Lo clásico tiene presente y futuro

Sevilla, 13/XI/2021

Los que amamos el renacimiento diario de la vida respetamos mucho el tiempo pasado sin que afirmemos con rotundidad que siempre fue mejor, porque no fue así. Otra cosa es el respeto a determinados acontecimientos de nuestra historia para aprender siempre de ellos, sobre todo de sus errores para no volver a reproducirlos. Uno de estos aprendizajes es, sin lugar a dudas, el respeto a lo clásico, en las cinco acepciones que recoge nuestro diccionario de la lengua española que fija, brilla y da esplendor a este adjetivo, porque cada una de ellas es un compendio de aprendizaje multisecular: “Dicho de un período de tiempo: de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, de una manifestación artística o cultural, etc.; dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece al período clásico. Aplicado a un autor o a una obra: “esa película es un clásico del cine”; dicho de un autor o de una obra: que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia; perteneciente o relativo al momento histórico de una ciencia en el que se establecen teorías y modelos que son la base de su desarrollo posterior y dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece a la literatura o al arte de la Antigüedad griega y romana”.

Esta referencia a lo “clásico” la traigo hoy a colación cuando recupero en mi biblioteca un libro de Salvatore Settis, El futuro de lo clásico, porque creo firmemente que lo clásico tiene futuro, como lo afirma David Hernández de la Fuente en El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy (1), porque confirma la imperiosa necesidad de admirarnos, en el sentido aristotélico más profundo, de las aportaciones de los clásicos cada vez más populares, según afirma el propio autor en su introducción: “Y es que lo clásico tiene futuro, parafraseando el título de un conocido libro de Salvatore Settis, y lo sigue mostrando generación tras generación. Incluso hoy, pese al aparente descrédito y postergación que sufren las humanidades en nuestra sociedad y en nuestros planes de estudios, si tuviésemos que juzgar por las novedades que, año tras año, se siguen publicando sobre las antiguas Grecia y Roma, constataríamos el interés que sigue suscitando el mundo clásico, en el que reconocemos invariablemente el origen de nuestra cultura. Es un eterno retorno: desde la idea de ciudadanía a las artes o los géneros literarios, seguimos mirándonos en los modelos clásicos como en un espejo familiar. Su vigencia se constata cada día, incluso en nuestras actuales circunstancias excepcionales: son textos casi oraculares, de consulta siempre pertinente. Merece la pena detenerse a pensar en los clásicos como aquellos textos que nunca nos terminan de decir lo que tienen que decir, como escribía Ítalo Calvino en Por qué leer los clásicos”.

La sinopsis del libro de Settis explica el sentido de su obra: “Para encontrar identidad y fuerza, cada época ha inventado una idea distinta de “clásico”. Así, lo “clásico” concierne siempre no sólo al pasado, sino también al presente y a una visión del futuro. Para darle forma al mundo de mañana es necesario repensar nuestras múltiples raíces. ¿Por qué la heroína de un famoso manga japonés se llama Nausícaa? ¿Por qué tras el 11 de septiembre de 2001 el mulá Omar comparó a América con Polifemo, «un gigante cegado por un enemigo al que no sabe nombrar», por un Nadie? ¿Debemos quedarnos desconcertados por estas citas –si creemos que Homero es más “nuestro” que de los japoneses o los musulmanes– o vale más que reflexionemos sobre la intensidad y la eficacia de unas citas que vienen de tan lejos? Salvatore Settis recorre los senderos de la historia del arte, desde los rascacielos americanos posmodernos hasta los romanos y los griegos, para mostrar cómo ha cambiado la idea de lo “clásico” a lo largo de los siglos, en una estrecha comparación entre antiguos y “modernos” llevada a cabo siempre en función del presente, como un duelo entre interpretaciones opuestas del pasado y del futuro. Ninguna civilización puede pensarse a sí misma si no dispone de otras sociedades que le sirvan de término de comparación, de otro lugar en el tiempo (griegos y romanos) y de otro lugar en el espacio (las civilizaciones extraeuropeas). Cuanto mejor sepamos mirar lo “clásico” no como una herencia muerta que nos pertenece sin merecerla sino como algo sorprendente, que tenemos que reconquistar todos los días, como un potente estímulo para entender lo “diverso”, tanto más sabremos formar a las nuevas generaciones para el futuro”.

Quien sigue de cerca este cuaderno digital sabe de mi admiración de la obra de Ítalo Calvino, un clásico entre los clásicos, hasta el punto de que es un hilo conductor continuo, porque el mero hecho de enfrentarme ante la hoja en blanco a diario me recuerda el compromiso que adquirí hace casi dieciséis años al comenzar a escribir en este blog: si tengo la oportunidad de decir algo, cada día, debo procurar que sea algo especial. Esa es la razón de por qué me acerco hoy de nuevo a él, a través de una obra preciosa que me acompaña desde hace muchos años, ¿Por qué leer los clásicos? (2), en el que ofrece catorce razones para leer a estos autores, que deben ser leídas sin dejar ninguna atrás. Lo recomiendo encarecidamente como se decía en mi casa ante misiones culturales aparentemente imposibles e inútiles, entre las que destaco hoy la tercera, una vez llegado este momento de frecuentar el futuro imperfecto de nuestra vida: “Debe haber, por tanto, un momento en la vida adulta dedicada a revisar los libros más importantes de nuestra juventud. Hay grandes clásicos que ejercen una influencia tan particular en nosotros que se niegan a ser erradicados de la mente escondiéndose en los pliegues de la memoria, camuflándose como el inconsciente colectivo o individual. Es por ello por lo que deben releerse una vez alcanzamos la madurez. Incluso si los libros siguen siendo los mismos (aunque ellos no cambian, a la luz de una perspectiva histórica alterada), sin duda nosotros sí hemos cambiado, y nuestro encuentro con esa misma lectura será una cosa totalmente nueva. En realidad podríamos decir: 4 [cuarta razón]. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”. 

Traigo a colación esta reflexión porque sigo frecuentando mucho la lectura y seguimiento activo de los clásicos en la literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, la religión y otras artes y creencias clásicas dignas de guardar, sin dejar de hacerlo también con el futuro en este terco presente, siguiendo la recomendación del Dr. Cardoso a Pereira, que aprendí en Sostiene Pereira de Tabucchi: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira”. Se lo debo a profesores y profesoras que he tenido a lo largo de mi vida, auténticos maestros y maestras, que me enseñaron la forma de aprehender la belleza de su pensamiento, de su pintura, de su capacidad de representación escénica de la vida, de su forma de componer obras musicales inolvidables, de sus creencias, de su alma, de su belleza interior como personas clásicas. A veces, no populares, por supuesto.

(1) Hernández de la Fuente, David, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy, 2021. Barcelona: Ariel.

(2) Calvino, Ítalo, ¿Por qué leer los clásicos?, 2012. Madrid: Siruela.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Ética para la postpandemia

Sevilla, 12/XI/2021

Markus Gabriel, un filósofo alemán de vanguardia y representante destacado del Nuevo Realismo, catedrático de epistemología, filosofía moderna y contemporánea en la Universidad de Bonn, director del Centro Internacional de Filosofía (International Center for Philosophy NRW) y del Centro para la Ciencia y el Pensamiento (Center for Science and Thought) en la Universidad de Bonn, que cuida el intercambio interdisciplinario entre la filosofía y las ciencias naturales para encontrar soluciones productivas y sostenibles a varias de las cuestiones más urgentes de nuestro tiempo, acaba de publicar en su traducción española un libro de gran interés para este tiempo de postpandemia, Ética para tiempos oscuros. Valores universales para el siglo XXI (1), donde según la sinopsis oficial de la editora “analiza los grandes problemas humanos de estos tiempos oscuros: la amenaza a la democracia por parte de la ultraderecha, la xenofobia, el populismo, la coerción a la libertad y al pensamiento a través de la digitalización a ultranza y la obsesión con la tecnología, el consumismo desaforado y los retos de nuestro entorno, en especial, el coronavirus y el cambio climático. Para poder enfrentarnos a ellos necesitamos recuperar los valores universales nacidos de la Ilustración, y la filosofía será una herramienta fundamental para crear una sociedad más libre y justa, capaz de desafiar a los retos del siglo XXI!”. Considero, por tanto, de indudable interés su lectura en tiempos de postpandemia, tiempos oscuros y difíciles por definición.

