Un tulipero, un árbol de 40 metros de altura y 650 toneladas de peso, con 135 años de antigüedad, que viajaba por el Mar Negro en una barcaza especialmente acondicionada para este tipo de transporte, causó sensación mundial en 2016, al conocerse que el ex primer ministro de Georgia, Bidzina Ivanishvi, lo había comprado en su propio país, en la región de Ayaria, para llevarlo a su residencia particular en Tiflis, la capital de esta región caucásica. No era el primero ni el último de esta megalomaníaca demostración de riqueza incontrolada. Ahora forman parte del Parque Dendrológico Shekvetili, de propiedad privada pero accesible al público.
Lo que parece un relato de ensoñación responde a una realidad que llevó a la directora georgiana Salomé Jashi a filmar un documental, Domar el jardín, que se presentó en el Festival Mundial de Cine Documental, Sundance 2021, justificándolo en el sentido de que “Los árboles han sido fundamentales en mi vida. En mi infancia, solía ir a una plaza muy grande en mi pueblo donde muchos niños se reunían. Había varios árboles grandes allí y cada uno tenía un significado diferente. Uno era para reunirse, otro para trepar, otro era una especie de símbolo de fuerza. Los árboles significan mucho para mí y para los demás también”. Ella ha contado lo que sintió la primera vez que vio al tulipero avanzar por las aguas del Mar Negro: “Vi esta imagen del árbol en el mar que estaba en los medios de comunicación en Georgia», dice Jashi. «Es una imagen extraña e incómoda, y cuando la vi, sentí sensaciones muy ambivalentes. Por un lado, esto era algo hermoso, magnífico. Un árbol en el mar parece muy poético, después de todo. Por otro lado, lo que había detrás de la imagen era una historia muy diferente. Me atrajo esta ambigüedad y me inspiró a comenzar a trabajar en la película».
Efectivamente, la directora solo pretende en este documental mostrar al espectador lo que está sucediendo con objeto de que cada uno decida y opine sobre lo que está viendo, aunque el estudio detallado de cada plano traduce perfectamente lo que quiere dejar patente, quizás resumido en una frase de un hombre que aparece en la película: «Cuando tenga todos los árboles», dice, «irá tras los pájaros». Una vez más y afortunadamente, el cine no es inocente.
Me ha llamado la atención que en el XI Festival de Cine de Lanzarote, se presentó esta película con las palabras siguientes, a modo de sinopsis: “En Georgia, un conocido mafioso amante de las plantas y la naturaleza paga grandes fortunas para adquirir árboles centenarios con los que establece una relación sentimental particular. Sin importarle la ubicación histórica de esas grandes plantas, en ocasiones de colosales dimensiones, consigue que sus operarios las trasladen hasta su jardín particular, ubicado a centenares de kilómetros de distancia. Los árboles se ven sometidos así a un trabajo de reubicación que los transporta a lo largo de estrechas carreteras y zonas marinas. A su paso por las pequeñas aldeas y pueblos del país, los habitantes quedan sobrecogidos ante lo que es una muestra de poder desmesurada. La belleza y el amor por los árboles contrastan con un deseo de posesión capaz de arrasar con todo aquello que se pone en su camino”. La polarización ante lo que está por ver está servida. Aunque en el documental nunca aparece el dueño del jardín donde se trasplantan los árboles centenarios, se torna en esta sinopsis en un “conocido mafioso” amante de las plantas y la naturaleza. Nada se esconde ya ante la cámara. El desarrollo de la película, sobre todo sus cámaras, son las que de verdad lo dicen todo. Así es el arte del cine.
En el Festival de Sundance 2021, anteriormente citado, se dijo de la película algo que también es muy esclarecedor: “Lo que es muy inteligente y relevante en Taming The Garden es que la directora nunca muestra al rico adquirente de los árboles. Los aldeanos se refieren principalmente a él como «él» y nunca aparece en la pantalla. Esta anonimización de este personaje hace que el tema sea más universal. Y la pregunta se puede hacer con estas palabras: ¿puede el dinero comprar todo? ¿Puede un hombre tener el poder de desafiar a la naturaleza?”.
He visitado tambien la página oficial de la directora y su película. La sinopsis no deja ya lugar a duda alguna: “El primer plano de la impactante historia ambiental de la cineasta Salomé Jashi captura un árbol tan alto como un edificio de 15 pisos flotando en una barcaza a través del vasto Mar Negro. Su destino se encuentra dentro de un jardín a innumerables millas de distancia, propiedad privada de un hombre rico y anónimo cuya pasión reside en la eliminación y posterior replantación de árboles extraños en su propio Edén hecho por el hombre. Con un estilo cinematográfico asombroso, Taming the Garden rastrea el surrealista desarraigo de árboles antiguos de sus lugares georgianos. Con cada remoción, estallan las tensiones entre los trabajadores y los aldeanos. Algunos ven incentivos financieros (nuevas carreteras, costosas tarifas) mientras que otros lamentan con enojo la pérdida de lo que se suponía era un monolito inamovible de la historia y la memoria colectivas de su ciudad. Con un ojo observador constante y astuto, Jashi documenta el poder de un solo hombre sobre los jardines naturales de la Tierra: cómo los majestuosos artefactos vivos de la identidad de un país pueden ser desarraigados sin esfuerzo por individuos sin conexión con la naturaleza que ahora reclaman como propia”.
Viendo el tráiler de la película se comprende muy bien su mensaje. Las personas que acompañan y despiden a su árbol centenario lo dicen todo, porque, detrás, la tierra que lo acogió durante tanto tiempo, se queda herida, sola y hueca ante tanto desvarío ocasionado por la riqueza desmedida de un poderoso del lugar. Aunque en la película no aparece, sabemos ya quién es, como se llama y a qué dedica su tiempo libre: Bidzina Ivanishvi, ex primer ministro de Georgia, Finalizo sin más comentarios, como la directora desea que se vea su película, guardando silencio al observar las imágenes, contemplando sólo lo que es evidente: la megalomanía del poder se puede plantar también, simbólicamente, en un jardín, sin importar su génesis y sus consecuencias, pero nunca se podrá comprar la belleza de la memoria histórica de cada árbol, como un símbolo de lo que era en su sitio de nacimiento, de donde nunca debieron salir.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Hoy siento un vértigo especial al enfrentarme a la página en blanco de mi cuaderno digital, porque quiero escribir con alma de lo que siento en este momento después de haber leído unas páginas de un libro publicado el mes pasado, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente en este momento: Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia (1). Me ha removido la conciencia de los que soy y de lo que me queda por hacer en este mundo diseñado muchas veces por el enemigo, como dice el poeta Juan Cobos Wilkins, a quien tanto aprecio. Obviamente, en este país, en mi Comunidad y en mi ciudad.
Estamos asistiendo a un momento que podía ser mágico, por haber salido del último túnel (por ahora) de la pandemia y resulta que la nueva normalidad es a veces peor que la de antes, en una nostalgia instalada en la mente de muchas personas que, en principio, no les permite caminar hacia alguna parte por descubrir y que ofrezca felicidad. Para una persona como yo, que piensa que el mundo sólo tiene interés hacia adelante, el título de mi blog o cuaderno digital, en el que llevo escribiendo desde hace más de dieciséis años, la publicación de Neorrancios me causa estupor y me conmueve, porque siempre he defendido los valores que nos hacen ser personas dignas. De hecho “fundé” un club virtual hace años, el de las personas dignas, en el que no me interesa contabilizar adeptos, sino crear masa crítica, incluso anónima, para seguir pensando que el mundo hay que transformarlo porque el actual no nos gusta nada. Además, volver a repetir los errores del pasado me da pánico, aunque se intente maquillar todo con el eslogan de que “visto lo visto, cualquier pasado fue mejor”. Craso error, si sólo atendemos a la esencia del evolucionismo en sus múltiples manifestaciones, porque la historia ha demostrado que todo no se soluciona con instalarnos en la zona de confort histórico que cada uno cree que es la mejor, individualismo y liberalismo en estado puro, frente a los que pensamos que juntos podemos transformar la sociedad para que avance, pero sólo hacia zonas que nos den confort a todos, porque solos no conseguimos prácticamente nada en la aldea global en las que actualmente vivimos.
Volviendo al libro que me ha conmovido, he escogido para empezar la sinopsis oficial del mismo, que no tiene desperdicio alguno: “«Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad.» Bajo ese discurso pretendidamente crítico se esconde una idealización de un tiempo pasado que nunca fue mejor. Una nostalgia fundamentada en un modelo familiar único, una sublimación del medio rural, un capitalismo alienado y una negación de los avances sociales logrados a lo largo de las últimas cuatro décadas. Son argumentos propios de una izquierda conservadora que se espanta ante la pérdida de su hegemonía. Lo neorrancio es lo que ocurre cuando miramos al pasado con la venda del recuerdo y cuando convertimos la experiencia propia en universal. Un libro que pone el presente en valor y que da pautas sobre hacia dónde debería enfocar la izquierda sus demandas”. Después, en el primer capítulo, Contra lo neorrancio. Por qué triunfa el repliegue sentimental, escrito por Begoña Gómez Urgáiz, he leído párrafos que centran muy bien su hilo conductor, sobre todo al analizar el fenómeno ocurrido hace un año en este país con la publicación del libro Feria de Ana Iris Simón, que ha conseguido el encumbramiento a los altares rojipardos, es decir, tanto de sectores de la izquierda como de la derecha más casposa, en un fenómeno que sobrecoge porque ambos “encuentran consenso en un enemigo común: el dogma neoliberal. En este territorio político, unos y otros, izquierda antigua y derecha nueva, se celebran y se jalean mutuamente. No solo les unen las mismas fobias, como la corrección política que sienten castradora, también comparten unos modos similares. La izquierda reaccionaria y la derecha contestona, que en España tiene una clara líder en Isabel Díaz-Ayuso, están hermanadas por el mismo sincomplejismo. Se autoconceden el monopolio de la palabra llana, la capacidad de decir lo que creen que todo el mundo piensa y nadie se atreve a decir. Son los maestros del al pan, pan y al vino, vino”. Más adelante, justifica el nacimiento de este término, neorrancio, nacido en un programa de radio Tardeo, en Radio Primavera Sound: “Lo que se está debatiendo desde este frente antinostálgico no es poca cosa. Se está diciendo que sólo se pueden permitir la añoranza por tiempos pasados quienes ocuparon posiciones privilegiadas, debido a su origen, género o identidad sexual. Que la familia ha sido y es refugio para muchos y el origen de toda violencia para otros y mitificarla en su estado más ancestral no conduce a nada. Que soñar con hipotecas a tipo fijo cuando el modelo inmobiliario actual ha colapsado, no una sino varias veces, no tiene mucho sentido. Que acercarse a la maternidad desde posiciones entre exaltadas y existencialistas -la teta es la patria y amamantar es rezar- choca con los intereses de las mujeres, sobre todo las de clase trabajadora. Que si algo no necesita el mundo rural es que lo romanticen con términos de hace cincuenta años. Que si lo de temer las migraciones suena tan mal es por algo. Que reivindicar, aunque sea desde una coqueta postura de provocación, a figuras como la del falangista Ramiro Ledesma sencillamente repugna. Que la nostalgia, es, en definitiva, el fracaso de la imaginación política”.
