Si Alicia renaciera en este mundo al revés

lustración original de “Alicia en el País de las Maravillas”, de sir John Tenniel, en el capítulo ‘Una merienda de locos”.

Sevilla, 8/III/2022, en el Día Internacional de la Mujer

Cuando en este Día Internacional de la Mujer, los ojos se nos llenan de lágrimas al ver caminar a miles de mujeres junto a sus hijos, por las gélidas carreteras de Ucrania, en búsqueda de un mundo mejor, bajo el rugido infernal de los bombardeos y disparos descontrolados, he recordado el pensamiento de Eduardo Galeano sobre la niña Alicia para presentarnos su escuela del mundo al revés: Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies (1). Ya estamos en el año veintidós de este milenio y las palabras de Galeano suenan igual cuando asistimos como espectadores impávidos a esta masacre de Ucrania, donde miles de mujeres simbolizan el largo camino que todavía les queda para su reconocimiento en términos de igualdad ante la vida y para alcanzar la paz de género, que también existe. Ellas con sus hijos y sus maridos al frente. Como siempre, en otras guerras.

En este Día Internacional de la Mujer, quiero agradecer a la vida, por escrito, mi experiencia personal con el ejemplo de una protagonista de ese cuento, una niña llamada Alicia, en su país de las maravillas, a la que agradezco hoy todo lo aprendido de su ejemplo a lo largo de los años, a través de la lectura madura de su historia narrada por Lewis Carroll, estando de acuerdo con lo que Juan Ramón Jiménez escribía en el Prólogo de su precioso libro “Platero y yo”: “Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! […] Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.”. Porque Alicia, como mujer, nos introduce en un largo camino para comprender el papel de ser humano cuando tiene que enfrentarse a la realidad de la vida.

En el mundo al revés en el que vivimos a diario y que me tiene últimamente tan ocupado y desconcertado, pienso que siendo adulto leí siempre, con alma de niño, el libro de Alicia en el país de las maravillas, porque era una isla espiritual en la que podía vivir como Juan Ramón Jiménez pensaba en ese prólogo que nunca he olvidado: “Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca”. Esa es la razón clara de por qué aprendí tantas cosas, siempre, de una niña fantástica, Alicia, un ejemplo para saber qué es el silencio y comprender la quintaesencia de la palabra en una frase enigmática del sombrerero: “Comienza por el principio y cuando termines de hablar…¡te callas!”, si es que no tengo algo mejor que decir que el silencio, tal y como hizo Alicia.

Es lo que comprendí en ella cuando “sentada con los ojos cerrados, casi se creía en el país de las maravillas, aunque sabía que sólo tenía que abrirlos para que todo se transformara en obtusa realidad”. Supe más tarde que aquello se llamaba el principio de realidad, en un diálogo sublime con el sombrerero: “Pero un sueño no es la realidad (Alicia). Y, ¿quién te dice cuál es cuál? (Sombrerero). Pero lo que tengo que reconocerle a la niña Alicia es algo muy importante en la vida, algo que utilicé muchas veces en mis presentaciones y conferencias profesionales: saber dónde tenemos que ir en cada momento de la vida, para no correr el riesgo de perdernos, aunque hablara en algunas ocasiones de estrategias digitales públicas que afectaban a millones de personas en Andalucía y que se tenían que desarrollar con espacio, dinero y tiempo…, públicos:

  • “ ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
  • Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar -dijo el Gato.
  • No me importa mucho el sitio… -dijo Alicia.
  • Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes -dijo el Gato.
  • … siempre que llegue a alguna parte -añadió Alicia como explicación.
  • ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte -aseguró el Gato- si caminas lo suficiente!”

Supe, llegado al ecuador de la vida, que había que estar a veces loco para seguir luchando contracorriente en la vida, frecuentando experiencias personales y laborales en las que me podían decir ¿qué hace un chico como tú en un sitio como éste?, ¡hay que estar loco! Lo descubrí, siguiendo al pie de la letra unas palabras de Alicia:

  • “Hasta ahora no he tomado nada -protestó Alicia en tono ofendido-, de modo que no puedo tomar más.
  • Quieres decir que no puedes tomar menos -puntualizó el Sombrerero-. Es mucho más fácil tomar más que nada.
  • Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca.
  • Oh, eso no lo puedes evitar. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
  • ¿Cómo sabes que yo estoy loca?
  • Tienes que estarlo, o no habrías venido aquí”.

Escucho a diario la utilización despectiva del adjetivo “loco” en locuciones diarias a nuestro alrededor del tipo “tal o cual persona está loca” por lo que piensa, escucha, dice y escribe. Lo descubrí también en Federico García Lorca, en unas palabras pronunciadas en un acto con estudiantes de la Universidad de Madrid, en 1934, presentando unos versos del poeta chileno Pablo Neruda, cuando les decía lo siguiente: “Yo os aconsejo oír con atención a este gran poeta y tratar de conmoveros con él cada uno a su manera. La poesía requiere una larga iniciación como cualquier deporte, pero hay en la verdadera poesía, un perfume, un acento, un rasgo luminoso que todas las criaturas pueden percibir. Y ojalá os sirva para nutrir ese grano de locura que todos llevamos dentro, que muchos matan para colocarse el odioso monóculo de la pedantería libresca y sin el cual es imprudente vivir”.