Voy a leer este libro con la ilusión de dar sentido a mi vida después de una pausa ética, que tanto necesitamos. Lo escribí al comenzar este año, porque estamos haciendo un camino muy largo en tiempos de postpandemia, una singladura ciclópea en su fondo y forma. Es una ocasión para hacer esta pausa acompañado por Gabriel Markus y descubrir de nuevo el poder de la ética, en su justo sentido, tal y como la he venido definiendo a lo largo de los años en páginas especiales de este cuaderno digital que busca islas desconocidas. La ética que he aprendido y enseñado en mis tiempos académicos ha sido siempre la situación que nos interroga en nuestra persona de todos y en la de secreto, para alcanzar un objetivo que nos haga ser más felices viviendo con sentido lo que hacemos a diario. La he definido siempre como el suelo firme que justifica nuestra existencia, es decir, la solería que ponemos a lo largo de la vida y sobre la que pisamos a diario para seguir viviendo con justificación de lo que hacemos, no mero ajustamiento, tal y como me lo enseñó el profesor López-Aranguren hace ya muchos años, cuando comparaba la ética al suelo firme que justifica todos los actos humanos a lo largo de la vida: es la “raíz de la que brotan todos los actos humanos, o todavía mejor, el suelo firme que justifica dichos actos, en definitiva, una forma de vida”. Y es verdad, porque la ética no debería estar sometida a la moda o al mercado, como una mercancía más, como sucede ahora, porque bien entendida es una actitud permanente ante la vida personal y social, pública y privada, sostenida en el tiempo que corresponda vivir a cada uno, es decir, una forma de vida.

Siguiendo al pie de la letra a Cavafis, cada uno de nosotros nos podemos convertir en un Ulises redivivo y pensar que esta dura etapa de la postpandemia es sólo eso, una etapa, un alto en un puerto hasta ahora desconocido, porque el viaje es muy largo: Ten siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin esperar a que Ítaca te enriquezca. También acudo a Benedetti cuando hago esta pausa para escribir en este largo viaje ético a mi Ítaca particular, porque él siempre supo poner hermosura a la vertiente más triste de la vida, como puede ser ahora en este momento tan difícil de la salida del túnel de la pandemia y porque nos ofreció una forma de entender las necesarias pausas en el caminar diario personal, familiar, profesional y social con altura de miras éticas hacia la Ítaca de cada uno: De vez en cuando hay que hacer una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades.

Es verdad que solo necesitamos hacer pausas de vez en cuando y no tanto rebobinar, porque no queremos perder el sentido de la vida. Es lo que Herman Hesse llamaba obstinación, una virtud, a la que admiraba mucho, una sola, porque es obediencia a una sola ley que lleva al “propio sentido” de la vida. Fundamentalmente, algo que necesitamos con urgencia: cantarnos las verdades sobre lo que nos pasa, pisando las baldosas que vamos poniendo en nuestra vida a modo de solería, que es lo único que justifica nuestros actos éticos para no tener que llorar las mentiras. Sin prisa, con pausa, buscando con ética personal y de situación la Ítaca que todos tenemos derecho a soñar y alcanzar algún día. Aunque ahora tengamos que luchar contra un cíclope llamado coronavirus, con ojos de huracán, al que venceremos si nuestro pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Porque hoy no olvidamos hacer una pausa Ética cuando navegamos a diario hacia cada Ítaca particular, que cuando llueve se moja como las demás al cruzar mares procelosos, a la que tenemos la legítima ilusión de llegar aunque ahora vivamos encerrados en una jaula de cristal.

Gabriel Markus habla en su libro, con rotundidad, de los peligros que nos acechan: “A los peligros de la crisis ecológica, así como de las nuevas guerras debidas a la potenciación del nacionalismo, que amenazan la vida de cientos de millones de personas, solo se les puede responder por medio del progreso moral. Ha llegado la hora de que el ser humano se acuerde de su capacidad moral y empiece a admitir que solo una cooperación global —que deje a un lado los egoísmos de los Estados nacionales— puede frenarnos en nuestro acercamiento cada vez más acelerado al precipicio de la historia mundial”. Y aborda determinadas respuestas a esta crisis galopante de valores, ofreciendo vías para alcanzar un nuevo progreso moral en el siglo XXI, entre las que destaca la detección de la nueva esclavitud humana que existe en la actualidad, el progreso y retroceso moral en tiempos de coronavirus, los límites que tiene el economicismo, arrojando una luz sobre una posible y necesaria pandemia metafísica. La Ética es hoy más necesaria que nunca, la ética de todos y para todos.

En la frase final de la Introducción del libro citado, declara el autor la intención al escribirlo y su hilo conductor: “La intolerancia radical, que tiene por objeto socavar por todos los medios posibles (incluida la violencia contra inocentes) las bases del Estado democrático de derecho, no es algo que uno deba tolerar. En consecuencia este libro se dirige a aquellas personas que sienten el deseo de abordar racionalmente —es decir, sin dejarse llevar tan solo por la propia opinión— la cuestión de si en estos tiempos oscuros hay hechos morales y un progreso moral, y de cómo podemos organizar un sistema de valores para el siglo XXI, sobre la base de los valores universales. Que esté creciendo la cantidad de personas que no se interesan por estas cuestiones forma parte del problema a cuya solución quisiera contribuir con estas reflexiones desde una perspectiva filosófica”. De ahí mi interés por divulgarlo, porque lo necesitamos ante los intolerantes y mediocres del Reino del Siempre Jamás, que están más cerca de nosotros de lo que parece a simple vista.

(1) Gabriel, Markus, Ética para tiempos oscuros. Valores universales para el siglo XXI, 2021. Barcelona: Pasado & Presente.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Las librerías son la atención primaria del alma

Sevilla, 11/XI/2021

Dedicado especialmente a la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, activista de las letras con alma. que obtuvo ayer el Premio Cervantes 2021,

Cuido el alma con la lectura de libros. Recuerdo que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C. Amo la lectura, los libros, las librerías y tengo un respeto casi reverencial a las personas que están detrás de cada página bien escrita, sobre todo con alma. De los que critican cada publicación y aconsejan su lectura. De cada persona que está detrás de este círculo virtuoso del libro en todas sus proyecciones posibles, librerías incluidas y sobre las que he escrito en muchas ocasiones en este cuaderno digital porque las admiro.

Escribo estas líneas porque hoy se celebra el Día de las Librerías, un lugar que es la antesala de las bibliotecas, a modo de atención primaria del alma, si consideramos lo manifestado anteriormente al considerar las citadas bibliotecas como lugares del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”. No olvido el mensaje de Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella, por su ilusión de poner una librería (que también tuve yo en una época de mi vida), que le jugaría al final una mala pasada por la invasión nazi en Italia, teniendo que explicar a su hijo Josué, de nombre hebreo, qué cartel van a poner en la librería para prohibir determinadas entradas como la que han leído al detenerse en un escaparate para ver un posible regalo para su madre: prohibida la entrada a hebreos y perros. Para quitar hierro a la dramática situación que está viviendo con su hijo, lo resuelve con una respuesta genial:

Josué: – Pero nosotros dejamos entrar a todo el mundo en la librería.
Guido: – ¡No, mañana mismo también pondremos un cartel! A ver dime algo que te caiga mal.
Josué: – Las arañas. ¿Y a ti?
Guido – ¡A mí, los visigodos! A partir de mañana vamos a poner un cartel que diga. “prohibida la entrada a las arañas y a los visigodos”. Me tienen frito los visigodos. Se acabó.

Guido era un judío pobre que tenía tres ilusiones en su vida humilde: abrir una librería, comprender bien a Schopenhauer (por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica pendular de la vida) y saber distinguir el norte del sur (que también existe). Todo quedaría en nada excepto su dignidad humana y el ejemplo para su hijo en el campo de concentración, sin libros ya, casi sin nada. En la celebración del Día de la Librerías, estas palabras son un pequeño homenaje a los libros con alma y a Guido Orefice, un librero digno, como tantos miles que en este país, en esta Comunidad, intentan abrir sus puertas todos los días, para una comprensión de la vida diferente, porque casi todo está en los libros, hasta la posibilidad de ser más felices en tiempos de coronavirus.

Hay silencios al leer que hablan por sí solos y que cuidan con mimo nuestra alma. Es el motivo principal de por qué se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que muchas veces no lo sabemos hacer. Quizás hemos aprendido bastante sobre el placer útil de la lectura durante la pandemia, sobre todo para que no enfermemos del alma. El alma busca siempre refugio en la dignidad humana, un cortafuegos que suele encontrar su sitio en libros preciosos para comprender la imprescindible condición humana de la libertad. Para que no se olvide en un día tan importante como hoy.