Ante lo anteriormente expuesto, que comparto, me siento obligatoriamente obligado a leer el libro e invitar a quienes lean estas líneas a hacerlo, así como acudir al rastreo de lo que he escrito en este cuaderno digital al respecto durante los años de su existencia, porque a diferencia de lo afirmado por Groucho Marx, tengo unos principios sobre el progreso y la unidad popular con conciencia de clases que, si no gustan, no estoy dispuesto a cambiarlos, sobre todo en relación con la mirada siempre hacia adelante en el caminar diario. Lo he escrito recientemente con ocasión de la publicación reciente de un ensayo de Thomas Piketty, Breve historia de la igualdad (2), una versión resumida de su obra anterior, Capital e Ideología, en el que expone una historia comparada de las desigualdades entre clases sociales: “el camino hacia la igualdad es fruto de luchas y rebeliones contra la injusticia, y resultado de un proceso de aprendizaje de medidas institucionales y sistemas legales, sociales, fiscales y educativos que nos permitan hacer de la igualdad una realidad duradera. Desafortunadamente, este proceso a menudo se ve debilitado por la amnesia histórica, el nacionalismo intelectual y la compartimentación del conocimiento”. Frente a las tesis sobre la desaparición de las ideologías, que los neorrancios diluyen en discursos vacíos y sin sentido, adulterados en su esencia, el libro de Piketty es un balón de oxígeno para recuperar el sentido de la tendencia histórica de la igualdad como una realidad que se ha consolidado desde finales del siglo XVIII. Con una exposición muy amena, Piketty propone una alternativa basada en diversas propuestas concretas: el socialismo democrático, participativo y federal, ecológico y con mestizaje social, sobre la base de la fiscalidad progresiva, el reparto del poder de las empresas, las reparaciones poscoloniales y la lucha contra la discriminación, la igualdad educativa y el sistema de herencia universal, la reducción drástica de las desigualdades monetarias y un sistema electoral al margen de las influencias del dinero. Las ideologías seguirán marcando el curso de la historia, tal y como lo expresó de forma excelente el filósofo George Lukács en El asalto a la razón: “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (3).
Quien siga de cerca las páginas de este cuaderno digital sabe que existe un hilo conductor en ellas, porque ocurre igual con lo que escribo: las ideologías, cualquiera de ellas no son inocentes para el bien o para el mal, que atraviesan en la actualidad una crisis importante, aunque estoy convencido y lo defiendo con ardor guerrero y con ardiente impaciencia, que nunca son inocentes y cualquiera no sirve para transformar el mundo y hacerlo más habitable, más amable y más confortable para todos. Sé que cuando se habla de esta realidad interior, personal o colectiva, rápidamente se nos tacha de utópicos equivocados de siglo. No lo percibo así, más aún cuando defiendo una ideología de marcado carácter social que ayuda a transformar, más que a cambiar, ese mundo que no nos gusta, a veces tan próximo que incluso nos asusta. Navegando en esta patera frágil de la vida, en la que suelo embarcar a diario, suelo recurrir a un recurso barato (no está en el mercado), que es soñar despierto, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. Esos pensamientos son ya historia dicen economistas de renombre mundial. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, como en el caso que nos ocupa hoy, investigadores de la desigualdad humana para contrarrestarla, como Thomas Piketty, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan. O planteando una denuncia de lo que está ocurriendo en la sociedad española con la aparición en tromba de los neorrancios por doquier.
Frente a estos planteamientos llenos de esperanza para vencer las desigualdades, escucho a diario que ya no se puede hacer nada, que todos los políticos son iguales, que al final lo que vale es el dinero que tengas a mano, que el mundo no tiene solución, que la crisis actual motivada por la pandemia va a acabar con las ilusiones legítimas de todos. Conformismo puro y duro que detesto y regresión a tiempos pasados porque, equivocadamente, se piensa que fueron mejores, sólo para algunos porque para muchos solo trajeron sufrimiento y desigualdad social. Y no es verdad que tengamos que estar en actitud paciente o conformista sobre estos juicios de valor, que tengamos que resignarnos a renunciar a ideologías que permiten a personas dignas estar cerca de los demás, de aquellos que menos tienen, de los que luchan por el estado del bien-ser y del bien-estar, por el trabajo bien hecho, el diario, el que puede ser más gris en determinados momentos; por ejemplo, por los que defienden que el trabajo en la Administración Pública tiene que respetar el tiempo, el espacio y el dinero público de principio a fin de jornada, pensando siempre en la persona como ciudadano al que se debe orientar todo lo que se hace en la Administración como acción basada estrictamente en el interés público.
Porque nada ni nadie es inocente. Todo tiene una razón de ser y ahora es necesario subir a cubierta y al cielo abierto para gritar a los cuatro vientos que somos necesarios para transformar el mundo, cada uno donde está en la actualidad, con un trabajo celular, ejemplar, allí donde vive o trabaja cada uno o cada una, porque la solución no viene solo de la Unión Europea, o del Banco Central Europeo, o de la presidenta Úrsula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea), por poner un ejemplo muy actual. Es más probable que la salida a la crisis actual que arrastramos desde hace ya muchos años y agudizada ahora por la pandemia, sea una realidad si prosperamos en plantar cara a la desazón que embarga a muchas personas, porque a las personas que pertenecemos al Club de las Personas Dignas nos interesa ahora dejar temporalmente esas salas de máquinas en las que hemos trabajado durante tanto tiempo o en las contraminas de la sociedad, de los trabajos o de las familias, para gritar a los cuatro vientos, a cielo abierto, que tenemos que seguir luchando para recuperar la dignidad de personas en el silencio o ruido de cada día, el de cada uno, el de cada una, y que sabemos dónde está la clave: en el trabajo serio y callado, coherente, de principio a fin, ejemplar, sobre todo, que acabe con las desigualdades.
También, en descubrir y desenmascarar las maniobras oscuras de los conformistas y mediocres, sin esperar que vengan los demás a solucionarnos los problemas que nos rodean y, para decirlo bien alto y claro, porque todos no somos iguales. Porque solo debe existir esta igualdad ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social [ante la crisis… de la pandemia (el corchete es mío)], como dice el Artículo 14 de la Constitución. Aunque dentro de unos días, cuando la mar esté en calma y la dirección de la mina no tenga más sobresaltos, tengamos que volver con la cabeza bien alta a la contramina o a la sala de máquinas en la que tanto nos gusta trabajar, para seguir navegando y cavando en la igualdad que tanto necesitamos todos para alcanzar la libertad, sin excepción alguna. De lo contrario sucederá lo que ya nos advirtió Benedetti sobre los peligros del conformismo y la mediocridad: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos // la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío (4).
Publicaciones como la de Neorrancios son una bocanada de viento fresco cuando muchos navegamos, en patera, sólo al desvío. Gracias por ello. Tengo muy claro que no se cambia nada desde la nostalgia del pasado. La única nostalgia que me permito, como motor de cambio, es la de constatar, en este aquí y ahora, que la dignidad humana no alcanza a todas las personas de este país, que necesita, urgentemente, transformar su presente para poder alcanzar el mejor y más digno futuro para todos.
(2) Piketty, Thomas, Breve historia de la igualdad, 2021. Bilbao: Deusto.
(3) Lukács, G, El asalto a la razón, 1976. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.
(4) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Soneto del pensamiento, en Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
En el Gran Mercado del Mundo la presencia hoy del dios Cupido no podía faltar, aunque se ignore su origen en la fábula de un asno de gran prestigio, nada menos que de oro, según nos contó hace ya muchos siglos Lucio Apuleyo. En su magna obra, La metamorfosis o El asno de oro (1), cuenta historias y fábulas para deleitarnos los oídos y sentidos, de las que sobresale la fábula de Lucio convertido en asno por equivocación en el ungüento que utilizó en una ocasión para impregnar todo su cuerpo. En esas estaba Lucio, con alma de hombre, en una historia en la que se ve envuelto en sus primeras andanzas como asno no respetado por nadie, compartiendo sus primeros pasos con su caballo y otro asno, cuando “la vieja madre de los ladrones, conmovida de piedad de las lágrimas de la doncella que estaba en la cueva presa, le contó una fábula por ocuparla que no llorase” (Cap. V, Libro IV). Al final, la gran pregunta es si esta obra de Apuleyo es un tratado de amor divino o humano, porque al final son las creencias las que desvelen cuál es el auténtico sentido de lo que quiso contar para la posteridad, lejos indudablemente del Cupido comercial de este 14 de febrero, aunque sí tengo muy claro que el amor y amar no son cosas de dioses o de reyes, sino algo muy humano, algo que nos pertenece esencialmente para poder comprenderlo.
De esta forma se narra con detalle lo allí ocurrido: “Érase en una ciudad un rey y una reina, y tenían tres hijas muy hermosas: de las cuales, dos de las mayores, como quiera que eran hermosas y bien dispuestas, podían ser alabadas por loores de hombres; pero la más pequeña, era tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poder exprimir ni suficientemente alabar su belleza. Muchos de otros reinos y ciudades, a los cuales la fama de su hermosura ayuntaba, espantados con admiración de su tan grande hermosura, donde otra doncella no podía llegar, poniendo sus manos a la boca y los dedos extendidos, así como a la diosa Venus, con sus religiosas adoraciones la honraban y adoraban. Y ya la fama corría por todas las ciudades y regiones cercanas, que ésta era la diosa Venus, la cual nació en el profundo piélago de la mar y el rocío de sus ondas la crió. Y decían asimismo que otra diosa Venus, por influición de las estrellas del cielo, había nacido otra vez, no en la mar, pero en la tierra, conversando con todas las gentes, adornada de flor de virginidad. De esta manera su opinión procedía de cada día, que ya la fama de ésta era derramada por todas las islas de alrededor en muchas provincias de la tierra: muchos de los mortales venían de luengos caminos, así por la mar como por tierra, a ver este glorioso espectáculo que había nacido en el mundo; ya nadie quería navegar a ver la diosa Venus, que estaba en la ciudad de Paphos, ni tampoco a la isla de Gnido, ni al monte Citerón, donde le solían sacrificar; sus templos eran ya destruidos, sus sacrificios olvidados, sus ceremonias menospreciadas, sus estatuas estaban sin honra ninguna, sus aras y sus altares sucios y cubiertos de ceniza fría. A esta doncella suplicaban todos, y debajo de rostro humano adoraban la majestad de tan gran diosa, y cuando de mañana se levantaba, todos le sacrificaban con sacrificios y manjares, como le sacrificaban a la diosa Venus. Pues cuando iba por la calle o pasaba alguna plaza, todo el pueblo con flores y guirnaldas de rosas le suplicaban y honraban. Esta grande traslación de honras celestiales a una moza mortal encendió muy reciamente de ira a la verdadera diosa Venus, y con mucho enojo, meciendo la cabeza y riñendo entre sí, dijo de esta manera:
Veis aquí yo, que soy la primera madre de la natura de todas las cosas; yo, que soy principio y nacimiento de todos los elementos; yo, que soy Venus, criadora de todas las cosas que hay en el mundo, ¿soy tratada en tal manera que en la honra de mi majestad haya de tener parte y ser mi aparcera una moza mortal, y que mi nombre, formado y puesto en el cielo, se haya de profanar en suciedades terrenales? ¿Tengo yo de sufrir que tengan en cada parte duda si tengo yo de ser adorada o esta doncella y que haya de tener comunidad conmigo, y que una moza, que ha de morir, tenga mi gesto que piensen que soy yo? Según esto, por demás me juzgó aquel pastor que por mi gran hermosura me prefirió a tales diosas: cuyo juicio y justicia aprobó aquel gran Júpiter; pero ésta, quienquiera que es, que ha robado y usurpado mi honra, no habrá placer de ello: yo le haré que se arrepienta de esto y de su ilícita hermosura.