La locura no es una señora con un gorro de puntas de las que cuelgan cascabeles, en un nuevo acto machista por asignación de este rol pérfido a la mujer. La locura puede ser entendida en su sentido más noble como la capacidad de alternar la crudeza de la vida diaria, el mundo al revés, con el bienestar personal, mediante “lecturas especiales/ideales” de lo que está ocurriendo (2), por ejemplo lo que está pasando en Ucrania y estamos viendo, aunque si la naturaleza humana no responde a las necesidades diarias, la gracia nunca puede presuponer lo que naturaleza no da (gratia non datur, natura dispensatur). El famoso cuento del violín, escrito por Federico el Grande, lo resume muy bien: la vida me pide, a veces, que toque el violín solo con tres cuerdas, luego con dos, luego con una [cada una, cada uno que ponga otro nombre a las cuerdas de su locura…], pero los resultados son obvios, la locura crece:

Os pido, si os place, que este cuento
Os enseñe, queridos amigos,
Que por grande que sea el talento
El arte no se basta sin los medios

Así lo he vivido y así lo cuento, aunque les aseguro que cualquier parecido de lo que le sucedía a Alicia con mi realidad nunca ha sido una pura coincidencia. De ahí mi agradecimiento como deuda, tal y como lo comentaba al principio de estas líneas, gracias a lo que una niña maravillosa me ha enseñado a lo largo de mi vida, encerrado algunas veces en una isla espiritual, desconocida para muchos, la que buscaba apasionadamente también, hace un siglo, un niño andaluz como yo llamado Juan Ramón Jiménez.

Es verdad que si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. En marzo de 2022, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies. Sería la visión de una gran mujer, tal y como nos lo cuenta la historia y para aprender siempre de ella.

(1) Galeano, Eduardo, Si Alicia volviera, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España, 1998.

(2) Alberto Manguel publicó en 2006 un libro muy interesante, Nuevo elogio de la locura (Barcelona: Lumen), que nos ayuda a comprender al lector ideal de la vida, junto a otras muchas definiciones: “Robinson Crusoe no era un lector ideal. Lee la Biblia para hallar respuestas. Un lector ideal [de lecturas especiales] lee para encontrar preguntas” (los corchetes son míos).

UCRANIA, ¡Paz y libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Admirar la vida, a personas, esa es la cuestión

Sevilla, 7/III/2022

Dedicado a mi nieto Adrián, que cada día que pasa admira más todo lo que está a su alrededor.

En un mundo de permanente turbación y mudanzas, alejándose de la recomendación sabia de San Ignacio de Loyola, necesitamos recuperar con urgencia la capacidad de admiración de personas, de la naturaleza y de determinadas cosas. Quien siga de cerca las páginas de este cuaderno digital habrá podido observar que soy un apasionado de la curiosidad en su vertiente sana, que decía el diccionario de Covarrubias, es decir, alejada del asombro cuando se entiende como algo que nos conmueve e incluso nos paraliza por miedo, porque la auténtica admiración muestra siempre la vertiente amable que me permite admirarme de casi todo y de casi todas las personas, en su versión aristotélica, escudriñando lo más íntimo de la propia intimidad de las personas y de las cosas y moviéndome a actuar inmediatamente para descubrir que hay detrás de cada persona y de cada cosa en la vida. Es como si se prolongara esa vida en una eterna pregunta de niño marxiano de cuatro años, aquél que mandó buscar Groucho en Sopa de ganso para resolver problemas, que siempre pregunta en bucle el porqué de todo lo que se mueve porque, dicho sea de paso, alguien o algo tuvo la responsabilidad hace millones de años de poner en marcha el universo. De ahí las eternas preguntas de los creacionistas y evolucionistas: averiguar quién fue o cómo era el “primer motor inmóvil”, como curioseaba Aristóteles en sus obras, para enseñarnos qué es el asombro sano o la admiración de todas las cosas.

Siempre he sentido curiosidad por todo, en un mundo plagado de cotilleo y cotillas, aunque bautizado últimamente como el “universo del entretenimiento”, donde todo cabe y en el que la cultura digna brilla por su ausencia. Siempre he sentido la necesidad de comprender qué es asombrarse o admirarse ante lo que ocurre en nuestras vidas, por muy intranscendente que sea, algo que solo se consigue a través de la admiración, actitud que simbolizó para Aristóteles el comienzo de la filosofía, entendida como la capacidad que tiene el ser humano de admirarse de todas las cosas, de las personas, de asombrarse, de sentir curiosidad diaria de por qué ocurren las cosas, de cómo pasa la vida, tan callando. Mi profesor de filosofía lo expresaba en un griego impecable, con un sonido especial, gutural y sublime, que convertía en un momento solemne de la clase esta aproximación a la sabiduría en estado puro: jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic: anímese a leerlo conmigo tal cual y pronunciarlo como él). Es uno de los asertos que me acompañan todavía en muchos momentos de mi vida, en los que el asombro y la curiosidad siguen siendo un motivo para la búsqueda diaria del sentido de ser y estar en el mundo, de admirarme todos los días de él.