Las librerías son la atención primaria del alma y la lectura de los libros que compramos es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte que casi todo lo cura, porque casi todo está en los libros. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible porque, aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida. Maravilloso, porque en tiempos de silencio ético y cultural es necesario acudir a las librerías y a las bibliotecas (incluidas las nuestras), salvando lo que haya que salvar, porque es verdad que a lo largo de nuestra vida necesitamos acudir al médico de atención primaria o al especialista… en las clínicas del alma.

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¡Bienvenido, Black Friday! (III)


Americanos, vienen a España gordos y sanos
Viva el tronío y viva un pueblo con poderío
Olé Virginia y Michigan
Y viva Texas que no está mal, […] no está mal.

Bienvenido Mr. Marshall (1953)

Sevilla, 10/XI/2021

Como dije hace tres años…, vuelvo a exclamar con cierta desazón ¡Bienvenido Black Friday!, rememorando cómo este país acogió el siglo pasado, en plena dictadura, la influencia «salvadora», no inocente, de Estados Unidos, salvando lo que haya que salvar (valga la redundancia) en la llamada «nueva normalidad» y como símbolo del hiperconsumo desenfrenado. Al mismo tiempo, aplicando el principio de realidad a lo que está pasando y estamos viendo a diario, el Banco de Alimentos tiene que alimentar a más millones de personas en este país por haber alcanzado cifras insufribles de pobreza severa, la naturaleza sufre más que nunca por el cambio climático y el hiperconsumo de importación nos invade como justificación del funcionamiento ordinario del capital, asustándonos a diario además porque la escasez es un enemigo que acecha y es probable que de los productos deseados, no haya «para todos», teledirigidos eso sí por el Mercado como simple mercancía.

Lo he escrito recientemente: los agoreros mayores del Reino vienen anunciando desde hace unas semanas que estamos muy cerca de un gran apagón mundial (las linternas harán su Navidad) y de una escasez de productos galopante, incluidos los básicos de alimentación y de todo tipo. Dicen que los primeros avisos los podremos constatar en el próximo Viernes Negro (Black Friday), en el que faltarán productos electrónicos y de consumo por la escasez de semiconductores que les permitan funcionar, porque hay escasez de sus componentes básicos. Además, la electricidad está por las nubes, nunca mejor dicho, porque no llueve y la producción de este bien básico depende de este líquido elemento también, entre otras fuentes de generación más sofisticadas. En resumen, no salimos de una encrucijada mortal como ha sido la pandemia y ya nos tenemos que enfrentar a otras dos que son un órdago a la responsabilidad humana en relación con el consumo como determinante común, un hábito que se instaló con el capitalismo y que el desarrollo industrial y las ideologías practicadas en política universal no han logrado combatir en su justo sentido, inmersos en una espiral del mundo al revés, que demuestra que algo hay que hacer urgentemente para contener este loco mundo del que cada vez cuesta más bajarse, a pesar de las recomendaciones de Groucho Marx, hace ya muchos años, cuando lo intentó y no pudo hacerlo para desesperación de sus seguidores.

Así lo escribí también hace tres años y así lo reproduzco hoy, con una aparente normalidad que cada vez nos hace menos iguales ante los desafíos del capital. Eduardo Galeano tenía razón al describir el poder del consumo en el mundo al revés: «En esta civilización, donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos, los fines han sido secuestrados por los medios: las cosas te compran, el automóvil te maneja, la computadora te programa, la TV te ve. Globalizaciónbobalización Hasta hace algunos años, el hombre que no debía nada a nadie era un virtuoso ejemplo de honestidad y vida laboriosa. Hoy, es un extraterrestre. Quien no debe, no es. Debo, luego existo». 

Mientras más de dos millones de personas esperaban el sábado pasado un día particular, sin ningún color especial, para poder alimentarse con dignidad durante varias semanas, sin americanismo alguno, gracias a la solidaridad ciudadana con el Banco de Alimentos en todo el país, otros millones importan una iniciativa, Black Friday, en una respuesta compulsiva para no perder la maratón particular del consumo.

Es curioso constatar cómo el Mercado [sic] crea su propio ecosistema a nivel mundial, para crear necesidad de consumo donde no existe la necesidad realmente. El síndrome de la última versión, en tecnología o en moda lista para llevar, porque nos convencemos que lo último de lo último nos estaba esperando en la estantería correspondiente un día como hoy y que lo más barato hay que comprarlo con urgencia para “no ser tontos”, según el eslogan de turno, acaba haciendo estragos en las maltrechas economías de muchas familias.

Sé que estas reflexiones se pueden interpretar como una salida de tono sobre el principio de realidad de lo que está pasando y estamos viendo, pero sigo defendiendo que no es lo mismo valor que precio de lo que realmente necesitamos, como suele confundir todo necio. Además, la dignidad de la vida sencilla está por encima de las mercancías, que a toda costa intentan vendernos los nuevos Míster Marshall que merodean por nuestro país vestidos curiosamente de negro, el color del viernes que intentan justificar como necesario para ser felices. Con su tronío y poderío, porque España… ya sabemos que no es de librerías.

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Noviembre, ¿mes de la calidad?

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He ofendido a Dios y a la humanidad porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía haber tenido.

Leonardo da Vinci (1452-1519)

Sevilla, 9/XI/2021

Faltan días en los calendarios para celebrar los más diversos acontecimientos que controla la economía de mercado, en un control laico del santoral católico, muy activo a lo largo de los siglos, donde todos los «santos» tenían trabajo encomendado en «su día» y cada vez que se les tuviera presentes, incluso como abogados de causas imposibles, que ya es decir.. Consumimos más con ocasión de la celebración de trescientos sesenta y cinco días de todo lo que se mueve o celebra en un año en el mundo, en días especiales y en algún caso se acumula el consumo de forma asombrosa como ocurre en el Black Friday de este mes. Por esta razón, me llama la atención que se promocionen meses de lo que sea ante el agotamiento del calendario anual, a lo que siguen y seguirán años, lustros y así sucesivamente hasta llegar a siglos y eras.

En esta vorágine de celebraciones con frenesí propio, hay que agregar en noviembre la del mes de la calidad. Nació la idea en Japón, en el año 1959, con motivo de la celebración del décimo aniversario de la revista «Control Estadístico de Calidad». No se ha promocionado mucho y es raro ver campañas publicitarias en tal sentido. Sería bueno rescatarlo en este país, como signo de que preocupa la aplicación de los grandes principios de la calidad en cualquier terreno humano. España tiene fama de chapucera en muchos órdenes y es un clamor popular que se descuida la calidad en muchos terrenos en los que nos movemos a diario, sobre todo por culpa de la mediocridad que nos invade por tierra, mar y aire.

La calidad debe ser el resultado de una actitud personal o laboral ante cualquier acontecimiento de la vida. Es curioso que en una sociedad donde proliferan los cursos de calidad por doquier, se constata que es una gran ausente en la vida ordinaria. El problema radica en que se ha convertido en un estándar más de promoción, con sello incluido y certificados ostentosos, pero no una actitud que complemente el conocimiento y la aptitud para desarrollarla desde el comienzo del ciclo educativo en la vida escolar y universitaria. La calidad no es un sello, sino una actitud continua en el tiempo que hay que aplicar en todos los órdenes de la vida. Un ejemplo contundente es el relacionado con el turismo en este país. Este año vamos a celebrar el éxito después de la pandemia, pero las estadísticas nos ofrecen datos alarmantes de estándares de calidad que aprecian o no los que nos visitan, vinculados inexorablemente a la falta de criterios de sostenibilidad, falta de profesionalidad y alta precariedad en el empleo.

En el ámbito educativo pasa lo mismo. Las encuestas internacionales ponen a este país en su sitio y no es esplendoroso que digamos por sus resultados en diversas áreas de conocimiento. Si nos referimos a la transparencia pública, igual. En el terreno de la política, mejor no hablar, porque los hechos demuestran que la calidad brilla por su ausencia en el terreno de la ejemplaridad de algunos políticos (todos no son iguales) que derrochan mediocridad a diario que se acaba convirtiendo en un estándar político, obteniendo en todo caso el sello «M» de mediocridad y no «C» de calidad.

Noviembre se convierte en un mes para reflexionar sobre qué tipo de calidad practicamos y usamos a diario. Con un Estado que debería buscarla apasionadamente como actividad diaria y sin necesidad de que lo tuviéramos que recordar en un mes con clases prácticas de mercado, porque no es eso, es simplemente un derecho y deber del Estado y también de la ciudadanía que la sustenta y la sufre a diario. Porque debería darnos miedo la mediocridad galopante que nos rodea.