Y luego llamó a Cupido, aquel su hijo con alas, que es asaz temerario y osado; el cual, con sus malas costumbres, menospreciada la autoridad pública, armado con saetas y llamas de amor, discurriendo de noche por las casas ajenas, corrompe los casamientos de todos y sin pena ninguna comete tantas maldades que cosa buena no hace. A éste, como quiera que de su propia natura él sea desvergonzado, pedigüeño y destruidor, pero de más de esto ella le encendió más con sus palabras y llevolo a aquella ciudad donde estaba esta doncella, que se llamaba Psiche, y mostrósela, diciéndole con mucho enojo, gimiendo y casi llorando, toda aquella historia de la semejanza envidiosa de su hermosura, diciéndole en esta manera:
¡Oh hijo!, yo te ruego por el amor que tienes a tu madre, y por las dulces llagas de tus saetas, y por los sabrosos juegos de tus amores, que tú des cumplida venganza a tu madre: véngala contra la hermosura rebelde y contumaz de esta mujer, y sobre todas las otras cosas has de hacer una, la cual es que esta doncella sea enamorada, de muy ardiente amor, de hombre de poco y bajo estado, al cual la Fortuna no dio dignidad de estado, ni patrimonio, ni salud. Y sea tan bajo que en todo el mundo no halle otro semejante a su miseria.
Después que Venus hubo hablado esto, besó y abrazó a su hijo y fuese a la ribera de un río que estaba cerca, donde con sus pies hermosos holló el rocío de las ondas de aquel río, y luego se fue a la mar, adonde todas las ninfas de la mar le vinieron a servir y hacer lo que ella quería, como si otro día antes se lo hubiese mandado. Allí vinieron las hijas de Nereo cantando, y el dios Portuno, con su áspera barba del agua de la mar y con su mujer Salacia, y Palemón, que es guiador del Delfín. Después, las compañías de los Tritones, saltando por la mar: unos tocan trompetas y otros trazan un palio de seda por que el Sol, su enemigo, no le tocase; otro pone el espejo delante de los ojos de la señora, de esta manera nadando con sus carros por la mar; todo este ejército acompañó a Venus hasta el mar océano.
Entre tanto, la doncella Psiche, con su hermosura, sola para sí, ningún fruto recibía de ella. Todos la miraban y todos la alababan; pero ninguno que fuese rey ni de sangre real, ni aun siquiera del pueblo, la llegó a pedir, diciendo que se quería casar con ella. Maravillábanse de ver su divina hermosura, pero maravillábanse como quien ve una estatua pulidamente fabricada. Las hermanas mayores, porque eran templadamente hermosas, no eran tanto divulgadas por los pueblos y habían sido desposadas con dos reyes, que las pidieron en casamiento, con los cuales ya estaban casadas y con buena ventura apartadas en su casa; más esta doncella Psiche estaba en casa del padre, llorando su soledad, y, siendo virgen, era viuda; por la cual causa estaba enferma en el cuerpo y llagada en el corazón; aborrecía en sí su hermosura, como quiera que a todas las gentes pareciese bien. El mezquino padre de esta desventurada hija, sospechando que alguna ira y odio de los dioses celestiales hubiese contra ella, acordó de consultar el oráculo antiguo del dios Apolo, que estaba en la ciudad de Milesia, y con sus sacrificios y ofrendas, suplicó a aquel dios que diese casa y marido a la triste de su hija. Apolo, como quiera que era griego y de nación jonia, por razón del que había fundado aquella ciudad de Milesia, sin embargo respondió en latín estas palabras: «Pondrás esta moza adornada de todo aparato de llanto y luto, como para enterrarla, en una piedra de una alta montaña y déjala allí. No esperes yerno que sea nacido de linaje mortal; más espéralo fiero y cruel, y venenoso como serpiente: el cual, volando con sus alas, fatiga todas las cosas sobre los cielos, y con sus saetas y llamas doma y enflaquece todas las cosas; al cual, el mismo dios Júpiter teme, y todos los otros dioses se espantan, los ríos y lagos del infierno le temen.»
El rey, que siempre fue próspero y favorecido, como oyó este vaticinio y respuesta de su pregunta, triste y de la mala gana tornose para atrás a su casa. El cual dijo y manifestó a su mujer el mandamiento que el dios Apolo había dado a su desdichada suerte, por lo cual lloraron y plañeron algunos días. En esto ya se llegaba el tiempo que había de poner en efecto lo que Apolo mandaba: de manera que comenzaron a aparejar todo lo que la doncella había menester para sus mortales bodas; encendieron la lumbre de las hachas negras con hollín y ceniza, y los instrumentos músicos de las bodas se mudaron en lloro y amargura; los cantares alegres en luto y lloro, y la doncella que se había de casar se limpia las lágrimas con el velo de alegría. De manera que el triste hado de esta casa hacía llorar a toda la ciudad, la cual, como se suele hacer en lloro público, mandó alzar todos los oficios y que no hubiese juicio ni juzgado. El padre, por la necesidad que tenía de cumplir lo que Apolo había mandado, procuraba de llevar la mezquina de Psiche a la pena que le estaba profetizada: así que, acabada la solemnidad de aquel triste y amargo casamiento, con grandes lloros vino todo el pueblo a acompañar a esta desdichada, que parecía que la llevaban viva a enterrar y que éstas no eran sus bodas, más sus exequias. Los tristes del padre y de la madre, conmovidos de tanto mal, procuraban cuanto podían de alargar el negocio. Y la hija comenzoles a decir y a amonestar de esta manera:
“¿Por qué, señores, atormentáis vuestra vejez con tan continuo llorar? ¿Por qué fatigáis vuestro espíritu, que más es mío que vuestro, con tantos aullidos? ¿Por qué arrancáis vuestras honradas canas? ¿Por qué ensuciáis esas caras que yo tengo de honrar, con lágrimas que poco aprovechan? ¿Por qué rompéis en vuestros ojos los míos? ¿Por qué apuñáis a vuestros santos pechos? Éste será el premio y galardón claro y egregio de mi hermosura. Vosotros estáis heridos mortalmente de la envidia y sentís tarde el daño. Cuando las gentes y los pueblos nos honraban y celebraban con divinos honores; cuando todos a una voz me llamaban la nueva diosa Venus, entonces os había de doler y llorar, entonces me habíais ya de tener por muerta: ahora veo y siento que sólo este nombre de Venus ha sido causa de mi muerte; llevadme ya y dejadme ya en aquel risco, donde Apolo mandó: ya yo querría haber acabado estas bodas tan dichosas, ya deseo ver aquel mi generoso marido. ¿Por qué tengo yo de contener aquel que es nacido para destrucción de todo el mundo?”.
Acabado de hablar esto, la doncella calló, y como ya venía todo el pueblo para acompañarle, lanzose en medio de ellos y fueron su camino a aquel lugar donde estaba un risco muy alto, encima de aquel monte, encima del cual pusieron la doncella, y allí la dejaron, dejando asimismo con ella las hachas de las bodas, que delante de ella llevaban ardiendo, apagadas con sus lágrimas, y abajadas las cabezas, tornáronse a sus casas. Los mezquinos de sus padres, fatigados de tanta pena, encerráronse en su casa, y cerradas las ventanas, se pusieron en tinieblas perpetuas. Estando Psiche muy temerosa, llorando encima de aquella peña, vino un manso viento de cierzo, y, como quien extiende las faldas, la tomó en su regazo; así, poco a poco, muy mansamente la llevó por aquel valle abajo y la puso en un prado muy verde y hermoso de flores y hierbas, donde la dejó que parecía que no le había tocado”.
Este relato va in crescendo y finalmente desemboca en una historia de amor a la griega. Cupido acaba enamorándose de Psiche con una limitación clara: nunca podría contemplarle y sólo se podía reunir con ella al caer la tarde. Esto es así hasta que una noche Psiche, movida por la curiosidad y mientras Cupido duerme, acerca una lámpara de aceite para poder verlo; el dios despierta y, enfadado por su desobediencia, la abandona. Psiche lo busca por todo el orbe, siendo sometida a castigos inhumanos por parte de los dioses, hasta que finalmente Júpiter consiente el reencuentro de los amantes. Posteriormente los jóvenes amantes escapan junto al asno Lucio, hasta que Júpiter autoriza que Psiche suba al cielo. Lucio, finalmente, vuelve a ser persona, sorprendiendo a todos por sus habilidades humanas.
Una cosa más, cuando entre asnos y burros anda el juego del amor verdadero. Muchas personas no recordarán que Asnografía es un capítulo de Platero y yo, el LV, bastante olvidado por parte de la cultura oficial durante muchos años, donde el poeta de Moguer hace un retrato crudo de la necedad de muchas personas que no llegan a los asnos ni a la altura de sus cascos. Aún resuena su mensaje subliminal para quien quiera entenderlo, sin olvidar todavía hoy cómo se castigaba a mis compañeros de clase, cuando yo era niño, con las orejas de burro, sin que Juan Ramón y Platero pudieran hacer nada por ellos:
“Leo en un Diccionario: ASNOGRAFÍA, s.f.: Se dice, irónicamente, por descripción del asno.
¡Pobre asno! ¡Tan bueno, tan noble, tan agudo como eres! Irónicamente… ¿Por qué? ¿Ni una descripción seria mereces, tú, cuya descripción cierta sería un cuento de primavera? ¡Si al hombre que es bueno debieran decirle asno! ¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre! Irónicamente… De ti, tan intelectual, amigo del viejo y del niño, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de la luna, paciente y reflexivo, melancólico y amable, Marco Aurelio de los prados…
Platero, que sin duda comprende, me mira fijamente con sus ojazos lucientes, de una blanda dureza, en los que el sol brilla, pequeñito y chispeante en un breve y convexo firmamento verdinegro. ¡Ay! ¡Si su peluda cabezota idílica supiera que yo le hago justicia, que yo soy mejor que esos hombres que escriben Diccionarios, casi tan bueno como él!
Y he puesto al margen del libro: ASNOGRAFÍA, sentido figurado: Se debe decir, con ironía, ¡claro está!, por descripción del hombre imbécil que escribe Diccionarios”.