Ante un escenario tan atractivo para descubrir islas desconocidas y curiosas del conocimiento, acudo con frecuencia a mi manual de cabecera, Una historia natural de la curiosidad, donde Alberto Manguel explica en sus 541 páginas aspectos mágicos de esta realidad humana que tantas respuestas da a la vida, incluso en momentos de pandemia. Ser curiosos eleva el espíritu y eso me basta. Así lo sugería Cicerón, según aparece en una copia realizada en el siglo IX de un texto suyo en el que, al final de una frase, aparecía un signo de pregunta que se representaba por una escalera ascendente hacia la parte superior derecha de la línea de texto, «en una serpenteante línea diagonal que nace en la parte inferior izquierda” (1).

Cuando se publicó este libro excelente e Manguel, leí un artículo extraordinario que sintetizaba muy bien su obra. Así lo recogí en un post del que entresaco dos preguntas y respuestas de Manguel que me sobrecogen siempre que las leo porque comprendo perfectamente la depreciación de la curiosidad en estos tiempos modernos: “Hay ciertas interrogaciones que nos hacemos en diferentes momentos de nuestra vida. De niños la primera pregunta es ¿por qué? ¿Por qué lo que veo en el espejo soy yo?, ¿por qué no me dejan hacer ciertas cosas? Después las preguntas cambian, y cuando llegas a la vejez vuelven las de la niñez. Pero con el sentimiento de no querer encontrar una respuesta, sino demorarse en el placer de la pregunta”, para seguir diciendo “¿Para qué la sociedad y el poder arrinconan la curiosidad? Si haces una caja cuadrada, debes crear elementos con ángulos rectos para que entren en ella. Si crean una sociedad de consumo deben crear consumidores, si no, no funciona. El sistema tiene que impedir que te hagas preguntas esenciales porque si te las haces no hay más consumo. Por eso la sociedad no alienta la reflexión. Es un sistema depredador que busca el beneficio en una estructura productiva”.

Cuando también nos encontramos con el sentido del asombro, debemos tener en cuenta que ese asombro es bueno si nos lleva a la admiración y no al miedo a lo desconocido, porque es un término ambiguo por definición. Así lo explica el Diccionario panhispánico de dudad, cuando aborda el lema “asombrar(se)”: Cuando significa ‘causar asombro’, por tratarse de un verbo de «afección psíquica», dependiendo de distintos factores, el complemento de persona puede interpretarse como directo o como indirecto: «El relato lo asombró» (García Márquez, en El amor en tiempos de cólera, 1985). La afección psíquica que producen determinados “asombros” está demostrada con la maestría del gran Gabo, lo que traduce de forma sencilla que la “admiración”, rodeada casi siempre de “curiosidad”, incita a ir hacia adelante en descubrir la causa de la admiración, frente al “asombro” que, a veces, paraliza por la sorpresa o desencanto que supone.

Quizás sea una publicación de la bióloga americana Rachel Carson, El sentido del asombro (2), la que mejor define este lema porque no bien entendido y alejado de la admiración, puede confundirnos. Esta publicación nació en un artículo Ayuda a tu hijo a asombrarse (Help your child to wonder) publicado en la revista Woman’s Home Companion en el año 1956, que debido a su temprano fallecimiento no pudo ampliarse en contenidos como ella hubiera querido. Aun así, ella lo proyectó en su cercanía a un sobrino, Roger, que le mostró la capacidad de asombro en un niño, muy sensibilizado con la naturaleza: Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, se necesita la compañía al menos de un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos. No se puede explicar mejor y en el universo de los cuentos infantiles. Carson lo definía bien en el artículo citado: “Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone que preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida (…)”.

El placer del asombro y la curiosidad sabia no es transmisible automáticamente a los demás, sino que es imprescindible adquirir el conocimiento liberador, trabajarlo internamente a través del esfuerzo de cada persona a la hora de plantearse gozar de los que algunos llaman placeres inútiles para alejarlos del poderoso caballero don dinero. Así lo reconocía hace ya muchos siglos Sócrates en su diálogo Banquete: “Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera del más lleno al más vacío de nosotros. Como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de las más llena a la más vacía”, porque siempre está presente en almas curiosas, que se asombran de muchas personas o cosas, mostrando la dialéctica del valor y precio de lo que se descubre, de lo que nos asombra, de lo que se admira y de lo que se goza a cambio de nada.

(1) Manguel, Alberto, Una historia de la curiosidad. Madrid: Alianza Editorial, p. 17, 2015.

(2) Carson, Rachel, El sentido del asombro, Madrid: Encuentro, 2021.

Ucrania, ¡Paz y libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Allí la guerra, aquí la paz

Sevilla, 6/III/2022

Allí la guerra, aquí la paz, es la frase que pronuncia continuamente el pianista alemán Davide Martello (aunque en su presentación artística es Klavierkunst, arte pianístico), que desde el jueves pasado está tocando un piano rudimentario, artesanal, en Medyca, un pueblo polaco cercano a la frontera con Ucrania. Su historia es una representación de la generosidad humana porque lleva muchos años trasladándose a zonas de conflicto para acompañar con la música a los que huyen o están sufriendo el azote de las guerras. Afganistán, campos de refugiados en Turquía o durante los atentados de París, han sido zonas que ha frecuentado para seguir lanzando al mundo el auténtico lema de la música, que preside mi clave y que tantas veces he citado en este cuaderno digital: la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum). Él manifiesta que va «donde haya un conflicto para intentar calmar los ánimos y repartir paz entre quien me quiera escuchar».