Quizás haya que recordar hoy o en este mes de la calidad, especialmente, la frase de Leonardo da Vinci que encabeza estas líneas, como reflexión de todos y de cada uno en particular: he ofendido a Dios y a la humanidad porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía haber tenido. Sería una forma excelente de comenzar a «celebrar» con dignidad el carpe diem de cada uno, bastándole a cada día su propio afán de calidad, tal y como la entendieron nuestros antepasados al referirse a las «cosas vendibles» y que aún perdura hoy día: «el ser y la bondad de las cosas, el estado actual de ellas, así en el género o especie de su constitución, como en otros requisitos y circunstancias que concurren para ser buenas o no reputadas como tales» (RAE A 1729, pag:67,1).

Publicado por primera vez en Sevilla, el 5 de noviembre de 2017 y modificado hoy en su contexto actual.

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Elogio de la amabilidad

Sevilla, 8/XI/2021

Hace tan sólo un año que escribí sobre la amabilidad, como actitud que es capaz de reconciliar todo. Era un artículo necesario en los días en los que estábamos en la frontera de la nueva o antigua normalidad, según quién lo mirara, que llevaba por título Amables, por cierto, como sinónimo de felices, también “por cierto”. Vuelvo a publicarlo porque creo que necesitamos reflexionar sobre algo que ya entendieron nuestros antepasados y así lo recogieron en sus discursos y en sus obras: la verdad, cuando es verdadera, es amable. Ahora, más que nunca, ante tanta mentira, verdades a medias y posverdades que lo inundan todo. Afortunadamente, porque desde la perspectiva de un ser humano singular y corriente, como es mi caso, que hace millones de años sorprendió al dios correspondiente como una creación “muy” buena, estoy convencido en este aquí y ahora de que merece la pena vivir amablemente, por cierto.

Amables, por cierto

Amabilidad es una palabra amable, aunque suene a tautología. Esta palabra, junto a amable y amablemente formaron una tríada que se divulgó, brilló, fijó y dio esplendor en el siglo XVIII en este país a través de mi admirado Diccionario de Autoridades (1726, 256, 2 y 257,1). Cada una de ellas aportó una forma de entender determinados comportamientos de las personas que hacían más fácil vivir con los demás. Amabilidad (sustantivo femenino) se definía como “suavidad en el trato, afabilidad, dulzura y atractivo”. Amable (adjetivo), como “La Persona que por su natural dócil, suave, apacible y cariñoso se concilia la común estimación, aprecio y amor […] Y también se entiende y dice de la cosa que es digna de atención y aprecio: como la virtud, la verdad es amable”. Por último, amablemente (adverbio), “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”.

En estos días difíciles de la normalidad anormal después del estado de alarma, sigo empeñado en una búsqueda constante de personas, cosas y noticias amables, que me enseñen a ser cada día más afable y de que se traten determinados asuntos que tanto nos preocupan en la actualidad “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”. No es cuestión de vivir en una burbuja sino de encontrar contextos amables en casi todo lo que se mueve. Lo necesitamos. Lo necesito con ardiente impaciencia, porque el país necesita urgentemente liderazgo amable desde la perspectiva de sus gobernantes, cuestión no baladí desde la perspectiva ciudadana: “Muchos políticos pretenden cabalgar hasta lo más alto a lomos de la dureza del discurso, el lenguaje aguerrido contra el adversario y la retórica beligerante. Sin embargo, la cortesía, las palabras cálidas y el vapuleado talante quizá sean más provechosos en las urnas”. Así se reflejó en un estudio científico llevado a cabo en el Congreso americano en 2015, de rabiosa actualidad salvando lo que haya que salvar, con un análisis de 124 millones de palabras expresadas por sus cargos electos durante las últimas dos décadas: “Los investigadores buscaron términos como “afecto”, “cuidar”, “cortesía”, “derechos”, “igualdad”, “humano”, “escuchar”, “compartir”, “solidario” hasta completar una lista de 127 palabras (o raíz) que tienden a transmitir contenidos en favor de los intereses colectivos y la armonía entre personas. Al comparar mes a mes la proporción de estas palabras en los discursos con las encuestas de valoración de los políticos que las usaban —o no— se observa una “impresionante coincidencia”, según los investigadores que publican este estudio en PNAS. Las palabras que pronosticaron con más fuerza la aprobación del público por su uso fueron “amable”, “involucrar”, “educar”, “contribuir”, “preocupado”, “dar”, “tolerar”, “confianza” y “cooperar” (1). Ser o no ser amables en política, esa es la cuestión que después se traduce o no en votos.

Recuerdo sobre todo en este contexto un discurso que pronunció en 2013, en la Universidad de Syracusa, el escritor y profesor George Saunders, que se hizo viral a través de su publicación en el The New York Times. Tuvo tanta repercusión mundial -más de un millón de lectores-, que se publicó posteriormente en formato libro bajo el título Felicidades, por cierto (2), del que quiero entresacar algunas reflexiones en torno a su hilo conductor: la amabilidad.

En el discurso citado, la amabilidad y no tanto la bondad (desde mi punto de vista no son lo mismo), nace en una historia que cuenta Saunders que le sucedió en su vida y ante una pregunta directa ¿de qué te arrepientes? Es el relato sobre Ellen (nombre ficticio), una chica tímida que se incorporó a su clase de séptimo curso, con unas gafas azules de ojo de gato que en ese momento llevaban sobre todo las mujeres mayores. Tenía la costumbre de que cuando se ponía nerviosa se metía un mechón de pelo en la boca, con la apariencia de mordisquearlo. La realidad es que ella convivía con nosotros en el barrio y era ignorada por la mayoría de la clase, aguantando todo tipo de preguntas impertinentes y burlas. Saunders sabía que esta situación le hacía daño, que ella lo mostraba con los ojos caídos y tratando siempre de desaparecer. Siempre pensé que ella, en su casa, le contaría a su madre que todo estaba bien en la escuela y que tenía amigos. La realidad es que siempre estaba sola. Se fueron del barrio y la realidad es que fue una historia en la que no había nada más, sin otro tipo de vejaciones más allá de las narradas. Un caso perfecto de bullying. Un día venía a clase, otro no y así hasta que la familia se mudó definitivamente del barrio. Así acababa la historia contada a aquellos alumnos de graduación en Siracusa, al iniciar el discurso.

Saunders no olvidó nunca esa situación y no porque él fuera agresivo con Ellen sino todo lo contrario: fue muy amable con ella, incluso la defendió en alguna ocasión, sobre todo por lo que significaba en su vida los fracasos por la falta de amabilidad y bondad, en esos momentos en los que otro ser humano, que estaba cerca, frente a él, sufriendo, sin una respuesta por su parte, sólo con timidez también, de forma reservada, sin un compromiso de defensa y apoyo verdadero. Sobre todo porque visto desde otro ángulo de la vida pasada, los mejores recuerdos los tenemos de las personas que se portaron siempre de forma amable con nosotros.

A partir de esta reflexión última, centra su discurso en una defensa a ultranza de la amabilidad, de las personas amables y de lo que significa actuar amablemente en la vida de cada persona, haciéndose una pregunta crucial: ¿Cuál es nuestro problema?  ¿Por qué no somos más amables? Probablemente, por el egoísmo grabado a fuego durante nuestra existencia, dando prioridad a nuestras necesidades de forma prioritaria sobre las de los demás. Lo estamos viendo a diario con el comportamiento individual y social, sobre todo de los más jóvenes, ante el coronavirus, en una actitud sorprendente y con una ausencia plena de amabilidad en relación con las familias y con las personas más vulnerables de la sociedad.

La segunda pregunta del millón de dólares sería ¿qué hacer? A partir de aquí y en tan sólo tres minutos plantea varias respuestas. En primer lugar, hay que saber distinguir entre lo que reconocemos como Alta Amabilidad y Baja Amabilidad en nuestras vidas. Es algo parecido a la elaboración de un listado de acciones amables y no amables que identificamos en el acontecer diario. Es probable que en la medida que avanzamos en el camino de la vida podamos un día llegar a ser más amables por las propias enseñanzas que nos ofrece la experiencia de vivir, de la vida. Saunders lo reconoce: la mayoría de las personas, a medida que envejecen, se vuelven menos egoístas y más amorosas. La experiencia de tener hijos es una de las oportunidades para valorar no tanto lo que nos suceda a nosotros sino lo que les suceda a ellos. Es el momento que da el título a su libro, Felicidades, por cierto, en frase textual del autor, porque las personas que en ese momento se gradúan han alcanzado un éxito muy querido por los padres o tutores.