Cuando finalizo la lectura de este capítulo pienso que, como personas que vivimos en el mundo digital del siglo XXI, deberíamos ser como Platero: intelectuales, amigos del viejo y del niño, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de la luna, pacientes y reflexivos, melancólicos y amables, como si todos fuéramos Marco Aurelio de los prados y sin tener necesidad de escribir diccionarios imposibles. Incluso, descubriendo el verdadero sentido de aquél Cupido de Apuleyo que aun siendo dios comprendió el significado del alma humana y terrenal de Piche, el amor verdadero.
(1) Apuleyo, Lucio, La metamorfosis o El asno de oro, Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1999. Reproduce la edición de Calpe, Madrid, 1920.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías
Patricio Guzmán
Sevilla, 13/II/2022
Lo he leído en una crítica a la película premiada anoche con el Goya a la mejor película Iberoamericana, La cordillera de los sueños (2019), dirigida por Patricio Guzmán, a modo de veredicto: para no olvidar que el cine también es memoria histórica. Este blog tiene una seña de identidad muy clara y que he pretendido respetar a lo largo de más de sus dieciséis años de vida en la red de redes: buscar islas desconocidas a través de la inteligencia digital. La película de Guzmán es una isla desconocida para el gran público, sin menospreciar los premios entregados ayer básicamente al cine que se produce en este país. Es la última parte de una trilogía que comenzó con Nostalgia de la luz (2010), seguida de El botón de nácar (2015). Una muestra de esta navegación al desvío, por mi parte, es el artículo que escribí en 2015 sobre estas dos películas, Nostalgia de la dignidad, del que reproduzco pasajes de este reconocimiento personal que hice en su momento al director premiado anoche en la gala de los Goya.
Dije en aquél artículo que había leído una crónica de la 65ª edición de la Berlinale, en el diario El País, en la que se recogía una declaración del director de cine chileno Patricio Guzmán, acerca de un documental realizado en 2010, Nostalgia de la luz, que había tenido un recorrido tortuoso para su exhibición en España y en su televisión pública: “Siempre he tenido el sueño de hacer un filme sobre la falta de memoria de España. En especial, sobre el pacto de silencio que Felipe González inventó con el Ejército. Es un escándalo lo que pasó. La falta de memoria de España le ha quitado energía para jugar un rol importante en Europa. Sigue siendo un país secundario, cuando por elementos históricos y culturales debería estar en primera línea de la UE. Pero no sé dónde encontrar el dinero para ese proyecto. Y las televisiones no emiten documentales. Nostalgia de la luz fue cofinanciada por TVE hace cinco años y aún no lo han emitido… ni lo van a hacer”. Aquellas palabras de Patricio Guzmán no me dejaron tranquilo en aquella ocasión. Además, en el contexto de esa Berlinale, había presentado un nuevo documental, El botón de nácar, que seguía completando el homenaje a la historia dolorosa y reciente de Chile, junto a Nostalgia de la luz, porque no quería ocultar lo que había pasado en su país. Tengo un tremendo respeto a la historia y por eso me duele como a él que ahora se quiera olvidar oficialmente la etapa dolorosa de la dictadura hasta que la Transición consolidó la democracia en España. De ahí la importancia del premio de anoche con su película final de la trilogía, La cordillera de los sueños.
Es cierto que en España se falta muchas veces al respeto de su memoria histórica. Me indigna que ahora se quieran quitar del imaginario social, histórico y político de nuestro país, las palabras izquierda o derecha, dictadura o represión fascista, cuando todo el mundo sabe qué se quiere decir con ellas. Falta hacer todavía un recorrido objetivo sobre el dolor de la izquierda española durante la dictadura (que tuve que vivir y sufrir), probablemente con la ayuda de Patricio Guzmán, aunque tengamos que utilizar medios de financiación popular como el crowdfunding, tal y como se financió en parte Nostalgia de la luz. En la sinopsis oficial de aquél documental precioso, El botón de nácar, se decía que simbolizaba la dualidad de la distancia “entre el cielo y la tierra, entre la luz del cosmos y los seres humanos y las misteriosas idas y vueltas que se crean entre ellos. En Chile, a tres mil metros de altura, los astrónomos venidos de todo el mundo se reúnen en el desierto de Atacama para observar las estrellas. Aquí, la transparencia del cielo permite ver hasta los confines del universo. Abajo, la sequedad del suelo preserva los restos humanos intactos para siempre: momias, exploradores, aventureros, indígenas, mineros y osamentas de los prisioneros políticos de la dictadura. Mientras los astrónomos buscan la vida extra terrestre, un grupo de mujeres remueve las piedras: busca a sus familiares”. Nada más, dije en aquella ocasión. Se trata también de la nostalgia de la dignidad que todavía algunas personas tenemos. Como la de Valentina, la hija de las estrellas, que “a pesar de ser hija de madre y padre desaparecidos, es el personaje más jubiloso de la película. Tiene una mirada serena que observa más lejos que nosotros. Sus abuelos la criaron y le enseñaron a observar el cielo. Desde que se dedica a la astronomía, ella supo que la materia de las estrellas es la misma materia de sus padres”.
Finalmente, La cordillera de los sueños pone bastantes cosas en su sitio, sobre todo en el pueblo chileno que sufrió la dictadura desde 1973: “En Chile, cuando el sol se levanta ha debido escalar colinas, paredes, cumbres, antes de alcanzar la última piedra de Los Andes. En mi país, la cordillera está en todos lados pero para los chilenos es tierra desconocida. Luego de haber ido al norte por Nostalgia de la luz y al sur por El botón de nácar, he querido filmar de cerca esta inmensa columna vertebral para develar los misterios, reveladores potentes de la historia pasada y reciente de Chile”. En el documental se dice algo que me impresiona escucharlo y leerlo con atención casi reverencial: “Durante todo el tiempo de la dictadura la cordillera ha permanecido en su lugar. Creo que la montaña es un testigo, los adoquines están aquí y están tallados con piedras de la cordillera. Aquí están grabados algunos de los nombres de las víctimas. Si pudiéramos traducir lo que dicen las piedras, hoy tendríamos las respuestas que no tenemos”.
¡Enhorabuena, Patricio Guzmán, por tu compromiso activo a través del cine! Me alegra y reconforta desde una determinada ideología de izquierda, el reconocimiento que te hizo anoche nuestro país, que tanto debe al pueblo chileno por vuestra acogida a los españoles en el exilio tras la guerra civil y la férrea dictadura que sufrimos años después. Gracias, a través de estas palabras, que aún nos quedan. Aquello fue una misión de amor por vuestra parte, que no olvido en la memoria histórica de nuestro país.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
He cerrado mi balcón Porque no quiero oír el llanto Pero por detrás de los grises muros No se oye otra cosa que el llanto.
Federico García Lorca, en Casida del llanto
Sevilla, 11/II/2022
Anoche escuché en el Telediario 2 de RTVE, una entrevista breve del periodista Carlos del Amor al actor Carlos Olalla, rotulada con un título llamativo, La penuria de ser actor, en un espacio amplio dedicado a la industria del cine y con motivo de la próxima entrega de los Premios Goya 2022, que no me dejó tranquilo, al tomar conciencia de nuevo de qué supone la cultura en general y el cine en particular para nuestro país. Contó Carlos Olalla que en cierta ocasión y ante la terca realidad de no tener literalmente para comer él y su madre, también actriz con 84 años, decidieron salir a la calle y recitar poemas para obtener algún dinero para sobrevivir. Así de duro y claro al mismo tiempo donde, por esa vez, lo que estaba pasando, a diferencia de las películas, no era pura coincidencia con la realidad actual del país y del mundo del cine, acuciado también en determinados momentos por la pobreza real y severa de muchos actores y profesionales de una industria que supone mucho para la economía de la cultura, que también existe. Tal y como se decía en la entrevista, “la mitad no llega a los tres mil euros al año”. Decía Olalla que “todo lo que nos rodea es mentira y la alfombra roja es la más grande. Eso no es más que un escaparate al que vamos porque nos invitan, vamos con ropa prestada porque la mayoría no la podemos ni pagar y, sobre todo, vamos allí para que se acuerden de que seguimos viviendo”. Es verdad que el teléfono de su casa, para ofrecerle trabajo, ha sonado alguna vez en el último año, el teléfono “al final del pasillo”, como le gustaba decir a Pilar Bardem en su ardiente impaciencia como actriz y con un compromiso social muy activo.
En 2016 se pudo conocer esta terca realidad, que aún perdura obviamente por la pandemia que estamos atravesando, en el caso de Carlos Olalla, como un ejemplo que vale más que mil palabras. En una entrevista en El Correo, en noviembre de 2016, se decía lo siguiente: “El llanto es un perro inmenso”, dice el poema de Lorca que Carlos Olalla, un actor de 59 años curtido «en cien series», recita ahora en los vagones del metro de Madrid acompañado de su madre, de 84, «no solo para poder comer» sino para denunciar la precariedad en su profesión y «mantener la dignidad». Su madre, la poeta y actriz Cristina Maristany, recibe una pensión de 600 euros de la asociación de Artistas Intérpretes, Sociedad de Gestión (AISGE) y él una ayuda asistencial de 400, que le dan tres meses dos veces al año, «y eso es todo», relata el actor”.
En la citada entrevista se dice algo que sobrecoge al conocer el dato a pesar del tiempo transcurrido que no es mejor en la actualidad: “Según un reciente informe de la sociedad de gestión AISGE, solo el 8% de los actores españoles puede vivir de su profesión. Carlos Olalla reconoce que más de un mes no ha podido pagar el alquiler y le han cortado el teléfono. A veces ha tenido que recurrir al subsidio de 400 euros de AISGE o tirar de los restos de un premio de periodismo que este autor de media docena de novelas y ensayos ganó hace un tiempo. «Siempre encuentras a alguien que te ayuda. Cuando sale algo, devuelves el dinerillo que te han dejado. Por lo menos estoy haciendo lo que me gusta», se consuela. Para Olalla, el propio colectivo de intérpretes favorece «la falacia» de que viven en un mundo ideal de fiesta y glamour. Ahora en los castings, desvela, se pregunta el número de ‘followers’ [seguidores]. «Nosotros mismos nos etiquetamos, siempre de alfombra roja en alfombra roja. Ponemos comentarios en las redes sociales para hacer ver que nos va bien, porque si no, no nos llaman». La cruda realidad es que si actúas en una sala de teatro alternativa no se cobran los ensayos. «Si haces cuentas no llega a una retribución neta de cincuenta céntimos a la hora», calcula el actor, que desde hace quince meses no se sube a un escenario en protesta por el IVA cultural del 21%. «No quiero prostituir mi profesión»”.
Vuelvo a leer la Casidadel llanto (1), de García Lorca, en homenaje a los poetas árabes de Granada, que tantas veces habrá leído Carlos Olalla junto a su madre en el Metro de Madrid, en un esfuerzo por comprender algo esencial en la vida si dejamos abiertos los balcones de la dignidad humana: hay que escuchar siempre el llanto de los más débiles. Incluso en el glamour del cine, porque también existe.
