donde nace que como siempre aspira a lo extravagante, y raro, suele decir alguna cosa grande. Pero esto, que rara veces sucede no recompensa los demás vicios” (II, 13).

Lo descrito anteriormente es una maniobra de aproximación de lo que ocurre en la actualidad en el país, en diversas sedes parlamentarias del Estado y de las Comunidades Autónomas. Creo que ha llegado la hora de exigir responsabilidades a sus señorías en relación con el uso de la palabra, recordándoles que la tienen delegada por el pueblo que lo ha votado. Lo que venimos presenciando y oyendo en los últimos años en sedes parlamentarias es casi una tragicomedia, salvo honrosas excepciones. Hemos oído mucho ruido y hemos obtenido pocas nueces, dicho en roman paladino (Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…, Gonzalo de Berceo). Muy poca moderación en los discursos ha sido la tónica general en los últimos años, olvidando un gran principio que nos recuerda de nuevo Quintiliano: “La moderación es la que sobre todo debe llevarse la atención primera. Porque no es mi objeto formar un comediante, sino un orador” (XI, 3).

Para finalizar, me atrevo a abordar una recomendación desde la calle pública: los padres y las madres de la patria deberían hacerse con avíos para el viaje político de una legislatura, a título de “prendas” necesarias para ejercer el arte de conseguir lo posible en su oratoria diaria y en las sedes parlamentarias, o en las de los elegidos públicos en cualquier foro político en Ayuntamientos o sedes públicas en las que se trabaje con la tríada democrática de espacio, tiempo y dinero públicos, según recomienda Quintiliano: “En un orador son muy agradables prendas la afabilidad, llaneza, moderación y cariño. Y aun aquellas otras diferentes de éstas, cuales son aborrecer a los malos, conmoverse con la común suerte y castigar los delitos o injurias, y todas las cualidades decorosas, como ya dije al principio, le convienen a un hombre de bien” (XI, 1), para completarlo con la siguiente reflexión: “Estas son las armas que [el orador] debe tener a mano; con la ciencia de estas cosas debe estar apercibido, teniendo al mismo tiempo un grande acopio de palabras, y figuras, orden en la invención, facilidad en la disposición, firmeza en la memoria y gracia en la pronunciación y ademán. Pero de todas estas prendas la más excelente es una grandeza de corazón, a la que ni el temor abata, ni el ruido de las voces amilane, ni la autoridad de los oyentes detenga más de lo que requiere el respeto que se merecen. Pues al paso que son abominables los vicios que se oponen a estas prendas, cuales son la demasiada satisfacción, temeridad, malignidad y arrogancia, así también si falta la constancia, confianza y fortaleza, de nada servirá el arte, el estudio y la misma ciencia; como si se diesen armas a los cobardes y de poco corazón para pelear. Aunque mal de mi grado (por cuanto puede siniestramente interpretarse), me veo precisado a decir que la misma vergüenza, defecto verdaderamente digno de aprecio y raíz fecunda de las virtudes, es muchas veces opuesta a las buenas prendas de un orador, y ha sido causa de que muchos, ocultando las grandezas de su ingenio y estudio, pereciesen en el retiro del silencio” (XII,5).

Son sólo unos ejemplos o proposiciones que decía Pablo Milanés en una bella canción de título homónimo: Propongo compartir lo que es mi empeño / Y el empeño de muchos que se afanan / Propongo, en fin tu entrega apasionada / Cual si fuera a cumplir mi último sueño. El que quiera entender que entienda, pero necesitamos buena oratoria de hombres y mujeres buenas en política, para acabar con los escándalos y sonrojos parlamentarios. Lo que puedo asegurar es que he querido construir un discurso amable sobre la pregunta que planteaba al comenzar a escribir estas líneas y cuya respuesta espera la sociedad de este país con ardiente impaciencia: ¿No será que no hablan bien algunos padres y algunas madres de la patria, porque no son buenas personas? En Quintiliano se puede encontrar alguna solución a esta realidad que nos asola.

(1) López Navia, Santiago A. (ed.), El arte de hablar bien y convencer. Platón, Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, 1997. Madrid: Ediciones Temas de Hoy. Sobre la obra de Quintiliano, he utilizado la citada por el autor en su libro, Quintiliano, Instituciones oratorias, en la traducción de Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier, editada en Madrid en 1916 por la Librería de Perlado y Páez, sucesores de Hernando, a la que se puede acceder online en la Biblioteca Virtual de la Universidad de Sevilla, en la siguiente dirección: Instituciones oratorias – Universidad de Sevilla (us.es), con alguna corrección sintáctica para facilitar la comprensión del texto.

(2) Quintiliano, Marco Fabio, Instituciones oratorias

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

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