La vida continúa después de la graduación y se llega a ese momento después de un largo caminar sobre ilusiones y sueños: hay que intentar ser más amables. Tener éxito en la vida no lo es todo: es como una montaña que sigue creciendo por delante de nosotros a medida que se camina y existe el peligro real de que “tener éxito” ocupe toda la vida, mientras que se desatienden las grandes preguntas. A partir de aquí, ofrece unos consejos: hay que empezar ya a cambiar de actitud, sobre todo desterrar el egoísmo, tomando conciencia de que existe el remedio para curar esta enfermedad individual y social, buscando desesperadamente los mejores remedios para vencerla.

En la vida hay tiempo para hacer muchas cosas y él las enumera a título indicativo, no exhaustivo, pero haciéndolo siempre en la dirección correcta, es decir, en la de la amabilidad. Finaliza con un mensaje aleccionador: “Y algún día, dentro de 80 años, cuando tengáis cien y yo ciento treinta y cuatro, y todos seamos tan afectuosos y amables que casi no se nos pueda aguantar, escribidme unas líneas para contarme cómo os ha ido la vida. Y confío en que me digáis que ha sido maravillosa”.

Cuando lo que nos rodea nos inquieta en estos momentos de desconcierto mundial por la propagación de la epidemia de la COV ID-19, estamos obligatoriamente obligados a descubrir que debemos ser más amables cada día, llenar de amabilidad nuestras vidas y pensar amablemente en que otro mundo es posible. Todavía atesoramos tiempo, convirtiéndose paradójicamente en un regalo muy preciado en estos momentos en los que acusamos su falta proverbial. Recuerdo que el Eclesiastés (Qohélet) no pensaba así, porque nos dice que tenemos hasta 27 oportunidades para disfrutar de él a lo largo de la vida, eso sí siendo amables en un mundo que necesita amabilidad para poder vivir amablemente todos los días: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Al final, lo que necesitamos es decirnos, como los alumnos de la graduación de Saunders, que la vida amable es maravillosa y que la verdad es lo más amable que podemos experimentar en tiempos difíciles. En España, desde el siglo XVIII, así lo entendieron también nuestros mayores.

(1) https://elpais.com/elpais/2015/05/20/ciencia/1432116127_854469.html

(2) Saunders, George, Felicidades, por cierto, 2020. Barcelona: Planeta / Seix Barral.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La Conferencia de Glasgow (COP26) tratará sobre una traición humanitaria en este mundo al revés

COP26 / New York Times

[…] con sus predicadores
sus gases que envenenan
su escuela de chicago
sus dueños de la tierra
con sus trapos de lujo
y su pobre osamenta
sus defensas gastadas
sus gastos de defensa
con su gesta invasora
el norte es el que ordena 
[…]

Mario Benedetti, El Sur también existe

Sevilla, 7/XI/2021

El 31 de octubre se inauguró en Glasgow (Escocia) la Conferencia de las Naciones (Partes, en inglés), conocida a nivel mundial como COP, en su 26ª edición, que se clausurará el 12 de noviembre y a la que asisten en esta ocasión 130 Jefes de Estado, aunque con ausencias clamorosas como las de los presidentes Xi Jinping, de China, Jair Bolsonaro, de Brasil, y Vladimir Putin, de Rusia. Esta Conferencia se configura como un seguimiento de los acuerdos de las 197 naciones que accedieron a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en una reunión celebrada en 1992. Fue la primera vez que se abordó “la peligrosa interferencia humana en el sistema climático” y la forma de estabilizar los niveles de las emisiones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, aunque la primera COP se llevó a cabo en Berlín en 1995, después de que una masa crítica de naciones ratificara la convención del clima citada. Pero quizás fue la Conferencia de 2015 la que propició formalmente el Acuerdo de París, considerado a nivel mundial como revolucionario, porque por primera vez, los países ricos y pobres accedieron a actuar, aunque fuera a diferentes ritmos, para hacer un frente común ante los efectos palpables del cambio climático.

Un objetivo fundamental de esta Conferencia es limitar el aumento de la temperatura global a menos de 1,5 grados, para volver a una situación que ahora parece como utópica, si lo relacionamos con los niveles previos a la Revolución industrial. El calentamiento global es una realidad palmaria y estamos avisados: si la temperatura sigue subiendo, el calentamiento global se traducirá a olas de calor, escasez de agua, malas cosechas y el colapso de los ecosistemas que dan vida al Universo. La activista Greta Thunberg me lo recordó el lunes pasado, con estas palabras:

La humanidad no está consiguiendo detener la crisis climática. Ahora ya es más que urgente y el planeta está pidiendo ayuda a gritos. En estos momentos, los dirigentes mundiales están reunidos en una cumbre histórica para hablar sobre el clima — pero no vamos a tolerar más promesas sin medidas concretas. Necesitamos unos líderes decididos y visionarios que hagan de una vez por todas lo que haga falta para alejarnos del abismo. Acudiré a las charlas con algunas líderes juveniles inspiradoras como Vanessa Nakate y Dominika Lasota. Nos reuniremos personalmente con decenas de gobiernos — es una oportunidad de oro para transmitir un llamamiento urgente a la acción. Únete a nosotras: suma tu nombre con un solo clic y compártelo”.

Cuando escribo estas palabras, mi firma es la 1.777.079, cerca del objetivo de que antes de que finalice la COP26, Greta Thunberg, junto a Vanessa Nakate y Dominika Lasota, entregarán a las autoridades mundiales mas de dos millones de firmas con un manifiesto claro y contundente. Ella misma afirma en su petición que “Puede parecer increíblemente duro mantener viva la esperanza frente a la inacción. Pero la mía está depositada en las personas — en las millones de voces que están alzándose para salvar nuestro futuro. Mi esperanza está puesta en nuestras marchas, en nuestra determinación férrea a seguir luchando y en nuestras voces trémulas cuando le cantamos las verdades al poder. Mi esperanza radica en la acción y se nutre del amor por la humanidad y nuestro bellísimo planeta. Es la que me mantiene absolutamente convencida de que podemos conseguirlo. Y de que debemos hacerlo. Todos juntos”.

https://secure.avaaz.org/campaign/es/climate_action_now_loc/?cEJVUob

Lo más importante figura en el manifiesto que he firmado solidariamente con las demás personas, cerca de Greta Thumberg, como símbolo claro de lo que las nuevas generaciones piden de forma clara ante los gobiernos del mundo sobre la emergencia climática y que recojo textualmente a continuación:

A los líderes mundiales:

«Traición».


Así es como la juventud de todo el mundo describe el fracaso de nuestros gobiernos en la reducción de las emisiones de carbono. Y no es ninguna sorpresa.

Estamos catastróficamente lejos del objetivo crucial de los 1,5ºC y, aun así, los gobiernos de todo el mundo siguen acelerando la crisis y gastando miles de millones en combustibles fósiles.

Esto no es ningún simulacro. Es una alerta roja para la Tierra. Millones de personas sufrirán mientras nuestro planeta se destruye — un futuro aterrador que podría concretarse, o evitarse, en función de sus decisiones. En sus manos está el poder de decidir.

Como ciudadanas del planeta, les rogamos que afronten la emergencia climática. No el año que viene. Ni el próximo mes. Ahora mismo:

  • No abandonar el objetivo del 1,5 º C y conseguir una reducción inmediata, drástica y sin precedentes de las emisiones anuales.
  • Cortar inmediatamente todas las inversiones, subsidios y proyectos relacionados con los combustibles fósiles, y detener nuevos proyectos de exploración y extracción.
  • Poner fin a la contabilidad del carbono «creativa» publicando las emisiones totales de todos los índices de consumo, las cadenas de producción y distribución, el transporte internacional aéreo o marítimo, y la combustión de la biomasa.
  • Hacer entrega de los 100 mil millones de dólares prometidos a los países más vulnerables, incluyendo fondos adicionales para enfrentar desastres climáticos.
  • Aprobar políticas climáticas para proteger a los trabajadores y a los más vulnerables, y reducir todas las formas de desigualdad

Podemos lograrlo. Todavía estamos a tiempo de evitar las peores consecuencias, si estamos preparados para el cambio. Esto requerirá de un liderazgo fuerte y visionario, y de una gran valentía — pero sepan ustedes que, cuando se pronuncien, contarán con el respaldo de miles de millones de personas.