He cerrado mi balcón Porque no quiero oír el llanto Pero por detrás de los grises muros No se oye otra cosa que el llanto.
Hay muy pocos ángeles que canten, Hay muy pocos perros que ladren, Mis violines caben en la palma de mi mano.
Pero el llanto es un perro inmenso, El llanto es un ángel inmenso, El llanto es un violín inmenso, Las lágrimas amordazan al viento, No se oye otra cosa que el llanto.
Amo el cine y escuchar las palabras de Carlos Olalla, recitando este poema en los vagones del Metro de Madrid para poder comer, junto a su anciana madre, me conmueve. Confieso que en mi vida he tenido siempre una debilidad cinematográfica, entre otras muchas, que me ha marcado para siempre y que me lleva a tener una deuda no saldada con su magia tantas veces oculta. Me refiero a lo que llamo personalmente “el síndrome de Errol Flynn”, un gran actor de mi infancia madrileña, que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa vida. He avanzado muchas veces por desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Olivia de Havilland (Beth) para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradiso de mi infancia, el Cine Ideal en Sevilla. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país que estaba necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra, porque lo importante era y será que nunca hay que rendirse ante la adversidad de la indignidad humana.
Sinceramente les confieso que, a diferencia del clásico aviso en los títulos de crédito de antes, cualquier parecido de lo aquí contado con la realidad de lo que he visto y vivido en la película de mi vida, no ha sido una pura coincidencia. Como tampoco lo ha sido lo vivido por Carlos Olalla y su madre, actores ambos, en la hermosa película de su vida.
(1) García Lorca, Federico, CASIDA DEL LLANTO (II), en Diván del Tamarit, 1975 (Obras completas. Tomo I, 19ª edición). Madrid: Aguilar, p. 590.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Me gustan los que sueñan sin careta Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo Y cuando besan / besan con sus labios de siempre.
Mario Benedetti, Máscaras, en La vida, ese paréntesis (1997)
Damos hoy un paso más para normalizar la vida ordinaria, que no sé lo que significa, y ahora queda bajo la estricta responsabilidad personal utilizar o no la mascarilla, ese elemento protector que nos ha acompañado hasta ahora en la vida diaria durante la pandemia. En tal sentido, rescato el contenido del artículo que publiqué en la primera medida liberadora de esta protección, publicado en junio de 2021, Quitarse o no la mascarilla, ahora, esa es la cuestión, salvando lo que hay que salvar, porque reproduce de nuevo el momento en el que rescatamos libertad para tomar una medida de “relajación” en función, como dice el texto normativo actual y que entra en vigor hoy, de la valoración que cada uno haga “a nivel individual de acuerdo con la pertenencia a grupos de mayor vulnerabilidad, la vacunación y la actividad y comportamiento social que pueda incrementar los riesgos de transmisión”.
En la exposición de motivos del Real Decreto 115/2022, de 8 de febrero, por el que se modifica la obligatoriedad del uso de mascarillas durante la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19, publicado ayer en el Boletín Oficial del Estado (BOE núm. 34, de 9 de febrero), se dice textualmente que “El uso de la mascarilla ha sido una medida clave de control del COVID-19. Sin embargo, la evidencia disponible sobre la transmisión del virus en los diferentes ámbitos indica que su uso tiene un impacto mayor en espacios interiores en los que se reúnen personas que no conviven habitualmente y en grandes aglomeraciones en los que no pueden mantener distancias de seguridad y se establecen interacciones con múltiples personas. El contexto descrito permite adaptar la obligatoriedad del uso de las mascarillas. La relajación de las medidas que se incluye en este real decreto, propuesta para la población general, se debe valorar a nivel individual de acuerdo con la pertenencia a grupos de mayor vulnerabilidad, la vacunación y la actividad y comportamiento social que pueda incrementar los riesgos de transmisión”.
En el gran teatro del mundo hemos pasado, a lo largo de la historia de la humanidad, de la utilización de máscaras exclusivamente en el teatro o en carnavales y fiestas asociadas, a los mil ochocientos millones de mascarillas al año, solo en España, con motivo del coronavirus. Ha ocurrido en este paréntesis de la vida que se llama todavía «pandemia», donde las mascarillas han desempeñado un papel muy importante y lo seguirán haciendo durante un tiempo. La palabra “máscara” viene de dos raíces distintas, del árabe masẖarah “objeto de risa” y del italiano maschera, con un significado original digno de comprenderse en su contexto histórico y social: “Figura que representa un rostro humano, de animal o puramente imaginario, con la que una persona puede cubrirse la cara para no ser reconocida, tomar el aspecto de otra o practicar ciertas actividades escénicas o rituales”. Mascarilla, se define en la segunda acepción del diccionario de la lengua española como “Máscara que cubre la boca y la nariz para proteger al que respira, o a quien está en su proximidad, de posibles agentes patógenos o tóxicos”, que es la realidad que seguimos viviendo a diario, aunque la primera acepción es la que parece que comprenden mejor los jóvenes y muchas personas desaprensivas, como se ha demostrado a lo largo de la pandemia por la inadecuada o nula colocación de la misma: “máscara que solo cubre el rostro desde la frente hasta el labio superior” o, según mi valoración actual, lo que ha querido cada uno dejada la decisión al libre albedrío de su orden y concierto.
El texto que sigue a continuación sigue el hilo conductor que he mantenido a lo largo de la pandemia, a través de mi ventana discreta, desde la que la he observado con respeto reverencial a las mascarillas, como defensa numantina ante el coronavirus, la gran amenaza mundial, aunque tengo que confesar que nunca me han gustado las máscaras, tampoco las mascarillas, quizá porque tengo el sentimiento profundo de Mario Benedetti cuando escribió un poema que nunca olvido, Máscaras, que ahora intercalo en las palabras que siguen, porque Me gustan los que sueñan sin careta / Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas / Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo / Y cuando besan / besan con sus labios de siempre.
No me gustan las máscaras exóticas Ni siquiera me gustan las más caras Ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas Ni las amordazadas ni las escandalosas.
Como símbolo del afianzamiento de la salida del túnel de la pandemia, se declaran en el Real-Decreto publicado ayer en el Boletín Oficial del Estado (BOE), medidas que “requieren su adopción con celeridad, trasladando un mensaje claro e inmediato a la ciudadanía, que ha cumplido de manera ejemplar y responsable las diversas medidas que se han ido adoptando por las autoridades sanitarias desde el inicio de la pandemia”, siendo justo, por ello, que “las normas que rigen en sus actividades y relaciones cotidianas sean proporcionadas y acordes con su finalidad y la evolución de los indicadores epidemiológicos”. Por ello, desde hoy entra en vigor la citada disposición sobre el nuevo uso de las mascarillas, suavizando las medidas que hasta ahora estaban vigentes en beneficio de todos, entendiendo el Gobierno que “se ajusta a los principios de necesidad y eficacia puesto que la propuesta se encuentra justificada en el interés general y persigue un fin claro, la adecuación del uso de las mascarillas a la evolución favorable de la situación epidemiológica actual. Además, es conforme al principio de proporcionalidad, puesto que persigue la reducción del ámbito de la obligación legal de uso de la mascarilla, siendo el único instrumento previsto para ello por la normativa. También se ajusta al principio de seguridad jurídica al perfilar y adecuar a la realidad de la pandemia los supuestos de uso obligatorio de la mascarilla. En cuanto al principio de transparencia, esta norma define con claridad sus objetivos y las razones que justifican su regulación, en función de los indicadores señalados en los párrafos anteriores. Por último, en cuanto al principio de eficiencia, se señala que esta norma no afecta a las cargas administrativas de la ciudadanía”.
No me gustan ni nunca me gustaron Ni las del carnaval ni la de los tribunos. Ni las de la verbena ni las del santoral. Ni las de la apariencia ni las de la retórica.
La realidad es que el diccionario nos ofrece una locución derivada de las palabras máscara y mascarilla, quitarse la máscara o la mascarilla, centrándome sobre todo en la segunda, de actualidad y preocupación social plenas al referirse a “dejar el disimulo y decir lo que siente, o mostrarse tal como es”, es decir, la proliferación de personas que desoyendo lo que las autoridades sanitarias indican y obligan por ley, “dejan el disimulo de cómo actúan diariamente en sus vidas”, como metáfora real como la vida misma, importándoles nada de casi todo lo que les rodea, diciéndonos al quitarse la mascarilla, no llevarla o colgándola en el cuello o en el codo, lo que verdaderamente sienten y mostrándose como son. La mercadotecnia hace el resto, porque la convierte en un accesorio a consumir más allá de su fin saludable, donde el dilema ética-estética está servido de forma manifiesta.
Me gusta la indefensa gente que da la cara Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera Y llora con su pobre cansancio imaginario Y mira con sus ojos de coraje o de miedo.
Más de dos mil años de su larga historia no han servido a miles de personas para comprender el sentido actual de protección de algo tan maravilloso como es la vida. El gran teatro del mundo es cambiante y ahora nos toca ser protagonistas, de nuevo, de la vida personal e intransferible, de nuevo, a millones de personas cada día, al estar permitido desde hoy dejar de cubrirnos el rostro, excepto los ojos, en cada representación vital diaria al aire libre, aunque simbólicamente nos cueste reconocernos muchas veces, comenzando a disfrutar de un ritual saludable para nuestras vidas, siguiendo al pie de la letra la definición de máscara. Además, hay que tomar conciencia de lo que ha significado el problema asociado al uso intensivo de las mismas, porque es dual: económico, por su impacto social para los que menos tienen y también, medioambiental, según los datos que se ofrecen en la actualidad a escala mundial, se están utilizando cada mes un total de 129.000 millones de mascarillas desechables, de las cuales 150 millones al mes o, lo que es igual y muy significativo, 5 millones al día, corresponden a España, con un impacto ambiental de proporciones ciclópeas, porque una vez convertidas en residuos, bastantes millones han acabado ya en el mar, siendo una fuente de contaminación muy preocupante porque pueden tardar entre 300 y 400 años en degradarse.
Me gustan los que sueñan sin careta Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo Y cuando besan / besan con sus labios de siempre.
Sería importante que los jóvenes y los adultos que siguen siendo negacionistas o bastante descreídos sobre el uso de las mascarillas, trascendieran la raíz árabe de su etimología, “objeto de risa” y se lo siguieran tomando muy en serio en beneficio de todos, atendiendo a lo dispuesto en el nuevo real-decreto que ha entrado hoy en vigor, que nos permite, según se decía en el Diccionario de Autoridades de 1734, “quitarnos la mascarilla”. Deberían dejarse de “deponer su empacho y vergüenza, y decir con resolución su sentimiento claramente y su rebozo”. Se lo agradeceríamos millones de personas que compartimos con ellos la posibilidad que nos ofrece hoy día el simple gesto de seguir poniéndonos o quitándonos la mascarilla según marca la disposición vigente y por la dignidad intrínseca que encierra de poder ser protagonistas enmascarados, pero dignos, en el gran teatro del mundo en el que cada persona vive en su aquí y ahora, sin hacerse daño a sí mismos y, sobre todo, a los demás.