Leyenda en la tapa de mi clave

Una de sus canciones preferidas es Angels, de Robbie Williams, que interpreta a menudo, como un canto de esperanza a algo tan importante en la vida como es el amor,  cuando todo lo demás falla: De nuevo tú te cuelas en mis huesos, / dejándome tu beso junto al corazón, / y otra vez tú abriéndome tus alas, / me sacas de las malas, rachas de dolor, / porque tú eres el ángel que quiero yo. ¿Representarán los ángeles los sueños para despertarnos en un mundo diferente? También, Yesterday, la inolvidable canción de Los Beatles: Ayer todos mis problemas parecían tan lejos / ahora es como si estuvieran aquí para quedarse / oh, creo en el ayer […] Ayer el amor era un juego tan fácil / ahora necesito un lugar donde esconderme / oh, creo en él ayer. El ayer de paz que se vivía en Ucrania a pesar de su último tiempo tan convulso.

Cada uno tiene que posicionarse ante esta invasión absurda, que no guerra, porque Ucrania no la ha querido nunca. Por mi parte, creo en el compromiso intelectual y artístico, como es este ejemplo del pianista alemán, para estar cerca de los que están sufriéndola en proporciones ciclópeas, con un desgarro humano que se contempla a través de las noticias que nos llegan, porque la realidad es que lo que está pasando lo estamos viendo, nunca mejor dicho en lenguaje periodístico. Davide Martello lo hace de la mejor forma que puede y debe, porque su saber ser y estar en el mundo contribuye ahora a mitigar, aunque sea tan sólo unos minutos, el dolor por el daño que sufren los miles de refugiados que cada segundo entran en Polonia. Me solidarizo con él y con el símbolo de la paz que ha pintado con tiza en su piano. Él sabe que su música es ahora, para los ucranianos que huyen de la invasión rusa, compañera en la alegría y medicina para el dolor. A los principales afectados por la invasión, eso les basta.

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Miguel Hernández, ante la tristeza de las guerras

Sevilla, 5/III/2022

El próximo veintiocho de marzo se cumplen ochenta años del fallecimiento del poeta Miguel Hernández. No lo olvido, como se puede comprobar repasando páginas de este cuaderno digital, a lo largo de sus dieciséis años de vida. Hoy, lo he recordado especialmente por el poema Tristes guerras, de su Cancionero de ausencias (1938-1941), que reproduzco a continuación sin más comentarios para no empañar su mensaje, que en estos momentos es imprescindible escucharlo para comprender bien su fondo y forma.

Tristes guerras
Si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes.

Tristes armas
Si no son las palabras
.

Tristes. Tristes.

Tristes hombres
Si no mueren de amores.

Tristes. Tristes.

Igualmente, invito a escuchar su voz en la única grabación que se conserva en la actualidad, realizada por Alejo Carpentier en París en 1937, cuando Miguel iba camino de Moscú. El poema que recita es la «Canción del esposo soldado», publicado primero en El mono azul y después en Viento del pueblo, dedicado a su compañera de vida, Josefina Manresa, embarazada de su hijo Manuel Ramón.

Canción del esposo soldado

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

Ante lo que está pasando y estamos viendo de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, no nos queda nada más que seguir luchando sin descanso por el triunfo de las palabras, que aún nos quedan, alzando la voz con ellas y siempre que lleven el amor y la paz dentro, como aprendimos de Miguel Hernández, un poeta del pueblo para el pueblo: Para el hijo será la paz que estoy forjando. / Y al fin en un océano de irremediables huesos / tu corazón y el mío naufragarán, quedando / una mujer y un hombre gastados por los besos.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El rey emérito se va «de rositas» y con un traje nuevo

Sevilla, 4/III/2022

No es la primera vez que escribo sobre la trayectoria indigna del rey emérito durante una parte de su reinado en este país y la verdad es que preferiría no haber tenido que hacerlo, siguiendo a Bartleby el escribiente, pero el silencio lo interpreto en determinadas ocasiones como una complicidad que clama al cielo. Además, sigo ahora el consejo del Abate Joseph Antoine Dinouart, en El arte de callar (1): Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio (Principio 1º, necesario para callar). Este es uno de mis principios y a diferencia de Groucho Marx, si a alguien no le gusta, no tengo otro.

Hoy, quiero hacer una reflexión en escritura alta, porque en medio de una guerra que no tiene nombre aunque sí un lugar, Ucrania, la Fiscalía contra la Corrupción y la Criminalidad Organizada, del Tribunal Supremo, ha decidido en estos días archivar mediante dos decretos la investigación contra el rey emérito, sobre las presuntas comisiones millonarias que cobró por su intervención en la adjudicación de las obras del AVE a La Meca, el uso de tarjetas opacas y, finalmente, por su relación con millones ocultos en la isla de Jersey, por dos razones incuestionables para ese órgano judicial, la inviolabilidad y la prescripción. La primera, porque extiende todos sus efectos a todos los actos ejecutados por el Jefe del Estado, sean estos desarrollados con ocasión del ejercicio de funciones regias o al margen de estas y, la prescripción, porque se ciñe al marco temporal en el que se desarrollaron los hechos denunciados y por las fechas en que sucedieron ya han prescrito ante la Ley. Lo verdaderamente sorprendente es que el rey emérito “se va de rositas” de esta investigación que ha durado cuatro años, aun cuando la propia Fiscalía reconoce que se han calificado en esta investigación, como delitos cometidos por el Jefe del Estado, los siguientes: 10 delitos fiscales, dos cohechos impropios y uno de blanqueo de capitales, es decir, una «hoja de servicios” al país que avergüenza sólo al conocerlas, no digamos cuando se entra en el detalle de lo ocurrido o cuando se recuerdan, sin ir más lejos, los sucesivos discursos de navidad en los que nos decía sin mover una pestaña que “Juntos podemos vencer problemas y dificultades si actuamos con realismo, rigor, ética y mucho esfuerzo, anteponiendo siempre el interés general sobre el particular” (¡en 2008!). Sobran comentarios.