Sinceramente, 

Greta desde Suecia, junto con Vanessa desde Uganda, Dominika desde Polonia y Mitzi desde Filipinas

FIRMA: https://secure.avaaz.org/campaign/es/climate_action_now_loc/?cEJVUob

Nos está permitido soñar, como tantas veces he manifestado en este blog. Hoy lo hago junto a Greta Thunberg, Vanessa Nakate y Dominika Lasota, soñadoras y portadoras de un mensaje claro y contundente de mujeres valientes, enigmáticas, cargadas de palabras que denuncian el amargo silencio cómplice mundial ante una realidad palmaria como es el calentamiento global, el cambio climático y el efecto invernadero, pero que siguen enfrentándose a los poderes fácticos para obligarlos a cambiar un mundo al revés diseñado por el enemigo, aunque todavía su cambio, no sólo climático, es posible. Todos juntos.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de ¿Qué es la COP 26? Y otras preguntas sobre la gran cumbre climática de la ONU – The New York Times (nytimes.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Apagón y escasez, dos realidades ya presentes en el mundo al revés

Siempre hacia adelante / DAR YASIN (AP) | 25-11-2011 / El ciclista, en medio de una espesa niebla, mira a cámara mientras no detiene su avance por una de las calles de Srinagar (India)

Sevilla, 6/XI/2021

Por las noches, para no ver, enciendo la luz (escuchado por Mercedes Ramírez)

Eduardo Galeano, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

Los agoreros mayores del Reino vienen anunciando desde hace unas semanas que estamos muy cerca de un gran apagón mundial y de una escasez de productos galopante, incluidos los básicos de alimentación y de todo tipo. Dicen que los primeros avisos los podremos constatar en el próximo Viernes Negro (Black Friday), en el que faltarán productos electrónicos y de consumo por la escasez de semiconductores que les permitan funcionar, porque hay escasez de sus componentes básicos. Además, la electricidad está por las nubes, nunca mejor dicho, porque no llueve y la producción de este bien básico depende de este líquido elemento también, entre otras fuentes de generación más sofisticadas. En resumen, no salimos de una encrucijada mortal como ha sido la pandemia y ya nos tenemos que enfrentar a otras dos que son un órdago a la responsabilidad humana en relación con el consumo como determinante común, un hábito que se instaló con el capitalismo y que el desarrollo industrial y las ideologías practicadas en política universal no han logrado combatir en su justo sentido, inmersos en una espiral del mundo al revés, que demuestra que algo hay que hacer urgentemente para contener este loco mundo del que cada vez cuesta más bajarse, a pesar de las recomendaciones de Groucho Marx, hace ya muchos años, cuando lo intentó y no pudo hacerlo para desesperación de sus seguidores.

Creo que estas dos realidades que se avecinan, el apagón mundial por zonas geográficas, así como la escasez progresiva de bienes de primera necesidad y de consumo, tienen una raíz única que consiste en la sobreexplotación de la naturaleza y sus recursos puestos al servicio de las personas. Los gobiernos de la Gran Aldea Mundial tienen la obligación de encarar con visión de Estado estas dos realidades y no alentarlas haciendo de coros nada angelicales de los poderosos de esta tierra, que deciden desde un ordenador portátil en el Este y en el Oeste, ya por este orden que hasta ahora no era así, es decir, desde China, Rusia y hasta Estados Unidos, que el mundo sufra por alguna de sus veleidades: cierre a discreción de suministro de gas y elección no inocente de sus rutas de distribución por parte de los países productores, al igual que con las fuentes de energías diversas, entre las que no puede faltar la electricidad y el petróleo, hasta llegar a los semiconductores para controlar la electrónica en general, como dueña silente del mundo al revés, no a demanda del consumidor sino del productor que tiene la sartén por el mango y el mango también.

El primer carril bici fluorescente del mundo, en Nuenen. El cielo estrellado de Van Gogh sobre el asfalto.

En un libro de Eduardo Galeano, Patas arriba. La escuela del mundo al revés, al abordar el autor el problema de la pedagogía de la soledad en la que nos encontramos los que descubrimos la situación real del mundo tal y como se presenta en la actualidad, plantea en el programa de estudios dos cuestiones a cual más importante: lecciones de la sociedad de consumo y curso intensivo de incomunicación. En la primera dice textualmente: “El suplicio de Tántalo atormenta a los pobres. Condenados a la sed y al hambre, están también condenados a contemplar los manjares que la publicidad ofrece. Cuando acerca la boca o estiran la mano, esas maravillas se alejan. Y si alguna atrapan, lanzándose al asalto, van a parar a la cárcel o al cementerio. Manjares de plástico, sueños de plástico. Es de plástico el paraíso que la televisión promete a todos y a pocos otorga. A su servicio estamos. En esta civilización, donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos, los fines han sido secuestrados por los medios: las cosas te compran, el automóvil te maneja, la computadora te programa, la TV te ve. Globalización, bobalización Hasta hace algunos años, el hombre que no debía nada a nadie era un virtuoso ejemplo de honestidad y vida laboriosa. Hoy, es un extraterrestre. Quien no debe, no es. Debo, luego existo. Quien no es digno de crédito, no merece nombre ni rostro: la tarjeta de crédito prueba el derecho a la existencia. Deudas: eso tiene quien nada tiene; alguna pata metida en esa trampa ha de tener cualquier persona o país que pertenezca a este mundo. El sistema productivo, convertido en sistema financiero, multiplica a los deudores para multiplicar a los consumidores. Don Carlos Marx, que hace más de un siglo se la vio venir, advirtió que la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la tendencia a la superproducción obligaban al sistema a crecer sin límites, y a extender hasta la locura el poder de los parásitos de la «moderna bancocracia», a la que definió como «una pandilla que no sabe nada de producción ni tiene nada que ver con ella». La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura del consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos, esta aventura empieza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo”.

Para abrir boca no esta mal y para abrir los ojos de una vez por todas tampoco. Lo que Galeano nos quiere decir ahora ante los dos enemigos públicos que nos presenta el capitalismo actual y tal como lo han estructurado, es que pobres somos todos ante estas realidades, según las categorías que él mismo explicó: “Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio, ni pueden comprarlo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas se han olvidado de volar. Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más libertad que la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión. Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas. Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos. Pobres, lo que se dicen pobres, son los que no saben que son pobres”.

Quizás ha llegado el momento de anunciar al mundo mundial que todos somos pobres según los designios de los poderes fácticos del mundo y que la mayor pobreza es la incomunicación que el capitalismo genera a través del dios consumo. Los avisos programados ya para el Black Friday son eso, sólo avisos de que siendo ricos somos pobres, que para ver de día vamos a tener que encender la luz del alma y que para no ver la noche que viene tendremos que encender la mejor luz que dispongamos, sobre todo la que tiene el tiempo dentro. Que el calor humano no se resuelve comprando de forma compulsiva cocinas de gas porque basta el enfado de Argelia para amargarnos la Navidad a poco que nos descuidemos. Es que, como Galeano nos enseña en su escuela del mundo al revés, ¿no tenemos en cuenta todavía que somos los más pobres del mundo, porque no sabemos el gran caleidoscopio de lo pobres que somos? Porque pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos ante los apagones mundiales de todo y ante la escasez de lo que la naturaleza nos entrega a veces a cambio de nada. La incomunicación total por definición.

Galeano finaliza sus clases sobre lecciones de la sociedad de consumo y curso intensivo de incomunicación, con una reflexión impecable, que leo una y mil veces en esta ardiente impaciencia ante el gran apagón mundial que se avecina y la escasez de todo que nos rodea por las esquinas del consumo: “Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los oídos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta. Los presidentes de los países del sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, un acto de magia que nos convertía a todos en prósperos miembros del reino del despilfarro, deberían ser procesados por estafa y por apología del crimen. Por estafa, porque prometen lo imposible. Si todos consumiéramos como consumen los exprimidores del mundo, nos quedaríamos sin mundo. Y por apología del crimen: este modelo de vida que se nos ofrece como un gran orgasmo de la vida, estos delirios del consumo que dicen ser la contraseña de la felicidad, nos están enfermando el alma y nos están dejando sin casa: aquella casa que el mundo quiso ser cuando todavía no era”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El Metaverso no será el nuevo Universo que quiere ser

Sevilla, 5/XI/2021

Hace unos días el fundador de Facebook descubrió la pólvora digital: el Metaverso. Todo será una realidad virtual y allí es donde hay que dirigir el dinero de unos pocos que controlan el mundo de otros muchos. Así lo enfocaba un artículo reciente en el diario El País: “El metaverso, la ‘nueva’ frontera de las grandes tecnológicas. Mark Zuckerberg pone bajo los focos el desarrollo de un universo virtual completo en el que se desarrollen los servicios y una economía multimillonaria”. La verdad es que con la que está cayendo, lo peor que nos puede ocurrir es que cada vez nos alejen más del principio de realidad en nuestras vidas, de nuestro Universo, del patio de nuestro universo como ciudadanos, que es muy particular, sabiendo que cuando llueve se moja como el de los demás.  Lo aprendí leyendo una pancarta en una manifestación de los trabajadores del sector automovilístico y de las máquinas de escribir electrónicas en Turín (Italia), en los años setenta del pasado siglo: «los hijos de los ricos siempre están cansados, los hijos de los pobres siempre están locos», para reivindicar otros espacios para la locura humana provocada por universos imposibles. O lo que es lo mismo ahora: los hijos de los que más tienen están cansados del Universo actual, necesitan el Metaverso; los hijos de los pobres y de los nadies de Galeano, no, porque no tendrán acceso a él, el mundo irreal de Zuckerberg y sus muchachos para ser felices y al que pondrán un alto precio. La razón de la razón digital se llama Metaverso virtual, porque sustituirá más pronto que tarde al Universo real. La razón del corazón…, sólo será «cosa de humanos».