Las máscaras no sirven como segundo rostro No sudan/no se azoran/jamás se ruborizan Sus mejillas no ostentan lágrimas de entusiasmo Y el mentón no les tiembla de soberbia o de olvido
Quitarse o no, ahora, las mascarillas, esa es la cuestión. Ha llegado el momento, metafóricamente hablando, de quitárselas cuando y donde esté permitido, “dejando el disimulo y diciendo a los demás qué es lo que sentimos interiormente, mostrándonos tal y como somos”, siendo imprescindible demostrarlo siempre a los que hacen camino al andar junto a nosotros, que va mucho más allá de respetar sólo el metro y medio de dignidad saludable. Al igual que Benedetti, puedo gritar hoy a los cuatro vientos que no me gustan las máscaras, sobre todo las que no nos permiten ver el rostro de la dignidad humana. He dicho.
¿Quién puede enamorarse de una faz delegada? No hay piel falsa que supla la piel de la lascivia Las máscaras alegres no curan la tristeza No me gustan las máscaras, he dicho.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Somos seres entretejidos de relatos, bordados con hilos de voces, de historia, de filosofía y de ciencia, de leyes y leyendas. Por eso, la lectura seguirá cuidándonos si cuidamos de ella. No puede desaparecer lo que nos salva.
Irene Vallejo, en Manifiesto por la lectura
La Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, dependiente del Ministerio de Cultura y Deportes, presentó el 23 de diciembre del año pasado el nuevo Plan de Fomento de la Lectura 2021- 2024, con un lema, Lectura infinita, que tiene como principal objetivo “incrementar los índices de lectura en nuestro país y contribuir a resituar el hecho lector más allá de un instrumento de ocio, reconociendo la lectura como un vehículo fundamental para la salud, el aprendizaje, la cohesión social y la economía digital”. El documento, de 61 páginas, aborda en su prólogo qué significa la necesidad de leer, con una frase de José Jiménez Lozano, ganador del Premio Cervantes 2002, en la que se explica en pocas palabras la urgencia de la lectura: “Se puede tener gusto por la lectura o no, pero leer no es una cuestión de gusto o afición, sino una necesidad verdadera y solo necesitamos percatarnos de ella”. Continúa expresando que la lectura “completa la vida de las personas por tratarse de un acto que proporciona un espacio personal para la evasión, la transformación y el enriquecimiento del individuo, aportándole paz mental y abriéndole la puerta a nuevos mundos, personas e ideas con los que poder crear un diálogo íntimo. La lectura agiliza además la actividad cerebral, puesto que requiere de una concentración y atención que estimula la capacidad cognitiva del individuo, creando nuevas conexiones neuronales y contribuyendo a prevenir enfermedades degenerativas. Lo defiende así Irene Vallejo, en su obra Manifiesto por la lectura, que ya he comentado en este cuaderno digital: “los libros ofrecen un gimnasio asequible y barato para la inteligencia en todas las edades, y tan solo por ese motivo sería aconsejable incluirlos desde la más temprana infancia y mantenerlos a lo largo de la vida” o cuando hace un canto precioso a la lectura: “Somos seres entretejidos de relatos, bordados con hilos de voces, de historia, de filosofía y de ciencia, de leyes y leyendas. Por eso, la lectura seguirá cuidándonos si cuidamos de ella. No puede desaparecer lo que nos salva. Los libros nos recuerdan, serenos y siempre dispuestos a desplegarse ante nuestros ojos, que la salud de las palabras enraíza en las editoriales, en las librerías, en los círculos de lecturas compartidas, en las bibliotecas, en las escuelas. Es allí donde imaginamos el futuro que nos une”.
¿Cómo se va a abordar este Plan? El documento responde a esta pregunta con 12 desafíos, que enumero a continuación sin dejar ninguno atrás: Pacto por la Lectura, Hacia una nueva narrativa. También eso es lectura, Redefinir el Observatorio de la Lectura y el Libro, Mejorar los índices de lectura. Aquí se lee, Promover la igualdad en el acceso a la lectura. Lectura al alcance de todos, Dotar de prestigio a la lectura. ¿Por qué leer?, Mostrar la bibliodiversidad. Mil lecturas, un lector, Dotar de prestigio a la creación literaria. ¿De dónde salen los libros?, Visibilizar la lectura como motor para la innovación y el conocimiento, Comunicar para fomentar, Internacionalización: traspasar fronteras y La lectura y la Agenda 2030.
Asimismo, estos desafíos se desarrollarán a través de 11 programas y líneas de actividades, que abordan acciones concretas: Pacto por la lectura, Leer es crecer, Leo porque quiero, Leo contigo, Dime qué lees, Quiero más libros, Lectura sin fronteras, Aprendo leyendo, Creo lectores, Leo donde quiero, Lectura sostenible. A partir de aquí, el Plan incorpora algo que valoro mucho, la evaluación del mismo, que permitirá el análisis y mejora continuada del proyecto.
Este Plan cuenta también con un incremento de 4,9 millones de euros anuales en el Presupuesto de 2022, que se suman a las líneas preexistentes y que alcanzan una cifra global de 39,6 millones de euros hasta el año 2024. Finalmente, en el Epílogo, ofrece diez claves a modo de acróstico del Plan. PACTAS LEES: Pacto. El fomento de la lectura como un empeño colectivo que contribuya a resituar al hecho lector más allá de un instrumento de ocio; Aproximación a un nuevo concepto de lectura. Elaboración de una nueva narrativa sobre qué es lectura y su impacto en la vida de las personas y en la sociedad; Contamos con lectores en nuestro país. En España sí se lee. Fomentar la lectura en positivo; Toda lectura comienza en la creación. Estatuto del artista; Alianzas múltiples que vinculen a organizaciones y empresas que no estén especializadas en este campo y multipliquen el impacto de la actividad de fomento de la lectura; Sin fronteras en la lectura. Proyección internacional, con especial atención a América Latina; La investigación y el estudio generadores del capital de conocimiento sobre la lectura. Redefinición del Observatorio de la Lectura y el Libro; Especial apuesta por la innovación. Laboratorios ciudadanos; Extender la lectura en el campo. Afrontar el reto del fomento de la lectura en la España vaciada; Sostenibilidad y lectura. Leer para cumplir con 2030.
Como símbolo de la velocidad que se quiere imprimir a este Plan para huir de los miedos característicos de este tipo de abordajes administrativos, se recogen diez desafíos rápidos para dar inmediata visibilidad al mismo: Diseño de la identidad corporativa, el espacio web 3.0 y puesta en marcha de las redes sociales, Definición de la figura de la Adhesión, Redacción del Decálogo de la Lectura, Redefinición del Observatorio de la Lectura y el Libro, Desarrollo de laboratorios ciudadanos, Desarrollo de un Plan de Evaluación, Firma de convenios con instituciones colaboradoras para el establecimiento de alianzas, Inclusión en el Foro «Cultura y Ruralidades» de una convocatoria específica de fomento de la lectura, Organización de un congreso anual sobre fomento de la lectura y, por último, Establecimiento de Puntos para el reciclaje de libros.
Animo a leer el Plan y a divulgarlo. Los libros tienen algo especial, estremecen el alma. Me lo ha recordado recientemente la escritora Irene Vallejo (anteriormente citada) en un libro que es una pequeña joya literaria, Manifiesto por la lectura (1), en uno de sus capítulos caligráficos dedicado al estremecimiento de agua, trayendo a colación unas palabras de Federico García Lorca en el contexto de la alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, un discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros en el mes de septiembre de 1931, sobre el que ya he tratado algunos de sus párrafos, en varias ocasiones, en este cuaderno digital: “Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad. Muchas veces, un pueblo está dormido como el agua de un estanque en día sin viento. Ni el más leve temblor turba la ternura blanda del agua. Las ranas duermen en el fondo y los pájaros están inmóviles en las ramas que lo circundan. Pero arrojad de pronto una piedra. Veréis una explosión de círculos concéntricos, de ondas redondas que se dilatan atropellándose unas a las otras y se estrellan contra los bordes. Veréis un estremecimiento total del agua, un bullir de ranas en todas direcciones, una inquietud por todas las orillas y hasta los pájaros que dormían en las ramas umbrosas saltan disparados en bandadas por todo el aire azul. Muchas veces un pueblo duerme como el agua de un estanque un día sin viento, y un libro o unos libros pueden estremecerle e inquietarle y enseñarle nuevos horizontes de superación y concordia” (2).
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Al alba de la mañana / campanea la giralda / y el giraldillo despierta / oliendo a olivo y a palma, / oliendo a olivo y a palma.
Huele a pasión y devoción / de primavera, / huele a azahar y a chicotá / campanillera, / huele a Sevilla.
Cantores de Híspalis, Aromas de Sevilla
Sevilla, 7/II/2022
En memoria de Pascual González, compositor y fundador del grupo musical Cantores de Híspalis, que ayer subió a su cielo particular.
Quienes amamos la música en todas y cada una de sus manifestaciones, sabemos valorar lo que ha hecho Pascual González (Sevilla, 1950) por promocionar la música andaluza y su expresión genuina a través de las sevillanas y de otras canciones que han dado la vuelta al mundo, llevando siempre un mensaje de alegría y una forma de entender la vida con un sabor amable para caminar a diario por senderos complejos. Ese es el motivo que me lleva hoy a expresar la necesidad de que creemos en la forma de ser nuevas personas en España cantando, como decía Rafael Alberti: Creemos el hombre nuevo cantando, / el hombre nuevo de España cantando, / el hombre nuevo del mundo cantando. / Canto esta noche de estrellas / en que estoy solo y desterrado. / Pero en la tierra no hay nadie / que esté solo si está cantando. […] Nada hay solitario en la tierra / creemos el hombre nuevo cantando. También, porque la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor (Musica laetitiae comes, medicina dolorum).
Pascual González tenía una última ilusión, mostrar al mundo junto a su grupo Cantores de Híspalis, el valor de la cultura andaluza a través de un nuevo espectáculo, Cristo, Pasión y Esperanza, un concierto-ópera que narra la vida de Jesucristo en un lenguaje musical, audiovisual y lírico, mediante un libreto “realizado a través de la suma o fusión de drama litúrgico, música sacra procesional, cultura popular, folclore y tradición”. Me ha recordado a tal efecto el que en 1982 presentaron Manolo Sanlúcar, Juan Peña “El Lebrijano” y Rocío Jurado, Ven y Sígueme, con un subtítulo sugerente: Un gitano llamado Mateo, del que recojo la última composición, Mandato para el Nuevo Hombre, porque vuelve a insistir en la importancia de creer en nuevas personas, cantando, respetando la cultura popular del cante flamenco en una fusión posible, como quería mostrar al mundo entero Pascual González, por la conjunción de creencias, cultura popular y expresión de la necesaria transformación de la sociedad, con especial atención a los nadies:
El Señor decía, el Señor decía: “Vosotros sois testigos de estas cosas, vosotros id por el mundo dando estas noticias y quitarles las espinas a las rosas”.