Irse “de rositas” es una locución que se conoce muy bien en el país, en los términos que recoge el Diccionario fraseológico documentado del español actual, de Seco, Andrés y Ramos, donde se da la siguiente definición: de rositas. adv (col) Sin pagar lo que se debe o sin recibir el castigo merecido. Generalmente en la locución «irse de rositas». Efectivamente, el rey emérito se va de la comisión de estos delitos «sin pagar lo que debe» a Hacienda, sólo una multa más que dudosa en su trayectoria y “sin recibir el castigo merecido”, no porque personalmente goce del mal ajeno, sino por la falta de ejemplaridad y ética que se le supone a la Casa Real y, más en concreto, al Jefe del Estado. Lo que verdaderamente me preocupa es que el silencio cómplice pueda ser “marca de la casa”, así como la falta de «alma social», porque lo percibí en el último discurso del actual rey Felipe VI en la Navidad de 2021, según escribí en esas fechas: “Anoche escuché atentamente el Mensaje de Navidad del Rey, un nuevo discurso desnudo en su fondo y forma, porque no hizo una sola referencia a la falta de ejemplaridad ética de la Corona como institución afectada por las noticias que a lo largo del año se han dado en referencia al rey emérito, su padre, que sigue figurando como parte de la Casa Real, por mucho que hiciera una referencia concreta a las instituciones públicas porque «[…] tenemos la mayor responsabilidad. Debemos tener siempre presente los intereses generales y pensar en los ciudadanos, en sus inquietudes, en sus preocupaciones, estar permanentemente a su servicio y atender sus problemas. Debemos estar en el lugar que constitucionalmente nos corresponde; asumir, cada uno, las obligaciones que tenemos encomendadas; respetar y cumplir las leyes y ser ejemplo de integridad pública y moral». En este punto del Mensaje, así como en otros, faltó alma”. Eso es lo que más me preocupa, porque en el discurso de 2020 ocurrió lo mismo.

Por todo lo anterior, recuerdo de nuevo el cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador, en sus párrafos finales, donde se menciona un supuesto traje nuevo del emperador que nadie veía aunque nadie decía nada, excepto un niño, recurso que también utilizó Groucho Marx en Sopa de ganso, la sabiduría infantil sin filtro alguno, salvando lo que haya que salvar: “¡Hasta un niño de cuatro años sería capaz de entender esto!… Rápido, busque a un niño de cuatro años, a mí me parece chino“:

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; más pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

El decreto de la Fiscalía por el que se archiva la investigación de hechos cometidos por el rey emérito, trae a colación el cuento de Andersen, porque es un relato hecho realidad ahora, que volverá a tener más interés si cabe cuando se plantee el regreso a España con un «traje nuevo», después de haberse ido «de rositas» gracias al decreto de exoneración emitido por la Fiscalía. En el mes de agosto de 2020 escribí un artículo con motivo de la salida vergonzante del Rey emérito de este país, Agosto 2020 / 4. El traje nuevo del rey, en el que contaba que el Rey emérito ya no estaba en España: “Se ha ido después de haberlo consultado con su espejo. Fue una noticia de un calado excepcional porque comprometió muchas cosas, fundamentalmente la Constitución, al tocar de lleno a la Jefatura del Estado, de la que se debe esperar siempre no heroicidades sino la máxima ejemplaridad en todos los ámbitos de la vida real. Correrán ríos de tinta para analizar todo lo ocurrido, verdaderamente lamentable, pero cada uno tiene una parte en la responsabilidad de analizarlo como es debido”. Han corrido esos ríos que han ido a la mar del desencanto social y ahora escucho con gran asombro a los “tejedores espabilados” que están ya preparando un nuevo traje al rey desnudo.

Esa es la razón de por qué vuelvo a abrir un libro al que tengo especial aprecio, el cuento de Andersen citado, El traje nuevo del emperador, pero interpretado y leído por actores que son amigos de Steven Spielberg (2). Suelo leerlo a menudo, sobre todo para refrescar siempre una recomendación del reconocido director: ¡Cuidado con los tejedores espabilados! (incluidos determinados partidos políticos, periodistas y militares de este país). Hojeándolo de nuevo con atención, he vuelto a leer la interpretación que del mismo hace la actriz Geena Davis, dedicado especialmente al espejo imperial [o real], que en estos momentos reales creo que ha tenido un papel decisivo y refiriéndome en estos momentos al decreto de la Fiscalía y a la preparación de la “operación retorno” del emérito, donde cada uno, cada una, vuelve a desempeñar perfectamente su papel, incluido el del rey ante el espejo real:

“Soy PERFECTO

No bromeo, soy perfectísimo. Reflejo las cosas exactamente como son. Soy incapaz de cometer un error.