Quizás porque pertenezco a una generación que siempre se ha debatido en términos pascalianos, es decir, que comprendimos muy jóvenes que todo en la vida se mueve en torno al cerebro y al corazón, es decir, que siempre hay una dialéctica entre la razón de la razón y la razón del corazón en los universos particulares que conviven con el Universo general, hay que comprender bien ahora que quiere decir Zuckerberg sobre su nuevo mundo, porque este planteamiento es de todo menos inocente. ¿A qué o a quién hay que obedecer? Si además hemos crecido en la cultura deontotónica del deber, el conflicto está servido, aunque aparentemente sea sólo digital, por supuesto (que no lo es).

Tantos años dedicados al examen de la persona de secreto que llevo dentro, tantos exámenes de conciencia que me han encogido el corazón (lo hacían más pequeño, por paradójico que parezca…) exigen ahora que le dé su sitio, una oportunidad en el Universo en el que me ha tocado vivir, con sus aciertos y sus errores. No necesito el Metaverso. Y no hay otra solución que crecer, crecer y crecer para demostrar al mundo que el primer motor inmóvil, es decir, un dios desconocido, aristotélico por más señas, necesita situarse en el corazón de las personas que continuamente están en el umbral de la encrucijada vital. ¿Para qué? Para seguir demostrando al mundo de uno mismo, de los demás y del universo (lo aprendí en alemán hace muchos años: eigenwelt, mitwelt, umwelt), que la razón del corazón hace a las personas más buenas en el sentido pleno de la palabra “bueno” en el Universo real, no ficticio como en el Metaverso, que a cada uno le ha tocado vivir. Más inteligentes también, porque son capaces de resolver sus problemas en el Universo real de cada día.

La Universidad de la Naturaleza, que de universos va la vida, da sus clases en la calle, en un entorno siempre cercano, que deberíamos rescatar antes de acudir al Metaverso enunciado, pensando un momento nada más en lo mal que está distribuida la riqueza del mundo y lo injusta que es esta situación que conocemos todos y sobre la que estamos avisados. Una de ellas, es lo que llamo la inteligencia emergente, que tenemos todos por definición en esencia y potencia, por mucho que al capital le duela. Indudablemente, porque todos los seres humanos, mujeres y hombres, niñas y niños, tenemos el recurso natural principal: la inteligencia emergente como estructura que siempre anda preocupada por organizarse espontáneamente, adaptándose permanentemente mediante retroalimentación positiva a determinadas situaciones propicias o adversas, pero con un fin común, vivir conforme a un plan que permite resolver problemas con un objetivo muy claro: ser felices. Y la ciudad es un patrón excelente para cooperar en esta búsqueda legítima de felicidad. O de infelicidad, por el urbanismo adverso, en la dialéctica vivienda/murienda (perdón por el neologismo). Corren tiempos, además, en los que los especuladores escondidos en fondos buitres de todo tipo, se suben de nuevo a los barcos de los que se tiraron cuando huían miserablemente en desbandada, cuando en los tiempos tan cercanos y actuales de crisis olieron la biomímica [biomímico no es cosechar los recursos de la naturaleza, sino sentarse a sus pies como estudiantes o la práctica de pedir prestados los diseños principales de la naturaleza para crear más productos y procesos sostenibles. porque ya no les salen las cuentas]. Y aquí y ahora, en el escolástico hic et nunc, podemos dar rienda suelta a las tesis de las aceras inteligentes y sociales en las ciudades, las que amaba la gran urbanista americana Jane Jacobs, porque cuando el dinero no corre, la inteligencia vuela. Emergente, por supuesto, porque se demuestra que lo que ocurre en las ciudades nunca nos es ajeno. Existen patrones escritos desde hace millones de años y las ciudades se reinventan permanentemente: “¿por qué ha triunfado el superorganismo de la ciudad sobre otras formas sociales? Como en el caso de otros insectos sociales, hay varios factores, pero uno crucial es que las ciudades, como las colonias de hormigas, poseen una inteligencia emergente: una habilidad para almacenar y recabar información, para reconocer y responder a patrones de conducta humanos. Contribuimos a esa inteligencia emergente, pero para nosotros es casi imposible percibir nuestra contribución porque vivimos en la escala incorrecta” (1). En definitiva, amar el Universo y transformarlo para vivir todos dignamente.

Otra experiencia es la que ha llevado a cabo el fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, en su descubrimiento paulatino del escenario auténtico del Génesis, donde se desarrolló el Universo actual y que lucha todos los días por enseñar a conservarlo, que conocí cuando se iniciaba el proyecto en 2005, bajo el título de Génesis, que él mismo explica en profundidad para amar el Universo actual, algo mágico y más profundo que el metaverso: “¿Para qué [lo hago]? Para emular el ojo de Dios, pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

Debemos amar el Universo actual porque la naturaleza nos invita todos los días a sentarnos a sus pies, como estudiantes en las aceras de nuestras ciudades, de la Universidad de la Vida, del Universo en el que vivimos, estamos y somos, tan real como la vida misma. Amar el mundo propio, el mundo que compartimos con los demás en la actividad familiar y laboral diaria y el Universo (umwelt) territorial y real en el que cada uno vive. Siempre nos valdrán los diseños prestados de la Naturaleza para que podamos disfrutar de nuevos productos sin tener que recurrir de forma teledirigida a los de la economía de mercado o virtual, no inocente, por supuesto. O al Metaverso de Zuckerberg, tampoco inocente por supuesto.

(1) Johnson, S. (2003). Sistemas emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software. Madrid: Turner-Fondo de Cultura Económica, pág. 90.

NOTA; la imagen se ha recuperado hoy de https://es.cointelegraph.com/news/the-metaverse-mark-zuckerberg-s-brave-new-world

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Los Conciertos de Brandeburgo, de J. S. Bach: cuando lo diferente siempre suena mejor al estar unido

Gustav Leonhardt, en el papel de J.S. Bach, en Crónica de Anna Magdalena Bach, 1967

Sevilla, 4/XI/2021

En este año, concretamente el pasado 24 de marzo, se ha cumplido el 300º aniversario de un hecho histórico: la presentación en sociedad de unos conciertos para muchos instrumentos (Six Concerts avec plusieurs instruments, en el original), compuestos por Johann Sebastian Bach en 1721 y que escucho siempre con respeto reverencial, que dedicó de forma no inocente al margrave (marqués) Christian Ludwig de Brandenburg-Schwendt (1677-1734), Su Alteza Real Mi Señor, hermano del Rey de Prusia, conocidos desde su redescubrimiento en 1849, como los Conciertos de Brandenburgo (Brandeburgo, en correcto español). Para mí es una obra sublime del barroco, de la que conservo en mi memoria de hipocampo secreto la interpretación al clave y dirección de los seis conciertos, simultáneamente, por parte de uno de los músicos que mejor comprendieron la música de Bach, Karl Richter, sobre el que he escrito en diversas ocasiones en este cuaderno digital.