¡Alegría, alegría! Que todos se enteren que ya viene el día.
Como amanece cada vez que Dios te sonríe, no le niegues tu amor a quien ruega de Dios, caridad, dale amor.
Tú tienes que ser pan de amor para el pobre mendigo, libertad para el triste cautivo, tú tienes que ser.
Tú tienes que ser agua fresca para el peregrino, luz que al ciego le marque el camino, tú tienes que ser.
Como amanece cada vez que Dios te sonríe, no le niegues calor a quien viene a nacer, protección, dale amor.
Tú tienes que ser esa frase de amor que no llega, y el perdón de una larga condena, tú tienes que ser.
Tú tienes que ser la caricia que valga una pena, el abrazo que rompe cadenas, tú tienes que ser.
Mandato para un Hombre Nuevo. Ven y Sígueme. Un gitano llamado Mateo. El Lebrijano, Rocío Jurado y Manolo Sanlúcar
Gracias, Pascual González, gracias, donde quiera que estés, porque hiciste siempre un esfuerzo por presentar al mundo el folklore andaluz, como bien explicó un día ya lejano, un paisano de los dos, Luis Cernuda, cuando también mostró al mundo qué significa ser andaluz, un enigma al trasluz: Sombra hecha de luz, / que templando repele, / es fuego con nieve el andaluz. / Enigma al trasluz, / pues va entre gente solo, / es amor con odio / el andaluz. // Oh hermano mío, tú. / Dios, que te crea, / será quién comprenda al andaluz (Luis Cernuda, El andaluz, en Como quien espera el alba, 1947).
Sé que Pascual González, junto a su inseparable grupo Cantores de Híspalis, sabía que si se calla el cantor calla la vida, como escribió un día Horacio Guaraní, porque la vida, la vida misma es todo un canto. Que muere de espanto la esperanza, la luz y la alegría, también la rosa sin el canto. De qué sirve la rosa sin el canto, porque debe ser luz sobre los campos, iluminando siempre a los nadies, a los de abajo. Si se callaba Pascual González, callaba la vida… que siempre es un canto.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
El estreno de una película en este país, de título aparentemente simple, Drive my car (Conduce mi coche), nos ofrece desde esta semana una oportunidad para reflexionar aspectos muy importantes de la vida, tales como el amor, la incomunicación y la soledad que nos invade cuando perdemos el sentido del viaje humano en cada existencia humana, utilizando la metáfora del coche, a través de personas que no vuelven a estar junto a nosotros en la aventura de hacer camino al viajar hacia alguna parte de nuestra vida. Además, la película se centra concretamente en la pérdida de la mujer amada por parte de un hombre, aunque creo que sólo es una metáfora del director para llevarnos a un terreno complejo de la ausencia del amor verdadero en la vida de cualquier persona, con independencia del género de la persona afectada, cuando además la persona amada desaparece o muere para siempre. O no. Es introspección, en el sentido más puro del término.
Esta película está dirigida por Ryūsuke Hamaguchi, el cineasta japonés que tiene ya una estela de reconocimientos cinematográficos muy importantes, tales como el Gran Premio del jurado en la Berlinale 2021 por La rueda de la fortuna y de la fantasía y ahora, por Drive My Car, donde obtuvo en en el Festival de Cannes 2021 el premio al mejor guion, así como el Globo de Oro 2022, en Los Ángeles, encaminándose a los Oscar 2022 al estar preseleccionada representando a Japón. El premio al mejor guion es muy importante, porque la película trata de lo narrado por Haruki Murakami (Kioto, 1949) en el primer relato de su novela Hombres sin mujeres (1), aunque hay cambios simbólicos en el color del coche descapotable y protagonista de la película, de marca SAAB, amarillo en el original de Murakami, no rojo, y en el que el protagonista, Kafuku, viajaba siempre en el asiento junto a la conductora, no en el de detrás. También, en determinados momentos, en el contenido de los diálogos originales del relato, del que recuerdo expresamente un pasaje en el que la conductora pregunta a Kabuku, actor profesional, por qué se hizo actor, si le hacía feliz convertirse en alguien diferente o si nunca se le había pasado por la cabeza no querer volver a ser quien era, a lo que Kafuku responde con una afirmación muy concreta: actuar es siempre algo transitorio, porque su felicidad estaba en tener la certeza de que siempre podía volver a ser quien era, “ser yo mismo”. Metáforas sorprendentes que se pueden dar en nuestras vidas a diario en el gran teatro del mundo.
He escogido una aproximación a la sinopsis oficial de la película en la 47ª edición del Festival del Cine Independiente de Seúl, donde se presentó esta película el 25 de noviembre de 2021, por respetar el intramundo asiático que se abre paso en otros mundos con esta película, donde se explica que “Yusuke Kafuku, actor de teatro y director, está felizmente casado con Oto, guionista. Sin embargo, Oto muere repentinamente después de dejar atrás un secreto. Dos años más tarde, Kafuku, aún incapaz de hacer frente por completo a la pérdida de su esposa, recibe una oferta para dirigir una obra de teatro en un festival de teatro y se dirige a Hiroshima en su automóvil. Allí conoce a Misaki, una mujer reticente asignada para convertirse en su chofer. Mientras pasan tiempo juntos, Kafuku se enfrenta al misterio de su difunta esposa que lo persigue en silencio”. En la página oficial de la película, el director profundiza en las razones de haber abordado este relato de Murakami: “Hay tres razones por las que quería hacer una película basada en el cuento de Haruki Murakami, “Drive My Car”. Una es que presenta a Kafuku y Misaki y describe las interacciones entre estos dos personajes intrigantes. Y estas interacciones tienen lugar dentro de un automóvil. Estas representaciones revivieron mis propios recuerdos de conversaciones íntimas que solo nacen dentro de ese espacio cerrado y en movimiento. Porque es un espacio en movimiento, en realidad no está en ninguna parte, y hay momentos en que ese lugar nos ayuda a descubrir aspectos de nosotros mismos que nunca le hemos mostrado a nadie, o pensamientos que antes no podíamos expresar con palabras. Lo siguiente es que el cuento se ocupa de la actuación como tema. Actuar es tener múltiples identidades, lo cual es una forma de locura socialmente aceptada, por así decirlo. Hacerlo como un trabajo obviamente es agotador y, a veces, incluso provoca colapsos. Pero conozco gente que no tiene más remedio que hacerlo. Y estas personas que actúan para ganarse la vida son, de hecho, curadas por esa locura, que les permite seguir viviendo. Este tipo de actuación realizada como una “manera de sobrevivir” es algo que me ha interesado durante mucho tiempo. El último factor es el personaje ambiguo llamado Takatsuki y la forma en que se representa su «voz». Kafuku está bastante seguro de que Takatsuki se acostó con su esposa antes de que ella falleciera, y considera que el hombre «no es un actor especialmente hábil». Pero un día, Takatsuki descubre el punto ciego de Kafuku. «Si esperamos ver verdaderamente a otra persona, tenemos que empezar por mirar dentro de nosotros mismos», dice, y la razón por la que este comentario bastante estereotipado devasta a Kafuku es que él siente intuitivamente que es una «verdad» que nunca podría haber descubierto por su cuenta: “Sus palabras fueron claras y cargadas de convicción. No estaba actuando, eso es seguro”.
Misaki, interpretada por la actriz Toko Miura, se convierte en un determinado momento de la película y, nunca mejor dicho, por exigencia del guion, en la conductora del coche en el que en el asiento de atrás viaja siempre Kafuku (Hidetoshi Nishijima), en innumerables viajes por Hiroshima, con su intrahistoria profunda y con múltiples aspectos sin resolver. Es verdad que lo manifestado por el director de la película es una realidad diaria en el viaje hacia alguna o ninguna parte en nuestra vida y en el que siempre está presente la persona de secreto de cada uno, de cada una, en un ejercicio permanente de introspección. Quizás necesitamos que alguien ocupe el sitio de conductor o conductora de nuestra vida, para ayudarnos a descubrir quienes somos en realidad desde el asiento de atrás o al lado del conductor, a pesar de que sea un momento crucial que no nos gustaría que ocurriera, o sí, que muchas veces nos lleva a solicitar que ese conductor o conductora pare para bajarnos de ese coche metafórico en cualquier sitio y seguir caminando a pie hacia alguna parte. O hacia ninguna, porque a pesar de todo la soledad es siempre mala consejera cuando se pierde el norte del amor. Esa es la cuestión.
(1) Murakami, Haruki, Hombres sin mujeres, 2015. Barcelona: Tusquets Editores.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Hemos conocido a través de los medios de comunicación un cruce de información sobre la situación actual del famoso cuadro La familia de Juan Carlos I, pintado por Antonio López a lo largo de veinte años, en el sentido de que en numerosas ocasiones ha sido cubierto por un tapiz en diferentes actos oficiales y, como aseguraba esta mañana a primera hora elDiario.es en su edición digital, había sido descolgado del lugar que ocupaba en el Salón de Alabarderos del Palacio Real de Madrid, en los primeros días de la pandemia, marzo de 2020, con nocturnidad y alevosía, al parecer por orden de la dirección de Patrimonio Nacional. Horas más tarde se ha desmentido esta noticia y el cuadro sigue colocado a estas horas en el sitio de siempre, en el Salón de Alabarderos, según he verificado en la consulta realizada en la página oficial de Patrimonio Nacional: “En este salón también se puede contemplar el retrato «Familia de Juan Carlos I», obra del pintor Antonio López. El artista comenzó a trabajar en ella en 1993 y la concluyó dos décadas más tarde”.
Detrás de esta noticia hay una polémica acerca de si ese cuadro debe estar donde está. En este país, tan dado al cainismo con sus símbolos personales e históricos, todo está en peligro de ser removido de su sitio, tal y como hemos podido ver en relación con rotulación de calles, escudos y esculturas del dictador Franco, desmontaje de memoriales en favor de las personas fusiladas durante la Guerra Civil, medallas y distinciones varias. Antonio López, el autor de este retrato de la familia real, consciente de la polémica del retrato en un momento en el que había explotado de forma manifiesta la conducta inapropiada del rey emérito, manifestó en septiembre de 2020 lo siguiente, en el acto de presentación de la exposición retrospectiva suya en la Fundación Bancaja de Valencia, al ser preguntado por la «polémica» sobre la ubicación de la pieza, en el Palacio Real, debido a la situación que estaba atravesando la Corona en general y el rey emérito en particular: “Que hagan lo que quieran, yo no voy a decir nada. Yo creo que el cuadro está bien donde está», ha comentado, al tiempo que ha planteado «qué pasaría si ese problema» se trasladara al Museo del Prado: «¿Habría que quitar “La familia de Carlos IV”, que eran unos sinvergüenzas todos? «¿O quitar al papa Inocencio X de Velázquez porque es feo? ¿Por qué no vemos la pintura, el arte? ¿Qué más da que los dioses egipcios no sean reales y hayan sido cambiados por otros? El arte nos ayuda de otra manera y hay que respetarlo fuera de todas esas incumbencias temporales», ha defendido”. Nunca había pintado ante a una familia y recibió este encargo con mucha ilusión personal y profesional. Antonio López pensaba en ese acto que “La familia de Juan Carlos I” estaba bien donde estaba, pidiendo, asimismo, respeto por el arte.