Es cierto que el emperador y yo hemos discutido a menudo por unos cuantos kilos o por la progresiva extensión de su calva, pero por lo general termina aceptando mi punto de vista. Por esta razón me había divertido tanto con la farsa de los tejedores. Estaba seguro de que una vez que el emperador se contemplara en mi luna el día de la gran prueba final vería la verdad: los ladrones quedarían en evidencia, y al final todos nos desternillaríamos de risa.

Pero no: el emperador se plantó delante de mí y nos miramos el uno al otro. Con los ojos buscaba el reflejo de su persona, pero no podía dejar de mirar los de sus consejeros, que seguían el “ensayo general” desconcertados. Estoy convencido de que Su Majestad vio lo que yo, sin dejar lugar a dudas, reflejaba: un emperador prácticamente desnudo, enmarcado en un espejo; un par de nerviosos “tejedores”; el transparentemente siniestro primer ministro, y todo el cabeceo aprobatorio de la corte imperial de tontos.

Sin embargo, no dijo esta boca es mía. Nadie dijo una palabra. Yo casi me hago añicos por la frustración. Había creído que el emperador era un hombre sensato.

¡Por mi gloria! ¿Es que no se daba cuenta?

Parece ser que no. Muchas veces, los “tejedores” más próximos [del Rey] son los que menos ayudan a ser uno mismo, por muy perfectos que sean (al buen entendedor en este país con pocas palabras basta, porque de todo hay en esa viña del Señor). Hasta que un día cualquiera, en un momento especial, un niño de Andersen o de Groucho Marx o cualquier persona digna, incluso un juez o un fiscal, da igual que sea mujer u hombre, nos desmontan todos los esquemas de la rutina diaria y salta la posibilidad de que podamos ser otros, porque son los que de verdad denuncian a personas que suelen ir desnudas por el mundo con la obsesión de vivir la perfección apasionadamente, convencidos de que llevan incluso ropa de emperadores, reyes o reinas, cosidos puntada a puntada por modistos o tejedores –supuestamente imparciales– que se refugian en ellos y son incapaces de decir la verdad de lo que está pasando a quienes cosen. Sobre todo, porque son profesionales de la farsa a cualquier precio y de los silencios cómplices.

Así lo leí un día ya lejano y así lo he vuelvo a contar hoy, con un problema serio a diferencia de cómo finalizaban los cuentos en mi infancia: colorín, colorado, este cuento real no se ha acabado. Confío ahora en el niño avispado de Andersen o en el de cuatro años de Groucho Marx, para que nos digan la verdad de una vez por todas y nos interpreten de la mejor forma posible cualquier nuevo discurso desnudo de los reyes. La necesitamos con urgencia, porque en el caso de la Jefatura del Estado constitucional, no se trata, como en el cuento, de «aguantar hasta el fin» como si nada hubiera pasado, yéndose “de rositas” en esta ocasión un rey de nombre Juan Carlos I, sino de abrochar de forma digna, con una revisión de la Constitución sobre la desaparición de la inviolabilidad real, por ejemplo, para poner coto a algo que no se sostiene desde ningún punto de vista ético, razonable, solidario y de dignidad ejemplar que salvaguarde siempre el interés general en beneficio de todos.

(1) Dinouart, A. El arte de callar. Madrid: Siruela, 2003  (4ª ed.).

(2) The Starbright Foundation. El traje nuevo del emperador. Barcelona: Ediciones B, 1998.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada. 

¡No te aturdas, no te aturdas, déjate vivir!

Sevilla, 3/III/2022

Reconozco que cuando llegamos a una determinada edad, la moviola de la vida está casi siempre en pleno funcionamiento. Creo que es lo que siente José Sacristán, con el merecido Goya de Honor 2022, cuando interpreta ahora a diario al protagonista de una obra emblemática de Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris, porque a sus ochenta y cuatro años se enfrenta a un monólogo abierto y sincero de alguien que ha sufrido una pérdida irreparable, hablemos claro, y sólo le queda el recuerdo de su contexto más vital y esperanzador en un mundo gris por naturaleza.

La sinopsis no da para mucho más, sin leer y ver la obra de Delibes: “Un pintor, con muchos años en el oficio, lleva tiempo sumido en una crisis creativa. Desde que falleció de forma imprevista su mujer, que era todo para él, prácticamente no ha podido volver a pintar. Estamos en el verano y otoño de 1975. La hija mayor de ambos está en la cárcel por sus actividades políticas, y es en esas fechas cuando surgen los primeros síntomas de la enfermedad de su madre que la hija vivirá desde dentro de la prisión. Es otro recuerdo permanente en la vida de su padre, que también ahora revive. Esta obra teatral es el relato de una historia de amor en camino desenfrenado hacia la muerte, que nos sitúa en aquella España con rasgos inequívocos, que nos habla de la felicidad y de su pérdida, y que llega a la intimidad de cada ser humano, y a su emoción, por el camino recto y simple de la verdad”.