Portada de los Six Concerts avec plusieurs instruments, escrita en francés, compuestos por J.S. Bach y dedicados al Margrave (Marqués) de Brandenburg [sic], el 24 de marzo de 1721

Siendo como siempre justo y benéfico, hoy he vuelto a descubrir esta obra en sus múltiples facetas, insondables a veces, por la lectura de dos artículos que recomiendo para comprender bien esta obra inconmensurable de Bach. El primero, el que dedicó Luis Gago, recientemente, en el diario de El País a esta efeméride, con un título sugerente y aleccionador, La audaz y perenne juventud de los Conciertos de Brandeburgo, del que recojo literalmente las primeras frases por su profundo significado: “Casi al final de los espartanos títulos iniciales de la mejor película jamás realizada sobre un compositor clásico, Crónica de Anna Magdalena Bach, empieza a sonar un fragmento del primer movimiento del quinto de los conocidos como Conciertos de Brandeburgo. Sus directores, Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, anotan minuciosamente en su guion los compases exactos: 147 a 154. A continuación, en la primera escena, la cámara muestra únicamente, de espaldas, a Gustav Leonhardt, que encarna al compositor alemán y afronta, mientras el resto de los músicos guardan silencio, el extenso “solo senza Stromenti” (”compases 154 a 219″, detalla el guion) de este movimiento, un dechado de virtuosismo. Cuando concluye, el plano se abre y vemos tocar a todos los intérpretes, un grupo de siete músicos con vestuario e instrumentos de época, los nueve últimos compases del movimiento. Entre ellos se encuentra, al violonchelo, el patrón de Bach en aquel momento, el príncipe Leopold de Anhalt-Köthen, al que da vida Nikolaus Harnoncourt”, el gran Harnoncourt, el violonchelista que después pasó a ser un excelente director de orquesta, que siempre miraba al cielo durante los conciertos junto al baile armónico de sus manos, un alemán con alma austriaca que falleció en 2016 y que estudió de forma pormenorizada el contexto histórico, instrumental y musical de Bach y Mozart. Junto al Concentus Musicus Wien, tocó y dirigió obras con instrumentos del siglo XVIII, rescatados para no alterar la esencia de las partituras analizados compás a compás, frase a frase y en la partitura completa.

Atraído por estas palabras de Gago he visto la película completa, más allá de los Conciertos de Brandeburgo, con el objetivo de entrar en la vida y obra más significativa de Bach: “Se rodó en 1967 y se estrenó en Utrecht en 1968: interpretar entonces a Bach con instrumentos similares a los que utilizó el compositor era un acto auténticamente revolucionario. Muchos espectadores de la película no habían visto ni oído nunca a buen seguro nada parecido”. Fue la gran pasión de Harnoncourt a lo largo de su vida y así lo atestigua un libro que recomiendo leer para contextualizar bien su vida y obra consagrada a la música barroca y clásica: “Diálogos sobre Mozart” (1). Lo que verdaderamente me ha entusiasmado es la declaración de Gago sobre Bach en su obra cuando viene a decir que su música nunca fue inocente: “Tampoco puede pasarse por alto, en línea con la tesis de un polémico artículo de Susan McClary sobre el Bach más político aparecido en 1987, que, en el arranque mismo de la película, el servidor (Bach) ostente una clara posición de primacía sobre su patrón (el príncipe), sobre todo teniendo en cuenta que Straub y Huillet, decididos a ofrecer una imagen del genio plenamente desromantizada y a deslizar tras la asepsia aparente de las imágenes y el guion sus posiciones políticas izquierdistas, incidirán más adelante en el incómodo sometimiento del compositor a sus superiores durante su posterior destino profesional en Leipzig, cuyas autoridades municipales jamás cobraron conciencia de la magnitud del talento de su díscolo empleado”.

El segundo artículo al que he hecho referencia con anterioridad, en referencia a la película excelente sobre Bach, Crónica de Anna Magdalena Bach, es la crítica sobre su contenido realizada por Carlos Andrés Torres Herrera en Icónica. Pensamiento fílmico: “En Crónica de Anna Magdalena Bach (Chronik der Anna Magdalena Bach, 1967), una pareja de cineastas nos relata la vida y obra de una pareja de músicos. Danièle Huillet y Jean-Marie Straub muestran a través del cine el trabajo que Anna Magdalena Wilcke y, su esposo, Johann Sebastian Bach hicieron en la música: “Pretendemos mostrar personas atareadas en hacer música; pretendemos mostrar personas que realizan efectivamente un trabajo delante de la cámara, […] Al mostrar a músicos dedicados a su labor, la dupla Huillet- Straub no sólo “muestra” una forma de pensar y hacer música: también revelan su manera de proceder cinematográfica. Traducen a lo fílmico las ideas musicales. Encuentran en lo visual un eco de lo sonoro. Y en ese intercambio de ideas, la fuga adquiere un papel preponderante”. La fuga como una forma de expresar el contrapunto: “El contrapunto es como si una persona cantara una canción, una segunda persona otra muy diferente, y una tercera persona una melodía aún más diferente, todo esto al mismo tiempo. Resulta que todas estas canciones tan distintas entre sí, juntas suenan bien, tienen armonía. Esa fue una de las obsesiones de Bach: hacer que lo diferente suene mejor cuando está unido”. Efectivamente, ese es el gran secreto en la obra de Bach: “Podríamos decir que el primer plano secuencia es una exposición. Primero vemos a un sujeto, Johann Sebastian Bach, interpretando una virtuosa melodía en el clavecín, el Concierto de Brandenburgo no. 5. De pronto, la cámara se aleja y descubrimos que junto a él hay un conjunto de instrumentistas, el contrasujeto. La cámara nos ayuda a oponerlos e identificarlos. Los Conciertos de Brandenburgo son una forma de la fuga que se llama concerto grosso donde un conjunto pequeño de instrumentos se opone a uno grande”.

Las fugas y contrapuntos de Bach a lo largo de su obra significaron mucho en todas y cada una de sus composiciones. En los Seis Conciertos de Brandeburgo igualmente: “Las fugas son una forma de reelaborar lo pasado y lo presente. Nos fuimos y ahora que regresamos todo se vuelve diferente. ¿Por qué? Las cosas cambian o desaparecen, pero tenemos la posibilidad de reinventarlas. “Hacer la revolución es volver a colocar en su sitio cosas muy antiguas pero olvidadas”. Straub-Huillet [los directores de la película] imaginan lo que ya desapareció. No sólo la Historia sino las canciones que ya no existen. Lo único que canta Anna Magdalena Bach en la película es un aria (“Mit Freuden sei die Welt verlassen») de la que sólo se conserva el libreto, pues su música se perdió en algún momento. ¿Cómo, entonces, la puede cantar? Los músicos se dieron a la tarea de reconstruir la música a partir de otras composiciones de Bach. Gran ejercicio de imaginación y reinvención del pasado”.

Vuelvo a escuchar los Conciertos de Brandeburgo, pero en su versión inolvidable del gran maestro Karl Richter. Lo haré también, próximamente, con la edición especial que ha publicado Harmonia Mundi con instrumentos de época, interpretados por la Akademie für Alte Musik Berlin, celebrando la efeméride del tricentenario. Intervienen la violinista Isabelle Faust (con un Steiner) como solista en dos de los conciertos y Antoine Tamestit, como primera viola (con un Stradivari): “La rapidez de sus tempi recuerda a las versiones tenidas en su día (1987) por radicales y transgresoras de Musica Antiqua Köln. Superado aquel enfoque reivindicativo y aquel afán de extirpar de raíz cualquier vestigio de adherencias románticas, no muy alejados de los que alientan también en la película Crónica de Anna Magdalena Bach, su principal virtud es quizá conseguir que estas seis obras nos lleguen exultantemente jóvenes y llenas de vida, la misma que les ha permitido mantenerse tan frescas y audaces como cuando nacieron, al menos oficialmente, rodeadas de incógnitas, hace 300 años”.

Los Conciertos, según la interpretación al clave y dirección de Karl Richter, que se pueden visualizar y sentir en el vídeo que encabeza estas palabras finales, fueron grabados del 1 al 10 de abril de 1970 en el Castillo Nuevo de Schleissheim (Munich). Destaco un momento mágico de Richter, entre otros muchos (más bien diría que a lo largo de todos los conciertos), dirigiendo a la orquesta Bach en posiciones casi imposibles, al simultanear la dirección con la interpretación al clave, moviendo las manos en giros indicadores de melodías preciosas interpretadas por Richter y su orquesta como solo ellos sabían hacer, en un contrapunto permanente. Me refiero, por ejemplo, al primer movimiento del Concierto número 5, Allegro, donde se puede observar la maestría de Richter en el clave. Así comienza la película de Crónica de Ana María Bach. Pasen, vean y escuchen.

(1) Harnoncourt, Nikolaus, Diálogos sobre Mozart. Reflexiones sobre la actualidad de la música, 2016. Barcelona: Acantilado.

Harmonia Mundi, Conciertos de Brandeburgo, Edición del Tricentenario

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.