Me quedo con el sentir de Antonio López sobre su obra en danza, tan discutida en estos momentos, tal y como afirmaba recientemente en la presentación del proyecto “Archivo de creadores”: “el arte está por encima de todo, de las creencias; el arte es algo sagrado, es lo que queda”. La realidad que pinta maravillosamente Antonio López es terca cuando la situamos en el marco de la temporalidad, porque es verdad que todo fluye y nada permanece, porque cada cosa tiene su tiempo y cada tiempo su momento. Incluso en el arte. En el caso de Antonio López, como su propio nombre anuncia, todo es sencillo en él, tal y como ya he hablado de él en este cuaderno digital: su pintura realista, la escultura viva hasta la muerte, inacabadas, los dibujos en blanco y negro, gracias a su tío maestro de Tomelloso. Su forma de ver la vida a través del color del membrillo, paciente hasta la extenuación para que no se escape nada de lo rutinario, de lo cotidiano que verdaderamente es porque está ahí, pendiente de que alguien lo capte. Un trabajador del arte, que se siente ahora más libre que cuando era joven, que le ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por él mismo, que el camino ha sido complicado y que ha sido doloroso hacerse a sí mismo. Una persona de alma grande, en un modo de vivir y ser muy sencillo. Como una pintura inacabada para mí, que inicié en 2005, una copia de sus lirios y hojas verdes en un patio muy particular, que no pretenden decir nada más que sus pinceles pintan la vida con un realismo mágico que no te permiten perder detalle alguno de lo que pasa, de lo que ocurre, de lo que las personas sienten. Sencillez y maestría en estado puro. En mi caso, en los lirios citados, inacabados hasta hoy, esperando que algún día, como Schubert en su famosa Sinfonía nº 8, D.759, “Inacabada”, pueda expresar en trazos de color lo que llevo dentro de mi persona de secreto. Es verdad que nada me da igual en la cultura y recoger en este cuaderno digital el proyecto Archivo de creadores, con Antonio López dentro, lo demuestra de forma fehaciente. Su arte es lo que me queda, al igual que su palabra”.
Creo, al igual que Antonio López, que el cuadro debe permanecer donde está y, al menos, que ofrezca la oportunidad de que, en mi caso, pueda contar un día a mi nieto que el rey emérito era un “rey desnudo”, algo muy profundo en el imaginario de este país, que le explicaré a la luz de lo expuesto por Hans Christian Andersen en su cuento “El traje nuevo del emperador”. Sobre Antonio López, le contaré que es un pintor especial y que, como su nombre, todo es sencillo en él: su pintura realista, la escultura viva hasta la muerte, los dibujos en blanco y negro, gracias a su tío maestro de Tomelloso. Su forma de ver la vida a través del color del membrillo, paciente hasta la extenuación para que no se escape nada de lo rutinario, de lo cotidiano que verdaderamente es porque está ahí, pendiente de que alguien lo capte. Le diré que Antonio López, trabajador del arte, sabe que a su edad avanzada es ahora más libre que cuando era joven, que le ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por él mismo, que el camino ha sido complicado y que ha sido doloroso hacerse a sí mismo. Una persona de alma grande, en un modo de vivir y ser muy sencillo. Es lo que le explicaré también a Adrián cuando contemple el cuadro de la familia real de Juan Carlos I.
Estas palabras quieren ser un pequeño homenaje de desagravio a Antonio López, porque me consta que sufre con estas actitudes de este país tan dual y cainita con sus artistas y con la cultura en general. En este sentido vuelvo a publicar el artículo que dediqué en 2014 a Antonio López en este cuaderno digital, un pintor especial, el día anterior a la presentación oficial de su retrato “La familia de Juan Carlos I”, en el Palacio Real de Madrid, junto a 113 obras dentro de la exposición El retrato en las colecciones reales. De Juan de Flandes a Antonio López. Para lo que valgan.
Siento que Antonio López tenga que justificarse tantas veces sobre su obra inacabada. Lo sigo de cerca desde hace muchos años y siempre me ha sorprendido su realismo mágico a la hora de llevar al lienzo sus impresiones de la vida, tal y como es. Lo ha dicho recientemente con cierta sorna: “No piensen que soy un vago”, refiriéndose a los veinte años que ha empleado (nunca diría “tardado”) en finalizar un cuadro de la familia real, por encargo de Patrimonio Nacional.
El cuadro inacabado, como casi toda la pintura de Antonio López, según su concepción del arte, se presenta hoy oficialmente en el Palacio Real de Madrid y a partir del jueves 4 de diciembre podrá ser contemplado por el público junto a 113 obras dentro de la exposición El retrato en las colecciones reales. De Juan de Flandes a Antonio López. Es muy sugerente la situación, porque cuando contemplamos a esta familia según Antonio López, ya no es la misma que posó, dando razón al filósofo presocrático que afirmó que nadie se baña dos veces en el mismo río. Es lo que pensará Juan Carlos I al contemplarlo por primera vez, una vez finalizado, con un detalle pictórico que no se le debería pasar por alto. En los últimos momentos, Antonio López ha incorporado un reflejo solar que entra por la izquierda del retrato de medidas considerables (3 por 3,39 metros), dándole una fuerza especial con el paso del tiempo.
He escrito sobre Antonio López varias veces en este cuaderno digital y siempre recordando su obra inacabada, porque me ha pasado lo mismo con un dibujo que inicié en 2005 y sobre el que el 3 de julio de 2006 escribí lo siguiente: “Ayer sentí la necesidad de retomar la copia que estoy haciendo de un dibujo de Antonio López que me fascinó desde que conocí su existencia. Es una instantánea de la casa de su tío Antonio López Torres, en Tomelloso (Ciudad Real), que juega admirablemente con la luz a pesar de los claroscuros del conjunto y que está fechada en 1972-1975, como muestra de su laborioso realismo onírico. Trabajé mucho las tulipas de la lámpara, el cableado difuso de la pared, la puerta abierta, el negro distante del mueble platero y la difícil composición geométrica de la solería de las habitaciones contiguas. Desde hace un año y tres meses no he vuelto a coger el lápiz, la regla para medir las proporciones de cada loseta, la goma impertérrita, el papel de seda que cubre el dibujo en potencia, hecho con dedicación para mi hijo Marcos, al que quiero ofrecerle un trabajo concienzudo, serio, trazado en horas de dedicación a él, como símbolo de una vida llena de contrapuntos diarios por la propia contradicción de vivir contracorriente, pero con pasos hacia delante, tal y como los dibuja Antonio López en el paso firme de su tío Antonio” (1).
Miguel Delibes le dedicó en cierta ocasión unas palabras llenas de ternura, en torno la figura de su tío, el del dibujo mío inacabado: “¿Qué admirar más en Antonio? ¿Su persona o su obra? Su bondad, la modestia machadiana de su aliño indumentario, su humildad creadora, su absorbente profesionalidad, el afán de apartarse, de desplazar sobre otros su valía.
«Mi tío Antonio, el de Tomelloso, ese sí que sabe».
Tenía esta obsesión. Los elogios dedicados a él los aplicaba a su tío, con quien de niño mezcló los primeros colores. Él era solamente un copiador, un aprendiz. No era tarea fácil sacarle de su juicio. Él pintaba, sí, pero el genio era su tío. Y su tío, el de Tomelloso, era realmente un talento natural, pero Antonio era el maestro”.
Antonio López es un pintor especial, refugiado siempre en su forma de comprender el tiempo. Así lo definí en alguna ocasión, en una carta que guardo con especial aprecio, refiriéndome también a otra obra inacabada por mi parte: “Como su nombre, todo es sencillo en él: su pintura realista, la escultura viva hasta la muerte, los dibujos en blanco y negro, gracias a su tío maestro de Tomelloso. Su forma de ver la vida a través del color del membrillo, paciente hasta la extenuación para que no se escape nada de lo rutinario, de lo cotidiano que verdaderamente es porque está ahí, pendiente de que alguien lo capte. Antonio López, trabajador del arte, ha dicho en esta etapa de su vida que ahora es más libre que cuando era joven, que le ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por él mismo, que el camino ha sido complicado y que ha sido doloroso hacerse a sí mismo. Una persona de alma grande, en un modo de vivir y ser muy sencillo. Como una pintura inacabada para mí, que inicié en 2005, una copia de sus lirios y hojas verdes en un patio muy particular, que no pretenden decir nada más que sus pinceles pintan la vida con un realismo mágico que no te permiten perder detalle alguno de lo que pasa, de lo que ocurre, de lo que las personas sienten. Sencillez y maestría en estado puro».
A día de hoy, con unos retoques para perfeccionar el resultado final, el dibujo del tío de Antonio López ya está colgado en la casa de Marcos, sin finalizar, casi en borrador, aunque con los trazos ya definidos en la composición final. He preferido que sea así, porque el alma de este dibujo ya no es la misma que cuando se inició esta maravillosa aventura de copiar a un maestro. El cuadro de los lirios, siguen en trazos con apenas color. Antonio López, un pintor inacabado, me lo ha recordado en el silencio muchas veces. No es que seamos vagos, es que el tiempo huye irremediablemente a veces (tempus fugit), se lleva el alma de un determinado día y ya no podemos detenerlo para aprehenderlo y llevarlo a una paleta de colores.
Volviendo a Miguel Delibes, me ha fascinado siempre la anécdota sobre su busto en bronce que realizó Antonio López y le entregó en octubre de 2011, que él contó con el gracejo que siempre le acompañaba en recuerdos íntimos. Como también tardaba, estaba ávido de la última noticia sobre su busto. Encontrándose con un amigo común de Valladolid, Antonio Piedra, le sonsacó información, para que le informara de alguna forma cómo estaba en las manos de Antonio López, cuándo podría ver “su cabeza”, si se parecía, si era un trabajo importante para Antonio López, etc. y cuándo la podría ver finalizada. Ante tanta insistencia y después de varios rodeos, “Antonio Piedra, que mantenía una actitud reverencial, de respeto hacia el pintor-escultor, emitió un levísimo cloqueo y se diría, por sus ademanes y la exageración de su rostro, por la manera de abrir la boca, un poco exagerada, que iba a pronunciar un largo discurso, pero dijo simplemente:
-Estás hablando, la verdad”.
Hoy, salvando lo que hay que salvar, ante el cuadro ya finalizado de la familia real, quizá podríamos decir: “Están unidos…”, aunque con la socarronería típica de los borbones, Juan Carlos I ya ha dejado clara su valoración: “Estamos todos como éramos hace 20 años». Es verdad, aunque no quiero olvidar la luz especial que entra por la izquierda del cuadro…, la que a última hora ha incorporado Antonio López, el pintor sin prisas, atento a lo que pasa en la sociedad actual.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.