En los tiempos que corren es importante identificar a personas que nos enseñan cómo afrontar la fragilidad de vivir: “Para el recién nombrado Goya de Honor 2022, llorar es algo cotidiano, algo que está muy a la orden del día en su vida: “Lloro mucho todos los días haciendo  Señora de rojo sobre fondo gris. Sobre todo, recordando las conversaciones que yo tenía con Miguel Delibes”. Esa es la obra teatral en la que Pepe está inmerso actualmente y que está a punto de cumplir 3 años sobre los escenarios. Han ido a verla todos los familiares del novelista: “La tribu entera, hijos, sobrinos, vecinos… de todo. Es muy emocionanteEl primer día del estreno, uno de los hijos me dijo: ‘Yo me opuse y hoy vengo a darte las gracias’. Para mí, ese es el sentido y la intención con la que yo me aproximo siempre a hacer esta función”.

Quizás es que nos enseñaron en nuestra infancia celtibérica a manejar el pudor hacia lo más intimo de nuestra propia intimidad (intimior intimo meo, según San Agustín), sin dejar que los sentimientos afloren, aunque siempre me acuerdo de Rafael Alberti en aquella reflexión que tantas veces me ha ayudado a desnudar mi persona de secreto: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. O sólo intimidad o pudor mal entendido, sólo eso, porque sin el sentimiento y la emoción no son nada. Es lo que cuenta Miguel Delibes en diciembre de 2008, en una nota a la edición de Señora de rojo sobre un fondo gris dentro de sus Obras Completas: “Lancé este libro discretamente diecisiete años después de morir Ángeles, mi mujer, en la creencia ingenua de que era un homenaje íntimo únicamente conocido por mí. Por eso me sorprendió la primera reseña del libro hablando del buen recuerdo que yo guardaba de ella. Más que de ingenuo había pecado de tonto, pero lo curioso es que aquella alusión, antes que desagradarme, me llevó a la conclusión de que mi recuerdo no tenía nada censurable, por lo que a partir de ese momento, Señora de rojo circuló como un homenaje póstumo a mi mujer y, en esta idea, Pilar Miró me telefoneó pidiéndome autorización para filmarlo. Vacilé, pero creo que en esta coyuntura cometí mi segunda equivocación, ya que después de pensarlo mucho, le respondí que no, que era una cosa muy personal y me dolía comerciar con ella. En todo caso le prometí a Pilar -que se había mostrado interesada, y dada su maestría para tratar estos temas- que sería la encargada de llevarla al cine si algún día cambiaba yo de opinión. Pilar murió impensadamente al poco tiempo y yo me conformé con agradecerle su deferencia, que, en verdad, me conmovió. No obstante, cuando en 2007 Emili Rosales, director de Destino, me pidió, para portada del libro, una fotografía de la auténtica “señora de rojo”, le envié sin reparos el retrato que le había hecho a mi mujer el pintor García Benito [1] y que colgaba de mi despacho. Y entonces sentí la sensación de que mi actitud precautoria inicial, incluso mi injustificada negativa a la gentil oferta de Pilar Miró, quedaban en cierta medida reparada”.

José Sacristán abrocha con esta obra su dilatada carrera como actor, en un monólogo inolvidable y de la mano de Delibes. Ambos son un buen ejemplo para aprehender la vida desde ángulos insospechados de esperanza, aunque siempre con la memoria dentro. Las palabras de Ana, en la adaptación teatral, dirigidas a su esposo, Nicolás, el protagonista de la obra, suenan en mi interior con más fuerza que nunca: ¡No te aturdas, no te aturdas, déjate vivir! A pesar de todo, no lo olvido en tiempos de tanta turbación y mudanzas del alma.

[1]) Sobre la portada del libro: “Señora de rojo es el retrato de Ángeles de Castro [esposa de Miguel Delibes] que pintó Eduardo García Benito en 1962.​ El cuadro, de 130 x 90 cm, retrata precisamente a una señora de rojo sobre un fondo gris, o azul, y de ahí proviene el nombre del libro.​ Ángeles lleva en él un largo vestido rojo; dos guantes blancos hasta el codo, uno puesto y otro sujeto en su mano izquierda; su mano derecha sujeta un bolso de mano negro y lleva un collar de perlas a juego con los pendientes. Este cuadro ha sido restaurado en febrero del 2020 por las hermanas Luca de Tena, Cristina y María Francisca, en Madrid. Estaba en buenas condiciones salvo por algunas gotas de Coca-Cola o café, que el escritor consumía habitualmente, y por las marcas de la silla del propio Delibes. Esto se debe a que el cuadro estaba situado detrás de su escritorio en su casa de Valladolid. El cuadro, ahora con los colores más vivos que nunca, se encuentra en la Sala de Exposiciones de La Pasión, en Valladolid”. ​

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.  

El himno que une a Ucrania

Sevilla, 2/III/2022

He visto durante estos días de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, cómo los ucranianos cantaban en cualquier lugar del país y del mundo, manifestándose o luchando hasta la muerte, el himno de su país con lágrimas en los ojos. He querido conocer qué dice la letra de un canto que los une en sentimientos y emociones.

Aún no ha muerto la gloria ni la libertad de Ucrania,
Aún a nosotros, hermanos compatriotas, nos sonreirá la fortuna.
Se desvanecerán nuestros enemigos, como el rocío bajo el sol.
Gobernaremos nosotros, hermanos, en nuestra propia tierra.

Coro:

El alma y el cuerpo sacrificaremos por nuestra libertad,
Y mostraremos que nosotros, hermanos, somos de la nación cosaca.

Me uno a ellos en lo que puedo comprenderles, aun sabiendo que me falta su memoria histórica, que jamás podré cantar como ellos. Sí, aprender de su unión en la gloria y en la libertad de su país. ¡Ojalá se desvanezca Rusia muy pronto, como el rocío bajo el sol!

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Las canciones de Mozart son obras de arte popular

Mozart, Das Veilchen (La violeta), K 476. Ruth Ziesak (Soprano), Ulrich Eisenlohr (Piano)

Sevilla, 1/III/2022

La Fundación Juan March hace un gran esfuerzo cultural por acercarnos a la música de Mozart y esta semana, en el Ciclo de los Miércoles y bajo el título La obra maestra desconocida, le dedica una parte del concierto en el que se interpretarán obras quizás poco conocidas, pero no por ello menos importantes, de autores junto a él que nos aproximarán a una realidad que estimo que se debe conocer por su mensaje intrínseco: la música popular puede ser una obra de arte. Serán diversas obras de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): Der Zauberer (El Mago), K 472, con letra de un poema de Christian Felix Weiße; Das Veilchen (La violeta), K 476, con letra de Goethe; Abendempfindung (Sensación vespertina), K 523, con un texto de Joachim Heinrich Campe y An Chloë (A Cloe), K 524, con letra de Johann Georg Jacobi; Johannes Brahms (1833-1897), Benjamin Britten (1913-1976); Joaquín Rodrigo (1901-1999): Cuatro madrigales amatorios: ¿Con qué la lavaré?, Vos me matasteis, ¿De dónde venís, amore? y De los álamos vengo; Erik Satie (1866-1925), Poldowski (Régine Wieniawski, 1879-1932) y, finalmente, William Walton (1902-1983). Recomiendo, sobre todo, la lectura de la presentación del programa, porque ayuda a comprender en sus palabras finales el objetivo de este concierto, en el que se presentan “[…] una serie de obras maestras infrecuentes en las salas de conciertos, escritas tanto por maestros reconocidos como por otros maestros desconocidos. Hemos seleccionado tres tipos de obras […]. En segundo lugar, se han programado obras maestras que derivan de la cultura popular, sea esta tradicional o de la cultura de masas […]”, como es el que se presenta mañana en Madrid.

Entre las obras que se interpretarán según el programa oficial del concierto, he escogido una, La Violeta (Das Veilchen, K 476), compuesta por Mozart, por su significado y porque fue la única obra de Goethe a la que puso música para canto y piano el genio de Salzburgo, a pesar de que, como se dice en el programa, a Mozart nunca le interesó sobremanera este género (Lied), de cuna germánica. De alguna forma, por su actitud en la vida, quiso acercar la literatura al pueblo, como en este caso y a través de un texto de apariencia sencilla, aunque con una reflexión final muy amarga, ¡La pobre violeta! Era una alegre violeta!, que incorporó como complemento del original de Goethe: “Mozart, a la hora de escribir música para una voz solista, se mantuvo siempre fiel al modelo del aria de ópera. Incluso Das Veilchen, su canción más conocida, y el único poema de Goethe al que puso música Mozart, puede considerarse una escena lírica, como afirmó Alfred Einstein. Lejos del entusiasmo de An Chloë (presidido por un único tema literario y musical, el amoroso), Abendempfindung es una reflexión sobre la muerte, que siempre es la propia. El poema tiene todos los tópicos románticos y, de hecho, en algunos momentos la música parece de Schubert, aunque la tristeza nunca se desborda. De nuevo a modo de contraste, Der Zauberer es una música tan encantadora como el joven aludido en el título, que hechiza a la muchacha como un mago”.

La violeta

Una violeta vivía en el prado,
ensimismada y olvidada;
era una violeta adorable.
Llegó entonces una joven pastorcilla
con paso ligero y espíritu alegre
por aquí y por allá,
paseando por el prado y cantando.

¡Ay!, pensó la violeta, si yo fuera
la más bella flor de la naturaleza,
ay, y no una pequeña violeta,
la amada vendría a mí, me arrancaría
y me apretaría contra su pecho,
¡ay, sólo, ay, sólo
un cuartito de hora!

Pero ¡ay!, llegó la muchacha
y como no reparó en la violeta,
pisó a la pobre violeta.
Aplastada y muerta, pero contenta:
¡Me muero, más voy a morir
por ella, por ella,
bajo sus pies
.

[¡La pobre violeta! Era una alegre violeta!] (1)

Lo he manifestado muchas veces en este cuaderno digital: Mozart siempre quiso estar cerca de las clases populares y alejarse del poder que detentaban en su época la Corona y la iglesia, lo que le supuso muchos quebraderos de cabeza e incluso la ruina personal. Con pequeños gestos como el de la composición de La Violeta, demostró que la llamada música culta también podría tener aire popular. Él, mejor que nadie, lo simbolizó en las notas finales de esta canción: ¡La pobre violeta! Era una alegre violeta!, completando el poema de Goethe, poniéndolo al alcance de cualquiera. Al buen entendedor del pueblo, con pocas palabras bastaba para seguir viviendo a pesar de la indiferencia de la sociedad hacia los más débiles, a pesar de todo.

(1) Estas palabras finales fueron agregadas por Mozart en la partitura, en una coda de dos compases.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.